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Pedri sonríe y bloquea el móvil. En la tele siguen poniendo anuncios, se supone que justo después de esto empieza El Hormiguero, pero a saber. Tal vez sale la cabecera y ponen otros 25 minutos de anuncios antes de que Ferran vaya a salir. Qué pereza.
Se levanta para hacerse un té, lo va a necesitar para dormir bien. Normalmente, su higiene del sueño consiste en besar a Ferran por toda la cara, abrazarlo bien fuerte y dormirse con el latido de su corazón como canción de cuna. Está muy mal acostumbrado. Ahora que su novio está en París le cuesta horrores dormirse y, cuando por fin lo consigue, no logra descansar bien.
Las ojeras se le han asentado en la cara y todo, pero absolutamente todo el mundo se ha dado cuenta. Las bromas en los entrenamientos eran de esperar, Gavi siempre está listo para preguntarle que si Ferran se ha llevado el colchón a Francia y ahora Pedri está obligado a dormir en la casa del perro. La tontería ha llegado incluso a las redes. Como tenga que ver la cara demacrada que tenía en el partido en Valencia una vez más, va a cometer algún crimen de lesa humanidad.
La mesa con el hervidor y las tazas está justo en frente de la tele y él está de espaldas, intentando no derramar el agua mientras se echa azúcar, cuando escucha la sintonía del programa. Se gira pero no hace amago de volver al sofá, Ferran no le ha escrito todavía así que le quedará un ratito por salir. Mira la cabecera familiar con desinterés y luego la cámara se mueve a enfocar al presentador y el equipo bailando antes de salir.
Menudo mamarracho, piensa Pedri dejando la cucharilla en la mesa y volviendo al sofá. Cada segundo de este paripé se le está haciendo eterno así que deja la taza en la mesita de centro y se dirige a la cama para buscar el peluche de tiburón que Ferran le compró en Nueva York.
— Para que no me olvides, Pepi —explicó mientras pagaban.
— Como si fuese a olvidarme de ti —masculló él con sorna—, con lo pesado que eres y lo mucho que te gusta mandarme fotos de tu cara.
— ¡Oye! ¡Dijiste que estaba guapo y que querías mas!
— Tú estás loco, yo jamás he dicho eso —negó él.
Está cerrando la mochila cuando escucha la voz del presentador anunciar al invitado de esta noche:
— Hoy ha venido a divertirse con nosotros… ¡Ferran Torres!
Pedri agarra el peluche y sale corriendo de vuelta al sofá. Se tira con tanta fuerza que se hace un poco de daño pero llega a tiempo para ver a Ferran entrar.
Está guapísimo, joder. Lleva un jersey azul oscuro con rayas finas rojas y cuello de pico blanco, y unos vaqueros oscuros. Le había enseñado la ropa que se iba a poner esta mañana pero la calidad del teléfono en videollamada nunca se va a acercar a las cámaras de televisión. Se le ve relajado y suave, como cuando llegaban tarde a casa después de ganar un partido y ya no les quedaba adrenalina en el cuerpo, perfecto para abrazarlo y no soltarlo nunca.
Lo echa tanto de menos. Llevan un mes sin verse en persona y Pedri está tan feliz de poder verlo en otro formato que no sea pixelado en su pantalla del móvil, que casi se olvida de que Ferran no le ha hecho caso. Casi.
Se acomoda en el sofá, abraza bien al tiburón y devuelve la mirada a la tele.
Intenta poner de su parte y prestar atención al comienzo de la entrevista, pero el presentador tiene menos gracia que un entierro y las dos marionetas que tiene como acompañantes hacen comentarios estúpidos. Si no fuese porque el programa le está regalando imágenes de su novio en todo su esplendor, hace un rato que hubiese apagado o cambiado de canal.
— Tú y yo compartimos una noche en Ibiza —empieza el entrevistador, un hombre bajito y pelirrojo, girándose a la cámara con una sonrisa de lado—. Una noche feliz. Incluso muy feliz, me atrevería a decir.
Menudo gilipollas, piensa él desde el sofá. Como si la gente fuese a creerse que Ferran se acercaría a él de esa manera, o de cualquiera.
— Una noche… larga, muy larga —concuerda el otro chico, la pulla no pasa inadvertida para Pedri que se anota una victoria mental—, se nos hizo de día prácticamente.
Desde el sofá, observa como van narrando la anécdota, un malentendido o algo así, le da igual. Ferran menciona a los amigos con los que había estado esa noche y él no puede evitar sentir un pinchazo en el pecho.
Pedri también quería estar ahí, quería ir con ellos y unirse al viaje de amigotes aunque los dos idiotas con los que su novio ha estado en Ibiza le caigan mal, pero por él podría incluso haberlos soportado unos cuantos días. No fue posible, después del mundial los rumores se habían salido de las manos y había cada vez más ojos puestos sobre él y Ferran, no podían permitirse un paso en falso. Así que él tuvo que largarse a las Maldivas mientras Ferran estaba de fiesta con el presentador más insoportable de toda España.
Si las cosas fuesen distintas, hubiera sido Ferran el que lo acompañaba en China y después en la playa. Joder, si todo fuese más fácil, en su Instagram habría un vídeo de Ferran apoyado en su regazo mientras le pasa la mano por el pelo.
Da un sorbo al té para tragar la amargura que se le ha asentado en la garganta y distraerse un poco de sus pensamientos. Mientras tanto, la entrevista continúa.
— Cuéntame un poco más, ¿cómo es exactamente el momento del gol?
— Uf… yo en esto me di cuenta de que Iniesta tenía razón: el tiempo se para, literalmente —explica Ferran y él puede ver el brillo en los ojos. Tan bonito, tan dulce.
— ¿Pero tú le das con todas tus fuerzas? —pregunta una de las marionetas con forma de hormiga.
— Yo… yo le doy con todo lo que tengo en ese momento. Y cuando veo que entra, el tiempo se para y luego… lo tengo borroso.
Él sí se acuerda, se acuerda perfectamente. Se acuerda de ver a Nico dando el cabezazo, recuerda perfectamente el momento en el que vio a Ferran en la posición perfecta para recibir ese balón. Él no movió ni un músculo, se quedó completamente quieto esperando a ver el resultado de la patada de Ferran. Cuando la bola golpeó contra la red, recuerda que el ruido le reventó los oídos y que hubo un segundo eterno en el que su novio se giró a mirarlo a él y solo a él.
Leer los pensamientos es físicamente imposible, pero Pedri jura que en ese instante escuchó la voz de Ferran en su cabeza: es gol.
Su mente vuelve a divagar. Ojalá pudiera haber corrido hacia él en ese momento y abrazarlo con toda la fuerza del mundo. Cada célula de su cuerpo empezó a vibrar apenas Ferran metió el balón en la portería, una adrenalina que no había sentido en todo el partido se adueñó de él y solo quería estar cerca del valenciano. Recuerda que le empezó a temblar la mano y no se calmó hasta que consiguió darle un golpe de ánimo en la espalda a Ferran. Ojalá haberlo abrazado y besado hasta quedarse tonto.
Siente lágrimas acumulándose en sus ojos y tiene que arrugar la nariz para mantenerlas a raya. Toma otro sorbo de té.
El entrevistador sigue, le pregunta a Ferran qué ha hecho con el uniforme del mundial y él le contesta que no lo ha ni lavado. Pedri lo sabe de primera mano, fue él el que deshizo la maleta y se encontró con una camiseta bien sudada. Debería darle asco pero él también lo ha hecho alguna vez. Cosas de futbolistas.
Hablan de los perros, Ferran menciona a Roma y a Vader, lo mucho que los echa de menos.
Las hormigas hacen alguna que otra broma, lo interrumpen cuando habla y él está cada vez más irritado. Pone un puchero y se reacomoda en el sofá, abrazando el peluche del tiburón todavía más fuerte.
— Ya sabes, somos hermanos, chocamos a veces —responde Ferran a una pregunta sobre Arantxa y la última pelea que han tenido.
— ¿Y normalmente quién pide perdón?
— Yo, yo —confiesa él con una sonrisa mientras asiente con la cabeza—. Siempre yo.
— ¿Diría lo mismo tu hermana? —bromea el entrevistador.
La verdad es que sí, piensa Pedri. Él también lo diría.
Por muy orgulloso y cabezón que sea, Ferran odia estar mal con las personas que quiere. Con su hermana es capaz de durar un poco más, pero ¿con Pedri? Lo máximo que han estado sin hablarse desde que empezaron a salir es 21 horas. Las peores 21 horas de su vida si le preguntas.
La pelea por el PSG fue fea, larga y agotadora. Él solo recuerda a Ferran sentarse a su lado en la cama del hotel en Chattanooga y decir como quien no quiere la cosa:
— Voy a decirle que sí a Luis Enrique.
Las palabras cayeron en él como un bofetón, duras y haciéndole girar la cara por completo. En ese momento lo único que era capaz de entender era que Ferran se quería ir de su lado. ¿Acaso todo lo que habían pasado juntos no significaba nada para él? ¿Se había cansado de todos los malabares que tenían que hacer para poder tener una vida relativamente tranquila? ¿Ya no lo quería como antes?
Ahora mismo no se acuerda ni de lo que dijo, solo recuerda un dolor horrible en el pecho mientras Ferran le soltaba lo que a él, en ese momento, le parecían excusas estúpidas. Se sentía traicionado, mentido.
— Mira, si ya no quieres nada conmigo no hace ninguna falta que te inventes historias —lo acusó, clavándole un dedo cerca de la clavícula—. Sé valiente y dímelo a la cara.
— Madre mía, Pepi, estás entendiendo lo que te da la gana.
— ¡Que no me llames así, joder!
Estuvieron gritándose quién sabe cuánto rato, hasta que los sollozos se volvieron tan fuertes que le impidieron continuar. Miró a Ferran de arriba a abajo y se fue a su habitación, en la que no había estado casi, se tumbó en la cama sin deshacer desde el primer día y siguió llorando hasta dormirse.
Al día siguiente, se despertó con dolor de cabeza y con una lucidez que solo se consigue con el llanto visceral. Lo entendió en ese momento, lo mal que lo había estado pasando Ferran, que había llegado al límite de su paciencia y que tenía que empezar a cuidarse más a sí mismo. Aunque Barcelona fuese el sitio soñado para Pedri, al valenciano lo estaba consumiendo poco a poco.
Ferran, siempre atento, siempre cuidadoso, había tenido el detalle de contárselo la noche anterior a un día de descanso. Así que Pedri aprovechó para pudrirse en la cama y llorar todo lo que pudiese mientras veía edits de ambos en partidos de La Liga. Era consciente de que tenía que disculparse y asegurarle a su novio que lo entendía, que le estaba doliendo por adelantado lo mucho que lo iba a echar de menos, pero quería un poquito más de tiempo para hacerse a la idea.
A última hora de la tarde, cuando se sentía un poco más seguro de sí mismo y se veía capaz de tener una conversación madura, alguien llamó a la puerta de su habitación. No esperaba a nadie y tampoco tenía ganas de hablar o entretener a ninguno de sus amigos así que intentó pretender que no estaba.
— Pedri, abre, por favor —la voz de Ferran sonó a través de la puerta.
Se incorporó de un salto y casi se cae porque el haber estado tumbado todo el día le había dejado las piernas entumecidas, pero aún así llegó a la puerta medio segundo después.
— Perdóname, amor, por favor —fue lo primero que dijo su novio—. He sido un gilipollas, tendría que habértelo explicado mucho mejor. Perdóname, de verdad —repitió y Pedri estaba completamente paralizado—. Por favor.
Una lágrima traicionera se le escapa ante el recuerdo, él solo puede frotar la mejilla contra el tiburón para limpiársela. El tonto había sido él, que se había negado a entender la postura de su novio, y aún así fue Ferran el que se presentó en su puerta a disculparse.
Bosteza con desgana. La entrevista se le está haciendo eterna.
— Y tú ahora en París, ¿no?
— Exactamente.
— Cuéntanos un poco, ¿qué tal te estás adaptando? Porque claro, en esta carrera que has elegido a veces te toca coger tu vida e irte a otro sitio de la noche a la mañana. ¿Es duro?
— Que si es duro. Se ha mudado a otro país, ¿tú qué crees? —masculla molesto. ¿Este programa ha sido siempre tan malo o es él que está de mal humor?
— Pues, a ver, no te voy a mentir, es difícil. Al fin y al cabo mi vida entera hasta hace un mes estaba en Barcelona y-
— Claro, el idioma, la gente…
— Sí, eso mismo. Es una ciudad nueva, gente nueva, otro idioma. Todavía me estoy adaptando.
— ¿Y alguien que te esté ayudando?
— Bueno, mi amigo Joan está ahí conmigo porque es un poco-
— No, hombre, ya sabes a lo que me refiero. ¿Alguien nuevo que te esté enseñando París?
— ¿Cómo?
— Las parisinas dicen que son muy majas —suelta la marioneta insufrible.
Este programa no es serio y el Rumpelstiltskin del presentador es un imbécil.
— Bueno, no sé, si yo al final he estado entrenando, ya sabes cómo es el fútbol —Ferran intenta salir de la pregunta como puede.
— Pero no todo es fútbol, habrá que relajarse también.
— Claro, si el otro día estuviste en la Fórmula 1 —comenta el otro bicho.
— Ah, sí, eso estuvo guay la verdad, fue buena experiencia conocer a-
— ¿Alguna parisina interesante? O no tiene porque ser de París, si la Fórmula 1 es prácticamente internacional —insiste el presentador y le da un codazo con complicidad.
— No, toda la gente que he conocido es del club o en los eventos a los que he ido es todo muy profesional —se nota que está incómodo, la sonrisa ya no le llega a los ojos y está constantemente encogiéndose de hombros.
— Venga, Ferran —suelta la hormiga número uno.
— ¡Oh, Ferran! —bromea la hormiga número dos, pasándose las manitos por el cuerpo de felpa. Menuda gilipollez.
— Yo, ya lo he dicho, ahora estoy enfocado en empezar bien la temporada, adaptarme bien y, bueno, ahora con la selección hacerlo lo mejor posible —reitera el valenciano, ya sin sonrisa.
— Pero algo tendrás que contarnos, ¿no? —el presentador no se rinde—. Llevas un verano movidito, creo que muchas chicas estarán de acuerdo en que eres… no sé, top 5 hombres más guapos del mundo.
— Y yo agradezco el apoyo de verdad, pero lo dicho, yo estoy centrado en el fut-
— Hay que divertirse también, creo yo —vuelve a interrumpir el pequeño demonio pelirrojo. Pedri está apunto de tirar la taza a la televisión—. No puede ser todo trabajo.
— Yo creo que el mundial y el gol me han demostrado que lo importante es mi carrera ahora mismo. Solo quiero seguir mejorando —sentencia con la cara muy seria y girándose hacia el resto del equipo.
Algo debe pasar detrás de cámara porque el presentador inmediatamente anuncia la pausa de publicidad y Ferran se levanta de la mesa de entrevistas muy serio. Pedri también está que echa humo.
Los anuncios son aburridos, pero mejor que la entrevista insoportable que está teniendo que ver, el pobre Ferran lamentablemente la tiene que sufrir. Para distraerse se mete a Twitter. Mala idea.
No mires la entrevista sin tan mal te cae, piensa Pedri. Las respuestas son aún peores.
Ah.
Es muy consciente de que debería dejar de leer. Twitter es el peor lugar de internet, solo hay imbéciles con mucho tiempo libre y faltos de cariño en casa. Pero hay algo en él que no puede parar y antes de que se dé cuenta, un tweet son 20 o 30 y todos parecen tener algo en común: menos mal que el gay de Ferran ya no está.
— Si se llegan a enterar que el que le pegó lo gay fui yo porque le comí la boca primero…
La impotencia le sube por la garganta como veneno. Nadie sabe nada, no tienen ni puta idea. Si solo la gente supiese cómo son las cosas de verdad, si entendiesen que el problema son ellos y no Ferran…
Está escribiendo una respuesta a esa gente, juntando todos los insultos que conoce de la forma más creativa que se le ocurre, cuando le llega un mensaje:
Y él es un hombre débil por Ferran, y sabe que tiene mucha razón, así que cierra Twitter, no sin antes de reportar a todas las cuentas por delito de odio, y devuelve su atención a la televisión. Si al menos uno de esos infelices pierde el acceso, se dará por satisfecho.
Se había puesto de tan mal humor, que hasta se alegra cuando en la pantalla vuelven a aparecer las dos marionetas haciendo el ridículo.
O puede que no se alegre tanto.
En el plató, Ferran ha medio retomado la conversación de antes pero dejando claro por dónde quiere dirigirse. Habla de sus primeras semanas en París, del poco tiempo libre que tenía entre entrenamientos y eventos, de lo raro que es estar viviendo en un hotel.
— Me imagino. Pero por fin tienes casa, ¿no?
— Sí, sí, por fin. Por lo menos es un peso que me quito de encima, me estaba mudando justo esta semana antes de venir y-
— ¿Te has llevado ya las cosas de Barcelona? —lo interrumpe el entrevistador y Pedri quiere matarlo en ese momento.
— Pues estoy en ello. Ya me van a traer los muebles y todas mis cosas. Al único que no me puedo traer es a Pedri, que ya lo estoy echando de menos.
¿Qué?
— Este tío es tonto, madre santa —murmulla pero tiene que esconder la cara en el peluche para no sonreír como un bobo.
En una vida pasada, debe haber salvado a la humanidad porque en esta no ha hecho lo suficiente como para merecerse a Ferran. El tonto de Ferran que ha leído de pasada lo enfadado que estaba con el entrevistador y ahora le ha dicho a toda España que ojalá llevárselo a París con él.
Ojalá poder ser honestos del todo. Ojalá Ferran pudiese decir que algunos de esos muebles son de Pedri, algunas de las cajas llevan su ropa, que lo han estado planeando todo meticulosamente para poder hacer una vida medio normal a pesar de la distancia.
Si el mundo fuese más justo, Ferran podría contar en ese mismo plató que estuvieron dos días decidiendo que almohadas llevarse y cuáles dejar porque a Pedri le gustan las almohadas de Ferran solo cuando huelen a él, que Ferran prácticamente no tiene sudaderas en Francia porque Pedri se ha negado a devolvérselas y que se han intercambiado un sofá para tener cada uno una pieza de la casa del otro.
No pueden, el mundo no está listo o no quiere estarlo, así que Ferran, como siempre, es valiente, da el paso y habla de él. Pedri, una parte integral de su vida, necesario para poder funcionar plenamente. Le arden las mejillas por el amor que siente en todo el cuerpo.
Apenas manda el mensaje, se arrepiente.
La entrevista llega, por fin, a la vida en el PSG. Hablan de su espectacular comienzo de la temporada y él siente un regusto amargo en la boca. Por un lado, está tan profundamente orgulloso de Ferran porque se lo merece todo tanto, los resultados son una consecuencia directa de todo el esfuerzo que pone. Por otro… le jode que todo esto esté sucediendo a más de 800 kilómetros de la que ambos consideran su casa. Pero las cosas se han dado así, ya no hay nada que hacer.
— Oye, como que te queda muy bien la camiseta del PSG, ¿no? —pregunta una de las hormigas y Pedri ya sabe que se viene alguna estupidez. Se pellizca el puente de la nariz anticipando la vergüenza ajena.
— Muchas gracias —dice Ferran con timidez mal disimulada, se le han puesto las puntas de las orejas un poco rojas pero eso es algo que solo nota Pedri porque lo conoce como la palma de su mano—. Me lo han dicho mis amigos también, dicen que marco más brazo —se ríe. "Mis amigos", y una mierda, se lo ha dicho Pedri.
— ¡¡Oh, Ferran!! —exclama la otra marioneta.
En la pantalla, Ferran sonríe y cierra los ojos. Es la expresión de cuando dice algo demasiado cursi que a Pedri le cuesta un poco procesar o cuando están en la cama y todo acaba antes de lo que les gustaría porque ver a Pedri desnudo lo vuelve loco. Está avergonzado.
— Tú lo del "oh, Ferran" sí lo habrás visto, me imagino.
— Claro, claro. La verdad es que no era consciente de que era algo tan… gra-
— Estuvo en todas partes este verano —¿al tío este no le han enseñado que no se interrumpe a los demás?
— Sí, sí. Claro como yo estuve en Estados Unidos, no me imaginaba que aquí en España se había hecho tan… viral.
— Muchísimo, todo el verano "oh Ferran, oh Ferran".
— Sí, yo me di cuenta sobre todo en la rúa, que no paraban de decírmelo.
— ¿Y sabes quién lo hizo?
— Es de una chica de TikTok, ¿no? Al menos yo lo vi ahí.
— Sí, exacto. ¿La conoces?
— ¿A la chica? —pregunta Ferran confuso—. No, la verdad, no he tenido el placer.
— ¿No? Pues ven conmigo.
Esto no está sucediendo. El entrevistador se levanta de la mesa y le indica a Ferran que haga lo mismo y lo siga hacia el centro del plató. Pedri está acurrucado en el sofá y se tapa la cara con ambas manos, no quiere ver esto.
La vergüenza ajena es algo que le cuesta mucho procesar, así que tiene los ojos bien cerrados cuando escucha como presentan a la chica del audio y ella entra en escena. No se lo puede creer.
Al final, gana la curiosidad, porque se descubre la cara y se encuentra con Ferran rojo como un tomate, con la sonrisa más incómoda del mundo y con cara de que no sabe dónde meterse mientras el presentador habla con la chica.
Revisa la hora y se da cuenta de que, con mucha suerte, esto ya está a punto de acabar.
— Bueno, es tu momento —anuncia el presentador.
— ¿Ahora? —dice la chica.
— Sí, sí, venga, haz tu magia
— Vale, ¿lo hacemos juntos?
— No, no, hazlo tú sola, hombre, como en el vídeo —indica el hombre más odiado para Pedri en este momento.
— Voy —se prepara la chica… ¿para qué? Esto no es un salto mortal—. Oyárzabal, Dani Olmo, Lamine Yamal… —coge aire y Ferran está parado en mitad del plató con una sonrisa incómoda y los ojos cerrados con fuerza, madre mía— Oh Ferran, ooooh Ferran.
Las plegarias de Pedri por fin han sido atendidas porque en el plató todos, chica incluida, se dan un abrazo de despedida y Ferran desaparece del plano mientras el presentador habla del programa del día siguiente.
Ha sobrevivido. No se ha muerto de la pena ni del dolor ni de la rabia, sigue enterito, abrazado a su peluche de tiburón y queriendo a Ferran más de lo que lo quería hace una hora. El recordatorio de que no pueden ser ellos de verdad le ronda por la cabeza, pero no es algo a lo que no esté acostumbrado.
Ahora solo necesita a su novio a su lado. Lo necesita ya.
Es mentira.
Cuando llega Ferran, él está completamente dormido en el sofá con la cabeza mal apoyada en un cojín y con el peluche de tiburón bien pegado contra su pecho. Se despierta cuando siente dedos acariciándole el pelo y abre los ojos lentamente.
— ¿Ferri?
— Aquí estoy, mi amor —contesta Ferran y se agacha para darle un beso rápido en los labios—. Vamos a la cama, ¿si?
Él solo asiente y se deja hacer. Ferran le pasa un brazo por los hombros y otro bajo las rodillas y lo levanta del sofá, él se agarra a su cuello y le acaricia los pelitos de la nuca. Cuando el valenciano lo deja en la cama, se aferra a él, negándose a soltarlo.
— Ven, duerme conmigo —pide en un susurro y vuelve a cerrar los ojos.
— Ahora vengo, Pepi, me tengo que cambiar —explica Ferran con un beso en la frente.
La excusa parece convencerlo porque deshace el nudo en sus manos y deja que Ferran se vaya. Se gira en la cama buscando el peluche del tiburón y vuelve a pegarlo a su pecho, intentando volver a dormir.
Está entre el sueño y la vigilia cuando, veinte minutos después, Ferran se mete en la cama a su lado, con el pijama puesto y la boca oliendo a pasta de dientes. No tarda ni un segundo en pegarse completamente, buscando que haya puntos de contacto a lo largo de todo su cuerpo.
— ¿Y este? —pregunta Ferran con un golpecito al tiburón—. ¿Ahora duerme con nosotros?
— Claro, tiene que coger tu olor.
— Ya veo ya.
Se acomodan mejor, el peluche entre sus pechos, las piernas entrelazadas y las manos de Ferran acariciando el pelo de Pedri una y otra vez.
Está a punto de dormirse de nuevo cuando un pensamiento le cruza la cabeza:
— En unos años, cuando podamos dejar de fingir que lo que tenemos es una amistad homoerótica y podamos decir que somos full maricones —dice con voz grave, las palabras juntándose unas con otras por el cansancio—, volvemos a la ratonera esa.
— ¿Ah, sí? ¿Para qué? Si te caen mal —cuestiona Ferran sin parar el movimiento de sus manos.
— Para liarnos en frente de él y yo le diré que te vuelva a preguntar si te estás follando a alguna parisina. Que lo haga delante de mí, a ver si tiene huevos.
La risa de Ferran lo sacude entero, como una mecedora a un niño, y sabe que esta noche va a dormir como nunca.
— Claro que sí, mi amor, lo que tú quieras —es lo último que escucha antes de caer profundamente dormido.
