Chapter Text
Había pasado una semana, más o menos, desde que Coyote estaba de vuelta. A decir verdad, las cosas sí habían cambiado levemente, al menos en lo que respecta a las persecuciones. Dado que el canino se había quedado sin los suministros que ACME le proporcionaba, había tenido que reinventarse; lo que significaba, prácticamente, empezar desde cero.
Las primeras persecuciones consistían en ver a Coyote correr detrás del Correcaminos, siempre pisándole los talones, casi alcanzándolo, pero incapaz de atraparlo propiamente tal. Sus dedos siempre terminaban por rozar las plumas de su pomposa cola, logrando arrancar solo una antes de estrellar el hocico contra el pavimento caliente, provocándole una raspadura y una quemadura (por suerte era algo que sanaba pronto, así que no podía quejarse mucho).
Pero ese proceso se había vuelto repetitivo y un poco aburrido, en ambos sentidos.
Wile no se cansaba de estrellarse una y otra vez, ¡eso jamás! Al contrario: se estaba cansando de intentar el mismo plan. Necesitaba reinventarse, y cada golpe contra el suelo le daba ganas de probar algo nuevo…
Por parte del Correcaminos la sensación era similar. Se estaba cansando de ver a su amigo estrellado contra el piso, refunfuñando y desapareciendo al levantarse. Obviamente estaba menos lastimado que cuando usaba los inventos de ACME, pero su actitud era totalmente diferente. Pese a que se había repetido la misma rutina durante días… la última vez que lo miró, pudo jurar que una chispa aparecía en sus ojos amarillentos: una determinación que le hacía esponjar las plumas.
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La cueva del Coyote estaba algo cambiada. Todos los productos ACME acumulados en una esquina tenían pintarrajeada una advertencia: **Peligro: No usar**, más como un recordatorio para sí mismo de que debía quitarse el mal hábito de seguirlos utilizando. Porque incluso durante el juicio contra la corporación, había mantenido la maña de recurrir a ellos.
Así que ahora tenía más espacio y un pequeño frasco de vidrio con una colección de plumas azules, recuerdos fallidos de sus cacerías más recientes. Y, pese a todo, se sentía bien estar de vuelta, no solo en su casa, sino con él…
Quería ser el único que tuviera el privilegio de acorralarlo, de morderle la boca, de cazarlo. Ya no quería pasar más de un día entero sin su presencia. La necesidad casi patológica de conseguir su meta estaba mutando en algo que aún no podía comprender; lo único que sabía era que, cada vez que pensaba en ello, se le hinchaba el pecho y le daban ganas de hacer algo. Solo que no sabía qué... al menos no aún.
Miró hacia los lados, verificando que no hubiera ningún menor cerca. Dado que ya no se le permitía fumar a las caricaturas por cuestiones éticas, la mayoría lo había dejado. No es que él fuera el más adicto, pero una calada de vez en cuando para bajar los nervios la consideraba necesaria. Sobre todo porque le subía el ego lo pretencioso que se veía fumando un puro mientras dibujaba en sus planos; le hacía sentirse como todo un genio. Lo cual era.
Así que, mientras buscaba una vieja caja con puros (que estuvieran añejos o no era otra cosa), lo sintió: su momento "eureka", como le llamaban.
Estaba mal acostumbrado a dejar que otros inventaran por él, a tomar atajos gracias a los productos de ACME. Había olvidado las viejas tradiciones: crear las trampas con sus propias manos.
Con esa idea en mente, y sacando el cuerpo de la pila de basura en la que hurgaba con la caja de puros atrapada en el hocico, corrió hacia sus estantes de archivos.
Revisó entre los altos cajones grises. ACME… ACME… ACME… Había acumulado demasiados planes y chatarra en setenta y siete años.
Y ahí estaban, llenos de polvo: los primeros de la fila. Archivos con sus planes iniciales, desde que era un pequeño cachorro hasta que… bueno, había empezado a usar productos de cierta compañía malvada que no quería volver a mencionar.
Sopló para quitar el polvo de encima e intentó abrir uno de los cajones. Estaba atascado, y cuando logró forzarlo usando algo de violencia, el cajón metálico salió disparado, golpeándolo y estrellándolo contra la pared de la cueva. Dejó la silueta de su cuerpo marcada en la piedra y los papeles volando por todos lados, provocando un desastre.
Como pudo, una vez que logró despegarse del muro y ordenar todo, se puso a revisar sus bocetos. Era material clásico y bastante simplón, pero eso no significaba que no pudiera reutilizarlo con un nuevo propósito.
Tenía algunos planos extendidos en su escritorio y otros pegados en la pared. Mantenía el puro encendido firmemente sujeto con los dientes mientras exhalaba humo y analizaba las posibilidades. El mayor contratiempo eran los materiales: podría intentar conseguir suministros genéricos, pero… la razón por la que había dejado de comprar productos normales era que nadie tenía entregas en medio del desierto. Y si lo hacían, le cobraban una fortuna. En teoría el dinero no le faltaba gracias a la venta de sus patentes, pero aun así, era una cuestión de orgullo.
Hasta que lo vio por el rabillo del ojo: la esquina con todos los productos de ACME que habían salido mal. Obviamente ya sabía que eran inventos diseñados para fallar, pero no todos sus componentes podían ser defectuosos. Debía haber cosas que aún funcionaran por separado.
Exhaló humo antes de soltar una risa casi ridículamente malvada, regocijándose con sus propias ideas, hasta que su estómago rugió recordándole que no había comido nada en todo el día.
Eso no solo arruinó su momento de gloria; hizo que se ahogara con el humo del puro, tosiendo sin parar hasta tener que apoyarse contra una pequeña mesa de trabajo.
Cuando logró calmar la tos y levantó la vista, vio el pequeño frasco con plumas azules y celestes. Eso le recordaba por qué hacía las cosas, por qué valía la pena. Un día tendría éxito, y ese día, sin duda, sería de pura dicha.
Aunque no podía reflexionar mucho más: el dolor de estómago causado por el hambre era tal que llegaba a darle náuseas.
Se arrastró como pudo hacia el rincón de la cueva donde guardaba sus provisiones. Después de todo, los coyotes eran omnívoros, así que, en contra de la creencia popular, él sí comía otras cosas. Solo se le olvidaba hacerlo por ser tan obstinado con la idea de "guardar espacio para el Correcaminos".
Lamentablemente, sus reservas estaban vacías, salvo por algo de comida congelada que iba a tardar un siglo en estar lista. Tuvo que deshacerse del microondas turbo porque, aunque era excelente descongelando, tenía la mala costumbre de explotarle en la cara. El reemplazo era un aparato normal y exasperantemente lento.
Resignado, siguió las instrucciones del empaque y se quedó mirando de manera miserable su propio reflejo en el vidrio del microondas, apenas capaz de sostenerse sobre las patas.
Entonces escuchó un sonido a la distancia. Alzó las orejas. Venía de afuera de la cueva, así que salió corriendo para ver de qué se trataba: estaba seguro de haber escuchado las patas de una gran ave moviendo las piedritas del suelo.
Al llegar a la entrada no vio a nadie. Pero antes de maldecir pensando que empezaba a alucinar, lo notó en el piso: un par de insectos gordos que no tenían forma de escapar, varios frutos de cactus y un puñado de semillas. Semillas que conocía perfectamente; eran las mismas que solía usar como cebo.
—...¿Pero qué...? —susurró en voz alta.
No acostumbraba hablar debido a su voto de silencio, pero estaba solo, así que asumió que podía permitirse romper la regla por un segundo.
Wile recogió las cosas rápidamente. No eran estrictamente necesarias, pues técnicamente tenía algo de comida, pero apreciaba el raro gesto. Más aún porque, al morder uno de los frutos con sumo cuidado, esperó que estuviera lleno de espinas o fuera de los que sabían amargos. Pero no: estaba limpio de espinas y era de los dulces. La sorpresa lo incitó a comer más, sin importar si el jugo le chorreaba y le manchaba el pelaje de las mejillas.
Miró el paisaje nocturno y desértico mientras el frío de la noche se hacía presente. Respiró profundo mientras racionalizaba lo bien que se sentía estar de vuelta pese a todo el desastre. No en un sentido de *"oh, wow, estoy de regreso"*, sino más bien como un *"esto ya no se siente igual"*, de una forma que no sabía si era buena o mala.
Mientras comía sus extraños regalos (dejando de lado los insectos porque... no quería averiguar si los coyotes comían bichos o no), se puso a meditar: ¿por qué, de la nada, le mostraba tal gesto de amabilidad? Siempre habían tenido una relación unilateral donde se llevaban bien entre momentos de celos y persecución, pero que le llevara regalitos en medio de la nada era... novedoso. Sobre todo porque no era una fecha especial. Y Wile sabía perfectamente quién había sido: reconocería las pisadas del Correcaminos sin siquiera verlas.
—...Él sí me ve como un amigo... realmente —reflexionó en voz alta.
Su voz sonó gruesa, elegante y tranquila, rompiendo con su apariencia desastrada, destartalada y casi salvaje, por la que casi siempre lo trataban como a una simple mascota o un animal silvestre.
Un minuto después, el pitido del microondas rompió el silencio. Suspiró y se levantó lentamente, sintiéndose un poco menos moribundo al tener algo en el estómago. Se le escapó otra frase:
—Definitivamente es mi amigo...
Asintió, más reflexivo y temeroso que feliz. Tener un compañero era algo agradable, y saber que alguien se preocupaba por él era lindo. Técnicamente ahora tenía un par de amigos humanos, ¡pero esto era distinto! El Correcaminos era su presa, su supuesto premio... su comida.
Y si empezaba a desarrollar sentimientos por su comida, no iba a poder comérsela. En otro contexto daría lo mismo, pero cuando atraparlo era su objetivo de vida, la idea resultaba aterradora.
Un escalofrío le recorrió el pelaje mientras más lo pensaba, así que decidió cortar de golpe esa línea de pensamiento. Sacó la comida del microondas, empezó a refunfuñar y se concentró de nuevo en sus planos para ver cómo continuar.
Lo que Coyote no sabía era que, todo este tiempo, el ave más rápida del desierto había estado parada al costado de su cueva, inmóvil, escuchando todo con atención.
El Correcaminos tenía las plumas alborotadas y se sentía extrañamente emocionado. Por primera vez había escuchado la voz del Coyote y, además, lo había oído confirmar que eran amigos. ¡Mejores amigos! Eso casi lo hacía saltar por los aires, pero se estaba conteniendo para no hacer ruido, así que estaba explotando por dentro.
Su voz era melodiosa, elegante, profunda... la de todo un caballero. Ni siquiera sabía que él pudiese hablar. Estaba tan exaltado que sus plumas se inflaron y sintió que el cuerpo se le calentaba. ¡Necesitaba sacar esa emoción de alguna forma! ¡Le había gustado su pequeña ofrenda de amistad y apoyo!
Sin poder contenerse más, soltó un estruendoso *«¡Beep, Beep!»* y salió disparado, levantando una enorme nube de polvo y haciendo retumbar la montaña entera.
Obviamente, Wile sintió el estruendo y el temblor en toda la cueva. Tuvo que multiplicarse en el aire para atrapar sus cosas más importantes antes de que se estrellaran contra el suelo, logrando salvar casi todo.
Sin embargo, vio que algo caía directo al piso. Sin procesarlo, se arrojó para amortiguar el golpe y lo atrapó justo a tiempo. En sus manos estaba el frasco con las plumas azules, mientras una de ellas caía suavemente sobre su alargado hocico. Casi como una burla... o un recordatorio de que las cosas definitivamente ya no volverían a ser igual que antes, no desde la revelación tan abierta de que en realidad, eran cercanos de una manera intima, y despues de tantos años, negarlo le iba a ser imposible.
