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Mateo se estaciona a unos cuantos metros cerca del restaurante que marcaba el gps en su celular y, no por primera vez, se pregunta en serio ¿Qué chingados está haciendo ahí?
Siente que la camisa que lleva puesta está algo maltratada porque la planchó mal y los pantalones le aprietan más de la cuenta. Su pelo no está muy bien peinado, apenas había pasado los dedos levemente cuando tomó las llaves de su carro y salió corriendo porque ya iba tarde.
Suspira por millonésima vez y solo implora a que lo que sea que vaya a pasar cuando entre a ese restaurante termine lo más pronto posible.
Camina lentamente por la acera alumbrada con las manos aprendidas sintiendo como el sudor las vuelve pegajosas. Están a principios de diciembre y él, gracias a los nervios siente que están en pleno verano por lo sudadas que están.
Al menos no está a punto de vomitar o algo muchísimo peor, piensa como consuelo.
¿Pero qué podría ser peor que esta cita?
Nada, Mateo piensa. Nada podría ser peor que esto.
Cuando llega por fin al restaurante se detiene de golpe asimilando que está a punto de hacerlo. Está a punto de entrar a un restaurante romántico y bonito, a punto de engañar a un pobre chico que había viajado para conocer a su mejor amigo, no es Mateo quien debería estar aquí, no es Mateo quien deba romperle el corazón de alguien que hace tanto.
Cierra los ojos y respira, preparándose mentalmente para la noche que, seguramente, le cambiará la vida tanto a él como al otro chico.
Un día antes.
—¡Eres un pendejo, Armando! Neta no me vuelvas a hablar en tu pinche vida.
El grito en la casa de González suena tan fuerte que logra opacar incluso la música que la hermana de su amigo tiene en su habitación. Mateo no espera una respuesta y camina rápido hacia la puerta principal, azotando a su paso la de la recámara de Armando.
—¡Mateo! Por favor déjame te explico, te juro por lo más sagrado que esto tiene una explicación pero escúchame.
Al nombrado no le importa saber de ninguna explicación, porque no hay ni siquiera una lógica o excusa para la cagada que acaba de decirle su disque mejor amigo. Así que camina más rápido para llegar a la salida de la casa y subirse a su carro lo más rápido posible, rezando poder olvidarse de lo que le acaba de confesar su amigo cuando llegue a su hogar.
Pero ¿cómo chingados se va a olvidar que su amigo se hizo pasar por él con un wey en internet? Y para cagarla más, ¿Cómo se va a olvidar que el tipo estaba en el país listo para conocerlo? No, no a él, sino a su mejor amigo, el que usó su foto para presentarse.
Siente la rabia y la traición subir desde su estómago hacia su garganta, como cuando te da una gastritis fuertísima que te ahoga. Mateo parpadea para contener las lágrimas y camina aún más rápido. Cuando está a punto de abrir la rejilla del portón y acercarse a su carro Armando se cuelga en su espalda provocando el desequilibrio en su cuerpo y haciendo que se detenga para poder estabilizarse.
—¡Bájate de mí puto mono! No quiero hablar contigo ahora y nunca si es posible. —golpea con su puño, con más fuerza de lo normal, las piernas de Armando para que se baje. Su amigo se resiste y aprieta más el agarre alrededor de su cintura así como los brazos en su cuello.
—No me voy a bajar hasta que me escuches bien. —murmura más aferrado que nunca a su cuerpo. Mateo respira hondo para agarrar paciencia en algún lugar de su cuerpo.
—Te lo digo en serio, González. Bájate a la chingada y déjame ir antes de que te meta un madrazo y hablo en serio. —su voz suena falsamente tranquila, pero hay un toque amenazante que Armando reconoce porque se tensa levemente, aun así no le hace caso y se aferra.
Mateo entonces piensa en dejarse caer hacia atrás para que Armando se suelte.
—Solo pido que me escuches, solo eso. Luego si te quieres ir te vas, si me quieres dejar de hablar para siempre también puedes hacerlo, pero por favor solo quiero que me escuches.
No necesita darse la vuelta para darse cuenta que su amigo está a nada de llorar. Su voz comienza a agarrar ese tono quebradizo, desesperado y débil que siempre tiene cuando algo se está saliendo de sus manos y va completamente mal. Es un golpe muy fuerte y él es débil, porque quiere mucho a ese estúpido que está encima de él como para cargar también con el peso de la culpa por haberlo hecho llorar. A parte sabía que Brian se enteraría, y el novio de su amigo daba un poco de miedo cuando se ponía a defender a Armando.
Se resigna, ya cediendo al estúpido de su mejor amigo.
—Bájate pues cabrón, porque no voy a ir otra vez a dentro de tu casa contigo encima de mí. Estás bien pinche pesado.
Armando duda un momento.
—Prométeme por tu tortuga que no te vas a ir.
Mateo rueda los ojos y levanta su mano derecha.
—Te prometo por Cojo que no me voy a ir. Ahora ya bájate wey, tu hermana ya paró la música y seguramente está mirando tras sus cortinas tu pinche panchito. A de pensar que es una pelea de novios y que pinche asco. —se estremece de solo imaginarlo. Armando se baja mientras suelta una risita apenado.
—Ya bueno, vamos a hablar pues.
Mateo lo sigue sin más, prometiendo en silencio que algún día será lo suficientemente fuerte para no sucumbir a los berrinches de Armando.
Ese día probablemente tarde en llegar.
—Déjame ver si entendí. —Mateo aprieta una de sus sienes y cierra los ojos para apaciguar el dolor de cabeza que crece en el interior de su craneo. —Conociste a un chico hace cuatro meses por medio de un grupo de discord en el que estás con Morita, él fue quien te lo presentó. Comenzaste a jugar con ellos y luego al cabo de un mes los dos compartieron números de teléfono. En el segundo mes comenzaron a hablar y jugar más seguido incluso si Gil no podía conectarse, se enviaban fotos de los lugares a los que iban y hablaban sobre su vida, en el tercer mes hicieron face reveal y tú, desgraciado, creíste que era buena idea enviarle una puta foto mía porque en ese momento estabas todo hinchado porque le estabas llorando a tu ex el cual extrañabas todo este tiempo pero aún así coqueteaste con ese desconocido que ya no era tan desconocido. Para el cuarto mes el chico te dice que quiere conocerte en persona con un semana de anticipación y tú, en lugar de decirle que habías regresado con ese ex por el que llorabas, decidiste que era buena idea seguir con ese plan porque te dio lástima saber que ya tenía los boletos comprados.
El silencio reina después en el cuarto, Mateo tratando de asimilar el asunto después de que él lo dice en voz alta.
—De tu boca se mira horrible el asunto. —la tímida voz de Armando se escucha después y Mateo se traga una risa sin gracia.
—Por supuesto que se mira horrible porque de hecho es horrible, pendejo. En primera, como sabes que realmente es el wey de las fotos que tienes, igual y él hizo lo mismo que tú y realmente es un puto cuarentón que quiere secuestrarme y matarme. En segunda, tuviste una semana Armando, una semana para detener esta chingadera sino es que más tiempo. Debiste de haberle dicho que todavía extrañabas a tu ex y que no buscabas ningún tipo de relación por el momento, no seguirle el rollo y el coqueteo. ¿En serio creíste que ibas a olvidar a Brian con alguien más? Y por último, pudiste haber usado una pinche foto tuya de tu galería así como escogiste una mía. Ahora ese wey seguro se imagina cochinadas con mi cara, no mames.
Mateo niega con la cara contraída en una mueca de horror total imaginándose a un viejo verde con su foto en la galería. Dios, quiere matar a Armando lo antes posible.
—Sé que es horrible y realmente lo siento, pero no podía simplemente cancelarle. Teo, él de verdad se escuchaba emocionado por viajar y conocer el lugar, no podía simplemente arruinarle eso. Y me creas o no me encariñé con él, será una lástima para mí tener que bloquearlo y alejarme porque de verdad es un buen chico. Cuando vayas a esa cita y lo conozcas sabrás por qué no la cancelé. Obed es un amor de persona.
—¿Y crees que alguien que es un amor de persona merezca esto, Armando? A parte, ¿Quien te dijo a ti que voy a ir a la cita?
Armando ignora la primera pregunta, así que decide responder la que es más fácil para él.
—Lo harás porque me debes un favor, ¿recuerdas que te ayudé hace seis meses a salir con nuestra compañera de química? Esa la que te tenía bien enamorado y luego te terminó a los dos meses porque le fuiste infiel en una fiesta. Me dijiste antes de la primera fiesta que me debías una. Bueno, es el momento de cobrármelas.
Mateo abre la boca sorprendido por algo que ni él mismo recordaba. Armando sonríe con descaro ante su cara impactada.
—No mames Armando, ¿es neta? ¡eso fue hace un chingo! Y no le fui infiel, fue un beso de peda con otro amigo y ya. —se defiende dejándose caer en el respaldo de la cama, abrazando una almohada contra su pecho.
—Fue con un hombre, Mateo, obvio se iba a ondear la morra.
—¿Y? era entre compas. Sigue siendo un beso de peda.
—Gracias a ese beso descubriste que era bi, y seguiste un tiempo con el wey.
Mateo se sonroja un poco por la vergüenza, todavía se sentía algo nervioso por ese asunto.
—Bueno ya cállate wey, acá el que debe estarte juzgando soy yo por haber hecho tremenda pendejada y por haber regresado con tu ex. Y no, no voy a ir a esa cita y punto.
Armando se sienta enfrente suyo y lo mira a los ojos. Mateo se resiste al contacto visual no queriendo ceder.
—Sabes que me lo debes Teo, por favor. —su amigo junta sus manos y pestañea rápido. —Es solo una cena, comida gratis y una compañía que seguro será buena. Neta te lo voy a agradecer siempre, no quiero dejarlo plantado.
—Podrías ir tú.
—Sabes que no puedo.
Se resiste unos minutos más, hasta que suspira y avienta la almohada que tenía abrazada a la cabeza de Armando.
—Al menos cuéntame de qué tanto hablaban y qué sabes tú de él y él de ti para no quedar como pendejo mañana, y muéstrame una foto de él, necesito prepararme mental y físicamente, qué tal si me golpea cuando sepa la verdad.
Armando no dice nada y toma su celular rápidamente antes de que Mateo cambie de opinión.
Regresando al presente, Mateo entró con los nervios apretando su estómago por la elegante puerta del restaurante saludando con una sonrisa forzada y un leve acentuamiento a la hostess del lugar. La chica le pregunta su nombre y, con un tartamudeo dice el nombre del otro chico que lo esperaba en la mesa reservada.
Todavía cree que está a tiempo de salir corriendo, decir que le surgió una emergencia y no tener que enfrentarse a lo que sea que le depare la noche. Pero Mateo ya está a medio camino como para arrepentirse de sus decisiones, la hostess le indica dónde está la mesa y ahí, sentado leyendo el menú, se encuentra Obed. El chico que había viajado kilómetros para conocer a Armando.
Mateo se queda de pie a unos cuantos pasos observándolo mientras el otro parece estar muy concentrado viendo la carpeta.
Toda la letanía que había estado practicando en el carro se fue un poco a la chingada cuando mira a Obed por primera vez en persona y no en las fotos que Armando le había mostrado. Si estuviera en alguna caricatura, Mateo estaba muy seguro que en ese momento estarían saliendo corazones rosa de su cuerpo.
Y él ni siquiera creía en el amor a primera vista ni en esas tonterías de películas clichés que a muchas de sus ex novias les encantaba ver, pero no sabe de qué otra forma explicar lo que siente en su cuerpo al ver a Obed por primera vez. Obed era guapo en aquellas fotos, pero en persona lo era aún más.
Piel bronceada, cabello lacio de un tono negro, pestañas largas que cubrían unos ojos marrones y mandíbula marcada.
Nunca había tenido un tipo de hombre porque hacía poco había descubierto su bisexualidad, pero Mateo puede estar seguro de que acababa de desbloquear a su chico ideal.
Pasan varios minutos con él ahí de pie observando a Obed como un tonto, tanto que el menor parece darse cuenta y levanta la vista hasta encontrarlo. Y bueno, Mateo pierde la batalla imaginaria que enfrentaba su cerebro entre irse o quedarse cuando Obed le sonríe desde su mesa. Es la sonrisa más bonita que alguna vez había visto, por un segundo le agradece a Armando el que haya mandado su foto y no la de él.
Camina un poco tembloroso hacia donde está el chico y éste de pie lo espera. Lleva una playera blanca sencilla sin estampado y unos pantalones negros con tenis del mismo color, su chamarra de mezclilla reposa en el respaldo de la silla. Mateo había tomado las primeras prendas decentes que había visto en su clóset, siendo estas una camisa azul oscuro y unos pantalones color caqui con las únicas botas timberland que estaban limpias.
Cuando están uno frente al otro, él se deleita un poquito más con la vista. Son casi de la misma altura, Obed es solo un par de centímetros más bajo que él, sus ojos se atreven a darle un vistazo rápido a su cuerpo y se da cuenta de lo en forma que está. Los jeans que lleva enmarcan sus piernas gruesas y la playera no disimulan casi nada los músculos en sus brazos. Nada exagerado, pero eso no evita que Mateo tenga que tragarse un gritito.
—Hola Armando, ¿Cómo estás?
Hay un ligero acento en las palabras de Obed que hacen al corazón de Mateo latir rápido por lo bonita que suena su voz, pero no es capaz de disfrutarlo porque aquella frase es un golpe de realidad horrible.
Mateo con unas cuantas palabras recuerda el por qué estaba ahí y a quien realmente venía a ver este chico tan guapo. Ciertamente no a él, o bueno, físicamente sí, pero emocionalmente Obed estaba ilusionado con su amigo. El amigo que justo en ese momento estaba teniendo una cita con su novio en su casa.
Las ganas de querer huir vuelven a aparecer, porque esta vez al final de la noche, serían dos corazones los que estarían sufriendo las consecuencias de las estupideces de Armando.
Mateo fuerza una sonrisa en su cara y oculta cualquier desilusión que se haya intentado mezclar en sus facciones, No vino aquí para ilusionarse por un chico, estaba ahí para sustituir a alguien.
—¡Bien! —responde tardíamente cuando se da cuenta que Obed seguía esperando su respuesta. El moreno asiente observándolo fijamente con una pequeña sonrisa. Hay algo en sus ojos que lo ponen más nervioso, es como si estuviera tratando de buscar algo en la cara de Mateo. —Se me hizo un poquito tarde porque no sabía muy bien dónde quedaba el restaurante, lo siento por eso.
—Oh, pensé que tú sabías dónde se encontraba. Fuiste tú quien me mandaste la dirección. —Obed sigue sonriendo como si Mateo fuera la octava maravilla, lo que hace que él olvide ese pequeño detalle.
Se resiste de golpearse la cabeza con la mano y balbucea rápidamente una respuesta coherente para salvar la tontería que dijo.
—Si, pero cuando vine aquí realmente fueron mis amigos los que manejaron, no yo. —su voz sale un poco aguda por la pena, aún así trata de que su lenguaje corporal sea lo más seguro posible. Con mucho esfuerzo mira a Obed a los ojos para que no sospeche.
El chico parece no hacerlo, solo asiente a lo que le dice Mateo y se encoge de hombros. Cuando está a punto de sentarse –porque siente que las piernas en algún momento le van a fallar– Vargas vuelve a hablar.
—¿Te puedo dar un abrazo? —pide con una voz muy educada que Mateo se sentiría mal si le dice que no.
No le gusta el contacto físico con extraños, y Obed aunque esté muy guapo y probablemente acabe enamorando a Mateo al final de esta cita –que no es cita– sigue siendo un extraño para él. Su cuerpo se tensa un poco ante la idea, pero aún así Mateo se acerca con pasos pequeños hacia el cuerpo de Obed y se deja rodear por este.
Al principio es incómodo para él, y tarda unos cuantos segundos en devolverle el apretón. Sin embargo para su sorpresa, logra que su cuerpo se relaje.
No es un abrazo asfixiante como muchas veces las personas se lo dan, Obed no aprieta sus brazos tan fuerte que siente dolor en las costillas, pero tampoco es un agarre flojo sin ganas. Tiene la fuerza justa para darle al cuerpo de Mateo la sensación de que tiene unos brazos rodeándolo por la cintura. El moreno recarga su barbilla en su hombro de forma sutil y eso hace que su respiración choque contra la sensible piel de su cuello, enviándole un cosquilleo por el cuerpo que se asienta en la ebullición de nervios en su estómago. Mateo cierra sus ojos y hace lo mismo, relajándose en esos brazos que nunca había sentido pero que, para su sorpresa, fueron un buen calmante en ese momento.
Ahogándose en la calidez del cuerpo de Obed y en el rico olor de su perfume; él se olvida un tiempo de todo lo que esto significa y del dolor que comienza a crecer en su pecho.
Tener algo bueno y luego perderlo por una mentira que no fue planeada por él hace que Mateo quiera llorar ahí mismo.
Después de unos minutos se separan los dos al mismo tiempo y se sientan en la mesa, ignorando positivamente las miradas curiosas que los rodean en las mesas continuas. Por suerte, los dos estaban en una esquina un poco oscura y poco vista, así que ese momento vulnerable no había sido visto por todo el restaurante.
—¿Y, Cómo te está yendo en la ciudad, Obed? ¿Has salido ya o todavía? —es la pregunta más neutral que puede encontrar, aunque eso no quita que realmente esté interesado en lo que tenga que decir Obed.
—No he salido todavía. Llevo dos días aquí con este así que no he tenido tiempo. Tampoco sé por dónde empezar, lo mucho que he hecho es salir a las tiendas que hay alrededor del hotel y a la casa de un amigo.
Mateo asintió, tomando la carpeta de menú que el mesero le había traído un momento antes. Miró con interés los platillos, la verdad es que él nunca había estado en este lugar a diferencia de Armando, que seguramente lo había traído Brian en algún momento de su relación.
—Podemos salir juntos si quieres. En la uni ya estamos cerrando algunas materias así que tengo algunas horas libres para mostrarte la ciudad. —lo dice más que nada por cortesía. Aunque si le gustaría salir con Obed los días que él estaría en México, también es verdad que hay muchas posibilidades de que al final de la noche, cuando Mateo le cuente la verdad, el chico ya no quiera saber nada de él.
—Eso me encantaría, Gil todavía tiene muchos trabajos por entregar según me dijo así que no quiero que se sienta presionado por querer enseñarme algunos sitios. Si tú puedes me encantaría.
La sonrisa de Obed es contagiosa, Mateo se da cuenta. Él también sonríe de forma sincera y, con la mayor esperanza posible, hace changuitos bajo la mesa para que Obed al menos lo deje explicarse al final de la noche.
Cuando los pedidos llegan, los dos se disponen a comer mientras mantienen una plática trivial.
Con el olor de la pasta y el pan de ajo, la suave música instrumental en el restaurante y el tranquilo bullicio de conversaciones ajenas, los dos se embarcan en conocerse de frente.
Aunque a él le hubiera encantado que Obed lo conociera como Mateo, se recuerda a sí mismo que en esa mesa él es Armando, así que no indaga en su vida personal más allá de lo que recuerda de los hermanos de su mejor amigo y de su familia en general. Cuando el moreno le pregunta sobre la universidad –por suerte Armando y él llevan la misma carrera– ahí es donde aprovecha a ser él mismo. Los dos llevan turismo, así que habla un poco de cómo es la carrera, lo divertido que es a veces hacer actividades al aire libre y el ambiente caótico de sus compañeros. Obed solo lo observa con una sonrisa y asiente cada que le cuenta alguna curiosidad o se ríe cada que le cuenta una anécdota.
—La verdad es que amo mucho esa carrera. Creo que fue una de la mejor que pude haber elegido. Es parte de mí. —con eso termina de hablar, sintiéndose un poquito apenado por haber dicho tanta cosa y no haber dejado a Obed decir nada. —¿Me piqué hablando, verdad?
El menor solo sonríe, y Mateo en el fondo quiere que deje de hacerlo porque le está resultado un poco difícil no verle los labios. Lo cual, es consciente de que terminaría en un desastre seguro.
—Me gusta como hablas, lo haces con mucha pasión cuando algo te gusta, y eso es muy lindo de una persona.
Él se cohibe un poco cuando escucha eso, queriendo hacerse chiquito en la silla porque nunca nadie lo había halagado por eso, o por cualquier cosa, siempre era él el que admiraba y decía las cualidades de sus novias. Siente como el calor sube por sus orejas hasta sus mejillas cuando se da cuenta que eso le gusta. El ser escuchado con tanta atención y luego recibir un comentario positivo por eso hace que su pecho se llene de algo cálido.
—Nunca había hablado de estas cosas, si te soy sincero. O sea, nadie me había preguntado qué tanto me gustaba mi carrera. —murmura apenas lo suficientemente alto como para que Obed lo escuche, pero por suerte lo hace.
—Creo que yo soy más de escuchar que de hablar, así que puedes hablar conmigo todo lo que quieras si es que te gusta hablar mucho de las cosas que te gustan. —Hay tanta sinceridad en sus palabras que, por un momento, Mateo no hace nada más que creerlo.
Vuelve a hacer changuitos bajo la mesa, esta vez más fuerte.
—Pero también me gustaría saber cosas de ti, aparte de lo que ya sé, claro.
Entonces es el turno de Obed de hablar de él. Le habla del lugar en el que creció, el como sus padres por trabajo habían tenido que irse a vivir fuera del país y el como había sido crecer con dos culturas completamente distintas. Le dice que, aunque haya crecido fuera de México, se sentía más conectado con la cultura del país que compartía con Mateo, pues sus padres en casa se habían encargado de inculcarla tanto a él como a sus hermanos. Sin embargo eso no quería decir que no amaba también el país y estado donde nació y creció, así que se ensaña en hablarle de Alaska, más en concreto de la ciudad donde nació. Le habla de los lugares donde tanto sus hermanos como él habían crecido y divertido. De los sitios más llamativos y los que más amaba.
Mateo escucha todo en silencio, con una sonrisa y la concentración a mil. Porque escuchar a Obed hablar –con ese acento peculiar y marcado que lo hace derretirse– de lo que ama es igual de bonito que ver el primer amanecer en año nuevo. Y su sonrisa no tiene precio.
Mateo sabe que, al final de esa cena, él es el único que saldría perdiendo en esto.
Armando🏳️🌈❌
sigues con obed? 👀
cómo te está yendo?
quieres q vaya por ti?
MATEOOOOOOO
necesito saber q tal van las cosas😭
y si necesito bloquearlo
le conté todo a brian y me regañó:(
mateo? estás ahí?
Mateo observa su teléfono en un rápido vistazo y lo apaga tan pronto como puede.
Siente como una amargura crece desde el fondo de su ser al ver los mensajes que Armando le había enviado. Lo fácil que era para él preguntarle cómo habían ido las cosas con Obed para, en dado caso que todo hubiera sido un desastre bloquearlo y sin más esfumarse de su vida, seguramente.
Afuera del restaurante él deja salir un suspiro cansado. Había llegado el momento que tanto evitaba y lo único que podía sentir era coraje, tristeza y miedo. Al punto de que estaba a dos de vomitar la cena en el primer bote de basura que viera. Por un instante pensó que no era justo decirle a Obed, que no era justo romperle el corazón de esa manera, no era justo que él tuviera que ver esa sonrisa desplomarse. Que, después de toda la alegría en sus ojos fuera precisamente él quien presenciara la decepción en esas facciones que tan rápido le habían gustado.
Antes de esta cena Mateo ni siquiera creía en que podía gustarle alguien tan rápido. Ahora estaba más que dispuesto a cuidar el corazón de un chico con el que había convivido por dos horas.
La verdad era que estaba un poco enamorado. Y ahí entendía por qué Armando no quería dejarlo plantado en primer lugar.
Siente la presencia de Obed a su lado cuando sale luego de pagar la cuenta –Mateo había insistido en ser él quien lo hiciera, más que nada porque la culpa lo carcomía cada vez más, pero Obed había insistido en que él lo había invitado– y sabe que es hora de que hable con la verdad.
—Obed, yo quería...
—¿Quieres ir a comer un esquite? —le interrumpe, plantándose enfrente de él tan cerca que sus calzados se rozan. Mateo no retrocede. —Cuando el uber estaba trayéndome vi que a una cuadra hay una calle de puestos, podemos ir a comer unos y seguir hablando, ¿quieres?
Tragándose la letanía que estaba a punto de borbotear frente al otro chico, Mateo solo asiente rápidamente y camina a lado de Obed hacia los puestos. Ambos van pegaditos y en un silencio cómodo donde solo se escucha algunos carros pasar, sus brazos de vez en cuando se rozan así como el dorso de sus manos chocan con cada paso. Mateo quiere tomar su mano que se siente cálida a comparación de las suyas que están frías.
Y, como si el clima le recordara la época en la que están, una brisa fresca los alcanza a ambos haciendo que Mateo se estremezca. Su camiseta era un poco delgada por lo que no cubría casi nada y para colmo había olvidado su chamarra en el auto. Estaba a punto de cruzarse de brazos para mantener un poco el calor cuando, para su sorpresa, Obed comienza a quitarse su chamarra de mezclilla y se la extiende.
—Tómala, estás casi temblando. —hay un deje burlón en sus palabras, pero Mateo no se lo toma personal porque su sonrisa está llena de lo que él cree que es ternura.
—No Obed, como crees. Ya casi llegamos a los puestos ahí estaremos un ratito. —dice con la voz cargada de pena, y continúa caminado tranquilamente.
Es entonces cuando Obed lo toma de la mano y lo jala hacia su cuerpo haciendo que Mateo choque abruptamente contra su pecho. Abre los ojos sorprendido ante la fuerza del chico y se sonroja todavía más al darse cuenta de lo cerca que están sus caras. Desde ahí puede ver mejor los ojos de Obed, el bonito tono café que tienen y las imperceptibles pequitas que se riegan por todo el rostro. También echa un vistazo rápido a sus labios, pero aparta la vista antes de que comenta una tontería.
—Por favor, Armando. —el nombre lo hace encogerse ahí mismo. Hay algo en el tono de voz del moreno que hace a Mateo querer correr. Es fuerte y decidido. Sin opciones de réplicas. —Estas temblando, no quiero que sientas frío y sabes que yo estoy acostumbrado a temperaturas más bajas, toma mi abrigo.
Mateo lo hace con tal de separarse del cuerpo de Obed antes de que lo bese ahí mismo. El perfume del chico lo hacía sentirse mareado. Se coloca la chamarra sobre él y suspira al sentir el calor rodearlo.
Agradece en un pequeño susurro con las cara caliente y el menor solo sonríe, toma su mano de nuevo con una confianza total y siguen caminando hacia su destino.
Todo el camino el estómago de Mateo sufre una explosión de fuegos artificiales.
Se detiene en un hotel bonito casi afueras de la ciudad y de hecho a unas cuadras de la casa de Gilberto, según Mateo tiene entendido.
Luego de comerse unos esquites en el parque sentados en una banca viendo a los niños y gente pasear con sus mascotas, habían decidido dar por terminada oficialmente la (no) cita.
Obed quería irse en uber de nuevo pero Mateo no se lo permitió. Porque no había podido hablar de eso con Obed en aquel parque y realmente quería hacerlo.
Obed necesitaba saber lo que habían hecho Armando y él. Y Mateo, con todo el nerviosismo y vergüenza se lo diría.
Estacionado enfrente del hotel, Mateo decidió que era momento de hablar.
—Antes de que te bajes Obed, tengo algo que decirte, algo que debí de haberte dicho en la puerta del restaurante cuando salimos. O que debí de haberte dicho en el primer minuto que me senté en la mesa. —empieza con la voz entrecortada. Aprieta las manos sobre el volante hasta que sus nudillos se ponen blancos y fija su mirada en el carro enfrente al suyo. Porque si iba a hacer esto, no iba a ver a Obed a la cara. Prefería ser un cobarde antes que ver el enojo y decepción en las facciones del menor. Porque en el fondo, ese no era el recuerdo que quería quedarse de Obed. Él quería recordar sus sonrisas, el brillo en sus ojos. No lo que sea que se formaría cuando hablara. Con un vacío en el estómago que casi lo hace doblarse en el asiento, decidió continuar. —Yo no soy Armando. En realidad Armando es mi mejor amigo, y él ahorita está seguramente durmiendo con su novio, que cuando te conoció era su ex. Volvieron días antes de que tú le dijeras a él que ibas a viajar para conocerlo. Y él... él ya te había enviado una foto mía ¿verdad? Armando ya te había mentido para ese entonces.
>>No busco justificarlo ni justificarme, Obed. Porque él me dijo ayer todo esto. Me dijo que te había enviado una foto mía y me pidió el favor de venir a esta cena. Acepté por pendejo, porque no supe decirle que no y entonces formé parte de esta mentira. Así que me disculpo por hacer esto, por engañarte de esta forma y por no habértelo dicho antes, por haberte hecho perder el tiempo y también tu dinero. Pero si te soy sincero... Me gustó hablar contigo, me gustó conocerte y me hubiera encantado que me conocieras también. Solo quiero que me perdones por todo esto y que esta experiencia no arruine tus siguientes días aquí. Yo le diré a Armando que no te moleste más y también hablaré con Gil para aclararle todo.
El silencio invade el auto y Mateo no sabe que es lo que espera. Su corazón se apachurra cuando escucha el suave crujido del asiento del copiloto y aunque no quiera, sus ojos se llenan de lágrimas al prensar en que Obed está tan mal como para si quiere decirle algo. Tal vez hubiera sido mejor algún grito, algún golpe o insulto. No esto, no el silencio que lo aplasta más fuerte que la estúpida culpa.
Él va a golpear a Armando por esto. Va a dejarle de hablar y se va a olvidar de todos los años de amistad compartidos. Porque esto no hacen los mejores amigos. Esto no es algo que él merezca vivir. Y tal vez la culpa lo carcoma siempre. Tal vez él nunca va a encontrar a alguien después de esto porque no lo merece. Él no merece encontrar a alguien después de lastimar a una persona como Obed.
"Obed es un amor, cuando lo conozcas sabrás el por qué no cancelé la cita."
Estúpido Armando.
Él acaba de lastimar a ese amor de persona.
El silencio se rompe con el frágil sollozo que le es imposible aguantar. Ha estado cargando con la culpa desde que se comenzó a vestir aquella tarde y ahí es donde se derrumba. Mateo lleva sus manos hacia su cara para taparse y deja que las lágrimas y los sollozos salgan como si de una fuga de agua se tratara. Se encoge en el asiento y su cuerpo tiembla con cada ruido que sale de él. No puede parar, se siente exprimido, siente como si su cerebro hubiera sido licuado muchas veces. Unos brazos lo rodean y él suspira, porque es la misma fuerza con la que lo apretujaron en el restaurante. Es el mismo calor que sintió ahí de pie a un lado de esa bonita mesa y es el mismo olor con el que se embriagó por un instante.
Obed lo acurruca contra él lo mejor que puede gracias a la separación de los asientos, aún así no parece importarle a él porque lo aprieta contra su cuerpo para consolarlo. Siente más de lo que entiende las palabras de consuelo que Obed murmura en su sien y Mateo quiere separarse, quiere negarse a ese alivio que no merece por lo que hizo. Quiere decirle a Obed que no lo haga, que mejor le grite y lo odie. Porque esta ternura se siente como una deuda en su mente.
—Está bien... Está bien, bonito, todo está bien. No tienes que preocuparte.
Es como un arrullo aquellas palabras, el apodo es un bálsamo para la piel de Mateo que no hace más que sentirse fría e incómoda en su propio cuerpo.
Él le cree después de todo.
Obed le dice más palabras bonitas, más arrullos que sus oídos no pueden captar pero sí puede sentir la cálida ternura en sus palabras. Funcionan de maravilla en su rígido cuerpo, como una ducha caliente después de un día frío de invierno.
Cuando los sollozos se detienen y sus lágrimas ya han parado de rodar por sus mejillas suspira para buscar regularse, respira un momento más el aroma de Obed antes de separarse con cuidado de él para enderezarse en el asiento. Él sigue sin mirarlo porque ahora seguramente se ve horrible con la cara hinchada y roja por el llanto.
—Oye, mírame. —el chico a su lado murmulla bajito, como si temiera espantarlo. Su mano, grande y cálida toma la suya con cuidado y la aprieta como si buscara darle tranquilidad.
Mateo sin embargo no lo voltea a ver.
Eso al parecer no le gusta a Obed. Y dice algo que lo deja completamente congelado.
—Mateo, por favor mírame. Necesito que me mires... ¿Puedes hacerlo?
Lo hace tan rápido como escucha eso. No por la preocupación evidente que desprende la voz de Obed, tampoco porque se lo haya pedido. Es más bien el hecho de que Obed sabe su maldito nombre.
Mateo lo mira entonces, con los ojos abiertos totalmente y en shock. En el rostro de Obed no hay ni molestia, ni dolor, ni tristeza o algún sentimiento negativo que exprese que le haya afectado lo que él le dijo. En el rostro del menor solo hay preocupación y una ternura que él creía haber extinguido tras la confesión.
—¿Cómo... Cómo dijiste? —él pregunta todavía un poco aturdido y desconfiando. Porque tal vez escuchó mal.
Obed sonríe y aprieta su mano de nuevo.
—Dije que si podías mirarme, Mateo.
Mateo se sobresalta dejando escapar un grito cuando vuelve a escuchar su nombre salir de los labios de Obed. Quien parece no saber si reírse o seguir viéndolo con esa preocupación de antes.
—¿Cómo... Cómo sabes...? —balbucea aún sin poder formular bien la pregunta por el shock.
—¿Cómo sé tu nombre?
Mateo asiente. Obed solo vuelve a sonreírle.
—Lo sé incluso desde antes de venir a México. De hecho vine aquí para conocerte a ti, no por Armando.
La confesión es una bofetada directa en la cara pero al mismo tiempo es una esperanza que toma con manos frágiles. Obed sabía quién era él, Obed no estaba sufriendo como él había pensado. Pero aún así sigue sin entender por qué el moreno parecía saber más de lo que el mismo Mateo sabía.
—No entiendo. —dice en voz alta su pensar. El otro chico vuelve a tomar su mano entre las suyas y se acomoda mejor de lado para verlo a la cara.
—En un principio si sentía cierto gusto por Armando, al menos el primer mes que estuvimos hablando. Me parecía un chico interesante y sus pláticas eran entretenidas. Pero yo sabía que él todavía tenía historia con su ex al que no podía superar, porque eso me lo dijo Gilberto en una clase de advertencia. Así que dejé de ilusionarme en que algo podría pasar más allá y decidí mantener todo como una amistad que coquetea de vez en cuando. —Obed le explica todo con su mirada fija en los ojos de Mateo para que no hubiera duda de nada. Él no dice nada cuando se detiene, así que Obed continúa. —Esa vez que yo le pedí una foto para que ya nos conociéramos me mandó una donde salía un chico de cabello castaño claro sonriendo tan bonito. La verdad es que sí me dio tristeza porque desde que vi la foto, yo aún pensando que realmente era él, se me hizo muy atractivo como para yo nomas querer ser su amigo.
Mateo se muerde el labio para evitar sonreír ante las palabras de Obed, pero es inevitable, la sonrisa se escapa y divide su cara en segundos. Obed solo puede seguir sonriendo, tan grande como él.
—Esa misma noche le envié a Gil un mensaje donde le decía en broma que por qué nunca me había presentado a Armando si se veía así de bien. Le envié la foto que Armando me había mandado y Gil en chinga me dijo que de donde yo había sacado esa foto si ese no era Armando, era Mateo, su mejor amigo. La verdad es que sí me sacó de onda que Armando enviara tu foto pero supuse que tenía que ver con su ex, así que no le di mucha importancia y seguí hablando con él normal porque no quería incomodarlo o presionarlo y porque ahora quien me gustaba y quería conocer era a ti. Por eso vine.
—¿Solo a eso viniste? ¿Porque querías conocerme a mí? —pregunta con sospecha aún sin creerlo del todo.
—Bueno, también quería ver a Gil y a Armando, y conocer el país. Pero se podría decir que eras tú la principal razón. —Obed se encoje de hombros restándole importancia, como si aquellas palabras no hicieran que el corazón de Mateo latiera rapidísimo.
—¿Y por qué no dijiste nada cuando me viste? —Mateo suelta la mano de Obed y se acomoda también de lado en su asiento para verle mejor. —No mames Obed, llevo todo el día preocupado y sintiéndome culpable por cómo iba a decirte todo esto sin que tú te sintieras mal o que me odiaras, ¿y me estás diciendo que ya sabías todo?
—Perdón, me sorprendió verte ahí en el restaurante porque no esperaba que Armando iba a hacer que fueras. Yo estaba esperando a tu amigo precisamente para que me explicara el por qué envió esa foto, y de paso decirle si podía presentarnos. No quería hacerte sentir culpable.
—¡Aún así! Pudiste haberle dicho que ya sabías y así yo no cargaba con esta puta culpa toda la noche. Estuve todo el rato pensando que estaba a punto de hacerte sentir mal y que probablemente ibas a regresar a Estados Unidos pensando que es la peor persona que habías conocido por prestarme a esto.
Ambos se quedan en silencio después de eso, con la tensión envolviendo todo el coche de una forma asfixiante. Mateo sabía que no podía sentirse mal por esto cuando él había mentido también. No podía exigirle algo a Obed cuando Obed también había sido engañado y él, a costa de pensar precisamente que no sabía, había sido parte de esa mentira.
Suelta un suspiro y recarga la cabeza sobre el volante con los ojos cerrados para apaciguar un poco el creciente dolor de cabeza que comienza a formarse tras sus ojos.
Aquello estaba resultando ser un completo desastre y por las razones que él nunca creyó posibles. Mateo no sabe si reírse a carcajadas o llorar otra vez ahí, enfrente de Obed.
Es precisamente él quien rompe ese silencio tenso.
—Me gustas, Mateo. —confiesa de forma tímida pero directa. Como si no hubiera sido precisamente obvio ya. —Y te pido perdón por no haberte dicho antes y hacer que cargaras con esto, quería decírtelo y lo iba a hacer una vez que terminaste de hablar, pero entonces te vi llorando y supe que debí de haberlo hecho en la mesa así como tú creíste que debías de haberme dicho también en ese momento. Los dos nos equivocamos, y me habría encantado que Armando hubiera tenido los huevos para haber ido hoy y plantarme cara y así haberle podido reclamar y a la vez decirle como condición que nos presentara. Porque ese era mi plan.
>>Mi plan era que nos conociéramos en otras circunstancias, de una forma más casual y no por errores de terceros. Que tú me conocieras por lo que yo te dijera de mí y no lo que Armando te haya contado y yo poder conocerte como Mateo, no como el wey que fue a hacerse pasar por su mejor amigo. Lastimosamente nos tocó conocernos así, pero prefiero esto a nada. Porque en serio me gustas y quisiera de verdad tener una cita real contigo otra vez, donde podamos ser nosotros sin mentiras que estemos cargando.
Obed se queda callado tras decir todo eso, esperando pacientemente una respuesta de parte de Mateo, quien en algún punto comenzó a observarlo. El moreno lucía arrepentido, como si toda la situación hubiera sido su culpa.
Mateo no estaba para hacerse del rogar, tampoco quería hacerlo. En ese momento solo le apetecía dos cosas. Abrazar a Obed y darle el beso que tanto había querido darle desde que se sentó en esa mesa del restaurante horas atrás.
Así que lo hace, porque cree que esa podría ser la mejor respuesta a todo esto.
Es él quien se acerca y con la mano temblorosa toma la cara de Obed, su pulgar presiona su pómulo y los otros cuatro dedos se entierran en el suave cabello de su nuca. Observándolo a los ojos Mateo se acerca lentamente hacia la cara del otro. Obed, completamente flechado y ansioso por el momento termina de encontrarse con él a medio camino para juntar sus labios en un suave beso.
Apenas es una presión, un simple roce tímido que se vuelve insuficiente al primer minuto de haber sentido los suaves labios del otro. Es Obed quien profundiza el beso, con manos ansiosas acaricia el cabello de Mateo y ladea su cabeza para buscar una mejor posición. Mateo lo sigue en su búsqueda y cuando ambos logran encontrarse cómodos se pierden en el momento. Ambos se besan con sincronía y una comodidad increíble, como si se hubieran besado un millón de veces antes. La tímida lengua de Obed se introduce en él, y tantea hasta encontrarse con la suya, Mateo lo sigue, sintiéndose cada vez más borracho y mareado por el ambiente, por la intensidad que el menor le pone a ese beso, por su sabor y el movimiento de sus labios. Él nunca se había sentido así de bien con un beso, y lo único que desea es que Obed no se detenga jamás.
Que acaricie, bese y muerda su cuerpo así como lo está haciendo con sus labios.
Mateo se derrite en su asiento cuando siente la mano de Obed tirar suavemente de su cabello y recorrer tranquilamente su cuerpo hasta aterrizar en su cintura, en donde aprieta el agarre como si buscara anclarse al momento.
Estaba considerando sentarse sobre el otro chico cuando su celular comienza a vibrar dentro de la chamarra que aún lleva puesta. Se sobresalta con el tono de llamada y no queriendo se separa del beso. Obed se queja en voz alta con los ojos vidriosos, las pupilas dilatadas y los labios brillantes e hinchados. Mateo intuye que él no está mejor por el calor que siente en sus mejillas y la respiración agitada.
Se lame los labios y a regañadientes saca el aparato para ver quien lo llamada. Resopla cuando el nombre de Armando y su foto aparece en el identificador.
—Como chinga este wey. Hace rato me envió unos mensajes y no le respondí, a de pensar que ya me secuestraste. —bromea y deja morir la llamada, incluso lo pone en silencio para que el sonido no vuelva a escucharse.
—Podría secuestrarte.
Mateo lo observa con una sonrisa y sin decir nada deja un corto beso en sus labios. Y luego otro, y después otro, y otro. Y luego termina besando todo el rostro de Obed mientras este ríe.
Los dos se observan sonrientes –Mateo se da cuenta de que no han dejado de sonreír en toda la noche a pesar de todo– y es el turno de Obed de dejar tiernos y cortos besos en cada parte de su cara, cierra los ojos y deja que Obed presione sus labios por todo lugar que encuentre disponible, luego sin más deja un piquito en sus labios todavía hinchados.
—Puedes secuestrarme mañana, a eso de las nueve de la mañana, en una lonchería cerca de mi uni que prepara unos desayunos buenísimos. —murmura tardíamente aún cerca del cuerpo de Obed. El menor acaricia su cabello recorriendo el rostro de Mateo con la mirada.
—Me encantaría secuestrarte a esa hora, ¿Me prestas tu teléfono para darte mi número y así me mandes la dirección del lugar?
Mateo se lo entrega con manos rápidas, con el corazón latiendo feliz y el cuerpo vibrando de emoción. Obed se agrega rápidamente y luego le entrega el celular de nuevo a Mateo.
—Paso yo por ti, ¿Va? y de aquí vamos a desayunar y te llevo a conocer la ciudad.
—Me parece bien, solo avísame a qué lugares iremos para ver qué llevo puesto.
Después de acordar algunas cosas y de que Mateo le mostrara algunos de los lugares a los que planeaba llevarlo ambos se despiden, no sin antes darse un beso igual de intenso que el primero. Es él quien tiene que sacar al chico de su auto casi a la fuerza antes de que ambos terminen en el asiento trasero, Obed sale minutos después riéndose a carcajadas por la situación.
Mateo lo observa entrar a su hotel y, cuando sabe que ya no lo va a ver, deja escapar un fuerte suspiro que se corta con una risita y luego pasa a carcajadas fuertes.
Estaba feliz, más que feliz. Estaba contento, emocionado y expectante.
Toma su teléfono para poder responderle ahora a su mejor amigo.
Armando 🏳️🌈❌
como chingas we🙄
estaba ocupado.
MATEO
cómo te fue?
tengo q bloquearlo?😓
si, bloquéalo.
no mames teo :(
tan malo fue?
no wey
me lo terminé besuqueando
afuera de su hotel 😍🥰
QUÉ😟
NO MAMES MATEO
JAJSKASKKA
quiero q lo bloquees
pq no quiero q tengas a mi
futuro novio en tu teléfono
cuando sé cómo lo conociste.
JAKSKAKS
nmms teo
pero esta bien pa
a ver cuando hacemos doble cita
antes de q se vaya otra vez a usa😗
por cierto
de nada 😝
chinga tu madre armando 🖕🏻
pero gracias, supongo.
Mateo sonríe y apaga el teléfono aventándolo hacia el asiento del copiloto, voltea a ver hacia ese lugar y sonríe inconscientemente. Maneja hacia su casa sintiéndose feliz y tranquilo, emocionado por su cita con Obed el día siguiente.
Bueno, era cierto que la vida de ambos cambiaría después de ese día. Por suerte, todo fue para mejor después de eso.
