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Liatris.

Summary:

Takemichi Hanagaki no se cansa de salvar a Manjiro Sano una y otra vez.

Y la razón es tan simple: por Mikey lo intentaría toda la eternidad si eso le aseguraba que en algún futuro podría verlo sonreír de la manera en que solía hacerlo en el pasado.

— Takemitchy, sálvame.

Notes:

Holi!
Esto es un OS, ya lo tenía subido pero lo bajé para editarlo, espero que les guste, lo hice por la garden week que hubo en fb, en fin, espero sea de su agrado!

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

"No quiero vivir por siempre, porque sé que viviré en vano
Y no quiero encajar en donde sea
Sólo quiero seguir llamando tu nombre hasta que regreses a casa."

 

I Don't Wanna Live Forever - ZAYN, Taylor Swift


 

Takemichi Hanagaki no se cansaba de salvar a Manjiro Sano una y otra vez.

La frase se le había grabado en la mente como tatuaje que le recordaba sin parar lo que debía hacer. Cada vez que cerraba los ojos, la veía escrita con fuego en grande. 

“Sálvalo.”

La razón era tan simple y brutal: por Mikey lo intentaría por toda una eternidad si eso le aseguraba que en algún futuro podría verlo sonreír de la manera en que solía hacerlo en el pasado.

Esa sonrisa. 

La que no tenía sombras, la que iluminaba incluso las calles más sucias y oscuras de Tokio cuando eran solo unos adolescentes con demasiadas heridas físicas y esperanza en construir la pandilla más poderosa del país. Takemichi había perseguido esa sonrisa a través de años, de muertes, de líneas temporales que se rompían y se reescribían, una detrás de otra y que, cada vez que creía alcanzarla, el mundo se encargaba de recordarle lo frágil que era.

Aquella noche, el aire olía a humedad y sangre seca. Estaban en el tejado de un edificio abandonado en Shibuya, en el mismo lugar donde tantas veces todo se había ido a la mierda con diferentes personas en esa perspectiva. El viento soplaba fuerte arrastrando hojas y recuerdos. 

Mikey estaba de pie al borde del edificio con los pies descalzos sobre el concreto frío y mojado, el cuerpo terriblemente delgado balanceándose apenas por la orilla. Su cabello rubio reemplazado por un blanco — porque el rubio que usaba en los mejores días en que existió la Toman se había desvanecido y ahora solo quedaba eso — se agitó como una bandera de rendición. Los ojos vacíos y con enormes ojeras miraban hacia abajo, las luces de la ciudad parpadeaban y el ruido de los autos se mantenía impasible.

— Takemitchy… quiero morir.

La voz de Mikey era un hilo fino, casi inaudible, pero atravesó el pecho de Takemichi como una daga. El rubio — que ahora ya no era rubio, sino negro, porque estaba más preocupado por cambiar futuros que retocar un rubio chillón  — corrió hacia él sin pensarlo. Las lágrimas se le deslizaban por los ojos sin que pudiera detenerlas. Se arrodilló junto al borde y sus rodillas rasparon contra el suelo cuando se inclinó y extendió ambas manos, sosteniendo a Mikey por la mano cuando el peli blanco quedó colgando del edificio.

— ¡Mikey-kun! — gritó con la voz rota y asustada —. ¡No te atrevas! ¡Agárrate!

Mikey giró apenas la cabeza y una media sonrisa torcida se dibujó en sus labios, una sonrisa que no llegaba a sus ojos. Esos ojos que alguna vez habían brillado con la fuerza de un sol ahora parecían pozos sin fondo.

— Estoy cansado, Takemitchy… —susurró —. Cada vez que intentas salvarme, alguien más muere. O yo me rompo un poco más. ¿No te das cuenta? Yo soy el problema, siempre lo he sido.

Takemichi no se limpió los ojos que estaban llenos de lágrimas porque no podía, solo las dejaba seguir cayendo mientras sostenía con todas sus fuerzas al peli blanco. Los dedos de Mikey estaban fríos, casi sin fuerza, pero no soltó. Nunca lo soltaba.

— Mikey-kun… — dijo con la voz temblando—. No digas eso, nunca digas eso. Tú no eres el problema, el problema soy yo, que nunca llego a tiempo. Nunca soy lo suficientemente fuerte para sostenerte. Pero esta vez… esta vez no te voy a soltar. ¿Me oyes? No te suelto.

Mikey lo miró de verdad entonces, por un segundo, algo antiguo brilló en su mirada acompañado de recuerdos de risas en el templo, de peleas estúpidas y de promesas hechas con los nudillos ensangrentados.

— Eres un idiota, Takemitchy —murmuró, y las manos de Takemichi se apretaron más fuerte alrededor de su muñeca.

El peli negro lo miraba con miedo y al mismo tiempo, lleno de determinación.

— Sí, quizás sea el mayor idiota del mundo. Pero soy tu idiota y no voy a dejar que te caigas, nunca más.

El cuerpo de Mikey se inclinó un poco más hacia el vacío y la muñeca se deslizó, quedando su mano entre ambas manos de Takemichi. El viento corría furioso y Takemichi sintió el pánico subirle por la garganta como ácido, tiraba con todas sus fuerzas hacia arriba gritando el nombre del otro una y otra vez, hasta que de pronto…

— Sálvame, Takemitchy — rogó Mikey con los ojos llenos de lágrimas.

Una corriente eléctrica lo recorrió y el mundo se disolvió.

La sensación era conocida: un tirón en el pecho junto a un mareo violento y el sonido de un tren lejano. 

El mundo actual se desconectó y cuando abrió los ojos, el aire era diferente.

El sol de la tarde acariciaba su cara, el olor de la hierba y asfalto caliente le llenó los pulmones de golpe.

Apareció de nuevo doce años atrás.

Estaba en el parque cerca del río, el mismo donde la ToMan solía reunirse después de las peleas. Y delante de él, tenía sostenido por la cintura a Mikey con ambas manos, porque el rubio se había tropezado hacia adelante con la amenaza de caer al río.

No de un edificio. El pequeño río de siempre.

Frente a él, estaba el rubio. El verdadero rubio que seguía buscando sin parar en todas las líneas temporales. 

Su cabello brillaba dorado bajo el sol, su camiseta blanca estaba algo manchada de polvo y los ojos abiertos de sorpresa al ser sostenido por Takemichi.

— ¡Takemitchy!

La hermosa sonrisa de Mikey lo golpeó como un rayo junto al tono juguetón y feliz del rubio. Era la sonrisa completa, la de verdad. Aquella que no tenía sombras ni secretos debajo, solo muchas ganas de conquistar el mundo y auténtica felicidad. La que hacía que el pecho de Takemichi se contrajera de una mezcla de alivio y de un dolor tan profundo que lo dobló por la mitad, y aún así, no soltó la cintura del otro. Al contrario: lo apretó más contra su pecho, como si pudiera fundirse con él y así protegerlo de todo lo que vendría.

— Mikey-kun… — susurró con la voz llena de miedo —. Quédate conmigo.

Mikey parpadeó, todavía sonriendo, aunque ahora había confusión en su rostro. Levantó una mano y le revolvió el cabello a Takemichi con ese cariño que siempre había tenido reservado especialmente para él.

— ¿Qué te pasa, Takemitchy? Estás llorando otra vez. ¿Te pegó Baji en la cabeza o qué? — preguntó riendo y el sonido fue como música para el rubio que lo sostenía con firmeza después de años de silencio —. Oye, suéltame un poco, me estás aplastando.

Pero Takemichi no lo soltó, enterró la cara en el pecho de Mikey y respiró hondo, oliendo el jabón barato y la colonia que solía usar en ese tiempo el más bajo. Las lágrimas seguían cayendo, empapando la tela blanca.

— No… no puedo — dijo entre sollozos —. No esta vez, por favor quédate. Quédate conmigo, no te vayas a ningún lado oscuro. No te conviertas en… en eso.

Mikey dejó de reír.

Sus manos que al principio habían intentado empujarlo suavemente, ahora se posaron en la espalda de Takemichi con una lentitud cuidadosa y una de ellas subió hasta su nuca, le acarició el cabello que nacía ahí con ternura, una que Takemichi no recordaba haber sentido nunca de esa forma tan directa.

— Oye… — dijo Mikey en voz baja —. ¿Qué te pasa? En serio, estás temblando. ¿Viste algo malo otra vez con ese poder raro tuyo?

Takemichi levantó la cabeza. Los ojos de Mikey — negros pero vivos, llenos de esa luz que le gustaba tanto y que era hermosa — lo miraban con preocupación genuina. No había vacío, no había sangre. Solo Mikey, el de doce años atrás que comía taiyakis y dorayakis como si no hubiera mañana.

— Vi… vi demasiadas cosas —admitió Takemichi con la voz temblorosa —. Te vi caer, vi como te perdías y… te vi dejar de sonreír. Y no puedo soportarlo, Mikey-kun. No puedo vivir con eso, vuelvo una y otra vez sin saber qué hacer pero vuelvo porque si hay una posibilidad, aunque sea mínima, de que en algún futuro vuelvas a sonreír así, como lo haces ahora… entonces lo intentaré por toda la eternidad.

Mikey frunció el ceño, procesando las palabras del rubio y luego despacio, con una sonrisa más pequeña y suave que se dibujó en sus labios, bufó tembloroso.

— Eres un dramático de mierda, ¿lo sabías, Takemitchy? — dijo, pero no había burla real en el tono, sino un reconocimiento real —. Siempre lo has sido. Pero… —hizo una pausa, y sus dedos siguieron acariciando la nuca de Takemichi, hundiéndose ligeramente más arriba — …si de verdad vienes del futuro para salvarme, entonces tienes que decirme qué demonios tengo que hacer para ayudarte. Porque yo no quiero dejar de sonreír tampoco. No si eso te pone así.

Takemichi soltó una risa húmeda, casi histérica y se quedó un poco más contra el cuerpo cálido de Mikey antes de limpiarse la cara con la manga de la camisa y finalmente aflojar un poco el abrazo pero no del todo. Siguió sosteniendo a Mikey por la cintura, como si el cuerpo del otro fuera la único ancla que le quedaba en el universo.

— Primero… — dijo con voz más firme — no te acerques a Kisaki. Nunca. Ni siquiera lo mires. Y segundo: confía en Draken, en Mitsuya, en toda la ToMan, en mí… sobretodo todo en mí. Aunque sea un cobarde, aunque llore todo el tiempo, quédate cerca y no te aísles. No cargues con todo solo, habla conmigo, Mikey-kun.

Mikey lo escuchó en silencio, asintiendo despacio ante cada indicación mientras el sol empezaba a bajar, tiñendo el río de naranja y rosa. A lo lejos aún se oían las voces de los otros miembros de la ToMan: Draken gritando algo, Baji riéndose como un loco y Chifuyu protestando cada vez que no lo dejaban hablar. 

El mundo era joven otra vez. Frágil y precioso.

— Está bien — dijo Mikey al fin —. Haré lo que digas, pero a cambio… —su sonrisa se ensanchó, esa sonrisa de travesura que Takemichi había extrañado hasta doler — … tú tienes que quedarte también. No te vayas a ningún futuro raro sin avisarme, porque si vamos a arreglar esto, lo hacemos juntos. ¿De acuerdo?

Takemichi sintió que el pecho se le llenaba de algo caliente y brillante. 

Asintió con fuerza.

— De acuerdo, completamente. Por la eternidad, si hace falta.

Mikey soltó una carcajada y le dio un suave golpe en la frente con los dedos.

— Qué intenso eres, Takemitchy. Ven, vamos, los demás nos van a buscar y si Draken nos ve abrazados así va a pensar que nos volvimos raros.

Pero no se movió de inmediato, se quedó solo un poco más, mirando a Takemichi con una intensidad que no era propia para su edad y luego, con un gesto que hizo que el corazón de Takemichi diera un vuelco, apoyó la frente contra la de él.

— Gracias por volver — susurró —. Aunque no entienda del todo cómo. Gracias.

Takemichi cerró los ojos y por primera vez en mucho tiempo, el dolor no lo dobló. Solo se llenó de una determinación quieta y feroz cuando suspiró.

— Siempre volveré — prometió —. Aunque tenga que saltar mil veces y el tiempo se rompa. Mientras tú sonrías así… yo estaré aquí. Volveré a ti una y otra vez, Mikey.

Se separaron despacio y Mikey le revolvió el cabello una vez más con esa sonrisa todavía brillando, y empezó a caminar hacia el grupo. Takemichi lo siguió con el corazón latiéndole con fuerza. 

Sabía que el camino no sería fácil. Que Kisaki seguiría existiendo en las sombras y que el destino tenía garras. Que él mismo podría fallar otra vez y aún así, no se rendiría tan fácil.

Porque mientras miraba la espalda de Mikey — recta, segura, bañada por la luz del atardecer — decidió que nada importaba.

Porque por esa sonrisa, por ese “Takemitchy” dicho con tanto cariño y por la posibilidad de un futuro donde Manjiro Sano no estuviera solo en la oscuridad…

Takemichi Hanagaki lo intentaría por toda la eternidad.

No pensaba soltarlo.

Cuando se acercaron el grupo los recibió con gritos y bromas. Draken levantó una ceja al ver los ojos rojos de Takemichi, pero no preguntó. Baji le pasó un brazo por los hombros y empezó a hablar de la próxima pelea que ya estaba organizando. Mitsuya sonrió con esa calma suya que lo caracterizaba y Mikey, en el centro de todo, rió cuando Draken dijo un chiste. Rió con la cabeza echada hacia atrás, el cabello dorado brillando y los ojos cerrados de pura alegría.

Takemichi se quedó un momento a un lado observándolo, y guardó esa imagen en lo más profundo de su memoria y corazón, junto a todas las versiones demás rotas que había visto del mismo. 
Dio un paso adelante y se unió al círculo.

— Oye, Mikey-kun — dijo cuando tuvo oportunidad, en voz baja.

Mikey giró la cabeza, todavía sonriendo.

— ¿Mmm?

— Quédate conmigo.

Mikey inclinó la cabeza, curioso, y luego asintió una sola vez, como si sellara un pacto.

— Ya te dije que sí, tonto. Ahora deja de ponerte sentimental y ayúdame a decidir dónde vamos a comer. Tengo un hambre del demonio y si no le clavo los dientes a algo pronto, me voy a poner de mal humor.

Takemichi rió. Una risa verdadera que por primera vez lo hizo sentir que el tiempo, en lugar de ser un enemigo, podía ser un aliado.

Mientras el sol terminaba de esconderse y las luces de la ciudad empezaban a encenderse una a una, Takemichi caminó al lado de Mikey sin apartarse ni un segundo. No sabía cuántas veces más tendría que saltar y cuántas noches más pasaría llorando, gritando o rogando de rodillas para mantener al rubio a su lado. 

Pero sabía una cosa con absoluta certeza:

Mientras existiera una sola posibilidad de ver esa sonrisa otra vez… él no se cansaría nunca.

Ni en este tiempo.
Ni en el siguiente.
Ni en la eternidad entera.

Porque no había nada, que Takemichi Hanagaki no haría por Manjiro Sano con tal de mantenerlo a su lado. Nada.

Ni el tiempo, ni las diferentes líneas lo harían cambiar de parecer.

— ¡Mikey-kun! ¡Espera!

El rubio corrió más rápido por el parque riendo.

— ¡Atrápame, Takemitchy!

Notes:

Nos vemos en otra historia!

PD: me encanta esa canción, cada que la escucho proyecto al Mitake en ella, jaja.