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Unholy

Summary:

El príncipe Brian Gutiérrez siempre lo ha tenido todo siendo el heredero a la corona, jamás ha deseado algo que no pueda tener o desobedecido a su familia. Pero cuando Armando llega de visita a su castillo no puede evitar desear tener algo que no le pertenece.

Chapter 1: Ojos miel

Chapter Text

Los empleados corrían por los pasillos llevando con ellos botellas de vino y canastas con vegetales para la cena de esta noche, el cuchicheo de las cocineras se oía incluso en los jardines reales, todos hablando de lo mismo: el baile real por mi vigésimo tercer cumpleaños. Sabía que el tema de conversación giraba en torno a algo mucho más específico, pero prefería ignorarlo y pretender que era una simple celebración más. No estaba listo para buscar esposa. Desde el momento en que abrí los ojos, supe que la mañana sería un caos total, dado que el anuncio se había hecho en cuanto el sol se asomó por el horizonte. A estas horas todos debían haber leído el periódico y visto las noticias.

Mis padres han estado presionándome durante los últimos cuatro meses con la idea de contraer matrimonio lo más pronto posible con alguna princesa de un reino vecino. El Consejo Real me proponía cortejar a una doncella de alguna buena familia de nuestro reino, Rairdye, y así estrechar los lazos con el pueblo que tanto me adora desde niño. Era una pena que mis opiniones respecto al matrimonio fueran muy distintas, ya que lo único que yo deseaba era conocer, sin prisa alguna, a quien pasaría el resto de su vida a mi lado; la persona que se sentaría junto a mí en el trono y que me daría herederos. Después de todo, alargar la línea de sucesión era la mayor de las consternaciones para todos en el palacio. 

Unos toques en la puerta me trajeron de vuelta a la realidad. Recobre mi postura recta mientras apreciaba mi reflejo en el espejo de cuerpo completo.

—Adelante —di permiso para entrar mientras terminaba de abotonar mi camisa.

—Alteza, el desayuno será servido enseguida en el comedor —me avisó Camila, mi sirvienta personal, desde la puerta.

—No tardaré en bajar. Gracias, puedes retirarte.

Mi sirvienta personal se limitó a ofrecerme una reverencia y cerró la puerta detrás de ella. Esa era la rutina que seguíamos todos los días en el castillo desde que había vuelto del internado hace dos años. En ocasiones, me encontraba a mí mismo sintiendo nostalgia por mis tiempos en aquella escuela, donde solo asistían los herederos de la realeza y los hijos de las familias más importantes del continente. Una institución desbordante de prestigio y fama, un lugar donde había entablado grandes conexiones con otros reinos y donde había hecho amigos, e incluso algunos enemigos. 

Bajé al comedor, encontrando ahí a mis padres esperándome. Mi padre, el rey, estaba sentado en la cabecera de la enorme mesa y mi madre situada a su derecha. Ambos hablaban sobre alguna noticia reciente del reino, de la cual después se me informaría. Los sirvientes corrieron a atenderme en cuanto entré, colocaron platos con fruta picada y panecillos de todo tipo frente a mí, al igual que vertieron mi té preferido en una pequeña taza.

—Buenos días—les di una reverencia y procedí a situarme a la izquierda del rey.

—Buenos días — respondieron al unísono.

Alison, una de las muchachas de la cocina, me ofreció la taza de té. Di un trago y el cálido líquido tocó mi paladar.

—Hemos enviado la invitación de tu baile real a los reinos cercanos y también a tus tíos en Hillstone —mamá me sonrió con emoción en su rostro.

Me ahorré la molestia de suspirar con cansancio, nada de lo que dijera haría que cambiaran de parecer respecto a la búsqueda de una esposa de alta alcurnia para mí.

—¿Mateo también asistirá? — preferí desviar el tema y preguntar por mi primo.

—Tu tío cree que es la oportunidad perfecta para que se relacione con la realeza. Mateo pasa el resto del año en el internado y rara vez acude a eventos como estos. Necesita involucrarse en los asuntos reales cuanto antes. —respondió mi padre —También han confirmado su asistencia los reyes de Brushian y toda su familia.

—Eso significa que Diego estará aquí —me abstuve de rodar los ojos.

—No entiendo qué tipo de conflicto tienes con el príncipe Campillo, pero será mejor que mejores tu relación con él, o eso podría traer problemas al reino —me reprendió papá.

—Él fue quien inició esta riña — me defendí y arrugué el entrecejo—. No voy a doblegar mi orgullo por un perdón suyo que no necesito. No fui yo quien quiso demostrar una superioridad inexistente.

Levanté la cabeza buscando la mirada de mi madre, esperando que me apoyara como solía hacerlo en ocasiones, pero ella estaba concentrada en el mantel bordado de la mesa. Pareció sentir mi mirada, pues habló:

—Tienes tiempo para pensarlo con la cabeza fría y reconsiderarlo, Brian. Eres demasiado joven como para ya tener una disputa con otro príncipe, uno muy importante por cierto.

Comenzaba a irritarme que no entendieran mis razones para evitar a aquel príncipe en mi vida. Así que, después de terminar mi desayuno, opté por levantarme y salir de ahí.

—Me retiro a los establos. Que tengan un buen y bendecido día, padres —di una reverencia a los reyes, quienes asintieron brevemente sin agregar nada más. 

La ausencia de la abuela durante el desayuno fue enorme. Al menos ella solía aligerar el ambiente con sus comentarios sobre sus flores en los inmensos jardines del palacio.

 


 

Acostumbraba a pasar las mañanas practicando equitación en los establos del castillo, adoraba el sentimiento de libertad que obtenía al montar a mi amada yegua, Balio, y sentir el viento golpear mi rostro y vislumbrar el horizonte en cada trote que el animal daba.  La equitación era una actividad que amaba casi tanto como dejar fluir mis pensamientos a través del papel. Desde los nueve años he sido un gran aficionado a perderme entre los estantes de la biblioteca real y a sumergirme entre versos que salían de mi mente hasta plasmarse de forma permanente sobre el blanco papel. Balio era mi confidente, a ella podía hablarle de cualquier cosa que atravesara mi cabeza, sin temor a ser juzgado, algo que me confortaba. Si existía alguien que me entendiera tanto como mi yegua, ese era Mateo, mi primo. Lamentablemente, él se encontraba en su castillo en Hillstone, a algunos kilómetros de distancia de Rairdye, aunque me consolaba saber que pronto lo vería el día de mi cumpleaños.

 

Observando el cielo lleno de nubes y el sol brillando en lo alto, no pude evitar desear que las horas corrieran con mayor rapidez y así poder verme inmerso entre mi propia poesía al atardecer. Con tantas cosas ocurriendo en el castillo en torno a mí, no encontraba otro escape que mi propia lírica. Sin embargo, en los últimos meses, había una presencia más en la biblioteca que me hacía compañía, deleitándome con las dulces melodías que su instrumento producía.

 

Después de haber tomado el almuerzo junto a algunos miembros del consejo real y mis progenitores, me escabullí hasta la biblioteca del palacio. No estaba dispuesto a seguir escuchando a ancianos opinar sin filtro alguno sobre mi vida.

 

La biblioteca del castillo se distingue por su vasta colección de libros con tantos años de antigüedad y páginas que albergan historias contadas por gente influyente de su época, quienes dejaron una imborrable huella en la historia. Cada palabra está impresa con un motivo específico, buscando dar un mensaje al curioso lector que, por casualidad, toma entre sus manos ese montón de hojas. A mis ojos, no existe mejor perdición que fundirse en mundos de fantasía, tragedia y conocimiento. Es un tesoro que nadie puede prohibirme, ni siquiera la realeza.

 

Cualquier persona que alguna vez me haya conocido sabe que un poco de tinta y hojas de papel son suficientes para dejarme llevar por mi ocurrente mente, las palabras se deslizan con facilidad y se impregnan en lo blanco de la hoja hasta formar poemas. Poemas, así es como mi abuela me dijo que se llamaban los textos que tanto adoraba leer a los nueve años. Recuerdo haberle sonreído y pedirle que me enseñara a escribir uno, desde entonces, he vivido la mitad de mi vida escondido entre los estantes de la biblioteca.

 

Mi hogar no es uno que llamarían común; sin embargo, he hecho de la biblioteca mi propio lugar de confort. Bueno, ahora Jordan también lo utiliza para hacerme compañía y tocar para mí las melodías más dulces que alguien jamás podría crear con su violín. El joven duque de Florestine acude cada día al atardecer a mi encuentro.

 

—¿Qué está escribiendo ahora, mi alteza? —A pesar de tantas tardes compartidas, nunca ha aceptado llamarme por mi nombre de pila; para él, siempre seré su príncipe y futuro rey—. Apuesto a que ese poemario en el que tanto ha estado trabajando se hará realmente popular en los demás reinos.

 

—Eres muy entusiasta, Jordan—subí mi mirada del escritorio hasta sus ojos. Él se encontraba guardando su violín dentro del estuche con extremo cuidado—. Existen muchísimos escritores con un talento mayor al mío. Mi idea de publicar mis escritos no es más que un mero capricho.

 

—A su abuela también le emociona la idea de leer sus poemas en un libro impreso y público para todo el mundo. Debería tomar la oportunidad y exponer su arte.

 

Quise darle la razón, pero no consideré que mis escritos fueran de tal talla. Mi inspiración se había escapado meses atrás y se negaba a volver pronto, así que ahora me veía obligado a anotar las ideas que rondaban por mi cabeza al atardecer, esperando que con suerte pudiera darles una pulida cuando mi mente estuviera despejada.

 

—Gracias por tu apoyo, de verdad lo aprecio mucho.

 

Un asentimiento fue lo que recibí antes de que caminara hacia mí y se sentara en mi regazo. Por supuesto que este tipo de acciones ya eran usuales para nosotros, él era un buen chico con el que disfrutaba pasar mi tiempo libre, y también disfrutaba escucharlo tocar su amado instrumento y besar sus labios de vez en cuando, empero no encontraba esa chispa de emoción que se suponía debía sentir al estar junto a él.

 

—Permítame quitarle el estrés, su alteza —finalmente unió nuestros labios en un beso que, en poco tiempo, llegaría a algo más.

 

Los últimos meses, nuestra amistad había sufrido distintos cambios, siendo la intimidad el más destacado. Me regocijaba de pasar mis tardes a su lado,  en el fondo de la biblioteca, donde nadie más era testigo de nuestros actos. Donde podía hundirme en él, a sabiendas de que sus sentimientos cada día se volvían más intensos, y yo me sentía cada vez más culpable por no poder corresponderle. Pero era difícil detenerlo ahora que Jordan viajaba todos los días desde Florestine para tocar para mí las canciones que componía en su preciado violín. Me gustaba tocarlo y besarlo, aunque no podía evitar sentir que me estaba fallando a mí mismo al confundir a quien ha sido mi amigo por largos años y darle falsas esperanzas sobre un amor que no puedo retribuir. Además, no podía pasar por alto que mis padres esperaban que lo tomara como esposo, pues, al ser hijo de los duques de Florestine significaba ser el mejor partido para mí y para Rairdye. No importaba si yo no me veía a mí mismo pasando el resto de mi vida a su lado. Era lo mejor para el reino.

 

Sus labios se posaron en mi mandíbula, descendiendo por mi cuello dejando un rastro de besos a su paso, cerré los ojos y mi agarre en su cadera se intensificó. En mi mente, podía sentir la mirada juzgadora de mi primo, quien era el único que sabía absolutamente todo sobre mí, incluyendo mi extraña amistad con Jordan. 

 

Las caderas de Jordan comenzaron a moverse en un vaivén que me hizo echar la cabeza hacia atrás y sujetar con firmeza su cintura para ayudarlo a moverse con más facilidad. Él no perdió más tiempo y se deshizo de su camisa blanca, sin importarle que esta terminara arrugada en el piso. Sus ágiles dedos se encargaron de bajar la cremallera de mi pantalón y también del suyo; su desesperación y deseo eran legibles en sus ojos miel y los pequeños suspiros que escapaban de sus labios con cada beso que yo iba depositando por su cuello y clavículas. Jordan deslizó mi pantalón junto con mi ropa interior por mis muslos hasta que estos cayeron hasta mis tobillos y mi miembro salió disparado contra mi abdomen.

 

Lo imité e hice lo mismo con sus prendas; mis manos recorrieron la desnudez de sus piernas hasta llegar a sus nalgas y apretujarlas. Él mordió su labio inferior y luego me besó bruscamente. Mis dedos buscaron su entrada y descubrieron que esta contenía un plug entre sus paredes anales.

 

—¿Eso es lo que creo que es?

 

Asintió con la cabeza y se inclinó para morder el lóbulo de mi oreja; aquello logró que mi erección doliera mucho más. Mis dedos se engancharon alrededor del pequeño objeto metálico en su entrada y la retiré, ganándome un gemido de su parte por el repentino vacío. Agradecí internamente su atrevimiento, pues no tendríamos que perder tiempo en prepararlo y directamente podíamos pasar a la acción.

 

Alineé mi miembro en su estrecha entrada y me enterré en él de una sola estocada. Sus gemidos no tardaron en llenar las paredes de la biblioteca junto con el estimulante sonido que producían nuestros cuerpos al chocar. Si alguien entrara en este momento, se horrorizaría con la imagen de su futuro rey hundido en la intimidad del hijo de los duques de Florestine sin antes haber contraído las debidas nupcias. 

 

A la mierda sus votos matrimoniales y su celibato. 

 

Jordan me montaba con vehemencia y su boca buscaba la mía con cada embestida; nuestras lenguas se enredaban entre sí y la saliva escurría por su mentón. Verlo era un jodido espectáculo, con su sudor cubriendo su frente y las mejillas sonrojadas mientras gemía por mí.

 

—Príncipe... — jadeó contra mi oido antes de correrse y manchar su abdomen y mi sueter de lana.

 

Cuando mi orgasmo me alcanzó de igual forma lo hizo el arrepentimiento.