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Pensó en su actitud en los últimos días. Se frustraba más rápido de lo usual cuando las cosas no salían según sus planes. No estaba tolerando las bromas y los ruidos en su base, lo cual no entendía. Él también era así; su equipo también. Inclusive desde antes de que Revill asesinara a todos los humanos, las cosas eran iguales a como lo eran ahora y no tenía ningún problema con ello. Entonces, ¿por qué se encontraba así?
Recordaba aquel día en la base del Team, terminando de construir una zona de la base, cuando los típicos gritos de sus compañeros resonaron en los pisos inferiores. Apenas captó que se trataba del tema de Dlffrent, reclamándole por escaparse a la base del Team Minitas para verse con Nuvia (para sorpresa de nadie). Usualmente se uniría con sus compañeros para burlarse junto con los demás, pero en esta ocasión no tenía el ánimo para eso.
Una voz apareció detrás de él. Al girarse, reconoció a Almilcar subiendo por el ascensor de agua.
—¿Podés creerlo? Y mirá que yo lo banco con el tema de Nuvia, pero tampoco es que desaparezca de la base todo el día, el pelotudo este —refunfuñó Almilcar, esperando que el oso humanoide le respondiera.
Era una dinámica ya aprendida por todos: alguien iba con él para quejarse de Dlffrent y él lo puteaba de vuelta por dejarle todo el laburo a él.
—Y… pues tampoco lo podemos dejar amarrado aquí como un perro —le contestó con una indiferencia que, al parecer, sorprendió al otro.
—¿Te sentís bien? —preguntó, mientras colocaba una de sus manos en su frente, fingiendo tomarle la temperatura. Apartó la mano rápidamente de su cuerpo.
—Eh, ¿qué me tocás, hijo de puta? —le reclamó.
Una vez Almilcar le dio un poco de espacio, volvió a hablar.
—Además, ¿qué querés que diga? Si quiere estar ahí, dejalo y ya está.
No culpaba al otro por estar confundido. Hasta él mismo se sorprendía. Simplemente no tenía la energía para seguir con la misma situación de siempre.
—Bue, si te vas a poner así, andate a cagar.
Se tiró por el elevador de agua, dejándolo solo con sus pensamientos.
Estaba ese otro día junto con Farfa en la dimensión de los dinosaurios, recolectando esas extrañas frutas en la copa de los árboles, tratando de evitar el ataque de dichos animales. Todo iba según lo planeado cuando empezó a desorientarse. Esa situación no era rara para él y su team. En ocasiones sentía cómo el mundo se congelaba y, de la nada, todo volvía a moverse. Solía responder con alguna broma o puteada para aligerar el ambiente; era algo que a todos dentro del equipo les estaba ocurriendo más veces de las que deberían. Sin embargo, en esta ocasión notó cómo aquel desconcierto le afectó más de lo normal, provocando que casi cayera del puente en el que estaban. Rápidamente se estabilizó y soltó un largo quejido que no pasó desapercibido por el caballero.
—Eh, vos, Spreen, ¿todo bien? —preguntó con voz firme, sin invadirlo tanto. Sabía que, si se involucraba mucho, solo ocasionaría que el otro evitara la pregunta.
—Sí, sí, tranqui, todo bien —respondió con una calma inusual que no le gustó a Farfa, pero lo dejó pasar, centrándose en seguir recolectando las cosas que necesitaban. Ya hablaría con él.
Y luego, la situación que había alertado a la mayoría de sus compañeros fue aquel momento Revill donde un eclipse había oscurecido todo el exterior. En ese instante se encontraba intercambiando bambú con aquellos aldeanos robóticos a cambio de dilitio. Su teléfono no paraba de vibrar, advirtiéndole del peligro inminente. Spreen estaba tan centrado en aquella actividad que no dimensionaba la gravedad de la situación.
Un golpe fuerte en su brazo lo trajo de vuelta a sí mismo.
—¡Spreen! —resonó aquel grito con acento francés—. ¿Qué mierda te pasa? ¿Quieres morir? ¡Ya todos avanzaron hacia el refugio! ¡Si no vamos ahora, moriremos!
Recorrió con la vista el alrededor y comprendió la gravedad del asunto. Tomó rápidamente su teléfono y leyó el comunicado. Debían ir al búnker a través de la inmensa oscuridad si querían sobrevivir.
—Mal, avancemos rápido —comentó, restándole importancia, tomando camino hacia el búnker. Esa actitud molestó a Shadoune, pero no comentó nada. No era el momento aún.
El resto del camino fue un borrón en su memoria.
Recapitulando todos estos sucesos, su mente no paraba de preguntarse: ¿qué está pasando conmigo? No se sentía distinto, pero el hecho de comportarse como lo hacía siempre no se sentía natural. ¿Como si aplicar un “Te cojo?” lo hiciera más por costumbre que por intentar burlarse de alguien? Simplemente no se sentía como él. Toda interacción que tenía se sentía forzada por parte de él.
Una explosión lo sacó de sus pensamientos. Un creeper eléctrico lo tomó desprevenido mientras caminaba sin rumbo. De no ser porque Conter logró ponerlo a salvo con su escudo, hubiera tenido que utilizar el tótem que tenía en su mano izquierda para evitar su muerte.
—¿Quieres morir o qué mierda? Literal, si no estuviera pasando por aquí, hubieras popeado tótem, mierda —aquel reclamo por parte del conejo lo desorientó un poco. Una vez procesó sus palabras y la situación en la que se encontraba, respondió.
—Uh, mal ahí, me disocié.
Tanto para él como para su compañero, le sorprendió la falta de insulto o el tono tranquilo con el que le respondió.
—¿Estás bien? No es la primera vez que estás actuando así. Todos en el team ya se están empezando a preocupar —declaró Conter. Aquella acusación con el tono de preocupación lo alertó. Al parecer, otros también habían estado notando su cambio en su actitud. Rápidamente actuó como si nada hubiera pasado.
—¿Y a ti qué mierda te importa? Déjame tranquilo, wacho —respondió el argentino con su típica agresividad falsa, lo que no convencía del todo al otro.
—Spreen, has estado ignorando los momentos Revill. Has estado a punto de morir varias veces por estar disperso. Ya ni siquiera lo tomamos de broma, estamos genuinamente preocupados —insistió el conejo, intentando hacer caer en cuenta al oso de lo preocupante de su cambio.
Cuando notó que no contestaba, el conejo suspiró.
—¿Me puedes decir al menos a dónde te dirigías? —preguntó Conter, ya con una expresión cansada.
—Eh…
Ese pequeño momento de duda solo aumentó aún más sus alertas en Conter, quien entrecerró los ojos, esperando cualquier respuesta por parte de Spreen. Por su parte, el argentino genuinamente no recordaba qué era lo que estaba haciendo. Lo último que tenía en mente antes de pasar a piloto automático era salir de su base y, de ahí, todo estaba en blanco. Rápidamente respondió:
—Y… recogiendo algo de madera. Viste que con lo de Revill lanzando ese hechizo que no deja caer robles para replantar, en cualquier momento va a escasear.
Lo intentó, pero al observar a Conter, parecía poco convencido. Defensivamente le volvió a responder:
—Bueeeeno, ¿quién sos? ¿Mi mamá? Andate a cagar.
Y, sin esperar la respuesta del otro, dio media vuelta y se alejó rápidamente del sitio, alcanzando a escuchar un pequeño murmullo de Conter, probablemente alguna puteada que no quería escuchar en este momento.
Mientras caminaba sin rumbo aparente, su vista divisó la emblemática montaña de este mundo. Asumió que su salida era solo para tomar aire. Decidió que no había mejor manera de relajarse que un rato en el casino. Mientras subía lo que parecía un camino infinito hacia la cima.
Al llegar, echó un vistazo rápido alrededor de la zona. Observó lo usual: otras personas interactuando entre sí, algunos guardianes haciendo quién sabe qué, gente completando la misión diaria. Giró su cabeza hacia el casino. Llegó a la conclusión de que debería intentar apostar un poco; seguramente lo distraería un poco. Grave error.
Era consciente de que, en ocasiones, las máquinas daban premios basura, pero no le estaba dando nada, absolutamente nada: pociones inservibles o parte de la armadura de diamante que no necesitaba. Usualmente no le importaría, pero la frustración fue en aumento, hasta que su vista se nubló y simplemente soltó una puteada en voz baja que no lograba recordar.
—Mala suerte, eh —afirmó una voz a su lado.
Rápidamente movió su vista hacia donde provenía el sonido. Reconoció a la persona a su lado.
—Eh, Aquino, ¿qué onda? —saludó. El cansancio en su voz no pasó desapercibido por ninguno de los dos.
—¿Todo bien? —preguntó el castaño. No sabía si era por el tono de voz del otro, que mostraba una genuina preocupación, pero dejándolo tranquilo si decidía no responder, o por la frustración que cargaba y que necesitaba desahogarse. Independientemente de la respuesta, habló.
—La verdad, no, loco. Me siento otra persona. Es como si mi personalidad ya no sea mía, como si me forzara a ser así, ni idea.
No sabía si debía ser sincero con él. No conocía mucho a Aquino, pero, de lo poco que sabía de él, sentía que podía confiarle eso.
—Lo creas o no, a veces también me siento así —la calma del castaño lo tomó algo desprevenido—. Mirá, realmente no hay una forma que te pueda decir para ayudarte. Quizá un cambio de ambiente por un tiempo te vendría bien.
—¿Posta crees eso? —esta vez su atención ya estaba por completo en la otra persona. A este punto, cualquier consejo lo tomaría.
—Sí —afirmó con total calma—. Si quieres, puedes venir con nuestra hermandad. Desde que Tommy murió, tenemos espacio en la base —sugirió Aquino.
Lo consideró, y eso preocupó a Spreen. Jamás había considerado irse de su team. Puede que todos los días haya un quilombo distinto en la base, pero eso era lo que le gustaba. Ante el inminente silencio que se había formado, respondió rápidamente.
—No, tranqui, no puedo dejar a los pelotudos que tengo de team.
Forzó la broma, cosa que ambos notaron.
—Bueno, como quieras. Si cambias de opinión, me dices —se despidió y salió del casino.
Después de un rato apostando, Spreen decidió volver a su base. Si llegaba a haber un momento Revill, prefería estar con su equipo reunido. Sacó su teléfono y escribió al grupo “Team Mafia”: “tp”.
Sintió un tirón que lo movió instantáneamente hacia algún sitio. Cuando recuperó el sentido de la orientación, notó que estaba en su base. Sin embargo, había un silencio inusual dentro de ella. Le puso nervioso; eso no era normal.
—¿Todo bien? —le preguntó una voz que luego reconoció que era Conter.
—Eu, ¿qué pasa? ¿Por qué el tono serio? —Sí, ese tono de voz en el conejo no era para nada normal.
—Farfa necesita hablar contigo.
Y con esas pocas palabras, el instinto de huida de Spreen se activó al cien. Quería dejar todo y largarse, pero también era consciente de que necesitaba afrontar esto. Era una charla que tarde o temprano tendría.
Una vez llegó donde Farfa se encontraba, el silencio parecía haber aumentado aún más, si es que eso era posible. Al notar cómo ninguno de los dos quería iniciar la conversación, el caballero tomó la iniciativa.
—Spreen, hemos notado que has… estado disperso últimamente. Ha habido muchas situaciones donde pareces no estar consciente del peligro al que estás rodeado. Aunque nadie lo diga, todo el team está preocupado por vos.
No había ninguna pregunta en lo que dijo. Spreen suspiró, pensando cuidadosamente en lo que diría a continuación.
—Farfa, te seré honesto —tomó un poco de aire—. No sé cómo decirte esto. Intento ser yo, ¿viste? Las bromas del “Te cojo”, las puteadas, el quilombo que suelo hacer yo… No sé, no me siento genuino, como si cada cosa que solía hacer ahora la hago, yo qué sé, por tradición o ni idea. En pocas palabras, no me siento yo, si eso tiene algún sentido.
Farfa escuchó atentamente. Esperó que el más joven terminara de explicarse con sus palabras. Una vez vio que el otro había finalizado, volvió a tomar la palabra.
—Mirá, Spreen, la verdad no soy psicólogo. Puedo llegar a comprender lo que estás sintiendo. Realmente no sé cómo ayudarte, pero hay que encontrar la forma de solucionar esto. Es algo que hemos notado todo el team. No solo te estás poniendo en peligro tu vida, sino a los demás, y no es como que no sobren las almas para revivirnos infinitamente —a pesar de la firmeza en sus argumentos, el tono en su voz era tranquilo y relajado. Era consciente de que este momento era importante como para simplemente cagarlo a puteadas—. ¿A lo mejor necesitas de un cambio de ambiente? No sé… —sugirió, algo inseguro de sus palabras.
Aquella sugerencia tomó a Spreen desprevenido. Una pequeña risa se le escapó de sus labios.
—¿Sabés que Aquino me sugirió lo mismo? Me invitó temporalmente con los Webones y todo, una pavada la verdad…
—Pues, si Aquino te invitó con ellos, tal vez deberías ir. Así serías su problema y no el nuestro —rió al escuchar lo último por parte del caballero.
—¿Posta crees eso? —preguntó seriamente Spreen.
—Mirá, como te dije, no sé cómo ayudarte, y dudo mucho que otro del team sepa qué hacer. Si necesitás un cambio de aires, adelante. Confío en que no morirás a pesar de todo —le sonrió brevemente el caballero.
Spreen bajó su mirada brevemente, pensando qué debería hacer. ¿Realmente necesitaba distanciarse? ¿No era algo extremo? No quería abandonar su equipo, tampoco dejar su base, pero no podía seguir pretendiendo que todo estaba bien. Sintió cómo una mano se apoyó en su hombro. Cuando volvió a subir la mirada, encontró a Farfa observándolo, no dijo nada, no hacia falta, Spreen entendió el apoyo y tomó su decisión.
Sacó su teléfono y le envió un mensaje a Aquino:
“Che, me pintó ser Webon”
