Actions

Work Header

Rating:
Archive Warnings:
Category:
Fandoms:
Relationship:
Characters:
Additional Tags:
Language:
Español
Stats:
Published:
2026-09-30
Updated:
2026-09-30
Words:
4,544
Chapters:
1/?
Kudos:
4
Hits:
84

Sirena ½ [ESPAÑOL]

Summary:

Akane Tendo luchó contra un monstruo para salvar a un niño, logrando protegerlo a costa de su propia vida consciente. Cuando Ranma y Genma Saotome llegan al Dojo Tendo sumido en el dolor para ofrecer su apoyo, un desesperado Soun Tendo descubre una leyenda prohibida. En busca de un milagro, los padres sellan un pacto inquebrantable y envían a los Saotome a las traicioneras tierras de Jusenkyo para localizar el manantial más maldito de todos, el de la sirena ahogada: el Ningyonīchuan. @MundoFanficsIyR #Dinamica_de_octubre #Yabba_dabba_boo #rankane

Chapter 1: En busca del Manantial de la Sirena

Chapter Text

El sol de última hora de la tarde abrasaba el pavimento de Nerima, alargando y deformando tras ellos las sombras de los dos artistas marciales. Ranma avanzaba con pesadez, llevando su voluminosa bolsa de deporte colgada al hombro y pateando una piedra suelta hacia la cuneta mientras su paciencia se agotaba a cada paso.

—Va a pensar que salí corriendo. —La voz de Ranma cortó el aire húmedo. —Habíamos quedado a una hora concreta. Debería haber esperado un poco más. Probablemente Ryoga está destrozando el asfalto ahora mismo.

—Esperaste a ese imbécil todo el día, si no apareció, perdió por incomparecencia —dijo Genma, manteniendo la vista al frente mientras sus gastadas sandalias  golpeaban rítmicamente el hormigón. —Esto es más importante. Hibiki tendrá que sobrevivir con el ego magullado.

—No se trata de su ego, sino de mi reputación —argumentó Ranma, trotando unos pasos para igualar las zancadas amplias y apresuradas de su padre. —¿Y por qué estamos aquí? Llevas todo el mes hablando maravillas del viaje a China. ¿A qué viene esto?

Genma se detuvo en seco. Aquella quietud repentina se sentía pesada de una forma antinatural. Se subió las gafas redondas por el tabique nasal, los cristales captaron la luz del sol, ocultando por completo sus ojos. —Un hombre que ignora la súplica silenciosa de un hermano no es un artista marcial, Ranma. Es solo un matón.

Ranma se cruzó de brazos; aquel arcaico intento de desviar la atención no servía en absoluto para explicar el repentino cambio de planes. —¿Qué significa eso? ¿Qué petición?

—Significa que nos quedaremos exactamente una semana para presentar nuestros respetos. Luego partiremos hacia las montañas de China —dijo mientras doblaban la última esquina. Las enormes puertas de madera del dojo Tendo se alzaban al final de la calle—. No me hagas quedar mal.

—¿Presentar respetos? —Ranma observó el letrero junto a las enormes puertas: Dojo Tendo: Artes Marciales del estilo Indiscriminado de combate cuerpo a cuerpo. —¿Se murió alguien? —preguntó con aire de cansancio.

—No, nada de eso —le aseguró su padre, dándole una palmada incómoda en la espalda.

Ranma observó el letrero por un instante. Un recuerdo acudió a su mente sin previo aviso. —Espera un momento... ¿el dojo Tendo? ¿No dijiste que no me presionarías con ese acuerdo hasta que cumpliera dieciocho años?

Su padre negó con la cabeza y suspiró. —No, esto no tiene nada que ver con eso. Confía en mí.

¿Confiar en ti? Si me pides que confíe en ti, puede que tenga que salir corriendo a las colinas.

Genma cruzó la entrada exterior sin añadir nada más.

Ranma miró más allá de las puertas e inmediatamente sintió que algo andaba mal. Un prestigioso recinto de artes marciales debería haber estado lleno de vida: los gritos secos durante la ejecución de formas, el golpe sordo y constante de los cuerpos contra la lona, ​​el ritmo incesante del entrenamiento. En cambio, aquel lugar estaba sumido en un silencio tan absoluto que parecía presionar contra los muros. La maleza había empezado a invadir los bordes del sendero de piedra que conducía a la entrada; su lento avance sugería un hogar que había dejado de preocuparse por el mañana.

Genma llegó al umbral y llamó a la puerta.

Ranma observó a su viejo. Por lo general, simplemente irrumpía en sitios como aquel. Llamar a la puerta le parecía demasiado... respetuoso. Y Genma Saotome era todo menos respetuoso.

Una chica de más o menos su edad abrió la puerta y los miró como si fueran cucarachas. Llevaba una falda oscura e impecablemente planchada, y mantenía los brazos cruzados con fuerza sobre el pecho, a modo de armadura. Su mirada descendió desde el rostro adusto de Genma hasta las pesadas bolsas de viaje que descansaban a los pies de Ranma. Sus ojos carecían por completo de calidez, eran calculadores, pero totalmente vacíos.

—Si vienen por un desafío del dojo, estamos cerrados indefinidamente —declaró con una voz monótona, plana y carente de vida, que atravesaba el calor del verano como el hielo. —Si vienen para el funeral, se han adelantado un mes. Vuelvan más tarde.

Ella retrocedió, llevando la mano a la pesada puerta para cerrarla de golpe en sus narices. Pero Genma la detuvo con un empujón sorprendentemente suave.

—En realidad, soy Genma Saotome, me enteré de la noticia y necesitaba ver a tu padre. Me está esperando.

La chica soltó el marco y se fundió de nuevo en la penumbra de la casa, sin ofrecer disculpas ni saludos, mientras un hombre, presumiblemente su padre, daba un paso al frente.

Soun Tendo parecía haber sido vaciado por dentro con una cuchara oxidada. Su gi marrón le colgaba holgadamente del cuerpo, profundamente arrugado. El patriarca vibrante e imponente que Genma había descrito a Ranma a lo largo de los años era menos que una sombra, un espectro demacrado, de ojos inyectados en sangre y con la mandíbula cubierta por una barba de varios días sin cuidar.

Genma adoptó de inmediato una postura de reverencia rígida y formal, ocultando su sorpresa tras los estrictos protocolos de su arte. —Tendo, hermano mío. Vi una transmisión sobre lo que ocurrió. Vine tan pronto como el viento lo permitió. La escuela Saotome ofrece sus más profundas...

—No.

La palabra apenas fue un susurro áspero, pero atravesó las frases hechas de Genma como una cuchilla. Soun no correspondió a la reverencia, clavó la mirada en Genma con una intensidad aterradora y sofocante.

—No me des el pésame, Saotome, aún guardo esperanzas —susurró Soun, con la voz temblorosa bajo el peso de una fuerza invisible y aplastante. Se permitió una sonrisa triste. —Pero siempre es bueno verte; ven, tenemos mucho de qué hablar.

Sin esperar respuesta, Soun arrastró a Genma hacia el interior. Con una fuerza sorprendente y desesperada, lo guió hasta la oscuridad sofocante del pasillo, cerró la puerta deslizante tras ellos y dejó a Ranma completamente solo en la entrada.

Ranma parpadeó mientras el pesado silencio de la casa se precipitaba a llenar el vacío que los dos padres habían dejado. Se quitó los zapatos de una patada y pisó la madera pulida, las tablas del suelo crujieron en señal de protesta. Esperó un momento, aguardando a que alguien viniera a recibirlo, a ofrecerle té o a mostrarle la habitación de invitados.

Nadie apareció. No se percibía el aroma de la cena cocinándose a fuego lento en la cocina. Tampoco se oía el zumbido lejano de un televisor. Solo el aire viciado y opresivo de un mausoleo.

Este sitio apesta.

Empezó a sentir un hormigueo en la piel. El silencio resultaba ensordecedor, una presión física que le oprimía los tímpanos. Inquieto y sintiéndose totalmente desbordado por la situación, Ranma dejó caer la mochila junto a la pared y comenzó a caminar sin rumbo. Recorrió el recinto a ciegas, desesperado por encontrar un ancla en medio de aquel duelo sofocante.

La encontró al final de un pasillo largo y sombrío: las puertas correderas del dojo de la familia.

Ranma las abrió. Las amplias esteras de tatami estaban cubiertas por una fina capa de polvo y abandono.

Aquello no estaba bien. Se suponía que un dojo debía ser un lugar vivo, debía oler a sudor, a cera para suelos y a esfuerzo físico. Aquella habitación, en cambio, olía a una biblioteca vieja.

Ranma exhaló aire lentamente, con frustración. No sabía cómo desenvolverse en funerales ni cómo lidiar con familias rotas, pero conocía bien aquella sala. Pisó el tatami y sintió cómo el polvo se desplazaba bajo sus calcetines. Buscando el único tipo de consuelo que para él tenía sentido, adoptó una postura profunda de kempo, cerró los ojos y comenzó a estirar. La conocida sensación de ardor y tensión en los músculos fue lo primero que le pareció real en todo el día.

-----

El estudio privado de Soun olía a té verde rancio, a polvo y a desesperación. Tras los paneles shoji cerrados, los dos veteranos artistas marciales permanecían sentados en la penumbra.

Soun alargó la mano hacia la tetera de hierro fundido. Le temblaba tanto la mano que el pico chocó ruidosamente contra el borde de la taza de cerámica, derramando té caliente sobre la madera pulida. Soun no pareció darse cuenta; simplemente dejó la tetera en su sitio y se quedó mirando el charco.

Genma observó cómo el líquido goteaba desde el borde de la mesa. No era capaz de mirar a su amigo a los ojos. —Dímelo claro, Tendo. ¿Qué dijeron los médicos?

—Lo llaman síndrome de cautiverio —dijo Soun con voz hueca y rasposa. —Dicen que su mente está totalmente intacta, que puede oírnos. Pero el puente hacia su cuerpo... simplemente ha desaparecido. Me dijeron que la llevara a casa y procurará que estuviera cómoda. —Soun alzó por fin la vista y clavó sus ojos inyectados en sangre en los de Genma. —Es la forma que tienen los médicos de decir «ríndete».

Genma se removió incómodo sobre el tatami; el peso abrumador del dolor de Soun amenazaba con aplastarlo. Incapaz de arreglar lo irreparable, se refugió en los aspectos prácticos.

—Solo podemos quedarnos una semana —dijo Genma, aclarándose la garganta. —Mis fondos están sujetos a un itinerario estricto. Ya casi terminamos su entrenamiento. Después de este viaje a China, pensaba volver con Nodoka y, el año que viene, podríamos fijar la fecha del compromiso.

Soun seguía mirando fijamente el té derramado.

—Hay un lugar de entrenamiento en China —continuó Genma, desesperado por llenar el silencio. —Jusenkyo. Al parecer, es un sitio sagrado para los maestros de artes marciales más temidos de la historia, rodeado de leyendas de grandeza. Es la prueba final para que Ranma...

—Repite el nombre de ese lugar.

Genma se detuvo. —¿Jusenkyo?

Soun levantó la cabeza lentamente. Un brillo febril y maníaco se había encendido en la profundidad apagada de sus ojos. —Jusenkyo —susurró Soun. —Vi esa palabra hace unas noches.

Genma frunció el ceño, totalmente confundido. —¿Cómo? Es un mito poco conocido. No aparece en ningún mapa moderno. No podrías haber... —La voz de Genma se fue apagando al darse cuenta de la verdad. El color desapareció por completo de su rostro. —Tendo. No. Dime que no lo hiciste.

Soun se inclinó sobre la mesa baja y su voz se tornó en un susurro áspero y sombrío:

—Rompí las cadenas oxidadas del cofre del Maestro que dejó en el ático.

Genma retrocedió físicamente, arrastrándose hacia atrás sobre el tatami como si Soun acabara de ponerle una granada activa en las manos. Instintivamente miró hacia los rincones sombríos de la habitación, como si su antiguo y demoníaco maestro fuera a materializarse de un momento a otro para castigarlos. —¿Tocaste sus pergaminos? ¿Estás loco, Tendo? Si alguna vez regresa y se entera de que rompiste sus sellos...

Soun golpeó la mesa con la mano.

Su palma impactó contra la taza de té de porcelana, haciéndola añicos. El té caliente y la sangre fresca formaron un charco sobre la madera, pero Soun no reaccionó ante ello.

—¡Que regrese! ¡Que me mate!, —gruñó Soun, inclinándose sobre la mesa para agarrar la solapa del gi de Genma con su mano ensangrentada y temblorosa. —¡Ya no me queda absolutamente nada que perder, Genma! Pasé tres noches revisando frenéticamente esos malditos registros en busca de un milagro, de cualquier cosa que despertara a mi hija. Vi el nombre de Jusenkyo. Ayúdame a examinar todos sus pergaminos y libros. Esto podría servirte para estar mejor preparado, y podrías ayudarme a encontrar algo que logre traerla de vuelta.

Genma se quedó mirando la sangre que empapaba su gi blanco, completamente paralizado por la pura y desesperada locura que emanaba de su viejo amigo. Restar importancia a la posibilidad de que su maestro regresara era algo que no encajaba en absoluto con el Soun que él recordaba.

Le entregó a Soun el viejo libro que describe a Jusenkyo.

Soun examinó los símbolos del libro y resopló. —Está en chino.

—Lo sé —respondió Genma, suspirando. —Si su libro sobre Jusenkyo está en japonés, sí, podría serme útil. —Hizo una inclinación. —Agradezco tu gesto y, por supuesto, revolveré entre las cosas del maestro para intentar encontrar algo que ayude a tu hija.

Soun aflojó el agarre mientras su pecho subía y bajaba con fuerza. Se puso en pie, proyectando una silueta oscura en la penumbra de la habitación. —Está bien, traeré su baúl y podremos revisarlo juntos. Tal vez... tal vez tú notes algo que a mí se me haya pasado por alto..

Genma suspiró. —Sabes que el maestro siempre se jactaba de no conocer ninguna técnica que pudiera servir para ayudar a alguien, ¿verdad?

Soun sonrió con una esperanza incierta. —Ambos sabemos que eso no era más que una mentira descarada.

—Sí, solía hacer eso, ¿verdad? Mentir y hacer trampas —dijo, maldiciendo al maestro y dándose cuenta casi al instante de que aquello también lo describía a él a la perfección.

-----

El chasquido del gi de Ranma era el único sonido en el dojo. Había pasado de los estiramientos a practicar movimientos de combate al aire, lanzando golpes al vacío simplemente por tener algo que hacer.

La puerta corrediza se deslizó y se abrió. Por pura costumbre, Ranma adoptó una postura defensiva.

Una joven estaba de pie en el borde de la colchoneta. —Debes de ser Ranma —dijo ella en voz baja.

Ranma bajó los puños, consciente de repente de su sudor y del polvo que estaba levantando. —Eh... sí. Siento haberme colado así. No había nadie por aquí.

—Por favor, no te disculpes por nuestra falta de modales, eres nuestro invitado. —Ella se dio la vuelta y arrastró una silla de ruedas sobre el umbral de madera.

En el asiento, desplomada, había una chica de más o menos su misma edad. Su largo cabello oscuro caía sobre los hombros en mechones húmedos, enmarcando un rostro totalmente inexpresivo. Sus ojos miraban al vacío, fijos en un punto de la pared opuesta.

—Soy Kasumi —dijo, señalando a la chica de la silla de ruedas, —y esta es mi hermana pequeña, Akane.

Ranma se quedó mirando a la hermosa joven por un instante. No sabía cómo comportarse ante personas enfermas.

—Me alegré muchísimo al oír ruidos en el dojo —dijo Kasumi haciendo una educada reverencia. —Por un momento, pensé que Akane estaba de vuelta.

Ranma parpadeó. ¿De vuelta? Pero, ¿acaso ella no está...?

—Siento no haberte recibido en la puerta. Tu padre y el mío estarán en el despacho un buen rato. Habría bajado yo misma a enseñarte tu habitación, pero estábamos en la planta de arriba. Akane necesitaba bañarse —dijo Kasumi mientras le acariciaba el cabello a Akane, como intentando que luciera presentable, aunque la joven no necesitaba ayuda en ese aspecto.

Ranma bajó de la colchoneta y se acercó a la silla. —Oye —dijo, mirando directamente a Akane. —Así que... ¿eres artista marcial? ¿Cómo... cómo fue que quedaste así?

Kasumi frunció el ceño, mostrando una breve irritación. —Akane no puede responderte ahora, Ranma... —Se detuvo, su molestia se disipó y dio paso a una sonrisa amable al notar la preocupación genuina en el rostro del chico—. Los médicos dicen que puede oírnos, pero no puede hablar ni moverse. Así que, en realidad, es mejor que le hables, tienes buen instinto.

—Oh —fue todo lo que Ranma logró decir.

—Hace unos meses, un monstruo apareció en nuestro barrio. Arrasó con el parque y un niño pequeño se cruzó en su camino. Si Akane no hubiera intervenido, no sé qué habría sido de ese niño.

Ranma se quedó mirando a la chica de cabello largo. Había ayudado a niños pequeños en el pasado, pero nunca... nunca había sufrido las consecuencias de su imprudencia.

Kasumi revisó su manga y la olfateó, sintiéndose un poco cohibida. —Por cierto, hablando de ayudarla con el baño... creo que yo también necesito uno. —Vaciló, sintiéndose algo incómoda por dejar a Akane a solas con un chico al que acababa de conocer. —Cuando oímos los ruidos del dojo hace un rato, Akane pareció reaccionar un poco. —Bajó la mirada hacia el suelo. —Toda su vida giró en torno a las artes marciales... pero últimamente ni siquiera ha podido sonreír.

Kasumi levantó la vista hacia Ranma. —¿Te importaría practicar mientras ella se queda aquí sentada? Solo un rato, al menos hasta que yo me dé una ducha rápida.

Ranma se frotó la nuca. —Mira, mi viejo solo me enseñó lo básico del estilo Tendo. No le va a parecer que lo hago bien.

—No necesita que se vea perfecto —dijo Kasumi con suavidad. —Solo necesita ver a alguien moverse.

Sin esperar respuesta, se dio la vuelta y salió del dojo, cerrando la puerta corredera tras de sí.

Ranma permaneció de pie en la habitación silenciosa. Miró la puerta cerrada y luego los soportes de equipo cubiertos de polvo. Si esto la ayuda ¿por qué nadie de su familia lo hace?. Seguramente Kasumi y la otra hermana sabían artes marciales y, según su viejo, el padre de ellas era un maestro.

Se volvió hacia la silla de ruedas. El silencio se sentía pesado.

—Así que... —empezó Ranma, bajando la voz mientras la miraba. —¿Un monstruo, eh? ¿Para defender a un niño? Eso es... eres bastante dura.

Akane tenía la mirada perdida, como si lo atravesara.

Ranma hizo una mueca y se golpeó el tobillo con el otro pie. —Soy un iidiota. Claro, no puedes... olvídalo. Voy a practicar katas. Espero que disfrutes del espectáculo.

Volvió a subir a la colchoneta y respiró hondo.

Comenzó a moverse con soltura, precisión y fluidez. Se deslizaba por el tatami, sintiendo la emoción familiar y natural del estilo «Indiscriminado», aunque aquella kata en particular siempre le resultaba algo extraña. Una sonrisa ligera asomó a sus labios mientras giraba para realizar una transición, canalizando la alegría de este arte en cada movimiento.

Pronto ganó ímpetu, cortaba el aire con patadas descendentes rápidas como el rayo y golpeaba a un enemigo imaginario con precisos ataques a mano abierta.

Algo que le gustaba de esta kata específica del estilo Tendo era que a menudo le daba la sensación de haber sido diseñada para luchar contra una horda de ninjas. Él desearía tener la oportunidad de luchar contra una horda de ninjas.

Culminó la rutina con una pirueta exagerada y teatral, trazando un amplio arco con el brazo y terminando con una reverencia dramática. Actuar como un payaso le calzaba bien, era justo que su público recibiera un buen espectáculo.

Levantó la cabeza, guiñó un ojo mientras se enderezaba y se quedó paralizado.

La comisura de los labios de Akane se contrajo ligeramente.

Fue un cambio diminuto. Luego, sus labios se entreabrieron ligeramente en una sonrisa tenue y genuina.

A Ranma se le cortó la respiración. Se quedó paralizado, contemplando la calidez que iluminaba sus rasgos. —Te... te gustó, ¿eh? —susurró, dando un paso adelante.

No hubo respuesta. Quiso maldecirse por haberlo olvidado de nuevo, pero la sonrisa seguía allí, suave y llena de vida.

—Yo... —dijo Ranma, mirando hacia las puertas correderas. —Voy a buscar a tu herman, vuelvo enseguida.

Ella seguía sonriéndole.

—¡Kasumi! —Ranma corrió hacia la puerta y recorrió el pasillo a toda velocidad. —¡Kasumi!

La encontró en la planta de arriba, justo frente a lo que supuso era su cuarto. Por su cabello húmedo, dedujo que se había dado una ducha rápida en lugar de relajarse en el furo y que se había cambiado con ropa más cómoda. Ella se sobresaltó cuando Ranma frenó en seco justo delante de ella.

—Pensé que querrías saberlo —dijo Ranma jadeando, mientras la agarraba por la manga. —No miento, lo juro: está sonriendo.

Los ojos de Kasumi se abrieron de par en par. Sin decir palabra, se apresuró a bajar por el pasillo junto a él.

Cuando regresaron al dojo, el rostro de Akane había vuelto a su expresión habitual e indescifrable.

—Te juro que lo hizo —insistió Ranma, gesticulando frenéticamente con las manos. —Justo cuando terminé de hacer la reverencia...

Kasumi caminó en silencio por el tatami, se sentó en el suelo justo al lado de la silla de ruedas de Akane y miró a Ranma con ojos brillantes y llenos de anhelo.

—¿Puedes hacerlo otra vez? —preguntó en voz baja. —Me gustaría verla sonreír.

Ranma miró alternativamente a Kasumi y al rostro impasible de la chica en la silla, sintiendo cómo el peso del momento caía sobre él.

—Sí —dijo Ranma, volviendo a pisar el tatami. —Creo que puedo hacerlo.

-----

Genma cayó de rodillas ante un pesado cofre de madera que debería haber estado sujeto por cadenas de hierro oxidado. Le temblaban las manos. Extendió los dedos hacia el candado destrozado, su rostro lucía pálido bajo la tenue luz.

—Si el Maestro se entera de que hemos irrumpido en su reserva personal... —Genma tragó saliva con dificultad y miró hacia las oscuras vigas del techo, como si esperara que una pequeña sombra demoníaca se abalanzara sobre ellos en cualquier momento. —Tendo, nos despellejará vivos. Nos colgará del techo usando nuestros propios cinturones.

—Que lo haga —respondió Soun con tono seco. Estaba justo detrás de Genma, observando el cofre con ojos oscuros y hundidos. —Vamos, acércate, te mostraré.

Genma hizo una mueca cuando Soun agarró el candado de hierro oxidado y abrió el cofre.

En su interior yacía un revoltijo caótico de tesoros prohibidos: pergaminos de artes marciales exóticas, pilas de libros encuadernados en cuero y de páginas amarillentas —escritos con una caligrafía densa y arcaica— y ropa interior femenina robada.

Soun sacó un pergamino elegante y oscuro, atado con una cinta roja. Lo desenrolló ligeramente y entrecerró los ojos para leer la caligrafía destacada en la parte superior. —La técnica secreta definitiva de las Artes Marciales del estilo Indiscriminado de combate cuerpo a cuerpo: Los ejercicios de la chica buena. —murmuró Soun, frunciendo el ceño. Pasó las páginas y vio diagramas sobre la manipulación del ki y la estimulación de puntos vitales. —Esto... esto afirma que puede reactivar canales latentes y devolver la vitalidad a un cuerpo paralizado.

Genma ni siquiera levantó la vista de la pila que estaba revisando. —Sigue buscando. Si es una de las técnicas del Maestro, es igual de probable que le haga estallar el corazón.

Genma sacó un diario grueso encuadernado en cuero. A diferencia del volumen en chino que había encontrado antes, este estaba escrito totalmente en japonés. La caligrafía errática de Happosai abarrotaba los márgenes con notas, más garabatos que texto legible, mientras que mapas dibujados a mano llenaban las páginas con un detalle sorprendente.

Los ojos de Genma recorrieron las páginas amarillentas y su dedo siguió línea tras línea hasta que, de repente, se detuvo. Se le cortó la respiración. Soun se inclinó sobre su hombro. —¿Qué dice?

—Enumera... ¿manantiales? —dijo Genma. —Al parecer, quien cae en un manantial se convierte en aquello que se ahogó en él. —Frunció el ceño. Aquello no sonaba bien. Si el libro decía la verdad, llevar a Ranma a aquel lugar podría ser un error gravísimo.

Soun perdió el interés y encontró otro libro antiguo. —Mmm, «Cocina secreta a base de carne de sirena: aprende a curar cualquier herida». —Antes lo había descartado por parecer un libro de cocina, pero ¿por qué habría un libro de cocina entre las pertenencias de Happosai? Pasó varias páginas hasta encontrar un pasaje que llamó su atención: —...quien consuma la carne de la sirena recibirá una restauración milagrosa, curando todas las dolencias y revirtiendo el umbral de la muerte.

—¿Carne de sirena? —preguntó Genma, levantando la vista del libro sobre Jusenkyo. —He oído hablar de esa leyenda. Huele a cuento chino.

—No es momento para bromas, viejo amigo —dijo Soun con tono sombrío, y colocó el libro de cocina de sirena junto al pergamino del «Ejercicios para señoritas». —Parece que estos son los únicos que podrían servir de ayuda. Pero encontrar una sirena probablemente no sea tarea fácil, y comerse una parece... canibalismo.

—No son humanas, así que no cuenta. Pero creo que... —dijo Genma mientras hojeaba el libro de Jusenkyo. —Aquí está el Ningyonīchuan, el Manantial de la Sirena Ahogada.

—¿Cómo podría ahogarse una sirena?

—No lo sé, pero aquí aparece, ¿ves? —Le entregó el libro a Soun, quien lo leyó con atención.

Soun golpeó sus rodillas con las manos, mientras las lágrimas brotaban por fin de sus ojos inyectados en sangre. —Una cura —logró articular, mirando a Genma—. Es real. Un manantial que crea una sirena... Genma, por tu honor, por nuestro juramento de unir las escuelas, tienes que traerme una sirena de Jusenkyo.

Genma recuperó el libro de las manos de Soun y pasó a la página siguiente.

—...sin embargo, aquellos que caen en el agua maldita pierden su forma humana y renuncian a su humanidad al entrar en contacto con agua fría. —Genma bajó el libro mientras respiraba con dificultad.

Soun lo miró con una expresión extraña.

Genma dejó el libro sobre las polvorientas tablas del suelo y retrocedió. —No. No lo haré. Llevaré a Ranma a ver a su madre y cancelaremos el viaje. No voy a arriesgar el alma de mi hijo en un terreno maldito.

—¡Saotome, por favor! —suplicó Soun, siguiéndolo. —¡Es mi hija! ¡Tiene dieciséis años y está atrapada en su propia mente! ¡Te lo suplico!

—¡No puedo, Tendo! —espetó Genma con la voz tensa por el miedo. —¡No puedo poner a Ranma en peligro!

—Entonces deja a Ranma aquí o envíalo con tu esposa, — dijo, —no hace falta que te arrojes tú mismo al manantial, podrías simplemente lanzar cualquier animal en él.

Soun inclinó la cabeza hasta que su frente tocó el suelo de madera, llorando en silencio.

Genma se apartó, con el corazón encogido, y salió del despacho de Soun para serenarse. Al oír ruidos provenientes del dojo, decidió ir a ver a su hijo.

Ranma estaba sobre la colchoneta. No estaba realizando un entrenamiento convencional, en su lugar, se movía con más gracia que fuerza, fluyendo de una kata a otra con el rostro iluminado por un intenso deleite. Junto a la colchoneta estaba sentada Kasumi, observando en silencio, y a su lado, Akane en su silla de ruedas.

Genma vio cómo su hijo terminaba un barrido, se giraba y miraba directamente a la joven paralizada con una expresión de devoción pura y absoluta. Nunca antes había visto tal mirada en el rostro de su hijo. Y, bajo la luz del dojo, Genma percibió la curva tenue y serena de una sonrisa en el rostro de Akane.

Genma permaneció inmóvil durante un largo instante. Cerró los ojos y respiró hondo, con el aliento entrecortado.

Se volvió hacia Soun, quien lo había seguido hasta el dojo sin dejar de estar arrodillado en el suelo.

—Tendo —dijo Genma en voz baja.

Soun alzó lentamente el rostro, surcado por las lágrimas.

—Iremos a Jusenkyo —dijo Genma, con la voz cobrando firmeza. —Desafiaremos los manantiales malditos y conseguiremos una sirena para tu hija.

Los ojos de Soun se abrieron de par en par, inundados por una esperanza repentina y abrumadora.

—Saotome...

—Con una condición —interrumpió Genma, levantando un dedo. —Juraremos hacerlo ahora mismo. Cuando regresemos y Akane esté curada... se casará con Ranma. Unirán las escuelas del estilo Indiscriminado de combate cuerpo a cuerpo.

Soun no dudó ni un segundo. Se lanzó hacia adelante y estrechó a Genma en un abrazo fuerte y desesperado.

—¡Sí! ¡Por supuesto! ¡Le daré su mano en matrimonio con mucho gusto!