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Lo que necesitas es amor

Chapter 3: Érase una tienda de muebles

Summary:

Al día siguiente Roberto se lleva a su abuela a casa para limpiar. Los dos amigos se van a comprar los muebles y acaban discutiendo, pero se dan cuenta de que ningún enfado está por encima del vínculo que se está creando entre ellos.

Chapter Text

La mañana siguiente, Carlos amaneció resacoso y solo. Una arcada repentina le obligó a correr hacia el váter tal como estaba, descalzo y sin más ropa encima que unos calzoncillos. Junto con el alcohol y los ganchitos de color naranja butano, fue como si expulsara también buena parte de la pena y la tristeza que había estado intentando digerir durante mucho tiempo.

Entre espasmos fue soltando también las dudas, el miedo, la soledad; y cuando se incorporó para lavarse la cara en el lavabo, escuchó un sonido que le confirmó que era verdad, que ya no estaba solo en su ala de la mansión familiar donde su padre todavía le permitía vivir, donde solamente se cruzaba con empleados que le giraban la cara y donde ya solo quedaban recuerdos dolorosos.

En la cocina, Roberto estaba exprimiendo naranjas y discutiendo con Juan Cuesta a través de la ventana sobre no sé qué de un taladro. Carlos echó un vistazo al piso y se le cayó el alma a los pies: estaba hecho una pena, lleno de basura y con las paredes embadurnadas por completo de pintura y de otras sustancias menos comunes y mucho más sospechosas. La suciedad y el desorden eran cosas que le deprimían mucho, acostumbrado como estaba a vivir en sitios tan resplandecientes como el dinero recién salido del banco.

Roberto propuso limpiar a medias, obsesionado como estaba con su complejo de inferioridad por saberse mucho más pobre y clase media/baja, pero de ninguna manera Carlos iba a tocar una bayeta maloliente mientras fuera capaz de pagar a otra persona para hacerlo por él. Pero Roberto tuvo una idea y se fue, dejando a Carlos solo mientras desayunaba un zumito de naranja.

Mientras esperaba a Roberto, Carlos se entretuvo en regodearse en su propia miseria mirando fotos antiguas de Lucía. Entre suspiros se iba apretando el nudo que tenía en el pecho y no paraban de subirle preguntas a los labios, preguntas que jamás iban a tener respuesta porque no se veía capaz de formularlas. Roberto no había mostrado interés por Lucía, así que no tenía encima la sombra de la traición que podría alcanzarle en otras circunstancias, en un escenario hipotético en el que tanto su compañero como él tuvieran que enfrentarse y luchar por el amor de Lucía.

Un amor que, por otra parte, estaba ya comprometido con otro. Esa era la parte que más se le resistía, la que no conseguía comprender. Si Lucía y él estaban bien, habían vuelto, su vínculo se había fortalecido… Entonces se fue de vacaciones y al volver era como si nada hubiera ocurrido. Ella volvía enamorada hasta las trancas de otro, como si él hubiera sido un espejismo fugaz, o tal vez un clavo ardiendo al que agarrarse a falta de algo mejor. Se le rompía el corazón en pedazos.

Estaba a punto de llamarla por teléfono en un impulso desesperado cuando escuchó la puerta abrirse.

La solución de su compañero para la crisis de la limpieza fue la típica que solo se le podría ocurrir a él. Apareció en casa («su casa, la de ambos, los dos», pensó Carlos con turbación) con nada menos que su propia abuela, una entrañable señora de pelo blanco que a duras penas podía moverse con soltura y sin ayuda.

―Pasa, abuela. Mira, este es Carlos ―dijo Roberto.

―¿Eres gay? ―preguntó ella.

―No, abuela, ese es el primo Juanjo. Se llama Justa ―añadió dirigiéndose a Carlos.

―¿Qué hay? Encantado, doña Justa ―saludó con nerviosismo tendiéndole una mano.

Lo había visto. Ese brillo en los ojos de Roberto ante la pregunta de su abuela, la reacción que aparentaba normalidad pero que estaba ocultando una duda mucho más profunda de lo que se atrevería a reconocer.

«No, claro que no, ¿cómo va a serlo?». Su relación con Lucía fue larga y estable, y siempre había mostrado un claro interés por las mujeres. Y sin embargo, ese instante en el que se miran a los ojos y parece que quieren decirse algo para lo que no encuentran palabras le dejó más confuso todavía. «¿Será posible que a Roberto le gusten los hombres?» Carlos desechó ese pensamiento porque la manera en que le hizo sentir le puso bastante incómodo.

Intentó centrarse en las palabras de la anciana, pero no podía apartar la mirada de su compañero, que ya le estaba tendiendo la fregona y el cubo para que se hiciera cargo de poner el piso en condiciones de habitabilidad humana.

 

No las tenían todas consigo cuando los dos compañeros dejaron el piso en manos de la señora para irse a mirar muebles. La visita al centro comercial fue rápida y bastante productiva, hasta a Josemi le habían gustado los muebles escogidos. De algo tenía que servir la impecable educación estética que había recibido el ricachón durante su infancia; otra cosa igual no, pero Carlos tenía clase, de eso Roberto estaba seguro.

Lo que no tenía tan claro era qué significaba la forma en que Carlos le estuvo mirando toda la mañana, esa mezcla extraña entre sospecha y entusiasmo que tan poco frecuente era en él, especialmente en los últimos días, con el tema de Lucía tan reciente y todo eso.

―Pues yo creo que la tapicería debería ir en negro ―dijo―, está claro.

Carlos había estado de acuerdo.

―Mira esta tela ―dijo Carlos señalando el muestrario―, es una tapicería de algodón egipcio con densidad de mil hilos. Pura suavidad.

―Venga ya, hombre ―rebatió Roberto retirando el muestrario con un gesto de la mano―, a estos sofás les pega el cuero negro, rollo moderno. Ven, prueba este sillón.

Roberto se dejó caer en el asiento y dio una palmada a su lado para indicarle que se sentara a su lado.

―Como quieras, pero te advierto que es más difícil de limpiar ―cedió.

Obedeciendo, Carlos se sentó en el sillón, que a todas luces no era lo bastante ancho para ambos, teniendo en cuenta que, aunque era bastante grande, era de una sola plaza.

―Es cómodo, ¿eh? Este está de puta madre, nos lo llevamos ―decidió Roberto.

La frase le había salido espontánea, pero solo podía pensar en su costado derecho pegado completamente al cuerpo del otro, en el calor que despedía incluso a través de la ropa y en las manos de ambos, que habían quedado trabadas entre sus piernas, como si se estuvieran sosteniendo la una a la otra sin querer. En otro momento el contacto físico le habría repugnado de inmediato, pero en ese momento no solo no era así, es que le parecía agradable. La decisión de vivir juntos le pareció entonces más acertada que cuando la había tomado. Llevaba mucho tiempo sin sentirse realmente a gusto con alguien.

Carlos, sin embargo, parecía visiblemente incómodo. Estaba medio espachurrado entre su propio cuerpo y el respaldo del sillón, pero no hacía por moverse o levantarse. Se quedó ahí, quieto como un cojín, asintiendo con nerviosismo.

―Sí, muy cómodo. Apunta la referencia.

―Venga, tío, vamos a mirar los cojines ―propuso Roberto, levantándose por fin.

Pero no quería separarse del todo, estaba demasiado a gusto. Sin soltar la mano de Carlos, lo obligó a levantarse también y andar a su lado hasta la sección de accesorios textiles, la siguiente parada de su peregrinación decorativa de interiores. Les iba a quedar un piso de revista.

―Creo que deberíamos pillarlos en blanco y negro, para que no desentonen mucho. Estos de símbolos están muy guapos ―propuso mientras miraba con disgusto unos estampados de colores muy llamativos.

Carlos asintió, pero como estaba un paso por detrás, el otro no se dio cuenta.

―Venga, di algo tú, que lo estoy eligiendo yo todo ―apremió Roberto.

―Lo que digas me parece bien.

Entonces sí, Roberto se giró para mirarle con el ceño fruncido. ¿Carlos de acuerdo con él sin discutirle en nada? Ni siquiera con la depresión que tenía encima podía ser verdad. Fue al ver su gesto de reparo cuando miró hacia abajo y vio sus manos todavía unidas por dedos entrelazados que se resistían a soltarse.

―Tío, ¿qué haces? ―preguntó sintiéndose violento de pronto.

―No, qué haces tú ―repuso Carlos―, si has sido tú quien me ha dado la mano.

―Bueno, pues ya está bien, joder. Una cosa es tirar de ti a ver si espabilas de una vez, y otra…

«Otra cosa es lo bien que me siento haciéndolo, joder, y no puede ser», estuvo a punto de decir. Menos mal que se mordió la lengua a tiempo.

Carlos adoptó una expresión dolida y cruzó los brazos sobre el pecho, escondiendo las manos.

―A mí qué me cuentas, si yo solo vengo a pasar la tarjeta de crédito, ¿no? Es para lo único que sirvo, al parecer.

La había cagado. Con tal de defenderse de sus propios sentimientos había acabado hiriendo los de Carlos, y eso sí que estaba mal. Pero llegado a ese punto, tenía que seguir adelante, no podía permitirse recular y que pareciera que sí, que de verdad quería darle la mano, estar a su lado y que fuera real, ser su amigo de verdad.

Habían sido enemigos durante demasiado tiempo.

―Que no, hombre, no digas eso. Pienso pagar mi parte, tengo dinero ahorrado. Y si no, ya me buscaré la vida, joder.

Roberto se metió las manos en los bolsillos encogiéndose de hombros, a la defensiva. Era verdad que tenía un dinerillo guardado gracias a lo que había ganado vendiendo caricaturas a los guiris, pero de ninguna manera podía permitirse los alardes económicos de Carlos. No había más que mirarlos, por favor, no se podía comparar la sudadera con pelotillas que llevaba él con el jersey de cachemira de Carlos. Sencillamente estaban en ligas distintas y saberlo no dejaba de dolerle en el orgullo.

Carlos suspiró con resignación pero no cambió la postura.

―Ya sabes que no hace falta, Roberto. No me importa pagar ―dijo entre dientes.

Cogió dos de los cojines al azar, la lista de referencias y se fue directo a la caja. Roberto le siguió, protestando.

―Espera, ¡no son esos!

―Nos llevamos todo esto ―dijo Carlos haciendo caso omiso y soltándolo todo sobre el mostrador.

La dependienta compuso su mejor sonrisa de atención al cliente. Miró la lista y empezó a pasar los números al ordenador. Con cada uno le salía la imagen del mueble en cuestión.

―¿Qué, amueblando vuestro primer pisito? Os va a quedar monísimo con todo esto ―dijo por formar conversación.

Ambos se miraron como intentando decidir cuál de los dos debían contestar y qué debía decir.

―Sí, es nuestro primer piso juntos ―contestó finalmente Roberto.

―Ohh ―suspiró la cajera―, qué monos. En unos días os enviarán a casa los muebles. Espero que seáis muy felices.

―Ya veremos ―repuso Roberto.

Carlos frunció el ceño, pero pasó la tarjeta cuando la cajera se lo indicó. Cogió los cojines ya embolsados y la factura y se marchó con gesto airado.

―Gracias, señorita ―se disculpó Roberto y siguió a su compañero, que ya salía de la tienda.

La cajera volvió a suspirar y dijo para sí misma:

―Qué manía con no reconocer los sentimientos. Con lo bien que se está fuera del armario…

Lo sabía por experiencia propia.

Notes:

No prometo periodicidad ni nada, pero... Continuará.