Chapter Text
Brian fue consciente de tener un alma gemela a los cinco años, durante una tarde de verano, cuando lo inundó un extraño deseo por comer algo dulce. Tomó, sin permiso de ningún adulto responsable, una galleta de las que había horneado su madre ese fin de semana, pero el dulce no era suficiente. Se escabulló por la cocina, esquivando la mirada curiosa de su madre, y tomó la miel maple de la alacena. Con el cuidado típico de un infante en edad prescolar, vació un poco en una cuchara y la comió, pero el dulce no era suficiente. Más bien, lo dulce de la miel no era correcto. Brian quería comer algo dulce, necesitaba comer algo dulce, pero la consistencia de la miel no era la correcta y el chocolate de la galleta no había sido suficiente. Necesitaba algo distinto, quería un dulce cremoso, pero de consistencia espesa, y tan acaramelado que hacía doler sus muelas de sólo imaginarlo.
Ese peculiar antojo fue un pensamiento recurrente esa semana, hasta el siguiente sábado, cuando sus padres lo llevaron, junto a sus hermanos, a una pequeña tienda con montón de colores y productos con envolturas en palabras que Brian no podía leer, pero entendía cuando sus padres decían en voz alta. Fue entonces que lo vio, un montón de pequeños empaques blancos con letras en rojo y una imagen diminuta del dulce de sus sueños.
— ¿Eso quieres, amor? —preguntó su madre, para confirmar que el niño tenía los dulces de su elección. Le mostró envolturas mucho más llamativas, pero Brian no cambió de opinión.
Cajeta, de eso eran los dulcesillos que le habían comprado a Brian. Demasiado dulce, demasiado chiclosa y para nada como él se lo había imaginado. Fue entonces que decidió, sin saber aún nada sobre personas destinadas, que su alma gemela tenía un pésimo paladar.
Por suerte, su alma gemela no volvió a molestarlo por un largo rato. De vez en cuando, tenía un antojo indescriptible por algo dulce, como chocolate o cajeta, otra vez, por lo que se le volvió una costumbre guardar uno o dos de esos caramelos horrorosos.
El paladar de su alma gemela no mejoró con la edad. Una noche, a los once años, Brian se había atrapado a sí mismo comiendo un dátil bañado en miel y azúcar, y aun así no obtenía la consistencia que buscaba. ¿Quién comía dátiles? ¿Acaso su alma gemela era un anciano? Brian comió dos dátiles más y guardó todo antes de que alguno de sus padres lo descubrieran y se preocuparan por su salud o, peor aún, el estado de su dentadura. Además, sus padres empezaban a cuidar mejor su alimentación; con todo el tema de estar en una academia de fútbol, querían quitarle todas las trabas posibles.
No fue hasta los dieciséis años que, una vez más, su alma gemela regresó a convertirse en una molestia. El concepto de las almas gemelas ya era un tema candente entre sus compañeros, tanto en el instituto como entre sus compañeros del Chicago Fire.
En la escuela, ahora todos comenzaban a tener antojos, aunque algunos eran tan raros que Brian sospechaba que se trataba de inventos para no quedarse fuera de la conversación. Oh, cómo deseaba él quedarse fuera de la conversación, porque ¿qué demonios hacía comiendo arroz hervido? Su dieta ya le restringía suficientes platillos como para que su alma gemela deseara comer arroz blanco hervido.
El antojo de los demás, sus cravings, funcionaban distinto a las de Brian, o por lo menos así era el de la mayoría. Por eso él tenía la ferviente teoría de que todos lo fingían. Sus compañeros en la escuela decían tener un extraño antojo por un platillo o un snack que no era de su especial agrado, pero aseguraban que era imperioso cubrirlo en ese momento, por lo que corrían a la cafetería por algo lo suficientemente similar. Esa era otra razón por la que pensaba que eran antojos fingidos: para él, no había forma de que sus antojos pudieran cubrirse con la comida de la cafetería escolar (ni siquiera el desdichado arroz blanco hervido, porque no era la consistencia que él quería); ¿por qué los de todos los demás sí?
Por otro lado, él no tenía que deshacerse de sus antojos de inmediato. Sí, en cuanto aparecían, tenía la inmediata necesidad de probar algo que supiera tal cual lo que estaba imaginando, pero podía dejarlo pasar y que reposara, en el fondo de su mente, por días enteros. Así había soportado su antojo por los horribles dulces de cajeta, cuando apenas iba en jardín de niños. Por ello, tampoco le tomó mucha importancia al arroz blanco y siguió intentando prepararlo, al menos lo ayudaba a cubrir su dieta.
Arroz uruchimai era específicamente el arroz que Brian tanto deseaba comer. No lo supo sino hasta que hubo regresado a clases del Winter Break, una semana después.
Ricardo, su vecino, amigo y compañero de clase, quien también le pasaba apuntes cuando debía saltarse días de clases por algún torneo, lo había arrastrado con él a la cafetería durante el lunch break, a una mesa con estudiantes que Brian no reconocía muy bien. Al principio, pensó que sería el rarito que todavía llevaba su propio almuerzo al instituto —pero es que él tenía los alimentos pesados y divididos en las calorías, grasas y carbohidratos que podía consumir por comida, en todo el día—. Por suerte, a su lado estaba otra chica que llevaba su almuerzo pulcramente empacado en una fimbrera. Brian no le prestó mucha atención, más allá de no ser el único con su lunch en distintos envases, sino hasta que la chica separó los compartimientos de su fimbrera y entonces lo vio: ese arroz perfecto, suave y tan blanco, para nada apelmazado y batido, como el que él llevaba una semana intentando cocinar.
— How… how do you cook it to get it to be like that? —preguntó.
— Hmm? —la chica lo miró con curiosidad, quizá porque eran compañeros en la clase de francés y él nunca antes le había dirigido la palabra.
— The rice —explicó. —How should I cook it to…?
— Ah. My mom uses a rice cooker.
Claro, a rice cooker.
— I don’t have one of those —respondió. ¿Esa era la única manera de conseguir un arroz tan bonito?
— Of course you don’t, you’re white —la chica rodó los ojos, aunque su tono no era grosero, sino más bien sonaba un poco divertida.
— I’m mexican —se defendió. Esto pareció tomar un poco por sorpresa a la chica.
— Whatever, I was joking —contestó ella. Luego de observarlo un par de segundos, continuó: —It’s uruchimai rice, you can Google it. But I’ll also ask my mom and send you a recipe later.
Brian le agradeció y regresó a su propio almuerzo sin ganas. Un par de minutos después, la chica le dio un suave codazo y le ofreció una pequeña ración de su arroz.
— Here… just try it beforehand, in case you don’t actually like it —volvió a hablar la chica, y esa pareció ser su disculpa a haberlo llamado blanco.
Brian le dedicó una pequeña sonrisa y asintió. Una inexplicable emoción se revolvía en su estómago y sentía un poco cómo la boca se le volvía agua. Dios, su alma gemela de verdad quería comer arroz blanco insípido. Tomó una cucharada de la porción que se le ofrecía y lo probó. La satisfacción fue tal e instantánea que Brian tuvo que detenerse de hacer algún sonido obsceno o demasiado extraño. Todavía no encontraba la magia detrás de ese platillo, pero esperaba que su alma gemela se sintiera complacido.
La chica le ofreció un par de los sidedishes que acompañaban su almuerzo; a Brian no le parecía haber comido ninguno antes y todos tenían sabores que no podía identificar totalmente, pero sabía a comida genuina. O tan genuina como puede saber cualquier comida preparada dentro de un ajustado presupuesto, con ingredientes extranjeros comprados en una ciudad estadounidense. Sabía tan genuina como los guisados mexicanos que preparaba su mamá y él se daba el lujo de comer en sus cheat days.
Por la tarde, recibió un mensaje, por parte de su compañera. Era una fotografía de una receta escrita a mano, en la que se explicaba paso a paso cómo preparar arroz uruchimai de modo tradicional, sin necesidad de una arrocera. Brian lo agradeció profundamente, ya tenía la base de varios platillos con los que su alma gemela comenzaba a soñar, aunque respondió con un simple “Thnx, dude”.
El invierno se fue en un abrir y cerrar de ojos, e igual de rápido se fue el mundo a la mierda.
Poco después de un mes de que comenzó el lockdown, en plena primavera y apenas regresando del descanso de primavera con la posibilidad —es decir, cuando todavía tenía la posibilidad de dormir hasta entrada la mañana, pues sus entrenamientos eran durante la tarde—, despertó de golpe, con un ansia enorme por comer algo e incluso salivando un poco… había babeado mientras dormía.
Se sentía como si fuera un perro y Pavlov acabara de tocar la campana: cada vez que su alma gemela, en alguna parte del mundo, tenía un antojo imposible, él moría de ansia por complacerlo.
Se puso un pantalón de pijama, se limpió la boca y salió a prisa de su habitación. Su hermana ya se encontraba en la sala de estar, recostada sobre el sillón, con un libro entre las manos y un platón de cereal al lado.
— Ora, ¿por qué te despertaste tan temprano? —preguntó, sorprendida de verlo merodear por la casa antes de las 9:00 de la mañana. Él estaba igual de sorprendido, ¿qué demonios estaba haciendo su alma gemela y por qué no estaba durmiendo?
Rebuscó en el refrigerador y sacó el arroz que, para ese momento, ya casi le salía bien. Sirvió una pequeña porción en un tazón y lo acompañó con la única guarnición de algas que había aprendido a hacer. Eso calmó su ansia un poco, pero no estaba ni cerca de lo que necesitaba. Quería fideos, no quería pasta italiana como la que vendían los restaurantes italoamericanos downtown, no quería spaghetti como el que hacía su tía en Thanksgiving, quería fideos. Imaginaba delgados fideos de trigo hundidos en un caliente caldo de puerco y un montón de toppings, no los reconocía de los vagos recuerdos de su sueño, pero podía sentir el sabor de pescado y yema de huevo en la boca. A él le daba asco la yema de huevo cruda, pero, en ese momento, le volvía agua la boca.
— Güey, ¿tenemos sopa? —preguntó.
— ¿Sopa?
— Yeah, like… maruchan?
— Brian —su hermana lo llamó desde el sillón, lo miraba como si le tuviera dos cabezas—, no te gustan esas sopas.
El susodicho se encogió de hombros.
— Se me antojó.
— Son las 9:00 de la mañana.
Así de ridículo le parecía a él también.
Los fideos instantáneos no le hicieron justicia, en absoluto, al platillo que imaginaba Brian, que necesitaba. Y de paso arruinaron sus comidas de todo el día, teniendo que alterarlas para no romper su plan nutricional, porque no planeaba gastar su cheat day en unos horrorosos fideos sabor a plástico.
Pasó toda la tarde después del entrenamiento buscando un lugar donde el menú ofreciera algo parecido a lo que su paladar pedía. Bueno, no su paladar, sino el de su alma gemela. No por primera vez en años, Brian se preguntó por qué razón su alma gemela no satisfacía sus propios antojos. Entendía que de niño no pudiera llenarse la boca de dulces en todas las comidas del día, como siempre deseaba —si Brian recordaba correctamente lo mucho que anhelaba la hora de la cena para comer una galleta o un tazón de cereal demasiado azucarado—, ¿pero por qué ahora no simplemente visitaba cualquier lugar de comida asiática y se pedía el platillo que tenía a Brian sufriendo en ese momento? A menos que su alma gemela tuviera un plan nutricional como el suyo, y fuera mucho más disciplinado para seguirlo, no encontraba razón alguna.
Brian siguió leyendo recomendaciones de un foro en Reddit sobre los mejores restaurantes de comida japonesa en Chicago e intentó no volver a pensar en él. Donde quiera que estuviera su alma gemela, Brian sólo deseaba que comiera bien y lo dejara en paz, en lugar de tenerlo viendo tutoriales en japonés sobre platillos que nunca podría recrear decentemente.
El sábado por la tarde, saliendo del entrenamiento matutino, se dirigió hacia un restaurante de comida japonesa con un montón de buenos comentarios. La mayoría destacaba lo auténtica que era la comida del lugar, Brian deseaba que eso fuera suficiente para dejar de babear por las noches.
Pensó en invitar a alguno de sus compañeros, pero después pensó que ya era lo suficientemente malo salir a comer durante el lockdown y prefirió ahorrarse un llamado de atención por parte de quien fuera, en Chicago Fire o de sus padres.
Caminó hasta la parada de autobuses en Addison & California y tomó la ruta 93 hacia Logan Square. Luego tomó la línea azul del CTA hacia Rosemont. Trasbordó hacia la parada de la ruta 606 sin pensar mucho en nada, ni en el montón de proyectos escolares que se acumulaban y mucho menos en que todavía no podía debutar en Primera División por la situación mundial. Esperó un par de minutos en la parada designada en el Woodfiel Corporate Center y, en cuanto llegó el autobús, subió al transporte prácticamente desolado.
Aunque quería mantener su mente desocupada, había un límite de pensamientos vacíos y de poca pesadez que podía generar a lo largo de veinte paradas. Intentó no sobrepensar acerca de su carrera, tenía apenas dieciséis años y el mundo no iba a venirse totalmente abajo, aunque en ese momento lo pareciera. La escuela, para serse honesto, no le preocupaba ni la mitad de lo que le preocupaba su carrera deportiva, y si no iba a sobrepensar su lugar en el equipo, mucho menos iba a atormentarse con recordar sus proyectos escolares pendientes.
Su mente terminó regresando al origen del otro problema en el que se encontraba en ese momento, por el que estaba viajando casi dos horas a un restaurante en un suburbio de la ciudad: su alma gemela. A Brian no le molestaba que existiera, sabía que se sentiría vacío si no fuera así. Pero sí se preocupaba por él y le causaba muchísima curiosidad, ¿de dónde era? ¿dónde estaba? ¿extrañaba algún lugar? No tenía ninguna respuesta, pero no quería causarle ningún pesar adicional a su persona destinada, por ello procuraba ser cuidadoso con sus propios antojos y satisfacer los de su alma gemela en cuanto le fuera posible. Incluso si eso significaba hacer un viaje de hora y media en pleno confinamiento sanitario.
Bajó en la parada de la intersección de Golf Road & Algonquin Road y caminó sin prisa hasta el restaurante que había elegido de entre las decenas de opciones que le aparecieron. El menú lucía como el más real, los precios no eran exorbitantes y a Brian le había gustaba la atmósfera del lugar según las fotos del foro.
El lugar se encontraba en una plazita básicamente desértica en ese momento. Brian se preguntó cuántos de esos negocios quebrarían o qué medidas tendrían que tomar para no cerrar, como reducir significativamente el personal o recortarles las horas de trabajo. Caminó directo al local que marcaba el mapa en su celular, también indicado por el enorme letrero afuera, y entró por la puerta de cristal. Dentro, sólo había otra pareja, una persona en lo que era el área de cocina y una chica, de más o menos su edad, tras la caja registradora.
Brian tomó asiento en una de las mesitas junto a las ventanas y bajó las persianas, ver todo tan vacío lo deprimía un poco. La chica de la caja registradora le entregó un menú y lo dejó para escoger su platillo. Brian fingió estudiar el menú, aunque ya tenía la orden lista desde antes de siquiera subir al primer autobús. Pero igual se dio el tiempo de leer el menú, su alma gemela parecía no ser una persona exigente, su elección (Miso Ramen) era bastante simple a comparación de otros platillos con un montón de toppings, ingredientes extras o distintas carnes.
Mientras comía en silencio, mirando sin prestar atención a la pantalla de su celular y el feed de sus redes sociales, Brian decidió dedicar esa comida a su alma gemela. Se había esforzado en escoger un lugar, había desocupado su día exclusivamente para ese momento, y no se había fijado en los precios en el menú. Era básicamente una cita, sólo faltaba él. Dondequiera que se encontrara, Brian deseo que estuviera comiendo bien, tomando suficiente agua y siendo feliz a pesar de las circunstancias.
En otoño, el mundo ya no se le estaba derrumbando. Sí, la situación mundial era un desastre, pero ya había debutado en el primer equipo de Chicago Fire, entonces ya tenía un peso menos sobre sí mismo. Se sentía egoísta por sentirse así, pero era un niño de diecisiete años, no había nada que él específicamente pudiera hacer.
El fin de semana del Thankgiving break, Brian visitó un Miniso en Chinatown, había leído en un foro de recomendaciones que esa sucursal en específico tenía un montón de dulces como los que se le antojaban a su alma gemela desde una o dos semanas atrás. Supuso que su alma gemela debía andar ocupado, si no le había prestado tanta atención a un antojo hasta hacerlo casi salivar, o babear mientras dormía, como con el Miso Ramen.
La tienda, como todo en ese momento, estaba casi desértica, y no precisamente por los preparativos de Thanksgiving. Había apenas una niña de unos diez años con su madre y dos empleados, una chica que se paseaba por los pasillos y el cajero, quien lo veía con curiosidad. Brian se acomodó el cubrebocas y siguió leyendo con atención las traducciones en las envolturas de los dulces. No imaginaba que alguien pudiera reconocerlo, y, si era así, no imaginaba que pudiera importarles mucho, había debutado menos de tres meses atrás.
Finalmente, se decidió por unas gomitas kasugai de surtido de frutas, para probar un poquito de todas; unas de durazno porque, por alguna razón, lo relacionaba con su persona destinada; y unas de lichi, porque ese parecía ser el sabor que su alma gemela quería. Tomó los empaques y se encaminó sin prisa hacia la caja, se dio el tiempo de observar los utensilios, stationery y juguetitos, todos estampados con dibujos de caricaturas tiernas y en colores pastel. No planeaba comprar nada, no eran mucho su estilo, pero se preguntó si ese tipo de cosas también le gustaba a él.
— Ian?
Brian se detuvo en seco, con un llavero de Chococat entre manos. No quería girarse y saludar a quien lo llamó, pero reconocía la voz y sabía bien de quién se trataba. Soltó el llavero.
— Hi, Lari —respondió, con una pequeñísima sonrisa, la cual no era visible tras su cubrebocas.
Lari, Larissa, era otra compañera de clase. Vivía a unas cuadras de distancia y Brian la había ignorado casi por completo durante todo un semestre, porque estaba segurísimo de que estaba saliendo con Ricardo y no quería causar un malentendido, siendo la familia de ella tan aficionados al fútbol. Después se había enterado de que no había nada entre Lari y Ricardo, pero no le vio razón a interactuar con la chica, sino hasta la clase de francés que había cursado en el primer semestre del año, antes de que iniciara el lockdown.
— It’s so weird to see you here —comentó, acercándose para saludarlo mejor. Brian ni se movió.
— Ehh?
— You didn’t strike me as the kind of guy who likes this stuff.
Pues porque a él no le gustaba, estaba ahí estrictamente para satisfacer un antojo de su alma gemela. A él ni siquiera le gustaban tanto los snacks dulces, era más de picante.
— That’s what I’m saying —dijo, ahora, Hana, la chica de la receta de arroz.
Luego de la situación en la cafetería, Hana no se había convertido en su amiga, pero a veces se juntaba con él y Larissa para trabajos en la clase de francés o simplemente estudiaban juntos. Quizá pensó que, como los otros dos hablaban una lengua romance, el idioma del amor les vendría fácil. Se había equivocado estrepitosamente. Pero a veces Lari hacía un chiste en portugués casi fluido y Brian le respondía en español roto, y entonces Hana entendía a medias y se reía.
Después de que iniciaran sus clases online, ambas habían sido lo suficientemente amables para enviarle algunos recursos escolares de los que se perdía o añadirlo a su equipo en los proyectos. Entonces sí, no podía ignorarlas en medio de un Miniso casi vacío.
— I don’t… I don’t like this stuff, I mean —confirmó Brian. —I was just kinda like… craving for it.
Ante su respuesta, Hana soltó un gritito de emoción.
— See? I told you —dijo la pelinegra, dirigiéndose a Larissa.
— Eh? Wh-what? What did you tell her?
¿De qué habían hablado ellas que fuera sobre él?... Brian se sentía como un animalito de circo bajo reflectores enormes. Y a él no le molestaban los reflectores ni la atención, no cuando estaba en su zona, dentro de una cancha cosechando los frutos de su esfuerzo. Era diferente estar en medio de una tienda de artículos asiáticos frente a sus dos compañeras de clase.
— I was telling Lari that you have like this super special bond with your soulmate.
— It’s not super special —recalcó él. Era como cualquier otro.
— It is —insitió Hana. —You don’t fake it, you actually crave for this sweet shit and you can’t resist it.
Brian sintió el color subir por sus mejillas y agradeció, por primera vez en meses, verse obligado a ocultar el rostro por la emergencia sanitaria que atravesaba el mundo.
— So that’s why you were asking her about the rice —añadió Larissa. Dios, eso había sido meses atrás y Brian no fue grosero, había pedido la receta amablemente. —People say a bond is especially strong if you go these distances to satisfy the craving from your soulmate.
Y eso que Larissa sólo lo había visto en el Miniso, y no en el restaurante de comida japonesa a hora y media de distancia, unos meses atrás. Y tampoco sabía que se había vuelto un cliente recurrente a través de Uber Eats. Ni que, a veces, usaba sus días libres para comer algo que su alma gemela quisiera.
Brian no prestó atención a lo que sus compañeras llevaban consigo, sólo siguió su camino a la caja registradora, con el celular listo para pagar en una mano y sus dulces en la otra, y ellas lo siguieron. El chico de la caja volvió a dedicarle una larga mirada, y Brian estaba listo para que pidiera, quizá, una foto después de pagar. En cambio, el empleado le extendió papel y pluma.
— Could you give me your number, please? —pidió, con linda pero tímida sonrisa en los labios y una pizca de esperanza en la mirada.
Sintió el color regresar a sus mejillas y ahora extenderse por todo su rostro, no había forma de que el cubrebocas le ayudara a disimularlos cuando sus orejas estaban ardiendo.
— I… I don’t have a cellphone, sorry —se excusó, guardó el celular, tomó las cosas de la barra y salió disparado del lugar. Larissa y Hana lo siguieron de cerca, riendo bajito y, después, recomendándole otras tiendas de dulces de importación japonesa si le daba mucha vergüenza regresar ahí.
El invierno llegó rápidamente y Brian agradeció que su alma gemela no tuviera ninguna ocurrencia. Por un lado, lo dejaba seguir su dieta nutricional, sin tener que buscar restaurantes o snacks asiáticos por toda la ciudad; por otro, le daba la oportunidad de poder disfrutar de todo lo que su madre preparaba en esa temporada.
Le emocionaba sobre todo el ponche, lo caramelizado de su té con sólo piloncillo y el azúcar natural de las frutas, además de lo suave que eran éstas, pudiendo deshacerlas fácilmente sólo pegando la lengua contra su paladar. También disfrutaba comer tamales, aunque le gustaba más el proceso de preparación que la comida en particular: su familia se reunía en la cocina de su madre y pasaban un par de horas con la masa, las salsas y la carne; luego, otro par de horas en la preparación y, finalmente, todos platicaban amenamente mientras esperaban que se cocinaran.
Personalmente, además, disfrutaba demasiado los mariscos de restaurantes italianos. Unos años atrás, su familia había cenado fuera en época navideña y entonces Brian había descubierto una de sus cosas favoritas: comida de mar en Navidad. El Feast of the Seven Dishes se había vuelto su gusto culposo de esa temporada; no era que no disfrutara la comida mexicana de su familia, pero es que los mariscos le eran un interés especial y los restaurantes italoamericanos de Chicago se lucían en época navideña con sus platillos de temporada.
Brian esperaba que su alma gemela no tuviera nada en contra de los mariscos, porque eran lo único que de verdad le hacían agua la boca.
Durante el Spring Break, cuando el mundo parecía estar casi cerca de empezar a volver un poco a la normalidad, quedó de verse con sus amigos del instituto. Fue entonces que se dio cuenta de que su alma gemela debía odiarlo, porque no encontraba otra explicación a la humillación que lo hizo atravesar.
Visitar el restaurante donde quedaron de verse había sido su idea. Se trataba de un local con temática de anime, su menú constaba de platillos popularizados internacionalmente por x o y anime, entre los que Brian encontró lo que llevaba días buscando: Curry of Life, de Naruto, lo que fuera que eso significara. Nombre medio ridículo, pero supuestamente era picante, a Brian al menos le alegraba que su alma gemela no lo dispusiera a comer otra bomba de azúcar.
Obviamente, Brian no había dicho directamente que quería visitar el lugar. No, había mandado un video de TikTok reseñando el lugar a Larissa, acompañado del texto “They’ve got Sailor Moon stuff” y había esperado que captara la indirecta. Ella, como la buena amiga que había demostrado ser, recomendó el lugar para verse ese Spring Break, Hana había aceptado, Brian había fingido aceptar a la fuerza y Ricardo había sido minoría votando en contra.
“No mames su pinche local otaku, Guti” le había escrito el chico a Brian por mensaje privado, pero Brian le había asegurado que algo bueno debían tener.
Pero no fue así, o al menos Brian no lo había comprobado. Porque justo en ese momento, frente a la mirada preocupada de sus amigos —excepto de Hana, quien se reía abiertamente—, Brian quería que se lo comiera la tierra. Resultó ser que el curry of life era más bien un curry para morirse, con buen sabor, pero demasiado picante para poder ser disfrutable y todas las especias mezcladas no ayudaban a volver la experiencia más llevadera. Quería morirse, era mexicano, se suponía que debía ser capaz de aguantar el picante. De hecho, sabía que disfrutaba la comida picante y tenía una alta tolerancia…
What the hell did they put into that shit?
— Ya, Guti. Nadie te va a juzgar por no terminarte tu comida —dijo Richard, pasándole una botella de agua. Era la tercera que se terminaba.
— Do you want something sweet? —preguntó Hana. Aunque se burlaba, también le preocupaba que su amigo se destruyera el estómago.
— I wanna fucking kill my fucking soulmate —musitó Brian, porque no tenía voz para declararlo por lo alto.
— Pinche kawaii magical kitty girl-chan que te ha de estar esperando, Guti —se burló Ricardo, pero le siguió dando palmaditas cada vez que tocía.
El rice cake del lugar era una maravilla, eso sí, al igual que su bubble tea. A Brian le hubiera gustado disfrutarlo más, pero había pasado todo el rato intentando no morirse.
Brian no fue a su Prom. En realidad, nadie lo hizo, porque no hubo Prom. Fue algo que agradeció sólo porque no tuvo que verse en la tortuosa tarea de invitar a alguien como su prom date; seguramente hubiera tenido que invitar a Hana o Larissa, o a ambas, aun cuando pensaba que ellas preferirían ir juntas. Fuera de esa estupidez, sí decayó un poco su humor al tener una graduación virtual, y no una como la que habían disfrutado sus hermanos mayores.
No era sólo el tema de la graduación, sino también la inevitable separación de sus amistades fuera del fútbol. Chris y Serg le caían bien, pero a veces ocupaba las ocurrencias de sus amigas o Ricardo, quienes estaban bastante desenchufados del mundo deportivo y nunca miraban a Brian con expectativas que, quizá, sólo tal vez, eran demasiado pesadas para sus hombros.
Hana estudiaría en Nueva York, Larissa en Phoenix y Ricardo cambiaría incluso de país, eligiendo la Ciudad de México como su primer destino para vivir solo mientras cursaba la universidad.
— The fuck is this place? — preguntó Chris, mientras se acercaban al restaurante que Brian había encontrado en internet, guiándose, como siempre, por las calificaciones de la clientela.
Pero no era tonto, también le había pedido recomendaciones a Larissa. Este local diminuto había coincidido como el #1 tanto de su amiga como de los comentarios en los foros de opinión.
— Don’t look at me like that —contestó Brian. —You’ll like it, I know it. You have a fucking sweet tooth and this place is like a sugar volcano.
Estando frente al pequeñísimo lugar donde se ubicaba el restaurante, Chris se le quedó mirando un rato. Brian supuso que estaba procesando todos los colores, los vistosos empaques en exhibición, la decoración y la gran cantidad de dibujos animados que la inundaban.
Se habían escabullido del hotel en el que se hospedaron para el campamento que realizó la USMNT en preparación para los Juegos Olímpicos del siguiente año. A Brian le emocionaba haber recibido la invitación y conocer mejor a un montón de talentos jóvenes contra quienes ya había jugado, e incluso algunos que habían comenzado una carrera en Europa. Sin embargo, algo no lo convencía por completo; en su estómago, reposaba una ansiedad que se revolvía en cada equivocación que cometía, por mínima que fuera.
Al final había decidido que no era ansiedad ni inseguridad, sino la innegable necesidad de comer un dulce postre cremoso y esponjoso.
No era intención de Brian arrastrar a Chris con él, su plan era escabullirse sólo, ordenar el postre para llevar y regresar al hotel antes de que cualquiera notara su ausencia. Sin embargo, el rubio había tardado mucho menos de lo acostumbrado en su ducha y había encontrado a Brian en pleno escape, mientras intentaba salir de la habitación en total silencio con los zapatos en la mano y la capucha de la chamarra puesta para cubrirle el rostro. El clima de Phoenix lo hacía sudar, pero no quería exponerse a ser descubierto antes de haber llegado siquiera al lobby del lugar.
Chris lo había mirado con curiosidad primero, luego, cuando vio que Brian se quedó petrificado, le había preguntado qué hacía. Brian se había visto obligado a contarle su plan e incluso se había ofrecido a llevarle cualquier cosa que se le antojara del menú. Pero no, Chris había insistido tanto en acompañarlo que Brian tuvo que aceptar, aunque se sentía como la peor influencia para su amigo.
— So you’ve been here before —dedujo el rubio. Brian negó con la cabeza.
— Not really, a friend recommended it.
— You’ve got friends recommending you anime-theme cafés?
Brian se encogió de hombros.
— Your kawaii kitty girl better be a beauty if she’s making you come to these places all on your own.
Brian soltó una risita y entró al lugar.
Se había vuelto una broma común entre sus compañeros, entre sus amigos, de Chicago Fire. El alma gemela de Guti debía ser una de esas chicas lindas, que vestían colores pastel, usaban maquillaje cuidadosamente aplicado y hacían muecas cutiepie —que a Brian le parecían más bien cringe— para las fotos. En realidad, todos sabían que una persona así no sería su tipo, era sólo el estereotipo que le habían asignado guiándose por las preferencias culinarias de su alma gemela.
Porque, por supuesto, todos se habían dado cuenta. Era tan constante que para Brian se había vuelto algo normal, pero a lo largo de los años sus compañeros se habían dado cuenta de que sus snacks de elección, y las comidas que más repetía cuando salían, se dividían en dos: lo que le gustaba a él, y lo que le gustaba a alguien más. Porque Brian a veces podía comerse tranquilamente unos tacos en sus días libres, y en otras ocasiones debía insistir en ir a algún lugar que sirviera un jodido beef and daikon radish stew bien hecho.
A Brian no le incomodaban los chistes, sabía que no eran más que bromas. Le preocupaba no saber nada de su alma gemela más allá de su aparente exigente paladar. Le daba curiosidad, además, la apariencia que él tendría. Lo llamaba curiosidad porque admitir que le preocupaba un poco lo haría sonar egocéntricamente superficial. Pero es que cada estereotipo para un otaku —lo que todo el mundo había decidido que su alma gemela era, porque cada platillo que se le antojaba era demasiado específico para no estar inspirado en alguno visto en un anime— era más ridículo que el anterior. Los estereotipos para los varones eran mucho menos amables. Brian no quería que su alma gemela fuera un asocial, sin interés por su deporte, que peleaba en foros de opinión con niños de middle school.

LARI 🌺
What did you get?
ME

That minipancake
it was fcking good
can't eat the bigger version tho
That’s a classic
Good choice
ME

I lied
i also got one of those cupcakes
but only one
cuz i don't like banana that much
omg Ian
chill
if it was for your soulmate, then the calories don't count
it was
Uh
He must be watching Horimiya
Who-?
Your soulmate
He must be watching Horimiya
Yeah
Probably
Con Larissa, Brian había dejado de darle muchas vueltas al asunto de quién podría ser su alma gemela. En un principio, cuando el tema salía a colación, Brian procuraba siempre (siempre) usar gender-neutral pronouns, y nunca había actuado con incomodidad cuando se referían a su posible alma gemela como una mujer. Sin embargo, Larissa se había dado cuenta.
La primera vez que ella lo había mencionado, Brian había entrado en pánico y había dejado de responder los mensajes por casi una semana. La segunda ocasión, lo tomó como una broma y se rio. La tercera vez, exhausto de tener que fingirlo incluso con la única persona que mostraba abiertamente su apoyo a la posibilidad, simplemente lo aceptó.
Brian había aprendido a preparar algunos platillos de la cocina japonesa porque, a lo largo de los años, se habían vuelto la única constante de su alma gemela que no podía encontrar con tanta facilidad. Obviamente habían aparecido cosas más comunes para él, lo cual sólo lo había confundido en un principio pues ya no tenía ni una idea de dónde podría estar él. Mole, galletas de avena, gomas de Panditas rojas, lokum… se había convertido en tal mezcla de distintas ocurrencias que Brian había dejado de intentar descifrar dónde debía buscar a su alma gemela. O viajaba por el mundo, o tenía un amplio repertorio de animes y películas.
Sin embargo, a pesar de ello, su alma gemela aún lo sorprendía de vez en cuando. Meses después de haberse escapado por un Japanese Soufflé Cheesecake en Phoenix, apareció un nuevo interés.
— ¿Alguna vez has comido pistaches en salsa verde? —le preguntó a Sergio, mientras caminaban a los vestidores luego del entrenamiento. El moreno lo vio como si tuviera dos cabezas.
— ¿Qué?
— Pistaches… en salsa verde —explicó Brian, pero él tampoco entendía a que se refería. Su mamá nunca había cocinado algo así.
Esta vez no se trataba de un antojo incontrolable, sino mera curiosidad. Brian podía detectarlo, su alma gemela no moría por probar un plato lleno de pistaches con salsa verde, sino que le nacía la simple curiosidad de probar el guisado. Al menos Brian no tenía la necesidad de cubrir ese antojo, porque no le sonaba en absoluto apetecible. Y no planeaba repetir la sensación que tuvo cuando comió por primera vez un huevo “tibio” en un plato de ramen, le había parecido raro hasta que se acostumbró muchos intentos después. No quería acostumbrarse a comer pistaches en salsa verde.
— En mi pinche vida había oído eso.
Brian coincidió.
— Yo tampoco.
— ¿Entonces de dónde sacas…? —la comprensión le llegó a Sergio un poco tarde, pero igual se burló por lo bajo. —Eso no suena muy cutie pie kawaii de parte de tu magical kitty girl-chan.
Brian rodó los ojos, pero no dijo nada más. Quizá si comía pistaches normales, mataba la curiosidad. No quería probar el guisado que se le acababa de ocurrir a su alma gemela. Y comenzaba a cohibirse de conocerlo.
La timidez por conocer a su alma gemela desapareció más tarde ese mismo año.
Desde que habían comenzado la universidad, sus amigas visitaban Chicago sólo un par de veces al año. Y, de esas visitas, Brian coincidía en la ciudad sólo unas pocas. Pero lo hacían funcionar, a veces hacían mandados en la ciudad juntos o quedaban de verse para comer. En ocasiones, Brian se sentía como si estuviera en Sex At The City, recibiendo las actualizaciones de la vida de sus amigas mientras compartían el almuerzo, aunque faltaba Ricardo para cumplir el cuadro de amigos. Obvio nunca compartió esa comparativa.
— Here. Take it as an early Christmas gift —comentó Larissa, extendiéndole una pequeña bolsa de regalo a Brian y una cajita a Hana.
Brian tomó la bolsita y sacó un par de llaveros. Del primero colgaban tres pequeños peluches de dálmata, el segundo era un Labubu personalizado como dalmata. Ninguno de esos era Sparky.
— 101 dalmatians? —preguntó.
Larissa se encogió de hombros.
— They look cuter than Sparky.
— Hey…
El reclamó de Brian se vio interrumpido por un gritito ahogado que soltó Hana, a su lado.
— ¿Ora tú? What-what happened? —preguntó.
— My god, Lari. Where did you get all of these?
Hana sostenía un montón de cartoncitos pequeños, lucían como fotografías, aunque eran más pequeñas que una postal. Brian se asomó, quería echar un vistazo, pero no encontró nada extraordinario en ellas, todas eran fotografías de la misma persona.
— Okay, look. These are not your actual Christmas gifts, don’t worry (don’t look at me like that, Ian) —comenzó Larissa. Cuando sus dos amigos asintieron, en silencio, continuó: —My roomie is getting rid of a bunch of stuff. She wants a fresh start or something, I don’t know. She gave me all of her Jungkook’s photocards, so I thought I could give you those —se dirigió a Hana, quien asintió con la cabeza repetidamente, con una sonrisa de oreja a oreja. —And I took those dalmatians stuff cuz it reminded me of the mascot from your team, Ian —Brian asintió, ahora ya lucía como un lindo gesto.
— Thanks, Lari —dijo, simple. Guardó los muñecos en su bolsa, quizá los colgaría en su mochila.
— I love these. Really, really thank you —Hana sonaba demasiado conmovida como para referirse a unas fotos impresas en cartón.
— So… I take the guy is handsome —comentó.
Sus dos amigas se giraron para verlo. Lo juzgaban.
Por suerte, el mesero llegó en ese momento con su comida. Frente a Brian, apareció un plato con pasta y camarones, y agradeció profundamente a su alma gemela por no haber tenido ninguna ocurrencia que pudiera atravesarse entre él y comida con mariscos en su preciado cheat day de la semana. Larissa había ordenado lo mismo que él. Hana, por su lado, había ordenado una ensalada con varios frutos rojos y vinagreta de miel, algo mucho más dulce de lo que Brian estaba acostumbrado a verla comer.
— What? —preguntó la pelinegra, ante la mirada curiosa de sus amigos. — My soulmate suddenly got a sweet tooth, I don’t know what’s their deal.
Ambos asintieron y recuperaron la conversación interrumpida por el mesero, aunque ahora nadie juzgaba a Brian por no reconocer lo especial en el paquete de fotografías que pertenecían a Hana.
— Jungkook’s not just handsome —comenzó Lari. — He’s very talented as well.
— So, handsome and talented… —una dupla digna de admirar, en opinión de Brian.
— No, no, you’re not getting it —interrumpió Hana. —He’s very unique. He’s such an otaku, and so cute and pretty, but also so athletic and disciplined. And his talent…
Bien, habían captado la atención de Brian. Tomó una de las photocards que Hana todavía sostenía entre manos y la observó con atención. En el cartón, un hombre de cabello castaño y enormes ojos oscuros observaba directamente a la cámara, y por un momento Brian se sintió observado por él. Sí lucía atlético, también.
— Is he now? —dijo, devolviendo el cartoncito a la caja con los demás.
— Uh?
— An athletic cute otaku?
Hana y Larissa asintieron, emocionadas por el interés, aunque pequeño, que mostró su amigo por escucharlas hablar del tema. Y continuaron con ello, aunque Brian ya no prestó mucha atención. Una sola pregunta rondaba por su cabeza: ¿Esa era una posibilidad para él?

RICK ⚡
RICK ⚡


Magical Girl-chan
Brian echo un vistazo al teléfono, y se detuvo al ver la miniatura del mensaje que acababa de mandar su amigo. Abrió la notificación. Ricardo acababa de mandar la fotografía de un futbolista al que no reconocía mucho. Tenía el cabello castaño, unos enormes ojos enmarcados por largas pestañas, un par de cejas bastante pobladas, su rostro estaba totalmente ruborizado y sus mejillas lucían bastante suavecitas. En la primera foto, posaba con los brazos extendidos y las manos en una posición como si acabara de lanzar el balón con ellas.
ME
q pedo, wey?
quién es ese?
Ni idea, wey
Se me apareció en X
ah
y q hace o q ¿
Pues según Internet, salvando a su equipo
Dos goles en seis minutos
no mames
q chingón
Es del Chivas, wey
No lo conoces?
no wey
Amárratelo, bro
Ricardo
No chingues
Es vato
Por eso, wey
Dios, ¿acaso todo su grupo de amigos se había dado cuenta?
ME
q tenía q ver?
Es q
Ve wey
Es otaku
La imagen que mandó Ricardo mostraba una comparativa entre el futbolista y un personaje animado, Goku. A ese sí lo reconocía Brian. Mirando mejor la escena del festejo del jugador, era claro que había emulado el ataque del personaje de Dragon Ball Z.
Bueno, ese sí era un otaku bonito y atlético.
ME
Y a mi q, wey¿
🙄🙄🙄
Todavía de que te ando buscando vato, cabrón
Ah ya
Háblale, wey
Ricardo
No mames, pendejo
Wey
Si no buscas a tu alma gemela, no lo vas a encontrar nunca
wey
nta te juro
Ahorita me vale madre conocer a mi alma gemela
No mentía. En ese momento, no tenía planes de conocer a su alma gemela, no tenía prisa. Prefería dejarlo al destino; si iba a pasar, sería pura coincidencia, en el momento indicado. Él no iba a forzar nada. Y tampoco iba a imaginarse que un jugador mexicano era su alma gemela por pura carrilla iniciada por su amigo.
Siendo honesto, Brian siempre había asumido que su alma gemela sería alguien que se desarrollara y tuviera carrera en un campo distinto al suyo. No por lo ya atípico que sería una relación romántica entre dos futbolistas, sino porque… a decir verdad, nada de lo que podía asumir de su alma gemela le indicaba que le interesara en absoluto el mismo deporte en el que Brian se había criado.
Por otro lado, estaban en puertas de la Copa del Mundo. Toda la atención de Brian se enfocaba en mantener su ritmo, en hacer un buen juego tras otro, en sumar puntos para ser considerado. No quería que se le repitieran las Olimpiadas de 2024.
Sin embargo, la conversación con su amigo despertó un nuevo interés en él. No por el delantero de ojos bonitos —aunque dos goles en seis minutos sonaban de por sí ya interesantes—, sino por echar un vistazo a la temporada que estaba teniendo el equipo mexicano.
Esa noche, Brian miró una repetición del partido. No prestó atención a la celebración del delantero, sino a la rapidez con la que empató el marcador para su equipo, estableció la ventaja y le regresó la confianza a la afición. Había ingresado en el 81’, y en menos de diez minutos le había dado la victoria a su equipo. Sí, todo triunfo en su deporte era trabajo en equipo y blah, blah, blah, pero… él, Armando González, se había lucido.
Para cuando terminó de ver el partido, sintió un fuerte tirón en el estómago. Miró la hora en su teléfono, ya casi era media noche. Eso explicaba la repentina hambre, y ansia por saciarla, que lo inundó. Se puso de pie, decidido a buscar algún snack que pudiera compensar la colación que se había saltado.
Brian trabajaba duro, disfrutaba cada juego —como su padre siempre le había aconsejado—, y se emocionaba de ver a la afición celebrar sus triunfos y mantenerse fieles ante los fracasos. Pero algo comenzaba a hacerle ruido dentro de su propia pequeña burbuja.
Con todo, la última conversación con Ricardo sobre su alma gemela había despertado demasiadas preguntas. Tenía dudas, no era que se sintiera inseguro, sino que genuinamente comenzaban a aparecerle ideas, sobre las cuales sopesaba su posibilidad real, objetiva, las ventajas y los contras que podrían traerle. Ni siquiera cuando descubrió que su alma gemela sería otro hombre se había cuestionado tanto como lo hacía en ese momento.
Por ello, su atención comenzó a fluctuar con las primeras llamadas de su representante, en otoño. Brian escuchó con atención sobre el interés que clubes mexicanos comenzaban a presentar por él, sin duda también con el objetivo de beneficiarse de su doble nacionalidad para poder cubrir su plantilla sin tener que recurrir a enlistar a un jugador más como extranjero. Brian jugaría como mexicano.
Sin embargo, la única llamada que le importaba llegó hasta finales de noviembre. Brian se lo pensó antes de aceptar, aunque conocía su respuesta antes de siquiera conocer la oferta: quería salir a un lugar distinto, quería un reto porque aún era lo suficientemente joven para perseguirlo a toda velocidad y quería jugar un Mundial.
Brian Gutiérrez firmó con el Club Deportivo Guadalajara el 12 de diciembre de 2025.
