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Hasta que conoció a Enzo, Julián había estado convencido de que las flores eran un regalo para las mujeres.
Desde que tuvo consciencia había visto cómo su papá le llevaba flores a su mamá al inicio de la primavera.
A los seis, veía cómo sus hermanos mayores juntaban flores del patio de la casa para llevárselas a las chicas que les gustaban.
A los ocho observó cómo en el acto por el día del maestro, todas las maestras recibían un bonito ramo de flores pero el maestro de educación física y el maestro de historia recibían una botella de vino o fernet.
“Por qué solo las mujeres reciben flores?” Le había preguntado un domingo a su mamá mientras los dos cortaban los fideos para el almuerzo.
“Es que a los hombres no les gustan las flores” le respondió Mariana después de una pausa. Su hijo a veces hacía preguntas que la dejaban anonadada, por lo que agregó como para sellar el asunto “no creo que te guste que tu novia te regale flores en vez de al revés”
Julian estiró un fideo y lo apoyó sobre la mesa de mármol con más detenimiento del que había tenido con el resto, permitiéndose un momento para pensar. “A mi si me gustaría” contestó muy convencido. Las flores le parecían bonitas y creía firmemente que le alegraría mucho recibirlas en vez de una aburrida botella de vidrio.
“Bueno pero históricamente siempre fue así, las flores se asocian mucho a lo femenino”
Cuando vio a Julian fruncir el ceño para evaluar esa contestación, Mariana se dio cuenta de que había hecho una mala elección de palabras.
“Entonces si me gustan las flores significa que soy femenino?”
Julian recuerda que después de esa conversación, Mariana llamó a sus hermanos para que se lo lleven a jugar a la pelota, probablemente con la esperanza de que ese niño de ocho años se olvide de aquellas preguntas incómodas.
Y parcialmente lo había logrado.
A los diez, Julian tenía una novia a la cual no había elegido. Aparentemente ella había mencionado que él le parecía lindo y el curso en su totalidad había decidido que ellos deberían estar juntos. Imposibilitados de negarse a los deseos de sus compañeros, Julian y Emilia se sentaban juntos en los recreos, intentando descifrar qué era exactamente lo que los chicos más grandes encontraban de emocionante de estar en pareja si lo único que podían hacer era agarrarse de las manos.
Quizás el secreto estaba en las flores.
Una mañana, antes de ir a la escuela, se dedicó pacientemente a juntar flores al costado de la ruta. Elegía las que más le gustaban y le llamaban la atención y las cortaba con el tallo lo suficientemente largo para poder hacer un pequeño ramillete. Estaba tan concentrado en su misión que no se dio cuenta de la presencia del chico a sus espaldas que observaba su tarea con curiosidad.
“Qué haces?”
Por el susto que le pegó la pregunta repentina, Julian soltó las flores que había juntado en su mano izquierda. Ambos chicos miraron como se perdían en cámara lenta entre el pasto que les llegaba casi hasta las rodillas.
“Perdón”, le dijo inmediatamente la misma voz, que ahora tomaba forma: un chico un poco más bajo que aparentaba tener casi la misma edad, con la piel morena llena de moretones y una curita en la nariz. “Te ayudo a levantarlas”, ofreció mientras se agachaba para empezar a buscar sin esperar una respuesta.
Julian soltó un suspiro de resignación por el trabajo perdido y se acuclilló a su lado.
“Bueno”
Entre los dos, no les tomó mucho tiempo encontrar la mayoría de las flores y pronto estaban enderesándose y sacudiendo sus rodillas, que habían quedado llenas de tierra y pasto.
“Sos de River?” preguntó el otro chico cuando divisó el escudo del equipo en su pantalón deportivo. Julian sonrió ampliamente.
“Obvio, del más grande”.
El chico le correspondió la sonrisa y se abrió la campera para mostrarle que la remera que portaba debajo tenía estampada la cancha de River.
“Yo tambien. Soy Enzo, por cierto”
Enzo le ofreció la mano y Julian la tomó antes de presentarse. A comparación de sus manos usualmente frías, la de Enzo era cálida, igual que su expresión.
“Sos de por acá? Nunca te había visto”, le preguntó. Solo había una escuela primaria en el pueblo, por lo que no podía imaginar cómo nunca se lo había cruzado. Enzo no parecía precisamente alguien que pase desapercibido.
“Mi familia se mudó hace poco, somos de Buenos Aires. Como falta tan poco para las vacaciones de verano, mis viejos decidieron que arranque más tranquilo el año que viene”. Julian entendió. No se imaginaba lo difícil que podía ser para alguien que venía de tan lejos integrarse en un pueblito en el que ya todos se conocían de memoria. “Vivo acá a la vuelta, al lado de Doña Julia”.
“Enserio? Yo también vivo al lado de Doña Julia!”
Sin imaginar que ese era el inicio de una gran amistad, los dos salieron riendo del campo de flores, ayudándose mutuamente por la inclinación del terreno. Enzo llegó primero y saltó por encima de la pequeña muralla que separaba la vegetación de la calle de tierra aplanada para luego ofrecerle la mano a Julian que, aunque también podía saltar sin ayuda, la tomó sin dudar.
Una vez estuvieron del otro lado, Julian divisó a Mariano, que lo saludó con la mano mientras pasaba trotando apurado. Mariano siempre llegaba demasiado justo a clases.
“Me tengo que ir yendo, Enzo”, le dijo apenado. La había pasado bien y lamentaba que el momento terminara. “Si mi mamá se entera que voy tarde me mata.”
“Bueno”, aceptó. “Pero prometeme que después me mostras que hay para hacer por acá de divertido”.
“Hoy después del mediodía estoy libre, si querés.”
“Dale, te paso a buscar”
Julián ya estaba alejándose detrás de Mariano cuando escuchó que Enzo lo llamaba.
“Esperá, Juli!” le grita, corriendo la poca distancia que los separaba. “Esto es tuyo.”
Las flores.
Julian había estado tan feliz de conocer a Enzo que se había olvidado por completo de su objetivo inicial. Por eso cuando Enzo le extendió el pequeño ramo se quedó mirándolo como si fuera la primera vez que lo veía. A pesar de que eran casi todas las flores que Julian había elegido, todas de colores llamativos, había una que destacaba en el centro.
Enzo se rascó la nuca un poco avergonzado cuando Julian se quedó mudo. “No sé qué ibas a hacer con las flores pero le agregué la rosa blanca porque la vi ahí y me gustó y pensé que le daba un toque más, no sé, especial.”
“Gracias, Enzo. Está muy linda” le dijo cuando pudo reaccionar y tomar el ramo de la mano del otro chico. Se preguntó cómo una flor tan bonita se le había pasado por alto.
“Considerala un regalo a modo de disculpas por haberte hecho perder el tiempo.”
A Julian se le iluminaron los ojos. Un regalo, una flor.
“Es la primera vez que me regalan una flor”, dijo, maravillado. “Siempre me decían que son solo para las chicas”.
“Por qué serían solo para las chicas?” Julian levantó los hombros, tampoco entendía por qué, simplemente era así. “Parece una regla un poco estúpida”.
Julian asintió. “Además se siente lindo recibirlas”.
A cambio del obsequio, le entregó a Enzo una sonrisa de oreja a oreja antes de salir corriendo.
Por primera vez en su vida, a Julian no le importó el reto que recibió por llegar diez minutos tarde.
A los doce, los chicos de séptimo hacen su despedida de la primaria. Es un poco absurdo el dramatismo alrededor de esa celebración, piensa Julián, porque, a fin de cuentas, todos van a ir al mismo colegio secundario, el único que había en el pueblo y que además, estaba a tan solo una cuadra de la escuela primaria. De todas formas dejan que los alumnos de sexto se encarguen de agasajarlos, como dicta la tradición. Ese año habían elegido hacer una feria, así de paso recaudaban para el ‘viaje de egresados’ a Cordoba Capital.
Los de sexto se habían dividido en pequeños equipos de dos o tres personas para armar un puesto de venta o de juegos de kermesse. Julian sabía que Enzo se había aliado con Licha y que habían decidido poner un puesto de venta pero lo que tenía muchas ganas de saber era de qué.
Intentó averiguar por todos los medios: vecinos, Doña Julia, maestros, compañeros e incluso con el mismo Licha pero aparentemente Enzo les caía tan bien que todos habían firmado el pacto de secreto y confidencialidad para que Julian no se entere. Lo peor de todo, es que aparentemente todo Calchín lo sabía menos él y lo estaba carcomiendo por dentro.
Cuando el día de la feria finalmente llegó, Julian fue casi el primer alumno de séptimo en ingresar, mirando cada puesto con detenimiento hasta encontrar el rostro alegre de Enzo observándolo por detrás de un hermoso puesto de flores. En los dos años que llevaban de amistad, Julian había notado que las manualidades o labores que requirieran trabajar con las manos se le daban muy mal a Enzo; sin embargo el puesto de madera destacaba alegremente del resto, no solo por las flores que abundaban en el mostrador y colgadas en los soportes, sino por su construcción en sí.
Cuando lo ve acercarse, Enzo le pasa el cajón que tiene en sus brazos a Licha, que rueda los ojos antes de tomarlo y llevarlo hasta la entrada de la feria para promocionarse.
“Esto es lo que tanto querías ocultar?"
Enzo puso su sonrisita canchera, esa que Julian aprendió que le salía tan fácilmente como respirar cuando se le daba la oportunidad de joder un poco.
"No me digas que no te gusta.“
Julian sintió en la lengua el ‘no’ para joderlo de regreso, el ‘no’ que era claramente un ‘si’ pero sarcástico. No lo dejó salir. Enzo tenía su característica pose de fanfarrón pero Julian no era ciego ni boludo y se dio cuenta enseguida de que intentaba ocultar sus dedos cubiertos de curitas detrás de los jarrones del mostrador. No le costó mucho imaginar a Enzo haciéndose esos cortes mientras tallaba en la madera el nombre del puesto, Wachoflores, y los firuletes alrededor.
“Les quedó muy bueno.”
El alivio de Enzo fue visible. “Viste? La vieja de Licha tenía un montón de tablones de madera en el garage y las herramientas así que cuando nos lo ofreció no le pudimos decir que no.”
“Así que ahí te estuviste escondiendo todo un mes?”
"Quería sorprenderte”, dijo Enzo, sonriendo a modo de disculpas.
“A mi?"
“Si. Es tu último día acá, quería hacer algo especial. Para todo séptimo, si, pero particularmente para vos."
Julian sintió que las orejas se le calentaban un poco sin motivo así que decidió evitar la vergüenza con un chiste.
“Tampoco me voy muy lejos. Y además es solo un año.”
“Igual. El año que viene no nos vamos a poder juntar en los recreos para jugar a la pelota. Licha y los chicos son buenos pero sin vos no es lo mismo.”
No había querido admitirlo pero Julian sentía lo mismo. Como Enzo tenía a Licha, él tenía a Cuti, pero tener que pasar un año entero sin Enzo rompiéndole las pelotas a cada rato parecía una tortura.
“Yo también te voy a extrañar, culiado.”
Enzo intentó sonreír pero el ceño se le frunció y comenzó a pestañear. En otras circunstancias, Julian lo hubiera cargado pero, por hoy, dejó que Enzo se tome su tiempo para apaciguar las lágrimas que le asomaron en los ojos.
“Tengo algo para vos.” le dijo una vez recuperado, agachándose y perdiéndose de la vista de Julian.
“Que es?”
Se acercó al mostrador y apoyó sus antebrazos para intentar ver qué podía querer darle Enzo.
“Eu, no chusmees. Cerrá los ojos.”
Julian obedeció. Escuchó un ruido de plástico, un envase que se caía, una puteada y un golpe seco que intuyó que era Enzo golpeándose la cabeza contra el mostrador. Abrió un ojo preocupado pero antes de poder preguntar, Enzo lo retó. “Estoy bien, no mires todavía.”
Hubo un ruido de tijeras y finalmente, Enzo lo habilitó a mirar.
Enfrente suyo apareció un ramito conformado por tres flores amarillas, envueltas en un papel celofán blanco por dentro y amarillo por fuera. Detrás de ellas, el rostro de Enzo mirándolo con expectativa. Julián sintió como el calorcito que ya venía sintiendo en las orejas se le expandía por toda la cara, motivo por el cual ni siquiera notó que Enzo estaba tan o más rojo que él.
“Sé que te gusta recibir flores así que pensé que podían ser el regalo ideal.” dijo, intentando no titubear y evitando mirar a su amigo a los ojos. “El otro día Doña Julia me dijo que las rosas amarillas significan amistad y nuevos comienzos. Sos mi mejor amigo y estás por comenzar el secundario.” Explicó mirando el piso. ”Ojalá te gusten”.
Si la mano de Enzo que sostenía las flores temblaba, Julian no dijo nada. Tomó el ramo y volvió a observar fijamente las curitas que le cubrían casi todos los dedos. Ahora el que sentía lágrimas queriendo brotar era él.
El mostrador dejó de parecer un obstáculo ante la necesidad desbordante que Julian sintió de abrazar a Enzo, su mejor amigo, al que poco le importaba la regla que los adultos habían impuesto de que solo se le regalaban flores a las mujeres. En una muestra de destreza, se impulsó con la mano que no sostenía el ramo y se elevó lo suficiente para apoyar una rodilla sobre el mostrador, evitando –lo mejor que pudo– tirar los floreros que tan cuidadosamente habían puesto allí y estirando sus brazos para alcanzar a Enzo y atraerlo hacia él.
“Gracias, Enzo” le dijo mientras hundía su cabeza en su hombro.
Ninguno de los dos se cuestionó en ningún momento por qué a pesar de que la feria se había llenado, nadie se había acercado al puesto hasta que los dos se separaron y Julián se fue a recorrer el resto y Enzo se puso a trabajar.
Licha y Cuti chocaron puños. Habían resguardado perfectamente aquel momento evitando que la gente rompiera aquella burbuja en la que sólo existían esos dos. Quizás algún día esos boludos se darían cuenta de que tenían entre manos algo mucho mas grande que una amistad.
A los dieciséis, Julian cierra de un portazo la puerta de su cuarto y se apoya sobre ella, deslizándose hasta quedar sentado en el suelo. El corazón le late como loco y las manos que sostienen el celular le tiemblan.
Mira de nuevo el mensaje que le envió Enzo hace menos de cinco minutos y quiere manifestar todas las emociones que siente en todo su cuerpo en forma de grito.
Decía que salgamos juntos solo nosotros dos, sin los pibes.
No se anima a gritar pero no puede detener la sonrisa que se le expande sin permiso mientras se lleva el celular al pecho, aún sin creerse lo que está sucediendo.
Julian no era tonto. Hace ya bastante que notó que su relación con Enzo estaba tomando un matiz diferente a una amistad. Cosas que antes no pensaría dos veces, ahora se iba a dormir analizando cada detalle, intentando averiguar si realmente existía otro sentimiento que quería salir a la luz y dejar de esconderse detrás de la sombra de mejores amigos o si simplemente estaba inventando todo para mantener la esperanza de que Enzo le correspondía.
Porque por mucho que intentara ocultarlo, Julian estaba perdidamente enamorado.
No puede identificar claramente cuando algo cambió pero un día dejó de ver a Enzo como un amigo más y empezó a sentir mariposas en el estómago cuando lo tenía cerca. Quizás fue el día en que lo defendió por tener gustos diferentes a los que los adultos consideraban normales en un varón, o el día en que por primera vez en su vida Julián se había olvidado de llevar la tarea y Enzo le dió la suya –que no estaba del todo bien hecha– para que no le quede la mancha en el mar de dieces que era el boletín de Julian. Quizás fue cuando Enzo lo convenció de subirse en la moto para llevarlo a ver unos bichitos de luz que había encontrado unos kilómetros más allá del pueblo o quizás fue cuando Julián recibió un pelotazo en medio de la nariz y fue el único que no se rió. Quizás fue hace muchísimo más tiempo y solo recién estaba reparando en lo lindo que se veía Enzo cuando le sonreía y lo bien que se sentía tomar su mano con cualquier excusa.
El celular vibró y Julian no perdió tiempo en mirar el nuevo mensaje que había llegado.
Si querés.
Julian no tenía forma de saberlo pero, dos casas más allá, Enzo estaba parado en medio de su cuarto, con el corazón igualmente acelerado y aguardando una respuesta que podía elevarlo a los cielos o darle ganas de darse un cabezazo contra la primera pared que se le atravesase. Todo dependía de Julian.
Si quiero.
Julian escuchó el grito de festejo de Enzo, parecido a los gritos que daba cuando la Selección Argentina de Futbol metía un gol, y explotó en una carcajada descontrolada que era una mezcla de felicidad y anticipación.
Enzo pasó a buscarlo después del mediodía, vistiendo un pantalón de jean y una remera negra. No tenía puesta ninguna gorra, uno de sus accesorios usuales, y se había peinado bien. Julian se mordió la lengua para no delatarse antes de tiempo.
“Qué presentable que estás” dijo, ordenando a su cuerpo no parecer tan nervioso como se sentía pero siendo traicionado por sus llaves que se deslizaron como jabón de sus manos que no habían recibido la instrucción.
Incluso sonrojado, Enzo no perdió su habilidad de joder de vuelta. “Vos te pusiste más lindo que de costumbre y me venís a decir a mí?”
A Enzo no le importó el empujón que recibió. Le encantaba ver a Julián con las orejas rojas y más si el culpable era él.
Así, a los empujones, los dos comenzaron a caminar hacía el centro del pueblo. Enzo tenía todo planeado. Comenzaron por los juegos, donde empataron en casi todo excepto en el pool porque Enzo le guiñó un ojo y lo hizo meter la bola blanca.
“Eso fue trampa.”
“No es mi culpa que un guiño te haga perder la cabeza.”
Después fueron a merendar. Julian no pudo contener la risa cuando los vio a Licha y a Cuti vestidos de camareros y comportándose de la manera más elegante que podían –dentro de sus limitaciones– e intentando hablar en un francés quebrado mientras les dejaban un café con leche para Enzo y un submarino para Julian, además de varias porciones de torta para degustar.
“Bon appetit” les dijeron con una reverencia exagerada mientras abandonaban el lugar despues de darle unas palmadas fuertes en la espalda a Enzo.
“Qué personajes esos dos”, se rió Julian mientras metía la barrita de chocolate adentro del vaso de leche. “Qué artimañas usaste para reservar la cafetería para vos solo?”
Enzo, que había tomado un sorbo de café, se atragantó. “Nada, les dije que iba a venir con vos y me lo ofrecieron. La señora Carla te quiere tanto que no dudó mucho.”
“Asi nomas te dieron las llaves y listo? No se si te puedo creer mucho, Enzo”
Y algo de razón tenía. Mas adelante se iba a enterar de que Enzo le había admitido lo que sentía por Julian y le había rogado por tener el lugar hasta que la señora Carla aceptó con la condición de que lave los platos todos los días por una semana entera y que no rompa nada, algo que Enzo aceptó sin dudar.
Cuando terminaron, Licha y Cuti volvieron a aparecer para detener a Julian de intentar levantar los platos.
“Juira de acá, nosotros nos encargamos”
Cuti los empujó –con el mayor cuidado que un bruto como Cuti podía tener– hasta la puerta. Julian vio claramente como le guiñaba el ojo a Enzo antes de cerrar las puertas y dejarlos afuera.
La primavera recién comenzaba pero los días todavía obedecían al invierno y la noche caía temprana. Un cielo que mezclaba azul, rojo y naranja fue testigo del momento en que Enzo juntó toda su valentía para hacer lo que venía planeando hace muchos días.
Julian tenía sus manos a los costados, sin saber bien qué hacer. Las actividades se habían terminado y ahora estaban sólo ellos dos, sin intermedios. Enzo lo estaba mirando pero Julian no era capaz de devolverle la mirada porque si lo hacía, sentía que sus piernas iban a fallar e iba a hacer el ridículo.
“Juli”, lo llamó suavemente, antes de sentir la mano de Enzo atrapando una de las suyas. Julian miró la nueva conexión, el contraste entre la piel morena de Enzo y la suya más blanca, y luego lo miró a él, a su mejor amigo, a su compañero de aventuras, al chico que invadía sus pensamientos y le aceleraba el corazón. Enzo preguntándole con la mirada si aquel contacto estaba bien, si no se estaba propasando, si no estaba interpretando mal las cosas.
Julian contestó de la misma forma, sin palabras. Entrelazó sus dedos con los de Enzo y le dio un apretón firme.
Era lo correcto.
Enzo sonrió victorioso y Julian soltó una risita avergonzada.
“Vamos”, dijo Enzo, volviendo a demostrar confianza. “Tengo una cosa más para mostrarte.”
Caminaron lado a lado, hablando de boludeces como si nada estuviese cambiando, como si ninguno de los dos estuviera demasiado consciente del calor del otro en su palma aunque era lo único que importaba en aquel momento.
Finalmente llegaron al costado de la ruta, ese lugar que aunque no había cambiado mucho parecía distinto porque el sentimiento era distinto. Enzo saltó encima del murito y ayudó a Julian a hacer lo mismo. Ambos sabían que Julian era perfectamente capaz de hacerlo solo, pero se dejó porque de esa forma podía tener a Enzo más cerca que nunca.
El pasto, que cuando se conocieron les llegaba casi hasta las rodillas, ahora apenas les rozaba los talones.
“Te acordas cuando nos conocimos?” le susurró Enzo, que no había soltado su mano.
“Como si me pudiera olvidar” contestó Julian risueño, manteniendo el mismo volumen, temeroso de romper el momento si hablaba demasiado fuerte. “Me hiciste tirar las flores, culiado.”
Enzo se rió sin sonido. “Ya te pedí perdón che, no pensé que te ibas a sobresaltar así.”
“Qué hacías acá? Ese día”
Enzo se rascó la cabeza distraído. “Estaba paseando.” A estas alturas, Julian sabía cuando decía una mentira así que suspiró y dijo la verdad. “Te había visto antes y me llamaste la atención. Cuando te vi acá supe que era mi oportunidad.”
“Por qué te llamé la atención?” preguntó, con una ceja levantada y una sonrisa de suficiencia.
“Qué es esto? Un interrogatorio?”
La evasión de la pregunta fue una respuesta en si misma.
“Vos me trajiste hasta acá, ahora quiero mis respuestas.”
Enzo lo miró con una cara de enojado que se desarmó en menos de dos segundos.
“Parecías simpático y Doña Julia me dijo que tenías casi mi edad.” dijo, antes de desviar los ojos hacia un auto que pasó demasiado rápido. “Y quizás me pareciste un poco lindo.”
“Ay, Enzurri”.
“No te rías! Es verdad. Quizás en ese momento no lo pensé tan así pero no podía dejar de verte”.
La confesión hizo que Julian se tragara la burla que tenía preparada.
“Tengo algo que mostrarte”
Si el corazón de Julian dio un salto, intentó no mostrarlo. En vez de eso, se dejó guiar por Enzo que lo hizo girar hasta que estuvieron de espaldas a la ruta y de frente al murito que acababan de saltar.
Con los últimos rayos del sol, Julian vio el arbusto de flores rosas que crecía justo enfrente de donde ellos estaban parados.
“Son rosas silvestres,” explicó Enzo, mirando el arbusto. “O bueno, en realidad no son tan silvestres porque las estoy cuidando yo.”
Julian soltó el aire que había contenido en forma de risa y se animó a mirarlo a los ojos. Enzo se mordió el labio antes de continuar.
“Juli, yo- Creo que ya es un poco obvio pero hace rato que-”
Estaba nervioso. Tomó aire y exhaló para calmarse antes de volver a mirarlo con decisión.
“Hace rato que quiero decirte que me gustás. No como amigo sino como algo más.”
Julian sintió que flotaba. Enzo, ya no solo su mejor amigo sino el chico que le gustaba, sentía lo mismo por él. No había sido su imaginación ni su esperanza. Algo dentro de él se aflojó y todo lo que venía intentando ocultar desde que salieron de su casa al mediodía se extendió delante de él.
Enzo seguía hablando pero Julian no registraba las palabras, solo pensaba en lo mucho que necesitaba decirle que él sentía lo mismo.
“Si no sentis lo mismo no pasa nada, todavía sos mi mejor amigo, pero quería decírtelo. Necesitaba sacarmelo del pecho y-”
Julian cerró la distancia que había entre ellos y apoyó sus labios en los de Enzo, callándolo. Fue un beso corto, porque ninguno sabía qué más hacer más que disfrutar de esa sensación de alivio al saberse correspondidos. Al separarse, se observaron con miradas idénticas de alivio y sorpresa por lo que acababa de pasar.
“Vos también me gustas, Enzo.”
Sin la barrera de duda que había mantenido a Enzo a raya durante toda la tarde, soltó la mano de Julian para agarrarlo de la cintura y levantarlo en el aire para hacerlos girar en un torbellino de felicidad.
Cuando pararon y Enzo lo volvió a dejar en el suelo, apoyó su frente contra la de Julian y cerró los ojos, invitando a Julian a hacer lo mismo mientras la risa les brotaba del pecho.
“Desde cuando?” quiso saber Enzo.
“La verdad ni idea” la decepción de Enzo fue tan notoria que Julian puso un poco más de esfuerzo. “Un día me desperté y descubrí que tenía muchas ganas de besarte. Creo que fue después de que el Cuti dijo que le gustabas mucho a Valentina.”
“O sea que le debo una al Cuti.” Enzo se llevó dos dedos al entrecejo. “Porfa nunca le digas que dije eso.”
“No prometo nada. Y ahora que lo pienso, creo que era una treta para que me ponga celoso nomás porque Valentina está re enganchada con el pibe nuevo.”
Enzo le dio un pequeño empujón con el hombro mientras Julian se reía. “Yo me di cuenta hace bastante.” Las palabras fueron más efectivas que el golpe para obtener su atención. “Te acordás de las rosas amarillas?”
Cómo iba a olvidarse? Jamás se lo había admitido a Enzo pero había dejado una secándose en medio de uno de sus libros. Asintió.
“Para ese entonces ya me gustabas un poco. Licha me cargó todo el mes desde que le dije lo que quería hacer. Y encima se lo contó a Cuti que le contó a medio pueblo.”
“Con razón nadie me decía nada.”
“Y no, era lo mínimo que podían hacer por mí después de que se me reían. Hasta los viejos verdes se callaron. Tengo la teoría que casi todos querían que termináramos juntos.”
Julian se llevó la mano libre a la boca mientras que las mejillas se le volvían a enrojecer.
“Qué pasó?”
“Ahora hay que decirles a todos. A tus viejos, a los mios, a Doña Julia”
La lista era demasiado larga. De solo pensar que ahora todo el pueblo se iba a enterar de que ellos estaban en algo le hizo sentirse avergonzado y se cubrió la cara.
“Qué? Te averguenza que te vean conmigo?” preguntó, con falsa indignación.
“No es eso, culiado, es que me la pasé negando que sentía algo por vos hasta la semana pasada, se me van a cagar de risa en la cara.”
Enzo se le rió en la cara y Julian le pegó unos manotazos suaves pero certeros para que pare.
“Perdón Juli, pero sos demasiado tierno.”
“Ah, y vos no? Me trajiste al lugar en donde nos conocimos y me mostras que plantaste un arbusto de rosas silvestres rosas para mí?”
Volvió la vista al arbusto en cuestión mientras Enzo se secaba una lágrima que se le había derramado por la risa. Una idea cruzó por la cabeza de Julian. “Cuando lo plantaste?”
“En otoño, después de ese día que fuimos a Córdoba y vos te pasaste con el alcohol. Te llevé afuera para que tomes un poco de aire y me dijiste algo que me dio la seguridad que necesitaba para confesarme.”
“Qué te dije?” Enzo se mordió el labio para no reírse. A Julian le dieron ganas de morderle el labio él mismo, ahora que podía, pero detestaba que le estuviera ocultando algo que evidentemente era vergonzoso. “Dale, culiado, decime.”
“Primero me dijiste que me querías. Un poco me rompiste el corazón porque pensé que me lo decías como un amigo pero entonces-”
“Qué, Enzo? Qué hice?”
“Intentaste darme un beso”, admitió, regocijándose ante la expresión de Julian. “Pero como soy un caballero corrí la cara y no te dejé porque sabía que no estabas en todas tus facultades. Me hiciste un puchero y casi cedo pero resistí.”
“Por eso al día siguiente no me mirabas a los ojos?”
“Si, porque si te veía iba a hacer una estupidez como intentar besarte o confesarte todo sin un plan. Así que me vine acá a plantar este arbusto con la idea de que apenas este muchacho floreciese me iba a confesar. Para bien o para mal. ”
“Y cómo resultó eso?” preguntó Julian, sintiendo la mano de Enzo apretar la suya y tirar de él hasta que quedaron frente a frente.
“Bastante bien. La verdad no me puedo quejar.”
“Por qué rosas rosas?”
“Originalmente iban a ser rojas. Había leído que representaban… amor.” La palabra salió en un susurro. Tan bajita que Julian no la hubiera escuchado si no hubiera estado a menos de 10 centímetros en Enzo. “Pero cuando fui a comprar las semillas, la señora me debe haber leído la intención de pedirte que seas mi novio en la cara y me dijo que el amor joven se representaba mucho mejor con rosas rosas.”
“Me estás diciendo que esta es tu manera de pedirme que sea tu novio?”
Los ojos de Enzo se agrandaron cuando se dio cuenta de lo que dijo pero sin perder su impulso de valentía le sonrió coqueto. “Y si es así, que me decis?”
“Que gay”
Enzo se desinfló y por un pequeño momento, Julian se sintió un poquito culpable antes de reírsele en la cara.
“Na, bueno. Me niego a que me humilles cuando intento ser romántico”
Fingiendo enojo, intentó zafarse de la mano de Julian pero este pasó sus brazos por detrás de su cuello y apoyó la cabeza en su hombro.
“Si.”
“Eh?”
“Que sí quiero. Ser tu novio, sí quiero.”
Días después, la noticia se expandió por todo el pueblo como un virus altamente contagioso, revelando el fondo de apuestas ilegal de su relación, manejado obviamente por la dupla desastre de Cuti y Licha. Sus vecinos no solo habían apostado si iban a empezar a salir o no, sino cuándo, dónde, cómo y hasta quién de los dos se iba a confesar primero.
Julian y Enzo se enteraron también, por supuesto, y a pesar de que era un poco humillante el hecho de que todos sabían menos ellos, disfrutaron muchísimo de ofrecer versiones incorrectas y opuestas y ocasionar disputas en el bar del pueblo.
Que bello es el amor.
A los veinticuatro, Julian riega las flores en el balcón del departamento que comparte con Enzo. Todas representaban algo en los ocho años que llevaban juntos.
Miró con cariño a las margaritas blancas, que ocupaban un lugar privilegiado en un banquito celeste. Entre sus raíces yacían Pinky y Cerebro, dos ratitas blancas que habían adoptado hace tres años, cuando Enzo vio que les buscaban adoptantes por redes. Al principio Julian no estaba muy convencido pero en menos de un mes, las ratitas se habían hecho un lugar en su corazón y en su capucha, donde les encantaba dormir la siesta mientras Julian estudiaba. Enzo se había puesto celoso tanto de que las ratas eligieran a Julian en vez de a él como de que Julian eligiera a las ratas antes que a Enzo. “Él no las quería a ustedes al principio”, les decía, mientras intentaba convencerlas de que se queden con él. “Traidoras, encima que yo las traje. Y vos no te rías, pasas más tiempo con esas ratas que conmigo”. Julian recuerda el día en que la salud de Pinky se comenzó a deteriorar y cómo una semana después de visitas constantes al veterinario, dio su último suspiro en sus manos. Un par de días después, Cerebro se fue en silencio mientras dormía. Los dos supieron que fue por la tristeza de haber perdido a su compañera de vida. Enzo lloró y Julian lloró con él.
Con el tiempo, las ganas de llorar cada vez que regaba las margaritas se iban suavizando, opacadas por los recuerdos graciosos de las travesuras que se habían mandado, travesuras que iban desde romperle las zapatillas a Enzo hasta morder el cable de la play.
Julian se rió mientras depositaba un beso sobre las flores y seguía ocupándose del resto. Los lirios de cuando se mudaron a su nuevo hogar, las peonias de cuando Enzo le tuvo que pedir perdón por una cagada que se mandó y que Julian le mostraba cada vez que comenzaban a discutir y el girasol gigante que Julian le regaló a Enzo porque su película favorita es Shrek y es capaz de repetir todo el diálogo de memoria si nadie lo detiene.
También están los geranios rojos y blancos que Enzo le regaló junto a las entradas para ir a ver a River en el Monumental. Julian se avergüenza un poco cuando se acuerda del caos que desencadenó ese regalo en la habitación. “Me parece que te voy a llevar a la cancha más seguido” le había dicho Enzo con lujuria mientras Julian se trepaba en su regazo y le robaba un beso largo y apasionado.
Sumergido en aquellos pensamientos y disfrutando de la llegada de los días cálidos, no escuchó la puerta del departamento abrirse ni a Enzo acercarse sigilosamente por detrás suyo hasta que sintió un brazo que lo rodeaba por la cintura y unos labios posarse sobre su cuello.
“Enzo! Me vas a matar de un infarto.”
“Perdón amor, no me pude resistir”, le dijo, sin una pizca de arrepentimiento. “Vos, rodeado de flores en primavera. Es como ver un ángel.”
Julian se mordió el labio. Enzo era ridículo a veces pero era su ridículo.
“Qué haces acá tan temprano?”
“Tenía un aniversario que festejar.”
Julian se hubiera derretido ante esas palabras si Enzo no estuviera intentando meter la mano por debajo de su remera.
“Atrevido”, le dijo, agarrándole la mano para que la deje quieta. “Es lo único en lo que pensás.”
“Bien que el año pasado en estas mismas fechas me diste una sorpresita bastante subidita de tono”.
Julian se dio vuelta en el medio abrazo y le pegó suavemente en el pecho, provocando la risa de Enzo antes de que ambos se fundieran en un beso suave y tranquilo, completamente alejado del fuego de sus palabras.
“Te acordas cuando nos conocimos?” susurró Enzo en sus labios.
Julian sonrió. “Si, eras más bajo que yo. Después pegaste el estirón.”
“Quedaste enano pero me sirve para hacer esto”, dijo, dándole un beso en esos rulos que lo volvían loco a modo de demostración. “Qué te acordas de ese día?”
“Aparte de que me hiciste trabajar el doble?”
“Si, aparte.”
“Que ya me tenías ganas desde ese entonces.”
“Aparte.”
“Que no te habías bañado.”
Enzo revoleó los ojos. “Si me había bañado. El día anterior.”
“Hay que bañarse todos los días.”
“Dale, qué más? Qué te regalé?” Presionó. Julian decidió finalmente darle la respuesta que quería.
“Una rosa blanca.”
“Al fin!” celebró, rozando su nariz con la de Julian. “Una rosa blanca. Alguna vez te preguntaste de dónde la saqué?”
La mandíbula de Julian se cayó. Jamás se había hecho tal pregunta y, ahora que Enzo se la planteaba se sintió un poco boludo por no haberse dado cuenta de ese detalle. La rosa era una rosa cuidadosamente criada; no había ninguna chance de que aquella flor creciera naturalmente en aquel campo de flores silvestres. Miró a Enzo, cuya sonrisa se había expandido considerablemente, con una curiosidad renovada.
“No, no?” Julian negó con la cabeza, expectante. “Esa mañana cuando nos conocimos yo había ido a comprar pan y te vi de casualidad en el campo pero no me animaba a hablarte así que me quedé mirando desde lejos. Doña Julia justo pasaba con su carrito de flores y me vio ahí dando lástima así que me dio la rosa y me dijo que te la de, que seguro te iba a gustar”.
“Así que Doña Julia fue la causante de esto?” dijo Julian, señalando el espacio entre ellos dos.
“Eu, yo también hice mi parte. Podría haber decidido no acercarme”
“Pero lo hiciste.”
“Y como me alegra haberlo hecho”, le dice, dándole un beso corto en los labios. “En ese momento la verdad que no le había dado importancia pero después me enteré que las rosas blancas significan pureza e inocencia, como nosotros en aquel entonces.”
“No me sorprende de Doña Julia. Ella sabía mucho sobre muchas cosas.”
Ambos pausan el momento para recordarla. Doña Julia había partido hacía cinco años.
“Y te acordás de las flores amarillas?”
“También fue obra de Doña Julia?”
Los dos sonrieron porque sí, también había sido obra de Doña Julia.
“Esperá, entonces el arbusto de rosas rosas que plantaste…” Enzo largó una carcajada que lo obligó a llevar el brazo que tenía alrededor de Julian a su rostro. “Nah”.
“Si. Esa Doña Julia tenía un sexto sentido para el amor. Creo que también tuvo algo que ver con Licha y Cuti pero todavía no estoy seguro, cuando los veamos les preguntamos”.
“Vamos a tener que ir ya porque enserio necesito saber”.
“Pará, me queda una última cosa.”
El rostro de Enzo se suavizó. Recién entonces Julian reparó en que, hasta ese momento, Enzo había mantenido un brazo detrás de su espalda durante toda la conversación que mantuvieron en ese balcón, rodeados de primavera. Su corazón dio un pequeño saltito de anticipación, como si ya supiera a qué venían todos aquellos recuerdos.
“Te acordas que fuimos a Calchín en invierno?” Julian asintió. “Bueno, antes de volvernos fui una vez más a visitar la tumba de Doña Julia, para agradecerle todo nuevamente y porque necesitaba un último consejo.”
Como si volviera a ser el Enzo adolescente, ese que sentía nervios cada vez que estaba cerca de Julian, le tomó una mano con delicadeza y la llevó a sus labios.
“Podes creer que cuando llegué ahí había una rosa roja? Sé que probablemente alguien fue a visitarla antes y se la dejó pero parecía demasiada coincidencia como para no aceptarlo.”
Julian sintió que los ojos le escocían mientras Enzo revelaba lo que había estado escondiendo a sus espaldas. Después de tantas flores, ambos sabían exactamente el significado de las rosas rojas.
“Juli-”
“Si, Enzo, si!” le dijo o le gritó, no está seguro, al mismo tiempo que se abalanzaba contra Enzo, el amor de su vida, para plantarle un beso que esperaba que transmitiera todo lo que estaba sintiendo en ese momento. Enzo lo atajó agarrándolo de la cintura y ninguno está seguro de quién lloró más ese día.
Una vez que lograron soltarse y dejar de lagrimear, Enzo le presentó de nuevo el ramo compuesto por cinco flores rojas y Julian lo tomó.
“No me dejaste ni preguntar” se burló.
“Me emocioné”
La risa brotaba fácil en ese momento, en el que sólo existían ellos dos.
“Voy de nuevo”, anunció Enzo, sacando un anillo del bolsillo del pantalón al que Julian no le prestó mucha atención porque estaba concentrado en Enzo y en la manera en que lo miraba con adoración. “Juli, mi amor, mi compañero de vida, mi mejor amigo, mi amante,” le dijo mientras levantaba y bajaba las cejas.
“Dale, culiadazo.”
“Juli, te querés casar conmigo?”
Julian cerró los ojos porque quería guardar ese momento en su memoria para siempre.
“Si”
El beso que compartieron mientras el sol se ocultaba detrás de los edificios fue uno de los más dulces que los dos habían compartido hasta ese momento, porque sellaba algo que, aunque no iba a cambiar en su esencia, confirmaba el amor que sentían el uno por el otro.
Para toda la vida.
