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Por más que lo diga, nunca será suficiente (o como lidiar con un Remy LeBeau borracho)

Summary:

Son casi las tres de la mañana cuando Remy llega a su apartamento.

Esta tratando de llegar a su cama, pero entre la cantidad absurda de alcohol en su sistema, unas escaleras traicioneras que requieren demasiada concentración, unos pantalones que claramente están conspirando en su contra y su terquedad por seguir hablando en vez de dormir, la noche está lejos de terminar.

Notes:

(See the end of the work for notes.)

Work Text:

 

Eran casi las tres de la mañana. Remy LeBeau cerró la puerta del apartamento con más fuerza de la que había pretendido. Se quedó inmóvil durante unos segundos, con una mano apoyada en la pared del recibidor y una sonrisa satisfecha en el rostro, como si acabara de completar una misión particularmente complicada. Había conseguido llegar a casa sin que Logan tuviera que cargarlo por las calles de Nueva York.

Considerando la cantidad de alcohol que habían bebido aquella noche, Remy consideraba que aquello merecía una celebración.

—Allons... —murmuró, soltando una risita mientras intentaba quitarse los zapatos.

El primero salió sin demasiadas dificultades. El segundo, sin embargo, pareció decidido a permanecer en su pie. Tuvo que apoyarse contra la pared, tirar de él varias veces y, finalmente, dar un pequeño salto cuando consiguió liberarlo. El zapato aterrizó junto al otro, aunque no precisamente donde él había pretendido dejarlo. Gambit lo miró.

—Fait!

Se quitó la gabardina y la dejó caer sobre el respaldo de una silla. Después se pasó una mano por el cabello castaño rojizo, intentando acomodarlo sin demasiado éxito. Mantenía una sonrisa sincera que no había desaparecido desde que se despidió de Logan. Realmente había sido una buena noche.

Logan había burlado a la muerte una vez más. La noticia de que estaba vivo le había devuelto a Gambit una parte de su ser. No solo eran compañeros de batalla y amigos de años, sino lo más parecido a tener un hermano. Había sido su noche de reencuentro, llena de conversaciones absurdas, emociones fuertes que ambos trataron de disimular con sus bromas tontas, y discusiones que probablemente ninguno de los dos recordaría con exactitud a la mañana siguiente. La noche pasó rápido, y fue Logan quien, al ver que Gambit comenzaba a tartamudear al hablar, lo mandó a casa en un Uber.

Él no había protestado. En el camino se sentía en control, pero ahora, en el silencio de su apartamento, sentía la cabeza pesada, las piernas extrañamente torpes y una sensación de pesadez en los párpados. Bostezó mientras caminaba, imaginando arrojarse a su cama, pero antes necesitaba ir al baño.

Avanzó por el apartamento, procurando caminar en línea recta, aunque el suelo parecía tener otras ideas. Cuando llegó al baño, cerró la puerta detrás de él y se ocupó de lo que necesitaba hacer. Después abrió el grifo, se lavó cuidadosamente las manos y se echó agua fría en la cara. El alivio fue inmediato. Suspiró, inclinándose sobre el lavabo.

Se mojó de nuevo la cara, se pasó las manos por el cabello y tomó la toalla de manos que colgaba junto al lavabo. Se secó el rostro con movimientos lentos. Cuando terminó, intentó colgarla de nuevo. Falló, la toalla cayó al suelo. La observó durante unos segundos, como si estuviera tratando de recordar qué se suponía que debía hacer con aquel objeto, después decidió que no era un problema que mereciera su atención.

El dormitorio estaba en el piso superior, y Remy descubrió que subir las escaleras requería una concentración considerablemente mayor de la que había esperado. Se agarró al pasamanos con una mano y comenzó a subir despacio, colocando un pie delante del otro con una seriedad que habría resultado cómica si alguien hubiera podido verlo.

No tenía intención de caerse, mucho menos dentro de su propia casa. Comenzó a contar cada escalón en francés. En el último tramo, su pie tropezó con el borde de un escalón. Soltó una palabrota, se aferró con fuerza al pasamanos y consiguió recuperar el equilibrio por muy poco. 

Finalmente, abrió la puerta de su recámara empujándola con fuerza y soltó un suspiro, sintiéndose todo un campeón. El sonido brusco en medio de la noche despertó a todos los que dormían en la cama. Rogue abrió los ojos, al igual que sus tres gatos. 

Segundos antes, ella estaba profundamente dormida, acurrucada bajo las sábanas con tres gatos repartidos a su alrededor, como si cada uno hubiera reclamado una parte del colchón para sí mismo. Oliver dormía hecho un ovillo junto a sus piernas. Lucifer se había acomodado cerca de su cintura, con la cabeza apoyada sobre una esquina de la manta, mientras Figaro ocupaba orgullosamente el espacio junto a su almohada, prácticamente pegado a su hombro.

Anna parpadeó, todavía desorientada por el sueño.

—¿Remy?

No obtuvo respuesta inmediata. Ella se incorporó para encender la lámpara de noche junto a la cama. La luz cálida iluminó el dormitorio y le permitió examinarlo mejor. Su marido estaba despeinado, con las mejillas ligeramente sonrojadas y los ojos brillantes.

Sus miradas se encontraron. Cuando él la vio, su expresión se transformó. Remy le sonrió con una ternura tan espontánea que Anna le devolvió la sonrisa de inmediato. La miró durante unos segundos, como si acabara de descubrir algo maravilloso.

—Rogue, estás aquí.

—Vivo aquí, Remy.

Él se quedó en silencio algunos segundos. Frunció el ceño y dirigió su mirada hacia el techo, el gesto que siempre hacía cuando trataba de recordar. Anna tuvo que contener la risa al darse cuenta de que él estaba tratando de recordar algo importante. Específicamente, pronto iba a recordar que hacía unas semanas atrás se habían casado y que hacía solo algunos días ella se había mudado con él. Finalmemente soltó una risita.

—Cierto. ¡Qué suerte la mía!

Ella terminó de incorporarse, se apoyó contra la cabecera y lo observó. Remy llevaba la camisa desabotonada hasta la mitad del pecho y a medio fajar, el cuello torcido y el cabello más desordenado de lo habitual. Una sonrisa de satisfacción le iluminaba el rostro. Cerró la puerta con una delicadeza que habría sido admirable si no hubiera necesitado apoyarse contra ella para mantenerse en pie. Luego, se dio la vuelta para mirarla otra vez.

—Hola, Madame LeBeau —susurró.

Anna sonrió desde la cama. Definitivamente, pudo darse cuenta que Remy había tenido una gran noche con Logan.

—Hola, sugah.

Figaro soltó un maullido y se apartó de la almohada cuando Remy dio un paso hacia la cama. El movimiento despertó por completo a Lucifer, que levantó la cabeza y observó a su dueño con evidente desconfianza. Oliver, por su parte, decidió que aquello era un asunto demasiado molesto para él. Se estiró, giró sobre sí mismo y volvió a cerrar los ojos.

—Hola, muchachos.

Lucifer parpadeó lentamente, como si estuviera evaluando el estado de su dueño y no le gustara demasiado lo que veía.

—No me mires así, estoy perfectamente —susurró Remy.

Anna aguantó la risa.

Comenzó a quitarse la camisa o, al menos, lo intentó. Consiguió sacar un brazo de la manga, se enredó con la otra y tuvo que detenerse para averiguar qué estaba pasando. Anna lo observó con creciente diversión.

—¿Necesitas ayuda?

—No, mon cœur. Tengo todo bajo control.

La camisa terminó en el suelo.

—Ya veo.

Después se desabrochó el cinturón e intentó bajarse los pantalones. El problema fue que mantenerse sobre una sola pierna resultó considerablemente más complicado de lo que recordaba. Se tambaleó hacia un lado. Extendió los brazos. Cuidó de dar un paso desesperado para recuperar el equilibrio y estuvo a punto de caerse.

Anna puso un pie fuera de la cama, dispuesta a ayudarlo, pero él consiguió sujetarse del borde del colchón, aunque el movimiento hizo que la cama se sacudiera y los gatos fijaran toda su atención en él, esta vez incluso Oliver.

—Estoy bien —aseguró Remy, con una dignidad que habría sido más convincente si no estuviera aferrado al colchón como si la gravedad del apartamento hubiera decidido invertirse de repente.

Tenía una expresión tan satisfecha que Anna sospechó que ni siquiera era consciente de lo cerca que había estado de terminar en el suelo.

—Cariño, ¿estás bien?

Remy levantó la cabeza hacia ella, asintió, sonrió con la mirada entornada y suspiró profundamente.

—Nunca he estado mejor.

Anna arqueó una ceja.

—¿De verdad?

—Mais yeah!

Él intentó enderezarse y tuvo que agarrarse otra vez del colchón. Anna cruzó los brazos sobre el pecho.

—Remy Etienne LeBeau, estás borracho.

Su marido abrió la boca, aparentemente dispuesto a protestar, pero terminó sonriendo de nuevo.

—Un poco.

—¿Un poco?

—Tal vez un poco más que un poco.

Anna soltó una carcajada que se apresuró a disimular detrás de su mano. No quería burlarse de él, pero la expresión con la que intentaba defender su sobriedad era demasiado encantadora.

—¿Te divertiste con Logan?

La sonrisa de Remy se ensanchó.

—¡Oh, sí! —respondió con entusiasmo—. Muchísimo.

—Me alegro.

—Logan es un gran amigo, una maravillosa persona —continuó él.

—Lo sé, cariño.

—Un hombre excelente. Aunque jugar a las cartas con él es un dolor de cabeza.

—¿Por qué lo dices?

—Tiene la peor cara de póker del mundo, gruñe cada vez que le toca una mala mano.

Anna soltó una risita.

—Y bebe como si mañana se fuera a acabar el mundo. 

—Me imagino.

Remy asintió con gravedad, satisfecho de que su esposa comprendiera la seriedad de aquella cuestión. Después volvió a concentrarse en la cama, que aparentemente se había convertido en el objetivo más importante de su existencia. Finalmentese se quitó los pantalones, aunque tuvo que sentarse en el borde del colchón para hacerlo sin perder el equilibrio. Luego, vestido únicamente con su ropa interior, se volvió hacia Anna. La contempló con una expresión enternecida.

—Entonces... mi esposa.

Anna sintió que el corazón se le ablandaba.

—Tu esposa —confirmó, apartando las sábanas para hacerle sitio—. Ven aquí antes de que te lastimes.

Remy obedeció. Se arrastró sobre el colchón con movimientos torpes, se acomodó junto a ella y dejó escapar un suspiro de alivio cuando Anna lo ayudó a cubrirse con las sábanas. Como si aquel pequeño alboroto hubiera sido una interrupción sin importancia, los tres gatos fueron recuperando sus posiciones originales. Figaro se acurrucó cerca de la almohada, Lucifer apoyó la cabeza sobre la manta y Oliver volvió a hacerse un ovillo junto a las piernas de Anna. Ella sonrió al ver su comportamiento. Sin duda, habían adoptado la personalidad despreocupada de Remy.

—Ni siquiera ellos quieren lidiar contigo esta noche.

—Me adoran.

—Por supuesto que sí.

Él asintió y pareció estar muy de acuerdo con aquella respuesta y, en cuanto Anna se acostó a su lado, acortó toda distancia y la rodeó con los brazos. Ella dio un respingo y soltó una pequeña exclamación cuando sintió el frío de su piel contra la suya.

—¡Estás helado!

Él escondió el rostro contra su cuello.

—Oui, ma belle. Hace mucho frío afuera. Odio el frío —murmuró.

Remy se apretó contra ella, buscando la calidez de su cuerpo bajo las sábanas. Anna le acarició la mejilla con los dedos, apartándole un mechón húmedo de la frente, negó con la cabeza, divertida, y volvió a abrazarlo para ayudarlo a entrar en calor.

—Ya lo sé, cariño. Me lo recuerdas cada invierno.

—Es horrible.

—No te preocupes, ya estás aquí. Voy a calentarte pronto.

Remy sonrió con los ojos entrecerrados, suspiró profundamente y escondió el rostro contra su cuello. Comenzó a murmurar algo en francés cajún, tan bajo y deprisa que Anna no consiguió entender ni una palabra. Sin embargo, la manera en que su voz se suavizaba al hablarle siempre le producía una sensación cálida en el pecho. Remy tenía una forma particular de pronunciar aquellas palabras, arrastrando algunas sílabas y mezclando expresiones que ella apenas reconocía. Incluso cuando estaba demasiado borracho y le costaba hablar en inglés, su francés sonaba dulce y familiar. Ella le besó el cabello.

—No te entiendo, cariño.

Remy soltó una pequeña risita contra su cuello.

—C'est pas grave, mon ange...

—Eso sí lo entendí.

Él le dio un beso en la piel, justo debajo de la mandíbula, y volvió a murmurar aquellas palabras incomprensibles. Anna no sabía exactamente qué le estaba diciendo, pero el tono de su voz era tan tierno que se limitó a acariciarle la nuca. Le dio un beso en la sien antes de volver a mirarlo.

—¿Cuánto bebiste esta noche?

Él permaneció callado.

—¿Remy?

—¿Sí, mi amor?

—¿Cuánto bebiste con Logan?

Su marido levantó la cabeza y la observó con una expresión profundamente reflexiva. Anna casi pudo ver cómo intentaba organizar sus pensamientos, reuniendo los recuerdos de la velada en algún rincón de su cerebro que, a juzgar por su mirada, estaba funcionando con bastante lentitud.

—¡No recuerdo, pero me divertí mucho!

—Eso ya me lo dijiste.

Remy pareció considerar aquella información y después decidió que no tenía ninguna importancia. Lo único que importaba en ese momento era la mujer que tenía entre los brazos. La miró con un afecto tan espontáneo que Anna dejó de preocuparse por la hora que era. 

—Eres preciosa —murmuró él.

—Gracias, cariño.

—Non. No, no. —Remy negó con la cabeza, como si ella no estuviera comprendiendo la magnitud del asunto—. No sabes cuánto.

Anna abrió la boca para responder, pero él se inclinó y la besó. Fue un beso apasionado, cálido y un poco torpe, pero cargado de tanto afecto que ella sonrió contra su boca. Remy le sostuvo el rostro con una mano, acariciándole la mejilla con el pulgar mientras la besaba como si hubiera pasado semanas lejos de ella en lugar de unas cuantas horas. Anna correspondió deslizando los dedos entre su cabello. Lo quería tanto que a veces todavía le sorprendía que una caricia o un beso le hicieran sentir lo mismo que la primera vez que pudo sentir su piel y sus labios. 

Cuando finalmente se separaron, Remy mantuvo la frente apoyada contra la suya. Respiraba despacio, con los ojos cerrados y una sonrisa satisfecha en el rostro. Anna pasó la lengua por sus labios y después arrugó la nariz.

—Así que noche de whisky, ¿eh?

Remy soltó una carcajada auténtica, despreocupada y ligeramente descontrolada, que terminó en un pequeño hipo.

—¡Era lo único que Logan tenía! Whisky. Muchísimo whisky. Y Logan diciendo que podía aguantar más que yo.

Anna comenzó a reírse con él.

—¿Y quisiste demostrarle que estaba equivocado?

—Por supuesto. —Dijo él con orgullo. 

Anna observó su rostro sonrojado, sus ojos adormilados y el brazo que seguía aferrado a su cintura como si ella fuera lo único que le impedía salir flotando de la cama.

—Creo que no tuviste mucho éxito, amor. Estas hecho un desastre.

Él volvió a reírse. Ella le sonrió, le acarició la mejilla y le dio un beso corto en los labios. Remy se quedó mirándola. Su sonrisa fue desapareciendo poco a poco, sustituida por una expresión extrañamente vulnerable. Anna conocía aquella mirada. La había visto después de algunas de sus peores misiones, cuando él regresaba a casa agotado y necesitaba comprobar que ella seguía allí. También la había visto en momentos de intimidad, cuando las bromas y las sonrisas dejaban paso a los sentimientos que Remy no siempre sabía expresar con palabras.

Aquella noche había algo diferente. Estaba borracho, sus pensamientos debían de encontrarse enredados y sus emociones probablemente eran más difíciles de disimular. Sin embargo, cuando le tomó la mano, lo hizo con una delicadeza que le apretó el corazón.

—Te amo, Anna.

—No tengo ninguna duda sobre eso. 

—Non, pero... —Remy frunció el ceño y negó con la cabeza—. Non, escucha. Escúchame bien.

Anna dejó de sonreír por un instante, conmovida por la seriedad con la que intentaba hacerse entender.

—Te escucho.

Remy le apretó suavemente los dedos.

—Te amo.

—Lo dejaste claro, cariño.

Él pareció satisfecho durante un segundo, pero enseguida volvió a negar con la cabeza.

—Non, non, es que no entiendes.

Ella apretó los labios para evitar reirse

—Entonces explícamelo.

Remy se llevó la mano de ella al pecho y la apoyó sobre su corazón. Debajo de su palma, podía sentir sus latidos firmes. 

—De verdad te amo. De verdad, Anna Marie. Tú... —Se detuvo, buscando las palabras. Su expresión se volvió casi angustiada por no conseguir expresarse como quería—. Tú eres lo mejor que me ha pasado en la vida.

Anna sintió que algo se le cerraba alrededor de la garganta. Remy continuó, acariciándole los nudillos con el pulgar.

—Yo sé que no soy perfecto. Sé que a veces hago tonterías. Muchas locuras. Y que a veces te preocupo demasiado. Pero tú me aceptas y me quieres. —Su mirada adquirió un brillo cristalino mientras sonreía —. Tú me quieres de verdad.

Ella tuvo que apartar la mirada un instante para controlar la emoción que le llenaba el pecho.

—Por supuesto que te quiero, Remy.

—¿Qué has dicho?

La había escuchado, pero quería oírlo de nuevo.

—Que te quiero.

Él sonrió con los ojos entrecerrados y la observó durante unos segundos, como si aquello fuera lo mejor que había escuchado en toda la noche.

—Yo no sé qué hice para tener tanta suerte —soltó una pequeña risa, aunque su voz se volvió más suave—. No sé cómo conseguí que me quisieras a pesar de todos mi errores del pasado. Pero soy el hombre más afortunado del mundo porque tú estás conmigo.

Anna volvió a mirarlo. Remy parecía estar haciendo un esfuerzo enorme por mantener los ojos abiertos. El alcohol lo estaba venciendo y, aun así, seguía empeñado en explicarle algo que, para él, resultaba demasiado importante como para dejarlo sin decir.

—Me elegiste —murmuró—. De entre todos los hombres que pudiste haber elegido, me elegiste a mí. Te casaste conmigo. Ahora duermes conmigo todas las noches. Incluso cuando creí que iba a perderte y que todo entre nosotros había terminado... al final me seguiste eligiendo. Antes, este lugar se sentía tan vacío, y ahora, cuando entro, estás aquí. Ahora sé que tengo un hogar al cual regresar.

Su voz se quebró ligeramente en la última frase. Anna sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Su amor nunca había estado en duda, de eso estaba completamente segura. Simplemente había una intimidad compartida que sabía que cientos de miles de personas desearían poder tener con alguien más. Después de años de conflictos, tragedias, batallas internas y externas, ambos habían decidido permanecer juntos. Ella conocía al hombre que se escondía detrás de las sonrisas traviesas, de los comentarios ingeniosos y de aquella confianza aparentemente inquebrantable. Conocía sus miedos, las heridas que llevaba consigo y la dificultad que a veces tenía para creer que merecía todo lo bueno que la vida le había dado. Sabía que, incluso después de todos aquellos años juntos, Remy todavía se maravillaba de que ella lo amara.

Le acarició el rostro con ambas manos.

—¿Es que nunca escuchas, terco? Ya te lo había dicho antes: tú eres lo más importante del mundo para mí. Y estoy exactamente donde se supone que debo estar, a tu lado.

Él le sonrió, sintiéndose en paz con esa conversación.

—Je t'aime, mon amour —susurró, pronunciando las palabras con una inmensa dulzura.

Sintiendo que el corazón se le ablandaba, Anna se inclinó y le besó la frente, dejando los labios allí unos segundos.

—Yo también te amo, mi vida. Más de lo que puedes imaginar. No tienes que preguntarte por qué te elegí. Te elegí porque te amo, Remy. Porque eres el hombre con el que quiero compartir mi vida, incluso cuando me vuelves loca. No cambiaría nada de lo que tenemos.

Ella le acarició el cabello, peinándolo suavemente con los dedos. Remy cerró los ojos, disfrutando del contacto, como si aquellas palabras le hubieran dado permiso para dejar de luchar contra el sueño.

—Ahora tienes que dormir, cariño. Mañana vas a despertar con una resaca de muerte.

Él abrió un ojo.

—¿Tú crees?

Anna se echó a reír.

—Probablemente vas a jurar que jamás volverás a beber whisky en toda tu vida.

—Nah.

—La última vez que acabaste así, dijiste que ibas a beber solamente agua durante el resto de tu vida.

Remy se quedó pensativo.

—Eso parece una decisión muy inteligente.

Anna soltó una carcajada.

—Estoy segura de que mañana te seguirá pareciendo una excelente idea.

Él se acomodó contra ella, aferrándose más a su cintura. Su cuerpo se relajó poco a poco, aunque todavía parecía tener algo que decir.

—Anna...

—¿Sí, dulzura?

—Te amo muchísimo.

—Está bien, ya fue suficiente, cariño, hora de dormir

Él la abrazó con más fuerza, escondiendo su rostro en sus pechos. Anna le acarició la nuca y sintió cómo su respiración se volvía más lenta. Por un momento, creyó que finalmente se había quedado dormido. Entonces volvió a escuchar su voz, suave y adormilada.

—Te amo más que a nada, más que a nadie.

—Más te vale —dijo ella en tono divertido.

Remy respiró profundamente.

—Más que a mi propia vida.

Aquellas palabras la conmovieron tanto que sintió una cosquilleo extraño en el pecho. Acarició su espalda y apoyó la mejilla sobre su cabeza, envolviéndolo en el calor de su cuerpo. 

—Entonces cuida de esa vida, porque ahora también me pertenece a mí. Quiero que vivas muchos años conmigo. Quiero que regreses a casa sano y salvo y que sigamos compartiendo muchas noches como esta. Quiero envejecer contigo, Ojos oscuros. Quiero que siempre regreses a mi lado, incluso si me despiertas en mitad de la noche porque no sabes quitarte los pantalones después de beber con Logan.

Remy soltó una risita contra su pecho.

—Eso fue difícil. Los pantalones estaban conspirando contra mí.

Anna tuvo que morderse el labio para no reírse demasiado fuerte. Él levantó un poco la cabeza y la miró con una expresión profundamente enamorada.

—Eres la mejor esposa del mundo.

Anna le acarició la mejilla.

—Y en este momento, tú eres el marido más borracho del mundo.

Remy sonrió.

—Pero te amo.

—Ya me lo dijiste... varias veces. 

Ella se inclinó para darle un último beso en los labios.

—Y yo te amo a ti.

Él la miró durante unos segundos, como si intentara guardar aquellas palabras en algún lugar de su memoria. Después sonrió y volvió a esconderse en su pecho. Respiró profundamente y volvió a murmurar algo en francés cajún, con la voz tan baja que ella apenas consiguió distinguir las palabras. Anna no entendió la frase, pero la manera en que él la pronunció, con su aliento rozando su piel y un brazo firmemente alrededor de su cintura, le pareció tan dulce que sonrió conmovida.

—Ojalá pudiera entender todo lo que me dices cuando hablas así.

Remy soltó una pequeña risita contra su piel.

—Un jour, chère...

—Eso espero. Ahora deja de hablar y descansa.

—Oui, madame.

Anna apagó la lámpara de noche. Lucifer levantó brevemente por el cambio de luz, pero al comprobar que todo había vuelto a quedar en silencio, se acurrucó junto a la almohada. Figaro y Oliver ni siquiera notaron el cambio. Los tres volvieron a dormir tranquilamente, como si aquella pequeña tormenta nocturna nunca hubiera ocurrido.

El dormitorio del penthouse quedó sumido en una profunda calma. A esa altura, las ventanas estaban completamente selladas y el ruido exterior de la ciudad era inexistente; todo permanecía en un silencio absoluto. Sin embargo, las luces de los edificios de Nueva York se las arreglaban para colarse por el mínimo espacio de las largas y gruesas cortinas del cuarto, dibujando líneas tenues en la habitación.

Anna se acomodó entre las sábanas y atrajo a Remy hacia ella. Él se acurrucó inmediatamente contra su cuerpo, depositó un beso en el centro de su pecho, justo entre sus senos. Ella sonrió en la oscuridad y le acarició la espalda con movimientos lentos y tranquilizadores.

—Buenas noches, Remy.

—Bonne nuit, chère.

Después añadió algo más en francés cajún, tan suave y arrastrado que ella no consiguió entenderlo. Sin embargo, el tono de su voz era tan cariñoso que Anna sintió ganas de abrazarlo todavía más fuerte. Le acarició la nuca y besó su cabello.

Pasaron unos segundos.

—Anna...

Ella dio un largo suspiro, divertida.

—¿Qué ocurre ahora?

—Te amo.

Anna dejó escapar una risa suave y lo abrazó más fuerte.

—Sí, ya lo dejaste muy claro, Remy. Ahora tienes que dormir.

Esta vez no añadió nada más. Su respiración se volvió profunda y regular, y los músculos de su cuerpo se relajaron por completo. En cuestión de minutos se quedó dormido, todavía aferrado a ella como si, incluso en sueños, necesitara asegurarse de que su esposa estaba a su lado.

Anna permaneció despierta un rato, acariciándole el cabello y escuchando su respiración. De vez en cuando Remy se movía ligeramente, buscando una posición más cómoda, y ella lo acomodaba entre sus brazos sin despertarlo.

Sonrió al recordar su convencimiento de que había derrotado a Logan en una competición de whisky. Mañana tendría que lidiar con una resaca terrible. Probablemente intentaría convencerla de que no había bebido tanto, y Anna estaba deseando que amaneciera solo para verlo intentarlo.

Anna estaba deseando escucharlo de nuevo. Le besó la frente una última vez y apoyó la cabeza sobre la almohada.

—Yo tampoco puedo evitar amarte todo el tiempo —susurró.

Cerró los ojos y lo abrazó contra su pecho. Remy descansó el resto de la noche en los brazos de la mujer que amaba, completamente ajeno al mundo y convencido, incluso en sueños, de que era el hombre más afortunado de la Tierra, o mejor aún, del universo entero.

Notes:

Para ubicar la historia en la cronología de los cómics, estos eventos se sitúan justo después de la luna de miel. Mientras Remy y Anna vivían aventuras en el espacio, Scott y Logan se establecieron formalmente como los líderes de los X-Men antes de que diera inicio la era de Krakoa (Uncanny X-Men Vol. 5 #12).

En mi headcanon, al enterarse de que Logan estaba vivo, Remy lo contactó de inmediato, justo después de que Rogue y él regresaran de su secuestro en Nueva Orleans al final de Mr. and Mrs. X #12.

Logan, por supuesto respondió de inmediato y tuvieron un emotivo reencuentro. Siempre los he visto a ambos como amigos muy íntimos. Realmente fue una noche hermosa para Remy: logró reencontrarse con su mejor amigo y terminó la noche quedándose dormido en los brazos de la mujer de su vida.

Por supuesto, los lectores de cómics sabrán que reusé un diálogo que Rogue dice en Mr. and Mrs. X #11. Justo cuando ella le recuerda que ya le había dicho esas palabras antes.

Gracias por leer!