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Español
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2026-10-10
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El beso de la verdad

Summary:

Hacer y decir las cosas de forma honesta no era algo que se les diera bien, en especial cuando los sentimientos estaban de por medio. Cansados de ello, darían el primer paso para ser más transparentes.
One shot participante en la dinámica RanKanetober creada por Sue Fanarts.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

Ranma 1/2 no me pertenece. Todos los derechos están reservados a su autor original, Rumiko Takahashi. Esta obra es escrita sin fines de lucro. Fic participante en la dinámica RanKanetober creada por Sue Fanarts.


(•••)

El beso de la verdad.

Día 10.- Primer beso.

•

•

•

Después de haber pasado toda la noche sentado en una silla, Ranma abrió los ojos de poco a poco, entornando la vista para poder enfocar lo que había a su alrededor. Logró distinguir la habitación de Akane, y todo lo que siempre la caracterizó. Las rosadas cortinas, el espejito con forma de flor, el escritorio donde reposaban las indumentarias que usó para bajar la fiebre, y la cama donde descansaba plácidamente su prometida.

Su prometida, Akane. Esa chica bella, de ojos del mismo color del chocolate. Dulces en ocasiones, pero amargos cuando en ella existían sentimientos o pensamientos malos. Como en el día anterior, con la pelea desencadenada por la revelación de que Ryoga es, nada más ni nada menos, que P-chan, la súper mascota adorable, esa que tanto idolatraba y cuidaba con tanto esmero.

En cuanto logró posar su mirada en la silueta femenina, se despertó de golpe, incorporándose hasta quedar agachado frente a ella. La examinó, una y otra vez, cerciorándose de que su respiración ya no estuviese agitada por la repentina gripe. Por fortuna, Akane inhalaba y exhalaba sin presentar rastros de dificultad, así que eso le tranquilizó. Sonrió sin darse cuenta, como una especie de reflejo que solo ella despertaba en él. Y es que, esa chica tan terca, tan linda y valiente se ganó su corazón, provocando que el mundo pequeño de Ranma se derrumbara para volver a eclosionar, está vez convertido en terrenos que le asustaban e intrigaban a la vez. 

Se fijó en las pestañas abundantes de Akane, en su tierna y delicada nariz, en las mejillas que ya no se veían coloradas producto de su malestar nocturno, y en esos labios tan hermosos, un poco pálidos por la deshidratación de la fiebre, pero aun así… hipnóticos.

Suspiró, levantándose para terminar de acomodar el desastre de la habitación. Por fortuna, la tormenta de medianoche cedió, así que los rayos del sol se colaban en la ventana, iluminando a Akane como si fuese una princesa de un cuento de hadas. 

Ranma tomó entre sus manos el recipiente lleno de agua que se había enfriado con el pasar de las horas, y recogió el paño húmedo que yacía en la esquina del escritorio. Escuchó como Akane se removía entre las sábanas, sonriendo, respirando tranquila. 

El replicó la sonrisa de ella, pensando en que le gustaría arreglar las cosas entre los dos. Se acercó de nueva cuenta, dando una ligera caricia a la tersa mejilla, con las yemas de sus dedos tocando apenas esa epidermis. Se arrepintió de haber hecho enojar a Akane. Si no fuese por su discusión, ella no habría pasado por semejante destemplanza toda la noche. De no haberle ocultado la verdad sobre Ryoga, ella no se hubiese expuesto al mal clima de ayer. 

Y si no hubiese sido porque la encontró antes de que la situación meteorológica empeorara, entonces otra historia sería.

Suspiró profundo. 

Para Ranma era muy difícil decir lo que sentía a base de palabras. Normalmente se preocupaba por transmitirlo en acciones. Cuando pasó lo de Jusenkyo, había decidido comenzar poco a poco a revelar lo que Akane le hacía sentir. Con más gestos que palabras, aunque de vez en cuando se le escapaban halagos, lo que parecía funcionar. Sin embargo, no le resultaba sencillo, menos teniendo en cuenta la nula privacidad que ambos poseían. Y justo cuando las cosas entre ellos ya escalaban, aparece la gran revelación por boca de Shampoo tras un gran enfrentamiento con toda la pandilla de locos.

Todo ese lío solo logró deshacer una parte de lo que había construido. Cuando llegaron a casa después de encontrar a Akane bajo un árbol que apenas y le cubría de la lluvia, la llevó directamente a su habitación para que se cambiase la pijama. Luego de ello discutieron otro poco, y en el momento en el que el le iba a confesar sus sentimientos, ella se desmayó.

Durante toda la noche Ranma se la pasó cuidándola como un fiel guardián, preocupado y profundamente arrepentido por ocultarle durante mucho tiempo ese secreto. No tuvo la fuerza suficiente para despegarse de su lado, y pensó en lo que sería una buena disculpa, aún si le costaría decirla en voz alta.

Porque en sí, la honestidad jamás salía de él gracias a su cobardía.

Suspiró. 

Ranma salió de la habitación de Akane, no sin antes mirarla por una última vez, contemplando a su prometida con cariño. Bajó las escaleras, y se puso manos a la obra con el desayuno especial que deseaba entregarle. No sería mucho, pero esperaba transmitir un poco más de sus sentimientos a través de un humeante caldo hecho con paciencia y cuidado. 

(•••)

La luz solar pegó directamente en su rostro, lo que provocó que frunciera el ceño, llevando sus manos a sus ojos para tallarlos. Sus párpados se sentían más ligeros, y aunque su cuerpo dolía, entendía que ya había sido suficiente sueño. Removió sus extremidades lento, soltando un quejido en el proceso. Poco a poco sus iris café iban enfocando el techo de la habitación, y gradualmente, el agotamiento se extinguía de su sistema. 

Pero entonces, el chirrido de la puerta abriéndose le puso alerta. Se incorporó rápido, descubriendo que quien entraba era nada más ni nada menos que el idiota de su prometido. Al examinarlo, notó que llevaba una bandeja con un plato humeante de algún tipo de sopa, quizá para ella. O quizá para que él devorara un alimento. Lo que sucediera primero.

—Akane… buenos días…— Saludó un poco cohibido. No sabía cómo hablarle, dado que los términos en los que quedaron por la noche anterior no fueron los mejores. 

La memoria de Akane corrió tan rápido como un carrete antiguo de películas. Recordó todo. Desde lo del secreto de Ryoga —alias P-chan— hasta lo de la discusión de anoche en su recámara. Luego, todo estaba borroso. Seguro se desmayó y por eso es que no recordaba en qué momento terminó en su cama.

Con pena, estrujó las sábanas, pero trató de calmarse para que no notara que le ponía nerviosa. 

—Buenos días.— Respondió aprensiva.

O al menos, eso es lo que percibió Ranma. No dijo nada, para no empeorar las cosas. Es lo que menos deseaba, después de tanta cosa negativa transcurrida en estás ultimas horas. Cerró la puerta tras de sí, y comenzó a caminar hacia el escritorio a pasos pequeños.

—He traído sopa. Es para que comas y repongas fuerzas.— Su seguridad se estaba yendo al garete, y no ayudaba en nada mirar el gesto un tanto receloso de parte de Akane.

Tenía planeado decirle: lo siento por todo. Merezco un buen castigo por ocultar lo de Ryoga. Soy un estúpido. Por favor, perdóname. Ahora, con esa respuesta corta de antes, no sabía que hacer o que decir, ni mucho menos como comportarse.

—Gracias…

Un silencio bastante notorio se instauró en el ambiente. Los dos permanecían con la cabeza mirando al suelo, sin poder sostenerse la mirada. Solo sé oía el cantar de los pájaros en el exterior, y eso ni siquiera era suficiente para calmar esa incipiente ansiedad instaurada en el par de prometidos. 

Ranma carraspeó, tratando de aclarar su voz para preguntar, aún cohibido, sobre el estado de salud de Akane. 

—¿Cómo te sientes?

—Mejor que anoche.— Le respondió en voz baja. Decidió pasear sus ojos por todo su alrededor, notando que había un par de cajitas en su escritorio. Supuso que eran medicinas, por lo que sintió como su corazón se volvía cálido, como si le prendieran fuego para aclimatar y desaparecer el frío que trajo la discusión y la revelación del secreto. —¿Me cuidaste todo este tiempo?

Tragó duro. —Sí. Bueno, es que la fiebre no cedía, y temblabas mucho. Así que me quedé hasta que te sintieras mejor.

—Ya veo… gracias…

Carraspeó, rascando su mejilla. —Y… sobre lo de… bueno… ya sabes… lo de… P-chan… ¿Cómo te encuentras…?

Akane apartó la vista, mirando cohibida hacia la ventana. Recordar el motivo por el que ahora estaban en esa situación hizo que la calidez que empezaba a manifestarse se fuera entibiando hasta volver gélido todo. 

—Mejor.— Respondió con voz de ultratumba.

—Tu voz… no suena bien…— Nervioso, rascó su mejilla, sintiendo miedo por el terrible tono en el que le había hablado. —¿Estás segura d-de que… te encuentras mejor…? 

—Sí.— Pronunció escueta.

—Ya veo…— Esperó alrededor de unos segundos para volver a preguntar. —¿De verdad estás segura de ello? Porque… yo… yo creo que…

—¡Te he dicho que sí!— Gritó exasperada, finalmente mirándole con el celo fruncido debido al enojo. 

—Entonces… perdona por… por no decirte nada del secreto…— Confesó, interpretando en automático el hecho de que Akane seguía enojada. Algo nada fuera de la realidad. —Sé que debí hacerlo en su momento, y que no tengo excusas para todo…

—Quiero descansar.— Se levantó de la cama, caminando hacia la puerta. La abrió, mirando hacia enfrente, levantando la cabeza dignamente. —Por favor, retírate.

Sabía que debían hablar de ese problema, sin embargo, no poseía ni las fuerzas ni las ganas de hacerlo. No tanto por las molestias de su cuerpo, sino que en serio estaba exhausta de avanzar dos pasos y luego retroceder como su nada. 

—Oye…— Carraspeó incómodo. —Estoy tratando de disculparme por todo.

—Por favor, vete.

—¡Bueno, es suficiente! — Había prometido que haría lo posible por enmendar las cosas, sin embargo, tampoco se lo estaba poniendo fácil. No deseaba enojarse ni discutir, solo que su frustración por no sentirse escuchado le estaba dictando el rumbo de esa disculpa. —¡Deja de tratar de evitar la conversación y hazme caso! ¡Estoy tratando de disculparme, pero haces lo que antes solías hacer! ¡Te portas tan testaruda y terca, que no me das tiempo de decirte todo!

—¡Ah, claro! ¡Ahora sí quieres decirme las cosas! ¡Pero cuando era necesario te empeñaste en mentir!— Akane soltó la puerta con tal brusquedad que esa superficie de madera terminó cerrándose de golpe, provocando un estruendo que a duras penas ambos interceptaron gracias a sus elevada furia. —¡¿Cómo puedo tomar esas disculpas de forma honesta después de enterarme de esa falsedad tan grande?!

—¡Te lo he dicho un montón de veces! ¡Lo siento! ¡Estoy diciendo las cosas en serio! ¡Créeme!  

—¡¿Y cómo puedo saber si es verdad lo que dices?! ¡Me mentiste! ¡¿Cómo puedo saber que estás siendo honesto con tus disculpas si tú me ocultaste lo de Ryoga?! 

Con sus manos crispadas, se acercó hacia ella. 

—¡Es que lo digo de verdad! ¡Lamento lo que hice! Además... ¡¿Por qué te enojas más conmigo?! ¡Si Ryoga fue quien te ocultó lo de ser P-chan! ¡Él es quien se escabullía y dormía contigo, no yo!

—¡Pero tú no hiciste mucho para evitar todo eso!

—¡Si lo hacía! ¡Siempre te di señales y lo sabes! 

—¡Eso no es suficiente! ¡No había honestidad! ¡Nunca lo abordaste de forma directa! 

—¡¿Solo por eso te enojas?! ¡Akane! ¡De nuevo, lo siento por no decirte!

—¡Es que no lo estás entendiendo...! 

Ese paso se sintió como un escalón debilitado por un aparente movimiento sísmico. Al menos fue así para Akane, quien no contaba con que un mareo súbito le llegaría a importunar. Cerró los ojos, mientras que su cuerpo, que ahora se hallaba en extremo pesado, se desplomaba sin evitar su destino de caer y chocar contra la superficie dura. 

A pesar de que eso podría ocurrir, tuvo la suerte de que Ranma se adelantó, colocando sus brazos alrededor de su cintura. De esta forma ella jamás cayó al suelo, pero sin duda alguna su orgullo se vio afectado. ¿Por qué tenía que, en ese preciso momento, casi desmayarse? Ahora Ranma seguro diría un comentario fuera de lugar, como siempre hacía cada vez que discutían.

—¿Estás bien?— Preguntó Ranma, tratando de moderar el tono de voz y, de paso, los descontrolados latidos de su corazón.

Iba a mentir. Iba a hacerse la fuerte. Pero no lo hizo porque al menos alguien ahí debía ser honesto ahí mismo.

—No. Me mareé.

Eso definitivamente alertó a Ranma. Con una calma que no era lo habitual en él, la ayudó a enderezar el cuerpo. Luego, la encaminó lento hacia la mullida cama, tomando la mano femenina de la forma más delicada posible. Esto provocó que la ira de Akane disminuyera un poco, aunque también, le hizo sentir algo de impotencia. Todo con él era pasar de la calma al caos, y luego, volver a esa calma inicial. Lo peor, es que siempre sucumbía ante esos arrebatos de ternura sin saber si lo que ella creía era la versión real, o si se trataba de una simple mentira.

—Siéntate.— Indicó Ranma, suavizando la voz. Repasó el rostro femenino, notando la rosácea en las mejillas y la frente. Eso no lucía nada bien. Creyó que con el sueño profundo había mejorado su condición, pero tal parecía que no era el caso.

Akane le obedeció, pensando en que, ahora mismo, en los ojos de Ranma sí que se reflejaba cariño e inquietud. Cosas así son las que la confundían, las que le causaban ese dolorcito y hueco en el corazón. Había algo más profundo por lo que se molestó con respecto al secreto de P-chan, pero que no sé atrevía a confesar.

Tomó la mano de su prometido, sintiendo chispas brotando de su piel al hacerlo. Se maldijo a sí misma, pensando en que o ella era muy piadosa con él porque se le notaba en serio arrepentido, o era muy ingenua y apelaba a que la gente podía ofrecer lo mejor de sí siempre. Pensó con ironía que a este punto estaba repitiendo lo que él hizo, ocultando el detalle que podría cambiar las cosas a un rumbo positivo.

Akane tomó asiento, mientras tanto su prometido se acercaba a la mesita de noche para tomar el termómetro. No pasaron más que unos segundos, cuando la de pelo corto tuvo que abrir los ojos bastante grandes al darse cuenta de la proximidad del aparatito de cristal en su boca. 

—Te ves mal. Necesito que te coloques el termómetro para comprobar que no te ha subido de nuevo la fiebre.— Ranma se sentía como un verdadero prometido actuando así, aunque a estas alturas de la vida, con sus dieciocho años no podía negar que maduró al menos un tanto en cuanto a la forma de tratar a Akane cuando se hallaba enojada. Ya no era tan tonto, ni tan brusco. O eso esperaba.

Eso sí, las peleas sostenidas anoche y la de apenas unos minutos antes eran más por la frustración de no poder explicarse sabiendo que, en efecto, cometió el peor error al no decirle sobre el secreto de Ryoga. Y, para rematar, él sabía que ella tenía razón en molestarse con él. 

—Pero…

—Nada de peros.— Sin más, Ranma aprovechó que su prometida abrió la boca para colocarle el termómetro, claro estaba, de tal forma en que no la dañase.

Ella se lo terminó acomodando de todos modos. 

Ranma esperó unos segundos, aunque no sabía a dónde mirar o que hacer después de ello. Honestamente toda la situación se le hacía un tanto complicada para poder hablar, en especial, porque Akane aún seguía enferma. Puede que no tanto como anoche, que fue cuando presentó fiebre elevada y un cuadro más severo de gripa, pero aun así era necesario dejarla descansar, por su bienestar. Suspiró profundo, mientras se cruzaba de brazos, y decidía darle la espalda. 

—Creo que está conversación debe esperar un poco. Estás enferma, y quizás… quizás no sea el momento.— Lo último le salió en un susurro, discreto pero lleno de frustración.

Akane parpadeó. Luego, bajó su cabeza, sintiendo tristeza repentina. ¿Es que acaso siempre iban a estar de este modo? ¿Siempre se pondría el orgullo antes que la honestidad? ¿Por qué ninguno quería dar un paso hacia enfrente? ¿Por qué las cosas parecían flotar en un eterno bucle de no saber que es lo real y que es mentira?

—En fin…— Con lentitud, Ranma giró su cuerpo para volver a encararla. —Lo único que diré, es que…— El desvío su rostro hacia el suelo. —En serio lamento no haber dicho nada sobre Ryoga antes. No quería perjudicarlo. Al final de cuentas... lo considero un amigo, y sabía que las cosas no eran fáciles para él. De nuevo, perdona lo que hice.— Avanzó un poco, agachándose a la altura de Akane. Podía notar los ojos compungidos, esos que muchas veces solían llenarse de vida, como si tuviera las estrellas de los cielos nocturnos reflejándose siempre en ellos, pero que ahora solo transmitían nubosidad. No le agradaba verla así, y menos ser la causa de eso. —Voy a comprobar si necesitas más compresas de agua tibia.

Ella levantó el rostro, contemplando en cámara lenta como él le iba a quitar el termómetro, mientras levantaba su flequillo. Cuando sintió el tacto de la mano masculina en su piel, decidió que era suficiente. Que ya no podía seguir así, dejando que el orgullo comprometiera las cosas entre los dos. Ya había sido un gran tiempo sin ser honesta, sin conocer ni decir la verdad, así que ahora ella empezaría a marcar una pauta diferente. 

Levantó su mano de forma lenta, posicionando su extremidad por encima de la de él, aprisionando la piel y sin permitir que se despegara de su frente. Ante eso, ella bajó de nuevo la mirada, sin notar la cara de sorpresa que Ranma mostraba. Luego, se quitó el termómetro de la boca con su otra mano, dejándolo en la mesita de noche. 

—Akane… ¿Qué haces? Iba a ver si tú fiebre…

—No tengo fiebre, estoy bien. Escucha, la razón por la que me molesté es…— Tragó saliva, está vez sintiendo como su rostro ardía en calor, sin saber si era por la leve febrícula o por lo difícil que le era decir las cosas. —Es porque siempre que dices la verdad, yo misma tengo que asumir que es mentira, porque en otras ocasiones no has dicho cosas de manera honesta. Cómo la vez en la que me confundiste para deshacerte del traje de batalla.

—¿Sigues recordando eso?

—Sí. Para mí desgracia sí. 

Bufó. —Escucha… esa vez me comporté como un idiota, pero… pero no es que todo el tiempo sea así. Además, esto que me dices no me ayuda en nada. Solo significa que sigues molesta conmigo, y estás metiendo cosas que no tienen que ver con lo de anoche.

—Lo sé.— Pronunció escueta.

—¿Eh?

Parpadeó lento. —Me siento enojada, pero ya no tanto contigo. Sino conmigo. Y es porque en ocasiones, cuando las cosas son verdad, yo misma me intento engañar, pensando en que quizás todo es una ilusión. Cómo ahora. Sé que en serio estás arrepentido, y sé que en serio estás preocupado por mí y por mi salud, sea por la razón que sea. Eso es genuino, lo noto por cómo me tratas, y basta con ver como dejaste mi cuarto por cuidarme durante toda la noche.  

Ranma enrojeció más que Akane. 

—Ah… es… bueno… sí… es que estás enferma… y…— Tanto balbuceo solo lo hacía quedar como un idiota. Se controló. Ya no era el mismo mocoso malcriado y tonto de dieciséis, ya era hora de que abordara las cosas con más seguridad. —Y no puedo p-permitir que… empeores. Debes recuperarte. Además... m-me preocupa tu bienestar. Esto lo estoy diciendo de forma honesta. Sí.

—Lo sé. Sé que lo dices de verdad. Pero me engaño por miedo. Ahora mismo lo hago. 

—¿Mi… miedo a qué?

—Creo que tengo miedo a que no sea real lo que observo o lo que pienso. Es decir… las cosas estaban marchando muy bien antes de la pelea de anoche. Te comportabas más gentil, me protegías bastante, y a veces me decías linda. En pocas ocasiones, y bajo cierto recelo, pero lo hacías. Aun así, desde anoche mi seguridad flaqueó cuando me enteré de que me ocultaste lo de Ryoga por mucho tiempo. Entonces me pregunté si todo lo que pasaba últimamente era verdad o…

—¡Tonta! ¡Cla-claro que era verdad lo que hacía!— Su voz temblaba por los nervios, al igual que sus manos. Tragó saliva, enrojeciendo aún más, casi sintiendo que ahora el que tenía fiebre era él. —Es... todo lo que siempre hago es de verdad... ¿Por qué dudas de mí?

—Porque no me permitiría volver a sentir lo que pasó con el doctor Tofú.

Ante esa revelación, Ranma la observó. Esta vez, ella bajó sus manos, sin soltar la de él, mientras lo enfrentaba cara a cara. El sonrojo aumentó hasta alcanzar a sus orejas, y la respiración se le había alterado. Siempre era linda, siempre era hermosa, delicada. Ahora, un filtro distinto la cubría. Vulnerabilidad instalada en sus ojos, algo que le bajaba todas las defensas a él, aquel hombre entre hombres, a quien nunca pensó que su corazón encontraría a su dueña. —¿Pero por qué crees que sucederá eso?  

—¿No es obvio?

Ella apretó los labios en forma de puchero. Él se desestabilizó. 

—¡¿Qué tiene que ser obvio?! 

Akane sabía que estaba nervioso, y ni se diga de ella. Pero ya estaban las cartas puestas sobre la mesa. Ya quería, por una vez, ser honesta. —Que tengo sentimientos por ti. 

El silencio se presentó en ese cuarto de colores pastel, dejando que esas palabras potenciaran su efecto. Tanta intensidad había en esa quietud, que los latidos desbocados de ambos se lograban escuchar, resonando como los ecos que pedían a gritos un remedio para detener el frenesí de sus corazones. Quizás, el más afectado era el de aquel muchacho incendiado en tonalidades del color del amor. 

Amor.

Ese sentimiento maravilloso, que te provocaba subidones intensos de adrenalina, y el mismo que hacía que descendiera tu sentido común hasta dejarte hecho una maraña de torpeza, balbuceos y demás cuestiones tontas. Ese al que Ranma Saotome también le tenía miedo, pues era algo tan abrumador, que le dejaba agotado, con ganas de experimentar más de él y, a la par, no pasar por situaciones como esa, en las que el control se le iba de las manos. 

Ante los segundos de silencio, la inquietud en Akane crecía de forma exponencial. Quizás había resultado ser impulsiva a la hora de confesar esa pequeña gran verdad. Pero vamos, es que era ahora o nunca. Aunque... aun si fue todo muy repentino, el mutismo en ese instante era más ensordecedor que un grito. 

—Bueno.... ya... — Movió las manos, desviando por milésima vez la mirada hacia el reloj de la pared. —Ya te dije las cosas... ¿puedes decir algo, por favor?

Ranma tragó saliva muy duro. 

Akane le había dicho que tenía sentimientos por él.

Que le amaba. Porque si, aun cuando solo le dijo eso de los sentimientos, todo mundo sabe que significa esa simple frase. No había que ser Einstein para deducir el resultado de dos más dos. 

Tal vez, esa deducción le hizo actuar de golpe. No pudo evitarlo, porque cuando ese sentimiento llamado amor existe dentro de ti, convierte cualquier mínima cosa en la prueba suficiente que necesitas para dar el siguiente paso y arriesgar todo el corazón por ello. No importaba ya si era verdad o mentira lo que había escuchado. E incluso, si solo fue una ilusión, o si Akane lo decía por estar enferma, todo le daba igual, porque ahora, más que nunca, quería ser honesto. Por primera vez deseaba contar su verdad. Quizás no a través de palabras, pues era muy tonto para ello.

Se soltó del agarre de Akane, terminó sentándose de repente a su lado, y entonces hizo lo que su mente le indicó que era lo mejor. 

La atrajo de sorpresa hacia su cuerpo, como si se tratase de una nueva técnica de combate. Aunque bien decían que el amor es un campo de batalla. El que no peleaba, perdía.

Solo que él ya estaba harto de pelear.

Entonces, lo hizo.

Su respiración chocó con la de ella, generando espasmos en cada poro de su piel. Los labios cobraron vida, probando por primera vez de forma consciente y sin ningún hechizo o treta de por medio el sabor de Akane. Con tan solo ese pequeño roce bastó para que su estómago se aferrara a una nueva sensación electrizante, de esas que se sienten cuando vas a bordo de un juego mecánico como la montaña rusa. Apretó sus ojos tan fuerte que sintió un par de lágrimas salir de ellos debido a la brusquedad, y ancló sus manos a los brazos de ella, estrechando el pijama de Akane a modo de aliviar el fuego que ahora mismo invadía su rostro, y en realidad, todo de él.

Akane, al principio, mantuvo los ojos abiertos debido a lo repentino de la situación. No sabía si lo que ocurría estaba siendo algo real, o solo era presa de algún tipo de sueño. Quizás se había desmayado por la fiebre de nuevo, o tal vez ni siquiera había despertado aún. 

Pero supo que todo era cierto cuando observó el par de lágrimas de los ojos de Ranma. Se dio cuenta de que no estaba alucinando en el momento en el que sintió sus grandes manos retorciendo la tela del pijama. Las cosquillas en su estómago eran reales, al igual que el sonrojo gigante en el rostro de ese tonto, idiota, bobo… dulce, hermoso y cálido prometido que tenía a su lado. 

Ranma le estaba besando. Y ni siquiera era por algún truco, o por alguna situación en la que sacaría beneficio alguno. Era un acto de puro amor, lleno de honestidad, de los verdaderos sentimientos de ambos, en especial, de los de él.

Cerró sus ojos, dejándose encandilar por el ritmo lento de los labios del único hombre al que amaba. Sus manos subieron al pecho masculino, y para tratar de apaciguar esa frenética mezcolanza de sensaciones, hizo lo mismo que Ranma: retorcer la tela de la camisa china, acercando, de paso, al chico.

Él se dejó hacer, aunque pensó que eso fue un movimiento algo brusco, pero le dio igual. Lo que más le importaba era seguir diciendo nada más que la verdad.

Los segundos pasaron hasta sentirse eternos, con aquellas siluetas suspendidas en cámara lenta, sucumbiendo ante los encantos de su primer beso. No se movieron, ni lo convirtieron en algo más profundo. Solo dejaron que las chispas brotaran, que las verdades se contaran a través de sus alientos dulces, empapados de los sentimientos reprimidos en todos esos años. Sentimientos variopintos, de tinturas rosáceas, salpicados de sombras rojizas, de peleas y juegos de niños, con crecientes estrellitas llenas de ilusiones que guardaban secretamente dentro de sí, pero que ahora mismo sacaban a flote sin importarles nada.

Y cuando el aire se les estaba escapando de sus pulmones, Ranma separó sus labios de los de ella. Lo hizo renuente, sin muchas ganas de finalizar lo que se había convertido en una nueva rutina que, siempre que se lo permitieran, quería repetir hasta que el corazón le doliera de tanta dulzura. Abrió los ojos de forma pausada. Primero, parpadeó muchas veces seguidas, para después desplegarlos por completo. Sus pelos se erizaron, tragando saliva duro porque se dio cuenta de que, aunque fue sincero, dijo cosas de más con el beso. 

Porque sí. Eso había sido un beso. Su primer beso oficial.

Observó que Akane también batió sus pestañas, revelando de forma un tanto aletargada el hermoso iris canela escondido tras sus párpados. La mirada cristalina chocó con la de él, manifestando que ese beso había sido la mejor opción para decir la verdad. 

Akane sintió toda su piel enrojeciendo de nueva cuenta. Las expresiones en su cara fueron iniciando con anhelo, pasando por la sorpresa y luego derivando en vergüenza pura. 

—Ra.... Ranma... 

Para Ranma fue tan difícil de sostener su vista en el rostro de ella, que decidió calmar la situación actuando. Con una rapidez sobrehumana, tomó entre sus manos el tazón con la sopa que había preparado. Aún estaba caliente, así que agarró la cuchara, con ella sirvió una pequeña porción del líquido y se la extendió hasta colocarla frente a los labios que había probado instantes atrás.

—Abre… abre la boca.— Declaró con voz suave, sin observarla. 

—Ranma… eso fue…

—Si… eso fue… ya sabes que fue. Ahora abre la boca, o si no se va a enfriar, y te empeorará la gripa si la consumes… fría.

Hasta ahora se acordó que se encontraba enferma. Y el bobo se había atrevido a darle… a besarla… 

—¡Tonto! ¡Te vas a enfermar al igual que yo...!

Ella se vio interrumpida gracias a la cucharada de sopa introducida en su boca. Al tener el líquido caliente atrapado, no le quedó de otra más que tragarlo. 

Ranma alejó la cuchara una vez que ella había consumido el caldo. Con calma volvió a tomar otra porción, repitiendo el paso de antes. Ella recibió el alimento, y solo entonces, se decidió a hablar. 

—Tú... yo... también tengo sentimientos por ti... 

La pobre chica por poco se atraganta con su sopa al escuchar aquella confesión soltada sin más. 

—¡¿Eeeeeek?! ¡¿Cómo dijiste?!

—Lo que escuchaste…— Volvió a darle de comer, carraspeando, y está vez sosteniendo su mirada, sin rehuir de ella. —Pero ahora no es el momento de hablar. Estás enferma, y necesitas descansar. Quiero que te sientas mejor, y no es justo que hablemos cuando estás afectada por la gripe.

Que él le diera de comer, que se preocupara, el beso, la confesión, las disculpas. Todo le dejaba en claro las cosas. Ranma era sincero. Así que, contagiada de esa sinceridad, le quitó el plato de sopa, dejándolo en el mueble de noche. 

—Tienes razón…— Tomó su mano, jugueteando con los dedos. —Aunque… sé que ésta es la verdad. De todos modos, esperaré hasta que me recupere. Y entonces… hablaremos…

Asintió, observando los dedos entrelazados de ambos. Con honestidad, pensó en que quería tomarla de las manos más seguido por lo bien que se sentía el cálido tacto de sus dedos.

—De acuerdo… te dejaré descansar y comer tranquila.

—Sí… gracias.

El cuerpo masculino se levantó de la cama, aproximándose a la puerta con parsimonia. La abrió, no sin antes girar su rostro, aclarando su garganta de paso, y todo para pronunciar un par de palabras que reafirmaban lo que él quiso decir con el beso. 

—Te amo.

Ella le observó.

Ya no había dudas en su corazón. El sonrojo y los ojos de su tonto prometido decían la verdad. Esa que también se le escapó de sus labios, a través de un beso y de dos palabras que podían ser simples, pero que poseían el mejor de los significados. 

—Y yo a ti.— Soltó sincera, con una sonrisita tan brillante que dejó a Ranma con el corazón pleno.

El le correspondió, y salió del cuarto, cerrando la puerta con la calma más grande del mundo. 

Debido a la impresión de todo lo sucedido, se apoyó en el muro, comenzando a reír eufórico, nervioso, alegre también. Y esa risita se intensificó cuando escuchó como Akane reía de la misma forma que él, encerrada en su habitación, donde seguramente estaba pateando las cobijas, siendo tan linda como solo ella sabía ser.

El efecto del beso de la verdad había comenzado. Desde ese momento, ambos se prometieron a si mismos que serían honestos, y que no permitirían que lo que albergaban por dentro se mantuviera oculto. Ya no más mentiras, ya no más secretos. Solo verdades a través de palabras o gestos, de tomarse de las manos, de juntar sus labios y fundirse en abrazos que durarían mucho rato. 

Con esa honestidad abrazando su nuevo comienzo, el próximo beso vendría más dulce y encantador que éste, el primero de muchos más. 

(•••)

—¡Achooooooo!

—Te dije que te enfermarías.

—Oh, cállate.

—Pero al menos estás bien… ¿no es así?

A pesar de que ambos llevaban cubrebocas, y de que su malestar físico seguía ahí, Ranma no pudo evitar sonreír al ver sus manos entrelazadas mientras caminaban rumbo a la universidad. Bendita honestidad. 

—Sí. Mejor que nunca.

 

 

Notes:

¡Hola a todos!
Cuánto tiempo sin leernos. Espero de todo corazón que se encuentren bien.
Esta vez he decidido sacar un one shot corto para participar en la dinámica RanKanetober impulsada por Sue Fanarts. El tema que escogí es el día 10, primer beso.
Con todo el estreno del remake y en especial, con el vistazo del ending, me propuse plasmar en un one shot la sinceridad de ambos, en especial, de Ranma, y que mejor que mezclarlo con una cuestión importante: el secreto de Ryoga.
No ahondé tan profundo en ello porque pienso que, si bien Akane se enojaría y decepcionaría, lo cierto es que puede llegar a perdonar que le ocultasen todo. Eso sí, obvio que si se entera del secreto, es propensa a dudar de cualquier palabra o acción de Ranma. De hecho, hice un guiño al arco del traje de batalla, en el que Ranma engaña a Akane para apartarla de ese traje. Supuse que sería algo similar, donde después no le cree, aunque bueno, conociendo a Ranma, si le das un empujón se deshace en verdades y acciones (como en el arco de los pechos, donde abraza a Akane creyendo que se reconciliaran). Todo eso es lo que mezclé, y he aquí el resultado.
Espero que les haya encantado. Debo agradecerle a mi beta Lu, quien me hizo el favor de sacarme del apuro ayudándome a afinar esto. Vayan a leer sus historias, estoy segura de que les van a fascinar.
Gracias a quienes me siguen leyendo. Prometo que para Halloween tendrán otra nueva historia (si es que el tiempo no juega en mi contra), y preparen sus abrigos para el invierno, porque en diciembre les traeré cositas nuevas relacionadas con la nieve.
¡Gracias por leer! ¡Nos vemos pronto!
Con amor, Sandy.