Chapter Text
Eran las 08:30, una lechuza parda pasó volando por la ventana del número 4 de Privet Drive. A excepción de aquello, todo era normal, tal y como tanto enorgullecía al matrimonio Dursley. En cuanto el corpulento Vernon Dursley salió por la puerta, miró por un instante a un extraño gato que estaba mirando un plano de la ciudad.
Espera, ¿qué?
Parpadeó un momento antes de volver a observarlo. Efectivamente, había un gato atigrado sentado en la esquina de Privet Drive, aunque no había ningún plano. ¡Claro! Era obvio, los gatos no sabían leer planos.
El felino cruzó su mirada con el hombre, quien simplemente hizo un gesto con la mano y se dirigió a su vehículo. Tenía que ir a trabajar, no podía distraerse mirando gatos.
Una vez se hubo alejado un momento, dio una última mirada al animal, quien ahora leía un letrero que decía "Privet Drive". Sin duda era un pensamiento estúpido, ¡los gatos no sabían leer los letreros tampoco!
Una vez el vehículo se hubo alejado, el gato dio un suspiro. Había sido muy descuidado de su parte el dejarse ver de aquella manera. A fin de cuentas, su misión autoimpuesta era vigilar y esperar.
Pero era tan aburrido estar sentado allí. A excepción del berrinche de una niña pequeña en la casa, y del golpeteo de los cereales sobre las paredes, todo era demasiado normal. Una normalidad que le era desconocida al animal.
Las horas pasaban, y no se movía de aquella esquina, observando alrededor. Cada cierto tiempo, el gato pudo ver a la niña, de aproximadamente un año de edad, haciendo violentos berrinches.
"¡Qué criatura tan horrible!", pensó el felino, resoplando con hastío.
Las horas seguían pasando, y ya estaba oscureciendo. El señor Dursley regresaba a casa, y desde su posición podía ver que tenía una expresión de molestia, casi furia.
- ¡Fuera! -le dijo el hombre en voz alta. Aquella falta de respeto solo hizo que el gato le lanzara una mirada severa. Vernon solo se preguntó si aquella era una conducta habitual en gatos y, tras intentar calmarse, entró a la casa.
El resto de la tarde y parte de la noche siguieron transcurriendo con normalidad. Petunia Dursley le informaba a su esposo acerca de los chismes que había descubierto espiando a los vecinos por encima de la valla de la casa. Tras acostar a su hija, Vernon se fue al salón justo a tiempo para ver el noticiero nocturno.
- Y, por último, observadores de pájaros de todas partes han informado de que hoy las lechuzas del país han presentado una conducta poco habitual. Pese a que las lechuzas habitualmente cazan durante la noche y es muy difícil verlas a la luz del día, se han producido cientos de avisos sobre el vuelo de estas aves en todas direcciones, desde la salida del sol. Los expertos son incapaces de explicar el motivo por el que las lechuzas han cambiado sus horarios de sueño -el locutor se permitió una mueca irónica-. Muy misterioso. Y ahora, de nuevo con Jim McGuffin y el pronóstico del tiempo. ¿Habrá más lluvias de lechuzas esta noche, Jim?
El gato puso los ojos en blanco, aguantándose las ganas de llevarse una pata al rostro. Qué gente tan descuidada... Incluso los muggles se estaban dando cuenta de que algo raro estaba pasando.
Justo cuando Petunia entraba en el comedor con dos tazas de té, un inquieto Vernon finalmente habló.
- Eh... Petunia, querida, ¿últimamente has sabido algo de tu hermana? -Ni siquiera se sorprendió de la expresión de molestia en el rostro de su mujer. Normalmente ellos fingían que era hija única. No obstante, el gato que seguía escuchándolos tuvo que pasarse una pata por los ojos, secándoselos. Si le fuera posible, le gustaría no escuchar más.
Vernon Dursley comentó las cosas extrañas que habían estado ocurriendo durante el día. Incluso mencionó que había visto grupos de gente vestidos con ropa muy extraña. Aquello no le hizo ninguna gracia a Petunia, quien no parecía querer seguir aquella conversación. El gato tuvo que resistir las ganas de soltar un bufido en cuanto escuchó que se referían despectivamente, siempre evitando usar la palabra directamente.
- El hijo de ellos... debe de tener la edad de Dudelia, ¿no?
- Eso creo -respondió Petunia con rigidez.
- ¿Y cómo se llamaba? Howard, ¿no?
- Harry. Un nombre vulgar y horrible, si quieres mi opinión.
"¡Esa perra! ¡¿Cómo se atreve?!", pensó el gato, observando a través de la ventana por unos momentos antes de regresar su mirada hacia Privet Drive. Pudo percibir que lo observaban desde el interior de la casa, pero decidió ignorarlo. Ya había tenido suficiente de esta familia.
Finalmente, el matrimonio Dursley se había ido a dormir. El gato, sentado en la pared del jardín, no mostraba señal alguna de adormecerse. Estaba tan inmóvil como una estatua.
Estuvo así hasta la medianoche.
Una figura alta apareció en la misma esquina que el gato llevaba horas vigilando, de manera tan silenciosa y repentina que parecía que se hubiera materializado de la nada.
Una figura así era algo inaudito en Privet Drive. Era una mujer alta y muy anciana, de largos cabellos plateados que reflejaban sutilmente la luz de la luna. Vestía una túnica larga, y una capa de color púrpura que barría el suelo. Sus botas de tacón alto hacían un leve sonido con cada paso que daba. Sus ojos de color azul claro centelleaban detrás de unas gafas de medialuna. Tenía la nariz larga y ligeramente torcida. Como si se la hubiera fracturado en algún momento de su juventud.
Su nombre era Alba Dumbledore.
Su mirada se dirigió al gato, y no pudo contener una leve risa.
- Debería haberlo imaginado.
Sacó del bolsillo de su túnica un objeto pequeño, hecho de plata. Parecía una especie de encendedor. Le bastó con accionarlo para que la luz más cercana de la calle se apagara con un leve estallido. En total, accionó el Apagador doce veces, hasta que la calle quedó completamente a oscuras. A excepción, claro, de los ojos del felino.
