Chapter Text
Los rizos oscuros eran más cortos que hacía tres años, enroscados en la base de la cabeza de Lucerys y acomodados lejos de su frente, dejando a la vista los brillantes ojos acerados que estaban enmarcados por pestañas largas y tupidas. La nariz respingona seguía ahí y la grasa de bebé no había desaparecido por completo, pero la barbilla y los pómulos estaban más definidos. Sus labios eran regordetes y rosados, su boca también mantenía la curva traviesa que había vivido en las fantasías de Aemond durante años. Lucerys estaba más alto, tal vez media cabeza debajo de Aemond, y su cuerpo era esbelto y ágil, con piernas largas y bien formadas. Su piel resplandecía como la nieve, blanca y lisa con un brillo saludable.
Lucerys era una visión.
Aemond sintió que el aire había sido forzado fuera de él por la fuerza con que la belleza de Lucerys lo golpeó.
Esto era lo que se había perdido todos estos años, lo que había mantenido alejado.
Y cuando esos preciosos ojos grises lo miraron, Aemond sintió que podía arrodillarse ahí mismo, con el Rey y la Corte de testigos, a los pies de su sobrino, de su Lucerys.
Las cortesías, las formalidades, todo fue una neblina para Aemond mientras su familia estaba en el Salón del Trono. Su mirada nunca se apartó de Lucerys y la de su sobrino sólo lo dejó cuando presentó sus saludos al Rey y a la Reina. Cuando fueron liberados y enviados fuera, y Rhaenyra y su familia fueron escoltados a sus habitaciones, Aemond se sorprendió cuando Lucerys se acercó a él y le pidió que lo escoltara personalmente. No se negó, ¿cómo podría?
Ignoró las miradas de complicidad que sus familiares les enviaron, todavía demasiado concentrado en la presencia de Lucerys. Caminaron en silencio y Lucerys no lo miró, sus ojos estaban puestos al frente mientras se movían uno al lado del otro.
Aemond sintió temor.
La preocupación se asentó más pesada en su estómago.
¿Por qué Lucerys no hablaba? ¿Por qué ya no lo miraba?
¿Acaso, durante el tiempo que estuvieron en el Salón del Trono, Lucerys encontró desagradable a Aemond? ¿Después de verlo desfigurado lo encontró deficiente? ¿Ya no lo quería más? Una vez que estuvieran solos y lejos de ojos y oídos indiscretos, ¿Lucerys lo rechazaría?
Aemond permitió que Lucerys entrara primero a la habitación, cuando cerró la puerta y dio media vuelta para enfrentar a su sobrino fue atacado por un cuerpo cálido. La fuerza del lanzamiento de Lucerys contra él fue tan fuerte que hizo a Aemond chocar estruendosamente su espalda contra la puerta.
Brazos cubiertos de gris envolvieron su cuello y su rostro sintió cosquillas por el pelaje en la capa de Lucerys. Los brazos de Aemond lo rodearon de inmediato, sujetando el cuerpo de Lucerys contra sí mismo, sintiendo su respiración contra su oído y su corazón hacer eco contra el suyo.
Todavía sin salir de su sorpresa, susurró —. Lucerys.
—Aemond, Aemond —dijo Lucerys y apretó su abrazo.
—Lucerys —suspiró esta vez, enterrando el lado derecho de su cara contra los rizos oscuros, deseando aspirar lo máximo posible el olor invernal del chico en sus brazos.
—Aemond —Lucerys se separó lo suficiente para que sus rostros estuvieran frente a frente, amatista frente a gris —, maldito idiota.
— ¿Luce? —lo miró con desconcierto, ¿había escuchado bien?
—Imbécil insufrible, ¿cómo pudiste hacerme esto? —las manos de Lucerys se movieron para tomar el rostro de Aemond —. Si te atreves a soltarme ahora, nada te salvará de mi furia.
Aemond ajustó sus brazos alrededor de Lucerys, su agarre se había aflojado con la intención de soltarlo cuando las manos de Lucerys acunaron su cara y sus dedos rozaron cerca de sus ojos.
—Me mantuviste alejado durante todo un año, viviendo de las migajas de información que obtenía de mis tíos porque nunca fuiste honesto sobre tus heridas o sentimientos en las cartas que me enviaste —los dedos de Lucerys presionaron contra la carne de Aemond, sin causar dolor —. ¿Sabes lo preocupado que estaba? ¿Sabes lo difícil que fue mantenerme lejos sabiendo que estabas sufriendo? ¿Nunca pensaste que me dolía no verte y apoyarte? Entiendo que ha sido duro para ti, ¿pero por qué tenías que hacerlo más difícil torturándonos a ambos de esta manera? ¿Por qué tenías que ser tan testarudo y mantenerme lejos cuando me querías contigo?
Mientras era regañado brutalmente por la criatura indignada en sus brazos sólo pudo decir una cosa —: ¿No te importa?
No tuvo que aclarar a lo que se refería, Lucerys lo entendió de inmediato porque todo su fuego se apagó y Aemond fue hecho prisionero de la mirada más dulce y tierna que nunca antes había recibido.
—No —el agarre en su rostro cambió y la mano derecha de Lucerys acunó su lado izquierdo, su pulgar rozó la parte inferior de su cicatriz y subió para contornear el parche —. Nada hay de ti que no me guste y nada sobre ti podría asustarme.
La respiración de Aemond vaciló —. No puedes estar seguro de eso, no lo has visto.
—Entonces déjame verlo —los dedos de Lucerys se engancharon en la correa del parche —. ¿Puedo?
Su garganta se cerró de repente, pasaron segundos que se sintieron como una eternidad y finalmente Aemond asintió. El sonido de su corazón era atronador en sus oídos mientras Lucerys le retiraba el parche y, cuando los ojos grises se clavaron en el azul de su cuenca, todo se silenció.
La mirada acerada de Lucerys trazó la cicatriz de arriba abajo y sus dedos bailaron sobre ella con una caricia suave, tan ligera que apenas la sintió. El agarre de Lucerys volvió a cambiar y dejó descansar su pulgar contra el rabillo del ojo de Aemond, tocando sus pestañas inferiores.
El sonido regresó y su cuerpo se estremeció cuando Lucerys se inclinó y besó el zafiro. Cuando Aemond cerró los ojos, sintiendo una calidez imposible en la gema que tenía por ojo, varios besos más se presionaron contra su parpado y luego contra su cicatriz. Los labios y el cálido aliento de Lucerys se sintieron como un bálsamo sobre su piel.
—Como dije, nada hay de ti que no me guste.
Aemond apretó más fuerte a Lucerys contra sí mismo, soltó un suspiro tembloroso y unió sus frentes.
—Lucerys —estaba más allá de las palabras, no se creía capaz de articular algo coherente, algo que no fuera vergonzoso.
—Haz dicho mucho mi nombre, ¿ves lo mucho que me extrañaste?
Aemond lo pellizcó, era lo que se merecía su criatura petulante.
Después de reprocharle, Lucerys se relajó contra él —. Sé que fue horrible y doloroso, pero me alegro que perdieras un ojo y no tu vida. Además, todavía tienes uno de tus hermosos ojos para que pueda admirarlo —sus brazos se enroscaron con fuerza en el cuello de Aemond, sus narices se rozaron y sus alientos se entrelazaron —. Aemond, gracias por sobrevivir, gracias por regresar. Te extrañé.
Entonces Aemond no pudo hacer nada excepto acortar la distancia y besarlo.
…
Al día siguiente todos los Targaryen y Stark se reunieron de nuevo en el Salón del Trono para enfrentar a Vaemond Velaryon. El hombre había aprovechado el estado vulnerable de su hermano al volver de Stepstones para reclamar la señoría de Marcaderiva para sí mismo. La Princesa Rhaenys también estaba presente, lista para defender la herencia de su nieta mayor.
Rhaenyra, Rickon y Daemon estaban a un lado y al frente, parados junto a Baela y la Princesa Rhaenys, con Rhaena y los chicos Stark —excepto por el bebé Baelon— detrás de ellos. Los huargos que habían traído con ellos descansaban tranquilamente junto a sus compañeros humanos, amenazantes sin esfuerzo. Todos los asistentes se pararon a una distancia mayor, alejándose lo máximo posible de lo que llamaban a susurros bestias.
Vaemond Velaryon ni siquiera se atrevía a mirar dos veces hacia ellos, debidamente asustado porque se ganó gruñidos y la visión de colmillos amenazantes cuando se había burlado de Baela y los suyos a su llegada. Aemond había contenido su sonrisa lo suficiente, pero Aegon se había reído y Helaena tuvo que tomar su mano para calmarlo antes de que su madre lo reprendiera con palabras cortantes. Sin embargo, Aemond dejó florecer una sonrisa cuando su mirada se encontró con la de Lucerys un momento antes de que la Mano se sentara en el Trono de Hierro y diera comienzo la audiencia.
Todo era una completa tontería y una pérdida de tiempo.
Cuando el Rey apareció, el malestar de Aemond incrementó. ¿Vaemond Velaryon realmente estaba demandando quitarle la herencia a una mujer al mismo Rey que había declarado a su propia hija la futura reina? Baela no era sólo la sobrina del Rey, sino que tenía sangre Velaryon y era un jinete de dragón, además de que su padrastro era Lord Stark y dada la información recientemente por la Princesa Rhaenys, también tenía el apoyo de la Casa Tully. La influencia y respaldo de Vaemond Velaryon palidecía ante la de su sobrina nieta.
No sorprendió a Aemond que el hombre codicioso no aceptara y se quedara callado tras la reafirmación del Rey a Baela como futura Dama de las Mareas, tampoco que soltara palabras viles contra Baela, la Princesa Rhaenys y a su tío Daemon. Lo que sorprendió y enfureció a Aemond fue que también insultara a Rhaenyra, a su hermana, llamándola puta y blasfema por su relación con dos hombres, acusándola de ser una mala influencia para Baela y Rhaena, además de una buscadora de poder.
Aemond ya había dado un paso al frente cuando el Rey pidió la lengua de Vaemond Velaryon, pero el lobo huargo de su buen hermano Rickon fue más rápido que él y su tío Daemon. Hubo gritos. Aegon escondió a Helaena detrás de él y la Reina retrocedió, Ser Criston se apresuró a pararse frente a ella.
La Mano ordenó a los guardias que actuaran, pero los gruñidos y las posiciones de ataque que adoptaron todos los lobos los detuvieron.
—Alfa —llamó Rickon Stark a su huargo, el cual se alejó del cuerpo y se acercó a su maestro.
Rickon Stark enterró una mano en el pelaje negro, sin pestañear al ver la sangre que goteaba del hocico de la loba. Rhaenyra también la premió con caricias cuando los ojos rojos de Alfa la miraron.
—Él puede mantener su lengua —Daemon envainó a Darksister, siempre uno para decir la última palabra, y retrocedió hacia su su esposa y esposo —. Me debes una, maldita chica —reprendió, lo que pareció ser con cariño, a la loba.
—La acción de los guardias es innecesaria, Su Gracia —habló Rhaenyra, dirigiéndose directamente al Rey e ignorando a la Mano quien fue el que dio la orden —. Los huargos no atacaran a nadie sin una orden o provocación.
Nadie había escuchado que Lord Rickon ordenara a su huargo atacar, pero tampoco podían decir que las acusaciones de Vaemond Velaryon no fueran una provocación. Aemond se dio cuenta que la Mano quería refutar lo dicho por Rhaenyra, pero otro vistazo a la garganta destrozada de Vaemond lo detuvo.
Con una orden del Rey los guardias retrocedieron y así los huargos se calmaron de nuevo. Aemond vio a Lucerys susurrar algo a su loba, Capella —los había presentado el día anterior— y debió ser algo travieso porque Cregan jaló uno de sus rizos en reprimenda y Rhaena contuvo una sonrisa.
—Bien. Este asunto está terminado —habló el Rey —. Una vez más reafirmo a Lady Baela de las Casas Targaryen y Velaryon como Heredera de Marcaderiva, del Trono de Pecios y como la primera Dama de las Mareas —hizo una pausa para retomar fuerza —. También doy la bendición de la Corona y declaro oficialmente el compromiso matrimonial de Lady Baela Targaryen y Lord Oscar Tully —de pronto su mirada estuvo en Aemond y cuando la movió a Lucerys, dijo —: Es igualmente mi placer y honor anunciar el compromiso matrimonial del Príncipe Aemond Targaryen y el Príncipe Lucerys Stark.
Las reacciones no se hicieron esperar, pero todo a lo que Aemond prestó atención fue a los ojos alegres y la sonrisa complacida de Lucerys.
…
A la cena de esa noche asistió toda la familia de Aemond, a excepción de los gemelos y Baelon, quienes se quedaron al cuidado de sus niñeras. Jacaerys estaba sentado junto a Aegon, ambos con las cabezas inclinadas juntas y susurrando; Helaena, al otro lado de Aegon, reía tranquilamente con Baela; Rhaena estaba sentada entre la Princesa Rhaenys y Lucerys, intercambiando bromas; la Reina que Nunca Fue, sorprendentemente, estaba manteniendo una conversación con la Mano, sentado al otro lado de la mesa. Rhaenyra estaba sentada entre sus dos esposos, siendo Daemon el más próximo al Rey. La madre de Aemond estaba sentada a la derecha del Rey, esforzándose también por intercambiar palabras amables con Rhaenyra y Lord Rickon. Daemon no hacía ningún esfuerzo por ser agradable o comunicativo con la Mano o la Reina, hablando principalmente con su hermano y desviando su atención sólo a sus cónyuges o mirando a todos sus niños cada cierto tiempo.
Aemond, naturalmente, estaba sentado junto a Lucerys. Mientras su prometido hablaba con su hermanastra, Aemond escuchaba la versión de Cregan sobre el regreso de los huargos a la Casa Stark. Su mano estaba firmemente sujeta en la de Lucerys, descansando sobre el muslo izquierdo de su prometido. El pulgar de Lucerys acariciaba su mano a intervalos y Aemond le respondía con un suave apretón.
Helaena tomó su copa y se levantó.
—Propongo un brindis —comenzó a decir con voz suave —, por el compromiso de mi prima Baela con Lord Oscar Tully —le sonrió a Baela —, y por el compromiso de mi hermano Aemond con mi sobrino Luce —soltó una risita dulce cuando los miró —. Estar casado es agradable cuando es con la persona correcta, todo estará bien mientras se cuiden y preocupen el uno por el otro —ahí se inclinó hacia Aegon y su sonrisa adquirió un borde más brillante y misterioso cuando sus ojos cayeron en Jacaerys —. Se darán cuenta que el amor entre ustedes es tan natural como respirar —su atención se dirigió una vez a Aemond y Lucerys, y agregó —: Si es que no lo han descubierto ya.
Todos brindaron con ella y Aemond se dio cuenta que Jacaerys seguía cada movimiento de Helaena con una mirada incandescente y Aegon adoptó una sonrisa suave cuando chocó su copa con la de ella. Cuando los aplausos cesaron el ambiente se relajó más. Jacaerys dejó su copa y se levantó para invitar a Helaena a bailar, Aegon los observó con ojos indescriptibles.
—Espero que mi tía también brinde en nuestra boda, sus palabras son las más dulces —dijo Lucerys, sonriéndole de la forma más brillante.
Aemond no pudo resistirse y levantó sus manos, besando la de Lucerys y, con sus labios todavía contra ella, dijo —: Si lo que quieres son palabras dulces, yo también puedo decírtelas. En cualquier momento, no sólo en nuestra boda.
Las mejillas de Lucerys se tornaron del color rosa más encantador y bajó la mirada.
—Por favor, abstente de decirle palabras dulces a mi hermano cerca de mi presencia —la voz de Cregan devolvió la atención de Aemond a su entorno.
Excepto por Aegon y la pareja bailando, todos en la mesa los estaban viendo con expresiones que variaban en diversión, indulgencia, calidez y algo que parecía una mezcla de descontento y vergüenza. El Rey, sin embargo, era descarado en su felicidad, parecía que estaba conteniendo lágrimas por lo conmovido y encantado que estaba—había estado al borde de sus emociones desde que la cena comenzó.
—Podrías aprender una o dos cosas para cortejar a tu prometida, sobrino —Aemond puntuó sus palabras con un último beso al dorso de la mano de Lucerys y bajó sus manos a su posición anterior.
Cregan soló le dio una mirada seca y robó la tarta de manzana que Aemond tenía en su plato. Las risas resonaron tras su interacción y Lucerys premió su actuación dándole su propia tarta.
Aemond se dio cuenta que su buen hermano lo miraba y cuando sus ojos se encontraron, Rickon Stark asintió hacia él con una expresión solemne. Aemond regresó el gesto. Parecía que esa era la aceptación de su futuro suegro o su manera de decirle a Aemond que estaba complacido con su trato hacia su hijo. El orgullo nació en Aemond, contento de ser considerado bueno para Lucerys.
Sin embargo, fue un golpe cuando se encontró con la mirada de su madre. Alicent Hightower lo veía con reprimenda, como si sancionara sus acciones, instándolo a sentir vergüenza por su muestra descarada de afecto. La Mano tenía una expresión más controlada, su disgusto tenía que ser por el espectáculo que Aemond acababa de hacer que su relación con Lucerys, pero no podía decir lo mismo de su madre, que seguía disgustada y en contra de su matrimonio.
Aemond los miró impasible, se negaba a doblegarse. ¿Por qué sentiría vergüenza de su afecto por Lucerys y mostrarlo?
Su madre fue la primera en apartar la mirada.
Cuando Jacaerys y Helaena regresaron a sus asientos, el Rey se retiró. Había tenido suficiente movimiento y emoción por el día, su cuerpo estaba rendido por esa noche. Tras su partida, cada uno se fue despidiendo, la mayoría contentos y satisfechos.
…
Aemond estaba por quedarse dormido cuando la puerta de su habitación se abrió, se sentó en la cama y vio a Lucerys avanzar entre las sombras.
—Luce, ¿qué haces aquí? —preguntó Aemond en cuando su sobrino tomó asiento en la cama, un pierna doblada sobre el colchón y la otra colgando de un extremo.
—Visitándote —respondió con descaro.
Antes de que Aemond pudiera decir algo se dio cuenta de la mirada de Lucerys clavada en su cuenca descubierta, su cuenca vacía. Nunca dormía con el zafiro, era demasiado incómodo para eso, y había estado tan sorprendido por la aparición de Lucerys que olvidó ese detalle, olvidó que Lucerys no lo había visto así. Sin nada.
Lucerys había visto las cicatrices y el zafiro, pero no el hueco.
No el vacío y la oscuridad.
Una mano gentil en su mejilla lo sacó de su pensamiento.
Lucerys se estaba inclinando hacia a él y entonces…
Entonces labios cálidos se presionaron contra su parpado, un beso ligero como una pluma.
Cuando Lucerys se retiró, le sonrió a Aemond —. Ser Fell no me impidió pasar, pero creo que podría informarle mañana a la Reina.
No hubo señalamiento.
La aceptación le fue dada a Aemond sin palabras.
No había porqué sentir temor o vergüenza o inseguridad, era lo que Lucerys trataba de expresarle.
No era necesario consuelo o agradecimiento entre ellos, no sobre eso.
—Mi madre lo sabrá —dijo Aemond tras recuperarse de la avalancha de emociones que Lucerys le hizo experimentar de nuevo —, tus padres también. No deberías estar aquí, Luce, es inapropiado.
Su criatura grosera puso los ojos en blanco.
—Tu virtud está a salvo, tío —se burló —. Además, traje una chaperona —señaló hacia al balcón donde Capella estaba acostada, su pelaje era una mezcla de negro y plateado, y sus ojos eran azules.
Ojos que parecían mirarlos con aburrimiento. Aemond no se había dado cuenta que la loba entró con Lucerys, tan concentrado había estado en su prometido.
—Ella no disuadirá al tío Daemon de matarme por comportarme inapropiadamente con uno de sus hijos.
—Oh, ¿entonces sí quieres ser inapropiado conmigo?
Hubo una pausa.
—No.
Hubo duda que Lucerys aprovechó.
—No me opongo, yo también quiero eso —rio al lanzarse contra Aemond.
— ¡Lucerys! —pese a la reprimenda, Aemond todavía pasó sus brazos por la espalda de Lucerys encima de él.
—No te escandalices, tío —rio más —. Ya te dije que tu virtud está a salvo conmigo.
Aemond resopló y se relajó contra las almohadas —. ¿Cuándo te volviste tan descarado?
—Tres años son demasiado tiempo —fue todo lo que dijo mientras metía su rostro contra un costado del cuello de Aemond —. Tomaré toda la responsabilidad ante la Reina, también te protegeré de la furia de mi kepa y mis manos no bajarán más allá de tus caderas, lo prometo. Así que, ¿puedo quedarme?
—Puedes quedarte, criatura insufrible —su piel se erizó y calentó cuando Lucerys besó el hueso de su mandíbula —. Y Capella también, por supuesto.
—Por supuesto —repitió Lucerys con una risa —. No es como si tuvieras opción, además tienes que acostumbrarte a ella. Capella estará con nosotros en Refugio Invernal, compartirá nuestra fortaleza y nuestra habitación. Definitivamente dormirá en nuestra cama cuando lo desee y eso será bueno, su calor te ayudará a soportar las noches frías en el Norte.
Nuestra fortaleza, nuestra habitación, nuestra cama.
Aemond respiró profundamente.
—La mimas demasiado —logró decir.
—También te mimaré, no te preocupes —una de sus manos se enredó en el cabello plateado de Aemond, sin tirar, sólo deslizando mechones entre sus dedos.
Pasaron un momento en silencio, sus pechos subiendo y bajando al unísono. Aemond podía sentir las pestañas de Lucerys rozar la piel de su cuello y el ojo de Aemond estaba atento a las sombras en el techo.
— ¿Háblame de Stepstones? —la voz de Lucerys fue tranquila —. Sólo si quieres.
Pasó otro momento de silencio.
Aemond apretó su agarre alrededor de Lucerys con un brazo y el otro subió para enterrar su mano en los rizos que adoraba. Cerró sus parpados y comenzó a hablar.
