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Nuestra Cura

Summary:

Jack siente un vacío en su alma que ni siquiera el amor de Hipo puede llenar.

Tal vez recuperar sus memorias sea lo que los lleve a entenderse realmente por primera vez.

Notes:

Inspirado en The Cure de Olivia Rodrigo y en el fanfic Blizzard of 68 de Sintaks.

También me he tomado ciertas libertades en el origen de Jack.

Cualquier update es para corregir errores

(See the end of the work for more notes.)

Work Text:

Jack volaba a toda velocidad a través del cielo. El ruido del viento le soplaba en los oídos mientras rompía copo tras copo de nieve con su cuerpo. Sus azules ojos se movían frenéticos para ver los alrededores, buscando algún lugar donde su ventisca no hubiese llegado, pero era un esfuerzo inútil. El invierno lo seguía en su trayecto, llenando de nieve el norte del mundo en plena primavera.

Juraba que no era su intención invocar tal desastre. Solo quería decorar un poco la Pascua, ver los huevos cubiertos de ligeras capas de nieve y los niños emocionados por un día nevado inusual. Aunque, en lo más profundo de su ser, lo único que anhelaba era que alguien lo notara. Que vieran su esfuerzo.

Sin embargo, nada salió como lo planeó. Conejo apareció muy enojado y la charla que tuvieron no fue de sus favoritas. Todavía podía escuchar el tono de arrogancia en la voz del Pooka al escupirle, sin tapujos, que su invierno solo traía consigo accidentes y muerte. Que la nieve no forjaba esperanza, sino desilusión. Se mofaba de él, claramente, pero no pudo evitar sentir una gélida rabia nacer a partir de esas palabras.

Él no era nada de eso, lo sabía. O al menos eso quería creer.

Lamentablemente, por más que Jack trató de autoconvencerse de lo contrario, fue incapaz de detener la ventisca que se liberó desde su ser. Fue como si la furia de un dios hecha nieve castigase el mundo de allá abajo. Era una tormenta que arremetía sin piedad contra la tierra y que se superaba con creces cada vez que recordaba las palabras de Conejo.

Inconscientemente, los vientos lo llevaron muy al norte, hacia a esas infinitas manchas de tierra que componían el antiguo archipiélago vikingo. Allí, las corrientes de aire siguieron empujando su ligero cuerpo hacia su lago, donde fue depositado de pie con suavidad.

Una atmósfera asfixiante se cernía sobre él, le faltaba el aliento y sentía el pecho hecho un nudo. ¿Qué he hecho?, pensó con horror. Sus acciones solo le estaban dando la razón a Conejo.

Los copos de nieve y las ráfagas de viento continuaban arremolinándose a su alrededor. La tormenta sacudía violentamente las ramas de los árboles y tiraba de su corta capa en todas las direcciones. Era un vórtice absoluto, y él se encontraba en el centro de su propia destrucción. Jack no tenía idea cómo detenerlo; no sabía cómo calmar la ventisca ni cómo contenerse a sí mismo. Lo único que deseaba era dejar de pensar y permitir que el frío lo consumiera por completo.

Se hizo un ovillo sobre sí mismo, escondiendo el rostro entre sus brazos al abrazar sus rodillas, cayado apretado firme en una mano. Deseaba hacerse lo más pequeño y diminuto posible, tal vez así finalmente todo acabaría.

En medio de los aullidos de ese gran vendaval, Jack no pudo discernir el rugido de una bestia fuera de ese mundo. Un salvaje estruendo que se ahogaba con la fuerza del viento en sus oídos. Pronto, un cálido cuerpo escamoso se acurrucó contra él, cubriéndolo de las inclemencias de su propia tormenta.

Cristalinos ojos azules se alzaron, reconociendo a la última persona que deseaba que lo viese así.

Ahí frente a él estaba Hipo. El espíritu domador de dragones, protector del mundo oculto y su actual novio. Lo había conocido el mismo día que despertó en ese lago hace más de 200 años atrás. Desde entonces, habían estado siempre juntos, aprovechando cada momento que podían compartir el uno con el otro.

Ahora, Hipo volvía a encontrarlo, aunque Jack anhelaba desesperado que no lo hubiese hecho.

—¡Jack! —bramó Hipo sobre Toothless, desmontándose en un veloz movimiento para quedar arrodillado sobre el hielo frente a él. Hipo no hizo ninguna pregunta, solamente lo sostuvo contra su pecho en un abrazo que buscaba mantener a Jack en una sola pieza.

No supo cuánto tiempo se mantuvieron así, sus siluetas desdibujándose en una sola, dos corazones latiendo al mismo ritmo mientras se aferraban el uno al otro. Pronto, en esa misma posición, la tormenta fue cediendo, dejando atrás una espesa capa de nieve que arropaba todo lo que quedaba a la vista.

Cuando el mundo quedó en completo silencio, fue que finalmente decidieron separarse. 

Jack soltó un gélido suspiro que no sabía que estaba conteniendo y alzó su vista hacia Hipo. La preocupación en el rostro del vikingo le hizo ahogarse en su siguiente respiración, obligándole a morderse fuertemente los labios para contener los sollozos que asfixiaban su garganta.

De soslayo, Jack vio una mano alzarse lentamente hacia su rostro y, pronto, suaves dedos recorrieron la piel de sus pómulos hasta que su mejilla se acunó en esa cálida palma. Una congelada lágrima no pudo evitar escaparse de sus ojos ante tal dulce acción y cerró los ojos para fundirse en su calidez.

Porque así era Hipo: dulce, atento y paciente. Demasiado paciente.

—¿Te sientes mejor? —La suave voz del otro espíritu le sacó de su corta ensoñación y le obligó a abrir los ojos. Jack solo pudo asentir levemente a la pregunta, temiendo que pronunciar palabra revelase su verdadero estado de ánimo—. ¿Quieres hablar de ello, lindo? —Esta vez Jack se encogió de hombros.

Y ahí estaban esos enormes ojos verdes viéndole con un amor que le brotaba hasta por los poros. Jack sintió un retorcimiento en el estómago ante tan intensa mirada. No tuvo más opción que hablar para ignorar la repentina e incómoda sensación.

—Arruiné la Pascua, Hipo —fue lo único que pudo decir, apretando la madera del cayado entre sus dedos—. N-No quise hacerlo,  solo que Conejo apareció y las cosas se salieron de control muy rápido. Y-Yo solo quería crear algo de nieve, que fuese un día donde los niños se pudieran divertir conmigo y con las festividades. —A medida que hablaba, su voz y sus gestos se aceleraban, ignorando la preocupación que crecía y crecía en la mirada de Hipo—. No quería crear ningún problema, lo juro. —Finalmente Jack se separó del cálido tacto de Hipo, se levantó de entre la nieve de un salto exaltado y le dio la espalda al vikingo—. Yo solo quería que alguien creyera en mí —gruñó frustrado, jalándose del cabello.

Todo era un desastre. Él era un desastre.

—¡Jack! Copito, mírame. —Hipo lo siguió y lo tomó por los hombros para girarlo, forzándolos a verse nuevamente. La cabeza plana de Toothless también apareció entre ellos, buscando las frías manos del espíritu del invierno.

Hubiese deseado desde lo más profundo de su ser sentir un salto en el corazón debido al apodo o rascar con una risa despreocupada el cuello del dragón. Sin embargo, desde hace unos cuantos años atrás, ese no era el caso.

Jack ya no se sentía liviano al lado de Hipo, se había desvanecido aquella ilusión de que lo suyo podía con todo y que las preocupaciones de su existencia eran algo secundario. Durante mucho tiempo logró ignorar esa punzante sensación en su pecho y el vacío dentro de sí mismo gracias al cariño del castaño, pero ya no podía hacerlo. Le era imposible seguir fingiendo que Hipo y su amor eran suficiente para sanarlo.

—Jack, no fue tu intención. Aster tendrá muchas otras Pascuas por delante, no pasa nada. —No eran las palabras que Jack quería escuchar. Volvió a alejarse del tacto de Hipo con una sacudida de hombros.

—Hipo, he creado una tormenta solo porque Conejo se burló de mí diciendo que mi nieve traía desastres, accidentes y muerte. —Le faltaba la respiración y el nudo en su estómago solo se retorcía aún más—. Y mira, parece que tenía razón —soltó una risa agridulce.

—¿Que Aster dijo qué? —cuestionó Hipo con claro enojo.

—¡No importa lo que haya dicho, Hipo! 

—¡Claro que importa! No mereces que te trate así. 

—¡Y los niños no merecían que les arruinara la Pascua, ni tampoco que los congelase hasta la muerte! —gritó exasperado—. ¡Ni siquiera saben que existo como para culpar a alguien! 

En medio del helado lago, el silencio era roto únicamente por sus pesadas respiraciones y el ligero gruñido de un dragón.

Ojos azules llenos de rabia e impotencia enfrentaban a ojos verdes que buscaban con desesperación llegar a él.

—Algún día creerán, Jack, solo hay que seguir intentando… —Jack ni siquiera lo dejó terminar la frase, soltando una amarga risa muy impropia de él.

—¿Y qué más voy a intentar? Si esto —señaló a los enormes bancos de nieve a sus pies— no los hace creer aunque sea por miedo, entonces no creo que nada más lo haga. —Se colocó el cayado sobre los hombros y miró de reojo a Hipo, tratando de ocultar lo mucho que le dolía tan solo pensar en la posibilidad de nunca ser visto, o peor, que lo viesen porque le temían—. Tal vez estoy destinado a estar solo.

—No estás solo, Jack. —Hipo intentó acercarse nuevamente, pero lo volvió a evitar. Jack hizo todo lo posible por ignorar la culpa cuando vio caer las comisuras de los labios del vikingo.

—Ah, ¿no? —preguntó con la voz contenida y con los labios apretados, un intento claro de controlar sus emociones.

—No, me tienes a mí, ¿acaso eso no es suficiente?

Esa frase hizo explotar algo en su interior. Un desagradable e incómodo sentimiento que se venía caldeando desde hace años finalmente quedaba expuesto con cinco simples palabras.

—¡Ese es el problema, Hipo! —chilló con lágrimas congelándose al borde de sus ojos, enfrentándolo—. Ya no es suficiente para mí, y no sé si alguna vez lo ha sido. —Y ahí estaba el principal problema del asunto. Jack amaba a Hipo con locura, de verdad que lo hacía, y sabía que Hipo lo amaba de vuelta con la misma o mayor intensidad. El pecoso se lo demostraba cada vez que se reunían, ya sea escuchando el centenar de historias que siempre le contaba, o con los abrazos y besos que le recordaban que era real, o las carreras en el cielo que hacían juntos con Toothless, o la vez que le mostró el mundo oculto que tanto debía proteger. 

Cada caricia, cada palabra, cada gesto estaba cargado de indudable adoración.

Hipo estaba ahí cuando dudaba de sí, cuando estaba triste, cuando quería jugar, aguantaba sus bromas y bromeaba de regreso. Era la persona que recogía sus pedazos y los volvía a poner de vuelta. Hipo era simplemente todo.

Pero no era suficiente. Jack no se sentía suficiente.

En lo más profundo de su alma se asentaba un vacío que no había podido llenar con absolutamente nada. Todo ese tiempo lo intentó, claro que lo intentó, pero nada parecía funcionar. Con cada año que pasaba, con cada mes, cada día, cada minuto, perdía un pequeño pedazo de sí. Cada segundo se sentía peor que el anterior y a veces seguir existiendo era la tarea más difícil del día.

Ni siquiera conocía la razón de su existir, así que para qué tenía que existir en absoluto. 

—Jack… —La tentativa voz de Hipo le sacó de sus peores pensamientos, como siempre solía hacer. Una inmensa culpa se asentó en su pecho al procesar finalmente sus propias palabras, pero ya estaban ahí afuera, sin poder ser guardadas otra vez en su mente—. Juntos, podríamos… —Hipo intentó alcanzar una de sus heladas manos pero no logró llegar a él. Jack lo esquivó con dos pasos hacia atrás, el cayado apretado entre sus dedos y resguardado contra su pecho en una posición que destacaba lo vulnerable que se estaba sintiendo con la conversación.

—No, Hipo —negó con la voz húmeda—. Tú no entiendes. Más de 200 años juntos y aún no lo entiendes.

Desde hace años los dos sabían que tenían propósitos diferentes. Hipo se encargaba de proteger a los dragones del mundo oculto y él… bueno, él aún estaba buscando el suyo. 

Y ahí descansaba la otra cara de la moneda de sus inseguridades: Hipo sabía su propósito. Él no.

Jack nunca lo admitiría en voz alta, pero algunos días en los que la soledad y las preguntas sin respuesta lo carcomían se encontraba de pronto envidiando al domador de dragones, a aquel elegido para proteger a esos seres que no debían ser descubiertos. Esa persona que era su mejor amigo y su novio a la vez. Envidiaba que no sintiese el mismo llamado para ser visto, envidiaba que no lo azotara esa profunda desesperación de no saber qué estaba haciendo mal, que tuviese una misión y unos objetivos claros. Que Luna le hubiese dado más que solo su nombre, que no fuese un desastre andante como él, que, que, que, …

Ocultó su rostro detrás de una de sus manos en un intento por detener esos pensamientos. Alzó la vista nuevamente y centró sus ojos azules en aquellos irises verdes que lo miraban de regreso con preocupación y angustia. No sintió amor. Su estómago se revolvió nuevamente de forma terrible y su pecho se apretó dolorosamente cuando se dio cuenta de sus verdaderas emociones. 

Jack sentía celos cuando miraba a Hipo. Un extraño rencor de ver en él todo lo que no tenía y tal vez nunca tendría.

En ese momento se dio cuenta que era injusto para ambos seguir con aquella pantomima que habían iniciado hacía tantísimos años.

—C-Creo que… —Inhaló profundo para forzar las siguientes palabras—. Creo que deberíamos dejar esto hasta aquí. Nosotros, quiero decir —expulsó las frases en un murmuro rápido, casi balbuceando cada letra y desviando la mirada para no tener que enfrentarse con cualquier expresión que tuviese Hipo en esos momentos.

Estuvo a punto de llamar al viento, simplemente para que se lo llevase lejos de allí, pero no pudo hacerlo.

—No, eso no, Jack. —Hipo fue más rápido que él, tomando fuertemente de su muñeca para impedir su inminente escape—. Prometí que no te dejaría solo, y no lo haré. No ahora, ni nunca.

—¡Pero yo necesito alejarme de ti, Hipo! —gritó, harto de lo insistente que podía ser su…¿pareja? ¿ex? Ya no importaba. Tenerlo tan cerca lo sofocaba, necesitaba poner distancia entre ellos para sentirse medianamente cuerdo. Por ello, se zafó de su agarre con un violento empujón que casi los hace caer a ambos—. A-A ti tal vez no te importe ser visto en absoluto. Tienes a tus dragones, tu mundo y eso es suficiente para ti porque es para lo que fuiste creado, ¡pero para mí no lo es! —Ahora que sus razones se escapaban una tras otra, ya no podía dejar de hablar—. Yo quiero que los niños crean en mí. Que sepan que un día nevado o una pelea de bolas de nieve empezó porque Jack Frost estuvo ahí. Hay algo aquí adentro que me lo pide. —Se llevó una mano a su frenético corazón, mirándole a los ojos una vez más. Ojalá no haberlo hecho.

Jack deseaba poder borrar de su mente el profundo dolor que vio en la cara de Hipo. Se veía afligido, cada fibra de su ser transmitiendo toda la pena que no podía expresar en palabras. Sin embargo, no solo vio dolor. Siempre había algo más en esa mirada que Jack nunca pudo descifrar. Ni siquiera ahora que estaba rompiendo y lanzando a la basura años de unión entre ellos era capaz de ponerle nombre a las emociones que danzaban detrás de esos orbes verdes.

Recordaría esos ojos por años.

En el siguiente segundo, Jack notó a Hipo trastabillar sobre su pie, vacilante de acercarse otra vez, como si tuviese miedo de ahuyentarlo. Genial, ahora lo estaba tratando como un dragón asustado.

—Jack…

—¡Basta! —interrumpió al vikingo, girándose sobre sus propios pies para darle la espalda y ocultar la mueca de dolor que ya se le notaba en el rostro, y también para evitar tener que ver a Hipo por más tiempo del necesario—. Acabo de arruinar la Pascua, Hipo, así que probablemente todo lo que he hecho para que siquiera una persona crea en mí ha sido en vano, porque tal vez ese no sea mi propósito —pronunció con la voz ahogada y elevó sus ojos hacia la media luna que hacía su aparición entre los rosados colores del atardecer—, tal vez Conejo tenía razón y no traigo más que muerte y desastres a donde sea que vaya.

Después de esas palabras, unos fuertes brazos lo rodearon por los hombros, abrazándolo en un intento de mantener todas las piezas unidas, pero ya era irreparable. No había nada más que hacer.

—No hagas esto, por favor —rogó el vikingo en un íntimo murmuro.

La voz de Hipo le indicaba que estaba al borde de las lágrimas, o posiblemente ya estuviese llorando si la humedad sobre la piel de su cuello le daba alguna pista. 

No podía seguir allí.

Sin dar aviso, invocó al viento y una fuerte ventisca se lo llevó lejos. No miró atrás, no se atrevió a hacerlo, ni siquiera cuando la voz rota de Hipo gritaba su nombre por sobre los aullidos del viento, implorándole volver. 

El siguiente año la Pascua estaría llena de nieve otra vez.

──── ∗ ⋅◈⋅ ∗ ────

Unas cuantas décadas ya habían pasado desde la última vez que Jack vio a Hipo.

Durante los primeros años, Jack lo odió por no hacer ni el más mínimo intento de buscarlo. Luego ese odio se redirigió a sí mismo porque, al fin y al cabo, era su culpa que ya no estuviesen juntos.

Con la entrada de la década de los 80 y con sus emociones un poco más calmadas, se tomó el tiempo de prestar más atención a su alrededor y, con ello, se dio cuenta de que Hipo no pretendía romper su promesa pues, en momentos donde se sentía solo, una desconocida brisa peinaba sus cabellos y acariciaba sus labios; salvajes ojos lo vigilaban desde las sombras en las noches más oscuras; rugidos bestiales, pero familiares, le acompañaban en su labor de guiar la nieve a lugares inhóspitos.

Al final, incluso estando solo, Hipo estaba allí. No lo abandonó en ningún momento y todavía esperaba pacientemente por él.

Jack no iba a mentir y decir que no lo extrañaba, porque lo hacía, y mucho. En más de una ocasión pensó en buscarlo y disculparse para tratar de que las cosas volviesen a la normalidad, pero no podía dejar de recordar aquellos ojos verdes llenos de dolor y las lágrimas que nunca llegó a ver. Esa imagen mental lo acobardaba y le llevaba a convencerse de que Hipo estaba mejor sin él. 

Además, durante muchos años fue incapaz de borrar del todo esa sensación de inferioridad y celos que se instalaba en su ser cuando recordaba aquella fatídica y última conversación. Eso no era algo que se pudiese curar solo con amor y buena voluntad.

Mientras ese vacío siguiera llenando una parte importante de su persona, no llegarían a ningún otro resultado que no fuese herirse mutuamente.

Mucho años después, el destino se encargaría de darle parte de la razón, pues no fue hasta que se aventuró a ayudar a los guardianes que finalmente pudo llenar el vacío que tanto le afligía. No fue un camino fácil y en más de una ocasión estuvo a punto de arruinarlo todo, pero había valido totalmente la pena. Lo que descubrió de sí mismo en tan alocado viaje era algo mucho más valioso que cualquier otra cosa que se haya encontrado en siglos.

Había encontrado su centro, esa porción de él que le fue negada durante tanto tiempo, ese pedazo de su vida que tan desesperadamente llevaba persiguiendo desde que despertó esa noche en el lago. El pequeño muñeco azul que Norte le había regalado era prueba de ello, así como también lo eran Jamie y los demás niños que ahora creían en él.

Una vez supo el verdadero problema de su existencia, se dio cuenta que el cariño de Hipo nunca hubiese sido suficiente para llenar ese hueco. Era un aspecto tan íntimo y profundo de su ser que era simplemente imposible. El amor por sí solo no puede llegar tan lejos.

Sin embargo, ese ya no era su principal problema. Ahora, su atención era consumida en su totalidad por un gran detalle que no podía dejar pasar por alto porque, en las memorias que guardaban sus dientes, residía algo, o mejor dicho, alguien que generaba cientos y miles de nuevas preguntas.

Recordaba risas aniñadas, paseos en el bosque, prácticas en la forja. Recordaba la calidez de un bestial cuerpo bajo sus piernas mientras alzaba las manos en un intento de acariciar las nubes. Recordaba la fuerza del viento en su rostro y las pecas que se giraban en su dirección para comprobar que estuviera divirtiéndose. Recordaba la calidez de unos labios. Recordaba ojos verdes que veían ojos marrones como si fuesen lo más importante del mundo.

Por muy jóvenes que fuesen en sus recuerdos, esos ojos verdes eran inconfundibles. Era Hipo. Aparecía por todos lados en su mente y lo veían con la misma adoración de siempre, pero más libre, pues no existía ningún tinte de melancolía contaminando su mirar. Porque eso era. Hipo, durante todos esos años, lo miraba con melancolía y anhelo. Como si constantemente estuviese viendo a alguien que perdió hace muchísimo, muchísimo tiempo atrás. Y, tal vez, así era.

Eso lo confundía aún más, ¿cómo era posible? 

Jack había despertado apenas 300 años atrás e Hipo llevaba por lo menos un milenio sirviendo su función. Cronológicamente era imposible que hayan podido compartir una vida juntos, pero… ¿y si así fue?

La simple idea le aterraba y oprimía su pecho con un peso inimaginable.

¿Acaso Hipo lo recordaba? Entendía por las historias que el pecoso le contaba que sus memorias estaban allí pero, ¿Jack también estaba incluido? 

Si ese no era el caso, ¿cómo empezaría a contarle a Hipo? ¿Era buena idea decirle? Tal vez Toothless podría ayudar a convencerlo si no le creía, pues recordaba lo juguetón que había sido el dragón con él la primera vez que se conocie– Espera…

La primera vez que se conocieron fue en su lago. El mismo día que despertó.

La expresión de Hipo ese día estaba intacta en su memoria. Esa verdosa mirada gritaba incredulidad, nostalgia, amor, melancolía, tristeza, soledad. Todo al mismo tiempo. 

Sí, Hipo lo recordaba, ahora la gran pregunta era: ¿por qué no dijo nada?

—Hey, Jack, ¿todo bien, muchacho? 

La voz de Norte lo sacó violentamente de sus pensamientos. Se dio cuenta que los otros guardianes, incluido Conejo, lo observaban con clara preocupación. Muy posiblemente llevaba mucho tiempo callado y quién sabe qué tipo de expresión tendría en el rostro para ganarse esa reacción conjunta.

—Es momento de celebrar que te has convertido finalmente en un guardián… —dijo Norte, colocando una mano en su hombro. 

—Pero no podemos hacerlo si dicho guardián parece haberse tragado un limón —completó Conejo, cruzándose de brazos—. Además, aún queda mucho trabajo por hacer, así que será mejor hacerlo rápido. 

En otro contexto, Jack hubiese contestado con alguna broma o hubiese molestado a Conejo simplemente porque sí, pero en esos momentos su mente volvía una y otra vez al domador de dragones, ¿acaso era buena idea ir a buscarlo?

Con un suspiro, sacó del bolsillo de su sudadera ese muñequito de madera azul y le dio una suave caricia. Grandes ojos azules lo observaban de regreso. 

—¿Jack? —lo llamó Norte otra vez.

—Tengo algo mucho más importante que hacer, Norte —dijo Jack, decidido mientras apretaba a su mini copia de madera—. Hay alguien a quien debo ir a ver.

No quedaban dudas. Necesitaba ir a ver a Hipo. No sabía exactamente cómo afrontaría la situación. Llevaban casi cincuenta años sin verse, pero ya no podía seguir huyendo de lo inevitable, y mucho menos cuando las respuestas residían únicamente en el vikingo. 

Jack le explicó la situación por encima a los otros guardianes. No quería profundizar mucho en lo que vio en sus memorias, y ellos parecieron entenderlo sin demasiado problema. Eso hizo que una sensación cálida se expandiera por su pecho pues ese simple gesto le indicaba que confiaban en él. También había logrado convencerlos de ir solo, ya que ninguno de ellos conocía realmente a dónde iba a ir.

—Si tengo suerte, tal vez traiga a alguien más a la fiesta —bromeó en un intento de apaciguar sus nervios. Tomó entre sus manos el globo de nieve que Norte le dio y murmuró el nombre del mundo oculto directamente sobre el cristal.

Al lanzar el globo, inmediatamente se abrió un portal frente a él. Le dio una última mirada a los otros guardianes y entró sin dudarlo.

Con el corazón en la boca, el portal lo transportó hasta uno de los balcones naturales que aquel mundo creaba. Lo primero que notó fue el ruido incesante de los dragones, con rugidos y aleteos que reverberaban por toda la expansión del lugar. Lo segundo que le llamó la atención fue lo poco iluminado y vivo que lucía todo a comparación con la última vez que estuvo allí. Lo tercero, y más raro, fue que los dragones parecían ignorarlo, volando sobre él con otro objetivo en mente.

¿Qué estaba pasando allí? 

—¡Hipo! —Hizo lo único que le parecía lógico: llamarlo hasta que apareciera. Lo que pasó a continuación le erizó la piel y lo puso en alerta. Inmediatamente después de su grito, todo cayó en un abrumador silencio. Los segundos se extendían como horas y, al cabo de un momento, volvió el ruido pero muchísimo más fuerte que antes. 

Los dragones volteaban a verlo, rugían en su dirección y se acercaban volando. Todos, casi al mismo tiempo, repetían esas tres acciones. Algunos pasaban muy cerca, otros más lejos, unos cuantos incluso llegaban a empujarlo.

Ojalá pudiera volar para salir de allí y buscar a Hipo por su cuenta, pero en ese mundo le era imposible. Todo allí adentro era controlado por el vikingo, desde los dragones hasta el aire. Por lo tanto, por más que llamara el viento, este no le respondería.

—¡Hipo! ¡Por favor! —gritó desesperado. 

Segundos después, escuchó un rugido mucho más fuerte que los demás, trayendo calma a los dragones que hace un momento parecían querer su cabeza. Pronto, sintió un dragón aterrizar a sus espaldas y el sonido de un paso metálico resonó en sus oídos.

—¿Jack? —Apretó su cayado y cerró los ojos un instante, empapándose de esa cálida y suave voz que hace tanto tiempo no escuchaba. En el momento siguiente, consiguió la valentía para girarse.

Allí estaba Hipo. Lucía un poco diferente en comparación a la última vez que se vieron. Se le notaba más cansado, más solo. Como si todos estos años le hubiesen pasado factura. Era muy parecido al Hipo que conoció hace 300 años.

Aunque a Jack no le importaba realmente como luciera Hipo. Él solo necesitó una mirada para que su mundo diera vueltas y su corazón comenzara a latir desbocado dentro de su pecho. Dioses, cuánto lo había extrañado. Quería enterrar su rostro en el cuello ajeno, que sus dedos se perdieran en hebras castañas y abrazarlo fuertemente durante toda la noche.

Necesitaba que Hipo sintiera todo ese amor que llevaba guardando incluso desde antes de volver a encontrarse en ese lago.

El momento se rompió gracias al mismo Hipo.

—Jack, ¿qué haces aquí? —preguntó Hipo. Se le notaba sinceramente consternado—. ¿Cómo has podido entrar? 

Claro, era tonto pensar que Hipo lo recibiría con besos y abrazos. La reacción del vikingo era totalmente razonable.

—¿Acaso no debería poder entrar? —Jack devolvió la pregunta. No estaba ofendido, ni a la defensiva. Preguntaba con completa sinceridad. Sus ojos se conectaron por un segundo muy breve.

En lo que duró ese efímero momento, vio a Hipo suspirar y desviar la mirada con una clara tensión en el cuerpo. Una corta guerra se libró en la mente del vikingo y, por unos segundos, creyó que lo echaría de allí con alguna excusa. Sin embargo, otra decisión tuvo que haber ganado, pues la rigidez en los músculos ajenos desapareció y se volteó hacia él con clara preocupación en su expresión.

Entonces, fue cuando Hipo le explicó lo que estaba pasando. Desde hace una semana que el mundo oculto perdía poder, arriesgando a que cualquiera pudiera verlos desde el mundo exterior. La inquietud de los dragones y la pérdida de vivacidad eran prueba de ello. Por tanto, Hipo había tomado la extrema decisión de encerrarse allí al sellar todas las entradas. No había forma de entrar ni de salir de manera convencional. 

Jack ahora entendía por qué Hipo no estuvo presente para pelear contra Pitch. Si Hipo siempre estaba vigilándolo, era lógico concluir que en cualquier momento hubiese aparecido para pelear a su lado, pero no fue así. Con todo lo que estaba pasando, Jack no tuvo tiempo de pensar durante más de un minuto lo que implicaba tan clara ausencia.

Ignorando la punzada de culpa que sintió ante tal revelación, pensó seriamente en lo que le contaba Hipo. Coincidetalmente hace una semana fue que Pitch apareció y el Hombre en la Luna lo eligió, así que Jack tenía una muy fuerte suposición de lo que estaba causando el problema.

—Posiblemente es porque la magia de los guardianes casi desaparece. Tal vez este lugar esté enlazado de alguna manera a ellos —intentó explicar rápidamente—. Pero no te preocupes, ya todo está solucionado. Derrotamos a Pitch, los niños vuelven a creer y el poder de los guardianes está volviendo poco a poco. 

—Espera, espera, espera. —Fue interrumpido por el vikingo, quien se acercó peligrosamente—. ¿Los guardianes? ¿Pitch? ¿Te refieres a Pitch Black? ¿Derrotado? —Cada palabra estaba cargada con incredulidad y enorme intranquilidad—. Jack, ¿qué ha pasado allí afuera? 

—Ah, claro, debería presentarme —carraspeó con ligera vergüenza de lo que haría a continuación, pero pensaba que era la forma más efectiva de resumir los acontecimientos—. Jack Frost, espíritu del invierno y guardián de la diversión a su servicio —se presentó con una pequeña reverencia e hizo nevar suavemente por encima de ellos para probar su punto.

Cuando Jack alzó la mirada nuevamente, todo el aire de sus pulmones desapareció de golpe y su pulso se aceleró sin control. Allí, frente a sus ojos, Hipo sonreía con sincera felicidad, observándolo con tanta adoración que se llegó a sentir desnudo con la intensidad de tal mirar.

—Un guardián, eh —comentó Hipo con claro júbilo en su voz—. Es un trabajo perfecto para ti. —El pecoso se acercó aún más a él, pero se detuvo a unos pasos, delimitando una clara distancia entre ellos—. Sabía que había algo aquí adentro que te llamaba a cosas mucho más grandes de lo que tú te imaginabas. —Con esas palabras, Hipo posó una mano sobre su helado pecho.

El corazón de Jack pulsaba fuertemente debajo de ese cálido tacto e Hipo era capaz de sentirlo.

Sí, cierto, Hipo lo recordaba desde hace mucho tiempo, sabía cosas sobre Jack que ni siquiera él mismo comprendía todavía. Siempre tuvo fe en él porque lo conocía. Hipo sabía no solamente todo aquello que lo hacía Jack Frost, sino todo lo que lo hacía humano.

Hipo siempre había estado ahí.

Por un momento, la imagen del Hipo frente a él cambió y, en su lugar, un niño le tendía la mano para ir a cuidar de un dragón o Jack mismo jalaba de ese flacucho brazo para enseñarlo a patinar. Decenas de memorias pasaban detrás de sus azules ojos sin que Hipo supiera. 

¿Cuánto tiempo había estado solo? ¿Cómo sobrellevó la muerte de Jack? ¿Acaso había muerto tan joven a como lucía ahora? ¿Qué había sido de su vida todos esos años? 

Sin poder resistirlo, sus azules ojos se llenaron de gruesas y congeladas lágrimas que le pertenecían al vikingo. Lloraba por él y por todo el dolor que tuvo que haber atravesado solo. Lloraba por ellos dos y por la vida que no pudieron tener. Lloraba por lo cruel que era el destino, obligando a uno de ellos a olvidar mientras el otro cargaba con un sinfín de memorias que no tenían a dónde ir. 

Escuchó el pánico de Hipo, callosas manos subiendo hacia su rostro pero sin llegar a hacer contacto. Tenía sentido que Hipo temiese tocarlo tan directamente. Jack había sido primero en alejarse, en marcar una clara línea entre ellos, así que ahora sería él quien diese el primer paso.

Sin esperar más, Jack se abalanzó a los brazos del otro.

Se aferró al ropaje de cuero del castaño y escondió el rostro en sus hombreras, respirando profundo en un intento de calmarse, pero era imposible. Cada memoria lo atacaba con una nueva y más horrible interrogante. 

—Jack, bonito, ¿qué pasa? Háblame. —Y ahí estaba su Hipo, siempre preocupado, siempre dulce, siempre paciente.

Un nudo se atoraba en su garganta y lo enmudecía. Si hablaba, no estaba seguro de poder aguantar más de dos oraciones sin llorar desconsolado, pero aún así debía intentarlo.

Se separó del abrazo y alzó la mirada. 

—Estás más alto —afirmó con la voz ronca—. Creciste mucho. A-Antes apenas me llegabas por los hombros. —Soltó una risa húmeda y dejó que el peso de sus palabras llegase al vikingo.

El efecto fue prácticamente inmediato. Debajo de sus fríos dedos, Jack pudo sentir claramente el fuerte pulso del contrario, acelerándose con cada segundo que pasaba mientras la nueva información llenaba su cabeza. No tardó en ver un sinfín de emociones pasarle por el rostro: desde culpa, hasta esperanza, hasta temor.

Esperó unos eternos segundos más y, finalmente, vio el momento en que Hipo pareció procesar en su totalidad esa revelación.

—¿Jack? —Hipo pronunció su nombre con incredulidad y se apresuró a acunar sus mejillas, sosteniéndolo con tal delicadeza que estuvo a punto de bromear al respecto, pero se contuvo. No era el mejor momento para bromas, menos cuando Hipo lo estaba viendo de esa forma—. ¿Realmente recuerdas? 

—Hola, pecas —lo llamó Jack con un tono excesivamente familiar.

En ese instante, dos brazos lo rodearon con fuerza. Ambos chicos temblaban entre risas y lágrimas, separándose para verse el uno al otro y luego volver a abrazarse como si ninguno de los dos realmente pudiese creer su suerte.

Se separaron una vez más, solo para admirarse.

Jack trataba de identificar todos y cada uno de los cambios en el rostro del castaño. Contaba sus pecas y las comparaba con la cantidad que solía recordar, pues habían nuevas manchas marrones que antes no estaban allí. Acariciaba el comienzo de una barba, y ágiles dedos se perdían entre trenzas hechas con clara práctica. Hipo ya no era un niño, era un hombre.

Por su lado, Hipo se encontraba absorto admirando esos ojos que al fin lo reconocían, dedicándose también a secar fugitivas lágrimas que manchaban las mejillas de Jack.

Ambas miradas volvieron a encontrarse y, se dieron cuenta que, finalmente, se estaban viendo realmente por primera vez.

Jack ya no veía a Hipo solamente como el domador de dragones que por coincidencia conoció el día que creyó nacer. E Hipo ya no veía a Jack como la sombra de alguien a quien había perdido.

Ahora, se reconocían por lo que eran y por lo que habían sido el uno para el otro.

—Estás tan hermoso como el día en que te fuiste —afirmó Hipo acariciando su rostro, sacándole un corto sollozo a Jack—. ¿Puedo besarte? —preguntó con ese indudable brillo en los ojos que Jack tanto extrañó.

—No tienes ni por qué preguntar.

Y allí, rodeado de dragones y un mundo por salvar, sellaron ese nuevo encuentro con un beso. Años de dudas y de  inquietudes desaparecieron casi por completo, y dieron paso a una plenitud y una libertad que habían olvidado que alguna vez pudo existir.

Todavía quedaban un millar de preguntas por hacer, pero podrían esperar. Por ahora, querían disfrutar del momento y de tener a su amor de regreso.

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Años después, dos espíritus sobrevolarían el mundo llevando el invierno a las ciudades. Eran plenamente felices, pues finalmente se veían el uno al otro sin ocultar nada.

Lo que los salvó no fue el amor que se tenían, sino las piezas que tuvieron que recoger por separado antes de que sus caminos pudiesen volver a encontrarse.

Ahora podían amarse sin secretos, sin celos, ni resentimientos, pues todas las dudas ya no existían y solo quedaban ellos dos, disfrutando de su eternidad juntos.

Notes:

Todo este oneshot es una escena de un fanfic más largo que quiero comenzar a escribir pronto, pero necesitaba sacarme la idea de la cabeza de alguna manera.

Igualmente si alguien quiere tomar la idea, darle una vuelta y escribir algo propio, bienvenido sea.