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Si mañana seguimos vivos

Summary:

Antes de todo, Diego jugaba fútbol. Correr era algo que siempre se le dio bien, a veces le preguntaba que era tan divertido de perseguir una pelota por 90 minutos.

Diego sigue corriendo, solo que ya no es en una cancha. Ahora corre de ciudad en ciudad, entre destrucción. Ya no persigue un balón, es perseguido por estas cosas que parecen salida de una película.

Desde qué el virus llegó no había pensando ni una sola vez en aquel sinaloense con el que deb vez en vez coincidía. Hasta que en medio de todo, como parecía haberseles hecho costumbre, coincidieron.

Notes:

Sugiero que escuchen "as the World caves in" 😌

Chapter Text

Día 0

—Se han registrado al menos cinco casos de contagio de un virus que continúa sin identificarse en la Ciudad de México...

​Diego lo había escuchado una mañana cualquiera por la radio de camino a Verde Valle. En cuanto se detuvo en el primer semáforo, conectó su Bluetooth para escuchar su playlist.

​La siguiente vez que el supuesto virus fue mencionado fue unos días después; sus compañeros cotorreaban en el vestidor, burlándose de un TikTok.

​—¡No mames! Otra vez hay desabasto de papel de baño en los súper —Rey giró su celular para mostrarle a Richy y a Miguel un TikTok grabado en el pasillo de los papeles con estanterías vacías.

​—Son mamadas, wey. Pinches compras de pánico —comentó José desde la esquina.

​—Es lo mismo que con el covicho, no sé por qué la hacen tanto de pedo.

​Diego se amarró los tachones, ignorando la plática de sus compañeros. Hizo lo posible por no prestarle atención o se pondría paranoico.

​—Aquí el verdadero tema es el Mundial, wey; si no se controla esta madre, valió.

​Cotorro lo golpeó con el hombro, le hizo una señal para salir dejando atrás a sus compañeros y sus preocupaciones.

​—Vi un TikTok —empezó su amigo pasando un brazo por encima de sus hombros—, decía que este nuevo virus es cosa del gobierno.

​—Ya vas a empezar con tus teorías conspirativas, wey.

​Bryan se encogió de hombros.

​—Te lo digo, bro, no tardan en invadirnos los aliens.

​Diego le metió un codazo y Cotorro salió corriendo hacia la cancha mientras se reía.

​Mayo estaba terminando, el calor de mediodía lo tenía mareado. Se había echado encima lo que le quedaba de agua en la botella, ya no sabía si lo que le chorreaba era agua o sudor.

​Sus redes llevaban unos pocos días repletas de videos, memes y supuesta información verídica sobre el virus.
​A lo lejos notó a sus compañeros reunirse alrededor del Oso. Por curiosidad se acercó.

​—... medidas que entrarán en vigor a partir de este momento.

​Se detuvo detrás de Rubén; el fondo blanco y el atril con el escudo eran inconfundibles. Los recuerdos de aquel 2020 le llegaron como flashazos.

​—Debido al incremento de casos registrados del virus V-24 durante las últimas setenta y dos horas, el Consejo Nacional de Salud ha determinado establecer un periodo de resguardo sanitario a nivel nacional.

​Brian levantó la cabeza, mirando a todos con los ojos abiertos.

​—¿Otra cuarentena?

​Nadie le contestó.

​—A partir de las 15 horas de este día, viernes 29 de mayo del 2026, se solicita a la población permanecer en el lugar donde actualmente se encuentre y evitar desplazamientos que no sean estrictamente necesarios.

​Los muchachos estaban tensos; incluso Diego, que había intentado con todas sus fuerzas permanecer relajado, había dejado de masticar su chicle.

​—Durante este periodo quedarán suspendidas temporalmente las actividades no esenciales, así como eventos que impliquen concentración de personas.

​El subsecretario se quedó viendo a la cámara un momento, antes de regresar la mirada a sus notas. El silencio en el grupo seguía. Diego se tomó un momento para mirar a su alrededor; vio a varias personas reunidas, como ellos, alrededor de un celular.

​—A las personas que se encuentren fuera de su lugar habitual de residencia se les recomienda no regresar a sus ciudades o entidades de origen. Si se encuentran fuera de su localidad, permanezcan ahí hasta nuevo aviso.

​—Eso es raro —comentó Cotorro. Todos se miraron entre sí; algunos parecían haberse dado cuenta de que no sería como en la pandemia.

​—En particular hacemos un llamado a los extranjeros que se encuentran dentro del territorio nacional. Aquellos que requieran asistencia consular deberán comunicarse directamente con la embajada o consulado correspondiente.

​—¿Está... —Miguel empezó con dificultad— diciendo que no habrá Mundial?

​—Entendemos que estas medidas pueden generar preocupación, particularmente ante la proximidad de la Copa Mundial. Sin embargo, en este momento la prioridad es reducir la movilidad y evitar nuevas cadenas de transmisión.

​—Ahí tienes tu respuesta —Rey tiró al suelo la toalla que había estado apretando.

​—No puede ser en serio.

​—Somos anfitriones por tercera vez, no pueden suspender el Mundial por una gripita.

​Hubo varios sonidos de afirmación; los muchachos asentían y se pasaban las manos por la cara, claramente frustrados.

​—A ver, cabrones —habló Diego—. El Mundial es lo de menos, eso decíamos del COVID y ya vieron cómo terminó todo.

​—Síntomas asociados al V-24...

​Todos regresaron su atención a la conferencia de prensa; la imagen cambió mostrando una diapositiva.

​Los principales síntomas asociados al V-24 identificados hasta el momento incluyen:

​Fiebre.
​Dolor muscular.
​Fatiga intensa.
​Dolor de cabeza.
​Tos seca.
​Dificultad para respirar.

​—Ante la presencia de síntomas, se recomienda evitar el contacto con otras personas y comunicarse con los servicios de salud.

​El subsecretario hizo una pausa.

​—En caso de presentar dificultad respiratoria, pérdida del conocimiento, desorientación o un deterioro repentino del estado general, deberá solicitarse atención médica inmediata y trasladarse al centro médico más cercano.

​Cotorro frunció el ceño, miró a todos.

​—¿Pérdida de conciencia? —preguntó.

​—Mmm, puede pasar con una infección fuerte —contestó Govea.

​—Sí, pero es raro, ¿no?

​La conferencia continuó hablando sobre evitar saturar los hospitales, algo que Diego recordaba de la pandemia.

​—De manera preventiva, determinadas instalaciones educativas, deportivas, gubernamentales y de seguridad podrán ser habilitadas como centros temporales de resguardo para aquellas personas que no se encuentren en sus domicilios.

​Eso sorprendió a Diego. Nunca había escuchado de una medida de seguridad similar, mucho menos para un virus ni mínimamente parecido al COVID.

​Rubén bajó el celular, en shock.

​—¿Centro de resguardo? ¿Qué clase de película es esta?

​—¿Eso se puede hacer? ¿Lo han hecho antes?

​—Supongo que están tomando más medidas que con el covicho.

​El celular regresó a su lugar. La conferencia seguía y el subsecretario miraba fijamente a la cámara sin apoyarse en sus notas. Estuvo así unos segundos más de lo esperado, antes de continuar.

​—Finalmente quiero reiterar algo que consideramos fundamental —tomó aire y siguió—: no abandonen sus ciudades. Las autoridades sanitarias se encuentran trabajando de manera coordinada y se informará a la población conforme exista nueva evidencia. No existe, por el momento, motivo para generar alarma.

​El video continuó con preguntas de los periodistas, pero ya nadie le prestó atención.

​—Les digo que huele a caca.

​—No chingues, Cotorro.

​Bryan se encogió de hombros. El ambiente del grupo había cambiado, incluso la brillante mañana desapareció para dar paso a gruesas nubes grises. Se miraron entre ellos sin saber muy bien qué pensar.

​—Hay algo que no nos están diciendo.

​—Ya, we. No exageres —Rubén guardó su celular.

​—¿Exagerado? Literalmente nos prohibieron salir de la ciudad.

​—Lo recomendaron —lo corrigió Brian al lado de Diego—. Pasó igual con el COVID.

​—No, esta vez es diferente.

​—Ya, cabrón, no le des más vueltas al asunto —Ángel le puso una mano sobre el hombro a Cotorro, como si lo quisiera aterrizar—. Hay un Mundial en proceso, es lógico que quieran controlar eso con la cantidad de extranjeros que ya llegaron al país.

​La verdad era que todos estaban asustados, solo que nadie lo había querido admitir en ese momento.

​—Es que neta, wey...

​—Ya, Bryan —Diego habló por primera vez desde que empezó la discusión—. El otro día dijiste que el COVID lo inventaron para vender cubrebocas —intentó aligerar.

​—Y se vendieron un chingo, ¿sí o no?

​Los muchachos soltaron unas risitas, entre varios le dieron zapes a Cotorro. Diego se cruzó de brazos, aliviado de cumplir su objetivo.

​No le duró mucho. Todos estaban en los vestidores, con las toallas envueltas en la cadera. Un hombre al cual reconocía de la administración entró con prisa.

​—Oigan, muchachos, el señor Vergara quiere que estén todos en la sala de conferencias lo más pronto posible.

​Si bien todos habían estado bastante callados después de la conferencia de prensa, aquel anuncio los dejó inmóviles. Sin el ruido del movimiento, ni un murmullo, conteniendo la respiración y con los ojos abiertos, vieron al hombre salir del lugar.

​—Valió verga —Camberos estaba sentado en la banca con los codos apoyados en sus muslos y la cara hundida en sus manos.

​—Cálmate, Huguito —dijo Sando, aunque su voz sonaba aguda, desprovista del tono bromista que lo caracterizaba.

​Le dio unas palmadas en la espalda, pero Hugo se sacudió con fastidio, se levantó y no le importó que la toalla se le cayera al piso.

​Nadie más habló. El silencio en el vestidor se volvió tan denso que el zumbido del aire acondicionado parecía un enjambre de abejas retumbando en los oídos de Diego. Se terminaron de vestir todos tensos; evitaron mirarse, pues Diego sentía que la barrera que habían puesto se rompería si lo hacían y alguien simplemente explotaría.

​Salieron sin pretensiones, todos despeinados y con el único olor a jabón. Sus mentes estaban en las nubes.

​Las sirenas de las ambulancias y las patrullas sonaban con más fuerza; algo que antes era tan cotidiano que ignoraba, ahora sentía que le reventaría los tímpanos. Corría viento, pero el sudor se le estaba acumulando en la sien.

​La sala de conferencias estaba abarrotada. En las pocas ocasiones en las que Diego había tenido que entrar ahí, la habitación siempre se había sentido inmensa. En ese momento ni siquiera creía que fuera posible que cupiera ni un alma.

​El Tapatío, la Femenil y el cuerpo técnico estaban reunidos ahí. Amaury había dejado olvidado su saco sobre el respaldo de una silla y los miraba de brazos cruzados, apoyado sobre el ventanal.

​Afuera el cielo se ponía cada vez más gris; las nubes eran tan densas que Diego pensó que podía tomar un pedazo.
​El murmullo se detuvo cuando Amaury carraspeó.

​—Como seguramente ya saben, el Gobierno federal acaba de anunciar una serie de medidas sanitarias. Hemos estado en comunicación con la Federación y con los demás clubes desde la mañana.

​Brian se removió nervioso a su lado. Estaban todos apiñonados a un lado de la puerta. Diego, que había intentado mantener la calma, la estaba perdiendo con rapidez de solo ver las caras de los demás.

​—La situación todavía es incierta —continuó—, así que hemos decidido tomar algunas medidas preventivas para protegerlos a ustedes y al personal del club. A partir de este momento, ningún jugador ni colaborador deberá abandonar las instalaciones sin autorización.

​El ruido estalló. Cotorro se volteó a verlo.

​—Te lo dije, algo está mal.

​Diego le dio un codazo, se llevó un dedo a los labios pidiéndole que guardara silencio.

​—¿Cómo que no podemos salir? —preguntó alguien.

​—Entiendo que muchos de ustedes tienen familia en Guadalajara, en otros estados y fuera del país. Por eso, vamos a establecer un protocolo para que puedan comunicarse con sus familiares y coordinar su estancia aquí durante los próximos días.

​Diego frunció el ceño. Brian chocó sus hombros llamando su atención; se acercó hablando por lo bajo.

​—¿Los próximos días?

​—El personal del club se pondrá en contacto con sus familiares para informarles la situación y, cuando sea posible, facilitar que puedan venir a las instalaciones. Queremos que estén tranquilos, que sepan que ustedes están bien y que aquí tendrán lo necesario.

​—Ajá, ¿también traerán a los que están fuera de Guadalajara? En la conferencia se dijo que no se podía —preguntó una jugadora.

​—Nos estamos coordinando con los demás clubes para que puedan recibir a las familias que residan cerca de ellos.

​—En serio, ¿qué está pasando? Si es solo otro virus como el COVID, ¿por qué nos estamos encerrando de esta forma? ¿Por qué tienen que mover a nuestras familias?

​Omar alzó la voz, preguntando lo que rondaba por la mente de todos. Miraron a Amaury en espera de una respuesta.

​Por primera vez desde que entraron a la sala, la apariencia tranquila de Amaury se resquebrajó. Se pasó la mano por el cabello, despeinándose. Se apoyó con ambas manos sobre la mesa.

​—No lo sabemos —dijo con voz cansada—. Los directivos de los clubes hemos estado preguntando, pero ni siquiera la Federación nos quiere decir qué está pasando.

​Alzó la vista, se tomó un momento para volver a hablar.

​—Esto no es una gripe cualquiera, no se trata de solo usar cubrebocas y lavarse las manos —se enderezó recobrando la compostura—. Los que tienen familia en la ciudad, comuníquense con ellos para que se preparen. Los que tengan familia fuera del estado, acérquense al personal de administración; con ellos se coordinarán para buscarles lugar en otro club o en algún refugio en su ciudad.

​Las llamadas no se hicieron esperar. Brian se veía desorientado, se acercó con Dani y Jonny.

​—¿Esto es solo en México? ¿Qué pasa con nuestras familias?

​—Pues habrá que hablarles para decirles que estamos bien, ¿no?

​Diego se sentía entumecido, completamente congelado en medio del caos. Las personas salían de la sala de conferencias o daban vueltas con el celular pegado a la oreja.

​Pero él sentía que la ansiedad lo invadía. Tenía la mirada fija en el ventanal frente a él; la lluvia empezó a caer, golpeaba cada vez más fuerte el vidrio. Los jardineros qué aun seguían trabajando afuera corrieron tratando de cubrirse del agua.

Un destello llamo su atención. A lo lejos vio subir una pequeña columna de humo y entonceso vio, una llamarada enorme de fuego se alzó seguido de una explosión.

​Toda la habitación se iluminó, se detuvieron. Después llegaron los gritos y un caos completamente diferente. La onda expansiva rompió el cristal. Diego se tiró al piso; sus oídos zumbaban, no podía escuchar nada más que un constante pitido. Cotorro cayó a un lado de él, tapándose las orejas con las manos y con los ojos fuertemente cerrados.