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Español
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Published:
2026-10-02
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4,127
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1/1
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38
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742

(Des)carrilados

Summary:

"—Aguantá un poquito, solo falta una parada más. Creo.
—Seguimos hablando del tren, ¿no? —masculló de mala gana, sintiendo por completo la pija de Nico meciéndose contra él a la par del vagón y la gente. Qué manía tenía de repente de andar apoyándolo. Donde se le parara le iba a meter un buen rodillazo.
Nico chasqueó la lengua y le dio una nalgada rápida que tensó al más bajo como un cable pelado.
—¿Qué mierda haces, pajero?
—Te doy un correctivo.
—En la chota date un correctivo, que bastante contenta la tenés conmigo.
—Y si te la pasaste frotándote contra ella ¿qué esperabas que sucediera?"

O que Nico y Valentín tienen la brillante idea de viajar en el tren durante la hora pico y se desconocen un poco (bastante).

Notes:

—¿No puedes pasar unos días sin escribir cochinadas?
—... ¿Cuánto duré?

¡Heellooo, mis amores! ¿Cómo están? Tanto tiempo, ¿nos extrañaron? 🥹💜
Claramente vengo acá a desentenderme de mis responsabilidades pero bueno, aprobé un trabajo pesado y de alguna forma tenía que celebrarlo, porque plata no hay y garche menos, así que vamos a hacer que lo disfrute el BarcoPaz.
(Más o menos…)
Y por las dudas dejo las aclaraciones de siempre: esto es pura ficción; no busco faltarle el respeto a nadie ni dar a entender nada respecto a la relación o sexualidad de los jugadores, esto lo escribí solo por sana diversión.
Así que espero que les guste:

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:



 

 

 

 

(Des)carrilados.

 

 

 

 

Eran más de las cinco de la tarde y el tren ya estaba hasta las tetas. Era hora pico y si no se metían ahora, no lo harían nunca.

Valentín agarró a Nico del brazo, que estaba embobado mirando las palomas jugar en las vías y lo hizo meter en uno de los vagones de sopapo antes de que le ganaran de mano. Zigzagueó entre la muchedumbre con destreza, tratando de encontrar un espacio más o menos vacío. Nico mientras tanto hacía lo posible por seguirle el paso. Había tanta gente en el estrecho pasillo que a mitad del camino se cansó de pedir permiso y sólo se enfocó en no perder al colorado de vista.

Al final, no pudieron avanzar más y tuvieron que contentarse con tener un lugar de donde poder agarrarse justo frente a las puertas, porque los costados para apoyarse estaban ocupados.

O al menos Nico podía agarrarse del pasamanos, porque Valentín apenas llegaba al caño y no pensaba pasarse todo el viaje de puntas de pie. Ya se acalambraba de solo pensarlo.

Ya fue, con tanta gente igual no voy a caerme, pensó resignado metiéndose el celular en el bolsillo interno de la campera y subiéndose el cierre hasta arriba, solo por las dudas. En algún lado había leído que hacer equilibrio en el transporte público, sin agarrarse a nada mientras estaba en movimiento, hacía bien al suelo pélvico. Sí era cierto o no, se enteraría luego.

—Uuuh~ quién es ese hombre…—escuchó canturrear detrás suyo. Al girar la cabeza vio a un par de morochas riendo y mirando descaradamente al rubio mientras se alejaban al vagón por el que ellos habían entrado. Valentín se echó ligeramente para atrás y arqueó las cejas con una sonrisa ladeada, notando el tremendo orto que tenía la más alta. Esa calza azul le quedaba espectacular. De haber sido él el piropeado, habría tomado viaje enseguida.

Pero el gallego era sapo de otro charco.

—Siempre dando la nota, vos—comentó burlonamente al enderezarse y enfocarse en Nico, que estaba un poco colorado.

Este frunció apenas el ceño, mirándolo de reojo.

—¿Qué hice?

—Existir, parece.

Nico apretó los labios y soltó un pequeño zumbido, al parecer demasiado entretenido en desenvolver un caramelo de menta como para darle una respuesta apropiada. Valentín rió por lo bajo, divertido. Con frecuencia pensaba que era una picardía que el otro no sacara provecho de la tremenda facha que tenía. Y eso que siempre lo buscaban minas muy lindas.

Pero para exasperación de sus amigos, Nico nunca hacía nada; ni una sonrisa canchera, ni un guiño, ni el típico "gracias, reina". Tampoco intentaba ir a buscarlas con disimulo cuando sucedía, como para al menos decir que comía callado. Y si bien no era secreto para nadie que el rubio era arisco y reservado con su vida, la realidad es que solo era tímido y para ocasiones como estas, solo se limitaba a agachar un poco la cabeza y fingir que la cosa no había pasado.

Valentín por regla general lo dejaba ser, a diferencia del resto, porque a él tampoco le gustaba que lo cargosearan tanto.

Aunque no podía negar que si le divertía verlo así, todo cohibido y avergonzado.

Tras varios intentos, el rubio ganó la batalla con el caramelo y se lo metió en la boca, guardando el papelito en el bolsillo y sacando otro para darle al más bajo. Valentín lo aceptó sonriendo al ver que era uno de los de fruta masticables.

Mientras lo desenvolvía, el parlante anunció la partida con esa voz metálica imposible de entender del todo y el tren arrancó con una sacudida al cerrarse las puertas. Valentín se metió el caramelo en la boca y se plantó bien en el suelo, balanceándose suavemente con el movimiento y tratando de no apoyarse demasiado en nadie.

Por unos cuantos minutos, estuvieron tranquilos. A pesar del tumulto iban medianamente cómodos, aunque sabía que solo era cuestión de tiempo. El verdadero quilombo empezaría dentro de dos estaciones, justo en la zona más barata y comercial de la ciudad y luego de eso, les quedaría sufrir con unas tres estaciones más.

Valentín suspiró. Después de la tortura que estaban a punto de pasar, más les valía que Enzo los estuviera esperando en la estación con el auto, las pizzas listas y la birra bien fría. Si encima tenían que caminar o esperar para comer, los iba a hacer re cagar. Especialmente a Maximo, que fue el de la idea de que la juntada se hiciera en su casa pese a que prácticamente vivía en medio del campo.

Despacio, el tren empezó a detenerse. Cuando sonó el pitido y las puertas se abrieron, Valentín contuvo la respiración. Apenas alcanzaron a bajar tres personas cuando los nuevos viajeros se metieron a empujones. Valentin terminó apretado entre dos chabones con pinta de albañiles, una piba bajita adelante y el cuerpo de Nico detrás.

Empezamos fuerte, pensó frustrado tratando de acomodarse en el reducido espacio.

De alguna forma se las arregló para ganar unos centímetros entre la chica y su amigo. Lo único que lo salvaba de sentirse como un degenerado era que la chica tenía el bolso hacía atrás, lo que era molesto pero al menos le dejaba algo de resguardo; y si bien su espalda rozaba un poco el pecho del más alto, no llegaba a ser incómodo. Era el único punto en el que se tocaban y, de cierta forma, hasta le serviría de apoyo si llegaba perder el equilibrio.

La cercanía también le hizo notar la respiración de Nico sobre su oreja y el crujido vago del caramelo que aún tenía en la boca. Pero, por alguna razón, eran detalles que viniendo de él no le resultaban molestos. Capaz porque Nico ni siquiera para esas cosas era efusivo. Tenía el mismo temple de un carpincho echado al sol en el pasto: si no prestabas atención a su llamativo físico, tendía a pasar desapercibido.

Igual Valentín no llegó a analizarlo demasiado, porque en la siguiente estación fue cuando todo empezó a ponerse verdaderamente jodido.

Ahora sí se les hizo la noche. Literal y metafóricamente hablando.

La estampida fue brutal. Valentín trastabilló y chocó de lleno con Nico, que apenas alcanzó a agarrarlo por las costillas para estabilizarlo. Pero a él también lo empujaron desde atrás, apretándolo de lleno a la espalda del más bajo, como sanguchito.

El colorado gruñó con bronca, asfixiado e incómodo por la posición forzosa: de puntitas de pie entre dos mastodontes, las manos apretadas contra una mochila gigante y rotosa de un dibujo asiático y el bulto de Nico clavado contra el culo.

Era el colmo de males.

El balanceó del tren al arrancar no colaboró en lo más mínimo para que Valentín dejara de pensar en el último detalle. Como pudo, giró la cabeza a un lado para ver a su amigo que tampoco parecía estar pasándola bien.

—Me estás re apoyando, boludo.

—Quedate tranquilo que lo estoy sintiendo, Valen.

—Entonces soltame—masculló, sintiendo las manos gigantes del más alto aún ancladas a sus costados. Nico gruñó algo por lo bajo e intentó hacerle caso, buscando acomodarse como podía en el poco espacio que tenían. Pero el vagón dio otra sacudida y todos se movieron al compás. Valentín dio dos pasitos al costado y al estabilizarse se dio cuenta que el agarre de Nico había cambiado.

Para peor.

Ahora tenía una de sus manos aferrada a su muslo izquierdo y la otra contra su regazo, con la chota presionando desde atrás con más insistencia, como si fuera a agujerearle el pantalón. La vergüenza le hizo hervir las orejas.

—¿Me estás cargando, Nicolás? —siseó escandalizado, tratando sin éxito de zafarse del otro—. No necesito que me la sostengas, ¿sabes?

—A mí tampoco me divierte esto—murmuró Nico inesperadamente contra su oreja y Valentín sintió un tirón de sorpresa en el pecho. El hijo de puta tenía una voz espectacular. Lo que no aligeraba para nada la tensión que repentinamente empezaba a escalar—Pero al menos así no quedas como un pervertido.

—Sí, como vos, ¿no?

Esta vez Nico no retrucó nada y a Valentín tampoco se le ocurrió algo para agregar. ¿Qué podía decir si igual no estaban haciendo nada de eso a propósito? Más que sumar incomodidad al asunto, no iba a lograr.

Pero no podía evitar pensar que el tacto se sentía raro. No incómodo exactamente, pero tampoco algo que pudiera pasar por alto. Todo bien con Nico, pero ellos no eran precisamente el tipo de amigos físicos que se daban chirlos o abrazos. No llevaban ese tipo de dinámica e incluso si lo hicieran, esto distaba cinco pueblos de verse como algo fraternal por mucho que quisiera dibujarlo.

Simplemente no daba.

Por unos agónicos minutos, se quedaron en esa posición, apenas respirando, y rogando internamente que el tren se vaciara un poco.

Y en parte, así fue. Al bajarse la gente en la siguiente estación, Valentín pudo pararse normal. Pero el vagón volvió a llenarse enseguida y para su sorpresa, Nico lo giró para que quedaran frente a frente; esta vez con una mano agarrándole el culo y la pija aplastada contra su muslo.

—Pero la reputa madre, gallego. ¿Esto es necesario, boludo? —se quejó el colorado contra su hombro, con las manos apoyadas nerviosamente en la cintura del más alto y el pecho pegado al otro. Ahora si no la remaba con nada.

—Aguantá un poquito, solo falta una parada más. Creo.

—Seguimos hablando del tren, ¿no? —masculló de mala gana, sintiendo por completo la pija de Nico meciéndose contra él a la par del vagón y la gente. Qué manía tenía de repente de andar apoyándolo. Donde se le parara le iba a meter un buen rodillazo.

Nico chasqueó la lengua y le dio una nalgada rápida que tensó al más bajo como un cable pelado.

—¿Qué mierda haces, pajero?

—Te doy un correctivo.

—En la chota date un correctivo, que bastante contenta la tenés conmigo.

—Y si te la pasaste frotándote contra ella ¿qué esperabas que sucediera?

Valentín le dio un manotazo en la cadera, completamente escandalizado.

—Cerra el orto, pelotudo—siseó entre dientes, viendo si alguien más lo había escuchado. Pero todos parecían estar tan incómodos como ellos aunque por motivos seguramente más inocentes, y no estaban al tanto de que ellos hacían—. Ya te estás tomando demasiada confianza.

—Estoy cuidándote, Valen—murmuró nuevamente contra su oído, dándole un apretón en el culo y pegándolo aún más a su cuerpo. Valentín se arqueó sorprendido, siseando una puteada con la cara en llamas.Trató de separarse del otro, pero Nico lo tenía bien agarrado, soportando el traqueteo y el peso del más bajo sujetándose al caño con una sola mano—.Tenés un flaco casi montado atrás tuyo, fregandome la pija en la mano. Así que muchas opciones no tenes acá: o te la clavó yo de frente o lo hace él por atrás. Vos fijate que te conviene más.

Valentín frunció el ceño, estremeciéndose de puro desagrado ante la perspectiva. Ni siquiera pensó en comprobar si era verdad lo que el rubio decía porque sabía que no le mentiría con algo así. Aunque eso no aligeraba el asunto: seguía teniendo a Nico apretandole el orto como si fuera lo más normal del mundo.

—Pero si estás tan incómodo conmigo, saco la mano y listo—agregó al notar que se quedaba callado. Valentín se alarmó cuando sintió que la mano del rubio se deslizaba de su cuerpo, con intención de soltarlo.

—No…—murmuró resignado, aferrándose a su cintura, con la cara apretada a la tela suave de su buzo azul marino. La verdad que si no tenía más opciones prefería dejar que Nico lo siguiera apretando antes que permitir que un chabón cualquiera lo anduviera apoyando.

—No te escucho, Valen.

Valentín cerró los ojos un segundo, enojado y avergonzado. Nico estaba jugando con su paciencia de un modo…

—Dios, cómo te odio.

—¿Entonces la saco?

Levantó la cabeza y frunció el ceño, ya cansado de tanto boludeo. Nico tenía una pequeña sonrisa en los labios, al parecer complacido con su malhumor. Sus ojos verdes, oscurecidos por algún motivo externo o interno, parecían bastante contentos.

Valentín recién entonces se dio cuenta, después de tantos años de conocerse, que el rubio podía ser bastante bolacero. Bien decían que los callados son los peores.

—No, no saques la mano.

La sonrisa de Nico se ensanchó un poco y Valentín volvió a esconderse en la prenda ajena, derrotado, dispuesto a fingir que esa situación no estaba pasando.

Pero al parecer Nico tampoco pensaba colaborar con eso.

Tras unos minutos de relativa calma para la posición en la que se encontraban, el gallego le levantó la nalga izquierda con la mano, como si probara el peso de una manzana. Valentín lo fulminó con la mirada, indignado.

—¿La podés cortar, boludo? No sé qué te pensás ya, que estás en la verdulería que me manoseas tanto.

—Es que no me estabas escuchando—se excusó, sin desviar la mirada. Ni se molestó en disimular que la situación lo divertía bastante—. Te pregunté por cuál puerta tenemos que bajarnos.

—La que está atrás tuyo. ¿Qué, ya llegamos? —preguntó Valentín esperanzado, tratando de mirar el recorrido por encima de Nico. Pero de ese lado las luces del mapa no servían. Excelente servicio, como siempre.

—Esta no, la siguiente. Manda un mensaje al grupo de que estamos por bajar.

—Y cómo mierda hago eso, si tengo el celular dentro de la campera.

—No sé, yo tengo las manos llenas—le dio otro apretón para molestarlo y Valentin apretó los labios. Bueno. Ya se estaba dejando boludear demasiado. Le tocaba activar.

—se nota que lo estás disfrutando—masculló con la mirada fija en el cuello de Nico para que la conciencia no lo amedrentara. Serpenteó sus manos por la cintura del más alto, quien se sobresaltó al sentir el contacto.

Ahí va queriendo, pensó con una sonrisa de medio lado.

Valentín subió con maldad y lentitud por el estómago que se sentía bien marcado por encima del buzo hasta hacerse un espacio entre sus cuerpos, para poder bajar su propio cierre y sacar su celular.

De reojo, el colorado vio el momento exacto en que el rubio tragó saliva y él lo imitó sin querer, repentinamente avergonzado de lo que había hecho.

Donde le saliera el tiro por la culata…

Acalorado pero dispuesto a fingir que tenía el control de todo, se metió al grupo de whatsapp que tenían con los chicos e inició un audio para entretenerse con algo.

—Che, con Nico ya estamos por bajar en la estación. Podrían coparse y venir a buscarnos en el auto ¿no? Hace más de media hora que estamos viajando como ganado.

Medio torcido y bizqueando, Valentín se aseguró de que el mensaje se hubiera enviado y volvió a guardarlo sin esperar a que le respondieran. Al levantar la cabeza notó que el rubio no lo estaba mirando y que ya no parecía tan canchero como antes.

De hecho estaba un poco ruborizado, con el ceño fruncido y mordisqueándose nerviosamente los labios. Parecía algo agitado y Valentín, victorioso, se rió por dentro.

A bancarse el vuelto, papá.

El tren volvió a sacudirse, próximo a una nueva parada. Por inercia, deslizó las manos por el pecho del otro hasta sus caderas y el gallego le clavó la mirada de lleno, sorprendido de que se repitiera el franeleo. Valentín también se quedó desconcertado por su propio movimiento, como si sus manos no le hubieran pedido permiso para hacer eso.

Pero lo que más lo descolocó fue darse cuenta que estaban con las caras muy cerca y de lo grandes que eran sus pupilas, llenas de apuro y desconcierto. Increíblemente, parecían estar pensando lo mismo:

¿Qué mierda estaban haciendo?

Las puertas se abrieron y ambos se estremecieron por el viento. La gente empezó a dispersarse hacia la salida, dándoles por fin un poco más de espacio, y el colorado aprovechó el vacío para ser esta vez él quien acomodara al otro a su antojo: lo hizo retroceder de espaldas y dar un giro medio raro que dejó a Nico casi sentado entre la puerta de la derecha y la mampara. Al fin se había liberado de su agarre.

Pero como no podía ser de otra forma, el triunfo le duró poco.

Se subió una nueva tanda de pasajeros y a base de empujones Valentín cayó de lleno en el regazo del rubio, que no dudó en sostenerlo para que se quedara quieto. En cierta forma también lo hizo para que las personas no se lo llevaran puesto. Pero lejos de sentirse agradecido con el gesto, Valentín se sintió muy, muy frustrado.

Claramente hoy no era su puto día.

—Dios, afloja un poco, loco—aulló harto, frotándose la cara con las manos, ya sin siquiera intentar separarse. La situación era exasperantemente ridícula; parecía que tenían un imán en el culo y la pija. Lo único medianamente positivo de esto era que iban a poder salir rápido y que los pelotudos que los rodeaban les estaban dando la espalda, completamente ajenos a ellos. Aunque a esta altura ya ni esos detallitos le servían de consuelo. Tenía la dignidad completamente por el suelo.

Enervado, se acomodó toscamente sobre el bulto ajeno tratando de no resbalarse y Nico aspiró aire entre dientes. A pesar de estar sujetándolo por encima de la ropa, el colorado se dio cuenta enseguida que al otro le temblaban un poco las manos.

—Che, mostrá un poco más de respeto—murmuró Nico contra su cuello y Valentín se erizó de la bronca y los nervios.

—¿Vos me vas a hablar de respeto, hijo de puta? Si estuviste tod…—se cortó a la mitad de la frase cuando sintió al rubio bajar las manos por su cuerpo, delineando la curva de su pelvis por encima del jean— ¿Dónde carajos me estás tocando?

—Acá—puntualizó apretando con todos los dedos la unión entre los muslos y la cadera, para que no le cabiera la menor duda.

Valentín se dobló instintivamente hacia delante, mordiéndose los labios mientras tragaba saliva con esfuerzo. El hormigueo que se le instaló en el vientre fue intenso.

Confundido por la traición de su propio cuerpo, clavó las uñas en las manos del más alto, tratando de frenarlo. Pero Nico siguió amasando la zona, inmutable, abriendo un poco las piernas para encajar al otro entre ellas.

Valentín se removió apenas en el lugar, nervioso, demasiado consciente de que el bulto debajo de él crecía a la par del suyo. Esto ya distaba mucho de ser un simple chicaneo. Estaban cruzando una línea peligrosa y su sentido común protestó a grito pelado por la pasividad con la que lo estaba permitiendo.

—Basta, Nico—consiguió decir entre dientes mirándolo de costado, más suplicante que autoritario.

Nico tensó su agarre al oírlo, buscando sus ojos para ver qué pasaba. Valentín tuvo que obligarse a sostenerle la mirada.

El rubio le dio una tregua de apenas unos segundos para respirar, como si le estuviera dando la oportunidad de decir algo más. Esos ojos verdes, pesados y analíticos, saltaban de sus ojos a sus labios, esperando. Pero Valentín no sabía qué decirle y el escrutinio no lo ayudaba en lo más mínimo.

Tenía la mente llena de ruido blanco. Estaba pasando demasiado y él no podía hilar un pensamiento decente. Su atención estaba estancada en sus pantalones, que apenas les daban algo resguardo de todo contacto; en el contorno de la pija de Nico presionando desde abajo; en el calor que desprendían sus manos, subiendo por cada rincón de su cuerpo…

No quería que parara. Pero no tenía el valor para decirlo en voz alta. Así que optó por recargarse contra su pecho y girar apenas la cabeza hacia él, esperando a que el rubio lo entendiera.

Y Nico lo hizo.

Con inesperada soltura presionó las palmas hacia abajo para abarcar más espacio, relamiéndose los labios y retomando sus caricias con menos sutileza que antes, apretando con bastante fuerza, seguramente envalentonado porque ya no veía en el colorado intención alguna de frenarlo.

Le iba a dejar unas buenas marcas y Valentín se avergonzó de lo mucho que le gustó la idea y el maltrato. Nadie le había dado tanta atención a esa zona antes y cuando el otro le abrió un poco más las piernas para poder pellizcar una buena porción de las caras internas, soltó un pequeño gimoteo que rebotó en la boca del más alto. Las pupilas de Nico se contrajeron al sentirlo y Valentín, fascinado con el detalle, se incendió por completo.

—Próxima estación...

Las puertas chirriaron y la burbuja que los envolvía explotó de frío. Habían llegado a su destino.

La súbita realidad le sacudió el pecho. Sin siquiera pensarlo, Valentín salió disparado hacía el exterior, tropezándose con todo el que se le cruzaba en el camino. Se comió más de una puteada, pero no le importó. Se escabulló entre la muchedumbre hasta que salió del andén, sintiendo que se le reventaría el corazón en cualquier momento.

Desorientado, miró a su alrededor, sin saber qué hacer. Se sentía pérdido, mareado, descolocado. Y caliente. Culposamente caliente.

Se revolvió los rizos colorados, respirando hondo para tratar de calmarse. Todavía sentía las manos de Nico apretándole la piel, el calor de su pecho apoyado contra su espalda, su aliento de menta rozándole el cuello y la oreja.

¿Cómo iba a hacer para volver a mirarlo a la cara después de todo eso?

—¡Colo!... ¡Che, Valen!

Valentín pegó un brinco. Giró sobre sí mismo y escaneó su alrededor, embotado, hasta que pudo enfocar a la dupla que le hacía señas al otro lado de la calle.

Julián y Enzo habían ido a buscarlos. Al menos en algo Dios le había hecho caso.

—¿Qué haces ahí solo, paspado?—gritó Enzo, acercándose a la par de Juli con un par de bolsas negras en las manos. Al parecer habían ido a un chino— ¿Y el gallego?

—Ahí viene—dijo Julián apuntado a Nico que se acercaba lentamente a ellos, moviendo la cabeza ligeramente, a modo de saludo. Parecía bastante tranquilo con el mundo y Valentín frunció el ceño al notarlo. No sabía qué esperaba encontrar en su cara, pero definitivamente no era eso. Quizás una señal de que también estaba afectado por lo que hicieron, que estaba tan perdido como él. Pero Nico solo parecía... Nico.

Y no saber si eso era bueno o malo, lo puso peor.

—Fuaa boludo, están re colorados los dos—comentó el castaño arqueando las cejas, una vez estuvieron los cuatro juntos bajo los postes de luz. Valentín desvió la mirada, fingiendo estar ocupado en recuperar su celular del bolsillo interno de la campera. Trató de no abrirla demasiado para que no se notara…algo.

—Es que había mucha gente en el tren—se excusó el rubio, sin mirar a ninguno. No era nada raro que Nico no mirara a alguien a la cara, pero Valentín se sintió zarpado, como si la evasiva en ambos fuera demasiado evidente. El ambiente entre ellos era tenso y el más bajo de los presentes rogó porque sus dos amigos no se dieran cuenta de ello.

—Y sí a ustedes solos se les ocurre venir en tren a esta hora, qué querés también—se burló Enzo, agarrando con una sola mano las bolsas. Metió la mano libre en el bolsillo trasero de su pantalón y le pasó las llaves del auto al cordobés—. Tomá, te toca manejar, Juli.

El nombrado hizo una mueca pero igual aceptó las llaves. No hacía mucho que le habían habilitado el registro y todavía no se sentía muy seguro manejando con gente.

—Bueno. Pero no quiero opiniones sobre cómo manejo, eh. Al primero que me diga A, lo bajó en medio de la ruta, ¿estamos?

—Nadie te va a decir nada, boludo. Dale, vamos que estoy cagado de hambre—se quejó el morocho, rodeando los hombros del castaño con un brazo para que caminara. A tropezones se alejaron calle abajo charlando sobre algo de lo que compraron, dejando a los otros dos atrás.

El silencio fue áspero. El corazón de Valentín se apretó al darse cuenta que Nico no se movía. De hecho, lo estaba mirando de reojo, como si quisiera decirle algo.

Pero él no quería escucharlo.

Apenas vio el amague de su boca para abrirse, desvió la mirada y metió el celular y las manos heladas dentro de los bolsillos de la campera, estirándola adrede para cubrirse la entrepierna. Ceñudo, se alejó de la escena sin fijarse si el otro lo seguía y trató de incorporarse a la charla de sus amigos, que discutían sobre lo caro que les había salido la birra.

Lo mejor que podían hacer esa noche era fingir demencia.

 

 

 

 



 

Notes:

Bue, re calienta pavas soy. Es que tengo cositas de Nico, perdón :P
Che, tema aparte. Me hice un twitter porque me dijeron que ahí tendría inspiración para continuar un fic y nada, voy al tun tun porque no entiendo una goma, pero ya encontré buenas migajas así que si quieren colaborar para que consiga formar un pan o que escriba algo en especial, síganme: @SometimesImBel ;D
(sí ya sé, dije que estoy jodida con los parciales, pero yo pienso en escribir más fics. Es la histeria y los nervios, no me juzguen muy fuerte🥺)
Así que bueno, eso. Por ahora esto va a ser una parte única, pero capaz le haga una continuación. Veremos, veremos ~ Dependerá de si les gustó o no ;)
Les deseo un buen finde y una excelente semana. Espero volver pronto. Besitos en los cachetes 💋💋💋
Osito del Conurbano.