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Tiempos difíciles, medidas desesperadas

Summary:

¿Por qué?
Esa era la pregunta que José Mourinho se hacía cada vez que veía a Luka Modrić.

Ser futbolista ya es una lucha constante: ganarte un puesto, mantenerlo y evitar las lesiones. Pero ser un omega masculino en el mundo del fútbol lo complica todo aún más. Y llegar al Real Madrid, el club más mediático y con una de las aficiones más exigentes, solo multiplica las críticas.
Luka Modrić teme acabar marchándose por la puerta de atrás. Desesperado por asegurar su lugar, decide arriesgarse con una opción tan peligrosa como inesperada. Una decisión que le costará caro, pero de la que jamás se arrepentirá.

Chapter 1: Caos en Valdebebas

Chapter Text

 

POV: José Mourinho- 2013

 

Siete meses. Solo le habían bastado siete malditos meses al bastardo.

Mourinho no sabía si reírse o agarrar a Ramos por el cuello y sacudir las pocas neuronas que tenía, de por sí ya era un tío tontísimo. 

La directiva estaba hecha un manojo de nervios. La noticia había llegado aquella misma mañana, cuando apenas se había sentado a desayunar. Lo habían llamado con urgencia a la sala de reunión  

¿Para qué? se pregunto

Para recibir la noticia más mierda que se podía ocurrir, al parecer ni siquiera podía disfrutar de un desayuno en paz sin que alguno de aquellos imbéciles le complicara la existencia.

—Vaya manera de empezar el día... —murmuró entre dientes.

Siete meses.

Y ese maldito croata había conseguido que su vida fuera todavía más complicada de lo que ya era.

Por supuesto, Sergio Ramos tenía algo que ver. Porque ¿quién más podía estar involucrado en semejante estupidez?

—La prensa aún no lo sabe, ¿verdad? —preguntó, mirando a los directivos reunidos alrededor de la mesa. No se molestó en disimular su impaciencia. Tenía los brazos cruzados y el ceño fruncido

—Todavía no. Es reciente. Al menos tuvieron la sensatez de llamarnos primero —respondió Florentino 

—No nos engañemos —intervino el subsecretario—. Esto terminará sabiéndose. Luka es uno de los primeros omegas en formar parte de la plantilla del club. Ahora toda la atención esta puesta en él.

Después de casi una hora de discusiones, reproches y propuestas que a Mourinho le parecieron, en su mayoría, una auténtica pérdida de tiempo, llegaron finalmente a un acuerdo.

Antes de que la prensa se adelantara y convirtiera el asunto en un circo mediático, sería el propio Real Madrid quien anunciaría la noticia. El club respaldaría públicamente a sus jugadores y presentaría lo ocurrido como un asunto privado que no debía interferir en su rendimiento deportivo.

Una estrategia inteligente. Al menos sobre el papel.

Por su parte, sabía que esto tendría consecuencia en el vestuario, Y eso, por supuesto, siempre terminaba siendo problema suyo.

La noticia no tardó en publicarse en Twitter.

El anuncio oficial del Real Madrid apareció acompañado de un comunicado cuidadosamente redactado, con las palabras exactas. 

Mientras tanto, Mourinho ya iba camino al apartamento de la nueva pareja oficial del club.

No estaba feliz.

Ni un poco.

Y, a juzgar por la cantidad de insultos que llevaba acumulados desde que abandonó la reunión, lo más prudente habría sido que Ramos no le abriera la puerta con esa sonrisa de imbécil satisfecho 

Porque una cosa era que la directiva quisiera vender aquello como una buena noticia.

Y otra muy distinta era pretender que él fuera a celebrarlo.

—Míster —saludó Ramos apenas abrió la puerta.

Lo miró de arriba abajo, deteniéndose finalmente en su rostro.

—Tengo unas ganas de meterte los dedos en los ojos y removerte lo poco que tienes dentro de esa cabeza...

—Míster, puedo explicarlo.

—No. Tú ahora no hablas. Yo hablo. ¿Entiendes? Tú, callado y déjame pasar. 

—Míster, de verdad, si me deja...

—¿Tú eres sordo o solo eres tonto? —espetó, frunciendo el ceño—. ¡Sal de la puerta, hombre! ¿Qué haces ahí parado? ¿Eres una estatua? ¡Anda, anda! Necesito hablar primero con Modrić.

—Luka está en el dormitorio.

—Ya sé que está dentro. Por eso he venido aquí y no a la puta panadería, llévame con él. 

Ramos apretó los labios, conteniendo alguna respuesta que, por una vez en su vida, tuvo la sensatez de guardarse. Asintió y echó a andar por el pasillo.

Mourinho lo siguió, con las manos metidas en los bolsillos 

El defensa abrió la puerta de la habitación.

Luka Modrić estaba allí, recién bañado, con el cabello todavía húmedo. Permanecía de pie junto a una cama recién hecha, cuyas sábanas conservaban un olor limpio, sin rastro de aquella mezcla de feromonas que Mourinho habría esperado encontrar después de semejante noticia.

El portugués se detuvo en el umbral.

Observó al croata durante unos segundos, sin molestarse en disimular su escrutinio.

—Sergio, sal. Quiero hablar a solas con Luka.

—Míster, pero yo...

Mourinho giró la cabeza.

No necesitó levantar la voz. Le bastó una mirada.

Ramos cerró la boca, lanzó una última mirada a Modrić y abandonó la habitación. Mourinho volvió a centrar su atención en el croata, que había tenido al menos la decencia de bajar los ojos hacia el suelo. Él no era estúpido. Y, desde luego, tampoco era de esos hombres a los que cualquiera podía tomar por idiotas.

Detrás de aquella decisión había algo más que un simple desliz entre dos jugadores. 

Porque Sergio Ramos podía ser un imbécil de proporciones históricas, pero el croata no. Luka era demasiado inteligente como para que el creyera que había llegado hasta aquella situación sin considerar sus consecuencias.

Mourinho ladeó ligeramente la cabeza.

—¿Es una marca oficial, no?

La pregunta quedó suspendida entre ambos.

—Shi, shi —respondió Modrić, arrastrando las palabras con un leve acento 

—¿Y tú quisiste que fuera así?

—Yes, mister —contestó el croata en inglés.

Mourinho soltó una risa seca.

El portugués se plantó frente a él, con los brazos cruzados y la mirada fija en su rostro.

—Vamos a hablar claro, rapaz. Tú y yo. Sin Ramos, sin Florentino —Hizo una pausa—. Tú has sido el artífice de esto, ¿verdad? No me mientas, Modrić. Los dos sabemos de qué estamos hablando. Pero quiero escucharlo de tu propia boca.

El croata alzó los ojos.

Por un instante, sus miradas se encontraron. Mourinho reconoció aquella expresión. No era ignorancia ni confusión. Luka sabía perfectamente a qué se refería, y el silencio con el que había recibido la pregunta anterior le había dado al portugués más información de la que probablemente pretendía.

—Confiesa, Modrić.

El muchacho tragó saliva.

—yes —susurró.

Mourinho permaneció inmóvil durante unos segundos.

Después se pasó una mano por la cara y dejó escapar un suspiro exasperado.

—Entiendo. Claro que entiendo.

Comenzó a caminar por la habitación, hablando más para sí mismo que para el croata.

—El Real Madrid. Un club enorme. La prensa encima de nosotros, la afición esperando que ganemos hasta los partidos que todavía no hemos jugado y una liga donde las reglas para los omegas masculinos apenas están empezando a cambiar. Todo muy bonito, ¿no?

Se volvió hacia él.

—Pero mantenerse aquí no es fácil. Eso lo sabes. Un mal partido, dos semanas sin marcar la diferencia y ya tienes a media prensa preguntándose si mereces vestir esta camiseta.

Mourinho señaló al croata con el índice.

—Así que has pensado: ¿para qué arriesgarme? Uno marcado es mucho más eficiente que uno sin marca

Su sonrisa fue afilada, desprovista de humor.

—¿Y quién mejor para asegurarte ese pasaje que el futuro capitán del equipo? Un hombre con nombre, prestigio, influencia con la directiva y un lugar prácticamente asegurado en el vestuario.

Negó lentamente con la cabeza.

—Joder, Modrić. Hay que reconocerlo: eres mucho más listo de lo que pareces.

—Es supervivencia.

La respuesta fue tan baja que, en otras circunstancias, podría habérsele escapado. Pero Mourinho tenía buen oído, una habilidad que había desarrollado a fuerza de escuchar mentiras en varios idiomas

Luka No parecía arrepentido. Tampoco orgulloso. Simplemente esperaba, como si ya supiera que aquellas palabras no iban a despertar demasiada simpatía en su entrenador.

Mourinho lo observó en silencio.

—¿Supervivencia? —repitió, con su marcado acento portugués—. Sobrevivência. Qué palabra tan bonita para justificar una decisión de mierda.

Se pasó la lengua por los dientes y soltó una breve carcajada.

—Me encanta. De verdad. El chico llega al Real Madrid, ve que el mundo no va a regalarle nada y decide buscarse un seguro de vida. Sin preguntar a su entrenador, sin hablar con nadie. Nada. Tú solito has hecho tus cálculos y has llegado a la conclusión de que la mejor manera de asegurar tu futuro deportivo era marcarte con el capitán.

Hizo una pausa.

—¿Me he dejado algo, Modrić? ¿O quieres explicarme también que todo esto ha sido una brillante estrategia diseñada por tu agente?

La ironía no obtuvo respuesta.

—Mírame.

Luka obedeció.

—Escúchame bien, rapaz. Yo no soy tu padre, no soy tu abogado y, desde luego, no soy una monja para darte absolución. Me importa una mierda con quién te acuestes, a quién quieras o quién te marque, siempre que no vengas a destrozarme el vestuario y después pretendas que yo recoja los pedazos.

Se acercó un poco más y bajó la voz.

—Pero si has hecho esto porque tienes miedo de que te echen, entonces tenemos un problema bastante más grande de lo que pensaba.

—Es una ventaja —respondió Modrić en voz baja.

Mourinho alzó una ceja.

—¿Una qué?

—Una ventaja, míster. He leído el reglamento Es más fácil para el club tratar con un omega marcado que con uno sin marca. Hay menos complicaciones

Mourinho Se llevó una mano a la cintura, negando con la cabeza.

Luka apretó los labios, pero siguió hablando.

—No tendrán que preocuparse por mí. Estoy marcado. Mi olor no alterará el vestuario, mis celos estarán regulados y no tendré que abandonar los entrenamientos por cualquier problema relacionado con mi condición. Además...

—¡Sí, sí, ya te he entendido! —lo interrumpió Mourinho, agitando una mano—. Eficiencia, estabilidad, menos problemas administrativos. Todo muy bonito. Casi dan ganas de darte una medalla por tu contribución a la burocracia del fútbol.

Luka parpadeó, aparentemente desconcertado por el comentario.

—Pero dime una cosa. ¿Has pensado más allá de ese reglamento que tanto te gusta?

El croata guardó silencio.

—Los dos estáis en el mismo equipo. El mismo vestuario, los mismos entrenamientos, los mismos partidos. ¿Qué ocurre cuando discutís? ¿Cuando uno de vosotros está de mal humor? ¿Cuando Ramos decida que quiere mandarte a tomar por el culo? —Se señaló el pecho—. ¿Quién tiene que resolverlo?

Mourinho se pasó una mano por el cabello.

—¿Has pensado siquiera en qué ocurrirá si os separáis?

La expresión de Luka cambió apenas un instante.

—Una marca deshecha no es como romper un contrato, muchacho. Según las reglas de vuestra propia condición, las consecuencias pueden ser terribles. En algunos casos, incluso mortales.

El entrenador lo miró con una mezcla de incredulidad y frustración.

—Y tú te has metido en esto con Ramos.

Dejó escapar una risa seca.

—¡Sergio Ramos! Un hombre al que conozco desde hace años y que todavía consigue sorprenderme con sus decisiones. Y tú, que llevas aquí siete meses, has decidido que es el compañero ideal para vincular tu futuro al suyo.

Negó con la cabeza.

—Por Dios, Modrić. Apenas os conocéis. y ya has decidido que quieres compartir con él algo de lo que quizá no puedas librarte nunca.

Luka permaneció quieto.

Y aquello empezó a irritarlo de una manera distinta.

Porque Mourinho podía lidiar con un jugador arrogante. Podía discutir con un imbécil y hasta respetar a un hombre que tomaba una decisión arriesgada por ambición.

Lo que no soportaba era que un muchacho con semejante talento se convenciera de que su única oportunidad de sobrevivir en el Real Madrid consistía en atarse a otra persona.

—Mírame, Luka —dijo finalmente, más bajo—. No me importa si eres omega, alfa o si mañana descubren una nueva categoría y tengo que aprenderme otro reglamento de mierda. A mí me pagan para que juegues al fútbol y ganes partidos.

Se inclinó ligeramente hacia él.

—Eres demasiado bueno para necesitar una marca que te asegure el puesto. Y si no eres capaz de entender eso, entonces tenemos un problema que ningún reglamento va a solucionar.

Luka se limpió una lágrima antes de que llegara a deslizarse por su mejilla.

—Es fácil decirlo cuando usted es un beta, míster. —La voz del croata tembló ligeramente—. A usted no le afecta nada de esto como a nosotros. Llegar hasta donde estoy ha sido una lucha constante. Siempre existe la posibilidad de que te descarten, de que decidan que ya no les sirves o de que te retengan únicamente porque no tienen otra opción.

Mourinho permaneció callado.

—Sé que lo que he hecho está mal. Sé que no ha sido la mejor decisión, pero... —Luka bajó la mirada y se frotó los dedos, incapaz de estarse quieto—. Es así como funciona esta sociedad. Siempre tenemos que demostrar el doble para que nos consideren la mitad de lo que vale un alfa. Solo quería estabilidad, míster. Quería tener la oportunidad de demostrarle, a usted y a todos los demás, de lo que soy capaz sin tener que preocuparme cada día de si mañana seguiré aquí.

La última frase apenas fue un susurro.

Mourinho se mordió el interior de la mejilla.

Seguía pensando que Modrić había cometido una estupidez monumental. Una decisión precipitada, peligrosa y, en muchos sentidos, innecesaria.

Pero empezaba a entender por qué la había tomado.

Eso no significaba que fuera a perdonársela.

—¿Sabes por qué te escogí? —preguntó de pronto.

Luka levantó la cabeza.

—¿Cómo?

—¿Sabes por qué insistí tanto en tu fichaje? ¿Por qué seguí presionando a la directiva cuando empezaron a cansarse de las negociaciones? Porque parecía que tenía que venderles mi alma para conseguir que entendieran lo que yo veía en ti.

El croata no respondió.

—Porque no vi un omega, Modrić. Vi a un futbolista excepcional. Un centrocampista capaz de leer el partido antes de que los demás comprendieran siquiera lo que estaba sucediendo. Un jugador que podía cambiar el ritmo de un encuentro con un solo pase.

Mourinho hizo una pausa.

—Y eso es lo que esperaba de ti.

Su expresión se endureció.

—Me has decepcionado Luka.

El muchacho volvió a bajar los ojos.

— Me has decepcionado porque has empezado a comportarte como si tu talento no fuera suficiente. Como si necesitaras que alguien te garantizara un lugar aquí.

Se pasó una mano por la cara, exasperado.

—¡Joder, rapaz! Si quisiera jugadores que necesitaran que les llevaran de la mano, me habría dedicado a entrenar niños.

La frase sonó más áspera de lo que pretendía, pero Mourinho no se retractó.

Se quedó mirando a Luka unos segundos antes de continuar.

—Ahora bien, hay algo que quiero que entiendas. Mientras yo esté aquí, mientras seas jugador de este equipo y mientras pueda evitarlo, no voy a permitir que tires tu carrera por la borda por miedo a que alguien te eche. ¿Está claro?

Luka asintió débilmente.

—Bien. Porque no pienso pasar los próximos meses lidiando con tus inseguridades, las estupideces de Ramos y una directiva 

Mourinho respiró hondo. Había una última cuestión, y prefería abordarla antes de que aquel día consiguiera empeorar todavía más.

—Y ahora voy a pedirte una sola cosa, Modrić.

Esperó hasta que el croata volvió a mirarlo.

—No te quedes embarazado.

Luka abrió los ojos, sorprendido.

Mourinho alzó una mano antes de que pudiera interrumpirlo.

—No pienso meterme en tu cama ni decirte qué hacer con tu vida. Pero acabas de vincularte permanentemente con otro jugador de esta plantilla y todavía estamos intentando ganar los partidos 

Señaló la puerta con el pulgar.

—Ramos ya me da suficientes problemas cuando está perfectamente sano, descansado y sin ninguna responsabilidad adicional. No necesito añadir un embarazo a la ecuación.

Se detuvo, mirándolo con absoluta seriedad.

—No estoy bromeando, rapaz. Tu cuerpo, tu salud y tu carrera importan. Y si pretendes seguir jugando al máximo nivel, tendrás que pensar también en las consecuencias de tus decisiones. No puedes limitarte a resolver el problema de hoy y dejar que el de mañana le explote en la cara a otro.

Mourinho suspiró y se ajustó el reloj.

—Ahora quiero que vayáis a las oficinas del club. Los dos. La directiva hablará con vosotros y, déjame decirte, no están precisamente contentos. —Mourinho señaló a Luka con el índice—. Pero puedes darme las gracias. Te he salvado el culo. Otra vez.

El croata abrió la boca, quizá para agradecerle, quizá para disculparse. Mourinho no tenía interés en averiguarlo.

—No, no. Guarda las palabras bonitas para Florentino. A lo mejor él tiene más paciencia que yo.

Sin esperar respuesta, abandonó el apartamento.

Bajó hasta la entrada del edificio con las manos en los bolsillos y una expresión que invitaba a cualquiera con sentido común a mantenerse a una distancia prudente.

Al llegar a su coche, Mourinho cerró la puerta y se permitió unos segundos de silencio.

Respiró hondo. Se frotó la sien con dos dedos, intentando aliviar la presión que le martilleaba detrás de los ojos. Aquel día iba de mal en peor, y todavía no había llegado siquiera al campo de entrenamiento.

—Filhos da puta... —murmuró.

Entonces, sin pensarlo, sus dedos descendieron hasta el cuello y se deslizaron bajo el cuello alto del suéter.

Encontraron la marca.

O, más bien, lo que quedaba de ella.

Ya no era una marca propiamente dicha. La piel había cicatrizado hacía años, dejando una línea irregular que apenas se distinguía bajo la ropa. Sin embargo, Mourinho sabía exactamente dónde estaba.

A veces olvidaba que seguía allí.

Retiró la mano lentamente.

Qué ironía de mierda.

Llevaba toda la mañana sermoneando a Modrić sobre las consecuencias de sus decisiones, sobre la imprudencia de vincular su futuro al de otra persona y sobre los peligros de creer que una marca podía ofrecerle seguridad.

Algo que el sabía demasiado bien lo que significaba ser un omega en un mundo que encontraba mil maneras de recordarte que tu cuerpo podía convertirse en un argumento en tu contra. Sabía lo que era perder el control de una parte de tu propia vida y tener que continuar como si nada hubiera ocurrido.

Y, sobre todo, sabía lo que significaba llevar una marca...que ha sido rota

Su mandíbula se endureció.

La otra parte seguía viva. Y no solo viva: se había convertido en su enemigo declarado públicamente y sin el menor reparo. Un hombre que conocía demasiado bien sus debilidades y que, de tener la oportunidad, no dudaría en utilizarlas.

Mourinho soltó una risa amarga.

Qué fácil era hablar de confianza cuando nunca habías tenido que pagar el precio de entregársela a la persona equivocada.

Apartó la mano del cuello y acomodó el suéter, ocultando de nuevo la cicatriz.

Aquello no era asunto de Modrić. Ni de Ramos. Ni de la directiva.

Nadie en el Real Madrid necesitaba conocer esa parte de su historia.

Había aprendido hacía mucho tiempo que sobrevivir significaba, entre otras cosas, saber qué heridas mantener ocultas.