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Draco Malfoy y los secretos de Salazar

Summary:

Tras un primer año espantoso y habiéndose convertido en el Lord Black a la escasa edad de once años, Draco Malfoy espera que este nuevo curso sea diferente. Sin embargo, llevar sobre los hombros el inmenso peso del título de su familia ancestral, mientras viste la túnica amarilla de Hufflepuff y lidia con las tensiones que su elección genera en Lucius, no hace más que aumentar la presión sobre él.

Afortunadamente, este año no estará solo. Draco cuenta con la lealtad incondicional de Rolf Scamander, su mejor amigo y protector dentro de la casa del tejón, además del valioso apoyo de Theodore Nott y Neville Longbottom.

Entre la sombra constante de su herencia, las miradas inquisitivas de Hermione Granger y Harry Potter, y los oscuros eventos que amenazan a Hogwarts, el joven Lord deberá demostrar si la astucia y el honor de la Casa Black pueden florecer en el lugar menos esperado. Todo esto mientras desentraña un antiguo misterio: el hallazgo de una estancia privada que perteneció al mismísimo fundador, Salazar Slytherin.

Chapter 1: 1. Abuelos 

Chapter Text

1. Abuelos

Si alguien le hubiera dicho a Draco Malfoy un par de años atrás que terminaría luciendo una corbata de seda amarilla y negra alrededor de su cuello, probablemente le habría lanzado un Densaugeo o un maleficio mucho más oscuro sin dudarlo un segundo. Sin embargo, al finalizar su primer año vistiendo los colores del tejón, Draco había descubierto con amarga claridad que la lealtad y el trabajo duro no eran simples lemas bienintencionados para idealistas sin ambición, sino una condena autoimpuesta que consumía hasta la última gota de sus fuerzas.

Sus vacaciones de verano, que en el pasado solían ser un desfile indolente de picnics en los jardines y refinadas cenas de gala, se habían transformado en una devastadora y miserable existencia burocrática. Apenas llevaba un mes de vuelta en la Mansión Malfoy y la imponente superficie de caoba de su escritorio personal ya no resultaba visible. Bajo la sofocante penumbra del estudio, una verdadera cordillera de pergaminos amarrados con cordeles de cáñamo amenazaba con derrumbarse a cada lado del tintero. Había contado al menos diez enormes cajas de madera de roble barnizada, con los goznes de bronce verdosos por los años, cada una rebosante hasta el borde con la caótica historia financiera y contractual de la Noble y Ancestral Casa Black.

Como nuevo Lord, el peso aplastante del linaje materno había caído sobre sus hombros con una crueldad francamente desprovista de magia. Descubrió con horror que las finanzas de sus antepasados eran un laberinto de dejadez: existían informes de negocios inmobiliarios en el Callejón Diagon que no se habían auditado desde hacía más de una década, títulos de propiedades olvidadas en la costa sur de Francia que exigían firmas urgentes para no pasar a manos del ministerio galo, y una red de préstamos no cobrados a familias que juraban haber pagado durante la última guerra.

Lo más agotador, sin embargo, era la incesante marea de correspondencia internacional que sobrevolaba el ventanal del estudio a cualquier hora del día. Las lechuzas más exóticas llegaban sin descanso portando pergaminos pesados con sellos de lacre deslumbrantes. Representaban a los linajes mágicos más conservadores de Europa central y a los clanes más opulentos de Asia oriental. Todos buscaban exactamente lo mismo: una audiencia privada antes del otoño, una declaración formal de intenciones políticas o, al menos, una sutil señal de confirmación de que el joven tejón no solo sabía vestirse con la insignia de Hufflepuff, sino también manejar con puño de hierro el abismal océano de oro que ahora custodiaba en las cámaras más profundas de Gringotts.

A pesar de la monotonía que amenazaba con adormecerlo entre cifras y fechas antiguas, Draco no estaba librando esta batalla burocrática del todo solo. A su lado, la silueta pulcra y elegante de Lucius Malfoy se movía con una pausada serenidad por la habitación. Su padre, despojado de los antiguos aires de grandilocuencia y portando ahora una resignación mucho más pragmática, se había dedicado a asistirlo minuciosamente. Con la caña de su bastón o con movimientos limpios de las manos, Lucius se encargaba de clasificar los expedientes por años, separar los contratos vencidos de los vigentes y sellar las copias que debían guardarse en la bóveda familiar. Era una colaboración silenciosa y constante; Lucius filtraba lo trivial para que Draco pudiera concentrarse en las decisiones cruciales, actuando no solo como un padre, sino como el consejero más meticuloso que el joven Lord pudiera desear.

Por su parte, Narcissa casi no pisaba la casa durante el día. Como representante legal y albacea provisional de la Casa Black hasta que Draco alcanzara la mayoría de edad institucional, su agenda estaba enteramente absorbida por el Ministerio de Magia. Se pasaba las jornadas enteras atrapada en tediosas reuniones de comité, sesiones del Wizengamot y negociaciones con los abogados del Departamento de Asuntos Financieros Mágicos. Cada tarde, al regresar al estudio con el rostro exhausto pero la postura impecable, solo le daba a su hijo un resumen breve y directo de los avances legales y los acuerdos alcanzados entre los pasillos ministeriales. Draco escuchaba las palabras de su madre como un eco distante mientras mantenía la atención fija en el trabajo frente a él.

Mientras la voz firme de Narcissa detallaba los vericuetos de la última ley de sucesiones en el fondo del estudio, las manos de Draco trabajaban con cuidado para desembalar una pesada caja de madera oscura barnizada que acababa de ser entregada desde el extranjero. Provenía de una influyente y aristocrática familia del continente americano que buscaba concretar una alianza comercial y política a largo plazo con los Black. Al retirar la tapa, no solo aparecieron los esperados pergaminos redactados en un inglés técnico y elaborado, sino también una minuciosa selección de obsequios y artefactos tradicionales pensados para deslumbrarlo. Intentaban convencerlo apelando al orgullo y a la riqueza de su propia cultura mágica: artefactos tallados en piedras nativas de las cordilleras americanas, plumas de criaturas mágicas autóctonas que despedían destellos dorados y una carta meticulosamente redactada que explicaba la historia y el prestigio de su linaje. Draco examinaba cada objeto y leía las cláusulas de la propuesta sobre el escritorio, sopesando si la ostentosa muestra de respeto de aquella familia del Nuevo Mundo era una propuesta sincera o simplemente una estrategia más para ganar acceso al vasto patrimonio que ahora reposaba bajo sus manos.

Narcissa detuvo en seco su monólogo sobre los magistrados del Wizengamot y dio dos pasos elegantes hacia el frente, mientras Lucius dejaba un legajo sobre la mesa y se inclinaba ligeramente sobre el hombro de su hijo. Los tres Malfoy contemplaron fijamente el contenido de la caja recién abierta, sumidos en un silencio tenso donde solo se escuchaba el crepitar leve de las velas del estudio.

Sobre el terciopelo negro del fondo descansaba un estuche de madera de nogal tallado a mano con runas protectoras desconocidas para la heráldica europea. Lucius extendió su bastón y, con la punta de plata, alzó con delicadeza un medallón de turquesa y plata del Nuevo Mundo que emitía una vibración mística casi imperceptible.

—Típico del orgullo americano —comentó Lucius con un matiz de ironía en la voz, aunque sus ojos grises analizaban la factura del objeto con evidente interés técnico—. Pretenden deslumbrarte con exotismo e historia nativa para que olvides mirar la letra pequeña de los intereses. Un movimiento clásico de las viejas familias del norte.

—Pero no del todo desacertado —intervino Narcissa, acercando una mano pulcra para rozar el pergamino principal, cuyo sello de cera mostraba la insignia de un águila bicéfala sobre un escudo de armas—. Esos clanes controlan las rutas de comercio de ingredientes mágicos en todo su continente. Una alianza formal con la Casa Black les daría el puerto de entrada que necesitan en Europa, y a nosotros nos otorgaría un respaldo financiero que ni el Ministerio ni la banca británica podrían auditar jamás.

Draco alzó la mirada de los documentos y observó a sus padres. Por primera vez en semanas, el cansancio acumulado de las horas de oficina pareció dar paso a una chispa de fría especulación.

—No quieren una simple firma —dijo Draco, señalando una cláusula en la mitad del contrato redactada con una tinta que brillaba ligeramente al contacto con la luz—. Quieren derechos preferenciales sobre los depósitos de las cámaras de Gringotts en Londres a cambio de sus reservas de plata. Es una propuesta audaz.

—Y desesperada —añadió Lucius con una sonrisa apenas perceptible, ajustando sus puños de encaje—. Saben que eres un tejón, Draco. Asumen que la lealtad de tu Casa te hará justo, pero confían en que tu juventud te haga ingenuo.

—Se van a llevar una sorpresa —murmuró Draco, tomando la pluma de águila y comenzando a redactar una contrapropuesta en el margen del borrador—. Mañana mismo les enviaremos una respuesta. Si quieren el sello de los Black, van a tener que pagar el doble de lo que sugieren.

Aunque el destino de las finanzas familiares reposara sobre sus hombros, Draco tenía que admitir para sus adentros que la contabilidad y el papeleo internacional eran insoportablemente aburridos. Había pasado la mayor parte de sus vacaciones atrapado entre aquellas cuatro paredes, redactando dictámenes, respondiendo cláusulas y gastando tinteros enteros en asuntos burocráticos. Lo único que realmente mantenía su mente cuerda durante ese largo y sofocante verano eran las lechuzas que traían correspondencia personal.

Por un lado, estaban las cartas diarios que intercambiaba con Ron Weasley. Lo que había comenzado como una correspondencia casual para mantenerse al tanto de las novedades tras el curso escolar se había convertido en un hábito diario indispensable; hablar con Ron le ofrecía un respiro terrenal y sin pretensiones lejos del protocolo aristocrático. Por el otro, recibía los relatos de Rolf Scamander, su mejor amigo, quien se encontraba de viaje por las áridas tierras de Arabia Saudita junto a sus abuelos y Theo Nott. Las cartas de Rolf eran puro entretenimiento: describía con lujo de detalles los majestuosos paisajes del desierto y se burlaba amistosamente de cómo Theo, acostumbrado al lujo y a la sombra, estaba al borde de las lágrimas cada vez que tenían que hacer largas caminatas bajo el sol abrasador. Tener con quién hablar y reír a través de la distancia era el único oasis de Draco en medio de tanta monotonía.

Esa mañana en particular, Draco había hecho a un lado los pergaminos comerciales para releer la última carta de Ron. El pelirrojo le expresaba con evidente inquietud lo preocupado que estaba por Harry Potter, ya que ni él ni Hermione habían recibido una sola respuesta a sus cartas en semanas, y le pedía a Draco el favor de intentar escribirle para ver si el azabache contestaba. Draco fruncía el ceño mientras sostenía la carta, sopesando la extraña situación de Potter, cuando el sonido de las pesadas puertas del estudio abriéndose de par en par interrumpió sus pensamientos.

Sin previo aviso, hicieron su entrada Cygnus y Druella Black.

A pesar de su avanzada edad y del porte impecable, estricto y sofisticado propio de la altísima sociedad mágica, la presencia de los abuelos maternos de Draco transformó de inmediato la atmósfera del estudio. Conservaban esa distinción natural en cada movimiento —los mantos de seda oscura, las túnicas perfectamente cortadas y una postura erguida que respiraba elegancia ancestral—, pero hacia su nieto mostraban una calidez afectuosa y devota que pocos tenían el privilegio de presenciar.

—¡Mi querido muchacho! —exclamó Druella con una voz suave pero resonante, acercándose a paso ligero para acunar el rostro de Draco entre sus manos enguantadas en encaje y depositar un tierno beso en su mejilla—. Mírate nada más... ¿Acaso tu madre no te deja comer entre tanta montaña de papeles? Estás trabajando demasiado para ser solo un joven en vacaciones.

—Madre, por favor, estamos revisando la auditoría de los activos de la familia —intervino Narcissa con un tono respetuoso pero sorprendido ante la visita inesperada.

Cygnus Black, por su parte, avanzó apoyándose con elegancia en un bastón de empuñadura de plata tallada, dedicándole a Lucius un asentimiento formal antes de inclinarse hacia Draco con una sonrisa afectuosa y arrugada en la comisura de sus labios. Con un gesto pausado, le dio una palmada firme y cariñosa en el hombro al muchacho.

—Déjalos, Druella. El muchacho está aprendiendo a llevar las riendas como un verdadero Black, aunque el Ministerio intente ahogarlo en burocracia —dijo Cygnus con voz grave pero repleta de orgullo, observando la mesa de trabajo—. Sin embargo, coincido con tu abuela. Hemos venido de sorpresa precisamente para librarte un momento de este cautiverio de tinta y pergamino. Ningún Lord de nuestra sangre debe pasar un día de verano sin una pausa adecuada.

Draco, sosteniendo aún disimuladamente la carta de Ron entre sus dedos, miró a sus abuelos con una mezcla de alivio y auténtico afecto. La rigidez de la aristocracia y el afecto familiar se entrelazaban de manera natural en ellos, ofreciéndole justo el descanso que tanto necesitaba entre tanta obligación.

Druella recorrió la habitación con una mirada rápida e instintiva, tan afilada para la etiqueta como amorosa para su familia. Al fijar sus ojos en Narcissa, frunció levemente los labios con esa elegancia severa que solo las grandes matronas de la aristocracia dominaban a la perfección.

—Cissy, por los fundadores... ponte recta, querida —ordenó Druella con un tono suave pero categórico—. El cansancio del Ministerio no es excusa para descuidar la postura. Una dama de tu linaje no camina jamás con los hombros caídos.

Narcissa, tomada por sorpresa, no se había dado cuenta de lo encorvada que estaba tras tantas horas sobre los expedientes legales. De inmediato, con la gracia natural que llevaba en la sangre, enderezó la espalda, echó los hombros hacia atrás y levantó la barbilla con impecable elegancia, recuperando al instante esa compostura imperturbable que la caracterizaba.

Satisfecha con la respuesta de su hija, Druella volvió toda su atención a Draco. Con una sonrisa de absoluta devoción, extendió sus manos enguantadas y aprieto con delicadeza pero con firmeza una de las mejillas de su nieto, haciéndolo sonreír con algo de timidez ante semejante muestra de afecto público.

—Pero miren a mi muchacho... Estás precioso, Draco —exclamó la abuela con la voz llena de ternura—. Cada día te pareces más a mi Cissy cuando era apenas una niña. Tienes exactamente la misma mirada refinada y esa expresión noble que no se puede fabricar con oro.

Cygnus, que observaba la escena apoyado con distinción en la empuñadura de su bastón de plata, dejó escapar una risotada baja y profunda antes de negar levemente con la cabeza.

—Por favor, Druella, no empieces otra vez —intervino el anciano Lord, inclinándose apenas hacia su nieto para mirarlo con un orgullo evidente—. Todos en esta casa, y cualquiera con ojos en el rostro, sabe perfectamente a quién se parece el muchacho. Tienes los rasgos, el temple y hasta la estructura ósea de Regulus. Es idéntico a su tío, no hay forma de negarlo.

—¡De eso nada, Cygnus Black! —protestó Druella al instante, alzando la mano con dramatismo aristocrático para dar por terminada la discusión mientras acariciaba el cabello dorado de Draco—. No tiene absolutamente nada de la terquedad de Regulus. Draco es el retrato hablado de mi Cissy, mi niña hermosa. Posee la misma prestancia y esa elegancia natural que solo heredan los verdaderos elegidos de la familia.

Cygnus dejó escapar una sonrisa de medio lado, arrugando los ojos con esa retranca refinada que solo los magos de más rancia alcurnia sabían desplegar sin perder la elegancia. Miró de reojo a Lucius, quien permanecía impasible a un costado, y dejó ir la pulla con deleite.

—Y en cuanto a ti, Lucius... —soltó Cygnus con un tono burlón y provocador—, me pregunto qué aportaste exactamente a la mezcla. Porque el muchacho no tiene absolutamente nada tuyo. Ni los rasgos, ni la mandíbula, ni un solo rasgo Malfoy visible a simple vista.

Lucius, lejos de ofenderse o perder la compostura, acomodó con parsimonia las mangas de su túnica y esbozó una sonrisa serena, casi complacida.

—Y no me importa en lo absoluto, Cygnus —respondió Lucius con voz pausada y distinguida, mirando a su hijo con un matiz de genuino orgullo—. Sinceramente, estoy encantado de que Draco sea el vivo retrato de Regulus y de Narcissa. No podría haber pedido una mejor herencia para mi único heredero.

Druella asintió con aprobación ante la respuesta de su yerno, dándole la razón con una leve inclinación de cabeza antes de dar un paso al frente para tomar formalmente a Draco del brazo.

—Bien dicho, Lucius. Pero suficiente de hablar de finanzas y genéticas por hoy —declaró la matrona con firmeza incontestable—. Nos llevamos a nuestro nieto. Los dos han tenido a este pobre muchacho enterrado en pergaminos todas sus vacaciones y ya es hora de que respire aire puro. Ustedes dos se encargarán del resto del trabajo esta tarde.

—Druella, con todo respeto, hay tres cajas de correspondencia internacional que requieren la firma urgente de Draco como Lord—objetó Lucius de inmediato, dando un paso adelante con el ceño levemente fruncido por la responsabilidad.

Sin embargo, Cygnus alzó su bastón de plata en el aire, deteniendo las palabras de Lucius en seco con un gesto impecable de autoridad patriarcal.

—Silencio, Lucius —sentenció el anciano Lord con una sonrisa divertida pero que no admitía réplica—. El patrimonio de los Black ha sobrevivido a tres guerras y a un siglo de burocracia; ten por seguro que sobrevivirá a una tarde sin que Draco revise expedientes. Ahora, Narcissa, pon recta la espalda de nuevo, y ustedes dos a trabajar. Nosotros nos llevamos al muchacho.

Draco, mirando la escena con una mezcla de diversión y alivio absoluto, aprovechó para deslizar disimuladamente la carta de Ron en el bolsillo de su túnica mientras sus abuelos lo guiaban triunfalmente hacia la salida del estudio.

El camino fuera del estudio se sintió como una pequeña liberación. Mientras dejaban atrás las pesadas puertas de roble, el ambiente denso y el olor a tinta vieja quedaron sustituidos por la brisa fresca que corría por los pasillos de la gran mansión. Druella mantenía a Draco tomado del brazo con firmeza afectuosa, guiándolo como si temiera que el Ministerio fuera a aparecer en cualquier momento para reclamarlo de vuelta.

—Dime, querido —comenzó Druella, dando un paseo pausado hacia la terraza que daba a los jardines principales—, ¿qué es exactamente lo que te han tenido haciendo todo este tiempo? Ese estudio parecía un calabozo de la Inquisición.

—Auditorías, abuela —respondió Draco con un respiro de alivio, acomodándose la túnica—. Propiedades en la costa de Francia que no se tocaban desde los años setenta, propuestas de alianza de familias de Norteamérica y toneladas de correspondencia internacional. Es insoportable.

Cygnus, que caminaba a su otro lado marcando un ritmo parsimonioso con el golpeteo de su bastón contra el suelo de mármol, dejó escapar una risita seca.

—La gloria de llevar un gran título, mi muchacho. La gente cree que ser el Lord de una Noble y Ancestral Casa consiste en asistir a banquetes y lucir capas costosas, pero en realidad es convertirse en un glorificado contador de galeones. Tu tío Regulus solía aborrecer cada minuto de esa burocracia cuando era joven. Él prefería estar volando o metido en la biblioteca estudiando magia antigua antes que revisar un solo contrato mercantil.

Draco sonrió levemente ante la mención. El nombre de Regulus siempre aparecía envuelto en una especie de mística dentro de la familia, pero escucharlo de sus abuelos lo hacía sentir extrañamente más cercano.

—Por cierto —agregó Druella, deteniéndose justo ante el gran ventanal que daba a la fuente de los pavos reales e inclinando la cabeza con curiosidad—, vi que tenías un pergamino bastante desgastado entre las manos antes de que entráramos. No tenía ningún sello formal ni de cera roja. ¿Es que acaso la diplomacia internacional ahora se envía en papel ordinario?

Draco sintió un ligero vuelco en el estómago y se llevó disimuladamente la mano al bolsillo de la túnica, donde la carta de Ron reposaba doblada. Sabía que sus abuelos, por más afectuosos y permisivos que fueran con él, pertenecían a la más rancia aristocracia de sangre pura; la sola idea de que el Lord Black mantuviera correspondencia diaria con un Weasley podría causar un pequeño terremoto en la etiqueta familiar.

—Ah... eso —improvisó Draco con rapidez, recuperando la elegancia imperturbable que su madre le había enseñado desde niño—. Solo una carta personal de un compañero del colegio. Me contaba sobre sus vacaciones.

—¿Un compañero? —indagó Cygnus con una ceja alzada, aunque con un tono más divertido que inquisitivo—. Espero que no sea otro de esos jóvenes que solo buscan el favor de la Casa Black ahora que tienes el control de las bóvedas.

—Para nada —aseguró Draco con firmeza—. De hecho, me estaba pidiendo un consejo sobre... un asunto de amigos en común que parecen haberse desaparecido este verano.

Druella lo miró detenidamente durante unos segundos, estudiando las facciones de su nieto con esa mirada que parecía leer el pensamiento. Sin embargo, en lugar de presionar, sonrió con dulzura y le acomodó el cuello de la camisa con delicadeza maternal.

—Me alegra que mantengas contactos fuera de todo este circo de finanzas, Draco —dijo Druella suavemente—. Un verdadero líder necesita aliados en los que pueda confiar cuando las cosas se pongan difíciles. Ahora, olvídate de las cartas, de quien sea por un par de horas. Nos vas a contar con lujo de detalles cómo te va en Hufflepuff, porque aún no puedo creer que mi único nieto luzca una corbata amarilla.

Draco sonrió de lado mientras aceptaba la mano que su abuelo le ofrecía para realizar la aparición, pero justo antes de que el espacio comenzara a distorsionarse a su alrededor, el joven tejón soltó la objeción que llevaba rondándole la cabeza.

—Técnicamente... no eres tu único nieto, abuela —soltó Draco con naturalidad, manteniendo el agarre firme en el brazo de Cygnus.

El silencio que siguió a sus palabras fue instantáneo y pesado, cortando por un segundo la brisa del jardín. Druella se detuvo en seco, ajustándose el guante de encaje con una compostura impecable, mientras Cygnus congelaba el movimiento de su bastón contra el suelo de mármol. Ninguno de los dos ancianos pronunció un solo reproche, pero la tensión en el aire se volvió palpablemente densa.

—Hablo de Nymphadora —continuó Draco, usando el nombre formal de la muchacha aunque recordaba perfectamente cómo ella odiaba que la llamaran así—. La conocí en el colegio. Ella estaba en su séptimo y último año cuando yo apenas ingresaba a Hufflepuff.

El agarre de Cygnus en el hombro de Draco se volvió ligeramente más firme, no por enojo, sino por una conmoción contenida. A pesar del estricto código de la alta sociedad y el repudio oficial que la familia había mostrado años atrás hacia Andromeda por su matrimonio, el peso de la sangre y el arrepentimiento no desaparecían tan fácilmente. Para dos abuelos que habían preferido el orgullo aristocrático por encima del afecto, la existencia de esa nieta mayor era un fantasma doloroso, una herida abierta que la cobardía y las etiquetas sociales les habían impedido sanar.

—¿Ella... hablas con la hija de Andromeda? —preguntó Druella en un susurro apenas audible, perdiendo por una fracción de segundo la altivez en su postura, aunque recuperándola de inmediato para disimular la fragilidad de su voz—. ¿Cómo... cómo es ella, Draco?

—Es extraordinaria —respondió Draco, sintiendo un calor genuino en el pecho al recordarla—. Cuando llegué a Hufflepuff con todo el peso del apellido Malfoy y la sombra de la casa de mi padre, muchos me miraban con desconfianza. Pero ella me cuidó desde el primer día. Me defendió de los alumnos mayores que intentaban intimidarme, se aseguraba de que comiera bien en el Gran Comedor y hasta me ayudaba a orientarme en los pasillos de las mazmorras. Es una Metamorfomaga, abuela. Puede cambiar el color de su cabello o la forma de su nariz en un pestañeo solo para hacer reír a la gente.

Druella ahogó un pequeño jadeo, llevándose una mano al pecho. Una sonrisa diminuta, melancólica y triste se dibujó en las comisuras de sus labios.

—Una Metamorfomaga... —murmuró la anciana matrona, mirando hacia el horizonte con los ojos ligeramente empañados—. Esa es una magia muy antigua en la línea de la Casa Black. Hacía generaciones que no nacía alguien con ese regalo entre nosotros.

—¿Y qué le gusta? —intervino Cygnus, rompiendo su mutismo con un tono grave que traicionaba la enorme curiosidad y la nostalgia que albergaba—. Aparte de... hacer travesuras con su rostro. ¿Qué clase de muchacha es? ¿Es dedicada? ¿Sigue las reglas o es tan obstinada como su madre?

—Es increíblemente obstinada —admitió Draco con una leve sonrisa—, pero también la persona más leal que he conocido. Quiere ser Auror. Le apasiona la defensa contra las artes oscuras, aunque torpemente se tropieza con su propia túnica día por medio. Le encanta la música ruidosa, vestir ropas estrafalarias y comer tartas de melaza. Y jamás, bajo ninguna circunstancia, deja que nadie la llame Nymphadora; prefiere que la llamen Tonks.

Cygnus dejó escapar un largo suspiro, un aire cargado de años de distanciamiento absurdo y decisiones de las que claramente se arrepentía en el fondo de su corazón. Miró a su esposa, quien apretaba sus manos con fuerza contenida, dolida por no haber tenido el valor de romper las cadenas de la etiqueta para abrazar a su primera nieta.

—Parece que la sangre de los Black fluye fuerte en ella, nos guste o no —dijo el anciano Lord con una mezcla de orgullo reprimido y melancolía, apretando el hombro de Draco—. Nos alegra saber... que cuidó de ti. Que no estuvo sola en el colegio.

Druella se aclaró la garganta, parpadeando rápidamente para disipar cualquier rastro de debilidad en su mirada, aunque la suavidad en sus facciones permaneció.

—Bueno —dijo la abuela, con un matiz de voz mucho más tierno del habitual—, parece que el joven Lord Black tiene mucho más de qué hablarnos de lo que esperábamos.

Cygnus dio un golpe seco y firme con la base de su bastón contra el piso, recuperando la sonrisa astuta de siempre para cambiar de tema antes de que la nostalgia terminara por quebrarlos.

—Suficiente de sentimentalismos por hoy, Draco —decretó el abuelo con guiño cómplice—. Creo que esta conversación requiere algo mucho más sustancial que el té helado de la mansión. ¿Qué tal si dejamos de lado la etiqueta por un par de horas y vamos por un buen helado a Florean Fortescue? Tu abuela paga.

Draco habría querido decir que esa tarde, sentado en una de las mesas exteriores de la heladería de Florean Fortescue bajo el tibio sol de la tarde, la conversación había girado sobre él. Le habría gustado contarles con detalle cómo eran los pasillos subterráneos de Hufflepuff, cómo se sentía estar en una casa tan absurdamente distinta a la que todos esperaban o lo frustrante que resultaba a veces intentar destacar cuando tu propio apellido pesaba como una losa de granito. Pero no fue así.

Sus abuelos, por una vez en la vida, parecían haberse olvidado por completo de la diplomacia, de las auditorías de la Casa Black y hasta de la impecable imagen aristocrática que solían exigir a cada segundo. Lo único que querían era saber de ella.

Cada helado que Florean traía a la mesa quedaba prácticamente intacto mientras los dos ancianos devoraban cada frase, cada anécdota y cada pequeño detalle que Draco recordaba sobre Tonks. Le pedían que repitiera las historias una y otra vez: qué hacía cuando se enfadaba, cómo reaccionaba ante las bromas, qué asignatura se le daba mejor y cómo era exactamente la forma en que su cabello cambiaba de color cuando estaba entusiasmada.

Draco, observándolos en silencio entre párrafo y párrafo, no pudo evitar notar los sutiles detalles que delataban la coraza rota de los matriarcas. Cada vez que él nombraba a Tonks, los ojos de su abuelo Cygnus brillaban con una intensidad sutil pero innegable, con la mismísima chispa de orgullo desmedido y fascinación que solía dedicarle a Draco cada vez que este simplemente respiraba o decía algo inteligente. Era la mirada de un patriarca que descubría con un dolor punzante que el talento y el fuego de su sangre habían florecido con fuerza en una nieta a la que jamás le había permitido abrazar.

Por su parte, la abuela Druella, que jamás en la vida habría permitido una muestra de debilidad en público, disimulaba la conmoción con la gracia ensayada de una gran dama. Fingía que el viento de la tarde le molestaba en el rostro para sacar un pañuelo de encaje y limpiarse, con toques imperceptibles y veloces, las comisuras de los ojos antes de que una lágrima alcanzara a rodar por sus pómulos. Se aclaraba la garganta, acomodaba el borde de sus guantes y volvía a preguntar por la muchacha, ávida de recuperar con palabras los siete años de vida de su nieta mayor que la cobardía del orgullo familiar le había robado.

Incluso cuando Draco intentaba cambiar de tema y mencionar a Rolf, a Theo o sus propias aventuras en Hogwarts, el hilo de la conversación terminaba regresando inevitablemente a Tonks. Los dos ancianos escuchaban sobre los demás amigos de su nieto con una cortesía distante, pero la postura de ambos cambiaba al instante en cuanto Draco volvía a entrelazar a su prima en los relatos del colegio. Esa tarde, el joven Lord comprendió que detrás del mármol, las capas costosas y la estricta etiqueta de los Black, sus abuelos no eran más que dos ancianos cargados de arrepentimiento, intentando conocer a la nieta que el prejuicio les había quitado a través de los ojos del nieto que sí pudieron conservar.

Draco tomó una cucharada pausada de su helado de manzana verde, disfrutando del sabor ácido y fresco mientras sopesaba la idea que rondaba su mente. Con la espontaneidad propia de quien aún cree que las divisiones de los adultos se resuelven con simple voluntad, soltó la propuesta directamente.

—Deberíamos reunirnos los cuatro un día de estos —dijo Draco con tranquilidad, dejando la cuchara en el recipiente de cristal—. Una tarde aquí mismo o en la mansión. Ella también quiere conocerlos.

Las palabras quedaron suspendidas en el aire, provocando una reacción inmediata y helada. La sola idea de un encuentro rompió la frágil burbuja de nostalgia que los rodeaba.

—No, Draco. Eso es absolutamente imposible —sentenció Cygnus de inmediato, recuperando de golpe la rigidez en su voz y apretando la empuñadura de plata de su bastón con tal fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—Tu abuelo tiene razón, querido —añadió Druella con rapidez, enderezando la espalda con una compostura casi dolorosa—. Hay demasiadas cosas de por medio. La familia, el Ministerio, el qué dirán... No se puede simplemente borrar el pasado con una merienda.

Draco los observó con paciencia, masticando un trozo de manzana crujiente antes de inclinarse ligeramente hacia adelante sobre la mesa de hierro forjado.

—Ella me lo dijo el último día de clases —continuó Draco, ignorando la negativa tajante de sus abuelos—. Dijo que le gustaría saber cómo son, pero creo que ahora mismo está demasiado ocupada en el Ministerio. Comenzó su entrenamiento para Auror.

La revelación cayó sobre los dos ancianos como un golpe físico. La fría coraza de distinción que acababan de impostar se resquebrajó por completo, dejándolos al descubierto. Druella soltó un leve jadeo y se llevó una mano enguantada directamente a la garganta, sintiendo cómo se le oprimía el pecho ante la punzante certeza de que su nieta mayor no solo no los odiaba, sino que albergaba el mismo deseo distante de conocerlos.

—¿En verdad... en verdad dijo eso, Draco? —preguntó Druella en un susurro tembloroso, olvidándose por completo de la etiqueta mientras sus ojos, empañados por una tristeza genuina, buscaban los de su nieto con desesperada necesidad de confirmación.

—¿Ella... no guarda rencor hacia nosotros? —intervino Cygnus, con la voz notablemente quebrada, perdiendo por un instante toda la majestuosidad del Lord de la Casa Black—. ¿Ella quiere conocernos?

Draco volvió a tomar una cucharada de su helado de manzana verde, contemplando el dolor silencioso que consumía a los dos ancianos. Ver a los orgullosos patriarcas de la familia reducidos a dos abuelos con el corazón roto por su propia cobardía era una lección amarga, pero real.

—Sí —asintió Draco con suavidad—. Es la verdad. Ella quería conocerlos... pero ustedes acaban de decir que es imposible.

El silencio en la mesa se prolongó durante varios minutos, pesado y denso como una niebla de noviembre. Florean Fortescue pasó cerca a limpiar una mesa contigua, pero al notar la atmósfera casi sagrada que rodeaba a la distinguida familia, se retiró a paso veloz sin decir una sola palabra. Draco continuó comiendo su helado de manzana verde con parsimonia, observando a los dos patriarcas de la sangre pura desplomarse en una derrota silenciosa.

Druella fue la primera en intentar recomponerse, aunque el temblor en sus dedos pulcramente enguantados delataba la tormenta interna. Sacó de su bolso un pequeño pañuelo de seda bordado con la insignia de los Rosier y se dio ligeros toques en las comisuras de los ojos, manteniendo la vista fija en el mantel de encaje.

—Un entrenamiento de Auror... —murmuró la matrona, casi para sí misma, con una mezcla amarga de angustia y orgullo inextinguible—. Esa niña no tiene idea de en lo que se está metiendo. Es una profesión peligrosa, cruel... Alastor Moody y su gente no tienen piedad con los reclutas, y menos con alguien que lleva nuestra sangre, aunque sea de forma indirecta.

—Tiene el temple para lograrlo, Druella —intervino Cygnus, con una voz profunda que sonaba rasposa, desprovista de su habitual arrogancia—. Draco acaba de decírnoslo. Es leal, es obstinada y es una Metamorfomaga. Si alguien puede sobrevivir a la academia de Aurores y destacar entre todos, es una nieta de esta familia.

El anciano volvió los ojos hacia Draco, mirándolo con una intensidad casi desgarradora, como si buscara en las facciones del joven tejón alguna pista oculta, alguna garantía de que no era demasiado tarde para reparar el tiempo perdido.

—¿Cuándo vuelve a comunicarse contigo? —preguntó Cygnus, bajando el tono de voz a un susurro conspirativo que sonaba casi ridículo viniendo del imponente patriarca de los Black—. Cuando comience las pruebas prácticas o cuando tenga su primer descanso en el Ministerio... ¿te enviará una lechuza?

Draco dejó la cuchara limpia en el plato de cristal y se limpió los labios con elegancia antes de responder, sopesando cada palabra.

—Suele enviarme lechuzas los fines de semana, cuando los instructores le dan un respiro —explicó Draco, mirando fijamente a su abuelo—. Y si le escribo respondiéndole a sus cartas, estoy seguro de que me dirá cómo le va.

Druella y Cygnus se intercambiaron una rápida mirada de absoluta complicidad, un lenguaje mudo perfeccionado tras más de medio siglo de matrimonio. La rígida negativa de hacía unos minutos comenzó a desmoronarse bajo el peso insoportable de la culpa y la curiosidad.

—Draco, querido... —comenzó Druella, inclinándose hacia su nieto y sujetándole una mano con una calidez casi implorante—. Cuando le escribas esta semana... no tienes por qué mencionarle que hablamos de esto de forma tan directa, pero... ¿podrías asegurarte de preguntarle si necesita algo? Materiales, túnicas de protección de la mejor seda de dragón, o... no lo sé, libros antiguos de la biblioteca de la mansión sobre duelos. Los Aurores siempre necesitan mejor equipo del que el Ministerio les provee.

—Podemos enviárselo de manera anónima si es necesario —añadió Cygnus con rapidez, acomodándose la túnica con un gesto nervioso que jamás le había visto hacer en su vida—. O a través de ti. Que crea que proviene de tus fondos como Lord Black. No nos importa el reconocimiento, solo... queremos saber que está bien protegida.

Draco contempló a sus abuelos con una pizca de ironía y mucha compasión. Los invencibles y fríos patriarcas de la nobleza mágica estaban dispuestos a utilizar a su nieto menor de doce años como contrabando emocional con tal de cuidar a la nieta que su propia cobardía les impedía abrazar a plena luz del día.

—Se lo preguntaré —prometió Draco en voz baja, ofreciéndoles una sonrisa leve pero sincera—. Pero si de verdad quieren hacer las cosas bien, algún día van a tener que dejar de esconderse detrás de mí y de la red de lechuzas. Tonks es leal, pero no es tonta. Sabrá exactamente de dónde viene la ayuda.

Cygnus soltó un largo respiro y se apoyó pesadamente en el respaldo de su silla, dando un sorbo final a su té ya helado mientras la mirada se le perdía en el ajetreo del Callejón Diagon.

Draco asintió despacio, dándole un último toque de elegancia al limpiar los bordes de su copa de helado antes de romper el momento de melancólica reflexión.

—Aprovechando que estamos en el Callejón Diagon —comenzó el joven tejón, rompiendo la tensión con naturalidad—, necesito comprar varios pergaminos de gramaje pesado, un par de frascos de tinta de secado rápido y algunos repuestos de plumas. La burocracia de la Casa Black está devorando mis suministros a un ritmo absurdo.

Cygnus pareció casi aliviado de tener una tarea concreta en la que volcar su energía. Se puso de pie con la elegancia recobrada de inmediato, ajustándose los puños de la túnica y apoyando el bastón de empuñadura de plata con firmeza sobre el empedrado.

—Nosotros nos encargaremos de eso ahora mismo —declaró el anciano Lord, esbozando una sonrisa afectuosa—. Tu abuela y yo iremos a la papelería a elegir el mejor material. Un Lord Black no debería escribir decisiones financieras en nada que no sea pergamino de primera calidad. Tú quédate aquí, termina tu helado tranquilamente y descansa.

Mientras Cygnus llamaba a Fortescue para saldar la cuenta con un par de galeones de más, Draco continuó comiendo la última cucharada de su helado de manzana verde. Apoyado contra el respaldo de la silla de hierro forjado, comenzó a balancear las piernas distraídamente bajo la mesa, un gesto infantil y relajado que raras veces se permitía mostrar cuando llevaba el peso de su título sobre los hombros.

Druella, que ya se había levantado y acomodaba su manto con una distinción Impecable, se detuvo un instante a observarlo. Al ver a su nieto balancear los pies con esa inocencia reservada a sus pocos años, una sonrisa infinitamente dulce y conmovedora se dibuja en sus labios. La fría matrona de la alta sociedad desapareció por completo, dejando únicamente a una abuela llena de devoción.

Estiró una mano enguantada con suma delicadeza y le acomodó un mechón de cabello rubio que le caía levemente sobre la frente, peinándolo hacia atrás con un afecto maternal.

Draco alzó la mirada de inmediato, encontrándose con los ojos entornados y brillantes de su abuela, sintiendo en ese pequeño gesto una calidez que ninguna bóveda llena de oro en Gringotts podría igualar.

—Te pareces tanto a tu madre a tu edad que a veces da miedo, Draco —murmuró Druella con la voz suavizada por un afecto casi imperceptible para cualquiera que no fuera de la familia—. Pero tienes una luz propia que no le vi a nadie en esta casa en mucho tiempo. No dejes que las finanzas ni los deberes de un Lord te quiten la infancia antes de tiempo, mi niño.

Draco sostuvo la mirada de su abuela durante un segundo, sorprendido por la fragilidad de sus palabras. Luego, con una sonrisa de lado que mezclaba la elegancia aprendida con la calidez de un muchacho de doce años, inclinó levemente la cabeza.

—Descuida, abuela. Para eso tengo a mi padre sufriendo con la mitad de los contratos mientras hablo con ustedes —bromeó suavemente.

Cygnus dejó escapar una risotada baja y profunda desde el mostrador, guardando el monedero de piel de dragón tras pagarle a un complacido Florean Fortescue. Se acercó a la mesa y le ofreció el brazo a su esposa con la prestancia de un caballero de la vieja escuela.

—Volveremos en unos minutos con el pergamino más fino de la tienda y un par de plumas de Fénix o Fwooper si encontramos algo decente —dijo el abuelo, guiñándole un ojo a Draco—. No te muevas de aquí. Y si alguien del Ministerio se atreve a molestarte mientras no estamos, solo diles que el viejo Cygnus Black está a la vuelta de la esquina para enseñarle modales a su departamento.

Draco vio a los dos ancianos alejarse a paso cansino pero firme por el empedrado del Callejón Diagon. La gente se abría paso a su alrededor por instinto, reconociendo el porte inconfundible de los patriarcas de la sangre pura.

(***)

Al cruzar el imponente umbral de la Mansión Malfoy tras su paseo por el Callejón Diagon, la pesada atmósfera de la propiedad volvió a envolver a Draco. El paquete que traían sus abuelos —cuidadosamente atado con listones de seda y repleto de pergaminos de gramaje pesado y tintas finas— pesaba bajo su brazo.

Apenas pisó el vestíbulo principal, Draco dejó el envoltorio sobre la superficie de mármol de la mesa recibidora y, con la costumbre natural de quien está acostumbrado a ser servido al instante, alzó la voz para llamar a la servidumbre.

—¡Dobby! —llamó con firmeza, esperando el habitual chasquido sordo y la inclinación servil del elfo.

Sin embargo, el silencio de la entrada no se rompió. Transcurrieron unos segundos tensos sin que nadie apareciera. Draco arrugó la nariz con evidente extrañeza y un matiz de fastidio; no era propio de Dobby ignorar un llamado tan directo dentro de la mansión. Descartando el asunto temporalmente con un leve gesto de impaciencia, Draco alzó la mano nuevamente.

—¡Mipsy! —ordenó.

Con un pequeño pop, una elfina doméstica diferente apareció al instante, haciendo una profunda reverencia que casi hizo que sus largas orejas tocaran el suelo.

—Lleva estas compras a mi estudio privado arriba, por favor —le indicó Draco mientras se acomodaba los puños de la túnica—. Y asegúrate de que los tinteros queden ordenados por color.

—De inmediato, joven amo Draco —chillos la elfina antes de desaparecer junto con los paquetes en una ráfaga de aire.

Con las manos libres, Draco se encaminó hacia la sala de estar principal, desde donde se filtraba el murmurullo bajo de voces adultas. Suponía que sus padres estarían esperándolo para retomar las interminables discusiones sobre la auditoría o las cartas internacionales, pero al cruzar la puerta dobles de nogal, se detuvo en seco.

Allí, sentado con absoluta elegancia junto a Lucius y Narcissa, se encontraba el Sanador.

El hombre era increíblemente joven para la reputación y la destreza diplomática que poseía, proyectando una presencia tan magnética y serena que, por sí sola, hacía que la habitual penumbra lúgubre de la sala Malfoy se sintiera curiosamente más cálida y despejada. Su cabello oscuro caía en un caos perfectamente estudiado de rizos desordenados que enmarcaban un rostro de facciones marcadas y angulosas. Su piel, de un tono bronceado y saludable por sus constantes viajes, creaba un contraste llamativo y casi deslumbrante contra la marcada palidez aristocrática de Draco y sus padres.

Draco dejó escapar un suspiro imperceptible y ahogado en el fondo de su garganta, exactamente como le ocurría cada vez que sus ojos se topaban con la figura del médico. Había algo en su porte que desarmaba por completo al joven Lord.

Pero lo que siempre terminaba por descolocar a Draco, sin importar cuántas veces lo hubiera visto durante sus revisiones, eran sus ojos. Eran absurdamente hermosos, de un tono profundo y magnético, cargados de una sabiduría antigua y penetrante que parecía contrastar radicalmente con su apariencia juvenil. Era la mirada de alguien que entendía la magia de la curación mucho más allá de lo que decían los libros, y que al mismo tiempo podía leer a Draco como si fuera un pergamino abierto.

La presencia del Sanador en la sala principal tenía un motivo claro y delicado: evaluar los niveles de magia de Draco. Durante el año escolar anterior, el joven tejón se había visto forzado a realizar un pacto mágico contra su voluntad, una magia oscura y vinculante que alteró temporalmente su flujo de magia interna. Desde entonces, sus padres habían dispuesto un seguimiento estricto para asegurarse de que su núcleo mágico volviera a la normalidad sin secuelas.

Sin embargo, en el momento en que el Sanador se puso de pie para saludarlo, la mente estratégica de Draco pareció nublarse por completo. En lugar de comportarse como el calculador Lord Black, el muchacho avanzó por la alfombra de terciopelo con una torpeza impropia de su crianza, sintiendo de pronto que sus piernas pesaban más de la cuenta.

—Buenas tardes, Lord Black —saludó el Sanador con una sonrisa leve y una voz grave que resonó suavemente en la habitación, ofreciéndole una mano pulcra.

—Buenas... tardes —respondió Draco, estrechándole la mano con un ligero calor subiéndole por el cuello.

Se quedó parado a medio metro del médico, admirando en silencio la forma en que el Sanador preparaba sus instrumentos de diagnóstico. Draco estaba fascinado; parecía un tonto completamente encandilado. Seguía con la mirada cada movimiento de las manos del hombre, la forma precisa en que sujetaba su varita de madera clara y la leve inclinación de su cabeza al concentrarse. Para Draco, el diagnóstico era solo una excusa maravillosa para tenerlo cerca.

El Sanador dio un paso hacia él y sacó su varita, murmurando un encantamiento de diagnóstico que hizo brotar un suave resplandor dorado alrededor de la cabeza de Draco.

—Vamos a ver cómo responde tu núcleo mágico hoy —comentó el Sanador, acercándose un poco más para examinar los destellos de luz que flotaban sobre la frente de Draco—. Respira despacio y mantén la calma.

—Estoy... extremadamente calmado —aseguró Draco casi en un susurro, con los ojos fijos en los iris profundos y misteriosos del Sanador, mientras el corazón le latía desbocado a un ritmo que nada tenía que ver con el pacto del año pasado.

A un par de metros de distancia, sentado en su sillón de orejas de cuero, Lucius Malfoy observaba la escena con la boca apretada en una línea extremadamente fina. Su postura se había vuelto tan rígida que parecía tallado en piedra. Con una mano apretaba la empuñadura de plata de su bastón con tal intensidad que los nudillos se le tornaban blancos, mientras sus ojos grises clavaban una mirada filosa y sobreprotectora en el joven médico.

Como padre celoso y sumamente territorial, a Lucius no se le escapaba absolutamente nada: ni la bobalicona fascinación en la cara de su hijo, ni la ligera falta de distancia profesional que, según su criterio, el Sanador estaba manteniendo al inclinarse sobre el muchacho.

—Asumo que el diagnóstico no requiere que se acerque tanto, Sanador —intervino Lucius con un tono helado y mordaz que cortó el aire de la habitación como una cuchilla—. Mi hijo está aquí para una revisión de su flujo mágico, no para un examen de proximidad.

Narcissa, sentada junto a su esposo, dejó escapar un suspiro casi imperceptible y ajustó su postura con elegancia, mirando a Lucius con una leve mezcla de diversión y resignación ante los celos desmedidos de su marido.

El Sanador, sin perder un solo segundo la serenidad ni la compostura, dio un pequeño paso atrás con una sonrisa respetuosa pero tranquila.

—Por supuesto, señor Malfoy. Las lecturas de los vestigios del pacto requieren una observación cercana del pulso mágico en las sienes, pero he terminado la fase inicial —explicó el médico con aplomo, volviendo a mirar a Draco, cuya palidez habitual se había transformado en un sonrojo evidente de pura vergüenza por la interrupción de su padre.

—Los niveles están notablemente más estables que el mes pasado —continuó el Sanador, dirigiéndose a los tres—. El flujo de magia se ha asentado casi por completo y el impacto del vínculo forzado está remitiendo sin dejar fisuras en su núcleo. Con unas semanas más de reposo y la poción estabilizadora, estará en perfectas condiciones antes de que empiece el curso.

El sanador guardó su varita con un movimiento fluido de la muñeca y volvió a acercarse lo suficiente como para quedar a la altura de los ojos del joven tejón, ignorando deliberadamente el aire gélido que emanaba de la esquina donde Lucius permanecía petrificado de celos.

—Tus progresos son realmente admirables, Draco —dijo el Sanador, usando un tono suave y cercano que hizo que al muchacho se le diera un vuelco el corazón—. Superar la secuela de un pacto forzado requiere una fuerza de voluntad enorme. Estás haciendo un trabajo excelente cuidando tu propia magia.

Draco, sintiendo que las mejillas le ardían aún más ante el elocuente elogio, asintió levemente con la cabeza, incapaz de articular una respuesta que sonara adecuadamente madura o sofisticada. Se limitó a sostener la mirada de esos ojos oscuros y profundos que tanto lo descolocaban, disfrutando en silencio de la atención que el médico le dedicaba.

Lucius, que ya estaba al límite de su paciencia paternal, se puso de pie de un solo impulso, haciendo sonar la punta de su bastón contra el piso con un golpe seco que resonó por toda la estancia.

—Si las mediciones han concluido y el diagnóstico es favorable, no veo razón para prolongar la consulta más de lo estrictamente necesario, Sanador —sentenció el señor Malfoy, interponiéndose de forma casi física entre la línea de visión de su hijo y el médico, cruzándose de brazos con una expresión adusta—. Le enviaremos el pago por sus servicios a través de la lechuza habitual esta misma tarde.

El Sanador contuvo una leve sonrisa divertida ante la evidente sobreprotección del patriarca. Inclinó la cabeza con una reverencia impecable y profesional hacia Lucius y Narcissa, para luego volverse por última vez hacia el joven Lord.

—Ha sido un placer, como siempre —murmuró el médico, rozando con suma delicadeza el hombro de Draco en un gesto de despedida reconfortante antes de dar paso al pasillo—. Sigue descansando y no te agobies demasiado con los pergaminos de la familia. Nos veremos en la revisión del próximo mes para el alta definitiva.

Draco se quedó congelado en su lugar, siguiendo con la mirada la figura del Sanador mientras desaparecía por las dobles puertas dobles de la sala, sintiendo que el corazón le latía a un ritmo desbocado.

—Suficiente —murmuró Lucius entre dientes, volviéndose hacia su hijo con una mezcla de indignación paternal y celos desmedidos mientras Narcissa bebía un sorbo de té para ocultar una sonrisa traviesa—. Draco, por los fundadores... eres un Lord de la Casa Black. Deja de mirar al Sanador como si fuera un pastel de melaza de la heladería y ven a sentarte.

Continuara...