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La trampa más bonita.

Summary:

Para salvar a su familia de la quiebra, Armando es obligado a casarse con el heredero de sus peores enemigos. Convencido de que entra a una prisión de oro junto a un chico que parece odiarlo, Armando levanta un muro de hielo desde el primer día. Lo que no sabe es que la convivencia diaria, las noches de tormenta y los pequeños detalles cambiarán todo... y que Brian guarda un secreto sobre el día en que firmaron ese contrato.

Notes:

día 2 de la #GutimigaWeek, me la estoy pasando chicles bomba de vdd, como quiero a mi Brimiga🤍🤏🏻

yo solo quiero amar y ser amada *suspira*

dedicado a mi lex, porque volvió<333 @br1exi

Work Text:

El sol de la tarde caía con un peso enorme sobre la oficina principal de la residencia González. El espacio olía a humedad, tabaco y al rancio perfume de su padre, aristocracia pura. Armando permanecía de pie frente al enorme escritorio de cedro, con las manos hundidas en los bolsillos de sus pantalones y una mueca de incredulidad que poco a poco se transformaba en pura rabia.

—Dime que es una broma de pésimo gusto, papá —soltó Armando, sintiendo cómo un alambre de púas del enojo le apretaba la garganta—. Por favor, dime que me trajiste a este despacho solo para probar mi paciencia y no está diciendo semejante tontería. 

Don Armando ni siquiera levantó la vista de los estados de cuenta que repasaba con un bolígrafo, no tenía porque darle tanta importancia a su hijo. Tenía las ojeras marcadas como huecos profundos y la piel grisácea de un hombre que ha gastado la mitad de su vida fingiendo una fortuna que ya no existe.

—No tengo tiempo para tus berrinches, Armando —respondió la voz rasposa de su padre, fría y sin un atisbo de duda—. La situación de la distribuidora es insostenible. Las inversiones en energía fueron un desastre total y si no logramos meter capital fresco antes del próximo trimestre, el banco nos va a embargar hasta el apellido.

—¿Y tu brillante solución es venderme? —Armando dio un paso hacia el escritorio, golpeando la madera con la palma de la mano—. ¡Me estás pidiendo que me case por conveniencia papá! ¿Cómo en el siglo diecinueve? Es 2026, no puede ser que esto esté pasando. ¿Con quién, ah? ¿Con alguna heredera mimada que ni conozco? Estás pero si bien loco. 

—Con un Gutiérrez —dijo el viejo, alzando por fin la mirada. Sus ojos, apagados y fríos, no mostraron la menor vacilación—. Con Brian Gutiérrez, para ser exactos.

El aire en la habitación pareció congelarse al instante. Armando sintió un latigazo de incredulidad en las entrañas.

—¿Qué chingados? —susurró, con la voz temblando por la rabia—. ¿Con el hijo de Luis Gutiérrez? ¿El mismo miserable que arruinó las empresas de la familia de mi mamá? ¿El tipo que se pasó diez años intentando hundirnos en la bolsa? ¡¿Me estás pidiendo que me ate al enemigo, papá?! ¡No mames, es una humillación! Ni en mi peor momento me iría con ese wey, así que vas buscando otra opción si quieres que te ayude. 

—¡Mide tus palabras, Armando! —gritó Don Armando, poniéndose de pie con torpeza—. ¡Ese "miserable", como lo llamas, es el único hombre en esta ciudad con la liquidez suficiente para saldar nuestras deudas en dólares! La firma del acuerdo de fusión matrimonial ya está redactada, así que no puedes decir que no. Los abogados de Don Luis ya dieron el visto bueno, esta tarde nos reuniremos todos para cerrar el trato. 

—¡Me vale verga la liquidez de ese viejo puñetas! —escupió Armando, apretando los puños al grado de clavarse las uñas en la palma—. No voy a vender mi vida para tapar tus malos negocios, vete buscando a otro pendejo.

—No tienes opción —sentenció su padre, bajando el tono a un murmullo helado que caló más profundo que cualquier grito—. Si no firmas, hoy mismo saco tus pertenencias de esta casa, congelo tus cuentas fideicomisarias y dejo que la demanda por fraude contra la liquidadora caiga directamente a tu nombre. Tú decides, Armando; o te pones un traje elegante y caminas al altar como el hijo tranquilo que se supone que eres, o terminas en la calle y con una orden de aprehensión encima de ti antes del viernes.

Armando se quedó petrificado en medio de la oficina. El tic-tac del reloj de pared sonaba como el conteo regresivo de lo que sería su muerte lenta y dolorosa. Vio a su padre, no había amor en esos ojos, solo el instinto de supervivencia de un hombre acorralado.

—Son unos malditos monstruos —murmuró Armando, dando un paso atrás hacia la puerta, sintiendo que el techo se le venía encima—. Todos ustedes, tanto los González y esos malditos Gutiérrez, se pueden ir yendo mucho al carajo.

Salió azotando la puerta de roble con una fuerza que hizo vibrar los ventanales de la casa. Mientras caminaba a tientas por el pasillo iluminado solamente por la poca luz que entraba a través de las cortinas, Armando supo que su libertad acababa de ser subastada al mejor postor.

 


 

En la habitación nupcial del exclusivo Hotel Dreams Vista se olía una mezcla sofocante de peonías blancas recién cortadas, algún aromatizante exótico y el costosísimo champán Dom Pérignon que el señor Luis Gutiérrez mandaba a servir por cajas. Brian llevaba diez minutos peleando contra el nudo de su corbata, sintiendo que la tela fina le estrangulaba la yugular con la fuerza de una serpiente.

—Dios, I literally can't breathe, bro... —murmuró Brian frente al espejo, pasándose una mano por el cabello impecablemente peinado—. Siento que me estoy metiendo directo a una trampa. This is crazy, like... totally insane.

Detrás de él, recostado sobre un sofá de terciopelo azul, Jordan jugaba con el cuello de la camisa de Diego. Diego, con la mano posada amorosamente sobre el muslo de Jordan, acariciaba la tela del pantalón de su novio mientras observaba el colapso nervioso de su mejor amigo.

—Pásate el champán, amor —le dijo Jordan a Diego, dándole un suave beso en la mejilla antes de tomar la copa que su novio le tendía—. A ver, Brian, relájate un chingo que pareces un gatito asustado a punto de que lo metan a bañar.

—¿Cómo quieres que me relaje, Jordan? —estalló Brian, girándose hacia la pareja con los ojos muy abiertos por el pánico—. ¡Me voy a casar en veinte minutos! With a guy who literally hates me! O sea, Armando me ve como si yo fuera la peste personificada. En las tres reuniones previas que tuvimos con los abogados, el tipo ni siquiera me dirigió la palabra. Se la pasó haciendo garabatos en su libreta con cara de que quería prenderle fuego a la sala.

Diego soltó una risita baja, apretando la cintura de Jordan para atraerlo más hacia él.

—Bueno, hay que admitir que el cabrón es temperamental, mi estimado Brian —dijo Diego con tono pausado—. Pero piénsalo como lo que es, solo un trato de negocios. Una alianza estratégica entre dos familias. No tienes que atarte a su alma, solo compartir un par de fotos para la prensa y salvar las finanzas de tu viejo, nada que no hayas hecho antes. 

—Easy for you to say! —protestó Brian, cruzándose de brazos mientras caminaba de un lado a otro sobre la alfombra—. Ustedes dos están súper enamorados, living the dream, haciendo match con los trajes y la madre. Y yo voy a quedar encadenado a un tipo que piensa que soy un pendejo consentido y frío. It's so unfair, neta.

Jordan se levantó del regazo de Diego, acomodándose la solapa del saco, y caminó hacia Brian para sujetarlo firmemente por los hombros.

—A ver, para bien la oreja wey y escucha lo que te voy a decir—dijo Jordan, mirándolo fijamente—. Armando González puede ser todo lo neurótico y orgulloso que quieras, pero feo no es. El vato parece salido de un catálogo de moda. Cuerpo de ensueño, unos ojos que te cagas... Es bastante caliente si me lo preguntas, tienes que admitirlo. 

Brian sintió que un rubor abrasador le subía desde el cuello hasta las orejas al escuchar las palabras de Jordan. Evitó la mirada de su amigo y bajó la cabeza, ajustándose los puños de la camisa.

—Eso no importa, Jordan —murmuró Brian, bajo y rápido—. Da igual cómo se vea, aquí lo único que sé es que mis padres me metieron en este acuerdo absurdamente tonto, y yo... bueno, terminé aceptando esto. Pero no puedo quitarme de encima la idea de que metí la cabeza en la guillotina, me lleve a mi muerte. 

—Bueno, si el novio se pone difícil en la luna de miel, nos echas una llamada y enviamos un comando de rescate —bromeó Diego desde el sofá, guiñándole un ojo a Jordan—. Aunque presiento que ese tipo tiene más cara de perro que ladra que de perro que muerde.

—I hope so, bro... I really hope so —suspiró Brian, contemplándose una última vez en el espejo. El nudo de la corbata seguía apretado, pero la marcha nupcial ya empezaba a resonar sutilmente desde el gran salón del hotel.

La ceremonia religiosa fue un despliegue obsceno de lujo e hipocresía. Decenas de orquídeas blancas importadas de Holanda cubrían los altares de la capilla privada, mientras fotógrafos de la prensa capturaban cada parpadeo de la "Boda del Año", vaya mierda si lo pensaba bien. 

Armando permaneció junto al altar con la espalda tan rígida como una barra de acero. Cuando Brian apareció justo al fondo del pasillo, acompañado por su padre, una extraña opresión le atravesó el pecho a Armando. Había que reconocerlo, aunque le doliera hasta el último hueso; el hijo de los Gutiérrez se veía ridículamente bien. Llevaba un esmoquin de corte italiano color azul medianoche que resaltaba sus ojos, hombros anchos y su postura elegante. Sin embargo, lo que descolocó a Armando no fue el traje, sino la mirada de Brian; pues bajo esa fachada de heredero perfecto, sus ojos mostraban un pánico sutil, una vulnerabilidad profunda que intentaba ocultar desesperadamente tras una sonrisa practicada. Era como si Armando se estuviera viendo al espejo. 

Durante el intercambio de votos, la tensión entre ambos era tan densa que se podía cortar con un bisturí. Cuando el sacerdote pronunció las palabras finales y les dio la orden de sellar la unión con un beso, Armando sintió que el mundo se detenía.

Se acercó a Brian despacio, sintiendo el aroma sutil cítrico que emanaba del chico. Le tomó el rostro con la yema de los dedos, con una caricia obligada para las cámaras, y rozó sus labios con los de Brian en un contacto helado, rápido, brevísimo, que duró apenas un segundo. Sin embargo, el calor de la boca de Brian pareció dejar una marca de fuego en los labios de Armando, un choque eléctrico que ambos disimularon volteando de inmediato hacia los invitados para recibir una lluvia de aplausos falsos.

—Felicidades, darling —murmuró Brian entre dientes mientras sonreía a las cámaras que no dejaban de destellar.

—Ahórrate la actuación, Gutiérrez —le devolvió Armando con voz entrecortada, manteniendo la mirada congelada en la multitud—. Las luces se apagan en cuanto salgamos de este circo.

 



El departamento en la zona residencial de Polanco era impresionante, era un pent-house de dos niveles con ventanales de piso a techo que ofrecían una vista panorámica de las luces de la Ciudad de México. El diseño interior era la cúspide del minimalismo moderno: tonos grises, mármol blanco, muebles de diseñador y un silencio abrumador que cayó sobre ellos en cuanto se cerró la puerta principal y se encontraron completamente solos.

Armando fue el primero en quitarse el saco del esmoquin. Lo arrojó sin el menor cuidado sobre uno de los sillones de piel y se desabrochó los dos primeros botones de la camisa, inhalando profundamente, sentía que se ahogaba. 

—Bienvenido a nuestra lujosa jaula de oro —dijo Armando, con la voz cargada de un sarcasmo amargo mientras caminaba hacia la barra de la cocina—. Si quieres el cuarto principal, puedes quedártelo. Yo me acomodo en el de visitas.

Brian, que terminaba de quitarse los zapatos con cansancio, se detuvo a mitad de la estancia y lo miró con el ceño fruncido.

—No tienes que actuar tan a la defensiva todo el tiempo, Armando —dijo Brian, hablando con una voz mucho más suave y fatigada de la que había usado durante toda la recepción—. Nadie nos está grabando aquí. No cameras, no parents.

—Actúo como se me da la gana —respondió Armando, sirviéndose un vaso de agua mineral con hielo—. Tú y tu familia lograron lo que querían. Limpiaron el nombre de su apellido a costa de mi libertad, así que espero que estés satisfecho.

Brian soltó una risa seca, sin un gramo de alegría.

—¿Satisfecho? —repitió Brian, dando unos pasos hacia la barra—. ¿Tú de verdad crees que esto era mi sueño más grande? ¿Piensas que mi plan de vida era casarme por la fuerza a los veintitrés años con alguien que me odia a muerte? You think I wanted this?

—Pues parece que no te costó ningún trabajo firmar el puto contrato —escupió Armando, encarándolo—. Tu papá nos tiene acorralados.

—¡Yo no elegí esto, Armando! —alzó Brian la voz por primera vez, sorprendiéndolo—. Mi papá me puso las mismas cartas sobre la mesa que el tuyo te puso a ti. Me dijo que era la única forma de evitar un colapso en la bolsa que dejaría sin trabajo a miles de familias en nuestras empresas. Así que no me vengas a poner como el villano de esta película, porque los dos somos exactamente los mismos peones en este juego de ajedrez.

Armando apretó el vaso de vidrio con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos. Abrió la boca para soltar un contraataque, pero al fijarse en la cara de Brian, la voz se le atravesó en la garganta. El chico se veía genuinamente agotado, con sombras oscuras bajo los ojos y los hombros caídos por el peso de todo lo que había pasado en el día.

Sin decir una sola palabra más, Armando dio media vuelta y caminó hacia el pasillo de las habitaciones, azotando la puerta del cuarto de huéspedes al entrar. Brian se quedó solo en la inmensidad de la sala de estar, dejando escapar un largo suspiro que se perdió en la penumbra del departamento.

 



Las primeras tres semanas de convivencia fueron un monumento a la ley del hielo, con maniobras de evasión calculadas. Armando salía del departamento antes de que el sol saliera para encerrarse en las oficinas de la distribuidora, intentando comprender los balances financieros desastrosos que su padre le había heredado. Brian, por su parte, trabajaba a distancia en el diseño de proyectos arquitectónicos para la firma de su familia, convirtiendo la mesa del comedor en un caos de planos, papeles y tazas de café acumuladas.

Casi no se hablaban, a duras penas y coincidían en la cocina por la mañana, solo se decían un "buenos días" seco y monótono. Sin embargo, poco a poco, los pequeños detalles de la convivencia diaria empezaron a agrietar el muro de hielo que los separaba.

Una noche lluviosa de martes, Armando al regresar al departamento pasadas las diez de la noche, venía empapado, con la corbata deshecha y la cabeza a punto de estallarle tras ocho horas continuas de discusiones con auditores. Al entrar a la cocina buscando un vaso de agua, se encontró con una nota escrita con una caligrafía limpia sobre la barra, junto a un tazón humeante de sopa de verduras y un plato con un sándwich caliente de pechuga de pavo.

"Sé que no has comido nada en todo el día porque tu asistente llamó a la oficina de mi papá buscando un documento. Hay cena en el microondas si prefieres calentarla más. Solo no dejes la luz prendida, por favor. 

— B."

Armando se quedó mirando la nota durante un par de minutos, sintiendo una calidez extraña extendiéndose en la parte posterior de su pecho. Miró hacia el pasillo en penumbras que conducía a la habitación de Brian, luego bajó la vista hacia el plato, mordió el sándwich en silencio. Estaba delicioso, lamentablemente. 

Al día siguiente, a las seis de la tarde, Armando pasó por una panadería cerca de su oficina y compró una caja de galletas de almendra con té de lavanda; ya sabía que a Brian le gustaba esa combinación porque había visto las cajas de té en la alacena. Dejó la caja sobre los planos de arquitectura de Brian con una nota ridículamente breve:

"Las compré por error, a ver si te gustan.

— A."

Cuando Armando salió de su habitación a la mañana siguiente, encontró la caja vacía de galletas sobre el estante con un sticker de carita sonriente pegado en la tapa. Sin poder evitarlo, una sonrisa pequeña y torpe se le dibujó en las comisuras de los labios.

El punto de quiebre definitivo llegó un sábado por la tarde a mediados del segundo mes. Una tormenta terrible azotaba la capital, descargando toneladas de agua sobre los cristales del pent-house y haciendo temblar los ventanales con truenos retumbantes.

Armando estaba sentado en el suelo de la sala, rodeado por montañas de carpetas de contabilidad, con las gafas de armazón negro puestas sobre la nariz y una pluma entre los dientes. Se pasó las manos por el rostro, dejando escapar un gemido de pura frustración.

—A este ritmo voy a terminar perdiendo la cabeza... —murmuró para sí mismo.

Brian, que caminaba hacia la cocina con una taza de té de manzanilla, se detuvo a un lado del sillón y observó el desastre de papeles.

—Llevas como seis horas seguidas mirando esos archivos, Armando —dijo Brian con tono suave, inclinándose un poco para ver los balances—. ¿Sigues atorado con la deducción de impuestos de la empresa del norte?

Armando levantó la vista, ajustándose las gafas. Se sentía demasiado cansado para levantar su habitual escudo de orgullo.

—Los contadores de mi papá eran unos incompetentes o unos ladrones, no encuentro otra razón —confesó Armando, suspirando con pesadez—. Nada cuadra y si no entrego este reporte ajustado el lunes, la auditoría externa nos va a congelar la línea de crédito. Y la verdad... no entiendo un carajo de la reestructuración de esto.

Brian se quedó callado un segundo. Luego, para sorpresa de Armando, se dejó caer sobre la alfombra justo a su lado, acomodando las piernas en flor de loto y estirando la mano hacia una de las carpetas.

—A ver, préstame eso —dijo Brian, sacando una pluma de su bolsillo—. Hice un diplomado en finanzas corporativas en Stanford. Déjame ver los números.

—No tienes porque hacer esto, Gutiérrez —dijo Armando, aunque no hizo ningún intento por quitarle la carpeta.

—Ya te dije que te dejes de tonterías —respondió Brian con una sonrisita ligera—. Si te hunden a ti, me hunden a mí también, ¿recuerdas? Somos un equipo, estamos juntos en esto. 

Durante las siguientes cuatro horas, la frialdad del contrato quedó completamente olvidada. Brian le fue explicando a Armando cada renglón de los estados financieros con una paciencia infinita y una claridad asombrosa, usando analogías sencillas y marcando con plumón fluorescente los puntos clave.

Trabajaron hombro con hombro. De pronto, Armando se descubrió observando el perfil de Brian mientras este hablaba concentrado: la forma en que sus pestañas proyectaban sombras sobre sus pómulos, pues las tenía de aguacero, y la manera tan linda en que se mordía el labio cuando intentaba resolver un cálculo difícil.

—...entonces, si pasamos esta deuda a la cartera vencida, el margen de ganancia... —Brian se interrumpió de golpe al darse cuenta de que Armando no estaba mirando los papeles, sino su rostro.

Sus miradas se cruzaron en el aire a escasos centímetros de distancia. La lluvia golpeaba con fuerza los vidrios exteriores, pero dentro del departamento el silencio se volvió cálido, denso y cargado de un magnetismo eléctrico. Armando podía sentir la respiración de Brian rozándole las mejillas. Por primera vez en meses, no había tensión amarga entre ellos; solo una fascinación mutua que les hizo acelerar el pulso.

—¿Qué pasa? —murmuró Brian en un susurro apenas audible, sintiendo cómo se le erizaba la piel.

—Nada... —respondió Armando con voz ronca, sin apartar la mirada de los ojos de Brian—. Solo... gracias. De verdad, eres realmente listo, Brian.

Un tono rosado subió por las mejillas de Brian. Sonrió con timidez, bajando la cabeza hacia los documentos.

—Thanks... Tú tampoco eres tan mal estudiante cuando dejas de gritarme —bromeó Brian, dándole un codazo juguetón en el brazo.

Armando soltó una carcajada limpia, sincera, la primera que Brian le escuchaba desde que se conocieron. El sonido resonó en la sala con una frescura que derribó los últimos escombros de la enemistad entre ambos.

A partir de esa noche de tormenta, las cosas entre ellos cambiaron radicalmente. La barrera invisible que dividía el departamento en dos territorios enemigos se desvaneció. Las cenas solitarias se convirtieron en rutinas compartidas donde ambos cocinaban juntos mientras escuchaban listas de reproducción de jazz o pop en inglés. Armando descubrió que Brian tenía un humor sarcástico pero profundamente dulce, mientras que Brian descubrió que detrás de la fachada dura e inalcanzable de Armando se escondía un chico atento, amante de los perros y capaz de memorizar cómo le gustaba el café a Brian por las mañanas (con leche de almendras y media cucharada de azúcar mascabado).

 



Un viernes por la noche, Jordan y Diego fueron a visitarlos al pent-house para una cena casual de fin de semana.

La escena en la cocina era digna de un cuadro doméstico, pues Armando llevaba un delantal de cocina puesto mientras picaba finamente cebolla y cilantro para unos tacos de arrachera, mientras Brian, sentado en la barra, le servía una copa de vino tinto y le acomodaba un mechón de cabello que le caía sobre la frente.

—Ten cuidado no te vayas a cortar un dedo, babe —dijo Brian con ternura, rozando la mejilla de Armando con los dedos antes de darle un sorbo a su copa.

—Tranquilo, Gutiérrez, sé perfectamente lo que hago —respondió Armando, pero su mirada hacia Brian era tan suave y llena de devoción que Jordan, desde la sala, tuvo que ahogar una risita teatral.

Jordan se inclinó hacia Diego en el sofá, dándole un codazo cariñoso.

—¡Míralos, Diego! —susurró Jordan con los ojos brillantes de emoción—. ¿Te acuerdas de Brian en la habitación del hotel gritando que Armando lo odiaba? Parecen comercial de recién casados de Ikea, neta.  Voy a llorar, te lo juro. 

Diego soltó una carcajada baja, abrazando a Jordan por los hombros y besándole el cuello con ternura.

—Te lo dije, mi amor —dijo Diego, disfrutando del calor del cuerpo de Jordan contra el suyo—. Esos dos estaban destinados a caer el uno por el otro. Solo necesitaban que los encerraran juntos un par de semanas para darse cuenta.

Cuando sirvieron la cena en la terraza, la conversación fluyó entre risas, bromas sobre la época universitaria de Diego y Jordan, y anécdotas de los tres amigos. Durante toda la noche, las manos de Armando y Brian permanecieron entrelazadas por debajo de la mesa. De vez en cuando, Armando buscaba la mirada de Brian y le regalaba una sonrisa pequeña, privada, de esas que solo pertenecían al universo que habían construido juntos en ese departamento.

 


 

Tres meses después de la boda, el otoño pintaba de dorado los árboles de la avenida Reforma. La relación entre Armando y Brian ya no tenía nada de contrato ni de obligación; se había transformado en un amor profundo, constante y abrumador que ninguno de los dos intentaba ocultar.

Una tarde soleada, Armando preparó una sorpresa. Llevó a Brian a un picnic en una zona privada y tranquila del Bosque de Chapultepec, lejos del ruido de los coches y de la mirada de la prensa. Colocaron una manta de cuadros sobre la hierba fresca, rodeados de cestas con fruta, quesos y pan recién horneado.

Brian estaba recostado con la cabeza apoyada sobre el regazo de Armando, cerrando los ojos mientras las manos de Armando jugaban entretejiendo caricias entre sus cabellos.

—Estoy tan feliz, Armando... —murmuró Brian, sintiendo la brisa fresca rozarle el rostro—. A veces me da miedo despertar y darme cuenta de que todo esto fue solo un sueño raro.

Armando se inclinó sobre él, dándole un beso tierno y prolongado en la comisura de los labios, disfrutando del calor suave de la piel de su esposo.

—No es ningún sueño, mi vida —susurró Armando con absoluta sinceridad, mirando los ojos de Brian con un amor desbordante—. Yo era un idiota ciego cuando nos casamos. Pensé que me estaban condenando a la peor de las prisiones, y terminaste siendo lo mejor que me ha pasado en toda la vida. Me enamoré de ti tan despacio que ni me di cuenta cuando ya estaba completamente perdido por ti.

Brian sonrió, sintiendo que el corazón le daba un vuelco de pura dicha. Se incorporó despacio sobre la manta, quedando frente a Armando. Se quedó mirándolo unos segundos, con una chispa de picardía y misterio brillando en la mirada.

—¿Sabes algo, Armando? —dijo Brian en tono confidencial, tomando las manos de Armando entre las suyas—. Te tengo que confesar un secreto que me he guardado desde el primer día.

Armando alzó una ceja, curioso.

—¿Un secreto? A ver, suéltalo, Guti. ¿De qué se trata?

Brian dejó escapar una risita baja y dulce, recordando aquel día en la oficina de su padre.

—El día que nuestros padres organizaron la alianza... mi papá no me obligó a casarme a ciegas —reveló Brian, rozando los pulgares contra los nudillos de Armando—. Antes de redactar los documentos, mi papá me citó en su despacho. Puso sobre el escritorio tres carpetas con las fotos y los expedientes de los tres herederos de las familias aliadas con las que podíamos hacer la fusión.

Armando abrió los ojos de par en par, sorprendido.

—¿Tres carpetas? —preguntó Armando—. Espera... ¿O sea que tú tenías opciones?

—Sí —asintió Brian con una sonrisa luminosa que le iluminó todo el rostro—. Había tres chicos elegibles. Pero cuando abrí la carpeta del centro y vi tu foto... con esa cara de enojado que tenías, esos ojos tan grandes hermosos, ese aire de orgulloso... aparté las otras dos carpetas sin siquiera abrirlas. Le dije a mi papá "He's the one. No quiero a nadie más. Quiero a Armando González."

Armando se quedó helado por un segundo, asimilando la revelación. La comprensión de que Brian lo había elegido a él, desde el primer instante, voluntariamente y sin dudarlo, terminó de derribar cualquier sombra del pasado.

Una risa llena de emoción le brotó del pecho a Armando. Atrajo a Brian hacia sí por la cintura, pegando sus cuerpos sobre la manta de picnic.

—O sea que desde el principio caí en tu trampa, Brian Gutiérrez —dijo Armando con voz suave y enamorada, acariciándole el rostro con absoluta ternura.

—La trampa más bonita de la vida, darling —respondió Brian con un suspiro.

Brian se terminó de acercar y lo besó. Fue un beso lento, dulce y profundo, lleno de la promesa implícita de una vida entera juntos, mientras las hojas del otoño caían suavemente a su alrededor en la tarde perfecta.