Work Text:
Genya casi regresó por su inhalador.
Se quedó un momento frente a la puerta del salón después de la cuarta clase, tratando de acordarse de qué seguía.
Escritorio. Casillero. Club.
Entonces alguien le preguntó algo sobre el ejercicio seis de Himejima y, entre explicarle que no, que no podía ser una pregunta de opinión si estaba pidiendo justificar la respuesta con evidencia, y revisar la hora, se le hizo tarde.
Ni modo.
Se dijo que no pasaba nada.
Últimamente se decía eso bastante.
Afuera, el campo de tiro parecía mucho más grande de lo normal.
Quizá era el frío.
La tierra estaba dura y escarchada, levantada en pequeños montículos donde se había congelado durante la noche. Cada respiración salía blanca. El viento hacía sonar de vez en cuando el broche de unos guantes contra una banca.
El entrenador Soyama caminaba frente a la fila, revisando su portapapeles.
—Guantes fuera cuando estén en la línea. Quiero verles bien las manos al momento de disparar. El viento viene de la izquierda. Shinazugawa, tú vas después de Kaede.
—Sí, entrenador.
Genya dejó su mochila debajo de la banca.
El bolsillo lateral estaba abierto.
No se dio cuenta.
Kaede terminó su turno y se hizo a un lado, sacudiéndose los dedos para quitarse el frío mientras se retiraba los protectores auditivos.
Genya ocupó su lugar.
Se acomodó.
Pies firmes.
Arma lista.
Mejilla contra la culata.
El primer disparo dio en el blanco.
El segundo, todavía mejor.
El tercero quedó prácticamente encima de los otros dos.
—Bien hecho, Shinazugawa —dijo Soyama—. Pero no te emociones. Espera a que pase esa ráfaga.
Genya esperó.
Tamborileó un dedo sobre el metal frío del arma mientras la ráfaga sacudía los blancos y finalmente se alejaba.
Disparó otra vez.
Esto sí le gustaba.
Aquí no era el tarado que se quedaba viendo los números como si estuvieran escritos en otro idioma. No era el hermano menor al que Sanemi había hecho pedazos frente a media escuela tres meses atrás, gritándole que los trofeos no servían de nada si ni siquiera podía hacer bien las matemáticas.
Aquí no tenía que demostrar nada.
Sus manos sabían qué hacer.
Y por unos minutos, eso era suficiente.
Entonces el frío empezó a metérsele en el pecho.
Al principio fue apenas una presión.
Una molestia.
Genya la ignoró.
El aire estaba seco. Eso era todo.
El cielo se había puesto gris y el viento ya no llegaba en ráfagas cortas. Ahora soplaba constante, helándole la cara.
Soyama pasó detrás de él.
—Estás muy tenso. ¿Tienes frío?
—Estoy bien.
El entrenador lo observó un segundo más.
—No me bloquees las rodillas. Una ronda más y descansamos. El clima se está poniendo feo.
Genya asintió.
No iba a hacer un drama por nada.
Solo una ronda más.
Luego se sentaba.
Luego regresaba por el inhalador.
Levantó el arma.
La siguiente ráfaga le pegó de frente.
El frío le cortó la respiración.
Intentó inhalar.
El aire entró a medias.
Volvió a intentarlo.
Nada.
El pecho se le cerró de golpe, como si de repente le hubieran reducido el espacio por dentro.
Genya tragó saliva.
El siguiente respiro salió acompañado de un silbido.
El siguiente casi no salió.
Sus dedos empezaron a hormiguearle.
El blanco frente a él perdió nitidez.
Bajó el arma con cuidado y la dejó sobre el soporte.
No sabía por qué, pero soltarla de golpe le parecía una pésima idea.
—¿Shinazugawa?
Genya negó con la cabeza.
Ya no podía contestar.
El sudor frío le apareció en la frente.
Se bajó de la línea.
Primero caminó.
Después aceleró.
Tenía que llegar al salón.
Eso era todo.
Llegar al salón, agarrar el inhalador y ya.
Si llegaba antes de que Sanemi se diera cuenta de que algo estaba mal, quizá ni siquiera tendría que explicarle.
Aunque sabía perfectamente que eso era mentira.
Sanemi iba a verlo y le iba a preguntar qué demonios había estado haciendo.
Y Genya iba a tener que admitir que había olvidado el inhalador.
Y después vendría el sermón.
Perfecto.
Las puertas laterales.
Las escaleras.
El tercer piso.
Cada escalón se sentía demasiado largo.
Genya tuvo que agarrarse del barandal.
El salón de Sanemi estaba entreabierto.
La luz seguía encendida.
No tocó.
Empujó la puerta.
—¡¿Qué demonios haces—?!
Sanemi levantó la vista.
Y se quedó helado.
—¿Genya?
Toda la irritación desapareció de su cara.
Genya intentó hablar.
—’Nemi…
Le salió apenas un sonido áspero.
Se apoyó en uno de los escritorios mientras intentaba tomar aire.
—Perdón. Lo dejé… en el escri—
—No hables.
Sanemi ya estaba de pie.
En dos pasos había rodeado el escritorio.
El bolígrafo rojo cayó al piso.
Abrió la mochila que tenía junto a la silla, metió la mano al bolsillo delantero y sacó un inhalador.
El de repuesto.
El que siempre llevaba precisamente porque conocía a su hermano.
—Ven. Siéntate.
Genya obedeció.
Sanemi se agachó frente a él y le colocó el inhalador en la mano.
—Tranquilo. Respira.
Genya intentó hacerlo.
Sanemi esperó.
—Otra vez.
Presionó el inhalador.
Genya inhaló como pudo.
El medicamento le dejó un sabor amargo en la boca.
Sanemi observaba su respiración, no su cara.
—Eso. Despacio.
Genya cerró los ojos.
Por unos segundos, parecía que nada estaba cambiando.
Entonces consiguió llenar un poco más los pulmones.
Sanemi soltó el aire.
—Bien. Otra.
La segunda dosis.
El silbido al respirar disminuyó un poco.
Genya seguía temblando.
Sanemi le sostuvo el hombro.
—Aquí. No te aceleres.
El reloj sobre el pizarrón seguía avanzando como si no hubiera pasado nada.
Los ejercicios de mañana estaban escritos en la pizarra con la letra de Sanemi.
Genya volvió a inhalar.
—Una más —dijo Sanemi—. Ándale.
Pulsó el inhalador.
—Eso. Yo te ayudo.
Genya tomó todo el aire que pudo.
Esta vez entró.
No perfectamente.
No suficiente.
Pero entró.
Y cuando lo soltó, pudo volver a inhalar sin sentir que el pecho se le cerraba por completo.
Sanemi finalmente relajó los hombros.
Genya levantó el pulgar.
—¿Cómo estás?
—Bien…
La palabra salió apenas audible.
La adrenalina estaba desapareciendo y con ella se le estaba yendo toda la fuerza.
Genya dejó caer la cabeza sobre la pierna de Sanemi.
Estaba sudando.
Tenía frío.
Sentía el cuerpo pesado.
Sanemi bajó la mirada hacia él.
Chasqueó la lengua.
—Qué bárbaro contigo…
Pero no lo apartó.
Al contrario.
Le pasó una mano por el cabello, apartándole los mechones de la frente.
Lo hizo como si estuviera acomodándole el pelo a regañadientes.
Después sus dedos se quedaron ahí.
Le acarició la cabeza una vez.
Luego otra.
—Lo dejaste en el escritorio —dijo finalmente—. Saliste con este frío sin chamarra y sin el inhalador, y después subiste hasta acá corriendo para disculparte conmigo.
Genya no respondió.
—¿Qué estabas pensando?
Silencio.
Sanemi suspiró.
—La próxima vez que te empiece a faltar el aire, te sales de la línea. En ese momento. No cuando ya estés que no puedes ni hablar.
Le acomodó el cabello otra vez.
—Vienes conmigo o vas con Tamayo. Yo me encargo de justificarte.
Genya respiró lentamente.
—Puedo—
—No.
Sanemi lo cortó de inmediato.
—No puedes.
Genya guardó silencio.
—Ya habrá tiempo para regañarte después —continuó Sanemi—. Que llegues aquí y te me desmayes en el camino no.
Eso hizo que Genya levantara un poco la cabeza.
Sanemi estaba mirando hacia los exámenes sobre el escritorio.
—El club se acabó por hoy.
—Pero—
—Ni se te ocurra.
—Tengo que—
—Genya.
Silencio.
—Voy a terminar de calificar esto en la casa.
Sanemi recogió el bolígrafo del piso.
—Si Soyama tiene algún problema, que venga a hablar conmigo.
Genya parpadeó.
Sanemi hizo una pausa.
—Y estabas tirando muy bien antes de que cambiara el viento.
Lo dijo mirando los exámenes.
—Así que no voy a hacer como que todo el día fue una pérdida de tiempo.
Genya bajó la mirada.
—Gracias, Aniki.
Sanemi resopló.
—Sí, sí.
Lo ayudó a levantarse.
Sin jalarlo.
Solo una mano firme en el codo mientras esperaba a que las piernas de Genya dejaran de sentirse como gelatina.
Después tomó ambas mochilas.
Se quitó su propia chamarra.
—Póntela.
—Aniki, no hace tanto—
—Póntela.
Genya obedeció.
Sanemi le cerró el cierre hasta arriba y le acomodó el cuello.
—Mete bien los brazos.
—Ya están metidos.
—Pues entonces deja de moverte.
Genya soltó una risa débil.
Sanemi lo miró.
—¿Qué?
—Nada.
—Ajá.
Cerró el salón con llave.
Revisó la perilla.
Una vez.
Luego otra.
Bajaron las escaleras despacio.
En el pasillo, Sanemi caminó del lado de Genya que quedaba más expuesto al viento.
No dijo nada.
Tampoco Genya.
Cuando llegaron al carro, Sanemi abrió la puerta del copiloto.
Esperó.
Genya se sentó.
Se abrochó el cinturón y apoyó la cabeza contra el asiento.
Sanemi cerró la puerta.
Rodeó el carro, subió y encendió la calefacción al máximo antes siquiera de arrancar.
No dijo nada durante un rato.
Solo se quedó con las manos sobre el volante.
Escuchando.
Comprobando que la respiración de Genya siguiera tranquila.
—De ahora en adelante —dijo finalmente—, si hace frío, te pones una chamarra.
Genya abrió un ojo.
—Sí, Aniki.
—No estoy jugando.
—Ya sé.
Sanemi miró al frente.
—No pienso volver a encontrarte casi desmayado por andar haciéndote el fuerte.
Genya se acomodó dentro de la enorme chamarra blanca.
—Te escucho.
Sanemi extendió la mano y le acomodó el cuello de la chamarra alrededor de la cara.
El movimiento fue torpe.
Casi brusco.
Pero no quitó la mano inmediatamente.
—Cuando lleguemos, directo al sillón.
Genya asintió.
—Té.
Otro asentimiento.
—Y no quiero escuchar un “estoy bien”.
Genya hizo una mueca.
—Estoy—
Sanemi lo miró.
Genya se calló.
—Eso pensé.
Sanemi arrancó.
—Y si vuelves a decir que estás bien, saco los problemas de logaritmos.
—Eso es cruel.
—Me vale.
Genya sonrió apenas.
El camino a casa transcurrió en silencio.
Sanemi no volvió a regañarlo.
Los exámenes seguían a medio calificar dentro de la mochila.
En un semáforo, Sanemi miró de reojo.
Genya tenía los ojos cerrados, pero respiraba tranquilo.
Sanemi volvió la vista al frente.
El viento golpeó los vidrios del carro.
La calefacción seguía demasiado alta.
Sanemi no la bajó.
