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Marc miraba al techo, y el techo miraba a Marc, y era así todas las noches desde que empezó el mundial hasta ahora, en Ibiza, teniendo todo el alcohol, y en general todo el mundo, a su disposición. La presión de la competición finalmente había llegado a su fin, y sin embargo, la oscuridad de las habitaciones en las que se quedaba desde hacía unos meses parecía ser más absorbente ahora que había terminado todo. Probablemente ese era el problema. Que había terminado todo.
Se dice que para un jugador de fútbol, ganar el mundial vistiendo la camiseta de su país es el mayor de los orgullos, y ahora que lo había experimentado podía jurar que tenían toda la razón. Sin embargo, su cabeza (y probablemente su corazón) no le estaban dejando ser todo lo feliz que tendría que ser.
Hay un vacío del que nadie te avisa. Ese que te deja cuando dejas de contar los días que quedan para el siguiente partido, cuando dejas de tener que moverte de una punta a otra de un país desconocido, cuando pasas de compartir vida con otros 25 jugadores a tener que volver a llevarte a matar. A Pubill le habría encantado saber todo esto, saber como de encogido se te queda el corazón específicamente cuando sabes que vas a dejar de compartir los días con ese jugador, con el que, literalmente, te habrías matado a hostias hace unos meses.
La primera vez que Marc Pubill y Ferran Torres se dieron cuenta de manera real de la existencia del otro fue un 12 de febrero de 2026, en un partido de la Copa del Rey en el que el catalán se habría avalanzado sobre el otro. A Pubill había pocas cosas en este mundo que le achantaran, una de ellas era su madre y la otra era el amor. Detrás de esa fachada de cani había un chaval enamoradizo como él solo, capaz de dar su vida por otra persona. Y después de aquella noche, a esa lista se añadió una variante más: el valenciano de ojos grandes que le había plantado cara en el Metropolitano.
Cualquiera le habría llamado loco, pero compartiendo equipo con Llorente, el listón para que se le concediera ese nombre estaba algo alto. Pese a ello, pensó que era mejor mantener esta información para si mismo. Si total, ni en mil vidas iba a intentar hablar con el valenciano. Porque Marc, a parte de enamoradizo, era cabezón y rencoroso como él solo. Y por mucho que se hubiera flechado por Torres en aquel partido, no olvidaría nunca las faltas de respeto contra su atleti.
Pubill vivía muy tranquilo hasta que salieron las convocatorias del mundial, y tras ver su dorsal para el campeonato, sus ojos no pudieron evitar deslizarse unos cuantos números para adelante y notar ese 7 acompañando ese apellido. Pues de puta madre. Tampoco sabía que se esperaba, pero en su cabeza, ese encuentro nunca había sido una posibilidad. Lo cual era ilógico, porque Torres era, a parte de muy guapo, muy buen jugador.
Estaba sentenciado a la locura.
Durante toda la etapa del mundial, el catalán intentó por todos los medios no caer en las rendijas del amor. Se apestiñó todo lo posible a Llorente, que siempre tenía alguna charla que darles a él y a Baena sobre el césped del campo de entrenamiento, comentando como esas horas de sol que estaban tomando eran buenas para dios sabe que microbiota del ser humano. Sin embargo, no hizo falta mucho tiempo para que un intruso se uniese a esa lista de asistentes de las ted talks del colchonero. Ferran se introdujo una mañana aleatoria a esos momentos de paz, con los ojos un poco hinchados y más decaído que de normal.
Las notificaciones del movil de Marc daban algo de iluminación a aquella sumida oscuridad en la que se encontraba. No quería leerlas, sabía perfectamente lo que eran. Alguna foto de Marcos en un bar con una copa de vino excesivamente cara, seguramente un video de Lamine y Pau haciendo el tonto en casa de otro jugador del Barça, Fuera lo que fuese, estaba importándole entre 0 y una puta mierda.
Al sonido de su cabeza funcionando en mil pensamientos autodestructivos le acompañaba una playlist rídicula de canciones que había hecho con Ferran. No era su estilo, se salía totalmente de su rango musical dominado por Ñengo Flow y otros tantos artistas del género, y sin embargo, había sido su banda sonora durante todo el verano. Una mezcla de canciones de Carolina Durante llevaba sonando en bucle toda la noche, destacando entre ellas una versión de la canción original de Los Planetas, De Viaje.
"Podemos irnos juntos lejos de este mundo tú y yo.
En un viaje por galaxias infinitas hacia el sol"
Su pequeño concierto propio se vió interrumpido por una llamada entrante de un contacto que no conseguía ver desde la esquina de su cama, así que se reincorporó para emitir un gruñido justo antes de que el corazón se le parara por un pictosegundo al mirar el contacto.
ferri. 💙
¿Pero por qué le estaba llamando a esas horas? Si había salido con el resto a tomar algo en el décimo quinto restaurante de algún amigo random de Llorente. No entendía nada, y por un segundo pensó que sería mejor no cogerlo. Empezar a hacerse a la idea de que esta situación no iba a ningún sitio, y mucho menos ahora que se acababa el chollo de festejar el mundial y le quedaba nada y menos para volver a Majadahonda para entrenar. Pero, como bien dicho está, solo fue pensamiento de un segundo, pues el catalán estaba aceptando la llamada antes de poder darse cuenta.
—¿Ferri? —el tono de voz de Pubill salió algo más preocupado de lo que le gustaría.
—¿Dónde estas?
—¿C-Cómo?
— Que donde estás —Ferran parecía serio, algo había pasado, pero el catalán no era capaz de descifrar exactamente el motivo. ¿Sería Pedri otra vez? ¿Algún artículo de prensa que le había dejado mal?—, necesito verte, por favor.
Había algo en ese tono de voz que tenía que hacía que a Marc se le activaran todas las alarmas en su cabeza. Era el tono de voz que tuvo el día que rezó para que no le anularan el gol, el tono de voz que tenía antes de salir a jugar en el partido de la final. Parecía que sus cuerdas vocales se aflojaban antes al hablar cuando se sentía abrumado por algo, perdiendo sus habituales graves al hablar para reemplazarlos por un tono que rozaba en susurro muchas veces. Joder. Lo tenía hasta analizado.
—Ehm… en mi cuarto, en la villa. ¿Y tú?
—En un bar al final de la calle —las respuestas salían cortas de su garganta— ¿puedo ir contigo?
—Pues claro, tonto. Vente.
Un pequeño "gracias" salió de la boca de Ferran, y fue lo último que Marc escuchó a través del móvil antes de que el sonido del fin de la llamada saltara en su móvil. Se levantó de la cama tan rápido como pudo, poniéndose la primera camiseta que encontró en el suelo de su desornada habitación y saliendo de ella a la espera de escuchar las llaves de su compañero meterse en la cerradura de la puerta.
No era la primera vez que Marc se veía en esa situación. Esperando el momento y la llamada del valenciano para salir corriendo hasta donde él dijera. ¿Que tenía que esperar en el salón? Se quedaría horas de pie si hiciera falta. ¿Que tenía que ir a comprar con él a las dos de la tarde y con un calor sofocante por alguna ciudad estadounidense? Ahí estaría para ayudarle con las bolsas. Si Ferran le decía a Pubill que saltara, Pubill preguntaba hasta donde.
Había algo en el jugador del Barça que trastocaba totlamente los parametros de la personalidad de Pubill. Probablemente era esos ojos enormes con los que miraba a todo el mundo, que sentía a veces que brillaban un poco más cuando hablaban juntos. O la sensación de conocerle de toda la vida, que nunca ningún jugador de ningún equipo en los que ha jugado había sido capaz de entenderle tan rápido, de hacerle sentir tan rápido que, tal vez, el amor si que podía estar hecho para él. Eran fantasias, se repetía a si mismo. Porque antes de Marc, en la lista de prioridades de Ferran Torres, siempre habría mil jugadores.
Lo cuál era una putada, porque desde que se encontraron la primera vez, Marc no tuvo ninguna duda de que Ferran se convertiría en una de sus más dolorosas debilidades. Y mientras tanto para él, seguramente solo era otro compañero de profesión más.
Un ligero olor a marihuana y mezclado con cerveza inundó la entrada de la casa a los pocos minutos, acompañando a un Ferran que parecía estar afectado, no tanto por el acohol, pero por algo anímico. Perfecto, ahora el resto va a pensar que esto es cosa mía, que lo he drogado y ahora se siente mal o yo que se. Puta madre.
— ¿Ferri? ¿Qué ha pasado? —la voz de Pubill salió algo más preocupada de lo que al catalán le gustaría, mientras se levantaba corriendo a hacer de apoyo a su compañero.
—Tengo que hablar contigo, Pulic —el apodo que Ferran le había puesto al jugador del atleti salía más débil que de costumbre.
Marc asintió con la cabeza y le pasó un brazo por encima del hombro al valenciano, intentando acompañarlo a la terraza para que pudieran respirar con tranquilidad y, sobretodo, algo de fresco. Ferran dudó muy poco en cogerle la mano que colgaba al lado de su cuerpo, y Pubill podría jurar que había sentido quemaduras menos dolorosas que la sensación que le dejaba hacer contacto físico con él, especialmente si con este podía notar el usual calor que emitía su cuerpo. Puta estufa humana, pensó para sus adentros.
Se sentaron en una de las tumbonas que decoraban la zona exterior de la terraza, alrededor de una piscina muy pija y muy limpia de la que habían gozado durante todo ese tiempo en Ibiza.
—¿Qué pasa Ferran? ¿Qué coño te has tomado?
—Es que… me ha llamado mi representante —hacía pausas al hablar, y Pubill juraría que intentaba hacerlo a modo de dramatismo, aunque lo más probable es que estuviera intentando organizar sus palabras en una mente consumida por el estrés y el posible porro que llevaba encima—, que ha hablado con Luis Enrique… que me quieren en el PSG.
Primera hostia en la frente. Durante unos segundos, la cabeza de Marc solo pudo limitarse a gestionar con que ojos mirar al valenciano, que tenía los suyos propios, con las pupilas algo dilatadas, clavados en la cara del chico de Tarrasa. En momentos como esos, Pubill se preguntaba si le miraba con la misma intensidad con la que él miraba sus ojos verduscos, si alguna vez se había parado a contar el número de tonos de colores que había en ellos.
—Wow…
—Esa no es una respuesta válida, Markus.
—¿Y qué quieres que diga exactamente? —una pequeña mueca en la cara del catalán le siguió tras intentar adivinar que era lo que Ferran buscaba de él en ese momento. ¿Refugio? Como lo buscó durante el mundial tras haber cortado con Pedri. ¿Cariño? Como le usó las noches que su cama doble le gritaba por un nombre que ya no le escuchaba, y acudía a Marc en busca de algo de calor.
—¿Qué te parece? —los ojos del valenciano se volvieron a clavar en los del colchonero, y Pubill podría jurar que había sentido un pinchazo en ellos tras hacer tal contacto.
"Honestamente, una puta mierda. No tenía suficiente sabiendo que no te iba a ver mucho más aparte de los partidos en Liga y Champions, que ahora me dejas sin poder verte en una de ellas. Joder, que ya había pensado en como organizarme para ir a verte entre semanas y enseñarte mi casa, mi familia."
Seguía resonando la canción que antes estaba escuchando mientras pensaba en todas las cosas que queria decirle a Ferran, y que como todo, se quedarían en el tintero de su cabeza.
"No queda nada que prolongue mi parada en este mundo ni un solo minuto."
—Eh… Pues, bien, Ferri. Si es lo que quieres.
—No se lo que quiero, Pulic.
—Pues eso es una putada —"No como yo, que se lo que quiero y aún así no puedo hacer nada por ello"
—El Barça me lo ha dado todo… ¿con que cara me voy ahora, después del mundial? —Ferran suspiró—. Después de compartir esta experiencia con un montón de ellos… no puedo irme así.
—Por esa regla de tres, tendrías que venirte al Atleti —bromeó Pubill, en un intento algo frustrado de sacarle una sonrisa. No fue eficaz, por cierto.
—No digas gilipolleces.
No lo eran. Para Pubill eran de todo menos gilipolleces. Había soñado tantas veces con ver a Ferran vestido de rojiblanco que una vez se despertó pensando que Fabrizio Romano había publicado su fichaje de manera real, y que no era solo un producto de su imaginación.
—Pf… no se Ferri —resopló—, creo que el cambio de aires te puede venir bien después de estos meses, con todo lo que me has contado.
Que Pedri le trataba mal, que Gavi le miraba con rencor por dios sabrá que cojones le habrá contado su amiguito, que Flick no le trataba como merecía, que se sentía aislado. Si fuera Pubill, habría dudado entre 0 y nada en hacer la decisión sabiendo como se sentía Ferran en ese equipo. Pero Ferran no era Pubill, y vivía con la esperanza de poder arreglar las cosas, de poder hacer el Barça su casa una vez más.
Recordaba las noches a su lado, las charlas interminables por las mañanas con Llorente donde bromeaban con el fichaje del valenciano.
—¡Que si hermano! —gritaba Marc en mitad del campo, con el sol todavía a medio salir— ¡Que el Atleti es lo que te hace falta! Que te traten como el héroe que vas a ser, que ese cariño no te lo da nadie, neno.
— Calla, calla, ¿y madrugar todos los días para poner los huevecillos al sol para ajustar mis níveles de testosterona? —bromeó Ferran—, no gracias.
— ¡Pues bien que viene todas las mañanas, cabrón! —Llorente gritaba desde la otra punta, tras oír al valenciano reirse de sus para nada dudosas creencias y hábitos.
¿Por qué el Atlético nunca había sido una opción real para Ferran?
—Ya… es que está tan lejos —el valenciano seguía resoplando—, tendría que aprender francés, que coñazo.
—Bueno, seguro que te lo ponen fácil. No todos los días se ficha a un campeón del mundo.
—No se… —Ferran se apoyó en el hombro de Pubill, con un puchero formado entre sus labios y la sensación de que podría vivir toda su vida encajado en la distancia que había entre su clavícula y su cuello.
Pese a la seriedad de la situación, Marc no podía dejar en el inminente olor a porro que desprendía su amigo, totalmente alejado de su habitual Sauvage Elixir de Dios. ¿De dónde cojones lo habría sacado?
—Deja de olerme, Markus. Ya se que echo una peste a porro enorme.
—Joder, ¿pero de dónde lo has sacado?
—¿Qué coño importa? ¿Vas a juzgarme tú justo por esto?
—¿Qué quieres decir con eso? —Marc levantó la cabeza para mirar a Ferran con su habitual sonrisa ladeada, algo juguetona, como a él le gustaba decirle —, yo ya no fumo porros, eh.
Ferran soltó una risa, por primera vez en toda la noche lo había conseguido. Joder, como le gustaba oírle, como le gustaba verle con esa puta sonrisa, que hacía que se sintiera como una niña adolescente viendo una película romántica de mierda. Mataría bastante gente con tal de despertarse todos los días con ese sonido escuchándose por su piso, salir a la cocina y encontrarselo con esa puta sonrisa de mierda sentado en una mesa, esperándole para tomarse un café juntos.
¿Por qué eso nunca había sido una opción para Ferran?
¿Por qué Pubill parecía que nunca había sido una opción para Ferran?
—Nah, si se que tampoco me juzgarías —echó la mirada hacía el frente, fijándose en todas las luces de la ciudad que podía ver desde la posición de su privilegiada villa—, es que me he agobiado y llevaba uno que me dió Yeremy antes de empezar La Rua.
—Wow, así que te van pasando porros y no compartes… ya veo.
—¿Pero no me habías dicho que ya no fumabas?
—Detalles sin importancia.
Los dos tenían los ojos clavados en las luces que se hacían notar en la oscuridad de aquella terraza, Marc intentando notar las pocas estrellas que se veían en un cielo protagonizado por la contaminación lumínica. Pensaba en todos los días que había planteado un universo en el que los dos podían estar juntos, en todos los ámbitos de la palabra. Como jugadores, como amigos, como pareja incluso. Que pudiera percibirlo como siempre habían hecho con él y con Pedri. Imaginaba un universo en el que Pubill y Ferran fueran dos nombres que no pudieran verse por separado, que el uno inevitablemente tuviera que incluir al otro. Seguro que en otra vida, en otras estrellas habrían podido ser los dos.
"Tú y yo de viaje por el sol
En una nueva dimensión"
—Si te vas tan lejos, tendremos que organizarnos pa' vernos de vez en cuando,¿no? —Marc se giró para encontrarse con el perfil aún girado de Ferran, el cual la luz de la luna parecía marcar con cariño, resaltando todas las facciones tan asquerosamente perfectas que conformaban su cara.
—¿Querrías seguir viéndome si me fuera?
—¿Pero que pregunta de mierda es esa? Vaya viaje te está pegando el porro, Ferri —le dió un golpe en el hombro, intentando hacer que la conversación pareciera lo más amistosa posible—. Me encantaría seguir viéndote. Toda la vida, si fuera posible.
—No me digas eso, Pulic.
—Es la verdad, y lo sabes.
O esperaba que lo supiera. Después de estos meses, Pubill realmente esperaba que Ferran fuera consciente de que él siempre estaría para él, cada vez que le hiciera falta. Ya fuera en físico, ya fuera por mensaje, ahí necesitara hablar, un abrazo, un beso… Como ya los habían compartido. Besos de esos que, dependiendo de la situación, significaban una cosa u otra. Un breve choque de ambos labios tras una conversación profunda sobre desamores, un beso desenfrenado tras del debut de Marc en Austria (que fue corto, así que no podía ni imaginarse como habría actuado si hubiera conseguido algo grande durante el campeonato), y el peor de todos, el que llevaba consigo una mirada de cariño. Ese que Pubill había evitado a toda costa porque podía engañarse ante cualquier roce, pero no ante aquellos ojos que lo atraparon por primera vez un 12 de febrero.
Ferran no era capaz de formar muchas palabras, o al menos eso parecía desde el punto de vista de Marc, que seguía mirando con cariño como los ojos entristecidos del valenciano parecían estar contando una por una todas las casas que estaban sumidas en la oscuridad de la noche. Se giró un segundo, y a Pubill no le hizo falta ni un segundo más para entender lo que su compañero necesitaba. Se acercó un poco más a donde estaba y lo envolvió entre sus brazos, posando sobre su pelo un pequeño beso.
—¿No me odiarías si me voy?
"Probablemente un poco. Pero tampoco te culpo. Yo tampoco me quedaría, mucho menos por mi."
—Que va, gilipollas —dijo, todavía manteniendo la posición anterior—. Aunque lo de que te vayas antes con los gabachos que conmigo a Madrid a lo mejor no te lo perdono tan fácil.
Ferran soltó una breve risa mientras depositaba algún beso tímido sobre el brazo de Marc que le envolvía, que le mantenía en esa pose que tanto habían disfrutado ambos durante todo el mundial. Joder, lo que daría Pubill por poder estar así toda la vida, no lo sabía nadie. Se iba a volver loco, necesitaba decirle todo lo que se le pasaba por la cabeza antes de que fuera demasiado tarde, pero ni las palabras ni el momento daban la sensación de estar a su favor.
El colchonero empezó a notar como su brazo empezaba a estar húmedo, y como si de un sensor automático se tratara, levantó la cabeza del valenciano para encontrarse con su mirada totalmente cristalizada, cubierta por lágrimas que Marc fue quitando con sus pulgares con todo el cuidado del mundo. Le susurraba al oido que todo estaría bien, mientras él mismo notaba como le temblaba el pulso mientras mantenía su cara.
—Ferri… no te preocupes —le siguió susurrando mientras le mantenía con la cabeza alzada y con sus dos ojos marrones clavados en su mirada enverdecida—. Estoy aquí, ¿vale? No me voy a ir.
—Tenía miedo… De que…—el hipo le cortaba de vez en cuando las frases al hablar—, de que ya no quisieras seguir hablando conmigo, de que te alejaras de mi si me iba.
—Si cerca no iba a tenerte, ya sabía que como mucho te quedabas en Barcelona, Ferri —Marc le miraba con una media sonrisa en la cara, intentando transmitirle todo el amor que sentía por él, como si eso se pudiera hacer—. No te vas a librar de mi tan fácilmente.
Si fuera por él, se lo llevaría hasta el fin del mundo, ya estuviera en París, en Seúl, Corea del Sur o en Canadá. Si fuera por Marc, se iría todos los días a Francia solo para verle, darle un beso y volverse a Majadahonda. No habría kilometros, personas o rivalidades existentes que pudieran deshacer lo que el catalán sentía por él.
"¿Qué podría ser mejor que estar siempre juntos tú y yo?"
Los suave sollozos de Ferran parecían haber empezado a calmarse tras hablar con Marc, quien seguía meciendo su cabeza entre sus dos manos en un intento salvaje de no cometer alguna locura y soltar alguna barbaridad en ese momento de debilidad. Porque Ferran siempre parecía abrirle su corazón a sus sentimientos, aunque tuvieran que ver con otras cosas, pero Marc se había hecho de piedra intentando aguantar para si mísmo todo lo que rondaba por su cabeza.
—No se que haría sin ti, Pulic.
—Pues lo mismo que has hecho siempre, Ferri. Ser tú, y ser la hostia.
Ferran le tomó las manos que hacia apenas unos segundos estaban sujetando su cara, y entrelazó sus dedos mientras miraba con cariño a Marc. Eran los momentos así en los que el catalán pensaba que a lo mejor, en algún universo, era posible que sus sentimientos fueran correspondidos.
—Probablemente no me quede mucho para irme a París si acepto, Marc —sus ojos, tan apuestos y atrevidos desde siempre, parecían evitar ahora una conversación que ninguno de los dos quería tener—. Sé que no somos nada… que no hemos hecho nada del otro mundo. Pero eres especial para mí, quiero que lo sepas.
—Como empecemos en modo despedida me piro a la habitación, te lo digo ya —soltó Marc, en un intento muy urgente de meterse las lágrimas para dentro—. A mí no me vas a hacer llorar, Mr. Mundial.
—Cállate un segundo, tonto de los huevos.
—Sí, Mr. Mundial.
—Ya te lo he dicho, pero no me gustaría perderte por estar fuera del país… —Ferran soltó un suspiro, intentando estabilizar su voz ante el temblor que acechaba su garganta—. Yo… bueno.
Marc sabía lo que venía ahora. Lo sabía porque Ferran era muy fácil de descifrar cuando estaba delante de él. Porque después de aquel verano había aprendido a reconocer cada gesto, cada silencio, cada pequeño cambio en su respiración. Porque sabía perfectamente cómo apartaba la mirada cuando algo le daba miedo y cómo apretaba los labios cuando estaba a punto de decir algo que podía cambiarlo todo. Pubill debería haber esperado, haberle dejado hablar.
Debería haber escuchado esas dos palabras que llevaba esperando oír desde el primer día que decidió que enamorarse de Ferran Torres era, probablemente, la peor idea que había tenido en su vida. Pero siempre había sido muy cabezón. Y, sobre todo, un prisas.
Se abalanzó sobre los labios del valenciano, esta vez con toda la seguridad que no se iba a apartar. Fue el primer beso que le dió en todo el verano del que realmente estaba decidido, fue el primero en el que verdaderamente se permitió transmitir con sus labios todo lo que sentía por él.
Todavía cogidos de las manos, Marc lo besó como si tuviera que memorizarlo, como si aquel beso pudiera servirle para los meses que vendrían después. Sintió los dedos de Ferran apretarse alrededor de los suyos y, durante un segundo, a Pubill le pareció que nada más en este mundo importaba.
Marc se separó apenas unos centímetros, lo suficiente para poder respirar, pero no para dejar de sentir el aliento del otro sobre sus labios.
—Te quiero.
Ferran abrió los ojos. Marc sonrió, aunque esa vez su sonrisa había pasado de transmitir si habitual confianza a demostrar por primera vez una debilidad real, esa debilidad tan suya y que tenía delante de él.
—Te quiero —repitió—. Y antes de que digas nada, no te iba a dejar decirlo antes que yo. Yo me pillé primero.
—¿Me estás vacilando? —soltó Ferran, tras soltar una pequeña risa.
—¿Tengo pinta de estar haciéndolo?
Ferran negó con la cabeza, pero las lágrimas que llevaba acumulando desde hacía minutos terminaron por desbordarle los ojos.
—Joder, Marc…
—¿Qué?
—Que no puedes decirme eso ahora.
—¿Y cuándo quieres que te lo diga?
—Cuando no me vaya a París.
Marc dejó de sonreír, porque una vez más le acababa de dar una hostia la realidad. Por mucho que acabaran de besarse. Por mucho que se hubieran dicho te quiero. Por mucho que, durante unos segundos, el mundo hubiese parecido ponerse de su parte, Ferran seguía sin ser suyo.
—¿Lo has aceptado? —preguntó finalmente.
Ferran tardó demasiado en contestar.
—Todavía no.
—Pero lo vas a hacer.
—Creo que sí.
Marc apartó la mirada hacia las luces lejanas de Ibiza. Intentó reírse, hacer alguna broma, decirle que se fuera a Francia, que aprendería francés y que así tendría una excusa para ir a verlo y ya de paso descubrir mundo. Pensó en soltar cualquier cosa pero, por primera vez en su vida seguramente, la voz no terminaba de salirle de la garganta.
—Entonces no me prometas nada —murmuró Marc.
Ferran frunció el ceño.
—¿Qué?
—No me digas que vamos a hablar todos los días. No me digas que vas a venir a Madrid cada vez que puedas. No me jures que la distancia no va a cambiar nada. —Marc soltó una risa pequeña, rota—. Porque sí va a cambiar cosas. Va a cambiarlo todo.
Los ojos de Ferran volvieron a llenarse de lágrimas.
—Marc…
—Déjame terminar, Ferri.
El valenciano asintió.
—No quiero ser el tío al que llames cuando estés triste porque estás en París. No quiero ser el que se quede esperando un mensaje tuyo mientras tú haces tu vida allí. No quiero ser un verano bonito del que te acuerdes cuando escuches alguna canción dentro de diez años.
—No vas a ser eso.
—No lo sabes.
—Sí lo sé.
—No, Ferran. No lo sabes —el tono de voz de Marc cada vez entraba en una espiral de desesperación.
Marc se pasó una mano por la cara.
—Porque yo sí sé lo que me pasa cuando te miro. Y sé que esto no se me va a pasar cuando te subas a un avión.
—¿Y tú qué quieres que haga?
"Rechaza al PSG. Vente a Madrid, vente al puto Atleti, vente conmigo. Deja a todo el mundo a un lado y escógeme a mi, por favor."
—Quiero que seas feliz —dijo al final.
Ferran se acercó hasta apoyar la frente contra la suya. Pubill sabía que su felicidad no estaba allí, en Ibiza, ni en Madrid junto con el Atleti, ni en Barcelona. Tal vez tampoco lo estaba en París, pero definitivamente no iba ser él la razón por la que Ferran no pudiera darse la oportunidad de ser feliz.
—Te quiero —las dos palabras mágicas salieron oficialmente de la boca del valenciano.
—Ya.
—No, no es un "ya". Te quiero de verdad.
—Ya lo sé.
—Y no quiero perderte.
Ferran levantó la cabeza para mirarlo, y ahora era Marc tenía los ojos llenos de lágrimas. Me cago en sus muertos, que había dicho que las despedidas a la habitación, que no iba a llorar aquí delante.
—Puedes irte a París —continuó—. Puedes ser feliz allí. Puedes jugar como el hijo de puta bueno que eres y ganar todos los títulos que te dé la gana. Puedes hacer tu vida. Pero no me dejes fuera de ella.
Ferran soltó un sollozo y lo abrazó con tanta fuerza que a Marc juraría que le estaba cortando la circulación del cuerpo. Y, por primera vez durante todo el verano, Pubill dejó de intentar ser fuerte. Escondió la cara en su cuello y lloró con él, por las noches que ya no compartirían, por los desayunos, las bromas, las discusiones absurdas y, sobre todo, por todas aquellas pequeñas cosas que había empezado a imaginar a su lado y que quizá nunca llegarían a existir. Lloró por las veces que querría tocarlo y no podría, por una distancia que ya empezaba a dolerle antes de existir siquiera. Ferran lo abrazó todavía más fuerte, como si también estuviera intentando aferrarse a todo aquello que estaban a punto de perder.
—No quiero que este sea nuestro final.
Marc negó contra su cuello.
—No lo es. O sea, no tiene por qué serlo —levantó la cabeza del abrazo para poder mirar con la seriedad suficiente al valenciano—. Podemos, no se, intentarlo.
Ferran sonrió entre lágrimas, y durante unos segundos ninguno de los dos dijo nada. Quizá aquello era lo más parecido a una promesa que podían hacerse: no sabían si funcionaría, ni cuánto tardarían en volver a verse, ni si París acabaría convirtiéndose en una frontera demasiado grande entre ellos, pero al menos parecía que los dos tenían clara una cosa, y es que lo que habían vivido en América no podía quedarse solamente allí. Ferran volvió a besarlo, esta vez despacio, sin ninguna de las prisas que habían acompañado tantos de sus besos durante el verano, como si quisiera guardar aquella sensación en algún lugar al que pudiera regresar cuando todo fuese demasiado difícil.
—No te creas que no me pensé lo del Atlético, eh —murmuró contra sus labios—. No había nada que me pareciera mejor que eso.
—Joder, Ferri. No te veía yo tan colchonero.
—No es eso, tonto del capullo.
—¿Entonces?
Ferran lo miró durante unos segundos.
—Pues que nada podría ser mejor que estar siempre juntos tú y yo.
Era la canción. Era la puta canción con la que Marc había jurado que iba a enterrar sus últimos lloros del verano. La canción que pensaba utilizar para contarles a sus nietos la historia de aquel jugador de un equipo rival del que se enamoró compartiendo un Mundial con la selección. Aunque ahora el tono de la canción parecía cambiar, y lo que podía ser otro final de mierda de otro romance frustrado parecía ser ahora la banda sonora de algo que, no solo no estaba terminando, si no que estaba empezando.
La noche terminó mucho después, cuando el cielo empezaba a aclararse y las luces de Ibiza dejaban de competir con las primeras señales del amanecer. Ambos se levantaron de la tumbona, y esbozaron algún que otro quejido sobre la poca comodidad de esta. Se abrazaron una última vez y permanecieron así durante un tiempo que ninguno quiso medir.
—Te veo en París —susurró Ferran.
—No —el valenciano le miró confundido girando la cabeza, como si fuera un cachorro—, nos vemos en donde haga falta, cuando haga falta.
Y antes de que cualquiera de los dos pudiera arrepentirse, se besaron otra vez, esta vez con esa desesperación silenciosa de quien sabe que algunos momentos solo duran mientras ninguno se atreva a ponerles un final. Cuando Ferran abrió finalmente la puerta y desapareció al otro lado, Marc se quedó solo en la terraza, todavía con la sensación de sus labios sobre los suyos y el olor a hierba todavía presente por la zona, impregnado sobre la tela de su camiseta, seguramente. La piscina permanecía completamente quieta frente a él mientras el cielo empezaba a llenarse de luz, anunciando un amanecer que llegaba demasiado pronto. En esa pequeña calma, Marc solamente podía pensar en como habían cambiado las cosas en comparación a hacía unos meses atrás.
Tal vez su historia no estaba regida por los valores tradicionales de una comedia romántica, pero tampoco tenía claro que eso fuera lo que quería. Empezaron a escribir su cuento en verano, y ahora la continuarían, de manera oficial, separados por una frontera. No sabía como saldría, y estaba cagado hasta no poder decir más, pero estaba feliz. Porque podría haber una distancia de kilómetros, pero por primera vez Marc Pubill podía decir que tenía alguien, que era suyo. Y joder, que bien sentaba poder decir que Ferran Torres era ahora, totalmente suyo. Que la situación no era la mejor tal vez, pero bueno, siempre podría contar su "Ferri" todas las veces que hicieran falta.
"Puedes venir conmigo, vámonos, tenemos que salir
Porque ese cielo lanza brazos invisibles hacia mí
Y si vinieras, en el centro de esa estrella pasaría
El resto de mi vida."
