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Jester miró a Bil hastiado mientras acomodaba los últimos papeles en las carpetas de las cuentas del circo y los gastos que demandaba cada relocalización. Después de años entender a Bil se había vuelto una tarea sencilla, practica para evadir conversaciones extensas de temas interminables y crisis que se acrecentaban por momentos. Ahora, sentado él al otro lado del escritorio, leyó en Bil la obviedad de la situación actual, después de suspender el espectáculo de Pierrot por una semana, la condición económica del circo se despedazaba con cada día extra que contemplaban por el bienestar del chico. Bil era creyente de que todo sacrificio demanda responsabilidad cuando no hay escapatoria dónde seguir huyendo. Había métodos que podrían sacar a Pierrot del estado que estaba y exponerlo una noche al público para solventar los gastos que en mucho tiempo se vieron más de lo que el resto del circo puede soportar.
Jester pretendía entender, fingía un acuerdo a los brazos del aire para exponer a Pierrot a un peligro contra el circo. El pueblo era insignificante, imaginar que un grupo tan reducido de una especie primitiva pudiese herir su espectáculo a futuro era el sueño pornográfico de cada humano. Pierrot todavía deambulaba en su carpa sellada al exterior y Jester no encontraba deseo en sí mismo de sacarlo, las semanas se volvían pesadas con una entrada de dinero mínima sin su espectáculo, una ironía fantástica a su parecer, Pierrot era masacrado y detestado en las calles, pero el mismo público asistía regocijado a su carpa y disfrutaban de él como el pierrot que debía encarnar, mudo, resiliente, encantador.
Mientras sentía el aroma al café que Bil estaba preparando, Jester divagaba en como afectaba a los integrantes del circo el celo de la especie de Pierrot, como Harlequin había decidido instalarse en la carpa del Doctor por el tiempo que deponga su temporada. Como él mismo se había desplazado de su carpa central para no oler las feromonas con las Pierrot empapelaba la carpa desde adentro, filtrándose por los espacios ínfimos entre la tela y el suelo. Jester se aseguraba a si mismo con la calma de la baja intensidad del celo de Pierrot, a comparación de Doctor o Harlequin, Pierrot era un vaivén entre momentos de intensidad y calma necesitada, y una violencia apaciguada, fácil de contener. Pierrot era obediente inclusive en un estado de pérdida, Jester disfrutaba esa paz en el alma de Pierrot, una predisposición casi sumisa a responder a sus pedidos sin hipnotismo.
Jester sintió una punzada en el estómago y su nariz le trajo el aroma intenso al celo de Pierrot descolocando sus ideas y entremezclándose con su cuerpo. Atacado por el nerviosismo y la asfixia de la propia carpa de Bil, salió sin anunciar su partida. El choque con el aire fresco de la noche no hizo más que agravar cada punzada que daba su cuerpo, y el llamado exasperado a su más natural reacción. El circo muerto por la noche era una cúpula de torres fantasmagóricas que se sentían un hogar para Jester, un horror monstruoso que los humanos miraban con terror. Esperando que las sombras del circo no los devoren.
Jester se dejó desplomar contra la tela fría de una carpa, alguna carpa, que su visión hambrienta no podía distinguir con facilidad. El aroma intenso y nauseabundo de Pierrot lo tomó por completo cuándo en su esfuerzo pudo distinguir la inmensa carpa central que le pertenecía. Jester se sentía llevado por lo más bajo de sus instintos y una debilidad corpórea que le impedía alejarse. Desde el otro lado un gemido bajo llegó a donde él había dejádose caer, las garras de Pierrot rasgaban la gruesa tela buscándolo.
—Jester —llamó Pierrot, en un quejido.
La melodiosa sensibilidad en la voz de Pierrot jugaba con sus sentidos, él aspecto dócil de su celo lo obligaba a mantener una compostura que había perdido en el momento que abandono la carpa de Bil. Una compostura ficticia que ahora demostraba serlo cuando del otro lado Pierrot lloriqueaba su nombre y rasgaba las paredes tentándolo, seduciéndolo sin saberlo.
—Alejate de la pared, Pierrot —exclamó—. Nadie tiene permitido entrar a verte en este estado.
Jester respiraba con dificultad, su cuerpo enflaquecido se agarraba a la carpa soportando su peso para ponerse de pie. Desde el otro lado pasos ansiosos crujían en el suelo y el rasquetear de las garras de Pierrot crecía en intensidad contra la tela corriendo al cuerpo famélico de Jester.
—No puedo querido. Nadie puede.
