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En el interior de la caja
Ouka x Mizuka
—Esta caja es algo incómoda, ¿no? —preguntó Ouka, haciendo lo posible por ocultar lo avergonzada que se sentía por estar encerrada en un espacio tan pequeño en compañía de la chica que admiraba.
—¿Ahora fue que lo notaste? —molesta e incómoda, Mizuka alejó tanto como pudo una de sus piernas que, debido a la posición en la que se encontraban, estaba encima del torso de Ouka—. Gracias por decir lo obvio.
—Tampoco me hables así, Mizuka. Recuerda que todo esto es por tu culpa.
—¿Mi culpa? ¡Pero si fuiste tú la que pediste que nos metieran en esta caja! ¿Qué va a pasar si el truco sale mal estando yo aquí? —suspiró dramáticamente—. ¡Ahora yo también estoy en peligro!
—¿Ves? ¡De eso hablo! —gruñó mientras negaba con la cabeza lentamente—. ¡Solo te preocupas por ti! ¿Y qué iba a pasar si yo estaba en peligro también? ¿Siquiera has pensado en eso?
—Sinceramente, no.
Ouka le dedicó una mirada vacía.
—Esa honestidad tuya es increíble —musitó Ouka, anonadada.
—Gracias... supongo.
Ouka la fulminó con la mirada.
—No te estaba elogiando —bufó—. ¡Ni siquiera me preguntaste si quería ser parte de esto, sólo me incluiste y te pusiste a inventar ese lindo discurso acerca de mí para engatusarme! —suspiró, sintiendo como se le calentaba la cara al recordar lo que dijo hacía unos pocos minutos.
Todo eso de que ella era increíble, dinámica, la más hermosa atracción del Circo del Girasol... entre otras cosas que, siendo sinceros, la hicieron bastante feliz. Sobre todo por el hecho de que, aunque no era la primera vez que se lo decían, que fuera Mizuka quien lo hiciera había dejado cierto impacto en su ser.
Sintiendo cómo su sonrojo volvía, Ouka sacudió levemente la cabeza mientras hacía ruiditos raros, olvidándose por unos segundos de que no estaba sola en ese reducido espacio.
Mizuka la miró como si se le hubiese zafado un tornillo y, por instinto, se echó un poco hacia atrás en un inútil intento por alejarse. El hecho de que la caja fuera tan pequeña era incómodo, pero lo peor era estar frente a frente con Ouka. Estaban tan cerca que Mizuka podía sentir el delicioso perfume de Ouka por todas partes y eso la hacía sentir un poco... rara.
Pronto, el calor se hizo presente y pequeñas gotas de sudor comenzaron a deslizarse por sus cuerpos.
—No te estaba engatusando, estaba tratando de llamar la atención del público para que no se fueran y dejaran de ver el acto de Imari —refutó Mizuka unos segundos después. Luego se pasó una mano por la frente, llevándose el sudor de esa zona.
—Ajá, claro —con esfuerzo, Ouka se cruzó de brazos—. Igual, ya estamos aquí, toca esperar a que Imari termine y que podamos salir de este aprieto en una pieza.
—Todo saldrá bien —aseguró Mizuka con mucha seguridad, llamando la atención de Ouka, que la miró con curiosidad—. Imari podrá hacerlo, solo espera y verás.
Ante semejante confianza y esa cautivadora sonrisa que siempre aparecía cada vez que estaba segura de algo, Ouka no pudo evitar que su enojo se esfumara por completo, quedando esa admiración que siempre despertaba Mizuka en ella. También había algo más: un sentimiento en su pecho que había ido creciendo con una rapidez que la asustaba.
Mizuka se quedó callada y cerró los ojos un momento; al parecer, estaba pensando en algo.
«No está mirando», pensó Ouka, que no estaba dispuesta a desaprovechar el momento.
Sin notar la intensidad que tenía en su propia mirada, Ouka siguió una resbaladiza gota de sudor que, imparable, se deslizó por la zona de la clavícula de Mizuka hasta perderse bajo el traje de baño escarlata, justo en el área del valle de sus discretos pechos.
Sin pensar en lo que hacía, Ouka tragó saliva pesadamente, se acercó un poco hacia ella y, sin reparo, recorrió su figura con la mirada.
Observó sus pechos, que apenas se notaban por encima del traje de baño; detalló su abdomen que, aun estando cubierto por la tela rojiza e impermeable, se veía plano y debidamente entrenado. No sabía por qué, pero sintió unas ganas intensas de tocarlo y acariciarlo, así como sus piernas, que se notaban muy bien tonificadas y endurecidas con esmero.
Las ganas de tocar esa piel, delinear sus músculos y apretar su carne entre los dedos se hicieron más intensas. Apretó sus manos una contra la otra para calmarse, sintiendo lo callosas y ásperas que estaban debido al intenso entrenamiento al que se sometía todos los días para subir de nivel.
No obstante, el esfuerzo no sirvió de mucho; siguió mirando el apetecible cuerpo de su compañera de actos.
Se sentía más caliente que antes y ya no sabía si el sudor que tenía encima sería suficiente para reducir su temperatura corporal. Estaba segura de que pronto empezaría a despedir vapor, ¡y todavía Imari no empezaba con el bendito acto de magia!
«¿En qué estará pensando?», se preguntó, impaciente. Mizuka le parecía un enigma, tenía cierta aura de misterio que la atraía; sin mencionar la «conexión» especial que había sentido con ella desde que sus manos se tocaron por primera vez durante la demostración en los trapecios.
Sin notarlo, Ouka había empezado a temblar por la ansiedad y el anhelo.
«¿Qué está maquinándose en esa talentosa cabeza tuya, Mizuka? ¿Es necesario que tengas los ojos cerrados? ¿Acaso no quieres mirarme? Porque yo sí que te estoy mirando, no me molestaría que me devolvieras la mirada, ¿sabes?».
—Oye —llamó Mizuka de la nada, consiguiendo que la más alta diera un respingo y se deshiciera la línea de pensamientos que había estado trazando desde hacía rato.
—¿S-Sí?
Con calma, Mizuka abrió los ojos y la observó con detenimiento.
—¿Qué tanto miras? —preguntó al fin, sin despegar esos ojos avellana del rostro de su compañera.
—¿Eh? ¿Y-yo? —Ouka sintió cómo la temperatura de su rostro se incrementaba de una forma tan espontánea que temió que sus mejillas acabaran por explotar.
—Sí, tú.
—Yo... —bajó la mirada, inquieta—. Bueno...
De pronto, sus palabras se vieron interrumpidas por otras que venían desde afuera.
Isuzu estaba diciendo algo entre la multitud. Al parecer, intentaba motivar a Imari.
—Vaya, vaya, quién lo diría —musitó Mizuka, visiblemente complacida—. Isuzu-san terminará impulsando a la insegura de Imari.
—Oye, no lo digas de esa forma.
Mizuka la miró y enarcó una ceja.
—¿Acaso estoy mintiendo?
Ouka dudó un momento y luego suspiró.
—No es mentira, pero hay mejores formas de decirlo y lo sabes...
—Sí, sí, lo que sea —Mizuka se encogió de hombros—. En fin, volviendo al tema, si Imari confía un poco más en ella misma y el acto sale bien, pues eso ayudará bastante al futuro del circo.
Ouka abrió los ojos; de repente se veía más brillante.
—¿De verdad es así, Mizuka?
—Claro que sí.
—Qué bueno —Ouka se relajó en su sitio y se llevó una mano al pecho—. Es bueno escuchar eso.
Mizuka la miró discretamente y esbozó una media sonrisa. No lo diría en voz alta, pero ver a Ouka tan esperanzada y feliz le infundía de una agradable y cálida emoción.
Se quedaron en silencio un momento. Afuera, Isuzu e Imari siguieron hablando. Ouka pensó que, por la forma en la que Imari hablaba, podría ser que estuviera a punto de llorar, aunque Mizuka sabía muy bien que eso no sería así.
De pronto, Mizuka extendió una mano y, sin avisar, tomó un mechón de cabello de Ouka y lo hizo a un lado, sorprendiéndola y avergonzándola en partes iguales.
—O-Oye, ¡¿qué fue eso...?!
—¿Te gustó? —La cortó Mizuka, mirándola con una extraña fijeza.
Ouka se detuvo, un gran signo de interrogación apareció flotando encima de su cabeza.
—¿Eh? ¿Qué... qué cosa? —Ouka se removió en su lugar, sintiéndose paulatinamente más nerviosa.
Afuera, frente al curioso público que, bañado por el caliente sol de la mañana, se había reunido para apreciar el acto de magia, Imari sonrió ante lo dicho por Isuzu y, con su confianza renovada, llamó la atención de los presentes.
El acto estaba por comenzar.
—No finjas, Ouka —Mizuka, esbozando una sonrisa que no hizo más que incrementar el desasosiego de su acompañante, se inclinó un poco hacia ella—. Probablemente ya lo olvidaste, pero soy muy buena observadora —ladeó la cabeza, mirándola con travesura—. Así que noté la forma en la que me mirabas desde el principio.
Ouka percibió cómo la sangre se le iba a los pies. De pronto, se sentía más acalorada y nerviosa que nunca.
—Por eso, Ouka, quiero preguntar... —llevó su mano derecha a una de las piernas de la más alta y la deslizó por encima del pantalón que llevaba puesto, que ya estaba húmedo por el sudor, provocando un suave estremecimiento en esta—. ¿Te gustó lo que viste? —dio un suave pellizco al entrenado muslo de Ouka—. Porque yo sí que disfruté de lo que acabo de ver.
—¿Eh?
Antes de poder decir algo, una explosión controlada las hizo saltar y, antes de darse cuenta, el acto ya había concluido.
De pronto, Ouka se encontró de pie en lo alto de la torreta de vigilancia en la que se hallaban los salvavidas.
—¿Cómo llegué aquí...? —miró a su alrededor, atontada. Al mirarse, notó que llevaba un traje de baño azulado y algo ajustado, muy parecido al que portaba su crush—. ¿Y en qué momento me puse mi traje de baño?
Al mirar a su alrededor, pudo ver a lo lejos a Mizuka, quien, aparentemente desinteresada y ajena al hecho de que habían aparecido mágicamente en lugares tan altos, le dedicó una rápida mirada al sentir la de Ouka posada en su espalda.
Al momento, Mizuka lanzó un coqueto guiño a la pelinegra y ya no volvió a mirarla, dejando confundida y aturdida a la más alta.
«Esa Mizuka...», pensó Ouka, sin dejar de mirarla y rememorando la extraña conversación que acababan de tener.
Al recordar lo que había ocurrido en esa caja, el rostro de la trapecista se tiñó de un suave granate.
«Qué bueno que estamos a pleno sol, así no se notará lo avergonzada que me siento».
Después de eso, cayó en la cuenta de lo irreal que era la situación y pensó en el hecho de que había aparecido en ese lugar sin tener idea de cómo lo había hecho.
Por lo tanto, dejó de pensar en lo que había ocurrido entre ellas y se centró en buscar una forma de bajar de allí.
Ya vería qué hacer después con ese asunto de las miradas y todo lo demás que ocurrió en el interior de aquella caja.
Fin
