Chapter Text
Leandro sabía quien era su alma gemela desde hace mucho tiempo.
Cada vez que pequeños estallidos de dolor le hacían estremecer las piernas, cada vez que la piel le retumbaba en señal de un nuevo tatuaje, cada vez que le ardían los dedos y sentía como si alguien estuviera arrancando la piel alrededor de sus uñas.
Sabía quién era. ¿Cómo no iba a saberlo?
Al principio, solo se lo imaginaba, pero después de esa lesión, todo había cambiado. La duda que le generó esa marca en su tobillo solo se consolidó con el tiempo, con la llegada de más marcas, igual de dolorosas. Lo recordaba cada vez que se las tocaba y, tiempo después, cada vez que se le tensaba horriblemente la rodilla cuando la sobreexigia mucho, como un terrible recordatorio de lo que sentía el otro.
Sabía quién era. No había dudas.
Sabía que el dolor no nacía de él, porque se iba tan rápido como venía. Era envolvente pero fugaz, como un simple recuerdo de que había alguien conectado a su alma que dolía, que dolía como el. Cada vez que él se lastimaba, sabía que la otra persona también lo sentía, simplemente porque su cuerpo era testigo de todas las marcas del otro también.
Su alma gemela.
No siempre habia sido asi. No siempre pudo reconocer tan fácilmente quién era el que le causaba todas esas molestias, que habían escalado de chicas, insignificantes, a grandes, descomunales, dolorosas y sangrantes. Hubo un momento en el que estaba como todos los demás, sin pistas.
Hubo un tiempo en que estaba igual de perdido que todos. Hubo momentos en los que dudaba de que realmente hubiera una persona conectada a su cuerpo, a sus marcas. Pensaba que nunca la iba a encontrar, que era imposible. Porque cuando era chico, no sentía nada.
La primera vez que vio el resultado del dolor entre dos almas gemelas, fue cuando uno de sus compañeritos le pegó un pelotazo a una nena en educación física. La pelota impactó contra la nariz de la nena, haciéndola sangrar. Ella gritó y se retorció del dolor, mientras la sangre corría por su labio para gotear por el piso. Pero antes de que alguien pudiera ir a atenderla o sus amigas se pudieran preocupar por ella, la situación fue interrumpida por su compañero, el que había lanzado la pelota. Que fue el que gritó el doble de fuerte que ella y se tiró al piso, agarrándose la nariz.
No fue difícil intuir lo que pasaba. En ese momento los dos, agarrándose la nariz y con lágrimas en los ojos por el dolor, sabían lo que el destino ya había escrito para ellos.
Almas gemelas
Eran almas gemelas.
Desde que vio el intercambio, Leandro se sentaba al borde del asiento esperando que lo recorriera esa electricidad desconocida, que un dolor lo sacudiera y lo haga saltar de la emoción. Se solía pellizcar, con fuerza creciente, cada vez que había una chica que le gustaba. Algo que siguió implementando incluso cuando sentía una conexión especial con un compañero, pero ninguno, sea hombre o mujer, se mosqueaba. Ninguno sentía el dolor, y por años, Leandro no sintió nada tampoco.
No ocurrio hasta que tenia doce. Fue ahi cuando sintio una sensacion extraña que lo llevó a pensar que se trataba de un cuerpo que no era el suyo, cuando sintió un dolor en el codo mientras estaba escribiendo en la escuela que lo hizo chillar como un gato:
—¡Ay! —masculló ante la inesperada sensación.
Sus compañeros, aburridos de leer poesías, se descostillaron de la risa ante su sonora interrupción. Siempre tan oportuno Leandro...
La profe de lengua, que ya lo tenía de punto, se dio vuelta de lo que estaba copiando en el pizarrón y lo miró directamente a los ojos.
—Paredes, ¿ya está haciéndose el gracioso otra vez? ¿Quiere ir a buscarse un acta de nuevo?
¿Cómo sabe que fui yo el que gritó? Vieja de mierda…
—No, perdón señorita… —respondió, masajeandose la zona.
Cuando se miró el codo, lo tenía rojo e hinchado, pero el dolor había desaparecido. Trato de mirar a las chicas de su curso, desde las más lindas a las más feas, para ver si a alguna de ellas también se tocaba la region. Pero no. No había caso.
Durante años, la situación permaneció de la misma manera. Mientras más avanzaba en inferiores, más se encontraba con dolores que se sumaban a los suyos: moretones en las piernas, que dolían por solo un instante pero permanecen en su piel con un color violeta oscuro, tensión en los músculos que lo hacía estremecerse y quemaduras que no ardían bajo el sol.
Más allá de eso, miraba mucho a los demás. La violencia de las marcas lo sorprendía, por eso miraba para ver si alguien tenía esos mismos cortes y golpes que le marcaban la piel. Miraba a las chicas que hacían fútbol, pensando en que capaz una de ellas era lo suficientemente bruta y rapaz para dejarlo todo en el pasto. Pero a falta de respuestas en ellas, también miraba a sus compañeros en inferiores, buscando similitudes en sus brazos y piernas. Aun así, seguía sin encontrar coincidencias.
—Te hacen mierda a vos, ¿eh? —le dijo una vez Fede. Fue la primera persona que comentó algo sobre sus marcas. Era común ignorarlas, más que nada en los niños. Era normal que se cayeran y golpearan, más si su alma gemela era de su edad. Pero Leandro no era tan chico, ya tenía quince años y moretones como si fuera un nene de ocho.
—No son mías, son de mi chica —respondió, haciéndose el canchero aunque le daba inseguridad hablar de eso, a pesar de la confianza que podía tener con su amigo.
—Si, una chica… —Leandro no obvió el tono irónico que usó el otro y le pegó un cache en la nuca.
Su carrera despegó, debutó en Boca y se presentó la chance de que fuera cedido a un club de afuera. Ahí empezó a soñar: tal vez su alma gemela fuera más joven que él, y no estaría en Buenos Aires, o siquiera en Argentina. Sino que estaba destinado a encontrar a su otra parte en el exterior. Ya la tenía en vista: una modelo europea, italiana o francesa, eso no importaba. Con la piel bronceada, el pelo largo y sedoso, con una sonrisa brillante y un culo fuera de este planeta.
Se le paraba de solo imaginarla.
Con esa ilusión, se fue. Viajo, jugo, probó… Lo intento todo. Se había hecho conocido entre las chicas, por pegarse provocativamente frente a ellas, para comprobar si eran las elegidas del destino para el. Al principio lo tomaba como una forma de seducirlas, pegandose una cachetada para adular la belleza de la chica, señalando que quisiera que ella fuera su alma gemela.
Pero en poco tiempo perdio la gracia, cuanto mas lo hacia, mas se decepcionaba por dentro. Algunas se la seguían y lo buscaban para que las pruebe como si fuera un juego. Fue tanta la atención que atrajo, que tuvo que dejar de hacerlo cuando una atento a cortarse en frente de él para comprobar que estaban destinados el uno al otro.
«Leandro Paredes busca desesperadamente a su alma gemela», había publicado un portal de noticias una vez. La noticia había trascendido poco, pero lo suficiente para que las chicas europeas se enteraran y sus representantes le aconsejaran dejar ir el tema.
Hizo el ridículo innumerables veces en el afán de saber, de encontrar, de doler, junto a otra persona, pero fue infructuoso. Las chicas se reían, se mofaban, lo buscaban, le mentían, pero no cambiaba nada. Ella parecía no estar por ninguna parte.
Hasta que un día, la verdad le fue revelada. Justo delante de sus narices. Donde, al principio, fue muy ciego para verlo, o muy estupido para creerlo, pero que no podría haber sido más evidente.
París, Francia. Miércoles 10 de Agosto. Año 2022. 02:10 hrs
El ambiente estaba denso y mojado. Las luces del club destellaban contra su camisa blanca y la hacían parecer fluorescente. Mientras cuerpos mojados chocaban contra el, Leandro sudaba entre la música electrónica que aturdia por su alto volumne, de la mano del alcohol que luchaba por arrebatarle toda el agua del cuerpo.
No había tenido planeado salir, pero cuando les habían dado un día libre entre partidos, ni lo había dudado. Le rompía las pelotas la situación con el club, se quería ir a la mierda ahora que peligraba su titularidad, más cuando sabía que tenía mucho para dar. El tema del traspaso le urgia y ya le emocionaba conocer Italia. Le jodía tener que dejar de jugar con Leo cuando todavía tenía tanta calidad, verdaderamente era un placer jugar a su lado.
Pero tendrá que reencontrarse con él en la selección, porque la situación en el club ya se le hacía insostenible, era tan frustrante…
A pesar de todo esto, en ese momento solo podía pensar en una cosa: el orto de la rubia que se le estaba tirando encima. Y cómo se podía olvidar de la morocha que lo comía con los ojos desde la barra. Todavía se le venía a la mente esa morena fogosa que se había garchado el finde pasado.
Podría buscarla para repetir…
Todos esos pensamientos se le frenaron en seco cuando un ardor le corrió por toda la pierna.
Como si una flecha le hubiera impactado contra el tobillo, se inclinó hacia adelante de la horrible sensación, empujando a la chica que tenía encima, casi tirándola al piso. Se le revolvió el estómago de tal manera, que tuvo que ssotenerse del hombro de una persona de entre la multitud. El sonido de quejas distantes le llegaron a los oídos, molestos de que estuviera empujando a todo el mundo sin razón aparente.
«¿Estás bien?» le preguntó alguien a lo lejos. No sabía en qué idioma fue, porque la mente no le funcionaba lo suficientemente bien para prestar atención a esas cosas. El alcohol le había nublado los sentidos, pero no lo suficiente para ignorar este dolor desgarrador que sólo crecía en intensidad.
El ardor era horrible. Se sentía como si le hubieran arrancado la pierna, la extremidad le pulsaba y el calor le engullia los sentidos. Le llegó un recuerdo lejano de esa vez que le habían lesionado y sintió miedo. El dolor se sentía tan similar… Le rechinaban los dientes a causa de él, mientras un sudor frío le provocaba escalofríos violentos.
No sabia cuanto mas podia aguantarlo. La gente a su alrededor empezaba a percatarse de que le pasaba algo y creia escuchar las voces de sus amigos hablar a lo lejos. Penso que se iba a desmayar...
Hasta que, por unos segundos, el dolor se apaciguó ligeramente. Y, sin pensar con claridad, aprovecho.
Desorientado, aunque lleno de bronca, su mente aturdida solo encontró una posible explicación de lo que estaba sintiendo.
Se dio vuelta más rápido que un rayo, pisando con dificultad, para empujar al tipo que tenía atrás.
—¿Qué te pasa gatito? —Lo pecheo. —¿Tenes ganas de pelear?
El tipo, en un estado etilico no mucho mejor que el suyo, rápidamente giró para mirarlo y hacerle frente.
—¡Ey Lea! ¡Lea! —escucho que lo llamaban, pero Leandro no pensaba más que en el ardor que todavía tenía presente en el pie mientras le encajaba una piña.
Después de eso, todo se nublo. Vio los eventos que siguieron en flashes, en cámara lenta pero pasando a toda velocidad. Se perdió entre manotazos y puños, intentando cobrar lo menos posible mientras se empujaba entre la gente alarmada del boliche. No sabe quien lo arrastró, ni quien lo separó del otro tipo. No sabe cómo llegó a su casa ni quien pagó por el auto para dejarlo ahí.
Lo único certero, era que le seguía ardiendo el tobillo.
Cuando sintió el acolchado suave contra la cara, se le dio vuelta todo. Le agarraron unas ganas de vomitar terribles, pero dejó la cabeza quieta para no marearse más. Cerró los ojos para soportar otra cuota de escalofríos y sintió otra punzada originada del tobillo. Un pensamiento horrible se le cruzó.
Intento recuperar la cordura para avisar que el tipo probablemente lo había lesionado, para pedir que alguien lo revise. Intentó hacérselo saber a quien sea que lo había traído a su casa que, con suerte, seria un amigo. Pero cuando intento murmurar recibió como respuesta:
—¿Qué dice?
—No se... no le entiendo nada cuando está tan mamado. Que hijo de puta, ¿como se va a pelear así?
Se rindió. Sintiéndose dolorido y demasiado hecho mierda para insistir, Leandro no se durmió, se desmayó.
Al otro día, se despertó de la misma forma que se había ido a dormir, con la camisa desabotonada y arrugada bajo su cuerpo. En medio de la noche, había tironeado de las sabanas y deshecho toda la cama. Se giró sobre el colchón y se quedó mirando el techo por unos segundos, con la cabeza ardiendo y la boca seca.
Antes de que pudiera quejarse por haberse excedido la noche anterior, se acordó. El tobillo.
Respirando con fuerza, temeroso, hizo un esfuerzo por incorporarse a pesar de la resaca. Con todo dándole vueltas, se sentó y bajó la mirada para observar el estado de su pierna.
Era preocupante, la verdad: Su tobillo seguía teniendo ese color violáceo, oscuro, casi negro en algunas partes. Pero no estaba tan hinchado, lo cual lo extraño y tranquilizó al mismo tiempo. Apretando los dientes, se preparó para intentar moverlo.
Y ahí se comió la primera sorpresa del día.
Lo movió hacia un lado y hacia el otro, pero nada. Ni siquiera una molestia. Inspirando con fuerza, se incorporó, apoyó el pie en el piso y se puso de pie.
Nada. Absolutamente nada.
Lo primero que hace es soltar el aire que tenia guardado, aliviado. Vuelve a caer sobre la cama, sin tener en cuenta el mareo que le iba a causar. Se vuelve a incorporar para evitar vomitar. Con la cabeza masomenos tranquila, se tapa la cara con las manos, riendose como un pelotudo.
Bien, la puta madre. No es nada…
Por un momento, se permitió relajarse, pero su alivio duro poco. Finalmente, cayó en cuenta de lo que evidenciaba que su pierna no doliera. Porque si la marca no era suya, solo podía significar una cosa:
Era de su alma gemela. Su alma gemela se había fracturado.
Cuando más rotaba y se miraba el tobillo, peor se sentía. Las ganas de vomitar por la resaca no habían desaparecido y solo empeoraban cuanto mas miraba la herida. Lo que había sentido la noche anterior no había sido ni una simple torcedura ni un golpe cualquiera: había sido una lesión. Real, y muy fea.
Aunque no fuera experto en el tema, podría pensar que se trataba de una fractura de tibia, con suerte, del astrágalo. Dudaba que fuera una simple distensión muscular o un esguince. Leandro había tenido una lesión similar, aunque no quería pensar mucho en ello, no pudo evitar que se le viniera a la mente.
Tragó con dificultad.
Se sentía mal, aunque sabía que no podía hacer nada. Solo podía pensar que… ella se recuperara lo antes posible.
Sin que la cabeza le dejara de dar vueltas, tanto por lo grotesco de la herida como por la resaca, se levantó en busca de una pastilla y un vaso de agua. Llegando a la cocina, todavía medio dormido, encendió la televisión sin prestar demasiada atención a lo que estaba pasando.
Su mente seguía maquinando: ¿Cómo era posible hacerse una lesión de ese calibre? ¿Su chica sería deportista de alto rendimiento como él? O quizás le gustaban los deportes extremos, como el esquí. ¿Se habría metido en problemas? Sería raro que posteara la herida en esos foros de almas gemelas que buscaban encontrar su otra mitad? ¿Tendría chances de encontrar a la otra persona con una herida de este calibre? ¿Valía la pena exponer la marca para hacerlo?
No podía dejar de darle vueltas al tema, esto definitivamente descartaria a mucha gente de su círculo de la que alguna vez habia sospechado…
Se concentro en tomar agua de a poco, intentando acallar su mente y mantener bajo control sus emociones intensas mientras escuchaba despreocupadamente al relator de algún canal de deportes hablar con seriedad:
«La verdad es una pena, tan joven. Una patada criminal que le puede cambiar la carrera... Verdaderamente es lamentable para un chico que prometía tanto. La dirigencia de Boca dice- »
Leandro levantó la cabeza.
La mención del club lo hizo despertarse súbitamente. Giró la cabeza hacia el televisor y lo inundó una mezcla de sentimientos. Claro, ayer había jugado Boca por copa argentina… Intentaba seguir al club en todos los partidos, pero muchos se le complicaban por la diferencia horaria y la diversidad de sus… actividades.
Empieza a prestarle más atención a la televisión, ve a los periodistas hablando apenados y a los miembros de la dirigencia lamentarse, a pesar de la victoria y el avance del club en la competencia. Lee el titular con mucha atención:
«El delantero de boca debería ser operado: Zeballos sufrió una grave lesión por una dura patada»
y ahí lo ve con sus propios ojos, la repetición de la patada horrible que le propinó el defensa al talentoso extremo, como lo hizo rodar por el campo en los inicios de primer tiempo ante el peligro que auguraba la corrida del delantero. Era imposible para Leandro verlo sin putear al forro que le habia entrado claramente con intencion de lastimar. Cada vez que lo veía se sentía peor. Era imposible no hacer una mueca pensando en el dolor que el chico habría sentido…
El dolor que habría sentido…
Un escalofrío le recorre la pierna.
Y si…?
Se miró el tobillo de vuelta, sus ojos buscando otra cosa, hasta que se distrajo con la imagen del televisor de nuevo.
Exequiel Zeballos…
Conocía a ese chico, no solo por nombre. Lo había conocido en Junio, cuando había ido a la Bombonera. Lo recordaba perfectamente, disfruto de verlo jugar ¿como no iba a hacerlo? Era un pibe joven, rápido, de esos que llamaban la atención incluso antes de que uno supiera demasiado sobre ellos.
Bueno, en realidad, Leandro sabía bastante más de el chico incluso antes de verlo.
Había seguido sus partidos desde inferiores. Había visto goles, asistencias, jugadas con gambeta y bicicleta incluida. Lo habia cautivado desde hacía tiempo, no todos los días aparecían jugadores con tanto talento.
Por eso, la noticia le pegó de una manera que no esperaba. Todavía no se sabía con certeza cuál había sido la lesión, ya que el club demoraba en sacar el parte médico. Se quedó mirando la pantalla mientras los periodistas repetían una y otra vez las imágenes de la lesión. Cuanto mas lo veia, mas se endurecía su expresion. Lo único que podía esperar, era que no fuera la tibia, sino el tobillo.
Sin poder evitarlo, se mira la pierna de vuelta.
La herida de su otra mitad, emulada en su piel, era chica pero fea: de un negro violento con zonas amariillas, dejaba ver algo parecido a un corte en la zona. Era difícil de interpretar, pero cuanto más la veía, más se acordaba del esguince que había sufrido por parte de Orión años atrás.
¿Habría sido una herida jugando fútbol también?
Negó con la cabeza. No podía ser…
No quería pensar más en eso, ni en su lesión ni en su marca, pero tampoco podía ignorarlo. Pasó el resto de la mañana pegado a la pantalla, discutiendo por whatsapp sobre la falta con sus amigos pero sin mencionar nada sobre el extraño reflejo de la avulsión que se encontraba sobre su propio cuerpo en un lugar muy parecido.
El tiempo pasó y llegó la tarde. Cuando se conoció el parte médico del chico, se pegó al televisor para leerlo en voz alta. Susurrando para si mismo:
«Lesión de la sindesmosis tibioperonea distal con lesión del ligamento deltoideo y avulsión del maléolo posterior del tobillo derecho.»
Trago saliva.
Volvió a mirarse el tobillo.
Que curioso, que coincidencia tan… precisa. Una lesión así de grave de un jugador de Boca, justo cuando él también recibía una marca tan horrible de parte de su alma gemela.
Se quedó en silencio.
No podía ser, ¿no? Una fractura de tibia sería mucho más evidente que solamente un moretón violeta, ¿no? era estupido pensar que la primera persona lesionada que viera estaría espiritualmente conectada a él.
¿No?
Apagó el sonido de la televisión y se dejó caer en el sillón. Todavía sentía cierta incomodidad en el pecho, entonces busco hacer algo para tranquilizarse. Sin pensarlo mucho más, agarró el teléfono y busco el perfil de Exequiel. Escribió algo breve, deseándole una buena recuperación y lo subió a sus historias.
Ya está, no tenía sentido darle más vueltas. Él estaba allá y Leandro acá, las chances de que sus heridas estuvieran interconectadas eran ínfimas. Nulas, se atrevería a decir.
Se relajó contra el sillón, cerrando los ojos e intentando calmar su corazon. La resolucion le habia traido cierta paz, cierta certeza de que los casos no tenian nada que ver uno con el otro. Por ahora, tendria que ser suficiente. Tenia demasiadas cosas en las que preocuparse, ¿para que seguir haciendose la cabeza con ilusiones falsas? ¿Para que sumar un problema mas?
Se olvidó de la situación, del tobillo, del dolor, de Exequiel…
Al menos por un tiempo.
