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Enzo tenía la costumbre de tocarse la cruz de su pecho antes de que el árbitro pitara el inicio y otra vez cuando el partido terminaba. Su beso al relicario que colgaba de su cuello era un gesto que hacía también con los ojos levantados un segundo hacia el cielo abierto del estadio.
Creía en Dios con la certeza de que las cosas tenían un orden, de que cada sacrificio cobraba sentido si uno caminaba por donde debía y de que todo lo que tenía —el honor de portar la albiceleste, la oportunidad de jugar en Europa, el orgullo de su familia, la compañía de sus amigos— le había sido dado porque había hecho las cosas bien.
El problema era que, para sí mismo, hacer las cosas bien significaba apegarse a los bordes fijos que el mundo exterior tenía trazados, y salirse de ellos sería, tal vez, decepcionar a su Dios.
Por eso lo de Julián no necesitaba explicaciones. No tenía que tenerlas. Y por eso mismo, trataba de no pensar en eso.
Igualmente, que intentara no pensar en eso no significaba que no ocurriera. Después de un tres a cero en el amistoso de la tarde, el vapor de las duchas se mezclaba con la música que De Paul había puesto a todo volumen desde sus bocinas portátiles. El morocho estaba sentado en el banco, pasándose una toalla por la nuca, y sin levantar del todo la cabeza ya sabía exactamente dónde estaba Julián. Siempre lo sabía; lo sabía en la cancha antes de levantar la vista para dirigirle un pase y lo sabía en los pasillos de los hoteles, en el comedor del predio, en la fila para subir al micro, en la pieza 33...
El cordobés estaba a tres metros, riéndose de algo que le decía Giuliano mientras se subía el cierre de su campera. Tenía sus rulos húmedos, hermosamente desordenados, y los ojos un poco achicados debido a su sonrisa. Cuando Simeone le apoyó una mano en el hombro y se inclinó para decirle algo al oído, Enzo sintió un tirón seco en la boca del estómago; le jodía de una manera absurda ver que le hablaran tan de cerca, por más que no tuviera ningún derecho a quejarse.
—¿Qué te pasa que tenés esa cara, Enzurri? —le preguntó el Cuti al pasar, dándole un manotazo en la espalda—. Ganamos, culiado, quitá la cara de orto.
—No tengo cara de nada —respondió Enzo, frunciendo el ceño mientras buscaba su musculosa en el bolso—. Estoy cansado, nomás.
Vio de reojo cómo el Cuti, al llegar al banco de al lado donde Lisandro se estaba atando los cordones, le apoyaba la mano en la nuca a Licha con una media sonrisa cómplice y le hacía una seña disimulada con la cabeza hacia donde estaba Enzo y luego señalaba a Julián. Lisandro levantó las cejas, divertido, y negó despacio, diciéndole que dejara de joder.
A Enzo la incomodidad le regresó al pecho. Últimamente le pasaba todo el tiempo: sentía que vivía arriba de un escenario con un reflector gigante apuntándole a la cara y que todos en el vestuario veían algo en él que él mismo se negaba a mirar. Cada vez que alguien tiraba un comentario por lo bajo o se reía cuando él y Julián entraban juntos a… básicamente donde sea que fueran, le agarraba un pánico tremendo como cuando soñaba que jugaba desnudo en medio de la cancha.
Se sentía obligado a calcular cada movimiento: cuántos segundos le sostenía la mirada a Julián, a qué distancia se sentaba en el sillón, qué tan rápido sacaba el brazo si se rozaban, y cuántos minutos estaban solos en la pieza que compartían. Aunque solo bastaba que otro —peor si era el cargoso de Simeone, que según veía en Twitter no se le despegaba ni un segundo— se acercara demasiado a Julián para que todo ese cuidado se le fuera al pasto.
Apenas Giuliano se dio vuelta para calzarse, Enzo ya estaba cruzando el vestuario con el termo bajo el brazo. Llegó al lado de Julián, le apoyó el mentón un segundo en el hombro —lo suficientemente breve para que fuera un código más entre compañeros y lo suficientemente lento para sentir el olor a jabón limpio en su cuello— y le tendió el mate.
—Tomá, está tibio, pero zafa —dijo Enzo.
Julián giró la cabeza. Tenía las pestañas todavía mojadas y, cuando lo miró de tan cerca, Enzo se perdió un segundo en la mirada tan quieta y atenta que tenían sus ojos grandes y brillantes; había algo tan limpio en la forma en que Julián lo miraba que a Enzo se le aflojaba el pecho, como si estar frente a él le alcanzara para quedar absuelto de cualquier falta.
A veces, cuando cada uno volvía a su club y pasaban semanas sin verse, Enzo sentía un vacío tan raro que tenía que salir con mil y un minas para sentirse distraído y tener una excusa normal, algo comprensible de lo que arrepentirse ante su Dios cuando apagaba la luz.
—Gracias, Enzo —dijo Julián en voz baja, recibiendo el mate, y sus dedos rozaron los suyos un segundo más de lo necesario.
—¿Vas a bajar a la joda o te vas a quedar durmiendo como un viejo choto? —preguntó Enzo, apoyando la cadera contra el casillero para que nadie más se le metiera en el hueco entre los dos.
Julián soltó una risa corta, bajando la mirada hacia la bombilla, y se le subió apenas el color a las mejillas.
—Voy a bajar —dijo—. Pero más tarde. Los chicos me hicieron perder una apuesta al truco ayer y me trajeron un disfraz.
Enzo arqueó una ceja, divertido.
—¿Ah, sí? ¿Y de qué te disfrazaron? Igual está bien, mirá que llevás tres años robando con el traje de araña y nadie te dice nada porque te queda fachero.
—No te puedo decir —dijo Julián, con una chispa de vergüenza divertida en la voz, como si en el fondo no le molestara en absoluto la penitencia—. Ya vas a ver. Vos no te rías, eh, que te conozco y sos re culiado.
—Yo me voy a reír toda la noche, amigo —prometió Enzo, dándole un empujón suave en el brazo, feliz de haber recuperado toda su atención—. Entonces me voy a cambiar a otra pieza yo. Te veo a la noche, Juli.
Para cuando dieron las doce y media, Enzo ya tenía tres vasos de fernet cargado encima y el humor tan aflojado que se reía de cualquier pavada.
El salón del último piso tenía las luces principales apagadas y unas lámparas violetas y naranjas apuntando hacia el techo. Habían corrido las mesas contra las paredes, y cerca de la barra el Dibu intentaba tomar de un vaso con sorbete sin sacarse la máscara inflable gigante que traía puesta.
Enzo se había puesto una camisa negra abierta hasta la mitad del pecho y unos cuernos rojos de cotillón que había revoleado a un sillón a los diez minutos. La verdad era que pocos llevaban disfraces que requirieran algún esfuerzo, y el morocho rió bajito al recordar que antes hacían concurso de disfraces donde Messi era el único juez y ahí sí, todos trataban de impresionarlo.
Estaba apoyado contra la barra junto a Nahuel, a medio metro de donde el Cuti tenía a Lisandro acorralado contra la columna, hablándole tan cerca de la boca que ni siquiera disimulaban sin importarles si los veían o no. Enzo desvió la vista hacia su vaso y tomó otro trago largo, casi puro, que le quemó la garganta.
Ya había mirado la puerta del pasillo diez veces en media hora. Tenía el teléfono en la mano, dándole vueltas sobre el mostrador, a punto de mandarle un audio a Julián para preguntarle si se había quedado dormido en la pieza de ellos, cuando estalló el griterío en la entrada.
Primero apareció el Colo vestido del zorro de Zootopia, caminando hacia atrás con el celular levantado grabando con flash, y detrás entró De Paul golpeando las palmas en el aire.
—¡Abran paso, señores, que llegó la más linda del condado! —gritó De Paul caracterizado de Diosito Borges por encima de la música.
Media selección se dio vuelta desde la pista entre silbidos. Enzo sonrió con el vaso en la mano, apoyando los codos atrás en la barra, preparándose para gastar a su mejor amigo toda la semana.
Julián entró un segundo después, empujado suavemente por Simeone desde los hombros.
Llevaba un vestido largo de una tela blanca color marfil, tan liviana y suave que se le pegaba al movimiento de las piernas a cada paso. El corte le dejaba un hombro entero y las dos clavículas al aire, sujetado del otro lado por un broche redondo de metal dorado, y tenía un cordón trenzado del mismo color ciñéndole la tela a la cintura. Le habían puesto una peluca larga de ondas castañas con reflejos miel que le caía por la espalda y le enmarcaba la cara con demasiada naturalidad, coronada por una corona fina de hojas de laurel doradas.
Alguien —seguramente el muchacho Paz— se había tomado el trabajo de pasarle polvo de oro por los párpados, sobre el hueso alto de los pómulos y en el hueco del cuello. Tenía sus grandes ojos marrones delineados apenas en las esquinas, las pestañas larguísimas y los labios húmedos de lipgloss.
Julián se frenó a dos metros de la entrada, colorado hasta el pecho, pero riéndose mientras agitaba un vaso de vodka con naranja que ya traía a la mitad desde la habitación; se notaba que había necesitado tomarse un par de tragos fuertes antes de animarse a bajar. Cuando dio una vuelta rápida porque los chicos se lo pedían a los gritos, la tela blanca voló alrededor de sus tobillos y el dorado de la piel le brilló bajo los focos tibios.
—¡Tenés que cerrar el estadio! —aplaudió Licha desde la columna—. ¡Miralo, le pasa el trapo a medio boliche!
—Te juro que si te cruzo en pedo a las tres de la mañana te pido el Instagram, no es joda —le gritó Simeone, chocándole el vaso.
Mientras tanto, Enzo había dejado de sonreír.
Él había crecido entrando a iglesias de barrio con su madre y su abuela, mirando desde los bancos de madera las figuras doradas de los altares: los rostros de las santas iluminados por las velas, sus túnicas blancas con bordes de oro y una belleza quieta y sagrada ante la que solía bajar la voz con una mezcla de respeto, admiración y temor en el pecho.
Toda su vida le habían enseñado que lo sagrado estaba allá arriba, intocable, separado del deseo de los hombres. Pero cuando Julián levantó la vista entre la gente para buscarlo —porque siempre lo buscaba a él primero— y sus ojos se encontraron a través del salón, sintió que aquella verdad no era más que una mentira.
Es que su amigo parecía una aparición de un dios —una diosa— bajado a mitad de una fiesta mundana con oro irradiando en el hueco de su cuello y en la curva de sus hombros. Y cuando el cordobés lo vio y le dedicó una sonrisa pequeña, distinta a la que les había regalado a los demás, algo cedió dentro de la cabeza de Enzo.
En ese momento, no vio a su compañero de concentración, ni a su mejor amigo, ni al pendejo con el que había crecido. No, la puta madre. Creyó ver, por primera vez en su vida, al amor de su vida.
Con el alcohol corriéndole caliente por las venas, no pudo levantar a tiempo los frenos que su mente le ponía todos los días.
Sus ojos recorrieron la línea desnuda del hombro de Julián y el reflejo dorado en su clavícula subiendo y bajando con el aire; luego se desviaron a la forma en que la seda blanca le marcaba la cintura estrecha bajo el cordón trenzado, y el moreno tuvo que apretar el vaso con fuerza para no mirar más abajo. En la cabeza se le armó la película, tan real que casi pudo sentirla en las manos: caminar hasta ahí, agarrar a Julián de la cintura delante de todos, hundirle la cara en el cuello y besarle esa boquita rosada hasta quedarse sin aire. Tener derecho a tocarlo sin contar los segundos. Despertarse en la cama de la habitación y no tener que correrse para su lado del colchón. Ese era su deseo.
Le temblaron los dedos contra el vidrio y se le apretujó el pecho. Dio medio paso hacia adelante sin darse cuenta y, enseguida, el metal helado de la cruz golpeándole la piel lo hizo parpadear, mareado.
El pánico quiso subirle por la espalda, mas el bendito alcohol le puso la excusa perfecta en la boca antes de que la culpa pudiera alcanzarlo.
Y sí, mirá lo que es, pensó Enzo, tragando saliva con el corazón golpeándole las costillas a mil por hora. Pasa que hoy parece una mina. Es que lo vistieron de diosa y está más linda que cualquiera, qué querés que haga. No soy de piedra.
El alivio le aflojó todo el cuerpo como otro trago de fernet. Si era por el disfraz, no estaba haciendo nada malo. Si Julián hoy era una chica, él tenía permiso para mirarlo como se moría por mirarlo desde hacía años.
Dejó el vaso sobre la barra con un golpe seco y cruzó el salón sin importarle quién estuviera mirando.
—¿Qué hacés ahí parado como un salame? —le dijo su amigo apenas lo tuvo enfrente, abriendo un poco los brazos para mostrarle la túnica. Tenía los ojos brillosos por el vodka y las mejillas encendidas debajo del polvo dorado—. Pensé que ya ibas a estar tirado en el piso riéndote de mí.
Enzo frenó tan cerca que el roce de su pantalón movió el borde blanco del vestido.
—No me da risa —dijo con voz ronca.
Sin mirar a los costados para ver si algún chusma los estaba observando, Enzo levantó la mano derecha y enganchó con dos dedos un mechón largo de ondas castañas que le caía a Julián sobre el pómulo. Lo llevó despacio hacia atrás para acomodárselo detrás de la oreja y, en lugar de sacar la mano, dejó que el pulgar le acariciara el hueso de la mejilla, justo sobre la piel tibia manchada de oro.
Al mayor se le cortó la risa; entreabrió los labios, respirando un poco más rápido, y levantó la vista hacia él sin atinar a moverse. Sin embargo, esta vez el morocho no corrió los ojos; al contrario, bajó el pulgar medio centímetro más hasta rozarle el borde húmedo del labio inferior.
—Se fueron al carajo con lo que te hicieron —murmuró el tatuado, inclinándose tanto hacia él que sintió el olor dulce del perfume que le habían puesto mezclado con el alcohol de su aliento. Posta se habían ido al carajo, pero... no en el mal sentido. Al menos él no se iba a quejar—. Parecés una diosa de verdad, Juli. No te puedo dejar de mirar, te juro.
El dios frente a él tragó saliva, con las pupilas dilatadas, incapaz de dar un paso atrás.
—Fue idea del Cuti y del Colo —murmuró, casi tropezando con las palabras—. Si no me lo ponía tenía que pagar el asado de todo el plantel.
—Dejate eso puesto toda la noche que el asado lo pago yo —dijo Enzo.
Le apoyó la mano en la cintura, justo donde la tela se hundía sobre su cadera, y lo guió hacia el rincón de los sillones cerca del ventanal.
La primera hora se les pasó volando entre risas tontas y vasos compartidos. Enzo le fue a buscar otro vodka con naranja a la barra para que Julián no tuviera que caminar con la túnica larga, lo gastó un rato intentando ponerle sus cuernos rojos de plástico arriba de la corona de laurel y, cuando el broche dorado del hombro amenazó con abrirse, se le paró bien de frente para prendérselo bien, tardando el doble de lo necesario mientras le rozaba la clavícula con los nudillos.
Julián estaba radiante. ¿Cómo no iba a estarlo, si llevaba años guardándose lo que sentía porque sabía que no, y de repente Enzo lo tocaba como si fuera algo sagrado que le pertenecía solo a él? Se reía fuerte contra el hombro de su amigo cuando la música no los dejaba escucharse, se dejaba rodear la cintura sin apartarse y cada tanto apoyaba la palma abierta sobre el pecho de Enzo para mantener el equilibrio, quedándose un segundo más ahí, donde el corazón del morocho latía acelerado debajo del colgante.
Pasada la una y media, a medida que el salón se llenaba de humo y subían los tragos, los gestos del menor empezaron a volverse más insistentes.
Ya no estaban hablando de boludeces ni se reían de los que bailaban en el medio, ni siquiera dijeron nada cuando el Colo y Nico empezaron a comerse y todos los demás estallaron en gritos. Enzo lo había ido corriendo sin darse cuenta hasta dejarlo contra la cortina pesada del ventanal, con el cuerpo medio volcado encima del suyo y una pierna metida apenas entre los pliegues blancos del vestido. Mientras le hablaba al oído, tenía la mano libre enredada en las ondas largas de la peluca que caían sobre el pecho de Julián, acariciando el pelo sintético una y otra vez como si no pudiera soltarlo.
—No sabés lo que sos con este pelo, arañita —murmuró Enzo pegado a su oreja, hundiendo la nariz un segundo en el mechón castaño—. Te queda de diez. Parecés una muñequita, viste.
El dios falso, que tenía la nuca apoyada contra el vidrio frío, dejó de reírse. Bajó la vista hacia los dedos del morocho enredados en las puntas teñidas.
—Che —dijo Julián, con la lengua un poco trabada por el alcohol, pero los ojos de repente muy quietos—. Estás re pesado con eso. Es falsa, ¿sabé'?
Enzo soltó una risa baja, encantado, sin registrar el cambio en su voz, y bajó la mano desde la peluca por toda la línea del cuello hasta volver a cerrarla con fuerza sobre su cintura.
—Y bueno, es que mirá lo que sos hoy, Juli —le refutó, mirándolo de arriba abajo con los ojos brillándole de calentura—. Te tendrías que vestir así más seguido, te juro por Dios. Mirá si me voy a despegar de vos un segundo si estás así.
A Julián se le borró la sonrisa de a poco, bajó el brazo que tenía apoyado en el respaldo del sillón y sus dedos apretaron el vaso vacío. Cada vez que el morocho volvía a subir la mano para tocarle los rulos largos de plástico, Julián corría apenas el mentón hacia atrás, incómodo con el peso del cuerpo de Enzo apretándolo contra la cortina.
Justo en ese momento pasaron Licha y el Cuti abrazados por los hombros rumbo a la salida del balcón. Lisandro los vio pegados contra el ventanal —con Enzo prácticamente encima de Julián y su mano hundida en la cintura del otro—, frenó en seco y soltó una carcajada.
—¡Bueee, loco, consíganse una pieza ustedes dos o vayan a la que ya tienen! —gritó Licha, señalándolos con la botella—. ¡No se despegaron ni para respirar en toda la noche! ¡Hacen una pareja hermosa, hermano, cásense de una vez y déjense de joder!
El Cuti se rió al lado suyo, chocando el hombro de Lisandro con complicidad.
En cualquier otro día, ese comentario frente a los demás habría hecho que Enzo saltara hacia atrás como si se hubiera quemado. No obstante, esa noche, escuchar que hacían una pareja hermosa le disparó en el pecho un escalofrío de emoción. Con el alcohol en la sangre y el vestido blanco entre sus dedos, su fantasía tenía coartada para existir a la vista de todos. Apretó la cadera de Julián para pegarlo más a su cuerpo y se quedó sonriendo como un idiota, con la cara encendida, mirando al mayor como si esperara que él también se riera.
Julián apenas curvó los labios para cumplir con sus amigos hasta que siguieron de largo, agarrados de la mano.
Pero cuando Enzo bajó la cabeza buscando el calor de su cuello otra vez, Julián le apoyó una mano en el pecho, justo encima de la camisa abierta, y lo frenó en seco.
Enzo levantó la vista, mareado y descolocado, todavía con la sonrisa a medio borrar en la boca.
Julián lo miraba desde abajo sin rastro de la embriaguez dulce de hacía una hora. Bajó los ojos un segundo hacia la mano de Enzo que le apretaba el vestido en la cintura, después miró el mechón de la peluca que tenía sobre el hombro y, sin decir una palabra, dio un paso al costado para salirse de entre sus brazos y se fue caminando hacia el pasillo, dejando a Enzo apoyado solo contra la cortina.
Para las tres y media de la mañana el salón había quedado casi a oscuras, con música lenta sonando bajito al fondo y tres o cuatro compañeros cabeceando de sueño en los sillones.
Enzo todavía tenía el mareo tibio del alcohol dándole vueltas detrás de la frente cuando empujó la puerta corrediza de la terraza lateral. Había ido al baño a mojarse la jeta y, al salir, no había encontrado a Julián por ningún lado.
El aire de afuera estaba helado, y la terraza daba hacia las canchas de entrenamiento del predio hundidas en la oscuridad. Julián estaba parado al fondo, apoyado de espaldas contra la baranda de hierro.
Arriba de una silla de jardín, a un paso suyo, estaban tiradas la peluca y la corona de hojas de laurel. Julián tenía otra vez su pelo corto de siempre, húmedo de transpiración en la nuca y medio revuelto por el viento, aunque todavía llevaba puesto el vestido blanco y conservaba el maquillaje corrido en los párpados y sobre el resto de su piel.
Enzo se detuvo en seco apenas cerró la puerta. Verlo así, con el vestido de toda la noche pero despojado de la ilusión femenina, le revolvió el estómago de forma repentina.
Caminó despacio hasta la baranda, tratando de que no se le notara que las piernas le pesaban por el fernet.
—Che, está helado acá afuera —dijo el moreno en voz baja, metiéndose las manos en los bolsillos—. Tenés los hombros re fríos, Juli. Vamos a nuestra pieza que te vas a enfermar.
Julián no se movió. Tenía un vaso de agua por la mitad apoyado en la baranda y miraba hacia las canchas oscuras.
—Andá vos si querés —dijo Julián arrastrando un poco la voz por el cansancio y el alcohol que todavía tenía encima—. Yo subo en un rato.
—Ni en pedo te dejo acá solo a esta hora —Enzo se acercó otro paso hasta rozarle el brazo desnudo con la manga de su camisa—. Dale, vamos a dormir que mañana a las diez salen las combis.
Julián se pasó el dorso de la mano por el pómulo, llevándose sin querer un rastro de polvo dorado en la piel.
—Yo me voy a las ocho y media con Cuti y con Giu —dijo Julián—. Salimos en el primer vuelo para Madrid.
Enzo frunció el ceño, descolocado.
—¿A las ocho y media? No me dijiste nada.
—Te lo dije tres veces hoy, justo antes del partido.
Enzo abrió la boca, la volvió a cerrar y soltó un suspiro pesado, apoyando la cadera en la baranda para quedar enfrentado a él. Estiró la mano fuera del bolsillo y le tocó el hombro desnudo con su pulgar, buscando volver a ese lugar feliz en el que habían estado adentro.
—Bueno, perdón, tenía la cabeza en cualquier lado con el partido —dijo suavemente—. ¿Qué pasó que te escapaste así de golpe? Adentro estábamos re bien y te fuiste de la nada.
Julián giró la cabeza para mirarlo.
Sin la peluca tapándole la cara y bajo el resplandor que salía del pasillo interior, el delineado y la sombra dorada hacían que sus ojos parecieran todavía más grandes, tan brillantes, clavados directo en Enzo sin filtro alguno.
—¿Por qué me trataste así toda la noche? —preguntó sin rodeos.
A Enzo se le tensó el cuello. Soltó una risa corta por la nariz, intentando apoyarse en la complicidad de siempre.
—¿Así cómo, arañita? Estábamos en pedo pasándola bien, nada más. ¿Qué querés que haga si caíste vestido como una diosa y eras el más lindo de toda la fiesta? No te podés enojar porque te cuidé un poco.
Julián bajó la vista hacia la mano de Enzo apoyada sobre su clavícula. Después miró la silla de hierro donde las ondas castañas de la peluca brillaban en la penumbra, y volvió a levantar los ojos hacia él. Le tembló apenas el labio inferior antes de hablar, pero no corrió la mirada.
—¿Te gusto así —preguntó Julián en un susurro ronco, señalándose el pecho con dos dedos— o te gusto solamente así?
El viento frío de la madrugada movió los pliegues del vestido contra las zapatillas de Enzo, dejándolo sin aire.
La mano que tenía sobre el hombro de Julián se quedó dura, congelada a mitad de la caricia. El castaño lo miraba como lo había mirado otras veces, en momentos que Enzo llevaba años fingiendo no entender, solo que esta vez no había ninguna manera de hacerse el boludo.
Julián quería saber si Enzo lo deseaba. A él.
Estaba ahí, a veinte centímetros de su cara, sin peluca, sin corona, con sus rulos cortos desordenados y los ojos húmedos esperando una sola palabra. Y le dio un terror tan grande entender que le daba exactamente igual el largo de su pelo; no importaba nada más que ahí estaba Julián ahora, con su cara de nene bueno y la boca entreabierta por el frío, y él se moría de ganas de agarrarlo de la nuca, meterlo entre sus brazos, llevarlo a su pieza y besarlo hasta que saliera el sol.
Pero decirlo en voz alta significaría quedarse sin excusa: admitir que nunca había sido por el disfraz y que todo lo que tenía armado en su cabeza sobre quién era ante Dios, ante su familia y ante sí mismo se acababa de hacer pedazos. Porque no era una fantasía que pudiera dejar atrás al amanecer, no, era Julián.
Y Enzo, que en la cancha era el mediocampista más valiente de la Argentina, cuando se trataba de jugársela en lo que era aún más importante, no era más que un cobarde. Sacó la mano del hombro del cordobés como si la piel le quemara y dio un paso atrás, chocando la espalda contra la baranda.
—¿Qué decís, Juli? —soltó Enzo, con la voz rota y demasiado alta, desviando los ojos rápido hacia la puerta del salón por pánico a que alguien los estuviera escuchando—. Mirá el planteo que me venís a hacer. Estamos los dos re en pedo, hermano, fue una joda por el disfraz de Halloween y vos ya te armaste cualquiera.
Le ardía la garganta al decirlo y quiso morderse la lengua apenas vio cómo Julián cerró un segundo los ojos al escucharlo, pero no supo parar. Necesitaba que Julián se riera, que lo empujara, que le dijera sí, boludo, tenés razón para que los dos pudieran volver a esconderse donde estaban a salvo.
El mayor simplemente lo miró un instante más, con los ojos cargados de tristeza, y bajó los hombros despacio, como si acabara de soltar una soga que venía sosteniendo él solo desde hacía demasiado tiempo.
—Claro —murmuró.
Se dio vuelta hacia la silla de hierro, levantó la peluca y la corona dorada con una mano y con la otra se agarró el borde de la túnica para no pisarla.
—Mala mía, En. Tenés razón —continuó suavemente, mientras caminaba hacia la puerta—. Tomé de más y flasheé cualquiera. No me des bola.
A Enzo se le cerró el pecho de angustia. Dio un paso hacia él, estirando el brazo en el aire, pero nuevamente no tuvo el coraje para tocarlo.
—Juli, pará, vení que subimos juntos a la pieza...
—Andá tranquilo después, yo me acuesto rápido que en unas horas me pasan a buscar —Julián abrió el vidrio, lo miró por encima del hombro sin una pizca de rencor y le regaló una sonrisa chiquita que no le llegó a los ojos—. Abrigate que hace frío, Enzo.
La puerta se cerró sin hacer ruido, y Enzo se quedó de pie en el medio de la terraza oscura, con las manos vacías temblándole a los costados del pantalón. Cuando llevó los dedos hacia el cuello abierto de la camisa y apretó el relicario de oro contra el pecho, el metal estaba tan helado que, por primera vez en su vida, no le trajo ningún alivio.
Cuando Enzo abrió los ojos a las ocho y veinticinco de la mañana, la otra cama de la habitación ya estaba hecha y sin una sola arruga en la frazada.
Se sentó de golpe en el colchón, con la cabeza partiéndosele en dos por la resaca y la boca seca. El bolso deportivo de Julián ya no estaba al lado del armario, y aunque en el baño todavía quedaba un poco de olor a jabón y un algodón manchado con polvo dorado adentro del cesto, el cuarto estaba en silencio.
Enzo, bostezando por la falta de sueño (había subido a la pieza recién a las cinco menos quince y no había podido pegar un ojo por quedarse mirando cómo dormía su mejor amigo), manoteó el celular con el pulso acelerado.
Entró directo a WhatsApp, buscó una foto cualquiera que habían mandado al grupo del plantel a la madrugada del Colo durmiendo sentado con un bonete torcido y se la reenvió a Julián tratando de que los dedos no le pifiaran a las letras.
📱 juli
Tú:
mirá como terminó el colooo
Tú:
m re dormi, dnd estas ??
Tú:
perame cinco q bajo y nos tomamos unos mates antes de q salgas
Saltó de la cama, se calzó las zapatillas sin medias y se tiró un buzo gris encima de la remera sin siquiera pasarse agua por la cara. El teléfono vibró recién cuando ya estaba corriendo por el pasillo hacia las escaleras.
📱 juli
juli:
un desastre es.
juli:
ya tamos en la combi con cris y giu amigo
juli:
el chofer queria salir temprano por el transito. nos vemos la fecha que viene.
Enzo bajó los tres pisos por la escalera de dos en dos y empujó la puerta de vidrio de la entrada principal con el pecho agitado.
Afuera, la combi ya tenía el motor encendido. El Cuti estaba subiendo su valija al maletero de atrás y Julián estaba parado al pie de la puerta lateral, con el conjunto deportivo de la Selección y los auriculares colgados del cuello. Al sol de la mañana no le quedaba nada de la noche anterior: tenía la cara lavada, los rulos pegados a la frente y una marquita apenas colorada cerca del ojo derecho de haberse frotado fuerte para sacarse el delineado.
—¡Julián! —lo llamó Enzo, bajando apurado los escalones de piedra de la entrada.
Julián se dio vuelta con la mano ya apoyada en la manija de la combi. Cuando vio a Enzo venir descalzo adentro de las zapatillas y con el pelo revuelto de recién levantado, le sonrió, siempre tan manso y educado.
—Uh, te hubieras quedado durmiendo, amigo —dijo tranquilo—. Tenés una cara de resaca terrible.
Enzo frenó a medio metro suyo, respirando hondo por la boca. Quiso meter una broma, quiso apoyarle el mentón en el hombro como en el vestuario o tirarle del cordón del buzo, pero al escuchar cómo lo llamó sintió una pared invisible e intacta entre los dos.
—No me despertaste antes de bajar —dijo Enzo en voz baja, y le salió casi como un reclamo de pendejo.
—Estabas re dormido, amigo, no daba hacer ruido —Julián dio medio paso adelante, le pasó un solo brazo por encima del hombro y le dio dos palmadas cortas y prolijas en la espalda—. Cuidate en el vuelo más tarde, ¿sí?
Antes de que Enzo pudiera levantar las manos para abrazarlo de verdad, Julián ya se había separado y estaba subiendo el escalón de la combi.
—Che, avisame apenas aterrices en Madrid —pidió Enzo rápido, acercándose a la puerta abierta mientras Simeone subía por detrás—. Así a la noche te llamo un rato y...
—Sí, dale, yo te mando un mensajito cuando llegue —le contestó Julián desde el asiento, acomodándose la mochila sobre las rodillas antes de estirar el brazo para correr el portón metálico—. Buen viaje, Enzo.
Enzo se quedó parado al borde del asfalto viendo cómo la combi blanca arrancaba, doblaba por el camino de árboles y se perdía detrás de la reja del predio.
No había pasado nada, se intentó decir mientras el ruido del motor se apagaba a lo lejos. No se habían peleado, Julián le había sonreído y todo iba a volver a la normalidad cuando llegaran a Europa. Sin embargo, tenía un nudo tan duro atravesado en la garganta que apenas podía tragar.
Bajó la vista hacia sus zapatillas sobre las baldosas de piedra de la escalinata, justo por donde habían entrado del jardín la noche anterior. Enganchada en una rendija entre dos losas había quedado una hojita de plástico dorado desprendida de la corona de laurel, aplastada a la mitad por una pisada pero brillando todavía bajo el sol.
Enzo se agachó para recogerla; cerró los ojos un segundo, encandilado por el reflejo, y su mente volvió a evocar destellos de la túnica blanca cayendo de un hombro, el oro brillando sobre la piel como en un altar y a Julián mirándolo desde la otra punta del salón como si en toda la fiesta no hubiera nadie más. Se acordó también de sus ojos esperando una respuesta y de lo fácil que le había resultado arruinarlo todo con tal de no decir la verdad.
Apretó la hojita en la palma. Toda su vida había confiado en que, si hacía las cosas bien, Dios iba a cuidar de él. Por eso leía la Biblia cuando se sentía perdido, por eso buscaba la cruz cuando tenía miedo, por eso rezaba cuando no sabía qué más hacer y por eso siempre pedía perdón de corazón cuando le correspondía.
Pero ¿qué se suponía que tenía que pedirle ahora? ¿Que le sacara a Julián de la cabeza? ¿Que lo ayudara a dejar de quererlo?
¿Y por qué tendría que pedir perdón? ¿Por haber deseado besarlo, por haber sido feliz cuando lo tuvo entre sus brazos? ¿O por haberlo mirado a los ojos y haberle mentido a ese ser tan puro para no tener que admitirlo?
No sabía si Dios querría escuchar sus plegarias sobre lo que sea que sintiera por su mejor amigo. Se puso de pie y llevó su mano libre por debajo del cuello del buzo buscando por inercia el relicario de oro.
Y entonces, con la cruz apretada contra el pecho, Enzo deseó que Julián hubiera nacido mujer. Que hubiera podido mirarlo aquella noche, besarlo hasta el amanecer y volver a rezar el domingo sin sentir que había algo roto en él. Que pudiera seguir siendo su Julián, que no tuviera que cambiarle ni la risa, ni los ojos, ni esa manera tan suya de cuidarlo incluso cuando era él quien lo hacía mierda. Solo eso. Que hubiera nacido mujer. Y el pensamiento le dio tanto asco que se persignó, aunque ya no supiera si estaba pidiéndole perdón a Dios o intentando convencerse de que todavía había algo que pudiera perdonársele.
Porque Julián no había nacido mujer, y Enzo no podía seguir pidiéndole a Dios que cambiara a la persona que amaba para ahorrarse el valor de cambiar él. Por primera vez, cagado de miedo ante la duda de si podría perdonarse por quererlo así, no pudo evitar preguntarse también cuánto tiempo más iba a esconderse detrás de su fe antes de que Julián dejara de esperarlo.
