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A las 11:30 de la noche, el departamento olía a café recién pasado, a saúco y a esa lluvia vieja que se junta en las baldosas del balcón.
Durante todo el año, el lugar guardaba la rutina apretada de Julián: los papeles del laburo desparramados en la mesa, la remera de dormir colgada en la silla del escritorio y el silencio enorme de una cama de dos plazas que le venía quedando demasiado grande desde hacía cuatro años. Pero la noche del 31 de octubre, Julián apagaba las luces del pasillo. Limpiaba la mesa, ponía dos tazas sobre los individuales de tela y dejaba el sillón grande preparado con la manta gris que a Enzo le gustaba enroscarse en el cuello.
Habían pasado cuatro años desde el accidente. Cuatro años desde que una llamada a las cuatro de la mañana le destrozó el pecho y le arrebató al amor de su vida. Los primeros meses fueron una cueva de penumbra, culpa y noches enteras llorando en el suelo del baño, hasta que llegó aquel primer 31 de octubre. Cuando el reloj del pasillo dio las doce, Enzo simplemente apareció parado junto a la puerta del balcón, con la campera de jean gastada que Julián todavía guardaba en el placard y esa mirada tibia que siempre tenía la culpa de aflojarle las defensas.
Esa primera vez, Julián pensó que se había vuelto loco de remate. Se le tiró encima entre sollozos, queriendo abrazar un cuerpo que se sentía helado como el agua de invierno pero que sonreía con la misma ternura de siempre. Con el paso del tiempo, el milagro se volvió costumbre; la costumbre, una cita sagrada; y esa cita, el único hilo transparente que mantenía a Julián atado al mundo el resto del año.
El reloj dio las 11:59. Julián se acomodó en el borde del sillón, apretando la taza entre las manos para disimular el temblor de los dedos. El aire de la sala empezó a enfriarse despacio, con esa caricia tenue del otoño que anuncia lo imposible. La luz del velador parpadeó dos veces.
Al sonar la primera campanada de la medianoche, la sombra junto al perchero tomó cuerpo. Los contornos se armaron en tela, piel, el pelo oscuro y despeinado de siempre y esa cadena de plata fina que Julián le había regalado en su primer aniversario.
Ahí estaba Enzo.
—Seguís preparando el café demasiado amargo, mi amor —dijo Enzo con esa voz rasposa y dulce que a Julián le retumbaba en el centro del pecho.
Julián cerró los ojos un segundo, sintiendo cómo el nudo de trescientos sesenta y cuatro días se deshacía de golpe.
—Y vos seguís llegando sin avisar, descarado —murmuró Julián, sonriendo entre lágrimas mientras Enzo daba dos pasos y se sentaba a su lado.
