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Pasan las horas

Summary:

Dejar que pasen las horas sin medir las consecuencias desarma cualquier distancia. Cuando los días se mezclan sin pedir permiso, se corre el riesgo de caer en esa costumbre peligrosa de cuidar a quien no te pertenece.

«Pasan las horas, se pasan los días.
Fui tu sereno, tu vago nocturno...»

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Chapter 1: El español

Chapter Text

Nico terminó de acomodar sus manuales de biología celular y química sobre la repisa flotante a las cuatro de la tarde. Se tomó el trabajo de emparejar los lomos con el borde de la madera, midiendo la distancia al tacto antes de acomodarlos bien. Era una maña vieja, un recurso silencioso para ordenar la cabeza después del despelote que habían sido sus últimas semanas entre contratos, trámites de residencia en Migraciones, la inscripción al CBC de la UBA para arrancar Veterinaria y cajas que todavía no terminaba de desarmar en el pasillo. Faltaban pocos días para que empezaran las clases y la idea de arrancar de cero en una ciudad desconocida le pesaba en la nuca.

El departamento estaba en un tercer piso sobre una calle arbolada de Caballito. No tenía lujos, pero estaba bien conservado, con pisos de parquet plastificado que crujían apenas en las esquinas, paredes recién blanqueadas, un sillón amplio tapizado en gris y una barra de madera que separaba el living de la cocina. Nico tenía el respaldo económico para haberse instalado solo en un edificio más moderno de Palermo o en un monoambiente nuevo, pero la insistencia de su familia desde España había terminado por torcerle el brazo. Su madre le había aconsejado que lo mejor sería que no se quedara solo allá, que con lo que le costaba salir de su cueva se iba a pasar los años de estudio metido entre libros sin hablar con nadie.

Había cedido más por cansancio que por convencimiento. Compartir los gastos fijos mediante la recomendación de un conocido parecía una solución razonable para tener una presencia humana cerca sin perder autonomía, sobre todo teniendo en cuenta que el otro chico también recién se mudaba a la ciudad para arrancar su carrera. Cada uno tendría su habitación, sus horarios y sus silencios. Al menos esa era la estructura limpia que Nico se había armado mentalmente mientras colgaba sus camperas en las perchas del placard, alineaba las zapatillas en la parte de abajo y doblaba un par de remeras limpias en los estantes.

A las cuatro y media pasadas, el zumbido seco del portero eléctrico cortó la calma del departamento.

Nico se sobresaltó un poco en su lugar. Se pasó las manos por los muslos del pantalón para sacudirse el polvo y fue hasta el aparato fijado a la pared, junto a la puerta principal.

—¿Hola? —preguntó en voz baja, con la mano libre todavía apoyada en la pared.

—¿Nico? Abrime dale, que no doy más.

La voz sonó áspera, apurada y con un volumen que hizo vibrar la membrana de plástico del teléfono. Nico presionó el botón de la cerradura, abrió la puerta del departamento y se quedó esperando en el pasillo, a un paso de la entrada.

El ascensor subió despacio y frenó en el piso con una sacudida seca. Cuando las puertas automáticas se abrieron, el pasillo se llenó de golpe de movimiento, bolsos a medio caer y un bufido de cansancio.

Justamente, la primera imagen que Nico tuvo de su compañero de cuarto fue la de un rejunte de equipaje y una cabeza con un pelo colorado espeso y liso, imposible de ignorar bajo la luz blanca fluorescente del techo.

Venía cargadísimo, con un bolso deportivo azul al hombro, otro bolso negro cruzado en diagonal contra el pecho, una mochila colgada de una sola tira y una matera de cuero gastado que sostenía de la manija en la mano izquierda, donde estaban acomodados un termo de acero inoxidable cubierto de calcomanías rasgadas de Boca Juniors y un mate de calabaza.

—Qué viaje de mierda con el tren, te juro —dijo el chico, dejando caer los dos bolsos contra el piso con un golpe sordo que retumbó en el pasillo. Se pasó el antebrazo por la frente y recién ahí levantó la mirada—. Buenas. Vos sos el español, ¿no?

Nico tardó unos segundos en asimilar el conjunto. El chico era visiblemente más bajo que él, de contextura delgada y ligera, con los hombros y los brazos cubiertos de pecas densas que se le encendían contra la piel pálida, salpicándole prácticamente todo el rostro. Tenía ojeras marcadas por el viaje y unos ojos rasgados que escaneaban el lugar con una curiosidad desvergonzada. Vestía un pantalón deportivo gris y una remera sin mangas que le quedaba suelta.

El rubio, que le sacaba casi una cabeza de altura y mantenía una postura incómodamente rígida, sintió una timidez involuntaria. Dio un paso hacia adelante y extendió la mano derecha.

—Nicolás Paz, o Nico. Sí, mucho gusto.

El colorado miró la mano extendida con una sombra de gracia en la boca, pero en vez de devolver el saludo formal, le dio dos golpes firmes en el hombro y pasó de largo hacia el interior del departamento, arrastrando las zapatillas.

—Valentín Barco, o el Colo, como te quede más cómodo. Perdón la baranda a viaje, pero me comí dos horas de demora en Once y venía hecho sanguchito entre dos viejas.

Nico bajó la mano despacio, cerró la puerta y se quedó observando cómo el recién llegado se movía por el living con total naturalidad. Valentín se sacó las zapatillas a patadas en el pasillo, dejándolas tiradas a un costado, y fue directo hacia la cocina mientras miraba el ventanal y las repisas. Apoyó la matera sobre la mesada de granito con un golpe seco y abrió la heladera sin dudar.

—Lindo el depto, eh—comentó Valentín desde adentro, pasando los dedos por la mesada con curiosidad—. Pensé que iba a ser más chico. Mi vieja estaba convencida de que terminaba en una pensión sin ventanas ni... Che, ¿hay agua fría?

El más alto se apoyó contra el marco de la barra, cruzándose de brazos mientras intentaba asimilar el ritmo ajeno. En su casa no existía la posibilidad de que un desconocido cruzara la puerta y tocara las cosas sin pedir permiso, pero en Valentín todo parecía salir con una espontaneidad imposible de frenar. Lo miró cerrar la heladera con el codo y tomó aire despacio, cayendo en que a partir de esa tarde el departamento dejaba de ser un espacio propio para convertirse en algo compartido.

—Hay una jarra en el estante del medio —indicó Nico—. La cargué antes de que llegaras.

Valentín sacó la jarra de vidrio y bebió tres tragos largos directo del pico, haciendo una pausa para respirar hondo antes de guardarla con un chasquido del plástico de la puerta. Se limpió la boca con el dorso de la mano y suspiró.

—Joyaaa. Gracias.

Nico tragó saliva, conteniendo el impulso de agarrar un paño y limpiar la jarra. Había algo en la calma desprolija del más bajo que volvía cualquier acción inofensiva una exageración innecesaria.

—Em… Tu habitación es la del fondo a la derecha —dijo Nico intentando distraerse de su compulsividad y señalando el pasillo—. Entra bastante luz de tarde. La cama está lista, pero tenés que ponerle las sábanas. Hay un juego guardado en la parte alta del placard.

Valentín asintió, levantó los bolsos del suelo con un tirón seco que tensó sus brazos flacos y caminó hacia donde le había indicado el rubio. Antes de doblar hacia su cuarto, se detuvo frente a una de las repisas y se quedó mirando los libros de estudio.

—Qué pesados se ven esos manuales —comentó, señalando con la barbilla los lomos gruesos—. ¿Todo eso tenés que morfarte para arrancar?

—Por desgracia, sí. Biología y química tienen mucha teoría de entrada —respondió Nico, bajando apenas el tono de voz—. Hay que ponerse al día antes de que empiecen las clases.

—Mamita, de solo escucharte me arrancó a doler la cabeza —soltó Valentín, soltando una risa breve que le cerró los ojos por un segundo—. Si yo tuviera que leer eso seguro la quedo arriba de la mesa a la primer hoja leída.

Nico esbozó una media sonrisa, contenida y breve.

—Supongo que cada carrera tiene su dificultad.

—Sep —concedió Valentín, guiñándole un ojo antes de girar sobre sus talones—. Buenooo… me acomodo un poco, me baño y después armo unos mates. Tenés una cara de cansado tremenda, pareciera que el viaje desde el campo lo hiciste vos.

Nico no llegó a responder. Valentín ya había empujado la puerta de su cuarto con el pie, cerrándola tras de sí con un golpe sordo.

 


 

El vapor espeso del agua caliente nubló el espejo del baño en cuestión de minutos. Valentín dejó que el chorro le golpeara la nuca para aflojar la tensión acumulada entre el viaje en micro desde 25 de Mayo, el tramo en el tren Sarmiento y el peso muerto de los bolsos. La presión del agua era buena, una de las pocas condiciones que le había pedido a su viejo que confirmara antes de que él se instale.

Cerró la canilla, se secó el pelo con una toalla hasta dejarlo revuelto y se miró en el reflejo opaco. La piel se le veía encendida por el calor, contrastando con las pecas oscuras que le cubrían los hombros, el pecho angosto y los bordes rojizos de la boca. Se puso un short deportivo azul con el escudo gastado de Boca, una remera blanca lisa que ya había perdido la forma en el cuello y salió descalzo al pasillo, con la toalla colgando de un hombro.

El departamento estaba sumido en un silencio absoluto. Nico estaba sentado a la mesa principal, con la espalda perfectamente recta, los auriculares puestos y una lapicera en la mano derecha, anotando conceptos en una libreta de hojas punteadas. Al lado tenía abiertos un par de cuadernillos con esquemas y gráficos de fórmulas químicas. No se movía ni cambiaba de postura, parecía concentrado en un examen invisible.

Valentín fue hasta la cocina sin hacer mucho ruido. Llenó la pava de metal bajo la canilla, la colocó sobre la hornalla más chica y encendió el fuego. De la matera que había dejado en la mesada sacó el termo, el mate y el paquete de yerba con la esquina doblada, junto a una bolsa de galletitas de agua. La cocina olía a limpio, a madera encerada y al perfume suave que Nico había dejado en el aire.

Esperó a que el agua tomara temperatura sin llegar a hervir. Apagó el fuego, pasó el agua a su termo de Boca y armó el mate con la calma meticulosa que aplicaba a pocas cosas en la vida, sacudiendo la calabaza para asentar el polvillo, acomodando la bombilla en diagonal y echando el primer chorrito tibio para no quemar la yerba.

Caminó hacia la mesa con el termo calzado bajo el brazo y el mate en la mano. Se detuvo a un costado de la silla de Nico y golpeó suavemente la madera con los nudillos.

Nico levantó la vista con un parpadeo lento, como si le costara volver a la realidad del cuarto, y se retiró uno de los auriculares.

—¿Pasó algo?

—Tomá —le dijo Valentín, extendiéndole el mate humeante sin esperar una respuesta—. Probá esto. Estás con la vista fija en esa hoja hace como una hora.

Nico miró el mate con una mezcla de recelo y duda, poco acostumbrado a la idea de tomar del mismo recipiente que otra persona.

—No tomo mate a esta hora —mintió un poco, midiendo el tono—. Me cae pesado si tengo el estómago vacío.

—Daaale, no te va a pasar nada —insistió Valentín, apoyando el mate sobre la mesa, a un milímetro de la libreta, mientras corría una carpeta con el antebrazo para hacerse lugar—. Está a temperatura justa. Tomá un trago y comete una galletita si tenés miedo de que te haga mal.

Nico lo miró fijo durante un par de segundos. Valentín le sostuvo la mirada con los brazos cruzados y una expresión relajada, sin intención de retroceder. Finalmente Nico suspiró, dejó la lapicera a un costado y tomó la calabaza con cuidado, evitando mover la bombilla, acordándose de algún TikTok que le había salido antes de viajar donde juraban que mover la bombilla era el equivalente argentino a un pecado mortal. Bebió un sorbo corto. La amargura del primer mate le tensó las facciones de inmediato en una mueca que intentó disimular sin mucho éxito.

Valentín soltó una risa seca, sentándose en la silla de enfrente y estirando las piernas por debajo de la mesa hasta que la punta de sus pies descalzos rozó el borde del pantalón de Nico.

—Qué delicado sos, che —dijo, apoyando los codos en la mesa—. Es yerba común, no tiene nada raro.

—Es que está demasiado amargo —se defendió Nico en voz baja, dejando el mate sobre la madera con cuidado—. En mi casa se toma con un poco de azúcar. O con alguna cáscara de naranja.

—¿Azúcar? —Valentín arqueó las cejas con un gesto de reproche genuino—. Ni se te ocurra meterle azúcar a mi mate. Acá se toma amargo o no se toma. Si querés algo dulce te preparás un té.

Nico lo observó en silencio. La seriedad de su rostro se mantuvo un instante más, pero la tensión en la mandíbula aflojó y el borde de su boca cedió en un gesto contenido.

—Es imposible discutir con vos.

—Claramente, si siempre tengo razón —retrucó Valentín, estirando el brazo para recuperar el mate y cebar otra vuelta—. A ver, mostrame qué estás escribiendo ahí, que desde la cocina parecía japonés avanzado.


Nico bajó la mirada a la libreta, donde había trazado con tinta negra una serie de estructuras moleculares y enlaces con referencias al margen. Por primera vez desde que habían abierto la puerta del departamento, sus hombros perdieron la rigidez. Giró la libreta despacio sobre la mesa para que el otro pudiera verla de frente.


—Es el cuadro de la guía de nivelación de química —explicó Nico, señalando una de las ramificaciones con el extremo de la lapicera—. La subieron al campus para repasar antes de empezar las clases, pero acordarse de cómo mierda se componen todas las moléculas es inhumano.


—Mirá vos que quilombito —murmuró Valentín, inclinándose un poco sobre la mesa mientras el mate hacía ruido a vacío—. Pesadísimo. ¿Y todo este menjunje qué vendría a ser, una fórmula de qué?

Y de esa manera la tarde se fue apagando de a poco detrás del ventanal sin que ninguno hiciera el amago de levantarse. La penumbra fue ganando el living hasta que Nico estiró el brazo para encender el velador de pie, tiñendo la mesa de un tono amarillo cálido.

Entre mate y mate, la distancia que Nico había planeado sostener terminó aflojando sola. Valentín escuchaba las explicaciones con el ceño fruncido, exagerando un poco la expresión, burlándose cada vez que a Nico se le escapaba un modismo español y devolviéndole anécdotas cortas de su pueblo, de los micros que salían a cualquier hora y del alivio de haber dejado listos los aptos médicos para arrancar el profesorado en el Dickens. En algún momento el termo se quedó sin agua y Valentín fue hasta la cocina a llenar la pava por segunda vez, trayendo también el paquete de galletitas entero que terminó desparramado sobre un repasador en medio de los apuntes.

Para cuando el reloj de la pared marcó casi las diez de la noche, el mate ya no alcanzaba para engañar al estómago. Las hojas de estudio habían vuelto a las carpetas del rubio y el mate descansaba a un costado, lavado y frío. En medio de la mesa ahora quedaban un par de cajas abiertas de empanadas que habían pedido, devoradas en menos de 5 minutos, ya que ninguno de los dos tenía ganas de ponerse a cocinar entre el cansancio de la semana y el trajín de la llegada, aunque en el fondo era más la pereza de cortar la charla que otra cosa. Nico se descubrió a sí mismo apoyando la espalda en el respaldo de la silla, con las piernas estiradas y respondiendo a las preguntas insistentes de Valentín sin mirar la hora por primera vez en semanas. No habían fijado reglas de convivencia ni horarios de limpieza, pero en el aire tibio del departamento el silencio se había transformado en algo que podrían describir como una pausa compartida que prometía quedarse.

Notes:

y acá arranca otra historia más!
venía corta de ideas pero con muchas ganas de escribir, asi que mención especial a Alai que me segundeó con la idea <3 y a Guasones que serán muy criticados pero yo los amo je.
ojalá la disfruten como yo al escribirla, los leo en comentarios <3

(primer cap dedicado a Anto, gracias por leerme muak)