Actions

Work Header

I <3 IBIZA

Summary:

Ferran se mordió el labio. Quería sacar ese cigarro y fumárselo ya, sólo por llevar la contraria. Quería darle la vuelta o tirarlo, para no tener que volverlo a ver. Quería volar hasta Madrid y dárselo a Marc para compartirlo con él por última vez.

Pero Marc ya no fumaba. Y tampoco hablaba con él.

Exhalando un largo suspiro, agarró uno de los otros cinco cigarros y se lo llevó a los labios; y, con las manos temblorosas —de anticipación, de frustración, de nostalgia—, encendió el mechero y lo prendió.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Fuera estaba lloviendo. 

No hacía falta mirar por la ventana para saberlo. Un sinfín de gotas de acero repiqueteaban sobre el cristal rítmicamente, y los truenos irrumpían su melodía cada vez que estallaban en el cielo. Las voces de la calle, hacía unos minutos concurrida, iban menguando a medida que buscaban refugio de la repentina tormenta que caía sobre París. A veces pasaban coches. Otras veces, se oían sirenas.

Ferran estaba tirado en la cama.

No sabía cuánto rato llevaba ya así. La habitación de aquella casa, casi del tamaño del piso en el que se crió, estaba sumida en una penumbra únicamente iluminada por la luz de los rayos que caían de tanto en tanto. Casi una pared entera de su cuarto eran ventanales, y cualquier otra persona se habría asustado con el estruendo de la lluvia chocando contra ellos en casi total oscuridad, amplificándolo por toda la estancia.

Para él era, en cierta manera, relajante.

Había sido un día largo. No tenía que entrenar, no hacía tiempo para salir, ninguna película le parecía especialmente interesante y tampoco tenía las fuerzas suficientes para bajar siquiera al salón a hacer algo productivo. 

Simplemente, era uno de esos días. Se había levantado con mal pie, no tenía nada de hambre y el cielo de París acompañaba su humor: gris, apagado. Exageradamente triste sin razón aparente.

De repente, la pantallita de su teléfono se iluminó junto a su cadera. No había tenido una sola notificación importante en todo el día, a excepción de los cincuenta dms de chicas parisinas que había conocido en alguna parte —una fiesta, un evento, la cafetería de un hotel— y conocían, por alguna razón, cada uno de los días libres que les daba su entrenador. Pero tenía las notificaciones de Instagram silenciadas, así que no podía ser ninguna de ellas.

Ferran agarró su teléfono con la mano derecha y lo levantó por encima de su cabeza. 

“¿Vas a perder tu racha, Ferran?”

—Joder —murmuró, lanzando el móvil al otro lado de la enorme cama de matrimonio en la que estaba y masajeándose el puente de la nariz con los dedos—. El puto Duolingo.

En otra ocasión, ese mensaje le habría obligado a continuar con las clases de francés que realmente no necesitaba —tenía un tutor para ello— pero que mantenía únicamente porque se había picado con no perder su racha. 

En ese punto, era más una prueba para sí mismo, una demostración de que podía mantenerla. “Puedo conservarlo diariamente. Puedo hacer el esfuerzo para que algo en mi vida dure de verdad.” Pero en días como aquel le daban ganas de agarrar su teléfono y romperlo contra la pared.

Ferran se llevó las manos a la cara y rodó sobre la cama, ahogando un gemido de agonía y frustración. En el fondo, muy muy en el fondo de su ser, había deseado con todo su corazón que aquella notificación perteneciera a una persona en concreto. Y el simple hecho de ser consciente de ello lo llevaba por el camino de la locura.

Marc y él habían dejado de hablar cuando se fue a París. Ferran se había ido sin escribirle siquiera, sin explicarle que se había terminado. Marc intentó llamarlo un par de veces, pero tampoco insistió de más. 

Era evidente que iba a acabar así, de todas formas. Si había permitido que algo ocurriera entre ellos dos para empezar, era únicamente por la euforia de la victoria, la adrenalina del verano, y porque eran campeones del mundo. 

Y los campeones del mundo pueden tenerlo todo.

Aunque eso no podía ser exactamente cierto, porque tres meses más tarde, Ferran estaba en parís, tirado en la cama de su nueva casa, sintiendo que ya no le quedaba absolutamente nada.

Ni siquiera estaba del todo seguro de cómo había empezado. ¿En los últimos partidos del mundial? No tenía ningún recuerdo destacable con Marc cuando estaban en América, a pesar de que fue donde pudieron conocerse mejor y hacerse más cercanos. ¿En la celebración? Estaban los dos borrachos, vacilándose entre ellos y vacilando al resto, tonteando con el trofeo, pero nunca notó nada que fuera más allá. ¿En Ibiza? Pero no podía haber sido tan tarde, porque allí fue donde todo había explotado, y si de algo estaba seguro, era que algo así no podía darse de un día para otro.

Ferran soltó un suspiro largo y volvió a rodar sobre la cama. Después tragó saliva y, sabiendo que la idea que acababa de tener era terrorífica, se quitó las mantas de encima y se levantó.

No tenía que hacer esto. Estaba mal de muchas maneras, en muchos niveles. Sin embargo, decidió ignorar completamente los pensamientos racionales de su cabeza y se agachó frente a su mesilla de noche para abrir el tercer cajón. 

Hacía varias semanas que no lo abría, cosa que era evidente por la fina capa de polvo que lo cubría todo. Apartó unos cables que no usaba, un libro de francés que no sabía qué hacía allí y una caja de condones sin abrir. Y cuando encontró lo que buscaba, agarró el mechero de I <3 IBIZA al que apenas le quedaba gas y la cajetilla de tabaco, y cerró el cajón de un golpe seco.

De pie de nuevo, se desperezó en medio de su cuarto, como si pudiera quitarse de encima todos los recuerdos que comenzaban a abrirse paso por su mente. Pobre de la inocente voz de su cabeza, que no tenía ni idea de que estaba a punto de ahogarse en ellos otra vez.

Ferran se acercó al sillón colocado junto a su ventana despacio, los pies descalzos pisando mudos el parqué, y se acomodó en él hundiéndose entre los mullidos cojines que lo decoraban. Como acostumbraba a hacer cuando andaba por casa, no llevaba puesto nada más que unos calzoncillos, así que la tela aterciopelada del sillón le hizo cosquillas en la piel.

Abrió la ventana con una mano y dejó que el viento de fuera la empujara contra el cristal contiguo. La lluvia, encantada de tener un hueco por el que pasar, empezó a colarse dentro de su habitación, gota a gota.

Daba igual que el suelo se mojara, ya lo limpiaría alguien más tarde. 

Ferran abrió la cajetilla y se quedó mirando fijamente su contenido. Le quedaban seis de los veinte cigarrillos que había habido antes. Algunos se habían consumido lejos de allí, en una terraza frente al mar. Otros habían sido utilizados para hacer porros. Los últimos se los había fumado él, en esa misma habitación, en tardes similares a aquellas.

Se fijó en el pequeño círculo marrón que destacaba entre los filtros. 

“El de la suerte.” le había dicho Marc, dándole la vuelta a uno de los cigarrillos cuando abrió el paquete, con una sonrisa que a Ferran le dolía recordar. “Tienes que dejarlo para el final. Ya que eres demasiado exquisito para aprender a liar, al menos tienes que respetar las tradiciones.”

Ferran se mordió el labio. Quería sacar ese cigarro y fumárselo ya, sólo por llevar la contraria. Quería darle la vuelta o tirarlo, para no tener que volverlo a ver. Quería volar hasta Madrid y dárselo a Marc para compartirlo con él por última vez.

Pero Marc ya no fumaba. Y tampoco hablaba con él.

Exhalando un largo suspiro, agarró uno de los otros cinco cigarros y se lo llevó a los labios, y, con las manos temblorosas —de anticipación, de frustración, de nostalgia—, encendió el mechero y lo prendió.

La primera calada se le metió en sus pulmones sin preguntar y le provocó una tos tan violenta que lo sacó de su ensimismamiento por unos segundos.

¿Qué cojones estaba haciendo? Él no fumaba. Era un deportista de élite, que cuidaba su cuerpo como si fuera un templo y que jamás en su vida se había sentido tentado por algo así fuera de fiestas o celebraciones. No podía caer tan bajo como para usar el tabaco como vía de escape.

Pero no era una vía de escape exactamente, y él lo sabía bien. Odiaba el sabor del tabaco, detestaba que el olor se le quedase pegado a los dedos, al pelo y a la ropa. No le gustaba nada que su habitación se llenase de humo.

Y aún así lo hacía. Lo hacía porque la vía de escape había sido huir a Francia. No avisar a nadie, no llamar a Marc. No responder a sus mensajes. 

Lo hacía porque aún lo echaba de menos.

Ferran se tragó su orgullo con la segunda calada.

Aunque no supiera exactamente cuándo había comenzado, estaba claro que el detonante habían sido sus vacaciones en Ibiza. Había empezado con las bromas cuando se hicieron públicas sus fotos con Llorente, donde las redes y la prensa habían empezado a enmarcarlos disimuladamente como si fueran una pareja. A él nunca le había importado eso porque le hacía gracia —estaba acostumbrado a tener la misma o el doble de exposición con Pedri, y sabía que todo eran bromas—, pero por alguna razón que no comprendía, Marc había estado especialmente pesado con el tema.

Una noche en concreto, en una fiesta privada a la que habían acudido varios jugadores de la selección y derivados —Borja a ratos pinchaba la música o se acercaba al grupo de su novia y sus amigas; Baena estaba hablando con unas influencers por ahí, Llorente estaba dando una TED talk medio borracho a unos guiris que no sabía cómo habían entrado—, Marc se había sentado a su lado en el sofá del reservado. Y le había preguntado si era gay.

—¿Qué?

—Que si te van los tíos —Pubill no parecía ni un poco perturbado por la repentinidad de pregunta. De hecho, le dio otro trago a su cubata y la elaboró—. Si te gustan las pollas y eso. 

Ferran parpadeó, incrédulo, y frunció el ceño. Giró la cabeza para mirarlo y repetir, por segunda vez, su pregunta.

—¿Qué?

—Tío, Ferran, que estamos en confianza. No soy homófobo ni nada, ni se lo voy a contar a nadie, pero me da curiosidad.

La mano izquierda de Marc le acarició el muslo por encima de los vaqueros, en un acto que parecía querer ser reconfortante, pero a Ferran le puso en tensión. No sabía en qué momento la había puesto ahí.

—Eh… No, no me gustan los tíos —contestó, titubeando. Le había temblado la voz, y no tenía muy claro el por qué, si la respuesta era clara—. ¿Por qué lo preguntas?

Marc se encogió de hombros y le pegó otro trago a su ron cola. Ni siquiera le estaba mirando, pero Ferran se sentía como si estuviera en un interrogatorio.

—No sé, siempre estás muy pegado a Pedri, y ahora que Pedri no está, no te separas de Marcos —contestó—. Y ya sabes que la gente habla y…

—¿Y tú te lo crees?

La voz le salió más a la defensiva de lo que habría querido. 

Marc alzó ambas manos y levantó las cejas, en un gesto de inocencia.

—Tío, no te lo tomes a mal, tampoco es como que sea un insulto —repuso—. Ya sé que con Marcos no tienes nada, pero no sé, quería preguntártelo a ti directamente…

—¿Le has preguntado a Llorente si estaba liado conmigo?

Esta vez sí, Pubill giró la cabeza hacia él y clavó sus ojos en los del valenciano. Ferran parecía alterado de verdad.

—Pues sí, ¿te raya eso? —inquirió— Ya me ha dicho que sólo sois amigos, no te pienses que va diciendo nada por ahí. Pero tu sexualidad es cosa tuya, por eso prefería que me lo dijeras tú.

Ferran tragó saliva y volvió a abrir la boca para contestar, pero las palabras se le quedaron atascadas en la garganta. Además, la mano de Marc no se había movido de su muslo.

—¿Y tú? —la voz del delantero sonó ahogada, pero intentó soltar una risa a pesar de todo, quitándole algo de tensión al ambiente. Aunque estaba bastante seguro de que el único tenso en aquel momento era él—. ¿Tú eres gay, Marc?

Pubill soltó una risita, pero si quiso decir algo sobre el repentino cambio de tema, no lo hizo. En su lugar, apuró su copa en un último trago y la dejó sobre la mesa que tenían en frente.

—Bisexual —contestó, seca y llanamente—. Aunque he estado con más tías que con tíos. Creo que es porque tengo un tipo muy concreto en hombres y me gustan todas las mujeres.

Eso claramente había tenido intención de hacer gracia, pero Ferran no supo qué responderle. Se limitó a darle vueltas a su propio vaso, cuyos hielos prácticamente se habían deshecho del todo en el vodka, con la mirada clavada en el suelo. Ni siquiera se atrevió a darle un trago.

Notando su incomodidad, Marc le dio unas palmaditas en el muslo y después llevó la mano a su hombro.

—Va, tío, te estás rayando de más y esta noche no es para eso —se levantó del sofá y extendió el brazo para ayudarlo a incorporarse a él también—. Eres la estrella de España, nos has dado un mundial y estamos celebrándolo en Ibiza. Vamos a salir a fumar.

Ferran frunció los labios y volvió la cabeza hacia Marc.

—Pero yo no fumo. —repuso.

Pubill se encogió de hombros y esbozó una sonrisa ladeada.

—Ya, y yo ya tampoco. —contestó.

Y tras esa respuesta, el valenciano había dejado su copa aguada en la mesa, le había agarrado de la mano y había aceptado su invitación.

Ferran se preguntaba cómo había sido tan tonto.

En un intento de disipar los recuerdos, exhaló todo el humo de sus pulmones por quinta o sexta vez, y se quedó mirando cómo las volutas grises oscuro se mantenían en el aire un segundo para después desaparecer por la ventana. La lluvia había comenzado a aflojar, y la ciudad de París empezaba a iluminarse con la llegada de la noche.

Las intenciones de Pubill habían sido claras desde el principio, y aunque no lo admitiría en voz alta, Ferran se había sentido como un adolescente viviendo su primera vez en una fiesta. Nada se había comparado al revoloteo en el pecho que en aquel momento había identificado como nerviosismo, pero ahora sabía que había sido anticipación.

Le dio otra calada al cigarro.

—No me has respondido a la pregunta.—Le había dicho Marc un rato más tarde, después de mantener una conversación tonta de la que ya ni se acordaba y liar un piti para compartirlo entre los dos.

—¿Qué pregunta?— Había contestado él, haciéndose el tonto, o quizá realmente todavía un poco ajeno a lo que fuera que estuvieran jugando.

—Si te gustan los hombres—Marc le dio una última larga calada al piti, y lo apagó contra la pared antes de tirarlo al suelo—. Si alguna vez lo has probado.

Ferran no contestó al instante, de nuevo helado por la pregunta. Su corazón pareció saltarse un latido mientras su cerebro se atropellaba con todas las variantes en las que podía acabar su respuesta. Tragó saliva.

—No.—Fue lo único que supo responder.

Sentía la mirada de Marc clavada en su pecho, a pesar de que lo estuviera mirando a los ojos. Nunca antes habían estado tan cerca. Tenía que alzar un poco la barbilla para mirarlo, y sus pupilas eran de un tono café que parecía brillar con las luces neón del cartel de la discoteca.

Soltó una carcajada irónica.

—¿No te gustan o no lo has probado?

El delantero no supo que decir. Abrió la boca para responder, y acto seguido la cerró. Pero tampoco hizo falta que dijese nada.

En los instantes en los que tardó en formular un pensamiento coherente en su cabeza, Marc se inclinó ligeramente sobre él y lo besó.

Aquello había desencadenado una larga serie de pensamientos confusos y sentimientos nuevos en su interior, que se enredaron en la base de su estómago y se mezclaron con la euforia de su pecho. Aunque tampoco tenía la cabeza como para ponerse a inspeccionarlos uno por uno. 

Era como si todas las alarmas de su mente se hubieran encendido al mismo tiempo, y se hubieran silenciado al momento. Se sentía hasta mareado, y sabía que no era por el alcohol ni por la nicotina.

No, lo único que tenía presente en ese momento eran los dedos de Marc acariciándole la nuca y su mano bajando por su espalda. Unos labios cálidos sobre los suyos, una lengua caliente explorando su boca. 

Ferran se estaba aferrando a él como un náufrago a su barco, y aunque eso le formulaba miles de preguntas nuevas en su cabeza, ninguna de ellas necesitaba una respuesta con urgencia. Si algo tenía claro, era que él quería eso. Que lo necesitaba. Que ahora que lo tenía en su boca, no sabía cómo iba a poder respirar sin él.

—No tienes ni idea —Marc se separó de él apenas unos instantes, con la respiración agitada y los ojos cerrados. Pegó su frente a la de él, y susurró contra sus labios—. No tienes ni puta idea del tiempo que llevaba esperando esto.

Ferran ahogó un gemido que Pubill se tragó al pegar su boca de nuevo a la suya, enredando los dedos en su pelo y bajando la mano hasta llegar a sus vaqueros. No, Ferran no tenía ni idea, pero se lo estaba dejando bastante claro sin necesidad de palabras.

Se lo demostró con la forma en la que no paró de besarle durante toda esa noche, cuando volvieron al hotel en un Uber, riendo como tontos e intentando contenerse de lanzarse sobre el otro en los asientos de atrás. Se lo confirmó con la manera en la que le quitó la ropa y lo lanzó sobre la cama de su habitación, mordiéndole el cuello y acariciando cada centímetro de su piel, memorizando cada curva y cada recoveco.

Ferran se revolvió en su sillón. Aún le recorrían escalofríos cada vez que recordaba aquella noche.

Evitó pensar en su yo del pasado, completamente perdido en el placer, y le dio otra calada al cigarro. El amargo sabor del tabaco fue suficiente para corromper la dulzura del recuerdo.

Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, apoyándola en la espalda del sillón.

La reminiscencia de aquella noche se sentía como un sueño lúcido, como una fantasía que no había llegado a ocurrir jamás. Lo quería adjudicar a la fiebre del éxito, a la libertad de las vacaciones o simplemente al alcohol. A cualquier cosa que le permitiese decir que no había sido su culpa. Que no lo había querido de verdad.

Pero aquellas afirmaciones perdían validez cuando recordaba que se había repetido muchas veces más.

Estuvieron en Ibiza un mes entero, desde que terminó el mundial hasta que comenzó de nuevo la temporada. Ferran ni siquiera sabía que iba a terminar en Francia apenas semanas después, ni pensó en ningún momento que acabaría tomando la decisión de irse del club que lo había convertido en quien era. 

Pero el peso de lo habían estado haciendo había empezando a ser demasiado como para poder cargar con él, y la única solución que se le había ocurrido en aquel momento fue irse lo más lejos posible.

Ferran exhaló de nuevo. La lluvia se estaba apagando. Su cigarro también.

Se llevó el filtro a los labios y agarró el mechero de la mesa. Necesitó un par de intentos para encenderlo —tenía los dedos entumecidos por el frío que entraba por la ventana abierta, y el viento tampoco le estaba facilitando la labor—, pero finalmente pudo volver a prender el tabaco. Tampoco debían quedarle demasiadas caladas para terminarlo.

Lo peor de toda la situación había sido que nunca hubo un punto en el que las cosas empezaran a torcerse, sino todo lo contrario: iban demasiado bien. No volvieron a salir de fiesta con el resto, se limitaron a pasar el resto de sus vacaciones ellos dos solos. 

Alquilaron yates para irse a pasar el día en medio del mar, comer marisco en la cubierta y pasar el resto de la tarde metidos en el camarote —fue un poco incómodo las primeras veces, por el balanceo del barco, pero Marc decía que aquello lo hacía más divertido—. Pidieron comida para cenar en la terraza de la habitación de cualquiera de los dos, donde Pubill siempre liaba dos pitis y se fumaba uno antes del postre, y otro después de follar. Se pasearon por los puestos del paseo marítimo y hablaron sobre qué tontería podían llevarles al resto de la selección, si un llavero en forma de delfín o un vaso de chupito con unas tetas de cristal.

Un día, incluso se atrevieron a meterse en uno de los puntos turísticos de la ciudad a plena tarde.

—Mira esto.

Para variar, Marc se había adelantado un poco a él y se había metido en una tienda de souvenirs que probablemente era una trampa para turistas. Ferran detestaba que se metiera siempre en los lugares más concurridos —cosa que no era difícil en pleno julio en Ibiza—; miles de personas los paraban y les pedían autógrafos y selfies, que en otra ocasión habría agradecido, pero aquellos días le ponía de los nervios. A Pubill no parecía afectarle. No sabía si era porque estaba muy cómodo con la fama, o si simplemente le daba igual.

—Vaya, qué útil. Te lo voy a pillar.

Ferran se acercó al mostrador, donde Marc miraba algo que estaba en una caja que no alcanzó a ver. Delante de ellos, la dependienta parecía a punto de empezar a dar saltos de la ilusión.

—Si necesitáis algo, estoy aquí. —les dijo, con una sonrisa enorme en la cara.

Marc correspondió su gesto. Estaba de espaldas a Ferran, pero este sabía perfectamente la expresión que estaba poniendo: las cejas ligeramente alzadas, las pestañas largas enmarcándole los ojos, los labios ligeramente encorvados hacia arriba y la comisura derecha un poco más estirada que la izquierda.

Solía mirarlo así a él, antes de pedirle un beso.

—Gracias, guapa —le contestó a la dependienta, agarrando lo que fuera que hubiera en la caja y poniéndoselo delante—. Me voy a llevar dos de estos.

La chica se sonrojó violentamente y asintió rápidamente, metiéndolo en una bolsita de papel con dibujos de espirales y diciéndoles no sé qué de enhorabuena por el mundial. Ferran supuso que sería una estudiante que trabajaba ahí en verano o algo por el estilo, porque no parecía mucho más joven que ellos y les habló en mallorquín.

Tras hacer un poco más el paripé y ofrecerse a firmarles un autógrafo a ella y a su compañero de trabajo, Ferran y Marc salieron de la tienda y se apresuraron a alejarse de la zona turística. El valenciano no se cortó al quejarse de haber tenido que meterse ahí —agradecía las felicitaciones y el cariño de la gente, pero en sus vacaciones, prefería la calma—, y Pubill le quitaba importancia con la mano y acalló sus quejas con un beso corto en cuanto se vieron suficientemente alejados de los ojos del público.

—Eh, ¿Qué haces? —Ferran se alejó de él de un salto, como activado por un resorte. Tragó saliva mientras miraba de un lado al otro, asegurándose de que no había nadie cerca que pudiera verlos.

—Calma, tío, que no hay nadie. Llevo un rato fijándome —Marc dio un paso hacia él para volver a acortar la distancia entre ambos, y le pasó el brazo por los hombros—. Va, volvamos al hotel. Hoy me apetece cenarme una langosta. 

Soltó una risita y le revolvió el pelo de la nuca. Acercó la boca a su oído antes de susurrar:

—Y después a ti.

Ferran se mordió el labio para evitar soltar una salvajada, pero no se separó de Marc de nuevo. Es cierto que no había nadie por aquella zona, y no estaban lejos del hotel, aunque no podía evitar estar intranquilo cada vez que salían juntos a la calle.

—Vale, pero las manos quietas hasta que lleguemos.

Marc alzó una ceja y le rodeó el cuello con el brazo a Ferran para poder acariciarle la mejilla en lo que parecía un acto cariñoso. Después, y sin avisar, bajó la mano y le pegó un azote suave en el culo.

—¡Eh! ¡Marc! —se quejó Ferran, dando unos pasos hacia atrás para separarse de él de nuevo.

El catalán, sin embargo, se limitó a reírse y volvió a acortar la distancia entre ellos, las manos en alto en un gesto inocente.

—Perdón, perdón, amor —se disculpó—. Eres demasiado mi tipo, no me puedes pedir que me aleje de ti y que sea capaz de hacerlo.

Acto seguido, levantó la mano derecha hasta la cara de Ferran, y atrapó sus mejillas entre sus dedos. Le alzó la cabeza con cuidado, y sonrió. 

La intensidad de su mirada no se comparaba con nada que hubiera visto antes.

—Me encantas —admitió, bajando la voz a un tono menos juguetón y más amable—. Llevaba meses sin parar de pensar en ti. Esto vale para mí más que diez mundiales juntos.

Marc depositó un beso suave sobre sus labios y lo soltó. Después volvió a pasarle el brazo por los hombros. 

—Venga, que se nos pasa la hora para pedir del buffet en el hotel.

Por primera vez en aquellos días, la voz de Marc había perdido el tono vacilón por un segundo y había sido sustituido por uno más sincero. Más real, en cierta forma. 

Tan cruda que a Ferran le había asustado.

La habitación de repente se volvió demasiado pequeña.

Había dejado de llover hacía rato, y el cielo oscuro había dejado la estancia en completa oscuridad. Las reminiscencias del cigarro estaban desperdigadas por el cenicero, lleno de motas grises y negras de esta y algunas otras noches. A un lado, la cajetilla abierta le mostraba que ya solo quedaban cinco cigarrillos dentro, y al otro, el mechero descansaba bocabajo.

Ferran inspiró, mantuvo el aire en sus pulmones unos segundos, y luego exhaló. Durante aquellas semanas en Ibiza, nunca se había vuelto a plantear nada. Se dedicó a disfrutar de las noches y aprovechar cada día, normalmente de la mano de Marc —sobre sus hombros cuando paseaban, en su pelo cuando lo besaba, contra su pecho cuando estaba encima de él— y sin ninguna preocupación además de la posibilidad de ser pillados por la prensa. Pubill tampoco le volvió a preguntar jamás si era gay, ni hizo referencia alguna a su sexualidad o al juego que se llevaban entre manos en ningún momento.

Pero aquel día en específico, al salir de la tienda de souvenirs, había marcado un antes y después en su no relación. Habían subido a su habitación y habían cenado sushi juntos, las piernas de uno sobre las del otro. Le había liado un piti y lo habían compartido, primero a caladas, después entre besos. Le había llamado amor. 

Y tan solo unos días más tarde le había regalado ese mechero.

Fue una noche cálida, en la terraza de la habitación de Marc. Ferran ya se había olvidado de los souvenirs que habían comprado unos días antes, y no se le había pasado por la cabeza que uno de ellos fuera para él. Se lo dio sentado en la silla de mimbre del balcón, separado de Ferran por una pequeña mesa redonda, arropados bajo la luz de la luna y la lamparita de la fachada.

—Toma, para ti. Tu regalo del viaje. 

Ferran abrió el sobrecito de papel de espirales y se acordó de inmediato de la tienda de souvenirs. Al abrirlo, se encontró con dos mecheros idénticos, de color negro, con la frase I <3 IBIZA escrita en Comic Sans a lo largo del costado.

Soltó una risa medio sarcástica y medio genuina.

—Tío, que yo no fumo —se quejó, sonriendo mientras los sacaba del paquete. Dejó uno sobre la mesa, asumiendo que era para Pubill, y empezó a juguetear con el otro—. Vaya mierda de regalo.

Marc le dio un golpe en el hombro mientras se le dibujaba una sonrisa inevitable en la cara. Cogió su mechero, y señaló con él la cajetilla de Marlboro que descansaba sobre la mesa.

—¿Y eso qué? ¿Es chocolate? —inquirió, abriéndola y sacando uno de los cigarrillos industriales.

Quedaban más o menos la mitad. Aunque Pubill prefería el tabaco de liar, Ferran se había negado completamente a aprender a hacerlos, así que Marc le había comprado un paquete. Era cierto que el valenciano no fumaba tanto como él, pero entre tonteos y vaciles, pitis a media noche y un par de porros, ya se habían ventilado casi medio paquete.

—Eso me lo pillaste tú, te lo recuerdo —repuso, pero no se negó cuando Pubill agarró uno y se lo puso sobre los labios. 

Ahora le quedaban nueve.

Marc esbozó una sonrisa ladeada y se acercó el mechero a la boca. El filtro se le pegó a los labios y movió el cigarro a medida que estiraba la comisura derecha, siguiendo el perfil de su sonrisa. Ferran, que ya empezaba a notar cómo se le subía el pulso, clavó su mirada en las lacias pestañas del catalán, que estaba centrado en encenderse el tabaco, para evitar pensar en lo atractivo que quedaba un piti en su boca.

El delantero pensó en hacer lo propio y extendió los dedos para encender su mechero, pero Pubill lo interrumpió. Colocó su mano encima de la de él, y con la otra se apoyó en el muslo de Ferran y se inclinó hacia adelante.

Este tardó unos segundos en entender que estaba intentando encenderle el cigarro pegándolo al suyo.

Se habían besado cientos, miles de veces, pero aquel momento fue mucho más íntimo en formas que no alcanzaba a comprender. En los segundos que tardó en prender la llama de un cigarrillo al otro, Ferran sintió que el corazón se le encogía, le explotaba y se le reconstruía de mil formas distintas.

Aunque había tenido la cara de Marc así de cerca antes, jamás se había podido parar a analizarla. Siempre había habido demasiadas prisas de por medio, demasiada desesperación, o directamente había tenido los ojos cerrados. Nunca se había fijado en la forma de sus cejas, el arco de sus pómulos o el tacto de la punta de su nariz contra su mejilla. 

Conocía perfectamente el sabor de sus besos, pero no se había parado a estudiar el color exacto de sus labios.

Cuando Marc se alejó, no dijo una sola palabra. Se limitó a apoyarse de nuevo en su silla y mirar fijamente a Ferran mientras daba una larga calada.

Él hizo lo mismo.

Pubill interrumpió el silencio unos segundos más tarde. La ausencia de palabras estaba empezando a pesarle demasiado.

—De todas formas, tampoco vamos a poder seguir haciendo esto más adelante —comentó, alejándose el cigarro de los labios—. ¿Qué más da fumarse una cajetilla o un par de porros? Estamos de vacaciones. Somos campeones del mundo. Esto es lo de menos, cuando empiece la temporada, ya se verá lo que hacemos.

Ferran no dijo nada. Se dedicó a observar el humo grisáceo colarse por la mosquitera del balcón, y alejarse hacia la luna.

—Que, hablando de eso —insistió, como si el silencio se le antojara insoportable de repente. Le dio otra calada al piti antes de seguir hablando—. ¿Te has pensado ya lo del Atleti?

El delantero alzó las cejas, sorprendido por el cambio de tema. Giró la cabeza y aprovechó para darle unos toquecitos al cigarrillo sobre el cenicero.

—¿Cómo?

—Lo de la oferta. Venirte al Atleti con Marcos y conmigo cuando empiece la temporada.

Ferran frunció el ceño. Lo cierto era que había evitado pensar en nada de eso durante todas las vacaciones, y aunque sabía que tenía varias ofertas sobre la mesa, no se había planteado ninguna seriamente todavía.

—No lo sé —respondió, tras unos segundos—. No lo he pensado. También me han llegado ofertas de fuera de España.

El catalán se rio.

—¿Vas a abandonar a tu querida Españita ahora que prácticamente te han nombrado su chico de oro? Venga ya —soltó una carcajada grave. Se notaba que tenía la garganta un poco afectada después del tabaco de todas esas semanas.

Ferran esbozó una sonrisa incómoda.

—No lo había pensado, la verdad. Aunque también se me hace complicado imaginarme con una camiseta que no sea la blaugrana.

Marc chasqueó la lengua y asintió con la cabeza.

—Eso lo entiendo, claro. Pero insisto igual —dejó su piti a medio consumir sobre el cenicero, y se volvió hacia el valenciano—. Vente con nosotros, será divertido. Te lo prometo.

El valenciano alzó una ceja.

—Te veo muy seguro de eso, ¿necesitas que te recuerde quién ha ganado Laliga los últimos dos años?

Pubill estalló en carcajadas.

—Va, tío, que sí —contestó, pegándole una colleja amistosa en el hombro—. Pero no me refiero a los premios, ni a los trofeos. 

—¿A qué te refieres, entonces?

Marc se encogió de hombros, pero no borró su sonrisa. Volvió a coger el cigarrillo del cenicero, y le dio unos toquecitos para ver si se había apagado. Al ver que aún no, le dio otra calada larga y profunda.

Tardó unos instantes en pensar una respuesta.

—Ya sabes —dijo, sin mirarle. Casi parecía hasta nervioso, en contraste a su actitud vacilona de siempre—. O sea, supongo que siempre podré subir a Barcelona. O podrás bajar tú a Madrid. Y también está el parón de selecciones con la Nations y toda la pesca, así que no es como que… Bueno, ya sabes.

Volvió a llevarse el tabaco a la boca, y lo consumió por completo en un par de caladas más. No giró la cabeza hacia Ferran en ningún momento, pero lo sentía ahí, a su lado: el corazón le bombeaba tan rápido que lo habría reconocido incluso con los ojos cerrados.

—Claro —contestó Ferran, acabándose su propio piti. Clavó la mirada en la luna, pensativo—. Eso si me quedo en Barcelona, por lo menos.

El delantero no tenía muy claro qué intenciones había tenido con esa respuesta, pero fueran las que fueran, Marc no pareció interpretarlas de la misma manera que él. Esbozó una sonrisa enorme y, una vez Ferran hubo dejado la colilla apagada en el cenicero, colocó su dedo índice bajo su barbilla para alzarle la cabeza y le dio un beso largo y lento. 

Ferran se dejó, y lo saboreó con delicadeza. Ni siquiera escuchó a Marc apartar la mesa que los separaba, ni se dio cuenta de en qué momento se habían puesto de pie. Mientras Pubill le besaba la boca, el cuello y las clavículas, arrinconándolo contra la puerta del balcón, Ferran no podía pensar en nada más que en la mezcla del humo del tabaco y el fuerte olor a colonia cara que se fundía entre sus labios y su piel.

Tenía las manos de Marc en el pecho y en el pelo; su perilla le hacía cosquillas en la barbilla, y sus lacias pestañas le acariciaban las mejillas. Bebía de él como si fuera un oasis en medio del desierto, y en medio de aquella noche agridulce, Ferran se preguntó si lo sería de verdad.

—Vamos dentro. —susurró Marc contra su piel, en un abrazo que no pretendía serlo. Abrió la puerta a tientas, buscando la manilla detrás del cuerpo de Ferran, y la empujó hacia adentro con desesperación.

Lo tiró sobre la cama y Ferran no protestó. Se dejó mimar, se dejó adorar: Pubill le acarició los hombros con las yemas de los dedos, le recorrió el abdomen con la lengua y, cuando llegó a su pecho, depositó un beso sonoro y húmedo sobre la cruz que siempre llevaba al cuello.

—Me encantas —murmuró en delirio, como una oración, con los labios pegados a sus clavículas y los dedos aferrados a sus muslos.

Besó cada uno de sus tatuajes, de uno en uno, convirtiendo la tinta en saliva que quedó sellada en su piel.

—Me encantas —repitió más tarde, como una súplica, con una mano hundida en los mechones de Ferran, la otra en un puño sobre las sábanas. 

Ferran creía en Dios, y si después de aquello no terminaba en el cielo, casi podría asegurar que lo había sentido sobre la tierra al menos una vez. Pero los mortales no podían pisar el Edén antes de tiempo, y, al igual que Eva, su incontenible deseo por lo prohibido lo llevó a la desgracia.

Y ahora se preguntaba si Marc habría actuado diferente de saber que aquella iba a ser su última noche juntos.

No lo pensó. No quiso hacerlo. No se atrevió a darle vueltas a la conversación, a recordar los susurros, a formar la imagen de los ojos de Marc pidiéndole que se fuera a Madrid con él. 

Si tenía algo claro, era que no había futuro para ellos dos. Al fin y al cabo, eran futbolistas, ¿y cómo van a ser gays unos futbolistas?

Al amanecer después de su última noche, cuando salió de la habitación de Marc y volvió a la suya, lo primero que hizo fue encender el teléfono que llevaba días en No molestar y hacer unas cuantas llamadas. Tras unas horas, se subió a un avión que le llevó a Barcelona; y, tras unos días, a otro que lo llevó a París.

No volvió a llamar a Marc, ni tampoco cogió ninguna de sus llamadas. No le escribió ni contestó sus mensajes, aunque él tampoco le escribió demasiado. Si alguno de los dos había pensado en algún momento que aquello había sido algo más que un juego, ninguno insistió en ponerle nombre una vez hubo terminado. 

Ferran se había ido, pero no tenía muy claro si había ganado. Solo sabía que había perdido a Marc.

Una ráfaga de viento repentina se coló por su ventana y pasó silbando por delante de él, revolviéndole el pelo castaño y levantando las cenizas que quedaban el cenicero. La colilla voló por ahí, también, y quedó perdida por el suelo de su habitación.

Ferran se desperezó y se levantó del sofá, acercándose a la ventana para cerrarla. Había pasado un rato largo desde que había terminado de fumar, y el humo ya casi se había disipado. 

Cerró la ventana de un golpe seco y la habitación se sumó en completo silencio.

No era la primera vez que tenía una tarde así, donde se quedaba solo en su cuarto y se tiraba en la cama mirando al techo. Se permitía, por un rato, echar de menos lo que fuera que había tenido con Marc. Pensar en lo que podría haber sido. Fumarse un cigarro en su honor, a pesar de que él había dejado muy claro que ya no lo hacía en cierto post de Instagram de Marcos hacía poco.

Pero ya no tenía solución. Ferran había huido sin mirar atrás, y no tenía derecho a querer echarle vistazos al pasado ahora. Escogiendo París, se había escogido a sí mismo. Había escogido alejarse del peligro, de los rumores y del amor. Había decidido que no era gay.

A pasos lentos, evitó el charco húmedo que se había formado en el suelo bajo la ventana y se acercó a su mesilla. Guardó la cajetilla de tabaco y el mechero en el tercer cajón, y lo cerró sin hacer caso al desorden de dentro. Después agarró su colonia y se rodeó entero con ella, un escalofrío recorriendo su cuerpo cuando las gotas le salpicaron la piel.

Se metió en la cama así, medio desnudo, con el móvil perdido entre las sábanas y apestando a su perfume. No se molestó en bajar las persianas, aunque probablemente se levantaría de mal humor al día siguiente por culpa de la luz del amanecer. Se escondió bajo sus mantas, donde sus respiraciones tenían que ser largas y acompasadas para no ahogarse, y cerró los ojos.

Odiaba el tabaco. Le agravaba la voz, le secaba la garganta y le dejaba la lengua pastosa. Su olor se le pegaba a los dedos, a la ropa y sobretodo al pelo. Odiaba el olor de tabaco en su pelo, y odiaba todavía más cómo olía mezclado con su colonia. 

Pero no podía evitarlo.

Era humillante, era patético, pero era un impulso que lo sobrepasaba. La nostalgia le olía a tabaco y la melancolía llevaba su perfume. Y aunque lo detestara, siempre terminaba volviendo a ello.

Al recuerdo del verano en el que fue campeón del mundo, y al sabor de los besos de Marc.

Notes:

jamás pensé que escribiría nada sobre estos dos pero estaba fumándome un piti en un banco después de un día de mierda y según me lo he encendido se ha puesto a llover y la idea de este one shot me ha venido a la cabeza al momento. no me fitteaba con ninguno de los shippeos que me gustan de normal así que les ha tocado a ellos… es un poco triste para lo que creo que se suele escribir sobre el ferrill pero yo no sé escribir cosas felices, estamos en venus retrógado y cierta frase sobre recrear el olor a tabaco y mi colonia para recordar el sabor de sus besos me lleva trastocando la cabeza toda la tarde así que tenía que escribirla en alguna parte (literalmente todo el one shot ha nacido del último párrafo de sentirse humillado por hacer eso etc) #loca.

pd. hay una frase que da a entender que solo los hombres tienen polla, evidentemente soy consciente de que algunos no pero no me parecía pertinente que pubill lo aclarase en ese momento. supongo que no es necesario aclarar que no soy transfoba, pero por si acaso.

pd 2. si esto llega a luca, creo que no sabes quien soy pero lei tu tweet el otro día y ojalá esto llegue a ti. supongo que esto puede ir un poco dedicado a tu fiebre ferrill. espero que te guste un besazo.

pd 3. si echáis de menos a vuestro ex la solución no es fumaros un piti para hundiros más en la miseria, lo digo por experiencia. no lo hagáis. luego teñiros el pelo no es suficiente coping mechanism y acabáis como ferran.

espero k os haya gustado, si queréis dejarme un comentario y kudos os lo agradecería mucho. mwahmwah.