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"Nadie me había dicho nunca que la pena se sentía tan parecida al miedo. Es un vacío suspendido, una ausencia de peso donde todo lo que antes significaba el mundo ahora se ha quedado hueco."
C.S. Lewis, A Grief Observed.
Hikaru recuerda esa escena en particular: un episodio en el que no dejó de pensar después, algo que quedó profundamente arraigado en su mente sin poder olvidarlo del todo. En ese momento simplemente actuó como creyó conveniente; no había sopesado las consecuencias ni creyó que fuera algo grave. Pero... bastó una sola mirada de Yoshiki para que llegara a intuir que lo que estaba haciendo, de alguna forma, era incorrecto.
Rememora vívidamente las sensaciones con minucioso detalle; los estímulos físicos y los olores vuelven a él con absoluta nitidez. El clima de verano le pegaba la camisa a la espalda y lo sofocaba; la sensación del sudor escurriendo por su cuerpo era algo a lo que todavía no lograba acostumbrarse. Recuerda la noche en su punto más álgido, pintando el cielo con vastas estrellas que titilaban tenuemente en la inmensa negrura infinita, mientras una brisa acariciaba con suavidad su piel; el olor penetrante y terroso del suelo, la sutil descomposición y la resina seca de las cabañas afuera del pueblo, fusionadas con el aroma silvestre y fresco del bosque que cubría toda la zona.
Yoshiki lo miraba aterrado. Tenía los ojos desorbitados, fijos sobre él, con las pupilas temblorosas moviéndose de forma errática; pero también recuerda su piel nacarada brillando bajo la tenue luz de la luna, viéndose tan pura y suave a pesar del sudor frío que la envolvía.
El ambiente entre ellos y el cuerpo inconsciente de Asako era tan abrumador que casi parecía materializarse en el aire, robándoles el aliento, roto solo por el herratico sonido ensordecedor de las cigarras que taladraban sus oídos cubriendo todo el ambiente como un ruido de fondo que jamás amaina.
Recuerda su conversación, confusa y errática; jamás había visto al pelinegro tan furioso ni tan temeroso de él, jamás lo suficiente como para mostrar ese grado de espanto en su rostro.
—Creo que ella lo sabe. No quise...
Respondió con palabras en apariencia calmadas, pero sintiéndose inexplicablemente nervioso por la expresión del pelinegro. Sus acciones habían sido impulsivas, sin reflexionar: para él, Asako era solo un problema que debía resolver. Ella había preguntado de más y él simplemente tomó la decisión que consideró más correcta, no debía enterarse... y lo había hecho.
—¿No quisiste qué?
La mirada de Yoshiki estaba desencajada. El sudor frío le perlaba la frente mientras intentaba procesar lo que estuvo a punto de pasar, lo que Hikaru había estado a un segundo de hacer. En ese preciso instante, un miedo fugaz y visceral lo inundó por completo, carcomiéndolo por dentro y devorando su razón. Sus palabras salían temblorosas y atropelladas, incrédulo ante la escena que presenciaba.
—Creo que no debería hacerle eso a Asako, ¿no?
Desvió la mirada hacia el suelo, abrumado por los ojos llenos de terror de Yoshiki; sin entender del todo por qué estaba mal, pero presintiendo que había hecho algo indebido, algo de lo que terminaría arrepintiéndose después.
—¿Hacerle qué? —Las palabras de Yoshiki salieron entrecortadas, ásperas contra su garganta seca y pesadas sobre su paladar, sin terminar de procesar lo que brotaba de la boca del peliblanco.
—Si ella muriera, sería triste, ¿verdad?
Aquellas palabras cayeron con un peso abrumador, resonando en lo más profundo del ser de Yoshiki. La mirada de Hikaru era serena, carente de cualquier emoción humana. Hablaba como si no sintiera la menor agitación por sus propios actos, limitándose a tantear lo que en ese momento creía que tanto molestaba al pelinegro: ese concepto del que los humanos siempre hablaban con tanto pesar, como si una persona que muere no pudiera volver jamás.
Los ojos de Yoshiki se abren como platos al escucharlo, sus pupilas se contraen por la conmoción y su mirada es dominada por la agitación mientras escuchaba las palabras tan insensibles de Hikaru.
—¿Acaso... trataste de matarla?
Su mirada estaba enloquecida, el miedo deformaba sus rasgos, sus pupilas encogidas por la sorpresa de las implicaciones. Sus palabras salieron entrecortadas y bajas, tan bajas que podían haberse perdido en la penumbra del sitio. Yoshiki seguía sin creer todavía lo que estaba por hacer el albino, sus propias respuestas basadas en lógica; él sabe que Hikaru no es un humano, lo sabe perfectamente, que no entiende muchas cosas de ellos... pero aun así no puede evitar aterrarse por ello.
De repente las náuseas lo invadieron golpeándole como un yunque; las arcadas no se hicieron esperar y, sin poder evitarlo, expulsó la bilis en fuertes y dolorosas oleadas, vaciando todo en su sistema, sintiéndose enfermo.
—¿Cómo pudiste? Es una vida humana, ¿sabes?
Hikaru lo miró fijamente, sin parpadear mientras sopesaba la réplica de Yoshiki, contestando a esta con palabras desconocidas, saliendo lentamente en su paladar, sintiéndose extrañas al pronunciarlas. Para él la vida solo es otro paso a la eterna reencarnación.
—Vida.
De su ojo ceniciento el descontrol de su ser se desbocaba, inquieto ante la tensa conversación; de su pupila carmesí emergía su verdadero yo, incapaz de comprender el arrebato del pelinegro.
—¿Acaso morir y vivir son tan diferentes? —Sus palabras estaban cargadas de confusión genuina—. ¿Vivir es más importante?
Sus preguntas eran genuina curiosidad, no había malicia en ello, solo la búsqueda del entendimiento para una criatura que siempre ayudó a llevar a las almas al ciclo interminable de la reencarnación: personas que nunca dejaron de vivir, solo dejaban sus cascarones para eventualmente tener otro, porque así funciona la vida, no es una pérdida total, solo el renacer en otro ser y tener la oportunidad de vivir el mundo en otra perspectiva.
—Yo no tengo vida. Estar muerto o estar vivo es lo mismo para mí; la muerte ni siquiera es espantosa, solamente cambias un poco de forma.
Hikaru no llegaba a entender; sus palabras eran tan frías como el hielo, indiferentes y puntiagudas al tacto, estremeciendo involuntariamente a Yoshiki. Porque a pesar de congelarlo, solo estaban cubiertas por la impasible comprensión infantil, alguien que todavía no logra comprender el precio de sus propias acciones.
—¿O sea que era mentira que no querías matarme?
Yoshiki no pudo evitar replicar. Si Hikaru estuvo dispuesto a matar a Asako, ¿qué lo eximía a él? Solo era otro problema en la compleja mente del peliblanco, y aquello lo dejó con un apretón en el pecho, robándole el aliento y mareándolo.
—¡No!, ¡no era mentira! Tú... tú eres especial —Hikaru replicó con vehemencia.
No entiende por qué, no logra empatizar con las palabras de Yoshiki, no comprende las emociones detrás del acto. Aun así él sabe, en el fondo de su mente, que esto es distinto, que no es lo mismo. ¿Pero por qué? ¿Por qué es distinto que «muera» Yoshiki a los demás? Él seguiría vivo y su cálida alma, tan deslumbrante como el sol, estaría con él toda la vida. Y, aun así, no puede evitar que una sensación amarga lo recorra al imaginarlo; tal vez sea que no está dispuesto a esperar hasta volver a encontrar al pelinegro en su otra vida, esperar otra vez en soledad la llegada de la persona con la que estuvo todo este tiempo.
—Si te mueres, ya no vamos a poder comer helados juntos.
Su contestación fue rápida y sin pensarlo, solo las palabras de alguien que sabe que la sensación es desagradable pero no puede expresarla con palabras adecuadas. Además dijo la verdad: si Yoshiki moría no podrían comer helados juntos nunca más, pues no tiene la certeza de en qué reencarnaría Yoshiki. Así que sí, sería una lástima perder ese placer tan mundano del mundo humano.
—¿Qué? ¿Eso era todo? ¿Nada más?—Incrédulo ante la simple confesión de Hikaru, Yoshiki no podía creer todavía que una acción tan simple fuera motivo de su propia vida.
—¡¡Eso vale también para Asako!! ¡Te estás contradiciendo! —Se cubrió la cara con la mano, abrumado por todo aquello. Si solo esa era la razón, ¿por qué no piensa lo mismo con los demás? No tiene sentido. Sus siguientes palabras sellaron el silencio como una sentencia, cargadas de una dolorosa verdad—: ¡¡Ni siquiera puedes comprender la vida!!, ¿¡qué me hace especial a mí!?
Yoshiki no lo entendía, y jamás entendería el pensamiento de una criatura inhumana y sus acciones; pero en el fondo solo quería saber por qué él era distinto. ¿Acaso eran los propios recuerdos de su amigo hablando? ¿El deseo de él? ¿Una respuesta automática que llega en base a los recuerdos de alguien más? Él trata de entenderlo, pero no sabe si esta criatura está respondiendo por sí misma o es solo un reflejo involuntario de la piel.
Hikaru solo lo observó, sumido en sus propios pensamientos no dichos. Para él la vida cambia, sí, pero el alma permanece en el mundo, otro punto más en la compleja red de la existencia. Y, aun así, algo inexplicable en él no quiere que Yoshiki muera. Pero... ¿acaso es algo que él mismo está pensando? ¿O es algo que su recipiente piensa y él solo lo manifiesta, dejándose influenciar por esos mismos recuerdos? No logra entenderlo, no todavía por lo menos; y eso, eso lo está carcomiendo por completo.
.......
.....
Ese recuerdo llegó a él como un rayo, rápido y letal, mientras contemplaba el cuerpo maltrecho de Yoshiki.
Sus propios pensamientos quemándole como ácido, corroyéndolo por dentro de la manera más horrible; su forma descomponiéndose, fluctuante en la cáscara que habita, desprendiéndose en un costado de él mientras trata de agarrar aliento. Sus propios actos golpeándole con fuerza, pues como si el mismo destino quisiera jugarle una mala pasada, se manifestó en el peor momento posible.
El ambiente era completamente desolador.
La aldea había desaparecido por completo: el lugar, la vida y los recuerdos de las personas que la habitaban borrándose de la existencia misma como un recuerdo lejano que desaparecerá con el tiempo, siendo olvidada por las personas hasta eliminarla por completo de la historia, quedando solo más que un mito, una tragedia sin precedentes.
El paraje quedó completamente asolado, sin nadie a la vista más que ellos dos. Era grotesco, un círculo de nada. De noche —igual que aquella vez—; la negrura del vasto cielo parecia tragar todo el ambiente y, como si supiera el desastre que pasó, no hay ni una sola estrella, ni una sola luz de esperanza, ni un astro que ilumine el camino de los caídos, solo un mar de tinta negra que se derramaba sobre ellos.
El olor de la resina y la frescura silvestre siempre presente del bosque quedó relegada a segundo plano, opacada por el olor a ozono impregnada como un humo denso. El silencio era sepulcral, ni una sola alma se escuchaba en el lugar, ni siquiera las cigarras siempre presentes en este pueblo se oían; el único sonido que rompía la quietud del ambiente eran los sollozos húmedos y la débil respiración de una persona que está dando su último aliento.
El clima era fresco, meciendo sus cuerpos maltrechos suavemente; pero aun así, para Hikaru ese tiempo tan agradable se sentía frígido, picando su piel como miles de agujas retorcidas, congelando sus extremidades y robándole el aliento.
Sostenía suavemente a Yoshiki entre sus brazos, como una frágil muñeca de porcelana que en cualquier momento se desvanecería. Su cuerpo siempre saludable y tranquilo ahora estaba atravesado por un gran trozo de madera que recorría todo su costado, enterrado tan profundamente en él como un árbol echando raíces; su pierna había quedado cercenada por el peso de la casa y, debajo de ellos, un charco carmesí cubría el suelo, donde la esencia misma de Yoshiki se desparramaba, cubriendo el polvoriento suelo con su propia virtud: una escena tan desgarradora de la que Hikaru no podía apartar los ojos.
Sus palabras salieron atropelladas y agitadas, cargadas de un miedo visceral que le nublaba la mente. Soltando una oración tan simple que para él no había significado nada, hasta que lo empezó a sentir ahora mismo: el peso de ellas, la verdad detrás del sentimiento de la pérdida humana.
—Yoshiki... ¿vas a morir?
¿Esto es lo que significa «morir»? De una manera repentina, sin siquiera una razón aparente, solo un caso entre muchos otros; una devastación que le atravesaba su cuerpo como un puñal. Demasiado tarde comprendió lo que la pérdida conlleva, y no le gusta, no le gusta para nada: no quiere seguir viendo esos ojos tan oscuros como la noche misma mirándolo con ternura, transmitiendo su propio pesar; no quiere ver su rostro ceniciento ni la sangre emanando de él; no quiere ver cómo ese débil aliento se está desvaneciendo con el viento; no quiere ver nada de esto, no lo quiere.
Sus ojos no pueden contener las lágrimas que se derramaban de el, tan vastas e interminables como un eterno río de lamento, estrellándose en Yoshiki como promesas vacías, como un anhelo, como una plegaria; sus gemidos de dolor eran lo único que sus propios oídos escuchaban.
De repente, otro recuerdo lejano lo invadió. Sus ojos entrecerrados por el peso de su propia tristeza se abrieron de par en par, completamente horrorizado ante la constatación. ¡¡¡Es el castigo!!! Las palabras de la anciana que había matado sin ningún remordimiento le atronaban sus oídos, destruyendo su razón y la poca cordura que le quedaba, dejando solo un vacío tan doloroso que lo consumía, una pena que jamás llegó a sentir. Así que era eso: era su penitencia, la propia paga de sus acciones. Y ella se lo advirtió; le advirtió su propio pecado, las consecuencias de él.
Sosteniendo con ternura en sus temblorosas manos —incapaces de quedarse quietas— el rostro de Yoshiki, abrumado por sus acciones, soltó un grito tan desgarrador que le quemaba las cuerdas vocales; un grito desesperado de ayuda, un arrepentimiento que lo devoraba, plegarias continuas y cargadas de dolor:
—¡¡¡AAAAAAAAAAHHH!!!
—¡Perdón, perdón, perdón, perdón, PERDÓN!, ¡¡PERDÓN!!, ¡¡PERDÓN!!, ¡¡POR FAVOR PERDÓNAME!!, ¡¡PERDÓNAME!! ¡¡No quise hacerte esto, perdóname por favor!!
Sus alaridos llenaban el lugar, rompiendo la quietud de la noche con la cacofonía de su sufrimiento.
Hikaru nunca llegó a entender bien a los humanos, ni sus acciones, su moral o su sentir... Esto parece ser su propio karma manifestándose, por haberles arrebatado la vida tan a la ligera, como si no tuviera ningún valor.
Sin despegar la mirada de Yoshiki, de repente siente algo cálido y reconfortante que contrasta firmemente con el glacial ambiente. Sus ojos horrorizados pueden contemplar con escabroso detalle cómo aquella alma que tanto ama y considera la más hermosa de todas sale lentamente de Yoshiki: una luz cegadora que los envuelve, el olor del hogar, el olor al sol, al ámbar y al suave almizcle de su propia esencia, tan pura como el aire.
Sosteniéndola entre sus manos, presionándola con urgencia de vuelta a su dueño, presionando como si buscara detener una herida sangrante, tratando de evitar que la sangre escurriera de sus dedos, pero siendo imposible por la gravedad de ella. Esa constatación lo alarma de inmediato, el ulular de su propio desespero:
—¡El alma!, ¡el alma!, ¡¡EL ALMA!!, ¡¡EL ALMA, POR FAVOR!!, ¡¡POR FAVOR NO, NO, NO TE SALGAS, NO TE SALGAS!! ¡¡¡NO ME DEJES, YOSHIKI, NO ME DEJES!!!
Solo pedía clemencia, imploraba porque esto no fuera real, que el deceso que menospreció no se estuviera manifestando en el frío e inerte cuerpo de Yoshiki.
—M-mierda... No quiero que esto pase. ¿Qué hago? No, no... Yoshiki, Yoshiki por favor...
Su mirada estaba completamente vacía, como un muñeco al que le habían cortado los hilos; su propia voluntad desvaneciéndose al igual que la vida entre sus manos. Ese mismo vacío al que siempre tuvo miedo se manifestaba de la peor manera posible.
No quería estar solo, ya no más; no desde que lo conoció a él y entendió lo que significa amar y ser amado; no desde que se dio cuenta de que estos sentimientos que alberga por él, lejos de ser una proyección del antiguo Hikaru, una reacción a estímulos y vivencias de ellos, es algo completamente suyo, algo que le costó entender: el amor fue su propia reacción, la felicidad de estar cerca del pelinegro y, ahora, el dolor devastador que lo corroía por perderlo.
Sus últimas palabras salieron sin aliento, roncas y bajas por el maltrato de su garganta, una última penitencia, una verdad absoluta a la que había llegado hacía mucho tiempo, susurradas con una ternura abrumadora, un anhelo a la calidez del otro:
—Si tú no estás, ya nada tiene sentido. ¡¡Nada tiene sentido!!
El tiempo apremiaba y la luz en los ojos de Yoshiki se extinguía lentamente, y él se sentía tan impotente; por una vez en la vida no pudo cumplir el deseo de alguien, su propio deseo egoísta de que el otro esté con él en la eternidad, solo quedando en él el hueco que la existencia de Yoshiki dejó en su vida, como un punto de ardor en el vasto mundo de la inmortalidad: un recuerdo efímero que se desvanecerá con el tiempo, pero que él jamás olvidará; a pesar de que pasen miles de años, él siempre lo recordará.
Y, como si el destino mismo quisiera darle una oportunidad más a una criatura como él, recordó ese fragmento, aquel fragmento de existencia que le había dado a Yoshiki, una parte de sí mismo; y, sin dudarlo dos veces, de su interior sacó con desesperación esa pequeña esperanza que albergaba su ser, un último intento para salvar la vida de la única persona que ama más que su propia existencia.
Mientras miraba aquel trozo, una parte de él en su propia mano... solo rezaba para que aquel capricho salvara al pelinegro, no importa cómo; él está dispuesto a pagar las consecuencias de lo que está a punto de hacer, de lo que le está a punto de suceder a Yoshiki, porque prefiere vivir con el rencor del otro al convertirlo en algo que no es humano a perderlo para siempre.
Y esa última constatación hace que siga con su plan, introduciendo su propio ser en Yoshiki.
No hay duda, no hay ningún titubeo, solo un ser que lucha por tener a su amado en brazos una vez más.
