Chapter Text
Natsuki Subaru: el niño de la guerra, el héroe de Arlam, el héroe de Priestella, el Lolimancer y, ahora, el héroe de Vollachia. Es conocido de muchas maneras, pero nadie —aparte de ciertas Brujas y él mismo— sabe lo que hay detrás de todas esas hazañas: el Retorno por la Muerte. Es la habilidad que lo ayudó a ser quien es hoy; una habilidad deshumanizante que volvería loco a cualquiera. Sin embargo, Subaru no está loco. Una fuerte determinación de salvar a quienes ama, sin importar el precio, es lo que lo ha llevado hasta aquí. Después de innumerables acontecimientos, aprendió que no siempre tendría que morir para recomenzar; él, ante todo, es humano, y los humanos sufren. Pero Natsuki Subaru ha sufrido el mismísimo infierno: un calvario de morir incontables veces que no le desearía ni a sus peores enemigos. Pero... ¿cómo superó este infierno?
Principalmente, gracias a sus amigos, los que lo motivan a vivir y lo hacen apreciar estar en este mundo de elfos y tronos. Aunque mucho de eso estuvo a punto de perderse al entrar en Vollachia. Debido a lo ocurrido en la Torre de las Pléyades, su segundo amor, Rem, quien permanecía en el olvido por culpa del Arzobispo de la Gula y se encontraba en coma, finalmente despertó. Sin embargo, lo hizo sin recuerdos. Todo lo que Natsuki Subaru vivió con ella ya no existía en la memoria de la joven. En el imperio se enfrentó a una tribu de guerreras que lo mató varias veces por sospecha; a un chico pelinaranja que lo ejecutaba sin piedad al considerarlo una amenaza; y a un ciclo en el que murió tantas veces en un lapso de diez segundos que perdió la cuenta de sus propias muertes.
Tras las atroces batallas en la Isla de los Gladiadores y en la cúspide del Gran Desastre, llegaron refuerzos aliados desde Lugunica: Roswaal, Reinhard, Julius, Halibel, Anastasia y todo el campamento de Emilia. ¿Cómo lograron llegar? Después de la teletransportación provocada por Volcanica, Ram, Julius y Anastasia fueron enviados a las afueras de la capital de Lugunica. Allí se encontraron con cierto Santo de la Espada, a quien le explicaron la situación. Luego se dirigieron a la Mansión Roswaal, donde ya se encontraban Emilia, Beatrice y Patrasche. Roswaal estaba moviendo cielo y tierra para hallar a su «pieza más importante», tardando casi un año en localizarlo. Al conseguirlo, reunió a los refuerzos y marcharon directamente hacia Vollachia. Anastasia reclutó a Halibel a cambio de una fuerte suma de dinero, Julius se unió a la causa y el campamento de Emilia entero partió en su búsqueda.
Con todo esto, y gracias al uso de Cor Leonis, fueron capaces de contener la amenaza. La situación se volvió crítica cuando una copia de Ryuzu intentó encerrar a la Princesa del Sol en una dimensión de bolsillo; pero fue rescatada al último momento por la pequeña Rui Arneb bajo las órdenes de Subaru. Ya en esa dimensión, Rui utilizó la Autoridad de la Gula y consumió todo ese espacio a cambio de consumirse a sí misma. Con la ayuda de tres de las personas más fuertes del mundo, el resto del conflicto finalmente se solucionó.
Tras la victoria total, Subaru fue emboscado por cierta oni de cabello azul y amnésica, quien se abalanzó hacia él con clara intención asesina al ver morir a la pequeña Rui. Con lágrimas en los ojos y presionando a Subaru contra el suelo, le gritó:
—¡MALDITO! ¿POR QUÉ LA DEJASTE MORIR? ¡ERA SOLO UNA NIÑA! DEBISTE HABER IDO TÚ. ERES UN HÉROE, ¿NO? ¡ENTONCES LA HUBIERAS SALVADO, HÉROE INÚTIL!
Antes de poder golpearlo, fue apartada violentamente por Ram. Mientras Beatrice se posicionaba velozmente enfrente de Subaru para protegerlo, él se dio cuenta con amargura de que, posiblemente, la Rem que él conocía no volvería jamás. Ese pensamiento le destrozó el corazón. Fue entonces cuando vio a cierta semielfa abalanzarse hacia él con genuina preocupación:
—Subaru, ¿estás bien? Estuve tan preocupada todo este año...
Subaru sonrió, pero esta vez fue una sonrisa diferente.
Él había tenido varias conversaciones sobre la vida con cierta Princesa del Sol. Aquellas charlas se habían convertido en algo muy cercano a una amistad —a la manera de Priscilla, pero una amistad al fin y al cabo—. Un día, a las afueras de un campamento improvisado mientras contemplaban el atardecer, Subaru decidió confesarle una profunda inseguridad:
—Sabes, Pris... con todo lo que pasó, me puse a pensar en las cosas que he hecho en Lugunica y comencé a cuestionarme algo que nunca creí que dudaría. Emilia es una buena chica: linda, amable, fuerte y muchas cosas más... pero me di cuenta de que no corresponde mis sentimientos como yo quisiera. No es la persona más madura y es sumamente infantil —culpo a cierto espíritu gatuno por eso—, pero siento que simplemente no mira mis sentimientos de la misma forma en que yo los veo.
Priscilla resopló ante las palabras del chico. Desplegó su abanico para cubrir la parte inferior de su rostro y miró fijamente al héroe:
—No tengo idea de por qué me cuentas estas trivialidades, plebeyo. Pero si te soy honesta, la medio-demonio no tiene lo que se necesita para ser reina. Posee una visión del mundo ridículamente infantil e inmadura. Mi ser divino aún no comprende cómo los inútiles de esos Sabios le permitieron participar en la Selección Real. Su conocimiento es deplorable en casi todo... aunque concuerdo contigo en un único detalle.
Subaru la miró con absoluta sorpresa ante sus palabras. «Esto tiene que ser un sueño... ¿Priscilla estando de acuerdo conmigo en algo sobre Emilia-tan?», pensó. Aguantó la respiración esperando a que ella continuara.
—Es una buena persona. Tal vez no sea la más astuta, lista o analítica, pero busca hacer el bien. Lo comprendí cuando vi cómo ayudó a las esposas de ese inmundo sujeto de la Avaricia, logrando calmar sus corazones para mantenerlas con vida, o al ayudar a los plebeyos en Priestella. Sin embargo, eso no significa que sea la más apta para gobernar —declaró Priscilla en un tono frío y analítico.
Al escuchar aquel reconocimiento hacia Emilia viniendo de ella, Subaru quedó completamente pasmado. Priscilla, al ver su cara de desconcierto, le propinó un firme puntapié en la pierna para sacarlo de su trance.
—No malinterpretes, plebeyo. Ella no se ha ganado mi respeto en absoluto. Sus defectos superan con creces sus virtudes; si no es capaz de aceptar sacrificios, jamás podrá gobernar. Tiene buena voluntad, pero carece del juicio para ponerla en práctica buscando el bien mayor.
Subaru simplemente bajó la mirada. En el fondo, sabía que Priscilla tenía razón. Recordó la lucha contra la Pereza, contra Elsa, lo ocurrido en el Santuario... en tantas ocasiones, sin su intervención, Emilia no estaría viva. Sabía que, sin él a su lado, los defectos de Emilia sobresaldrían por encima de sus virtudes. Por primera vez, se preguntó con madurez: ¿por qué me enamoré de ella? Había sido a primera vista, un impulso guíado únicamente por su apariencia y su amabilidad natural. A lo largo de los dos años que llevaba en ese mundo, Emilia apenas había cambiado: seguía siendo ingenua, y aunque se había vuelto más fuerte en combate, continuaba siendo casi por completo dependiente de él para avanzar.
Fue necesario vivir el infierno de esos diez segundos para que se cuestionara su propia vida. Priscilla lo observó de reojo mientras él cavilaba y le dedicó unas últimas palabras:
—Poco me importa lo que rodee tus pensamientos, pero te sugiero que dejes de idolatrar a la medio-demonio y examines con frialdad lo que realmente sientes por ella.
Dicho esto, Priscilla le dio la espalda, dejándolo a solas con sus reflexiones.
Subaru dedicó varios días a analizar cómo se comportaba con Emilia y qué sentía realmente por ella. La apreciaba enormemente por todo lo que hizo en su momento, pero ya no podía verla como el ser perfecto e inalcanzable de antes. Se le había confesado y ella le había pedido tiempo... pero ya había pasado año y medio y aún no le daba una respuesta. Para los elfos, el tiempo transcurre de forma distinta, pero la vida de los humanos es corta. Aunque Subaru poseía el Retorno por la Muerte, sabía que si moría de vejez no habría nada que hacer; sería el definitivo Game Over. Mientras tanto, Emilia mantendría casi la misma apariencia que cuando se conocieron. Si ella seguía postergando las cosas, llegaría un punto en el que él se desesperaría.
Fue entonces cuando la verdad lo golpeó: tal vez nunca estuvo verdaderamente enamorado de Emilia. Quizás lo que sintió al principio fue una intensa admiración. No podía engañarse diciendo que no sentía nada por ella, pero al mirarla con claridad, comprendió que eso no era amor romántico. La quería, sí, pero como a una amiga valiosa. Esa fue la conclusión a la que llegó.
De vuelta al presente, Subaru correspondió al abrazo de Emilia, pero ya no la miraba con los ojos enamorados de antaño, sino con una sonrisa de sincera amistad. Había aceptado sus verdaderos sentimientos. Tiempo atrás había visto a Emilia como la única salvación de su calvario, pero ahora entendía que su salvación eran todos sus amigos juntos. Ella era alguien por quien daría la vida, pero ya no el centro de su universo.
—Estoy bien, Emilia. Gracias por venir a ayudar —dijo suavemente.
Emilia notó de inmediato la ausencia del sufijo cariñoso en su nombre. Recuerdos del pasado resonaron en su mente: «¡Emilia-tan es tan amable! ¡Emilia-tan es tan linda! ¡Emilia-tan...!». Sintió una punzada de preocupación pensando si Subaru habría vuelto a perder la memoria. Sin embargo, al fijar su mirada en él, se encontró con los ojos maduros de alguien que había caminado por el infierno. Se dio cuenta de que este Subaru ya no era el mismo chico de hace un año.
A lo lejos, Rem continuaba observándolo con resentimiento mientras Ram intentaba calmarla. Reinhard y Roswaal se acercaron al héroe del imperio para ayudarlo a ponerse en pie.
—Subaru, me alegra mucho verte de nuevo. Disculpa la demora; he estado sumamente ocupado últimamente y no pude venir a buscarte antes —expresó Reinhard con calidez mientras lo ayudaba a erguirse.
Subaru se sacudió el polvo de la ropa y asintió:
—No te preocupes por eso, Rein. Más bien me sorprende que lograras encontrarme con tanto trabajo encima.
—De hecho, fui yo quien te rastreó, Suuuubaaaaaruuuuu-kuuun... —intervino cierta voz melodiosa y extravagante.
Al oír al payaso, Subaru sintió un escalofrío inicial, pero se relajó rápidamente. La vivencia en el imperio y la influencia de cierta Princesa habían forjado en él una actitud mucho más madura y serena. Le dedicó una mirada tranquila a Roswaal:
—Ya veo. Te lo agradezco de todos modos. Si no hubieran venido, las víctimas habrían sido muchas más.
Todos los miembros del campamento de Emilia presentes —a excepción de Rem— miraron a Subaru con extrañeza ante la compostura con la que le habló a Roswaal, estando acostumbrados a sus habituales discusiones y tono agresivo. Incluso el propio Roswaal cambió su expresión burlona por una de leve asombro. Todos comprendieron en ese instante cuánto había madurado.
Poco después, todos comenzaron a colaborar con los habitantes locales para reparar los daños causados por la batalla. Tras varios días dedicados a la reconstrucción, llegó el momento en que el emperador Vincent convocó a todos los guerreros al salón del trono.
Al llegar, Subaru se encontró con todos los rostros que habían marcado su travesía: la tribu de las Shudrak, sus compañeros de la Isla de los Gladiadores, cada uno de los Generales Divinos, los hermanos comerciantes, Anastasia, Julius, Reinhard, Halibel, Aldebaran y, por supuesto, Priscilla. Subaru caminó al frente con su campamento siguiéndolo de cerca.
En el centro, erguido frente al trono imperial, Vincent alzó la voz para exclamar:
—Natsuki Subaru: héroe del Imperio, comandante de la subjugación del Gran Desastre y liberador de la Isla de los Gladiadores. ¡Da un paso al frente ante mí!
Subaru sintió una leve conmoción por la solemnidad de las palabras del soberano, pero avanzó con paso firme y se inclinó. Vincent cambió su semblante serio por una tenue sonrisa. Alzando la Espada Yang, la posó simbólicamente sobre cada uno de los hombros del chico sin tocarlo y proclamó:
—Yo, Vincent Vollachia, actual Emperador del Imperio de Vollachia, te otorgo el título de General Divino del Imperio por tus hazañas.
Los ojos de Subaru se abrieron de par en par. Levó la cabeza para encontrarse con la mirada de Vincent y luego observó al público: la mayoría aplaudía con entusiasmo; sus camaradas gladiadores vitoreaban eufóricos junto a Medium y su hermano; sus amigos de Lugunica sonreían con orgullo. Finalmente, fijó su vista en la Princesa del Sol, quien le dedicó una sonrisa de plena satisfacción, mientras a su lado, Aldebaran aplaudía emocionado bajo su casco de hierro.
Subaru aceptó el honor. Más tarde, mientras la multitud comenzaba a dispersarse y la gente compartía sus planes futuros, el chico recorrió el lugar. Se enteró de que la futura Emperatriz de Vollachia sería la enérgica Medium —dejaándolo atónito— y observó a algunos despedirse de los muertos vivientes antes de que sus almas se desvanecieran por completo.
Caminando hacia las murallas del castillo con vista al horizonte, encontró a Priscilla de pie, contemplando el crepúsculo.
—Veo que el nuevo General Divino está repasando sus glorias en este lugar... ¿No es así, plebeyo? —comentó ella sin girar la cabeza.
Subaru se colocó a su lado, contemplando la puesta de sol con una sonrisa nostálgica:
—Lo que pasé aquí fue un verdadero infierno... pero ver este momento de paz, sabiendo que todos están a salvo y felices, hace que todo haya valido la pena.
Priscilla ocultó la parte inferior de su rostro con el abanico y esbozó una leve sonrisa. Ambos permanecieron en un cómodo silencio observando el atardecer.
Sin embargo, en lo más profundo de la Autoridad de Subaru, la Envidia percibió algo. Algo imperdonable. Algo que amenazaba con arrebatarle lo que consideraba suyo por derecho. Desesperada, la Bruja decidió manifestarse a través del cuerpo del chico al que amaba para evitar perderlo.
Priscilla dirigió su mirada hacia Subaru con un semblante repentinamente serio. De forma directa y cortante, lanzó una pregunta:
—¿Cuántas veces lo hiciste?
Las palabras congelaron a Subaru. Miró a la Princesa a los ojos y su cuerpo se tensó al límite. Intentó articular palabra, pero la garganta se le cerró por completo. Ella lo interrumpió antes de que pudiera excusarse:
—No creas que no lo noté. Esas ocasiones en las que poseías información imposible de obtener... o los momentos en que, de un segundo a otro, la expresión de tu rostro cambiaba drásticamente a un terror absoluto.
Subaru se horrorizó. Si ella había deducido la existencia del Retorno por la Muerte, la regla se rompería. Y así fue.
Una masa de sombras abrumadora comenzó a brotar a espaldas de Subaru. La Envidia se manifestó. Pero en lugar de atacar a Priscilla como siempre ocurría con quienes descubrían el secreto, las manos sombrías se abalanzaron directamente sobre el pecho de Subaru, sujetando su corazón con fuerza asesina.
Tanto Priscilla como Subaru quedaron perplejos. La Envidia no buscaba silenciar al testigo, sino reclamar al chico mientras susurraba con voz desquiciada:
—Te amo... Te amo... No dejaré que te vayas...
Apretando su agarre para terminar con la vida de Subaru antes de perderlo, la sombra intensificó su ataque. Priscilla reaccionó al instante: arrojó su abanico, manifestó la Espada Yang y cortó de un tajo varias de las extremidades oscuras intentando purificarlas. Sin embargo, al ser la encarnación misma de la Envidia, las llamas sagradas de la espada no surtieron efecto.
Subaru no comprendía nada. La Envidia jamás había actuado así. Pero antes de que pudiera procesarlo, un insólito destello de luz blanca emergió desde el centro de su pecho. La Envidia multiplicó sus manos en un intento desesperado por aplastarlo, pero la luz resplandeció con una intensidad cegadora. Priscilla se interpuso frente a él para protegerlo y, en el punto máximo de la explosión lumínica, ambos desaparecieron en el aire antes de que las sombras pudieran tocarlo.
Al no estar Subaru presente, la Envidia perdió su ancla en la realidad y comenzó a desvanecerse. Antes de extinguirse por completo, la sombra emitió un grito desgarrador que retumbó en todo el imperio:
—¡¡NOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOO!!
En el interior del castillo, Beatrice —quien se encontraba con Emilia y el resto del campamento aguardando a que Subaru tuviera su momento a solas— sintió repentinamente cómo el lazo de su contrato se rompió por completo. Sus ojos se abrieron de par en par, invadida por una ola de angustia y pánico absoluto.
En ese instante, el alarido monstruoso resonó por los pasillos.
Reinhard, Cecilius, Halibel, Aldebaran, el campamento de Emilia y el Emperador Vincent corrieron hacia las murallas. Al llegar, lo único que encontraron tirado sobre la piedra fue el abanico de Priscilla. Aldebaran quedó paralizado ante la escena. Beatrice cayó de rodillas al rastrear los últimos vestigios de la puerta mágica de su contratista totalmente extinta, gritando con histeria:
—¡¡SUBARUUUUUUUUUU!!
Al mismo tiempo, en un lugar completamente ajeno a todo lo anterior, un parque de juegos se encontraba sumido en la tranquilidad de la noche. Eran exactamente las 11:00 PM.
Un destello blanco iluminó el área por un segundo y, de la nada, aparecieron el Héroe del Imperio y la Princesa del Sol.
Subaru cayó sobre la hierba. Miró a su alrededor y un choque de incredulidad recorrió su cuerpo. «Este parque... es el que está al lado de mi casa», pensó en shock. Además, notó que el dolor crónico de su puerta mágica rota había desaparecido por completo.
A su lado, observó cómo la Espada Yang en las manos de Priscilla comenzaba a desvanecerse en el aire como humo fino. «No siento mi puerta... y la Espada Yang de Pris está desapareciendo... Esto solo puede significar una cosa», dedujo con el corazón a mil por hora.
Priscilla examinaba el entorno con una mirada analítica y seria, intentando comprender lo que sucedía:
—No puedo sentir ni una sola gota de maná en este lugar —dijo girándose hacia el chico—. ¿Qué fue ese destello que nos trajo aquí? ¿Y por qué la medio-demonio se manifestó como esa sombra con la intención de matarte a ti?
Al escuchar sus palabras y observar las luces lejanas de la ciudad moderna, Subaru abrió los ojos de par en par mientras una sola idea retumbaba en su cabeza:
«¡¿ESTAMOS EN JAPÓN?!»
(Continuará...)
