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Enhebrando el primer hilo

Chapter 6: En la Memoria

Notes:

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Chapter Text

El momento había llegado. Era hora de sanar la zona de recolección de Erenfhest para que las cosas volvieran a la normalidad.

Rozemyne miró a Ferdinand a los ojos. ¿Porqué él nunca le había dicho que se habían conocido en estas circunstancias? Ella lo había estado pensando durante la hora de la comida y no tenía sentido… a menos que… ¿fuera a olvidarlo todo?

—Ferdinand —musitó la peliazul sin dejar de mirarlo, aprovechando que seguían sentados en una orilla alejada incluso de Eckhart y Justus.

—¿Sucede algo, todas mis diosas?

Abrió los ojos de más al escucharlo llamarla de ese modo. Su Ferdinand había comenzado a referirse a ella de esa manera hasta después de que el compromiso se hizo oficial. Su corazón se llenó de pena en ese momento y ella no pudo evitar abrazarlo.

Lo sintió dudar, regresándole el abrazo por un segundo o dos antes de tomarla de los hombros y alejarla de él con suavidad, mirándola de nuevo.

—¿Estás bien? —preguntó Ferdinand. Era obvio que estaba preocupado.

—No es nada, solo, quería aprovechar que eres un poco más bajo que yo todavía, jeje, la próxima vez que te abrace serás demasiado alto.

Él la miró con sospecha antes de suspirar y sonreírle. Ella no había mentido del todo.

—¿Lista para sanar esta zona también?

—Si, ¿cómo te sientes?

Él no contestó, evadiendo su mirada por un momento antes de mirarla de nuevo a los ojos con una sonrisa triste.

—¿No puedes quedarte un poco más después de esto? Haré todo lo que pueda por protegerte, te conseguiré una capa de Erenfhest para que podamos pasar más tiempo juntos y…

Tuvo que silenciarlo. Posó dos de sus dedos con suavidad sobre los labios de Ferdinand sintiéndose triste, negando lentamente mientras hacía un esfuerzo por que su cara no se notara tan amarga como lo que estaba sintiendo. No quería dejarlo solo. No quería que él volviera a estar solo nunca más, pero ese no era el camino que tenía por delante. Además, su yo de ese momento debía tener 2 años ya… no podía, por más que lo deseara.

—Lo lamento mucho, Ferdinand. Pero puedo prometer que volveré a encontrarte, siempre te encontraré, no importa el momento o el lugar.

Él la tomó de la mano, besándole los dedos antes de soltar un suspiro de derrota.

—Bien, confiemos el uno en el otro entonces. Estaré esperando por ti todo el tiempo que sea necesario.

Rozemyne sonrió, cerrando los ojos para tragarse las lágrimas antes de comenzar a caminar sin soltar la mano de Ferdinand en ningún momento, antes de colocarse los dos en el cetro de la zona.

—Streitkorben —murmuró Rozemyne y el bastón de Flutrane apareció entre sus manos, quedando en contacto directo con el suelo.

Ferdinand tomó el báculo también, colocando sus manos cerca de las de ella, de modo que era fácil notar el mana de ambos moviéndose entre ellos, comenzando a entrar en uno y otro en un ciclo sin fin, tal y como pasara la noche anterior al quedarse dormidos.

Ambos se miraron a los ojos con rostros serios. Ella hizo un gesto con la cabeza y él le respondió. Ambos tomaron aire y comenzaron a cantar la oración.

—Oh Flutrane, diosa del agua, sanadora y transformadora, doce diosas de su casa, escucha mi oración y concédeme el poder sagrado de curar a Gedhuld, diosa de la tierra, hermana tuya que ha sido herida por las manos de las bestias. Envía tus ondas supremas, tu pura bendición, y lléname de tus colores hasta donde sea necesario.

El mana de ambos fluía por el bastón, llenando de vida la tierra a su alrededor, iluminando el círculo mágico que ya había visto antes, cuando realizó este mismo ritual en su propio tiempo en la Academia Real. Pasto y pequeños brotes comenzaron a crecer. Los árboles fueron restaurándose poco a poco y la luz verde emanando mana del báculo seguía subiendo, drenándolos a ambos mientras los Dunkelferger los protegían, vigilando hacia afuera de la zona en un perímetro circular. Era un alivio, no tendría que darles explicaciones a ellos.

—¿Es eso normal?

Rozemyne respingó por un segundo, reajustando su agarre antes de observar a Ferdinand, quien lucía entre confundido, sorprendido y maravillado, haciéndola sonreír al identificarse.

—Lo es, parece que las zonas de recolección tienen círculos mágicos, ¿cómo te sientes?

—Creo que puedo aguantar un poco más, ¿y tú?

—Estaré bien, dejemos que el círculo reestablezca todo un poco más.

Ferdinand asintió con una pequeña sonrisa de suficiencia en los labios. Rozemyne pudo sentir como él forzaba un poco más de mana en el bastón y ella lo imitó, lanzándole una mirada de advertencia. No debían sobre esforzarse.

Para cuando el círculo mágico estaba un poco por encima de sus cabezas, Rozemyne soltó el bastón con una de sus manos, era la señal para que Ferdinand dejara de verter mana y se soltara a la vez que la ayudaba a levantar un poco el bastón para cortar la conexión con la tierra.

El círculo mágico desapareció y ella regresó su schtappe a la normalidad, antes de guardarlo.

Un vistazo a Ferdinand y notó que él estaba tan cansado como ella. Rozemyne tomó su último vial con medicina ultra amarga y bebió la mitad, luego le ofreció el vial a Ferdinand, quien no dudó en tomarlo y beberlo.

Se preguntó si el sabor del mana de Ferdinand haría la pócima un poco más agradable y tragable. Luego sacudió su cabeza, no pensaba pasar por eso otra vez, su cara no iba a soportarlo.

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La observó hacer un gesto extraño, sonrojarse y luego menear la cabeza con rapidez, como si quisiera descartar alguna imagen o idea de su mente conforme él terminaba de beber la mitad del vial con poción.

Fingió no haber visto nada. Su prometida tendía a reaccionar distinto a todas las mujeres que conocía. Magdalena lo hubiera abofeteado si él le hubiera obligado a probar comida con su mana en lugar de seguirle la corriente, para empezar, por no hablar de todo el asunto de los abrazos…

—¡Está hecho! —anunció Roz en ese momento, trayéndolo de vuelta a la realidad.

El rugido de victoria de los Dunkelferger no tardó en dejarse escuchar. Roz dio algunas otras indicaciones luego de que esa ruidosa panda de cerebros de músculo bajara un poco su euforia, recordándoles de tomar los materiales que fueran a necesitar para sus pociones. Por supuesto, Heitzitze se apresuró a organizarlos a todos en equipos para que unos buscaran en lo que otros protegían y luego invirtieran roles.

—Roz, ¿te gustaría recolectar conmigo?

Ella lo miró sorprendida, por lo que se apresuró a levantar el vial vacío frente a ella.

—Te acabaste tus pociones, hay que volver a formular para que tengas tus pociones cuando estés de regreso.

Ella pareció considerarlo un momento, aceptando antes de hacerle un gesto a Justus para que se acercara.

—Estaré recolectando un poco con Lord Ferdinand, sin embargo, me sería de utilidad si pudieran ayudarme también a buscar algunos materiales más.

La vio extraer un pequeño rollo de pergamino… que no parecía pergamino, se notaba más flexible y su color blanco era un poco antinatural. Ella anotó con rapidez algunas cosas usando Stylo y luego entregó la lista a Justus.

—¿Para que usará esto, señorita?

—Lo necesitaré para mi cabello. Espero no estar siendo demasiado egoísta por pedirles que…

—¡No! Lo haremos —respondió Ferdinand, mirando a sus dos escoltas antes de mirarla a ella con convicción—, el cabello es importante para las mujeres, así que ayudaremos a recolectar esto también para ti, ¿o no, Justus?

El adulto sonrió complacido, cruzando sus brazos y agachándose un poco en un gesto respetuoso.

—Por supuesto, mi señor, pueden contar con nosotros.

Eckhart suspiró agobiado, al parecer seguía molesto por alguna razón, al meno no estaba siendo grosero de modo alguno.

—Vayamos entonces —dijo Roz con suavidad, sonriéndole a los tres antes de mirar arriba—, los dioses podrían llamarme en cualquier momento, me gustaría dejarles suficiente poción para Ferdinand antes de que eso suceda.

Ante sus palabras, Ferdinand sintió la imperiosa necesidad de abrazarla y esconderla de todo. ¿Sería posible crear un amuleto que la escondiera de los dioses mismos? No lo sabía, pero podría averiguarlo después, seguro que Hilshur se mostraba interesada en algo como eso.

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El cielo había comenzado a oscurecerse conforme el contingente de estudiantes llegaba a la zona de miradores, lejos de las bestias fey y las zonas de recolección, deteniéndose un poco por debajo de uno de los miradores, el único vacío en esos momentos.

Justus observaba atento como la señorita formulaba con rapidez las pociones que su señor prefería y luego, sin utilizar el caldero, creaba un líquido extraño que guardó en un contenedor de madera más grande que un vial antes de guardarlo en su manga.

—Mi lady, ¿puedo preguntar qué es eso?

Ella lo miró con inocencia, justo antes de mirar arriba una vez más, sonriendo aliviada.

Los tres voltearon también, notando que no había cambio alguno en el cielo.

—Esto es lo que uso para que mi cabello sea brillante y suave. Espero que guarden el secreto de como crearlo, después de todo, en este momento es un secreto comercial.

Su señor, Eckhart y él mismo asintieron. ¿Secreto comercial? La señorita, debía admitir, estaba llena de sorpresas.

A señorita tomó aire para decir algo, cuando los Dunkelferger los rodearon, siendo Lord Heitzitze y su asistente quienes los interrumpieran en ese momento.

La joven de cabellos azules lo miró. Todo rastro de nostalgia o de sonrisas quedando pronto en el pasado. Justus podía creer que ella era, en verdad, una Aub, al menos parecía uno en ese momento y cada vez que había dado indicaciones a los Dunkelferger, como si no fuera la primera vez que trabajaba dándoles órdenes y organizándolos.

—Mi Lady —dijo Lord Heitzitze antes de arrodillarse frente a ella con los brazos en el pecho, siendo imitado por el resto de sus compañeros—, ha sido un honor y un placere protegerla y luchar a su lado. Por favor, cuide de Lord Ferdinand.

—El honor ha sido todo mío, Heitzittze. Puedes estar seguro de que cuidaré de Lord Ferdinand cuando llegue el momento. Espero que sigas siendo su amigo y le sigas brindando tu apoyo mientras tanto.

Los ojos de Lord Heitzitze estaban inusualmente brillantes ahora. Un grito de caballero salió de él en ese momento y tanto Lord Heitzitze como los demás formaron sus bestias altas para dejarlos atrás.

La señorita volvió a sonreír, haciendo una pequeña reverencia a Eckhart y luego a él, como si se hubiera olvidado de la existencia de Lord Ferdinand, quien ahora se notaba molesto y desconcertado.

—Eckhart, sé que un día serás uno de los caballeros más fuertes y diestros del ducado, por favor, no dejes de proteger a Ferdinand y apoyarlo en todo lo que puedas.

La actitud de Eckhart cambió en ese momento. Había un leve sonrojo en sus orejas y en parte de sus pómulos mientras cruzaba los brazos frente a su pecho soltando un sonoro ¡Ja!, quedando en posición de firmes.

—Justus, gracias por ser tan leal a Lord Ferdinand, espero que puedas seguir a su lado y le des todo tu apoyo con todos tus conocimientos y habilidades, va a necesitarte en los años que vienen.

—Lo haré, señorita, no tiene que pedirlo. Por favor, cuídese en su viaje y siga protegiendo a Lord Ferdinand en el futuro.

La sonrisa de la señorita era sincera y brillante. Ella nos pidió que diéramos media vuelta para dejarla despedirse de Lord Ferdinand. Ambos escoltas obedecieron sin chistar, claro que Justus, siendo de naturaleza tan curiosa no pudo evitar voltear un momento, encontrando a Lord Ferdinand enredado con ella en un abrazo apretado.

La señorita besó a Lord Ferdinand antes de comenzar a murmurarle al oído una oración. Justus se sorprendió al notar la cantidad de luces de colores que salían del anillo de la joven, lloviendo sobre Lord Ferdinand, sobre él y sobre Eckhart. Una sensación cálida envolvió el corazón de Justus, que nunca había recibido antes una bendición tan grande.

—Recuerda comer y descansar adecuadamente, Ferdinand —escuchó que decía la señorita, sacándole una sonrisa divertida a Justus.

—Lo haré, no te preocupes —respondió su señor, besándola en la frente y sonriendo divertido ante el fuerte sonrojo que surcaba ahora el rostro de la señorita—, tú ten cuidado con tus expresiones y tus palabras, no quiero que vayas por ahí enamorando a otros hombres.

—¿Qué? ¡pero yo no…!

—Eres una desvergonzada, digas lo que digas —la amonestó Lord Ferdinand todavía sonriendo.

Justus se preguntó cuando lo había visto divertirse por última vez sin estar investigando algo.

—Mira quien habla —dijo ella, despertando la curiosidad de Justus—, me voy a cobrar lo del desayuno, puedes estar seguro, Ferdinand, solo que voy a esperar a que lo recuerdes primero.

Fue el turno de su señor de sonrojarse. ¿Desayuno? ¿Se había perdido de algo?

Lord Ferdinand dijo algo y tanto Eckhart como él pudieron dar media vuelta una vez más. La señorita ya no estaba entre os brazos de su amo, de hecho, había retrocedido un par de pasos.

—Es hora. Estoy agradecida con Dreganhurn por haber tejido nuestros hilos de manera agradable, a pesar de las vicisitudes, sin embargo, es momento de volver.

—Que nuestros hilos se junten muy pronto de nuevo —respondió Lord Ferdinand, dando apenas medio paso hacia ella.

—Que nuestros hilos permanezcan unidos y hagan un bello tejido la próxima vez. —dijo la señorita, entonces el círculo apareció de nuevo en el cielo.

La observaron formar su bestia alta y elevarse hasta el círculo.

—Justus, ¿tienes donde escribir?

—Si, mi señor —respondió el hombre sacando una tablilla de madera, pluma y un tintero con apuro.

—Sospecho que la Diosa del tiempo nos robará la memoria —dijo su señor, congelando el corazón de Justus por la sorpresa.

—¿Qué debo escribir?

—Voy a casarme con Aub Arsenbach.

Justus se apresuró a anotarlo, mirando a Lord Ferdinand cuando terminó la última línea.

—Parte del nombre de mi prometida es Ro…

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—¿Lord Ferdinand? —preguntó Eckhart mirando a todos lados, sintiéndose algo mareado antes de mirar en derredor—, ¿no estábamos en la zona de recolección con los de Dunkelferger?

Justus tenía una tablilla en la mano, además de pluma y tintero a su lado, en el suelo.

Lord Ferdinand miraba el cielo con el ceño fruncido.

—Si, lo estábamos, es solo que… —respondió su señor antes de voltear a verlos, frunciendo aún más el ceño antes de adelantar su mano a Justus para exigir la tablilla.

El erudito se la entregó, notándose sorprendido antes de mirarlos a ambos.

—Mi señor, no entiendo por qué escribí eso, yo…

Eckhart notó entonces un saco a su lado. Se apresuró a abrirlo, encontrándose con los materiales que habían ido a recolectar. Los contó, notando que tenían un ligero excedente de materiales. Verificó sus viales y observó los que colgaban de la cintura de su maestro y de su compañero de séquito. Algo no cuadraba.

—Mi Lord —dijo Eckhart—, tenemos todos los materiales y no parece que nos esté faltando nada, ni siquiera pociones.

—Esto es extraño —murmuró Lord Ferdinand, mirando una vez más al cielo y luego a la academia.

—Mi señor, si me permite —intervino Justus, guardando sus materiales de escritura antes de recibir de vuelta la extraña tablilla de madera de manos de Lord Ferdinand—, tal vez deberíamos volver a la Academia y tratar de conseguir una respuesta a lo que ha pasado ahora, ¿no lo cree?

Su maestro asintió con su rostro serio, antes de comenzar a caminar con ellos a sus espaldas, sin que la sensación de que estaban olvidando algo importante pudiera salirse de la cabeza de Eckhart.

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Los años pasaron.

Ferdinand se graduó como el mejor alumno de la Academia Real y se encerró en el Templo. Tomó una protegida a la que ayudó a criar para luego volver a la nobleza. Se marchó a Arsenbach como prometido junto a Eckhart y Justus y una vez ahí, Ferdinand se dio cuenta de que había una rifa creciendo en su interior por Rozemyne, con quien mantuvo contacto. Fue salvado por ella, la convenció de quedarse con el ducado de Arsenbach y estuvo presente mientras éste se convertía en Alexandría. Ambos se comprometieron y comenzaron a reformar el ducado.

Ese invierno, Ferdinand envió a Rozemyne a la Academia Real para que pudiera concluir su quinto año, evitando a toda costa hablar con ella sobre lo que sentía. No necesitaba aclararle nada si iban a casarse de igual manera, menos aún si ella lo consideraba parte de su familia.

Algo pasó durante la estadía de Rozemyne lejos de Alexandría y de él. Empezó como un mareo. Su visión le fallaba. Estaba a medio camino a su habitación oculta cuando perdió el conocimiento, siendo Rozemyne el último de sus pensamientos.

Cuando despertó dentro de un jureve, Rozemyne estaba a su lado, esperándolo. Un fuerte dolor de cabeza se apoderó de él mientras salía del líquido y era estrujado por su prometida, quien parecía al borde de las lágrimas.

—¡Ferdinand! ¡al fin despertaste! —chilló ella sin soltarlo, a pesar de estar empapándola.

—Espera, tú, mujer desvergonzada —intentó quejarse, sintiendo un repentino alivio al encontrarse entre sus brazos, forzándose a alejarla de él—, al menos espera a que me haya dado un baño.

La escuchó reír contenta y darle un segundo abrazo antes de levantarse y dejarlo en manos de Zergius, anunciando que iría a ver cómo estaban su hermano mayor, Razzfam y Justus antes de ir a asearse, avisando que lo esperaba para comer juntos y luego desapareció.

El dolor en su cabeza era tanto, que tuvo que recargarse por completo en Zergius para andar todo el camino hasta su baño.

Rodeado por las cálidas y reconfortantes aguas de su tina, Ferdinand comenzó a buscar en su cabeza. Estaba seguro de que había recibido de golpe un montón de imágenes… recuerdos… pero se sentía confundido, ¿Rozemyne estaba en todos ellos?

Tomando su tiempo en la bañera, Ferdinand intentó repasarlos todos, desde el más antiguo, siendo un niño pre bautismal a poco de ser convertido en una piedra fey dentro del palacio de Adalziza hasta una tarde de un lejano día de la tierra en Academia Real durante su quinto año.

Recordaba la tablilla de madera. Por años, había sido su esperanza y su mortificación al no poder recordar de dónde había sacado Justus la idea de que se casaría con Arsenbach. Al menos ahora tenía sentido.

En silencio permitió que Zergius lo secara y vistiera. Esperó paciente a que su asistente terminara de acomodar su cabello y le diera una poción reconstituyente a pedido suyo, antes de llevarlo al comedor. Se sentía inapetente, Rozemyne se molestaría si no comía nada.

Cuando llegó, Rozemyne lo esperaba junto con Eckhart y Justus, ambos de pie a un lado de la mesa. Él se sentó entonces.

—¿Cómo te sientes, Ferdinand?

—Mejor —le informó de inmediato, observando a sus sirvientes juramentados. Eckhart se notaba rojo de vergüenza.

—Hermano Eckhart, ¿hay algo que quieras decir? —preguntó su prometida sin dejar de mirarlo con curiosidad.

—Si, yo… —Eckhart se arrodilló frente a Rozemyne, tomando sus manos antes de mirarla a los ojos, compungido—, lamento mucho como te traté cuando estaba en la Academia, no tengo…

—Está bien, Eckhart, no te preocupes —sonrió ella luego de hacer una mueca de confusión, seguida de una de entendimiento—, ya está en el pasado, solo cumplías con tu deber.

—Estoy tan apenado de haberte dicho todas esas cosas y haberte tratado tan… ¡eres mi hermanita!

—Está bien, no te preocupes —volvió a decir Rozemyne, sonriendo antes de darle un par de palmaditas a Eckhart en la cabeza, haciendo que Ferdinand se sintiera incómodo por un momento—, tú y yo sabemos la verdad, ambos estábamos preocupados por Lord Ferdinand y tú no sabías… que yo sería tu hermana, así que está perdonado y olvidado, ¿sí? ¿Puedes levantarte ahora?

Eckhart asintió, cruzando sus brazos frente a Rozemyne en sumisión antes de volver a levantarse, manteniéndose de pie detrás del asiento de Ferdinand.

—¿Justus? —llamó su prometida, observando al mayor de su séquito—, ¿estás bien?

—Lo estoy, mi Lady, un poco perturbado por recuperar la memoria luego de salir de un jureve al que no recordaba haber entrado. ¿Cómo está usted?

—Hambrienta —confesó todas sus diosas con una enorme sonrisa—, he extrañado la comida de mis chefs durante todo el viaje, pero me alegra saber que estás un poco mejor. Avísame si sientes algo extraño o necesitas hablar de algo, ¿de acuerdo?

—¡Cómo Aub ordene! —respondió Justus cruzando sus brazos para ella y doblándose un poco antes de enderezarse y pararse en medio de ambos.

—Por cierto, Eckhart, Justus. Razzfam los está esperando en la habitación contigua para comer. —anunció Rozemyne sin mirarlo en ningún momento—, ya que los tres acaban de despertar del jureve, tienen permiso para abandonar su puesto el día de hoy. Quiero que coman y luego se irán a casa a descansar, no voy a aceptar ninguna réplica a esta orden. Podrán reintegrarse mañana a sus actividades, ¿entendido?

—¡Si mi señora! —respondieron sus dos subordinados antes de mirarlo con duda, siendo interrumpidos por un carraspeo de lo más obvio por parte de Rozemyne, para luego abandonar el comedor.

Ferdinand la miraba ahora con una ceja levantada. ¿Era su imaginación o su pequeño gremlin estaba portándose bastante más mandona de lo usual?

—En cuanto a ti, señor-yo-puedo-solo, terminando la comida irás directo a tu recámara, necesitas descansar, no puedo ni imaginar el embrollo que tienes en tu cabeza justo ahora.

—¿Algo más? —preguntó entre molesto y divertido.

Rozemyne miró a todos lados antes de ordenar a los caballeros y asistentes que se voltearan hacia la pared. Luego se puso en pie, caminando hacia él y lanzándose a sus brazos, desconcertándolo en el acto.

—¡Estaba tan asustada! —murmuró ella a su oído—, por favor come y descansa, prometo ir a tu habitación después de poner algunas cosas en orden.

Sentía su corazón acelerarse y sus brazos envolverla sin siquiera registrar en qué momento había dado la orden a su cuerpo de moverse. El aroma de Rozemyne era tan reconfortante, que tuvo que hundir su nariz entre los cabellos de ella para llenar sus pulmones con la esencia del rinsham fresco y floral que ella prefería. Entonces se dio cuenta que lo único que había recordado siempre, era un hermoso y brillante cabello azul media noche.

Tuvo que sonreír, ahora comprendía su obsesión por el cabello de todas sus diosas. Era la única memoria que en verdad lo había acompañado todo el tiempo. Lo primero que llamara su atención varios años atrás, durante una ceremonia de bautizo de plebeyos en los que una niña de brillantes y hermosos cabellos azul media noche se parara frente a él.

—Más vale que me des todos los detalles de cómo terminaste viajando tan atrás en el tiempo, tonta —amenazó él sin poder evitarlo, recordando por un segundo a varias versiones más jóvenes de sí mismo, todas pidiéndole que se quedara un poco más, todas abrazándola… todas amándola con todas sus fuerzas.

—Lo haré, lo haré, lo prometo —murmuró ella a pesar de haberse puesto tensa de repente.

Ferdinand la soltó, la observó sentarse y luego se relajó al ver que comenzaban a servirles los platos. Fue una comida silenciosa a la cual le siguió, en efecto, el recorrido hasta su habitación donde Zergius se aseguró de ponerlo en su ropa de dormir y acomodarlo en la cama. Dijera lo que dijera, estaba exhausto. Las memorias recién adquiridas eran un caos dentro de su cerebro, no le extrañó nada quedarse dormido de repente.

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—¡¿Cómo que me cediste de tu hilo?! ¡¿Cuán tonta debes ser para aceptar un trato como ese?! ¡Idiota!

El color parecía escurrirse del rostro de Rozemyne conforme recibía el regaño, luego de que Ferdinand lograra sonsacarle la conversación que había tenido con Dreganhurn y Ventuhite.

—¿Qué más podía haber hecho? —respondió ella un poco recompuesta, sonrojándose luego de lanzar la pregunta—, ¿qué habrías hecho tú en mi lugar? ¿qué tal que hubiera sido yo la que empezaba a desaparecer? ¿eh?

—¡No es lo mismo!

—¡¿Cómo que no es lo mismo?! ¡¿qué diferencia habría?!

—¡Tu vida es más importante que la mía, idiota!

El silencio que siguió era helado.

Podía notar a su prometida temblando, su rostro cubierto parcialmente por el flequillo que llevaba en ese momento, bordeado por una trenza que mantenía una parte de su largo cabello en orden. Observó sus manos cerradas en puños tan blancos como si estuviera muerta y el brillo de varias lágrimas escurriendo por la barbilla de Rozemyne lo dejaron helado. Nunca había sido bueno para consolar a la gente cuando lloraba. Jamás se había sentido cómodo cuando ella lloraba porque no sabía que hacer, haciéndolo sentir impotente.

—Tal vez no lo recuerdes, Ferdinand —dijo ella en una voz frágil y quebradiza, derribándolo solo con eso—, pero yo habría muerto un montón de veces sin ti.

La vio limpiarse la cara con sus mangas antes de mirarlo con el ceño fruncido, los ojos acuosos y las mejillas coloreadas del noble color de Guedhuld.

Todavía temblaba, si era de enojo, de frustración o de tristeza, Ferdinand no podía estar seguro, solo pasmado por la intensidad con que ella había reaccionado a la discusión de hacía un momento.

—Tú no te das cuenta de lo importante que eres para este mundo, pero yo si me doy cuenta, los dioses también se dan cuenta y muchas otras personas. No tienes idea. Ventuhite no podía solo sacar tu hilo porque es uno de los que usó para enmarcar los diseños de la tela que estaba haciendo, sacar tu hilo significaba deshacer 20 años de historia. Así de importante eres. Así es como tu vida ha impactado este país. Si tu vida no vale nada, ¿qué dice eso de mi propia vida? Sin ti, mi hilo solo habría durado siete u ocho años cuando mucho. Sin ti, no existe Rozemyne. Todo lo que he inventado e introducido se habría perdido con el tiempo, sin ti. Y yo…

Las lágrimas volvieron a escapar de sus ojos en un flujo constante que ella no era capaz de detener, sin importar cuanto se limpiara o cuanto lo intentara.

Dolía verla tan triste y vulnerable. Era como si aquello que lo lastimaba a él, la lastimara a ella también.

Se aferró a Rozemyne entonces, quedando los dos sentados a la orilla de su cama, con sus asistentes y guardias volteando hacia la pared, incapaces de escucharlos debido al aparato antiescucha que ella había colocado alrededor de su cama apenas llegar.

Ella seguía llorando, pegándole golpes cada vez más ligeros.

—¡Baka, baka! ¡Ferdinand no baka!

Por una vez estaba agradecido de no comprender ese extraño dialecto de la vida pasada de Rozemyne, aunque estaba seguro de comprender, de hecho, lo que estaba diciendo sin dejar de pegarle. Él solo aguantó. No entendía que la realidad la pusiera tan frustrada aunque… tal vez, solo tal vez, ella tuviera razón y su vida no había sido del todo una enorme pérdida de tiempo y recursos como Verónica le asegurara por años luego de servirle comidas envenenadas.

Ferdinand se encontró a si mismo acariciándole el cabello, dejándola llorar en su pecho hasta sacarlo todo. Al parecer, este viaje no lo había afectado solo a él.

Haciendo memoria, ella no había llorado ni una sola vez mientras se aparecía en su vida una y otra vez para salvarlo. Si ponía más atención a esas mismas memorias, sus ojos expresivos se habían mostrado a punto de llorar varias veces. ¿Cuántas lágrimas se había tragado para ayudarlo en todo ese tiempo? ¿Podría sacarlas todas en ese momento?

La besó en el cabello, sonrojándose al captar uno de los últimos recuerdos que tenía sobre Rozemyne antes de ser la pequeña niña plebeya durante su ceremonia de bautizo.

La incredulidad ante una mujer que se mostrara de verdad preocupada por él además de Rihyarda. Su mal comportamiento solo para molestarla y ver que tan lejos le permitía llegar. La noche que durmieron juntos y se descubrió despertando tranquilo en un abrazo en que su mana no dejaba de mezclarse con el de ella de una manera tan natural, que parecía que había nacido solo para eso. Sus enormes ganas de besarla. Sus dudas sobre la naturaleza de su relación con ella. Su necesidad de besarla.

Ferdinand se encontró a sí mismo abrazando a Rozemyne con más fuerza aún, sembrando besos entre sus cabellos y notando como la rifa en su interior se había expandido, como si sumara todas y cada una de las rifas que ella había hecho crecer para él a lo largo del tiempo.

—Siempre voy a protegerte, a ti, a tus libros, a nuestra pequeña familia y a Alexandria. Ahora deja de llorar, por favor. No sé qué hacer cuando lloras.

Ella se aferró más a él, frotando su rostro en su ropa de manera afirmativa y dejándola tan mojada, que se sentía incómodo. No dijo nada al respecto, solo esperó con paciencia a que Rozemyne aflojara el abrazo para tomarla de la barbilla y obligarlo a verlo, antes de poner su otra mano sobre sus ojos y curarla con una bendición. Ella se encargó de limpiar su ropa con un washen luego volvió a sentarse a su lado, más tranquila.

—Nunca vuelvas a decir que tu vida es inútil, Ferdinand.

Él tomó las manos de Rozemyne entre las suyas, besándolas antes de mirarla sonrojarse por el gesto, haciéndolo sonreír.

—Lo prometo, solo no vuelvas a tomar un riesgo como ese, ¿quieres?

—No puedo prometerte eso, Ferdinand. Somos una familia, hacer todo lo que se pueda por proteger al otro y hacerlo feliz es lo que hacen las familias, después de todo.

Fue su turno de sentir sus mejillas teñirse de rojo, obligándolo a mirar a otro lado sin parar de sonreír, jalándola de nuevo para que ella se recargara contra su pecho y pudiera abrazarla, regodeándose en su calor.

—Muy bien, seamos una familia entonces. Protégeme evitando meterte en problemas de nuevo, ¿de acuerdo?

Ella levantó el rostro para mirarlo con una enorme sonrisa. Él le devolvió la sonrisa, inhalando el aroma de sus hermosos cabellos azul medianoche.

.

Ese año, Ferdinand se encontró cayendo una y otra vez en diferentes "bromas" por parte de Rozemyne. La muy descarada solía dar como única explicación un "¡Pero tú querías esto!" en cada ocasión. La última, la gota que había rebasado el vaso y acabado con su paciencia fue una tarde de invierno, a pocos días de que diera inicio la socialización de invierno y las dos mujeres de su pequeña familia archiducal tuvieran que partir a la Academia Real.

Habían estado tomando el té luego de escuchar a la pequeña Letizia tocando el harspiel. Ambos habían alabado a la niña y Ferdinand había dado su aprobación para que la pequeña tuviera libres los siguientes días antes de partir, un pequeño descanso como premio por su esfuerzo.

Los asistentes de Rozemyne habían presentado un par de verduras asadas y humeantes típicas de la región más al norte de Alexandría. Rozemyne había tomado una con emoción, sujetándola con la mano, usando un pañuelo como utensilio. Le había quitado la piel, le había dado una pequeña mordida para demostrar que no tenía veneno y luego lo había mirado de la misma exacta manera que en todas las bromas anteriores, como si un recuerdo se mezclara con una idea.

Rozemyne le ofreció su propia verdura con una enorme sonrisa similar a la que ponía Angélica cuando deseaba zafarse de algo que no entendía, con el alimento a poca distancia de su propia boca.

—¿Porqué no la pruebas, Ferdinand? Estoy segura de que encontrarás el sabor interesante.

Sus orejas se tornaron rojas. Un resplandor sospechoso en un extremo de la comida mordida captó su atención entonces.

—Tengo la mía, gracias.

—¡Pero tú querías esto!, recuerdo una vez que tú…

No la dejó terminar, inclinándose sobre la mesa y colocando su dedo sobre la boca de ella, mirándola a los ojos como vería a un enemigo despiadado al cual debía exterminar lo más rápido posible, notando como las mejillas de su prometida se tornaban de un hermoso rosado.

—Rozemyne, si sigues haciendo uso de estos "recuerdos", voy a tener que castigarte severamente.

Ella abrió los ojos, sin atreverse a mover los labios, cerrando la boca que había estado abierta por interrumpirla a media frase.

—A menos que quieras ser vetada de tu propia biblioteca, la biblioteca de la Academia Real y la sala de libros del dormitorio de Alexandría por la siguiente temporada, vas a dejar el pasado, en el pasado, ¿entendiste?

El rostro antes sonrosado se había vuelto pálido de repente y una mirada de horror, digna de cualquier rival que estuviera a punto de hallar su final a manos de Ferdinand apareció en el semblante de la joven Aub.

—Muy bien, entonces, come tu comida y yo comeré la mía.

El brazo de Rozemyne volvió a colocarse sobre el plato de comida. Él estaba a punto de limpiar su dedo con uno de los pañuelos que la joven frente a él había bordado de manera reciente, cambiando de opinión, optando por llevarse ese mismo dedo a la boca sin dejar de ver a su prometida, cuya cara se había coloreado por completo antes de que él tomara su propia verdura con un pañuelo especial, sonriendo de lado al notar el estado de su prometida.

—Aunque si ES un sabor de lo más interesante, Roz.

Por supuesto, Ferdinand no volvió a ser blanco de bromas por parte de su prometida y su vida fue tan tranquila como puede ser la vida de un Aub, al menos, hasta antes de la ceremonia para atar sus estrellas.

F I N

Notes:

Notas de la Autora:

Que triste, que triste, el fanfic se nos terminó.

Espero que hayan disfrutado mucho con esta historia. A mi se me quitó un poco de la tentación que traía por saber que había sucedido en este primer salto en el tiempo que hizo Rozemyne para salvar a Ferdinand de desaparecer. No sé cuantos saltos hizo, pero considerando cuantas veces el pobre hombre estuvo en peligro de muerte, es posible que fueran varios antes de llegar al de su bautizo.

Por mientras, continuaré explorando parte de la vida matrimonial de estos dos y los cambios que enfrentan sus allegados en el fanfic Los Dioses del Amor, ojo con ese, recuerden que es para mayores de edad.

No me queda más que agradecer a todas las personas que han seguido esta historia, y más agradecimientos a todos aquellos que dejaron un comentario, me hicieron inmensamente feliz. Y ahora que el tejido ha llegado a su final, roguemos a Dreganhurn porque nuestros hilos vuelvan a tejerse en otras historias.

SARABA

Notes:

Notas de la Autora:

Hola a todos y antes de que pase otra cosa, me gustaría culpar de esta nueva locura a los dibujantes de Pixiv... si, hay tantas imágenes fabulosas de Ferdinand en la academia con Rozemyne, que no me pude resistir.

También le agradezco a los chicos del grupo de facebook Honzuki no Gekokujo: Spoilers pesados y macizos, ya que ellos eligieron el nombre de este fanfic y de este capítulo. Gracias a todos.

Y bueno, espero que estén disfrutando esta historia. Estaré posteando un capítulo por día... si logro recordarlo, jejeje. Son solo seis capítulos, pero los escribí con todo mi corazón y alguna que otra observación de una de mis compañeras de grupo de Facebook.

Sigan divirtiéndose, pasen un excelente fin de semana y a fangirlear con el anime de la ratona de biblioteca, jejejeje, mi obsesión es tanta que casi no quepo en mi de la emoción.

SARABA