Chapter Text
Fecha: 15 de marzo de 1993
Era una noche tranquila en la gran y poderosa empresa de Acme. Los últimos rayos de luz artificial del edificio principal se reflejaban en los cristales oscuros de las oficinas superiores, mientras el resto de la ciudad ya se hundía en un silencio interrumpido solo por el zumbido lejano de los automóviles y el eco ocasional de una sirena.
Los empleados humanos trabajaban sin descanso hasta esas horas, y ahora, uno a uno, se retiraban por las puertas giratorias del vestíbulo. Hablaban entre ellos con esa mezcla de cansancio y alivio que solo aparece después de una jornada interminable: sobre el descanso que merecían, sobre los planes de vacaciones que habían pospuesto demasiadas veces, sobre lo que comerían en la tienda de conveniencia más cercana antes de volver a sus casas. Algunos se reían con esa risa forzada de quien quiere convencerse de que el día había valido la pena. Otros simplemente caminaban en silencio, con la mirada baja y el paso pesado.
Entre ellos se encontraba el CEO de la empresa, el Gallo Claudio. Un exitoso empresario de plumaje blanco impecable, cresta roja erguida con arrogancia y una corbata de seda que, a pesar de las horas, seguía perfectamente anudada. Estaba terminando de revisar algunos papeles en su despacho del piso más alto. La espalda le dolía después de tanto tiempo sentado, aunque no solía trabajar tanto en su oficina; prefería las reuniones, las decisiones rápidas y las órdenes dictadas con voz potente.
Esa noche, sin embargo, había preferido quedarse. Deseaba tomarse unas vacaciones, sí, escapar a alguna playa donde nadie lo reconociera como el gallo que dirigía el imperio Acme, pero primero tenía que asegurarse de que algunos de los proyectos más recientes se llevaran a cabo sin contratiempos.
Entre ellos, el plan del Proyecto Sísifo.
Los altos mandos habían pedido que se encargara de la empresa y tomara las riendas, y él lo había hecho con la determinación de quien sabe que el fracaso no es una opción. Estaba empezando a organizar todo para una expansión. Revisaba los presupuestos y los recursos que iban a necesitar para llevar a cabo las pruebas: más laboratorios, más personal de seguridad, y sobre todo más caricaturas dispuestas a trabajar en el área de sujetos de prueba.
Después de todo, ¿qué era un poco de daño si era a favor del progreso?
Los toons se recuperaban. Siempre se recuperaban. Esa era su ventaja natural, y Acme sabía aprovecharla. Mientras los productos se perfeccionaban para el mercado humano, los dibujos animados servían de filtro perfecto. Un cohete que explotaba demasiado pronto, un imán que atraía más de la cuenta, un túnel pintado que no resistía el peso... todo se corregía después.
El progreso exigía sacrificios, y él estaba dispuesto a hacerlos.
El gallo se estiró después de terminar de organizar los últimos informes del rendimiento de sus más recientes productos. Los números eran buenos. Muy buenos.
Sonrió para sí mismo, satisfecho. Luego se dispuso a irse a su cómoda mansión para descansar. Tal vez tomar un baño caliente, ver alguna película con buenos bocadillos importados de algún país extranjero. Los productos siempre sabían mejor si venían de lejos; tenían ese toque de exclusividad que justificaba el precio.
Bajó por el ascensor. Las puertas se cerraron con un suave silbido y el espejo del fondo le devolvió un reflejo ligeramente distorsionado de sí mismo.
En ese momento, sin querer, recordó vagamente las palabras de sus padres, dichas hacía tantos años en la granja donde había crecido:
"Son solo caricaturas, eres mucho más importante que esas ridículas cosas".
Él había creído esas palabras. Las había hecho suyas. Acomodó la postura, se enderezó más, forzó una sonrisa más amplia mientras se repetía que todo lo que hacía, todo su trabajo, todo su esfuerzo y sus meses de no dormir bien, eran para lograr algo más grande.
Creía en el progreso, sí, pero también quería el dinero que le daría ese progreso. Y trabajaría tan duro que nadie lo haría retroceder. Nadie volvería a hacer chistes de gallos y gallinas en su presencia. Nadie se burlaría de él a menos que él mismo hiciera las bromas.
Al salir del edificio, se desacomodó un poco la corbata. Ahora apretaba más de lo debido; había acumulado unos cuantos kilos en los últimos meses, pero nada que le importara de verdad. Después de todo, nadie podía decirle nada sin correr el riesgo de sufrir las consecuencias.
Caminaba hacia su auto con paso seguro, las garras haciendo un suave clic—clac contra el asfalto del estacionamiento casi vacío, cuando escuchó un ruido extraño.
Se detuvo. Miró a ambos lados. El sonido era confuso, como el de bolsas siendo desgarradas por dientes. Sonaba como un gato buscando comida en la basura.
El gallo suspiró, molesto. Últimamente los gatos abundaban por aquí. Era molesto porque los trabajadores a veces dejaban las tapas de los contenedores abiertas y luego los animales venían a comerse los restos del almuerzo de la oficina.
No es que solo hubiera comida; digamos que la empresa daba buenos servicios a cambio de ser profesional y firmar un acuerdo de confidencialidad. Pero había restos de experimentos fallidos, trozos de metal, papeles clasificados que debían haberse incinerado... y, ocasionalmente, restos de comida.
Se acercó al contenedor más cercano, que se movía ligeramente. Estaba cerrado. Así que probablemente había un animal salvaje adentro, o alguna caricatura estúpida que quería vengarse de él.
Decidió que no valía la pena arriesgar su pellejo si era la segunda opción.
Estaba a punto de irse cuando escuchó que del contenedor salían pequeños sonidos... eran como los quejidos de un cachorro.
Eso lo hizo detenerse de verdad.
Un cachorro.
Bueno, los cachorros eran lindos cuando eran pequeños, pero luego crecían y se volvían molestos, exigían demasiados cuidados, destrozaban cosas...
Y, sin embargo, se encontró levantando la tapa del contenedor porque, claro, le gustaban los animales pequeños. ¿A quién no?
Al revisar, esta vez de forma cuidadosa, lo que encontró no fue un simple perrito.
Honestamente no sabía qué era exactamente.
Sin el pañal —una señal obvia de que era un bebé— no habría sabido descifrarlo.
Era pequeño, con pelaje marrón sucio, ojos amarillos grandes y llenos de una mezcla de curiosidad y cautela. Sostenía un pequeño pedazo de sándwich que se estaba comiendo con mucho cuidado, como si tratara de ser educado a pesar de estar comiendo de la basura.
El gallo se dio cuenta de inmediato de que era una caricatura. Era imposible que no lo fuera con esas proporciones, con esa expresión tan exagerada, con esa forma de mover las orejas.
El repudio familiar se instaló en su pecho. Claramente no disfrutaba de ver a una caricatura hurgando en la basura. Pero ver a un bebé provocaba una mezcla de emociones contradictorias.
El pequeño estaba todo sucio y olía mal, a basura y a humedad. Sin embargo, era tan pequeño que probablemente le llegaría apenas a la rodilla. Sus orejas y su cola parecían de perro, aunque su nariz era un poco larga, como su hocico.
Lo extraño era que no emitía ruidos. No gritaba, no lloraba, no pedía atención ni actuaba como una caricatura enloquecida. En cambio, siguió comiendo cuando el gallo se quedó mirándolo demasiado tiempo.
Luego, cuando termino de comer, el pequeño se acercó gateando hacia a la orilla del contenedor e intentó bajar. Estaba demasiado alto para él. Cada vez que se asomaba, se detenía, miraba hacia abajo con esos ojos enormes y se echaba atrás, temblando un poco.
El gallo no pudo evitar reír ante la escena. Un bebé intentando bajar sin éxito de un lugar alto, sin pedir ayuda, como si estuviera acostumbrado a eso... eso sí era gracioso.
La risa le salió profunda, desde el pecho, y por un momento olvidó la fatiga de la jornada.
Aun así, no pudo evitar acercarse cuando el pequeño pareció que se iba a caer de verdad.
El bebito perdió el equilibrio, resbaló y cayó. El gallo extendió los brazos y lo atrapó antes de que golpeara el suelo.
—Vaya, sin duda eres una criaturita interesante, ¿no, pequeñín? —dijo con esa voz potente y alegre que lo caracterizaba, mientras sostenía a la pequeña criatura frente a su rostro.
El bebé lo miró con ojos grandes llenos de curiosidad. Su colita empezó a moverse lentamente, de un lado a otro, como si estuviera evaluando si este gallo era amable o no, como si estuviera curioso por responder esa pregunta. No hizo ningún sonido. Solo lo observó, con esa atención intensa que solo tienen los cachorros cuando descubren algo nuevo.
El gallo miró alrededor. El estacionamiento estaba vacío. No había nadie más. Probablemente el pequeño se había perdido... o lo habían abandonado.
Dejarlo ahí, aunque no hubiera nadie, no se sentía del todo bien. Podía tener sus defectos —muchos, de hecho—, pero no era un monstruo.
Además, pensó, la prensa adoraba las historias de tipos ricos que cuidaban de niños huérfanos. Unas cuantas fotos, unas semanas, tal vez unos meses juntos, y cuando los padres —si es que existían— llamaran para reclamar a su cría, él saldría como el héroe generoso. Brillante.
Con esa idea, cargó al niño como si fuera un gato sucio y lo llevó hacia su auto. La limusina negra esperaba con el motor ya encendido.
El chófer no hizo preguntas, como siempre. El gallo agradeció el silencio. Dejó al pequeño en el asiento de al lado y cerró la puerta. Arrancaron.
Durante los primeros minutos el bebé se quedó quieto, mirando por la ventanilla todo lo que era brillante y bonito: las luces de la ciudad, los anuncios luminosos, los edificios que se elevaban hacia el cielo.
El gallo lo observaba de reojo, divertido.
Luego llegó la primera curva pronunciada. El auto frenó un poco y el pequeño, que no tenía cinturón ni nada que lo sujetara, se deslizó hacia adelante y casi se golpeó contra el suelo.
El gallo lo sujetó a tiempo, gruñendo.
—¡Cuidado, muchacho! —exclamó, acomodando al bebé sobre sus rodillas—. Parece que tendré que cargarte si no quiero que termines como uno de nuestros productos de prueba.
El bebé lo miró otra vez. Su cola se movió un poco más rápido. Todavía no hacía ningún ruido, pero sus ojos parecían más brillantes, menos cautelosos. Parecía divertido por los movimientos y la voz del hombre. Mientras que el gallo suspiró y se recostó contra el asiento.
Afuera, la ciudad seguía deslizándose. Dentro del auto, el olor a basura del pequeño se mezclaba con el aroma a cuero nuevo y a colonia cara.
El CEO de Acme miró al cachorro que ahora descansaba contra su pecho, sucio, silencioso y extrañamente calmado.
Al llegar a la mansión, la limusina se detuvo frente a la entrada principal, donde las luces exteriores iluminaban el jardín perfectamente recortado y las columnas de mármol que flanqueaban la puerta de doble hoja.
El chófer abrió la puerta trasera en silencio y el gallo salió con paso decidido, sosteniendo al bebé contra su pecho como si fuera un paquete frágil que no quería soltar del todo.
El aire de la noche era fresco y olía al jazmín de los arbustos cercanos. El pequeño levantó la cabeza y miró alrededor con esos ojos amarillos enormes, fascinado por las luces que se reflejaban en las ventanas altas y por el brillo de las farolas.
Dentro de la mansión todo estaba en penumbra, excepto las lámparas que Elena, la ama de llaves, había dejado encendidas en el vestíbulo, como hacía cada noche.
El gallo subió las escaleras de mármol con cuidado, evitando los escalones que crujían, y se dirigió directamente a su habitación principal. Era un espacio amplio, con una cama de dosel, cortinas pesadas de terciopelo oscuro, un escritorio de madera noble lleno de papeles y un baño privado adyacente que olía siempre a jabón caro y a colonia.
Dejó al bebé sobre la cama por un momento, solo el tiempo suficiente para quitarse la chaqueta y arremangarse la camisa. El pequeño se sentó torpemente, mirando las paredes cubiertas de cuadros y los objetos brillantes que había sobre las mesitas de noche. Parecía querer explorar, pero el gallo no le dio tiempo.
—Primero lo primero, muchacho —murmuró mientras lo levantaba otra vez—. Estás hecho un asco. Vamos al baño.
Lo llevó al cuarto de baño y cerró la puerta con el pie. El espacio era amplio, con una bañera de porcelana blanca lo suficientemente grande para que un adulto se estirara cómodamente. El gallo abrió el grifo sin pensarlo demasiado.
El agua empezó a salir caliente, casi hirviendo, y el vapor se elevó de inmediato. Llenó la bañera hasta arriba, como hacía cuando se daba un baño largo después de un día difícil. Solo cuando el agua ya estaba a punto de desbordarse se dio cuenta de que quizás no era la temperatura ideal para alguien tan pequeño. Metió un dedo, retiró la mano de inmediato y soltó un resoplido.
—Demasiado caliente. Claro. Los bebés son delicados. ¿Quién lo hubiera pensado?
Bajó la temperatura, vació un poco y volvió a llenar. Esta vez el agua quedó tibia, aunque todavía un poco más profunda de lo necesario. Tomó al bebé, que lo miraba con una mezcla de curiosidad y desconfianza, y lo sumergió con cuidado.
El pelaje sucio se empapó de inmediato. El pequeño soltó un sonido lastimero, suave, casi un quejido, y se removió en el agua. No gritó. No lloró con fuerza. Solo emitió ese ruido bajo y lastimero que hacía cuando algo le resultaba incómodo o lo asustaba.
El gallo empezó a jabonarlo con el mismo jabón que usaba para sí mismo, tallando el pelaje con movimientos firmes, como si estuviera limpiando una mancha rebelde de su propia ropa. El bebé se retorció y soltó otro quejido más agudo. El gallo se detuvo, sorprendido.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó en voz alta, aunque nadie más pudiera oírlo—. Solo te estoy limpiando. No es para tanto.
Volvió a intentarlo con menos fuerza. El pelaje empezó a soltar la suciedad, el olor a basura y la grasa acumulada. Poco a poco el color verdadero fue apareciendo bajo el jabón: un café profundo, como chocolate amargo, con zonas más claras hacia el pecho y el vientre, del tono exacto de esos dulces de cajeta que una vez había comprado en un viaje a México y que había terminado comiéndose casi enteros.
El gallo se detuvo un segundo a observar. El bebé, ahora más limpio, lo miraba con los ojos entrecerrados, todavía soltando esos sonidos suaves cada vez que el agua le entraba por las orejas o cuando el jabón le picaba un poco.
Después de varios intentos, ajustes de temperatura y un par de momentos en los que el agua casi se desbordó otra vez, el pequeño quedó limpio.
El gallo lo sacó de la bañera con cuidado, lo envolvió en una toalla grande y esponjosa y lo llevó de vuelta a la habitación. El bebé temblaba un poco, no de frío, sino de la novedad de estar completamente seco y limpio por primera vez en quién sabía cuánto tiempo. El gallo lo dejó sobre la cama y se quedó mirándolo, con las manos en las caderas.
No tenía pañales. No tenía ropa de bebé. No tenía nada. Abrió el cajón de la mesita de noche, sacó el teléfono y buscó durante dieciséis minutos exactos —cronometró el tiempo sin darse cuenta— cómo hacer un pañal improvisado con una toalla.
Siguió las instrucciones de un video con el ceño fruncido, doblando y anudando la tela con una torpeza que le resultaba desconocida. Cuando terminó, el bebé quedó envuelto de forma aceptable, aunque un poco abultado.
El gallo se limpió las manos y sacó el teléfono otra vez, esta vez abriendo la aplicación de notas. Empezó a escribir ideas para las sesiones de fotografía:
"CEO de Acme rescata a inocente toon abandonado", "Corazón generoso detrás del imperio", "El magnate que adoptó a un cachorro de la calle". Sonrió al imaginar los titulares.
Entonces el pequeño, ya limpio y envuelto, levantó la vista hacia él y sonrió. Fue una sonrisa pequeña, sin dientes, pero clara. Extendió las patitas delanteras hacia el gallo, como si pidiera que lo cargaran otra vez.
El Gallo Claudio se quedó inmóvil, con el teléfono en la mano. No sabía qué hacer exactamente. Nunca había sido bueno con los niños. Nunca había tenido que serlo. El bebé siguió con los bracitos extendidos, la cola moviéndose despacio bajo la toalla, los ojos fijos en él con una confianza que no merecía.
—Mira tú... —murmuró el gallo—. Ahora resulta que te caigo bien...
Dudó un segundo más y luego marcó el número interno de la casa. Elena, la ama de llaves, contestó al segundo tono. Tenía voz de quien ya estaba medio dormida, pero se despertó de inmediato cuando escuchó el tono del patrón.
—Elena, sube a mi habitación. Ahora. Trae... lo que sea que se necesite para un bebé. Toallas limpias, ropa si tienes, algo de leche, lo que sea.
La mujer llegó en menos de tres minutos, con el delantal todavía puesto y el cabello recogido a toda prisa. Al entrar y ver al pequeño sobre la cama, su expresión cambió por completo. Los ojos se le ablandaron, la boca se abrió en una sonrisa involuntaria y se acercó con pasos cuidadosos.
—Ay, señor... ¿de dónde sacó esto? —preguntó en voz baja, ya extendiendo las manos—. Es tan pequeño. Tan... limpio ahora.
El gallo le explicó a grandes rasgos lo del contenedor, omitiendo los detalles más inconvenientes. Elena no necesitó más. Tomó al bebé con la destreza de quien había sido madre años atrás, lo acomodó contra su pecho y empezó a mecerlo suavemente mientras revisaba el pañal improvisado y murmuraba palabras suaves.
El pequeño se dejó hacer, soltando solo un leve sonido de contento cuando ella le acarició la cabeza.
El gallo se quedó de pie junto a la ventana, mirando la escena con los brazos cruzados. Ya no pensaba solo en las fotos. Ahora pensaba en cómo aprovecharía la historia durante meses. Un toon rescatado. Un gesto de generosidad. El mundo entero hablaría bien de él. El Gallo Claudio iba a ganar mucho respeto con esto.
Mientras tanto, el pequeño bostezó, cerró los ojos y se acomodó mejor en los brazos de Elena. Ella lo depositó con cuidado en el centro de la cama, rodeándolo con almohadas para que no pudiera rodar, y se sentó a su lado.
—Eres adorable, pequeño... —susurró mientras le acariciaba las orejitas con dos dedos—. Me pregunto qué nombre te pondrá el patrón.
El bebé bostezó otra vez, más largo esta vez, y se acurrucó. En su sueño ya no estaba en un contenedor ni en una bañera demasiado grande. Soñaba con un correcaminos bebé que usaba un andador de ruedas torcidas, que se escapaba de sus patitas cada vez que intentaba alcanzarlo, dejando atrás solo un rastro de polvo y un sonido lejano de rueditas sobre el suelo.
