Actions

Work Header

Petunia

Summary:

Shinichiro, Emma e Izana han estado durmiendo mal por culpa de Mikey.

Los gritos de desesperación y dolor que suelta el rubio por las noches son suficientemente fuertes como para hacerlos levantarse de su cama con susto y el corazón agitado.

Porque Mikey ha estado teniendo sueños.

Sueños donde sus hermanos mueren.

En ninguno de ellos puede salvarlos.

Las ojeras son notables en sus ojos y sus hermanos ya no saben que más hacer para que el rubio descanse, ni siquiera por las tardes Mikey puede dormir debido a esas pesadillas.

No hasta que Takemichi pasa un día por el dojo de los Sano y mientras está sentado en el sofá con Mikey, este se queda dormido sobre su hombro de donde no se despertó en dos largas horas.

Takemichi no sabía que ese momento lo había condenado a dormir de manera permanente en casa de los Sano.

Pero tampoco se quejó.

Notes:

Hola!

He estado disfrutando mucho de hacer estas historias, suelo escuchar canciones de señora dolida para escribir, es bueno hacerlo, me proyecto demasiado. En fin, escuchen Ana Gabriel.

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Shinichiro Sano ya no recordaba cómo se sentía dormir una noche completa. Las ojeras bajo sus ojos lo demostraban, eran profundas, negras, y el cansancio se le había metido en lo más profundo de su ser, tanto que se quedaba dormido a medio trabajo en el taller e Inupi debía despertarlo cuando eso sucedía, Shinichiro se disculpaba y seguía arreglando las motos. Inupi le llevaba cafés cargados y ni siquiera eso funcionaba para mantenerlo despierto del todo. 

Emma, su hermana menor, se movía por la casa como un fantasma silencioso, siempre con una taza de té en las manos que nunca terminaba de beber y el cabello revuelto. Muchas veces solía estar de mal humor y Draken terminaba pagando los platos rotos o escuchando las quejas de la rubia durante horas, Draken le ofreció su casa muchas veces y ella se negó en cada ocasión porque: ahí había mujeres haciendo sonidos extraños con otros hombres y prefería escuchar a su hermano gritando por las noches. 

Izana era el más callado de los tres. 

O al menos lo fue hasta que empezó a quejarse en el desayuno de los gritos de Mikey, y sin más, había empezado a entrenar hasta altas horas de la madrugada, como si el agotamiento físico pudiera ahuyentar el ruido que provenía de la habitación de su hermano. No lo conseguía muchas veces, terminaba durmiendo en casa de Kakucho. 

El ruido no cesaba. 

Porque todas las noches y sin excepción, los gritos de Mikey atravesaban las paredes del dojo Sano. No eran gritos de rabia ni de pelea, eran los gritos de desesperación pura de alguien que veía morir a las personas que más quería una y otra vez sin poder hacer nada, solo mirar como sus hermanos se desvanecían en sus sueños. 

A veces empezaban como un gemido adolorido que se volvía un sollozo y luego explotaba de golpe, como si el rubio se estuviera ahogando en su propia mente. 

Shinichiro siempre era el primero en levantarse, con el corazón latiéndole a mil por hora, y se precipitaba hacia la habitación de su hermano menor donde la puerta ya no permanecía con seguro y era abierta de inmediato, llegando hasta la cama donde su hermano abrazaba desesperado una cobija que conservaba desde niño. 

Emma llegaba segundos después, con los ojos hinchados del sueño que apenas había durado dos o tres horas y la voz temblorosa por el susto, Izana se quedaba en el umbral observando la interacción de siempre entre Shinichiro y Mikey con el mayor ofreciéndole un vaso con agua, un abrazo y Mikey derrumbándose contra su pecho. 

— Estoy aquí, Mikey... estamos aquí. Respira, por favor. 

Mikey se despertaba empapado en sudor, con los ojos abiertos de par en par y respirando como si hubiera corrido kilómetros, siempre repitiendo las mismas palabras con la voz rota y manos temblorosas aferradas a su cobija: 

— No pude… no pude salvarlos, nii-san… 

Los sueños eran siempre variaciones del mismo. En uno, Shinichiro moría en un accidente de moto, el cuerpo retorcido entre el metal, o con un golpe en la cabeza que alguien desconocido le proporcionaba a su hermano mientras este estaba de espaldas. 

En otro, Emma estaba tirada en medio de la calle con el cabello empapado de sangre mientras Mikey gritaba su nombre con la esperanza de que la rubia despertara. 

Y en el peor de todos, Izana era herido con un arma frente a él. Mikey solo podía mirar, las piernas clavadas al suelo con la voz atrapada en la garganta cuando el cuerpo de su hermano caía hacia atrás manchado de sangre porque nunca lograba moverse a tiempo para evitar la desgracia. 

Nunca lograba alcanzarlos, nunca lograba gritar lo suficientemente fuerte para que se apartaran del caos inminente. 

Las pesadillas ya no respetaban horarios porque incluso por las tardes cuando el sol ya entraba por las ventanas del dojo y el aire era más evidente creando un ambiente cómodo, Mikey se quedaba dormido unos minutos antes de despertarse gritando. 

Sus hermanos ya habían intentado darle de todo: té de valeriana, música suave, dejar la puerta abierta, dormir todos juntos en el mismo futón como cuando eran niños y nada funcionaba. Mikey aún conseguía soñar fragmentos de todas y cada una de las desgracias que veía, eso lo dejaba cada vez más destruido que antes. 

Eso duró hasta que un jueves, Takemichi Hanagaki apareció en el dojo. 

No había venido con ninguna intención especial, solo quería saludar, como siempre. 

Se había sentado en el sofá del salón mientras Shinichiro terminaba de atender a un cliente en el porche de la casa y Emma preparaba algo de comer, caminando de un lado a otro por la cocina. 

Mikey estaba allí, sentado en el sofá con una expresión indescifrable y los ojos cansados, mirando al vacío con esa expresión que se le había vuelto habitual desde que los sueños habían comenzado. Tenía los hombros caídos, el cabello rubio más desordenado de lo normal y no llevaba la coleta que Draken solía hacerle todas las mañanas como de costumbre, las ojeras eran tan profundas que parecían moretones debajo de sus ojos y piel clara. 

Takemichi no dijo nada sobre el aspecto del rubio, había oído sin querer por parte de Draken que Mikey había estado atravesando una mala racha, se quedó quieto observándolo de reojo y luego volviendo su vista a la mesa de centro de la sala como si fuera lo más interesante del mundo. 

Al cabo de unos minutos, sin darse cuenta del movimiento de cabeza de Mikey, el rubio inclinó la cabeza y la apoyó contra el hombro de Takemichi. El contacto fue suave, casi tímido, Takemichi se tensó un segundo, sorprendido, pero no se movió, Mikey tenía la costumbre de ser así de apegado con todos. Y entonces, por primera vez en semanas, el respirar de Mikey se volvió profundo y regular, tranquilo de una forma en que ya no se le veía. 

Dos horas. 

Dos horas completas en las que Mikey no se movió, no gritó y no se despertó sudando, solo se removía contra el hombro de Takemichi buscando más de esa sensación cálida debajo de su mejilla. 

Emma fue la primera en notar el silencio, se asomó desde la cocina limpiándose las manos en el delantal todavía puesto, y se quedó paralizada ante la escena. 

Shinichiro llegó después con la cabeza llena de trabajo que tendría por delante y uno nuevo agregado al atrasado que ya tenía, por quedarse dormido en ratos en su taller. Él no esperaba la escena que se le presentó en su sofá, algo se le quebró algo dentro del pecho cuando vio la respiración tranquila de su hermano. 

Izana, que había bajado de su habitación, se detuvo en las escaleras y observó en silencio. 

Cuando Mikey por fin abrió los ojos, parpadeó varias veces, desorientado y frotándose un ojo como solía hacerlo antes por las mañanas en las que se despertaba descansado y buscando su desayuno preparado por las manos de su hermana. 

Entonces miró a Takemichi, luego a sus hermanos, y por un instante pareció no entender las expresiones y qué había pasado. 

Luego, lentamente, una expresión de alivio puro se dibujó en su rostro cuando no se sintió del todo cansado y sus ojos no pesaban en exceso como días anteriores. 

— … Me dormí — murmuró, como si no pudiera creer lo que acaba de decir. 

Y desde ese día, todo cambió. 

Mikey empezó a invitar a Takemichi con cualquier excusa que se le ocurriera: “Ven a ver el dojo, hay colchonetas nuevas”, “Emma hizo tu comida favorita”, “Shinichiro quiere que pruebes la moto nueva”. Takemichi, confuso pero incapaz de decirle que no, aceptaba, y cada vez que se sentaba cerca de Mikey; el rubio terminaba apoyando la cabeza en su hombro o en su regazo, a veces simplemente acercándose hasta que sus brazos se rozaban y se dormía sin más. 

Horas enteras de sueño profundo, sin pesadillas y gritos que asustaban a una casa entera. 

Los hermanos lo descubrieron pronto. 

No hacía falta ser un genio para darse cuenta lo que sucedía cada vez que Takemichi estaba presente en la casa de los Sano, el lugar se quedaba en silencio por las tardes mientras Mikey estaba cerca de Takemichi. 

Emma fue la primera en hablarlo en voz alta. 

Una tarde, mientras Mikey entrenaba en el dojo y Takemichi esperaba en el sofá bebiendo de un té que la rubia le había ofrecido antes, Emma se sentó frente a él. Shinichiro e Izana aparecieron poco después, cómplices de lo que Emma ya les había pedido antes y completamente de acuerdo con ella. 

— Takemichi — empezó Emma con una voz suave —. ¿Podrías quedarte a dormir esta noche? 

Takemichi abrió los ojos de par en par. 

— ¿Eh? ¿Yo? Pero… no quiero molestar— 

— Por favor — interrumpió Shinichiro. Tenía ojeras tan negras que el mayor de los tres parecía no conocer la palabra “descanso” y “sueño”. Se pasó una mano por la cara que le llegó hasta el cabello, frustrado, y cuando habló de nuevo; la desesperación era evidente en su voz —. Te prometo que te compraré lo que quieras, cualquier cosa que pidas, solo… quédate. Mikey ha estado despertándonos por las noches y no podemos dormir bien, los únicos momentos en los que lo hemos visto dormir es cuando está contigo. Por favor, Takemichi. 

Izana no dijo nada, pero asintió una sola vez apoyando las palabras de sus hermanos. 

Takemichi los miró a los tres, vio el cansancio en sus rostros, la preocupación, el miedo de que su hermano menor se estuviera rompiendo poco a poco y tragó saliva. 

— Está bien, me quedaré... y tranquilos, que no me deben nada. 

Esa noche, por primera vez en mucho tiempo, la casa de los Sano permaneció en silencio. 

Le prepararon un futón en la habitación de Mikey, “por si acaso”, había dicho Emma con una sonrisa forzada. Mikey se quejó de que Takemichi no dormiría lejos de él y lo arrastró hasta su cama. 

Se metió bajo las sábanas sin decir nada y, apenas Takemichi se sentó en la cama, lo jaló hasta tumbarlo a su lado y Mikey se acercó hasta pegar la frente contra su hombro. En menos de cinco minutos estaba dormido con la respiración profunda y el cuerpo relajado, no había ningún grito. 

Takemichi se quedó despierto un rato mirando el techo, preguntándose cómo había llegado a esa situación y que de cualquier forma no le molestaba porque, el calor del cuerpo de Mikey a su lado era… tranquilizador, casi hipnótico, al final terminó cerrando los ojos también unos minutos después. 

A la mañana siguiente, Emma le preparó el desayuno más abundante que Takemichi había visto en su vida, Shinichiro le dio las gracias con los ojos llenos de agradecimiento e Izana, por primera vez, le dio una palmada en el hombro antes de tomar asiento junto a su hermano mayor. 

Y Mikey… Mikey simplemente sonrió. 

Con una sonrisa pequeña, cansada y agradecida. 

— Gracias, Takemitchy. 

Las noches de quedarse se repitieron, una vez, luego otra, de nuevo y otra vez. 

Al principio Takemichi pensaba que sería temporal y que en cuanto Mikey mejorara un poco, volvería a su propia casa, pero los días se convirtieron en semanas y cada vez que intentaba despedirse, alguno de los hermanos encontraba una nueva razón para que se quedara. “Emma preparó tu plato favorito otra vez”, “Shinichiro quiere que lo ayudes con el taller”, “Mikey no ha dormido bien desde que te fuiste ayer”. 

Y Mikey, por su parte, no disimulaba, porque cuando Takemichi llegaba por la tarde, lo miraba con esos ojos grandes y oscuros mientras decía sin rodeos: 

— Quédate esta noche también, Takemitchy. 

Takemichi nunca sabía cómo negarse cuando lo miraba con esos ojos enormes. 

La rutina se instaló naturalmente, Takemichi terminaba la escuela, iba a su casa por ropa, después al dojo, cenaba con la familia Sano, y luego se acostaba en la cama de Mikey. A veces hablaban un rato antes de dormir y a veces Mikey simplemente se acomodaba contra su pecho y se quedaba callado hasta que el sueño lo vencía, dejando su esponjosa mejilla descansado en el cálido pecho, durmiéndose con los latidos de Takemichi bajo su oreja como si fueran una frecuencia que colocaba su mente en blanco y lo noqueaba con sueño. 

Mientras, Takemichi empezó a conocer pequeños detalles del rubio, como por ejemplo: la manera en que Mikey siempre buscaba su mano en la oscuridad, el cómo murmuraba su nombre a veces entre sueños con la mejilla aplastada contra su pecho, cómo se tensaba si Takemichi se movía demasiado y se aferraba a la camisa para dormir del peli negro. 

Una noche, casi un mes después de la primera vez en que comenzó a dormir ahí, Mikey se despertó de golpe, no gritó y tampoco lloraba, afortunadamente. Solo se incorporó de repente con la respiración agitada y ojos brillantes en medio de la penumbra, Takemichi se despertó al instante ante la falta de calor. 

— ¿Mikey? ¿Estás bien? 

El rubio se quedó mirándolo, hizo un puchero y con una voz pequeña que casi sonaba rota, dijo: 

— Takemitchy, abrázame. 

Takemichi no dudó ni un segundo en abrir los brazos ante la petición y Mikey se metió de lleno entre ellos como si hubiera estado esperando ese permiso toda la vida. 

Enterró la cara en el pecho de Takemichi con sus brazos rodeándole la cintura con fuerza como si necesitara aferrarse a algo. Takemichi pasó una mano por el cabello rubio, despacio, sintiendo cómo el cuerpo de Mikey se iba relajando poco a poco cada vez que sus dedos se enredaban en las hebras rubias y acariciaban delicadamente el cuero cabelludo. 

— Estoy aquí — susurró —. No va a pasar nada, yo estoy aquí, Mikey. 

Mikey no respondió con palabras, solo apretó un poco más el abrazo y de nuevo se quedó dormido sin que las pesadillas lo alcanzaran porque tenía a Takemichi, ahí. A su lado. 

Por la mañana los hermanos notaron algo nuevo. 

Mikey se la pasaba abrazando a Takemichi y aprovechando cualquier momento para meterse entre sus brazos y quedarse ahí, con los ojos entrecerrados de pura relajación. 

Ninguno dijo nada. 

Porque ahora habían encontrado la única cosa que podía calmar al hermano menor que tanto querían, y aunque ninguno de los tres lo hubiera dicho en voz alta, todos sabían que Takemichi ya no se iría, no mientras Mikey lo necesitara. 

Y Mikey lo necesitaba más de lo que nadie podría imaginar. 

Entonces Takemichi se había convertido en una pieza fija de la casa Sano, como si siempre hubiera estado destinado a estar ahí, el peli negro ya tenía un cepillo de dientes en el baño, Emma le había comprado una toalla con su nombre bordado y Shinichiro le había dejado un espacio en el taller “por si quería aprender algo de motos”. Incluso Izana le había ofrecido un lugar en los entrenamientos de la mañana por si quería aprender a golpear a alguien de verdad. 

Mikey, por su parte, no se contenía para nada cuando Takemichi llegaba de donde fuera, corría hacia él como un niño y se colgaba de su cuello abrazándolo con fuerza, hundiendo su rostro en el hueco de su cuello, inhalando la colonia que usaba. 

Cuando era hora de dormir, se acomodaba contra el de pecho firme sin preguntar, metiéndose entre sus brazos.  

Y si alguna noche Takemichi se retrasaba de más, Mikey se ponía inquieto, mirando la puerta cada dos minutos, y solo se calmaba cuando lo veía aparecer. 

Una tarde especialmente calurosa, mientras estaban sentados en el sofá, Mikey giró la cabeza y se quedó mirando a Takemichi, que estaba sentado a su lado comiendo un helado y le dijo en voz alta: 

— Takemitchy... quédate a vivir aquí. 

Takemichi se atragantó con el helado. 

— ¿Q-qué? 

Mikey no parpadeó. 

— Quédate aquí, conmigo. Con nosotros... ya no quiero que te vayas nunca. 

Shinichiro, que estaba limpiando al fondo, levantó la vista y sonrió con cansancio, Emma, desde la puerta, se llevó una mano a la boca para ocultar la emoción y se mordió el labio para reprimir un grito, Izana solo asintió una vez, como si eso fuera completamente necesario. 

Takemichi miró a Mikey y vio la sinceridad absoluta en sus ojos oscuros junto a el miedo de volver a quedarse solo con las pesadillas. 

Vio también, algo más suave, algo que se parecía a un cariño demasiado denso. 

Tragó saliva. 

— …Está bien — dijo al fin, con la voz un poco temblorosa —. Me quedaré. 

Mikey sonrió con esa sonrisa pequeña y luminosa que solo aparecía cuando estaba realmente contento. 

Más tarde cuando se acostaron, no solo pidió un abrazo como de costumbre, le dio un beso en la mejilla de agradecimiento y se quedó contra el pecho de Takemichi como si fuera el único lugar en el mundo donde se sentía seguro. 

Y por primera vez en meses, los cuatro hermanos durmieron en paz, porque Takemichi Hanagaki ya era parte de ellos... quizás para siempre. 

— Takemitchy, ¿me das un beso?

Notes:

No sé si hacer una segunda parte de esto, pero por ahora solo lo dejaré hasta aquí.

Espero que les haya gustado, y perdonen si hay faltas de ortografía con desastres, escribo desde mi celular porque tengo todo en mis notas y en la pc se me complica hacerlo. Dejen su voto si les gustó. (: