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No había sentimiento que se comparara con la adrenalina de ganar un partido. Que todo el mundo gritara tu nombre. Que él corriera a abrazarte... Que sus brazos, empapados de la misma transpiración que caía de mi frente, se encontraran con mi firme cuerpo... Me hacía sentir blando. Me hacía ceder.
"¡Capi! ¡Pero qué partidazo te mandaste!" La voz del Beto, mi eterno compañero de alma y equipo, resonaba en mis oídos más que cualquier redoble de tambor.
Con facilidad de años de práctica, mis brazos se deslizaron por su espalda, trayéndolo más cerca de mi cuerpo. "Nah... Vos lo hiciste mejor, como siempre," le respondí, tratando de mantener un tono tranquilo para no dejar ver mucho de lo que hace años viene pasando. Beto es más que un compañero para mí, mucho más, pero si alguno del equipo se entera... No quiero imaginarme lo que serían capaces de hacerle, incluso si nos llevamos todos bien. A mí sé que no me harían nada porque soy su capitán, les transmito miedo, ¿pero él...?
"Buen juego, eh. Me impresionaron, debo decir," de pronto esa voz cortó el ambiente. Esa voz masculina, con tono de liderazgo. Más autoritaria que la mía.
"Lisandro," me volví a verlo, mis ojos buscaron en su figura atlética y sudada, "no me esperaba un gesto tan cordial de vos. Normalmente me andás a las puteadas a este punto," bromeé. Le ofrecí la mano a Lisandro para saludarlo protocolarmente, pero él se acercó más y me dió unas palmaditas en la espalda. Sentí que el contacto duró medio segundo más de lo necesario. Pero no me desagradaba. Más bien, no sabía lo mucho que me gustaba.
"¡Ah, mirá quién vino! ¡El más pecho frío del campo!" De la nada, la voz de mi pareja nos interrumpió. Beto se acercaba con una cara de orto impresionante, y yo ya sabía lo que significaba. Me agarró de la cintura y me atrajo hacia él con posesividad, haciéndome separar de Lisandro por completo.
Él al principio no dijo nada, solo asintió. Era complicado de esconder ahora, con semejante reclamo público del Beto. Lisandro caminó un par de pasos atrás, sonriéndo incómodamente.
"Ah, perdón... No sabía que..." Se aclaró la garganta, mirando para otro lado. Yo, en un gesto rápido, me solté del agarre de Beto y me acerqué apenas más a Lisandro.
"¡No, no! No, no es esto, eh... No, te estás confundiendo," me quise excusar, sintiendo como un ardor crecía desde la base de mi nuca hasta mis cachetes.
Pude ver por la comisura de mi ojo cómo Beto asentía con desaprobación. "Ah, ¿ahora es esto?" Empezó. De la nada, todo el mundo se me vino abajo.
"¿Qué? ¿Qué estás diciendo, Beto?" Me acerqué, mis labios temblaron con una risita nerviosa. Él no hizo más que alejarse de mí.
"Me parece que el que se está confundiendo acá es otro, Capi, no yo,"
