Chapter Text
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I: El primer Bud
—Han vuelto. —La mesa tembló cuando la mano del cazador azotó un objeto encima. Giró y caminó en círculos en el escaso espacio que la cabaña permitía, mientras el dueño de la misma observaba con escepticismo la gran escama octagonal y purpúrea que descansaba sobre la madera avejentada.
—Son sólo rumores de viajeros. —Cruzó los brazos sobre su pecho, el frío dio la impresión de duplicarse. Carraspeó—. Aunque no lo fueran, sabes que no podemos hacer nada al respecto.
El que caminaba se detuvo, volteó al otro conteniendo fuego en su mirada; un fuego que no se encendía desde hacía dos décadas. El verdadero instinto cazador.
—No son inmortales —dijo, y su frondosa barba apenas si ocultó la sonrisa emocionada. La posibilidad de completar aquel pendiente de su juventud le aceleraba la sangre a tal grado que las pieles que portaba se sentían sobrantes, aun en el gélido ambiente.
—Pero no se van a dejar matar por un par de viejos leñadores con artritis. —Se levantó y fue a atizar el fuego de la chimenea—. Y olvidas otra cosa; lo único en que deberías estar pensando…
Acercó las palmas al fuego unos momentos, las frotó entre sí conforme se enderezaba. Sus ojos se movieron hacia arriba para mirar al visitante, cuya cabeza casi rozaba el techo y cuya vista ya se había enfocado en la ventana. Cada arruga que poseía estaba remarcada, sus enormes puños apretándose hasta hacer rechinar los guantes.
Afuera, en el porche nevado, dos niños jugaban a comparar sus huellas en la nieve. Uno complacido ante los resultados y otro cien por ciento fastidiado.
Bud se negaba a creer que Thor sólo fuera tres años mayor que él. Era casi el doble de alto y tan fuerte que le dolió la mano cuando aquél la apretó al saludar.
—¿Puedes cargar la carreta? —Le preguntó una vez que midieron la diferencia en el tamaño de las marcas que sus suelas imprimían en la nieve.
—No sé, ¿para qué querrías que cargara la carreta? —Thor le miró con una expresión divertida, haciéndolo sentir algo tonto. Bud se enfurruñó y se encogió de hombros.
—Para ver si puedes. —Thor no cargó la carreta. En lugar de eso, acercó la mano a la espalda de Bud, agarró su abrigo y lo alzó a medio metro del suelo.
—¡Hey! —El menor manoteaba y pataleaba, enojándose más y más al escuchar las risas del otro—. ¡Bájame!
Lo dejó caer de sentón, sacándole un gruñido.
—¡¿Por qué hiciste eso?! —reclamó al levantarse, mientras se sacudía la nieve de su trasero y clavaba enfuriados ojos ámbares sobre Thor, quien, no obstante, sonreía socarrón.
—Para ver si podía.
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La próxima vez que Bud vio a Thor, no pudieron jugar a nada.
Bud frotó sus ojos y abrió ampliamente la boca. Su padre, de pie a su lado, chistó para reprenderlo. Bud parpadeó varias veces en un intento de espantarse el sueño y miró fijamente la delgada fumarola que se elevaba por los cielos a partir de la pira funeraria. No había viento esa noche así que el humo subía y subía en una línea vertical casi perfecta.
No era el primer funeral al que Bud asistía; en Asgard era fácil morir. Sin embargo, este era algo raro porque no había un cadáver, sólo habían puesto ropas y pertenencias del fallecido a quemar. Bud se puso de puntillas por unos momentos para alcanzar a ver sobre la viejecilla que estaba delante de él. Pudo apreciar la cabeza azul plata de Thor, notándolo más alto de lo que había estado cuando se conocieron tres meses atrás.
El padre del aludido había ido a hablar con el suyo, a ellos los habían mandado afuera para no escuchar, y no se enteró de mucho hasta que semanas más tarde comenzaron a circundar terribles rumores acerca de la desaparición del padre de Thor. Su propio padre había ido en su búsqueda junto con algunos aldeanos más, pero sólo habían encontrado a su caballo vagando cerca de la frontera, todavía con una de sus hachas colgada a la montura.
Bud pensó que todos lo asumían muerto, hasta que escuchó susurros de mujeres vestidas en harapos negros, sugiriendo que el padre de Thor había dejado atrás las inclemencias de Asgard para buscar una nueva vida en tierras menos desafortunadas. Eran comentarios extraños, pensaba Bud, pues ¿qué tan lejos podría llegar un hombre sin su caballo? ¿Y por qué no habría llevado a su hijo? Entendería la necesidad de alejarse de este reino agrisado, pero no el hacerlo solo.
Apretó los labios cuando sintió ganas de bostezar otra vez.
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El invierno nunca era amable, pero ese año resultó desmedidamente brutal. No hubo un minuto que el enloquecido silbar del viento no se escuchase e hiciera crujir la madera. Bud se hizo un ovillo bajo la montaña de pieles, apretando los brazos contra su pecho. Sólo asomó la nariz cuando la puerta se abrió con un golpe duro, dejando entrar nieve y ráfagas que barrieron con la poca calidez que había existido en la cabaña. Las velas fueron apagadas y tumbadas, los platos traquetearon y bailaron hasta llegar al borde de la mesa. La puerta se cerró y los salvajes sonidos de la naturaleza fueron amortiguados nuevamente.
Bud emergió de su envidiable nido de cobijas para ayudar a su padre a aliñar el par de conejos que traía consigo. Observó al hombre tiritar y limpiarse la nieve de la barba, y se imaginó lo frustrado que se sentía después de horas de estar a la intemperie y haber conseguido tan poco.
Fue por su daga, una que le enorgullecía porque tenía su nombre grabado y era bastante bonita; presumía el entallado de un felino en la empuñadura y en la funda lucía incrustaciones de piedras preciosas. Tomó uno de los conejos, estaba a punto de hacer un corte y comenzar a sacarle la piel, pero su padre lo interrumpió.
—Este no es para nosotros —dijo, y se quitó el abrigo exterior para reemplazarlo por uno seco—. Se lo llevaré a Thor y su abuela. Dudo que el chico haya podido cazar con este clima, y el dinero del caballo vendido no les alcanzaría para mucho.
—Pero…
—No te preocupes. —Apartó uno de los conejos y sonrió al niño que lo miraba receloso. No lo culpaba por sentirse un poco egoísta. Las condiciones de Asgard dificultaban la práctica de la caridad—. Con esto y los granos almacenados nos basta. La ventisca no durará demasiado.
La ventisca duró tres días más. La primera mañana de silencio, Thor se presentó a la puerta de la casa de Bud y habló con su padre comportándose con gran seriedad, ofreciéndose a ayudar a revivir la pequeña parcela, cargar la leña, u ocuparse de cualquier otro encargo en agradecimiento a su ayuda.
Bud se sintió culpable por haber dudado en regalar el conejo, al notar que Thor estaba más delgado desde que lo vio en el funeral. Lo ayudó con las cosas en las que deseaba asistir, y que normalmente eran sus tareas de cualquier forma. Thor iba cada dos días, se ocupaba de quitarle trabajo a Bud, traía queso hecho por su abuela y se llevaba piezas de carne fresca proveídas por el padre de Bud, quien a partir de entonces siguió estando al pendiente de él.
Los dos chicos aprendieron a cazar juntos. Thor ya sabía elaborar trampas pero el padre de Bud le ayudó a afinar su habilidad en el tiro con arco, y le enseñó los detalles más sutiles del rastreo. Bud estaba aprendiendo todo esto por primera vez, así que la experiencia de Thor era una presión constante para asimilar los conocimientos lo más rápido posible.
Al cabo de unas semanas los dos pudieron ir solos en su primera expedición. No se trataba de traer conejos o perdices, tenían la mira en un reno salvaje que había estado dejando huellas alrededor del lago congelado. No era común verlos tan al norte y aún menos en solitario, pero no iban a desperdiciar las escasas bendiciones de Odín. Ambos llevaban arcos y flechas, además del machete que cargaba Thor y la daga de Bud, cuerdas y otros utensilios. Siguieron los rastros por casi una hora hasta que una llovizna repentina comenzó a dificultarles la faena.
—Por acá. —Bud decía que podía olfatearlo. Thor había descubierto que Bud decía muchas cosas que tenían poco sentido. Decía que soñaba las nevadas antes de que sucedieran, decía que algo se le había perdido pero no recordaba qué, y cuando en verdad perdía una cosa, la buscaba con una mirada de liebre desorientada hasta que aparecía (usualmente en un lugar muy evidente).
No obstante, Bud no era una mala compañía. Había que tener en cuenta que, en estas partes alejadas de la villa principal, no existían muchas opciones para entablar amistades. Además, el hecho de que Bud fuera hijo de un viejo amigo de su padre ya lo convertía en algo que Thor debía incluir en su vida.
—Más vale que tengas razón.
Bud había tenido toda la razón. Thor lo jaló tras unos arbustos en cuanto divisó la majestuosa figura del reno escudriñando líquenes entre las piedras salpicadas de nieve.
—Es enorme —susurró Bud con una sonrisa emocionada. Podrían sacar bastante de ese animal, incluso para vender. Prepararon sus arcos con movimientos cuidadosos para evitar cualquier ruido y dispararon sus flechas al mismo tiempo; uno atinándole a una pata trasera y otro en el lomo. La criatura se tambaleó luchando por no caer, se movió incluso algunos metros antes de doblar las patas y rendirse al suelo. Bud se apuró a darle alcance, haciendo caso omiso a los llamados de Thor.
Entendió que debía haber sido paciente, que las flechas no habían perforado profundamente y que esta bestia era más resistente de lo que había previsto. Sus ojos se agrandaron cuando llegó frente al reno y éste bramó agresivamente antes de intentar levantarse. Bud caminó en retroceso antes de girar y correr, con el reno pisándole los talones, listo a usar su enorme cornamenta para estamparlo contra el árbol más cercano.
Thor acudió en su ayuda, aunque era un espectáculo hilarante ver al pequeño de cabellos desbaratados correteando a medio resbalar sobre el lago congelado, con un reno enfuriado dándole persecución. Thor disparó varias flechas más conforme corría hacia el curioso par de presa y cazador, y justo cuando Bud dio un mal paso que le hizo deslizarse y caer al hielo, Thor alcanzó a saltar sobre la bestia —ya herida gravemente, pero aún necia por retaliación—, atraparlo fuertemente de la base de las astas y degollarlo con el machete. La sangre salió a borbotones y goteó sobre el blanco azuloso del hielo antes de que el reno se derrumbara.
Los sonidos de las exhalaciones agitadas de Bud se entremezclaron con las carcajadas burlonas, casi sin aliento, de Thor.
—No fue gracioso —reclamó el más chico, sobándose el costado sobre el que había caído.
—Desde donde yo estaba, sí. —Bud hizo un gesto malhumorado pero aceptó la mano que Thor le ofrecía para ayudar a levantarse. Bajo los chispeos de la lluvia, examinaron el cadáver del reno en silencio, satisfechos y a la vez admirados de la bestia. Algo que se aprendía al vivir en contacto con la naturaleza era respetarla y valorar lo que ofrecía. Hoy había sido generosa.
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