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Era un atardecer cálido de primavera. El aire venía cargado de un sutil aroma salado, probablemente arrastrado de las olas del Mediterráneo por el viento agradable. La temperatura no era fría, todo lo contrario, los últimos rayos de Sol bañaban la tierra de un calor para nada excesivo, de hecho era una temperatura idónea, ni frío ni calor. La brisa marina no golpeaba el rostro del niño, si no que depositaba con cuidado el sabor salado del mar en suaves caricias. Era un día perfecto para leer bajo el enorme manzano que crecía en el acantilado; o al menos eso creía Camus.
Camus era un pequeño niño de no más de diez años. Era un chico frío e inexpresivo, muy centrado en aquello que consideraba lo correcto. El típico niño, siempre recto y educado. Adoraba leer, en especial en francés, ya que esa era su lengua natal y aún tenía problemas con respecto al griego. Físicamente hablando, tenía el cabello por los hombros, de color aguamarina. Su piel era bastante más pálida que la de la mayoría de guerreros que habitaban el Santuario. Su mirada, su cosmos…también eran más fríos de lo que deberían ser en un joven caballero.
Sin embargo, detrás de esa fría coraza de hielo, Camus escondía un interior apasionado y fiel a sus sueños. Sus ilusiones de convertirse en uno de los más fuertes defensores de Atenea, sus pequeños oasis de lectura en los que se distanciaba de todo y de todos…como ahora, que se disponía a sentarse, leer en francés (ese idioma que tanto amaba) y ordenar sus pensamientos, sin embargo…
-¡Έλα εδώ! - Escucho más arriba de su cabeza, quizá a unos cuantos metros por encima de él. Conocía el significado de esas palabras, por mucho que su griego dejara mucho que desear. Miró hacia arriba, intentando buscar el dueño de aquella voz que maldecía entre varios “¡ven aquí!”.
Al levantar la cabeza, una fruta roja golpeó su rostro con fuerza, dejándole las facciones adoloridas. Unos metros más arriba, se escuchó un sonidito de sorpresa y remordimiento.
-¿είσαι καλά? - El joven chico abrió los ojos con expresión interrogante. No tenía ni idea de lo que había dicho el pequeño griego que estaba subido entre las ramas; o al menos suponía que era un griego por su acento tan natural. Miró hacia arriba, asombrándose ante la vista.
El muchacho tenía los cabellos de color azul, pero de un azul mucho más intenso que el suyo. Le llegaba hacia un poquito más abajo que sus hombros, y sus ojos eran capaces de sumirte en una hipnosis muy profunda. Su vivo color era delicado pero a la vez intenso, un turquesa que le cautivó. No pudo apartar la mirada de esos orbes.
-ακούει, ¿είσαι καλά? - El joven (aparentemente más joven que Camus) repitió con preocupación.
-Ehm…disculpa pero no te entiendo. - El inglés del joven de cabellos aguamarina era impecable, y por lo visto el otro comprendió en el acto, ya que se le iluminó el rostro y bajó de un salto.
-Oh, disculpa. ¿Estás bien? ¿Te he hecho daño? - Sonrió con evidente culpa en sus ojos. A Camus le dolió enormemente el simple hecho de ver unos ojos tan bonitos llenos de ese sentimiento.
-Sí, estoy bien…uhm, toma tu manzana. - Dijo el mayor, rascándose la cabeza mientras le devolvía la fruta.
-μήλο… - Sonrió con un poco de timidez y tomó aquello que le estaba tendiendo.
-Uh, “Milo”, ¿es así como se pronuncia? Ya sabes, manzana.
-¡No! Uhm, digo…sí, se pronuncia así pero no me refería a eso…”Milo” es mi nombre. - Le dio una mordida sonora a la manzana, con un sonrojo del mismo color ardiente.
-O-oh. Yo soy Camus.
-¿Cómo el licor? - Interrumpió el más joven con una sonrisa; de nuevo sonriendo ampliamente y deshaciendo la inestable coraza de Camus.
-¡S-si! Uhm, es raro, no te he visto nunca por la ciudad en ninguno de mis paseos. - Milo hecho la cabeza para un lado, ligeramente sorprendido.
-No acostumbro a estar por Rodorio, aunque sí que es cierto que vivo bastante cerca. - Ambos se miraron, buscando uno entre los ojos del otro.
-Yo vengo de muy lejos; soy francés. Quizá nos vemos algún otro día, ya que me he instalado muy cerca de Rodorio, en el Santuario. - Fue interrumpido.
-¿Vienes del Santuario? ¡Cómo yo! ¡Yo aspiro a ser el gran caballero del Ave Fénix! ¡O quizá incluso de Escorpio! - Empezó a reír. ¿Enserio el dulce chico de ojos turquesa era del Santuario?
-Yo me contentaré con la armadura del Cisne, con bronce ya me va bien.
-¡Ya se! ¡Tú serías uno de oro también! Déjame acertar… ¿Capricornio?
-Acuario. - La sorna se palpaba en su sonrisa.
-¡Casi! - Refunfuño en broma el pequeño Milo.
Después de una conversación agradable, Camus supo que el joven también era huérfano y que, en efecto, nació en Grecia, en la Isla de Milos. Se sintió aliviado…
No estaría solo en el campo de batalla.
