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Franco no era del todo normal. Incluso en Argentina tener una condición sobrenatural no era tan común, y la verdad, era mejor no darla a conocer. Ni su padre, ni madre tenían algún don, pero su hermana le había comentado que tenía algunos destellos de algo que todavía no podía descifrar muy bien qué era. Aníbal le había confesado que nunca tuvo singularidad alguna, pero que si su padre. Fue Leónidas entonces, quien le explicó sobre el regalo que la tierra, la sangre y el aire, le daba a sus Privilegiados. Una cualidad que les haría falta en su vida, que los ayudaría a crecer y, todo lo que requería a cambio, era amor. A las personas, a la sociedad que lo rodeaba sí, pero más a la tierra que no tenía quien más la proteja. Era una retroalimentación que debía funcionar en armonía, porque, así como eras seleccionado, podían perder todo si no había sinceridad en ese amor mutuo.
Franco recordaba leer de chico las hojas manuscritas, amarillas y delicadas que su abuelo conservaba bajo llave, con el mayor de los cuidados, en donde las palabras de alguien de quien ya no se conocía nombre, explicaba en versos como la Tierra necesitaba del amor incondicional para vivir y florecer, para resistir el paso del tiempo. Esas hojas, que ahora conservaba Martina bajo llave, las tenía grabada con orgullo en su mente. Y Leónidas le había dicho, que no todos lo tenían, le advirtió de la envidia que podía nacer en las personas. Le mostró un mapa de América y le dijo que todo ese suelo, era la Tierra que amaba tanto pero tanto a sus habitantes, que les regalaba pequeños milagros. Por eso cuando conoció a Gabriel en Europa, se emocionó en un principio, pensando que tal vez, el brasilero compartía algún don, que era uno de esos que la Tierra amaba y elegía para resguardarse. Pero Gabriel nunca dio siquiera una señal y eso que Franco habló de algunas historias que circulaban, de las leyendas que mencionaban a los Privilegiados y el amor recíproco e inquebrantable que existía. Incluso así, el brasilero solo alzó los hombros y no hubo siquiera un destello de reconocimiento en sus ojos.
Su don no era la gran cosa, pero lo había ayudado en varias oportunidades: cuando alguien estaba cerca suyo y pensaba con demasiada intensidad en él, su mente le mostraba la imagen que la otra persona tenía en ese momento. Lo llenó de cariño siempre que estuvo cerca de Andrea, podía verse en los brazos de su madre, ambos sonrientes. O las manos de ella acomodando su pelo, acariciando sus mejillas. Con Martina, los veía abrazados, muchas veces pegándose, otras tantas riéndose, algunas, las que más le dolían, solo podía ver su espalda y a Martina abrazándose a sí misma. Con Aníbal la más frecuente era de ellos dos, dentro de un auto o a caballo, en un camino interminable o paseando alrededor de un lago. En la mente de su padre siempre se veía entre una mezcla de nene de primaria y un adulto que lo podía todo.
Le había servido cuando estaba solo, arriba del taller. Se paralizó la primera vez que se vio a sí mismo desnudo mientras un hombre lo manoseaba con descaro. Se alejó lo más que pudo del hombre aquel que había aparecido ese día, no sabía qué relación tenía con alguno de los tantos clientes que siempre circulaban por ahí, así que se quedó cerca de los mecánicos que lo veían como un nene, como un sobrino o hermanito, como un aprendiz del oficio o como un simple ayudante. Esa noche cerró las cortinas de su cuarto apenas llegó por la tarde, poniendo llave y tranca en su puerta, también una silla como una seguridad extra. No durmió y se escondió en su cama, un cuchillo de la cocina como su única defensa.
Cuando tuvo la oportunidad de correr en un campeonato europeo, conoció el asco que tenían algunos al enterarse que era argentino. Se vio a sí mismo llorando, dentro de un coche destrozado mientras esos hombres se reían abiertamente. La rabia era un buen bloqueador de nervios en esos momentos, así que siempre procuraba dejar a los chicos que patrocinaban en el barro. Si no terminaba en las primeras posiciones, se aseguraba de quedar bien arriba de aquellos llenos de espónsores que lo imaginaban como un perro. De los únicos que aceptaba esas visiones, era de los chicos que competían con él, porque él también los imaginaba así en aquel entonces.
Su primer beso había sido todo un éxito porque vio lo que la chica imaginaba, vio como quería ser sostenida y besada. Lo hizo con la exacta delicadez que la chica había soñado, al costado de un supermercado al caer la tarde y el gusto de un pequeño chocolate que habían compartido antes.
La primera vez que besó un chico fue después de una carrera, con uno que no había corrido, pero hubiese querido hacerlo. Y cuando él le empezó a hablar, confundiéndolo con un mecánico, se vio a sí mismo encerrando al otro, besando de manera profunda, mordiendo los labios ajenos que no hacían nada más que abrirse con rendición. Esa fue la primera vez que sus nervios casi lo hacen abandonar, pero lo besó con la misma torpeza que el otro esperaba.
Alex no tuvo ningún pensamiento en particular cuando se conocieron y, a medida que se iban conociendo un poco mejor, casi ni se veía en la mente del británico-tailandés, era solo una persona más de su entorno. Lo único "malo" que había imaginado Alex de él, era la mano del mayor tapando su boca y sacudiéndolo un poco, lo que solo le generaba risa.
Cuando conoció a Checo, se nubló un poco por su fanatismo, así que ni pensó en si el mexicano tenía un don o no, como con Gabriel. Y después de esa vez, las charlas que siguieron fueron más amenas y, de entre esas tantas, se vio en la mente de Checo hablándole con seriedad y solo pudo idearse qué le podía estar diciendo al mayor, porque él solo recibía imágenes de los demás, nunca sonidos. Después de unos segundos de extrañeza y nervios, le dijo: "es un Privilegio tenerlo", una frase que no tenía nada que ver con lo que estaban hablando, pero que también podía desviarla si el mexicano no la entendía. El mayor había quedado inmóvil por apenas un momento, antes de sonreír ampliamente y darle una palmada en el hombro.
Así como él podía ver como otros lo percibían o que deseaban de él cuando estaba lo suficientemente cerca, Checo podía forzar la honestidad brutal en quien estuviera cerca suyo.
Al parecer, O'Ward no había tenido el Privilegio cuando Checo lo había conocido, por lo que el mexicano se sentía por fin, en conexión con alguien más dentro de la parrilla y Franco, por fin, conocía a alguien más fuera de su hermana y abuelo con quien pudiera hablar con soltura.
Con el resto de la parrilla no tuvo mucho contacto ese primer año, así que no pudo vislumbrar más que unas imágenes genéricas, aunque no podía negar que había deseado algo más de parte de Lewis Hamilton que solo compañerismo distante. Cuando entró a Alpine como reserva fue la primera vez que deseó no tener su don. En un principio no era nada malo, un poco de coqueteo con Pierre, más distante del que tuvo con Lando, porque el francés no se animaba a dar un paso más y a él no le interesaba mucho darlo tampoco, así que quedaba en un par de frases que podían fingir significaban otra cosa. Pero Paul y Jack, esos dos... esos dos los quería tener lejos. Como a Paul ya lo conocía de antes, las imágenes no cambiaron tanto, eran una mezcla de envidia, bronca y lujuria, que el decidía ignorar olímpicamente, porque siempre se veía humillado en la mente del estonio y eso era un no rotundo para él. Con Jack no tuvo inconvenientes en un principio, más que la misma distancia que había entre los pilotos en general, nada malo o que encendiera alarmas en su cabeza, pero después... Después era imposible que pudiera pasar más de cinco minutos al lado del australiano, sin verse a sí mismo golpeado, humillado, llorando o de rodillas frente al segundo piloto ¿Y cuando llegó la noticia del reemplazo? No pudo evitar llorar en el primer momento que estuvo solo, lejos de Doohan. Era todavía más espantoso que lo que Ralf Shumacher había imaginado cuando subió él a Williams en lugar de Mick. Y siempre que aparecía la familia del australiano, evitaba acercarse a menos de 20 metros por lo menos.
Cuando tuvo un asiento seguro en la Fórmula 1, por primera vez en su vida, sin reemplazar a nadie y sin hacerlo a mitad de temporada, se sintió tocar el cielo y las nubes. Y cuando estuvo en Argentina, se pasó toda una tarde sentado sobre la tierra del campo de su papá, las manos acariciando y aferrándose al pasto. No había oraciones que pudiera ofrecer a su Privilegio, así que solo se imaginó que todo su amor pasaba de sus manos hacia la tierra, que en cada exhalación, el viento recibía su cariño.
Checo le había advertido, y él lo pudo comprobar desde ese primer momento en WIlliams, que cada vez que pisaba suelo que amaba a sus Privilegiados con desenfreno, el don podía desestabilizarse un poco. A veces era más fuerte, otras, perdía fuerza como una estación de radio en medio de una ruta desierta. Así que las carreras de Estados Unidos, México y Brasil eran como tirar una moneda al aire y su don se encaprichaba o sobresaltaba.
Cuando llegó a Australia, lo hizo con todo el ánimo para arriba y bien concentrado en la carrera, por eso cuando estaba saludando a los otros pilotos antes del desfile, trastabilló al verse a sí mismo con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados y una expresión de puro placer en su rostro, mientras las manos de Oscar Piastri lo tomaban de la cintura y se metían debajo de la tela de su camiseta, con los labios del australiano recorriendo su cuello con desesperación.
Cuando Franco se pudo enderezar, miró con sorpresa a Piastri, pero el mayor solo estaba cruzado de brazos, hablando con Lando con el rostro relajado. Cuando Norris lo llamó, Oscar se giró hacia él también y Franco se vio gimiendo dentro de un beso profundo, mientras Oscar no paraba de tocar su cuerpo con firmeza.
Franco largó una risa un tanto aguda, negando con la cabeza, admirando el control que tenía el australiano sobre sus facciones. Franco podía sentir como su cara de enrojecía tan solo con tener un vistazo de la mente de Oscar.
A partir de ahí, Franco se ponía un poco nervioso cuando estaba cerca del australiano porque el coqueteo lo podía manejar, pero para eso había un intercambio de miradas o palabras en ese tono como mínimo. Pero Oscar solo lo saluda con tranquilidad, le hablaba con educación y poco después, un tanto más relajado, pero ¿coqueteo? Nada de eso. Pero después o durante las charlas, percibía varias imágenes, donde Franco siempre se veía derretido en placer y a Oscar besando y tocando su cuerpo, casi venerándolo.
Lo que lo llevó a dar el primer paso, fue aquella vez en donde estaba hablando con George y Alex, y de reojo vio a Oscar hablando un poco más atrás con Max y Gabi. Cuando cruzaron miradas, Franco le sonrió y el australiano hizo lo mismo, antes de cada uno seguir con sus conversaciones. No estaba lo suficientemente cerca como para poder ver una imagen, por lo que pudo seguir tranquilo con su charla, aunque un par de pasos más adelante, Franco se vio a sí mismo recostando su espalda en el pecho de Oscar, mientras el mayor lo sujetaba de la cintura y los labios ajenos paseaban por su nuca.
Franco se sorprendió, dejando caer la toalla que traía en su mano, no sabía que el australiano se había acercado tanto. Cuando se agachó a levantar la toalla, su mano libre apoyada en la pared, se vio a sí mismo desnudo, sosteniéndose de la pared con ambas manos, con Oscar penetrándolo con fuerza por detrás.
El argentino se enderezó con rapidez, apretando la toalla entre sus dedos, y giró la cabeza hacia Piastri, que estaba a unos cuatro pasos detrás, riéndose con Max, al parecer de algo que había dicho o hecho Gabi. Nada en su expresión revelaba lo que estaba imaginando apenas unos segundos atrás. La mano de Alex en su hombro lo hizo saltar en el lugar, trastabillando sobre sus pies y cayendo hacia un costado. Oscar lo sujetó con fuerza de su brazo, por lo que nunca tocó el suelo y Franco pestañeó con rapidez, intentando centrarse otra vez, las imágenes del australiano siempre lo desencajaban.
—¿Estás bien? —el argentino asintió a la voz de Oscar, dando una risa nerviosa.
—Creí que habías dejado atrás la torpeza al moverte. —cuando escuchó a Gabriel, rodó los ojos y eso por fin lo hizo volver en sí.
—No tires piedras cuando vivís en una casa de vidrio, garoto. —el brasilero rodó los ojos con exageración y George sonrió, apoyado sobre el hombro de Alex.
—Cuando quieran descargarse y hablar sobre eso, saben que yo los puedo ayudar escuchándolos. —Alex largó un bufido por la nariz, mientras Max dio una mirada rápida entre el brasilero y el argentino.
—Ah ¿no se encontraban muy seguido ustedes?
Franco giró su cabeza hacia Gabi, asintiendo de vez en cuando mientras el más chico explicaba cómo se conocían tanto, pero no estaba prestando atención a lo que se hablaba realmente. Su mano seguía aprisionada contra el pecho de Oscar, con la mano del australiano sujetando su antebrazo todavía. Franco se vio en su mente a menos de un paso del mayor, casi compartiendo respiración, mientras que Oscar lo sostenía del mismo lugar que lo estaba agarrando en aquel momento, sonriéndole con ternura, mientras su mano acariciaba la mejilla de Oscar y el mayor cerraba los ojos, inclinando su cabeza hacia delante, como pidiendo más.
Era la primera vez que el australiano no lo imaginaba en alguna situación sexual o subida de tono. Era todo muy suave y Franco no podía creer que él se viera casi como un actor de película romántica, de la perfección que tenía la escena imaginaba por Oscar. Así que mientras los otros seguían hablando alrededor, Franco giró su cabeza hacia Oscar y golpeteó sus dedos contra el pecho del mayor. Piastri desvió la vista de Gabi, abriendo los ojos con sorpresa al notar que lo seguía agarrado del brazo. El argentino vio como lo soltaba de manera lenta, abriendo un poco los labios como para hablar, pero al no decir nada, Franco lo sonrió y le dijo un ‘gracias’ insonoro, moviendo sus labios para formar la palabra. Al ver a Oscar asentir con las mejillas encendidas, el menor solo sonrió, esperando a ver qué imagen pensaba el australiano, pero cuando no vio nada, solo pestañeó un poco y desvió la mirada hacia Gabriel y Max, golpeteando por última vez sus dedos contra Oscar, antes de dejar caer su mano.
Franco se vio a sí mismo sonriendo mientras Oscar le daba un beso en la sien al tiempo que tomaba su mano. El argentino notó de reojo al mayor cruzarse de brazos y reprimió una risa nerviosa, sintiendo su corazón acelerarse de una manera diferente a como lo hacía con las otras imágenes que había visto de Oscar antes. El menor se movió en el lugar, cambiando de posición y quedando coincidentemente, un paso más cerca del australiano. Franco se preparó para ver otra imagen, cuando de repente se vio a él junto a Oscar, ambos con el rostro rojo y moviéndose en el lugar de manera nerviosa. La nitidez y hasta el tinte de la imagen no coincidían a como imaginaba Oscar.
El argentino tensó su cuerpo por un segundo, desviando la vista hacia el inglés: George lo miraba con una ceja alzada y con la comisura del labio apenas arriba. Franco se puteó un poco por distraerse, pero le alzó una ceja al mayor, haciendo una leve mueca con su boca y un apenas movimiento de cabeza, en clara negación. George alzó la otra ceja, su rostro formando una expresión de completa inocencia, que Franco solo se limitó a seguir mirando. Al pasar de los segundos, el inglés solo relajó su rostro, desviando la mirada y haciendo una pregunta hacia Gabriel, que ya estaba hablando de otro tema diferente a como empezaron.
Franco frunció un poco los labios, dando un saludo general al ver a uno de sus mecánicos haciéndole una seña a lo lejos. Se alejó con rapidez, todavía un poco alterado por el repentino cambio de la imaginación de Oscar.
—Tu honestidad cómo es. —Checo alzó la vista de su celular, inclinando su cabeza y dando una obvia vista a las personas alrededor. Franco hizo una mueca y habló en un tono más bajo, aprovechando que casi nadie entendía mucho el castellano por ahí. —Digo ¿sólo son honestos para con vos? ¿O si estoy cerca, también son honestos con lo que piensan de mí? —Checo alzó las cejas, sonriendo.
—Me encanta como te sacas esas preguntas de la nada. —Franco sonrió ampliamente —Solo conmigo —el más chico dejó caer su cuerpo, haciendo que el mexicano se riera un poco —Créeme, lo hemos probado con Carola, pero siempre dicen cosas de mí nada más. —Franco asintió, dejándose caer en la silla frente al mexicano. —¿A quién quieres interrogar? —el argentino alzó los hombros por un segundo, apoyando su cabeza en la mesa. Checo se limitó a sonreír y contestó un par de mensajes más, en lo que el más chico se decidía qué decir.
—Es que... bueno, tengo estas imágenes de alguien que... —Checo dejó el celular en la mesa, haciendo un sonido afirmativo con la garganta —Tenía estás, uhm...
—¿Sí?
—Escenas subidos de tono conmigo —Checo alzó una ceja al ver al argentino ruborizarse.
—Okay...
—Y, bueno, ahora no son más así... No bueno, si, a veces son así. Pero la mayoría ahora son... ¿tiernas? —el mexicano alzó la otra ceja, sonriendo despacio.
—Así que ya enamoraste a alguien —Checo vio como el más chico rodaba los ojos, pero sus mejillas seguían rojas. —Para ser sincero, se me hacía que estaba tardando ya. —Franco no pudo detener la carcajada.
—No, dale, te digo en serio.
—Y yo también. —el mayor se inclinó hacia la mesa, quedando más cerca del argentino. —¿Y? ¿Quién es? —Franco se rascó la nuca, sintiendo como su cara seguía caliente.
—Creo... uhm, podría —el argentino alargó la i con vacilación —ser el ocho, uno. —el mexicano largó una carcajada.
—¿Podría ser? —Franco se tapó la cara con las manos, exhalando sonoramente por un largo rato.
—Es que no puedo entender cómo mantiene una expresión tranquila pensando tantas guarangadas y se pone completamente rojo, pero rojo mal eh, cuando piensa en agarrarme de la mano nomás. —Checo se recostó en su silla otra vez, la sonrisa fija en su rostro. —Y encima nunca encara, nunca me dice nada, así que no sé.
—Tendrás que descubrirlo como todos los mortales Franquito. —el argentino arrugó las cejas, haciendo un puchero.
—Creí que me ibas a ayudar. —el mayor tomó su celular.
—Lo único que te puedo decir, que me funcionó —a esto Franco se enderezó con curiosidad —Es pasearte bien cerca cada vez que puedas. —el mexicano lo miró por unos segundos a los ojos, antes de volver a mirar su celular. —El privilegio funciona más fácil, cuantas más veces lo fuerces en una misma persona. —Franco se mordió el labio, golpeteando la mesa con sus dedos —Más cerca estás, más rápido se activa y, con el tuyo, le haces afrontar su imaginación con lo real. —Checo alzó los hombros. —Ninguno da el paso, así que o lo das tú o lo obligas a él a darlo.
Franco no pudo ver nada claro en su mente, pero sabía que había alguien cerca pensando fijamente en él. Cuando dio un vistazo rápido a la sala al entrar, pudo ver a Oscar sentado con la cabeza echada hacia atrás y los ojos cerrados. Un par de mecánicos de McLaren estaban cerca y Alex un par de sillas apartado, pero hablando con George. El argentino miró alrededor una vez más y, juntando fuerzas, se movió en silencio hasta quedar parado detrás de la silla del australiano.
Se vio a sí mismo sentado sobre las piernas del mayor, rodeándole los hombros con sus brazos mientras Oscar le sonreía y besaba su mandíbula de manera corta y rápida. Franco se mordió el labio y observó a un costado, notando a George mirándolo con una ceja alzada. El argentino le sonrió de lado, llevando su dedo índice a sus labios, indicándole al otro que no dijera nada. El inglés solo sonrió con un dejo de sorpresa y le llamó la atención a Alex nuevamente. El argentino reprimió un suspiro y sacó su celular, solo moviendo sus dedos por la pantalla, sin hacer nada concreto. La imagen en su cabeza comenzaba a desaparecer, así que Franco fijó la vista en su celular viendo solo de fondo como el australiano abría los ojos y tensaba el cuerpo al notarlo. El argentino movió sus ojos, haciendo como que recién notaba al más grande.
—Oscar, hola. —le sonrió de una forma más cariñosa y sintió una placentera calidez recorrer su cuerpo cuando notó que los cachetes del otro estaban rosados.
—Hola Franco ¿qué andás haciendo ahí? —Franco guardó su teléfono en el bolsillo y se apoyó con una mano sobre el respaldo contiguo al del mayor, acercando un poco su rostro, viendo un destello de un beso fugaz antes de contestar.
—Quería preguntarle algo a George antes que empezara la reunión, pero está entretenido con Alex. —el argentino hizo una seña con su cabeza hacia un costado, aprovechando que el otro se giraba a ver, para observar con detenimiento el rostro del australiano. Cuando Oscar se giró otra vez hacia él, no ocultó que lo había estado mirando y sus ojos siguieron el aumento de color en las mejillas ajenas. —¿Aprovechaste para dormir un ratito? —en su mente apareció la imagen de su mano rozando los labios del mayor, pero el rostro de Oscar se veía tranquilo, con una sonrisa pequeña, cordial.
—Después de esto, te juro que quedo inconsciente por dos horas más o menos. —Franco se rió.
—Si puedo, voy a copiarme de tu idea. —el argentino desvió la vista cuando escuchó su nombre y vio a un ingeniero de Alpine levantando la mano. Al mismo tiempo, se vio a sí mismo recostado sobre sábanas blancas, tapado hasta la pera y a Oscar a su lado. Tragó con fuerza ante la imagen. —Bueno, ahí me llaman. —Franco volvió a mirar al australiano y su expresión simpática, y le puso su mano sobre el hombro, dándole un ligero apretón. —Tratá de no dormirte.
—No te aseguro nada. —Franco sonrió, dando otro apretón al hombro ajeno, antes de moverse un par de pasos hacia George. Dio un suspiro y señaló con un dedo al inglés, que lo miraba con fingida curiosidad. —Yo tengo que hablar con vos después. —George asintió con seriedad, pero Franco pudo notar el brillo divertido en sus ojos.
—Cuando quieras, estoy disponible para lo que necesites. —el argentino solo resopló divertido y siguió camino. Aunque antes de poder alejarse más de dos pasos, le llegó una imagen a su mente, tan real y vivaz, que lo hizo congelarse por un segundo: era él sentado al lado de Oscar, en esas mismas sillas, ambos sonrientes y hablando bajo, sus cabezas juntas y sus piernas tocándose.
Franco reprimió el pequeño quejido que quería escapar de sus labios y se fue a sentar. Cuando dio un vistazo rápido a la sala, bajó la cabeza con rapidez al ver a Bearman y Gabriel sentados al lado de Oscar, hablando animadamente entre los tres. El repentino ardor en su garganta lo hizo apretar los puños.
Después de ese acercamiento en la sala de reuniones, Franco se animó un poco más al coqueteo con Oscar. El mayor no empezaba las cosas, pero siempre seguía el juego y terminaban un poco más cerca.
Una vez se habían quedado hablando de cosas de la carrera, hasta entrada la noche, donde ambos se reían de cualquier chiste que el otro hiciera, con mejillas rojas y a un solo paso de separación. Solo después de la tercera intervención del staff de Alpine y McLaren, se despidieron. Franco pudo ver la imagen de Oscar besando sus labios y él quiso hacerlo, deseó con todas sus fuerzas hacerlo, pero el paddock no estaba del todo vacío y el no estar dentro de cuatro paredes, lo cohibía bastante.
La vez que Oscar fue el que inició el flirteo, Franco no pudo dejar de sonreír en toda la conversación y el australiano mantuvo sus mejillas coloradas hasta unos minutos después de terminar de hablar.
Cuando Franco empezó a tocarlo, tuvo nervios porque las primeras veces que lo hizo, Oscar se quedaba tenso por un rato largo. Hasta que una vez, lo hizo distraído, pasando su mano por la cintura del mayor antes de irse y sintió el temblor en el cuerpo de Oscar. Ambos se habían quedado inmóviles, mirándose a los ojos con sorpresa. Franco quedó absorto en el color rojo del rostro de Oscar, hasta que el mayor bajó la cabeza con un dejo de vergüenza y el argentino carraspeó para saludarlo una vez más. Antes de separarse demasiado, Franco pudo ver en su mente a Oscar sosteniéndolo de la cintura con fuerza, los dedos del australiano moviéndose y presionando con fuerza su piel. La imagen fue tan vívida que Franco no pudo desacelerar su corazón por un buen rato.
Después de eso, Franco se cercioró de siempre acercarse a Oscar con un toque primero: en el brazo, el hombro, el codo, los omóplatos, la espalda. Una caricia por todo el brazo o una pasada lenta por la cintura del mayor. Y aunque lo había visto muchas veces en las imágenes de Oscar, todavía no se animaba a pasarle la mano por el pelo, las mejillas o la nuca.
La primera vez que Franco le dio un beso en la mejilla, lo hizo sin notarlo porque fue justo después de haber saludado a su padre y su primo, que habían ido a verlo. Solo cuando escuchó la inhalación fuerte de Oscar se dio cuenta. Tragó con inquietud y le dio una sonrisa nerviosa al mayor, antes de irse prácticamente corriendo. Se puteó un poco mentalmente porque no se había fijado antes si había gente alrededor o no, más importante: si había o no cámaras filmando. Así que se comprometió a no hacerlo de nuevo, porque una vez lo podía hacer pasar como distracción y la costumbre argentina, pero si alguien los veía así, sabía que los rumores no pararían, incluso si se dejaran de hablar por el resto de sus vidas.
Los siguientes encuentros, saludos y charlas, Franco los inició como se había acostumbrado a hacerlo: con toques o caricias ocultas y una sonrisa. Aunque siempre veía en su mente a Oscar saludándolo con un beso, a veces en la mejilla, otras con un beso en los labios. Y en esas imágenes, ya no podía distinguir cuáles eran suyas y cuáles del australiano. Y cuando fue Oscar quién le dio un beso en la mejilla, Franco se sorprendió y no, porque era algo que siempre reconocía de los deseos del mayor y era algo que él mismo había empezado a anhelar. Así que solo sonrió ampliamente, complacido con el color rojo que inundaba el rostro de Oscar y seguro que su cara estaba igual de colorada.
Checo le hacía caras a él si los veía cerca y Franco se alegraba de que fuera mexicano, así el mayor podía entender los insultos sin tener que traducirlos tanto. A George le terminó contando un poco de la verdad, porque no iba a decirle ni en pedo de su Privilegio (menos a un inglés) y porque el mayor nunca había tenido un pensamiento o imaginación malintencionada hacia él. A George solo le gustaba saber cosas y varias veces, el más alto le había comentado de un par de lugares donde Oscar y él podían hablar tranquilos.
Pierre había cambiado el rumbo de su imaginación, sus deseos ya no eran tan cariñosos y eran un poco más... ariscos, pero no al punto de Aron, mucho menos de Doohan. De Briatore nunca pudo entender demasiado el cómo pensaba de él, porque el viejo era de esas personas que no pensaba en imágenes y su Privilegio no podía interpretarlo de manera correcta y, por un lado, se alegraba de no tener que saber qué pasaba en la mente del otro y por otro, tenía ganas de entender qué quería exactamente con él.
A Lando prefería evitarlo si podía, porque la mente del inglés era confusa, con el hecho de que a veces se imaginaba besando a Oscar y él en el fondo llorando, y otras besándolo a él, con Oscar no haciendo nada, mirando a otro lado. Con Lando era tirar una moneda cada vez que lo tenía cerca, ya que se calentaba con él y con Oscar y al tercero siempre derrotado por el inglés. Y después de la cuarta vez que vio la imaginación del otro gozando demasiado verlo a él, a Franco, sufriendo, no le gustó un carajo y se decidió a estar siempre un par de pasos apartado.
La vez que culminó todo el coqueteo, había empezado el día con tranquilidad. Concentrado en la pista y en el auto, repasando las charlas con Stuart en su cabeza. Había saludado a Checo con un abrazo, después encontró a Oscar hablando con Alex a un costado y caminó hacia ellos. Mientras le daba un saludo a Alex, pasó su mano por la espalda baja del australiano y se inclinó un poco para darle un beso en la mejilla. Ya no sorprendía a los otros pilotos que Oscar y él se saludaran así, aunque había algunos que miraban a otro lado por vergüenza o incomodidad.
Oscar se había girado para hacer lo mismo, saludarse con un simple beso, pero los dos terminaron rozando sus labios y separándose con sorpresa. Franco pestañeó, su mente en blanco y no hizo nada más que aspirar con fuerza cuando la mano de Oscar lo tomó de la nuca y el mayor lo besó con profundidad.
Franco cerró sus ojos y empezó a responder con la misma intensidad, así que no vio a Checo ahogándose con un sorbo de agua, ni a Pierre mirándolos con la boca abierta y chocándose con Charles, ni escuchó el sonido sorpresivo que Alex largó o la aguda exclamación que George intentó tragar y no pudo lograr del todo.
—¡¿Qué están haciendo?! ¡Hay cámaras! —el susurro ahogado y ansioso de la chica de marketing de Alpine, junto con el tironeo de su brazo, hizo que Franco abriera los ojos, separando su rostro y mirando con sorpresa a la mujer, perdido en la situación. Cuando giró su cabeza hacia Oscar, vio al australiano mirando fijamente al hombre de McLaren, que lo tenía del hombro con una expresión de incredulidad en su rostro.
No pasaron más de dos segundos, que Oscar lo tomó de la muñeca y empezó a caminar hacia el interior del edificio. Franco solo carraspeó un poco su garganta, sin detenerse o intentar zafarse del agarre. Rió con nerviosismo y excitación al ver a Oscar intentando abrir puertas en el pasillo, y empezó a hacer lo mismo, sin soltarse de su agarre y ambos ignorando a los dos que los seguían, tirando advertencias e insultos por lo bajo. Franco hizo un sonido con la garganta cuando por fin, una puerta se abrió al girar la manija, llamando la atención de Oscar que, inmediatamente, lo hizo entrar y él después, cerrando la puerta y apoyándose en ella. Franca escuchó los golpes en la puerta, pero mientras se acercaba a Oscar, sin despegar la vista del rostro del mayor, tanteó con su mano y giró el pestillo del seguro bajo la manija, antes de por fin, besar a Oscar.
El australiano lo sostenía de la cintura y Franco pasó sus manos por el cuello del otro, tomándolo del cabello y después dejando reposar una mano entre la puerta y la espalda del mayor. El argentino escuchó su nombre en un susurro amenazante del otro lado, pero solo cerró los ojos, ladeando su cabeza y profundizando más el beso. Oscar solo sonrió de lado al escuchar el reto del hombre de McLaren al otro lado de la puerta, y Franco le mordió ligeramente el labio cuando lo sintió hacerlo.
Franco sintió como probaban la manija una vez más, antes de perderse en el beso de nuevo: Oscar lo había movido contra la pared al lado de la puerta, la fuerza de sus labios profundizándose aún más. El argentino paseó sus manos por el pecho de Oscar, mientras el mayor metía sus manos bajo la remera azul y rosa de su equipo, provocando un cosquilleo en su cuerpo al sentir el pasear de los dedos ajenos en su espalda. Ambos escucharon unas risas de afuera, antes que volviera el silencio y luego, una voz femenina pegada a la puerta.
—Franco Colapinto, si no salís ya de este cuarto, te juro que te voy a hacer la vida imposible por lo que reste de mi vida y voy a empezar llamando al viejo degenerando ese. —el argentino no pudo evitar separarse, gruñendo un poco y dejando chocar su cabeza contra la pared: la amenaza de Briatore sí había funcionado.
—Voy, voy. —Franco se giró, mirando a Oscar y hablando en un susurro —Ella es capaz de hacerlo de verdad. —el australiano lucía un poco atontado con el rostro rosa, los ojos a medio abrir y los labios brillantes. Franco relamió los suyos y carraspeó. —¿Oscar? —el mayor asintió, carraspeando un poco él también y llevando sus manos hacia su pelo, acomodándolo un poco, mirando a la puerta y después hacia el más chico.
—¿Después de la carrera? —el argentino asintió enérgicamente, una sonrisa formándose en sus labios. —¿Tu cuarto o el mío? —Franco ocupó sus manos en acomodar su remera, reprimiendo las ganas de tomar el rostro de Oscar y seguir besándolo.
—Después te digo, depende de qué tan enojada siga a la noche. —Franco señaló con su cabeza hacia la puerta y Oscar sonrió, asintiendo.
El australiano lo tomó de la nuca con rapidez, dándole un beso profundo, antes de separarse y moverse hasta la puerta. Franco vio cómo se había quedado quieto, la cabeza echada hacia atrás, mientras miraba el techo y daba una respiración profunda, antes de girar el seguro y salir del cuarto. Franco llevó sus manos a su cara, ocultando una risa, antes de salir él también. La mujer de Alpine lo miraba con el ceño fruncido y los brazos cruzados. El argentino se rascó la cabeza, mirando a un costado del pasillo.
—Necesitaría ir al baño. —la mujer lo miró fijamente antes de empezar a caminar en silencio. Franco la siguió, tratando de calmar su corazón.
—Ahí. —el tono seco de la mujer, lo hizo moverse rápido. Se tiró agua en la cara y se arregló un poco el pelo frente al espejo, antes de salir. —Tuve que fingir que estábamos coqueteando con el de McLaren porque aparecieron cámaras y micrófonos en el pasillo, Franco. —el mencionado la siguió cuando ella empezó a caminar otra vez.
—¿Coqueteando?
—¿Cómo carajo podría explicar que estuviéramos los dos solos, cerca del otro, en un pasillo casi desierto, eh? —Franco apretó los labios, intentando borrar la sonrisa que amenazaba con formarse.
—Perdón. —la mujer lo fulminó con la mirada, así que el argentino solo cerró la boca y la siguió. Mordiendo sus labios, sin poder frenar el calor que todavía invadía su cuerpo.
Cuando volvió a entrar en la sala donde estaban todos los demás, vio a Oscar de espaldas a él, con una gorra puesta, al lado de Alex y George, de brazos cruzados. Giró su cabeza, viendo a Checo caminar hacia él y fue a su encuentro, ignorando las miradas de los otros, igual que hacía Oscar.
—Me debes un nuevo pulmón. —Franco solo alzó los hombros, con una sonrisa.
—Los años no vienen solos, Checo. Tenés que cuidarte más.
—Pendejo. —Franco sonrió ante la risa del mexicano.
Cuando los empezaron a llamar para formarse en equipos, antes de salir al desfile que lo harían en varios coches, Franco caminó hasta al lado de Pierre, solamente sonriendo y dándole una palmada en el hombro, ante las cejas alzadas del francés.
—Estás en tantos problemas. —Franco le asintió, girando su cabeza, buscando la figura de Oscar y encontrándola. Ambos cruzaron miradas y el argentino bufó al ver la sonrisa ladina del australiano.
—¿Cuándo no lo estoy?
