Actions

Work Header

Un pacto para vivir

Summary:

Estaban re-descubriendo la felicidad en medio de un departamento despelotado, una hija que criar, mates, pepas y colores.

 

Empezó como Headcanons en Twitter. Me dio ideas.
Una serie de One-Shots que ocurren en la versión Argentinizada del departamento B del 221 de la Calle Baker.
Mejor dicho: Sherlock situado en Argentina.

Notes:

¡Para todos ustedes que me hicieron feliz cuando me llenaron el celular de notificaciones! Espero que esto les haga sonreír.
Recomendación: Escuchen Rodrigo cuando lean esto.

John es "papi" y Sherlock es "papá", por si alguien se confunde.
EDIT: typos

Chapter 1: En el cual Sherlock y Rosie bailan Rodrigo y despiertan a John.

Summary:

Habían pasado cinco años y ocho meses desde que John Watson, llevando en brazos a la pequeña Rosie, había vuelto al famoso departamento B del 221 de la Calle Baker.

Chapter Text

 

Habían pasado cinco años y ocho meses desde que John Watson, llevando en brazos a la pequeña Rosie, había vuelto al famoso departamento B del 221 de la Calle Baker.

Habían pasado cinco años desde que ninguno de los tres no durmiera por cuatro noches porque la beba, atacada de fiebre, sólo cerraba los ojitos si el Padrino Sherlock la hamacaba en sus brazos despacito. Sólo Sherlock y nadie más.

John se dio cuenta que Sherlock miraba a la niña como si fuera la más fina de todas las rosas.

John se dio cuenta que de esa misma forma veía él mismo a quien, en ese momento, era su mejor amigo y el padrino de su hija.

Y después de acostarla en la cuna y bajar al living del departamento que habían hecho hogar, John besó Sherlock como si fuera poesía. Sherlock reciprocó como si John fuera la más hermosa de todas las sinfonías.

Sherlock pasó a ser su mejor amigo, papá de su hija, compañero de camino y en la intimidad.  

Habían pasado cinco años y a John todavía no se le pasaba la novedad de decir en voz alta ese último status, de pensarlo y mucho menos de vivirlo. Los fines de semana se despertaba a preparar el mate y compartir unos minutos de paz y charla con el detective en la cama, antes de que la furia de rizos dorados entrara corriendo y riendo al cuarto.

Y a pesar del paso de los años, todos los santos días a la mañana, aparecía (bueno, al menos Sherlock pensaba que aparecían espontáneamente. Ni la Sra. Hudson ni John tuvieron el corazón de destruir ese pensamiento infantil) en la mesa de la cocina una bandeja con el mate preparado (con un poco de azúcar y una cáscara seca de naranja, se tomaba agridulce como su historia, en la Calle Baker) y unas pepas caseras.

El detective consultivo no fue decepcionado cuando bajó las escaleras y encontró la bandeja. Mientras escuchaba los ruidos mañaneros de Buenos Aires cobrando vida, se llevó a la boca una pepa y siguió el camino hacia su viejo dormitorio. Despacio abrió la puerta y observó al bulto pequeño que dormía plácidamente. Casi (casi) manda al sistema educativo a algún lugar oscuro y la deja dormir. Suavemente se sentó en la cama y extendió una mano para acariciar los rulos rubios que asomaban de las sabanas.

-Rosie. Arriba, Rosie.-Murmuró.

-Cinco minutos.-Respondió una voz aguda, un poco apagada por el recién despertar, antes de darse vuelta.

-Dale, reina, vamos.-Sherlock volvió a pasar una mano grande por los rizos dorados, una sonrisa en la punta de sus labios.

Rosie giró la cara y le dedicó su mejor cara de ofuscada, y procedió a sentarse con la actitud de alguien ofendido.

-Yo no soy deina, yo soy detectiva consultiva y con-duc-to-da de luz.-Recitó la niña, como si lo hubiera escuchado varias veces.

-No, no sos conductora de luz, sos luz.-El detective le sonrió cálidamente a la niña, antes de agarrarla por debajo de los brazos y levantarla a upa.-Vamos a desayunar. Por ahí podemos bailar un ratito antes de ir al jardín.

Rosie acomodó su cabeza en el hombro de quién consideraba Papá y una manito voló a aferrarse de los rulos negros de su nuca, mientras cantaba animadamente:

-Él vivía en la ocho cuadenta…

-¿Cuarteto? Está bien, cuarteto será.

Mientras Sherlock caminaba con Rosie en brazos hacia la cocina, cauteloso de no tropezar con algún juguete tirado y no hacer ruido para despertar a John, quien había vuelto hace sólo algunas horas de la clínica, la niña preguntó:

-¿Ya están las pepas?

-Sí, detectiva consultiva, te están esperando. ¿Querés mate normal o de leche?

Rosie llevó la mano que no estaba en los rulos de Papá a su pera, como si estuviera enfrentada a una decisión de vida o muerte. Sherlock sabía que para la niña lo era, así que contuvo su risa.

-Normal. ¡Así puedo compartir con vos!

Sherlock sonrió nuevamente antes de depositar un beso en la cabeza su hija. Habían llegado a la cocina, entonces dejó a Rosie en el suelo, no sin antes darle instrucciones de ir a cepillarse los dientes.

Una vez que la niña había regresado, se sentó en su silla y tomó el mate que Sherlock le ofrecía. Este último se había tomado el trabajo de enfriar un poco el agua para que estuviera acorde al gusto (y lengua) de Rosie.

-¿Papi duedme?-Rosie le devolvió el mate vacío a Sherlock y luego tomó una pepa calentita. La mitad eran de batata y las demás de membrillo. Bien jugado, Sra. Hudson.

-Sí, Rosie, papi todavía está durmiendo. Recién volvió de la clínica.

-¿Ayudó a alguien con a-la-cra-nes?-La nena tenía la costumbre de silabear las palabras difíciles, y a sus padres le parecía una de las cosas más tiernas del mundo.

-No sé, podés preguntarle cuando baje para llevarte al jardín, ¿Te parece?

-Sí. Acordate que hoy la Señoda Hudson me tiene que probar el traje para el acto del 25 de Mayo.-Rosie lo miró con su mejor cara de “esto-es-muy-importante-más-te-vale-no-olvidarte”

Pero Rosie todavía no sabía que tenía su propia habitación en el Ala Watson del Palacio Mental de Sherlock, donde cada detalle sobre su vida estaba permanentemente almacenado. Desde su fecha de nacimiento hasta cómo le gustaba exactamente el mate (el agua tibia a 65º aproximadamente porque si no se quemaba la lengua vivaracha para hablar, una cucharita chiquita de azúcar en cada uno, un pedacito de cáscara seca de naranja, yerba marca Playadito, la nena fina. No se la podía engañar. Cinco años y ya identificaba yerbas. “Al menos no son doscientos cuarenta y tres tipos de cenizas. No sé de qué te quejás. Lo de rompebolas lo sacó de vos, Sherlock. Pero es hermosa.” Dijo una vez Lestrade.)

-Sí, detectiva. Me acuerdo. ¿Estás llena? Vamos a vestirte.-Sherlock procedió a pararse y extenderle una mano a Rosie, para que ella la tomara e ir al cuarto.

La nena le estiró los brazos.

-Upa, por favor.-Le dijo, y gracias a Dios (si existía) que Sherlock había aceptado los sentimientos como una fortaleza y no una debilidad, porque en ese preciso instante, sintió su corazón dar un vuelco de alegría y no le pudo negar sus brazos a la nena. ¿Si él mismo se los negaba, qué guía iba a tener Rosie a la hora de buscar su bloguero o bloguera? ¿Alguien seco que le negara amor? No. Rosie Watson-Holmes iba a recibir todos los abrazos, mimos y upas que quisiera.

(Por otro lado, Sherlock trataba de borrar de su cerebro el dato de que, algún día, Rosie sería muy pesada para los brazos o él mismo muy avejentado para levantarla.)

Entonces, sin dar más vueltas, la levantó y acunó contra su pecho.

-Vamos, luz. A vestirse.


 Lo primero que supo John Watson al despertarse fue que las dos personas que más amaba en el mundo se habían olvidado que él seguía durmiendo cuando pusieron la música para bailar.

Los dos hijos de puta amaban a Rodrigo más de lo que lo amaban a él, aparentemente. A pesar del repentino despertar, se le dibujó una sonrisa en el rostro: una vez más serían Sherlock y Rosie lo primero que vería al bajar las escaleras. No estaría la soledad esperándolo abajo.

(También habría pepas de membrillo. El agua habría que recalentarla porque seguro Sherlock la habría enfriado para su hija. Habría que cambiar la yerba, si es que alcanzaba. Sherlock posiblemente se había olvidado de comprarla, como siempre.)

John sonrió ante el pensamiento y buscó su remera entre las sábanas. Honestamente le sorprendió lo rápido que la encontró. La mayoría de las veces Sherlock la revoleaba a la otra punta del cuarto. Se mordió el labio inferior mientras la sangre se acumulaba en sus mejillas por el recuerdo de la bienvenida que el detective le dio cuando volvió de la clínica.

El sonido melódico de la risa de su hija lo hizo detenerse a escuchar y rió despacio cuando a sus oídos llegó la risa barítona de su compañero. No quiso esperar más y apurado bajó al baño a lavarse los dientes.

No tardó demasiado y cuando salió al living, tuvo que quedarse parado en el marco de la puerta a la cocina admirando la escena: Ahí estaba Sherlock (Señor “Superior a todos ustedes, manga de boludos”) zarandeando en sus brazos a la pequeña Rosie (Señorita “solo tomo mate con yerba cara, no traten de engañarme”) cantando casi a los gritos:

-¡Ese vago atodaaaante!-La nena rie cuando Sherlock la revolea para arriba y la atrapa en medio-aire.

-¡Que nunca tuvo un cospeeeel!-El detective giró rápido, riéndose cuando escuchó los chillidos divertidos de la nena, y antes de seguir moviéndose de lado a lado, le dio un beso en la cabecita rubia, que ahora tiene el pelo prolijo en dos trenzas hechas a la perfección.

-¡Le puso el pecho de adanque!

Dios, John Watson se consideró el tipo más suertudo del universo: un hombre hermoso y una hija hermosa, bailando felices en el living.

Dicho hombre hermoso estaba en el medio de un giro cuando lo vió, frenó en seco mientras le sonreía y lo señaló.

-¡Mirá, Rosie, papi! ¡Buenos días papi, decile!-Sherlock se agachó a dejar a la nena en el piso. Esta salió corriendo hacia John, la remera prolijamente acomodada dentro de la pollerita de su uniforme saliendo en todas las direcciones.

-¡Buenos días papi!-John no perdió tiempo en agacharse para recibirla en sus brazos.- ¡Papá me hizo mates! ¿Ayudaste a alguien con a-la-cra-nes?

El doctor plantó un sonoro beso en el cachete gordito de la nena, cuyos ojos celestes brillaban emocionados porque papi y papá estaban despiertos y me van a llevar juntos al jardín que día hermoso.

-No, no hubo alacranes, mi vida. Hola, pá.-John, a quién le dolían los cachetes de sonreír, acomodó a Rosie en su cadera y la sostuvo con un brazo, extendiendo el otro para atrapar a Sherlock, que se había acercado, por la cintura.-Buen día.

Cuando se inclinaron para darse un beso de buenos días, una mano gordita se interpuso entre sus bocas.

-¡Besos no, papá! ¡Papi es mío!-La nena puso cara de enojo y apretó sus brazos con más fuerza alrededor del cuello de John.

-¡Pero yo lo conocí primero!-Reprochó Sherlock, poniendo cara de falsa ofensa, causando que John suprimiera con fuerzas una carcajada.

-¿Celoso porque vos no lo conocés desde que naciste y yo sí?-Recitó Rosie, cejas apretadas en concentración, como si fuera algo que hubiera escuchado varias veces. Sherlock reconoció la cita y miró a su compañero, confundido, quién rápidamente le previó la respuesta:

-La señora Hudson le está enseñando a leer con Mafalda. No la pude contener. Rosie, decile a papá cómo se llama la tortuguita de Mafalda.

-Bu-ro-cra-cia.

A Sherlock se le iluminaba la cara cada vez que Rosie decía una palabra difícil, y esta vuelta no fue diferente. Todavía faltaba otorrinolaringología, pero ho-mi-ci-dio, para la desgracia de John y cualquier otra persona que no fuera Sherlock, ya estaba aprendida y fluida.

-¡Muy bien! Choque esos cinco.-El detective extendió la mano que la nena chocó alegremente.

-¿Vamos yendo? ¿Qué hora es?-Preguntó John, que quería mantener intacta la falta de llegadas tardes al jardín de su hija. No quería que los padres (o "boludos", como a veces los llamaba Sherlock en un dejo de furia) hablaran más de lo necesario sobre cómo criaban a su hija, a pesar de que veían con sus propios ojos que Rosie era viva como ella sola, alegre y según Sherlock más inteligente que los demás niños.

-¿No desayunás?-Inquirió Sherlock, dándose vuelta para ver si quedaban pepas. Efectivamente, las de membrillo (las favoritas de John) estaban casi intactas, salvo por las tres que había comido Rosie.

-Cuando volvemos tomamos mate tranquilos.-John depositó a la niña en el piso.-Andá a agarrar la mochi, luz, que nos vamos.


Como todas las mañanas, no faltaron los que creían que sabían mirar disimuladamente, o los que ni disimulaban.

Tanto John como Sherlock (aunque este último jamás había admitido registrarlas en primer lugar: tan sólo era un hombre llevando con su compañero a su hija al jardín, ¿Tanto kilombo por un pan?) habían aprendido a ignorarlas, pero a pesar del paso de los años, nunca cesaban. Sólo había cuatro matrimonios y una madre soltera que seguían con su vida sin considerar una pareja de dos hombres trayendo su nena al colegio un hecho digno de mirar.

Esos cuatro matrimonios y madre soltera habían llevado a sus hijos a jugar con Rosie a la Calle Baker sin pensarlo dos veces ni sentirse incómodos, mientras los otros observaban con cautela, como si sus hijos fueran a salir rotos.

Sherlock no entendía por qué: Había convertido el departamento abandonado de abajo en su laboratorio.

-Tengo todo, papis. ¡Ahora váyanse que tengo que ir al jardín!-Les dijo Rosie, mientras John le acomodaba una trencita y Sherlock la remera adentro de la pollera. Siempre impaciente por aprender.

-Beso a papá y papi y se va, señorita.-Le contestó John, agachándose junto al detective al nivel de vista de la nena, señalando simultáneamente su mejilla y la de Sherlock. Su hija les dedicó una sonrisa chimuela (su primer diente se había caído hace algunos días, y el Ratón Perez había pasado generosamente por su propio hogar y los de todos y cada uno de los tíos) y plantó un beso sonoro en cada cachete.

-Los amo mucho, papis.

Sherlock y John (mientras sus corazones estallaban de amor y alegría) plantaron otro beso en cada cachetito apretable de su nena.

-Nosotros a vos, vida.-Cada día esa frase era dicha por uno de los dos, y hoy le tocaba a John.-Anda y divertite. Acordate que si dicen algo de tu familia, educadamente les decís-

-Educadamente les pateo la en-tre-pier-na.

Silencio.

-¿Sherlock?-John lo miró.

-¿Por qué me mirás a mí?-En la cara del detective se dibujó una sorpresa que a John (quién tenía el privilegio de conocer todas las expresiones faciales de ese hombre loco) le pareció genuina.-Luz, ¿Quién te-

-La señoda Hudson, obvio.-Respondió la niña, sonriente.

-Rosie, si alguien dice algo de tu familia, educadamente les decís que tu familia te ama mucho, no importa nada más que eso, ¿Entendiste?-Explicó John, tratando de contener una carcajada, al igual que su compañero, que casi invisiblemente se estaba mordiendo el labio.

-Sí, papi.

-Ahora sí, vida, andá y divertite.-Terminó Sherlock. Rosie les dio otro beso a cada uno y salió corriendo hacia el jardín, donde la recibió su señorita, quien los saludó con la mano y una sonrisa sincera.-Me cae bien esa educadora.

Ambos se pusieron de pie y esperaron hasta que Rosie desapareciera de vista. Recién entonces John se dio vuelta, tomó a su detective de la mano, y se paró en puntitas a darle un beso corto.

-Buenos días, Sherlock.

El detective se agachó un poco para devolver el gesto y cuando se levantó de nuevo, le regaló a John esa mirada de amor, distinta a la que pertenecía a Rosie. En la de John había siempre algo más. A Rosie la miraba como si fuera una flor bella y exótica, y a John lo miraba como si fuera…el universo entero. Eso era.

-Buenos días, John.

Los padres que miraban se podían ir a cagar. Ambos rezaban por sus hijos, para que no fueran tan absurdos como sus progenitores.

Esto era devoción, lealtad, esto era amor.

-¿Mates en la cama?-Preguntó Sherlock, entrelazando sus dedos con los de John, quien dio un pequeño apretón.

-Mates en la cama.