Chapter Text
Es febrero y Marcos agradece que está un poquito fresco. Hace calor en el departamento de Thiago y Nacho, sus vecinos, lugar donde están haciendo previa.
Hay unas pocas personas más que no conoce, pero tampoco les da bola. La única simpática es Daniela, la única que no le tira onda y, si lo hace, es con bastante carpa, tanto que Marcos no se da cuenta.
—¿Le pongo glitter, primo? —pregunta ella, contagiada con las maneras de Thiago a la hora de dirigirse a él.
Piensa en decir que no. No quiere que lo vean así en la calle.
—O, si querés, te pongo cuando lleguemos —ofrece Daniela. Capaz estaba leyendo su mente.
—Dale, gracias.
Son cerca de las doce y por el quilombo, Marcos sospecha que la mayoría ya está en pedo. Él no se siente en pedo, está alegre nomás. Le preocupa un poco Nacho, porque es el que tiene las entradas del boliche de todos y medio se está durmiendo en el sillón. Debió haberle pedido la de él, por las dudas.
No es la primera vez que va a un boliche, pero sí a uno gay. No sabe qué esperar, pero está ansioso.
El reloj da la medianoche y nadie se mueve. Marcos tiene ganas de decir que ya es hora de irse.
Agarra su vaso y una botella vacía, y se encamina a la cocina.
—No hace falta que ordene, primo —dice Thiago, sorprendiéndolo. No le parece que esté tan en pedo.
—Ya son las doce —responde Marcos, nada que ver.
—¡Ah, es verdad-! ¡Che! —exclama y regresa al living—. ¡Levantate, che, vamos al cheboli!
Diez minutos después, ya están todos en el colectivo. Según entendió, la mayoría de los presentes son compañeros de facultad de Nacho y Thiago. Es el único que no conoce a los demás, pero no le preocupa mucho.
Le chupa un huevo, en realidad. Quiere llegar al boliche ya.
Porque, es bastante medio imposible para él ser gay en su casa. Desde el día uno, desde que llegó a Buenos Aires, pensó este es el momento. Ahora puede intentar expresar lo que siente hace tiempo, pero que no se atrevió.
Esta noche, va a chapar. Con un chico. O con más de uno. Su meta es al menos uno, tener su primer beso con un chico.
Cuando llegan a la cola, Daniela se acuerda de lo que le había dicho.
—¿Ahora sí, primo? —pregunta, el glitter listo en sus manos.
Quiere decir que no otra vez, pero, la verdad, no ve razón para eso.
—Bueno, dale —dice y ella sonríe amplia, contagiándosela a él.
No tiene un espejo para verse cuando termina, por lo que tiene que confiar en los halagos de Thiago.
—¡Es una tormenta de facha, primo! —dice con una sonrisa y dándole una palmada en la espalda.
—Gracias, Thiaguito —responde apenado.
Con cada paso que dan acercándose a la puerta del lugar, la voluntad de Marcos comienza a debilitarse. ¿Y si se encuentra a alguien que conoce? ¿Y si su familia se entera? No está listo para hablar de eso con sus papás, primero quiere estar seguro.
¿Seguro?
Cuando quiere darse cuenta, es el momento. Recién ahí piensa en si trajo el documento, no se acuerda, debería regresar a buscarlo.
—¿Qué hacés, Marcos? —dice Nacho, el único que se dio cuenta de que estaba a punto de pegar la vuelta e irse—, ya estamos entrando.
—Ah- bueno, bien…
Su corazón late en sus oídos, retumba en su cabeza, pero en cuanto atraviesan la puerta, el ruido es reemplazado por la música al mango. No reconoce la canción, pero sabe que es Pop. No está mal.
Sigue a los demás, a Daniela, específicamente, la que más resalta porque tienen zapatos altos y sobrepasa a Thiago y a Nacho, hasta que llegan a una parte de la pista donde no hay tanta gente. Se ponen en ronda y comienzan a bailar. Marcos solo atina a imitar a los demás.
No sabe cómo funciona esto, ¿cómo mierda se levanta a alguien?
Mira alrededor, pero cada vez que hace contacto visual con alguien, termina desviando la mirada, porque le preocupa que sea alguien que lo conozca. Es un pelotudo. Está a como mil kilómetros de Salta y a una hora de su departamento. No se va a cruzar a nadie.
Se repite eso a cada rato y su lógica lo grita cada vez que sus ojos se encuentran con algún chico y logra mantener contacto visual por algunos segundos.
Su meta esa noche era besar a un chico y lo logra más temprano que tarde, porque un pibe se acerca a él, le convida de su cerveza y después se acerca a su oído.
—¿Te puedo dar un beso? —le grita y lo asusta un poquito, porque justo se había terminado la canción que sonaba.
El chico se aleja, esperando su respuesta. Marcos le da un trago a la cerveza ajena, se la pasa a Thiago- o a Nacho o a Daniela, porque no desvía sus ojos del desconocido, y asiente.
El otro se acerca otra vez, lleva su mano a la nuca de Marcos para acercarlo también, y pone su boca sobre la de él, moviendo sus labios y después acariciándolo con la lengua.
Y esto no es como besar a cualquiera de las chicas que besó en su adolescencia porque esto es mejor.
Pero no dura mucho. El otro se aleja, sonríe, y uno de los chicos le devuelve su cerveza. Debe estar media vacía, porque él hace una mueca y se va, pero Marcos está conforme.
—¡Vamos, carajo, primo! —grita Thiago, el único que sabía un poquito de los dilemas de Marcos—. ¡Ahora, sacate la remera!
—¿Eh? —jadea, pensando que escuchó mal.
—¡Sacate la remera, así los levantás en pala! —repite el otro y se saca la propia, como para dar el ejemplo. Marcos niega avergonzado y Thiago hace un gesto con las manos—. ¡Daa, me estás dejando de garpe!
—¡Yo te hago la segunda! —le grita Nacho y se desabrocha la camisa.
—¡Yo también! —agrega Daniela y amaga a sacarse el top, pero los tres la detienen, porque no tiene nada debajo—, ¡bueno, che, estaba jodiendo!
Los minutos pasan. Es curiosa la forma en que Marcos siente que todo tiempo y espacio desaparece en ese lugar. Las canciones son una forma de llevar registro, pero tampoco se da cuenta. ¿Pasó una o tres canciones? Cuando mira la hora, ya casi son las tres y, de golpe, se siente fracasar otra vez.
Se siente ambicioso, se siente como el que arriesga no gana, y él se quiere arriesgar- no, pará, así no era-
—¡Tomá! —dice Thiago, apoyándole una cerveza helada en la nuca. Se caga de risa cuando Marcos se gira alarmado y después su ojos se abren grandes, a la vez que grita—, ¡me encanta esta canción, wacho!
Es la canción de Callejero Fino y el otro, no se acuerda, pero tiene que admitir que se la sabe. Thiago la escucha al mango unas seis veces por día y la letra llega hasta su departamento, a pesar de que use auriculares para estudiar.
El otro se pone a cantar y a bailar delante de Marcos, haciendo que se dé cuenta de que están solos, pero por poco tiempo, porque Nacho aparece, escurriéndose de a poco entre ellos dos, gritando la letra junto a Thiago.
Marcos los deja, retrocede un paso y mira a su alrededor porque, como dijo antes, se siente ambicioso. Si ya besó a uno, puedo besar a otro chico. Quiere hacerlo.
Cuando encuentra a alguien, la situación es parecida a la de antes. Se miran unos momentos y el otro se acerca. Esta vez no le pregunta si puede darle un beso, solo baila cerca suyo, pegado y frotando su cuerpo con el de Marcos. Esa probablemente sea su forma de preguntar y, al no recibir negativa, el chabón le pasa la lengua por el cuello.
Le parece raro, por decir lo menos. Está todo sudoroso, está salado, ¿por qué alguien querría hacer eso?
De un momento a otro, las manos ajenas se escabullen hacia sus hombros y comienza a acercarse. Este es un beso corto, porque alguien empuja a Marcos y sus dientes se chocan con los del otro. Se separan, él mira hacia atrás, encontrándose con Nacho. Cuando se vuelve al pibe, este ya desapareció.
—¡Disculpá! —dice Nacho y después se acerca otra vez—, ¡vamos al patio a fumar!
No sabe si le está avisando o lo está invitando, pero Marcos lo sigue, ya que ahí están los baños.
Van en filita, Thiago, Daniela, Nacho y él. Le llama la atención cómo ellos tres están tan pegados, capaz son amigos hace rato.
El salón principal del boliche tiene un escenario al fondo y, al lado, una puerta que da al patio interno y a los baños. El espacio es pequeño, pero no está mal, porque no hay casi nadie.
La noche es refrescante y Marcos no se había dado cuenta del calor que tenía hasta que salió. Va directo al baño y después regresa con los demás, que fuman cigarrillos y marihuana. Le ofrecen de los dos, pero él niega.
—Dale, una sequita —dice Daniela, con una sonrisa de oreja a oreja y ojos diminutos bajo sus pestañas.
—No, gracias —Marcos sonríe por compromiso—, otro día.
Los otros tres sueltan una carcajada y él no entiende, pero los acompaña apenas.
Saca su celular para entretenerse mientras escucha apenas la conversación de los demás. Cuando se aburre, levanta la mirada, pensando en agregar algo, pero se olvida.
Hay un par de ojos mirándolos. Es un chico, parado junto a la puerta, tiene una lata de cerveza y un cigarrillo acercándose despacio a su boca. Marcos no distingue el color de los ojos ajenos, pero los siente atravesándolo, como si mirara más allá de él.
O, capaz, ya llegó al punto justo de ebriedad donde empieza a pensar pelotudeces.
—¿Vamos, Marcos? —llama Daniela, porque todos ya se están alejando, de vuelta a la pista.
Él voltea a ella para afirmar y, cuando se vuelve, se da cuenta de que el otro chico ya no está. Le da un poco de pena haberlo perdido, porque era lindo, pero ya comprobó que no es el único lindo de ahí.
Cuando se unen al resto de las personas con las que vinieron, Marcos recibe una lata de cerveza helada, bienvenida para el calor que lo está comenzando a cocinar nuevamente. La abre y todos brindan- debe ser la quinta vez en la noche, pero no se queja.
La está pasando bien. Está sonando un mezclado de reggaetón viejo y ahora está considerando con más seriedad sacarse la remera como Thiago y Nacho. Está más en pedo, podría hacerlo.
—¡Esa, primooo! —grita Thiago y lo salpica con un poco de cerveza en un intento de abrazo o de chocar pechos. Marcos no está seguro, pero sonríe.
Sigue bailando y comienza a mirar alrededor una vez más, aunque no tarda nada en toparse con los mismos ojos de antes, que ahora no lo atraviesan, solo tratan vanamente de desnudarlo, porque ya se sacó la remera.
Espera que ese chico lo encare, porque cada vez tiene más ganas de besarlo, pero no le da para ir él. No sabría qué hacer, tampoco.
Marcos se termina la cerveza y tiene que alejar sus ojos del chico, para apoyar la lata vacía en algún. Cuando lo busca, él sigue ahí- capaz un poco más cerca que antes, pero igual a algunos metros y con algunas personas de por medio entre ellos.
Del reggaetón pasan a la cumbia y todo toma un tono más romántico con Una Calle Nos Separa. Ve que a su lado Nacho y Daniela encaran a Thiago, pero él ya está más allá de las discusiones de ellos, pone un brazo en cada hombro de los otros mientras canta la letra.
—¡Perdón, primo, me quedé sin manos! —dice y lo acompaña de una carcajada, pero Marcos nota que ninguno de los otros se ríe.
—¡Voy al baño! —dice él, en cambio. Es mentira, porque piensa en el pibe y en que si no lo encara ahora, no va a volver a tener una oportunidad.
Pero cuando se gira a buscarlo, él no está.
Y es una decepción.
Va al baño igual, porque ya no tolera el calor de ahí dentro.
Entre empujones llega al patio previo.
—Pareciera que me estás siguiendo.
El patio está vacío. Son cerca de las cinco de la mañana, no falta tanto para que cierre el boliche y el patio está vacío a excepción de él y el otro.
—No- —jadea Marcos, de repente sintiéndose un pelotudo y reprochándose el haber dejado que su ego le hiciera creer que el pibe le estaba tirando onda—, no, disculpame, no fue mi intención-
—Te estoy jodiendo —resopla divertido, devolviéndole el alma al cuerpo.
El silencio los envuelve- uno figurativo, porque ahora llega un poquito de Rodrigo desde la pista, lo suficiente para hacer al otro bailar.
Entre paso y paso, se termina acercando un poco a Marcos, entrecortándole la respiración y haciendo que se anticipe, pero nada pasa.
—Tenés un cuerpo… —comienza él, mirándolo de arriba abajo, y terminando en sus ojos—, si vos tenés toda esa facha, ¿qué queda para los mortales?
Le suena a que lo está chamuyando, pero no está del todo seguro. Se le ocurre que debería devolver el cumplido, pero, la verdad, no sabe por dónde comenzar.
—Todo lo que usted tiene —esa le parece una buena forma de empezar—, no tiene nada qué envidiarme.
El chico sonríe avergonzado, se pasa una mano por el cabello, haciéndolo para atrás, y Marcos no podría estar más conforme.
—Tenés una sonrisa perfecta —agrega después, dando un paso más cerca, sus ojos fijos en los labios ajenos.
—Creo que la tuya es mejor —devuelve el otro.
Dejan de hablar, pero no de mirarse. Este es el momento en que deberían besarse, pero Marcos no se atreve a dar el primer paso. Supone que el otro tampoco lo va a hacer porque es más bajo y seguramente él tenga que agacharse un poquito para que llegue a su boca.
—¿Vamos? —pero no puede comprobarlo, porque una chica sale del baño y se lleva al chico devuelta a la pista, dejando a Marcos solo.
Se mete al baño con un sentimiento de derrota. Tuvo la oportunidad y falló. Ya tuvo suerte de encontrarlo una segunda vez, no cree que lo vaya a encontrar una tercera.
Regresa a la pista también y quiere irse a casa. Ya fue suficiente boliche por hoy.
No encuentra a nadie donde los dejó, por lo que se acerca a la barra, el otro probable lugar donde podrían estar, y no le erra, porque Daniela está ahí. Está sentada en un banquito junto a la barra, debajo del aire acondicionado.
—¿Y los chicos? —pregunta Marcos, acercándose a su oreja.
—En el escenario —devuelve con una mueca.
Él gira, pero no los ubica ahí. Mira a Daniela un momento; se ve aburrida mientras mira su celular, probablemente también quiere irse.
Va a buscar a los chicos. En el peor de los casos, se va con Daniela. Le da un poco de cargo de conciencia dejarla sola ahí.
Deben faltar poco para que cierre el boliche, porque ahora están pasando música de Floricienta y otras novelas que no conoce, con la idea de que la gente se empiece a ir, pero solo tiene el efecto contrario.
Sigue sin poder encontrar a los chicos, pero ese se vuelve su último pensamiento, porque Marcos lo vuelve a ver. Su sonrisa perfecta está presente, brillando junto al sudor de su rostro mientras canta Flores Amarillas, y sus ojos están cerrados.
Es ahora, la última oportunidad que va a recibir, y Marcos se tiene que cambiar el nombre a pelotudo si la desaprovecha.
Se acerca a él lo más rápido que puede, esquivando a la gente que hay en medio, y se para delante del otro a la vez que abre los ojos.
—¿Cómo te llamás? —jadea Marcos contra su oreja, decidido a no perderlo otra vez.
—¡Agustín! —responde con una sonrisa—. ¡Vos!
—¡Marcos!
Están cerca y recién ahora Marcos puede notar lo dilatadas que están las pupilas ajenas, intrigándolo y preocupándolo un poquito.
—¿Estás bien? —no se contiene de preguntar—. Tus ojos…
—¡Toy diez puntos! —responde Agustín con una risa—, ¡fumé un poco de faso, nomás!
Marcos asiente y se da cuenta de que Flores Amarillas terminó. ¿Desperdició la oportunidad? Ah, no, porque ahí empieza otra. Se está arriesgando demasiado, tiene que dejar de dar vueltas.
Da un paso más cerca de Agustín y se acerca a su oreja otra vez.
—¿Te puedo dar un beso? —pregunta y se siente enrojecer, porque suena demasiado artificial, como si fuera el doblaje de una película.
—No —responde el otro con una seriedad frágil, porque de inmediato comienza a reírse—, uno solo no.
Marcos se ríe, aunque tiene ganas de decirle sos malo. No pierde tiempo en eso, lleva sus manos a los cachetes de Agustín, sintiendo el sudor y la barba incipiente acariciar sus yemas. Es agradable. Es lindo.
Pero es maravilloso cuando su boca toca la de él y todavía mejor lo que le sigue, porque el otro lleva sus manos a sus costillas, haciéndole cosquillas, pero acariciando toda su piel.
Los labios de Agustín son salados cuando Marcos desliza su lengua, pero también son dulces, porque besan su lengua y su comisura y su mejilla, y Marcos tiene que separarse, porque no le parece justo que lo bese en toda la cara excepto en los labios. Sus manos se mueven a su nuca, se enredan en el cabello húmedo y guían a Agustín en el camino de vuelta a su boca, recibiéndolo a mitad de camino.
Pero lo bueno nunca dura mucho, porque, de golpe, la música baja de volumen y las luces del boliche se prenden. Los dos se separan apenas, mirando alrededor.
Marcos ve de inmediato a Thiago y a Nacho bajando del escenario y acercándose a él. Se vuelve a Agustín, que lo besa otra vez, y si bien quiere seguirle la corriente, ya se le acabó el tiempo.
—Mis amigos están-
—¿Querés venir a mi casa? —interrumpe Agustín. Está abrazando la cintura de Marcos; le deja un beso en el esternón y después lo mira—, un ratito… si querés.
Marcos no sabe qué decir. Esto no es lo esperaba- ni se imaginó que esto podría pasar.
—¡Che, primo! —Thiago y Nacho llegan a donde están ellos—. ¿Vamos? Medio que no están echando.
Vuelve a alternar la vista entre ellos y Agus- y si no es ahora, ¿cuándo va a ser?
—No- eh, Agustín —él levanta la mano en saludo— me invitó a su casa.
—De una/¿vos decís? —responden Thiago y Nacho respectivamente, y después se miran.
—¡Es el after! —dice Thiago, listo para irse con ellos.
—En realidad… —Marcos trata de explicarse, pero la risa de Agustín lo distrae.
—Lo invitó a él solo, boludo- dejá, vamos a buscar a Dani —Nacho ni se molesta en discutir con el otro, lo agarra de la muñeca y se lo lleva.
—¡Estaba en la barra! —grita Marcos, pero no sabe si lo escucharon.
—Entonces, ¿vamos? —pregunta el otro y vuelve a besar su pecho.
Agustín le dice que vive cerca del boliche, pero cuando pisan la décima cuadra, Marcos comienza a dudar.
—Ya casi llegamos —dice él, leyendo los pensamientos del otro.
—Bueno —murmura. Está comenzando a dudar de su decisión.
Las calles son oscuras, pero el cielo está empezando a aclarar en el horizonte. El calor de febrero hace sudar a Marcos con cada paso que da y el sueño de la madrugada ya le está pegando. Tiene ganas de irse a casa.
Mira a Agustín, pensando en decirle que capaz debería irse, pero no quiere interrumpirlo. Lleva un buen rato hablando, contando de su vida, de que está terminando de estudiar, también se queja de su trabajo.
—¿Vos trabajás? —pregunta en una, capaz porque se da cuenta de que lleva diez minutos hablando.
—No —niega Marcos—, solo estudio.
—Ah, bien. Te podés concentrar más.
—¿Dónde trabajás? —se le ocurre decir, porque porque, la verdad, no le molesta escucharlo.
Le cuenta sobre el Starbucks, que sus compañeros son piolas, pero muchas veces los clientes son una mierda.
—Pero, bueno, así es la vida del que tiene que trabajar —concluye y Marcos asiente—. Llegamos.
Se limpia un poco el sudor que se le juntó en la frente en el trayecto con la remera mientras Agustín abre, y después lo sigue dentro.
Es un pasillo largo y oscuro, parece que vive en un PH, y recién ahora Marcos contempla la idea de dónde mierda se metió. Lo mínimo es que le caguen robando.
—Vivo con unos amigos —susurra Agustín—, están durmiendo todavía, así que hay que estar calladitos.
—Bueno —devuelve él en el mismo tono.
Se detienen en la tercera puerta, blanca y de chapa. Agustín golpea sus llaves como cinco veces mientras abre.
—Espero que no hayan escuchado —ríe apenas.
Marcos entra y él cierra la puerta, después busca su mano para guiarlo por el ambiente oscuro. Lo lleva hasta la cocina, sin prender la luz.
—¿Querés agua?
—Por favor.
Saca dos botellas chicas de la heladera y Agustín se baja la suya veloz. Después observa a Marcos.
—¿Y vivís lejos de acá? —pregunta cuando Marcos termina de tomar.
—Y… seguramente, ni sé dónde estamos.
Siente que hay un ambiente incómodo. No sabe cómo actuar, a pesar de que sabe que quiere volver a besarlo. No tiene idea de cómo llevar todo para ese lado.
Supone que Agustín debe pensar algo parecido, por algo lo invitó, pero ahora… Marcos se está llenando cada vez más de dudas y se inclina de a poco por la opción de huir.
—¿Querés ir a mi habitación? —pregunta el otro y suena como el momento correcto para decir que es tarde y que tiene cosas qué hacer más tarde, aunque sea una mentira.
—Dale —pero Marcos se pasó toda su vida huyendo y, si todo salió bien hasta ahora, debe ser porque tenía que llegar a este momento. Tiene curiosidad de qué más va a pasar.
Agustín vuelve a tomar su mano para guiarlo, a pesar de que con cada minuto que pasa, el ambiente se va aclarando. No se queja. Le agrada sentir el sudor de su mano contra la suya.
Lo guía a su habitación, pero en cuanto entran, Marcos deja de prestar atención. Es ahora, es este momento.
Agustín lo está besando otra vez y debe ser porque lo viene anhelando hace más tiempo, porque siente que es mejor que antes.
Las manos ajenas se pegan a las mejillas de Marcos y lo acercan y lo aprisionan y no lo sueltan- y él lo imita, abraza su cintura con más fuerza de la necesaria, y se hunde en su boca, saboreando una vez más la sal de sus labios.
Pero es por poco tiempo, porque Agustín se separa, lo mira a los ojos y lo lleva a su cama.
Hay varias cosas que pasan por la cabeza de Marcos en todo ese tiempo. Como, lo satisfactorio que es ver a Agustín quitarse la remera y después quitarle la suya, o la sensación de su piel tocándose. Le resulta un poco sorpresivo el impulso que tiene de besar y lamer el cuello de él, cuando horas antes, esa idea le había dado asco.
Ahora, lo calienta.
Agustín tiene sus manos en su pelo y suspira cada vez que lo muerde y succiona, pero no se queja de que probablemente le deje un chupón. Pareciera que le gusta.
Los pensamientos comienzan a abandonar la cabeza de Marcos, al mismo tiempo que la ropa lo hace con su cuerpo y, en parte, lo agradece, porque no está seguro de si pudiera seguir si de verdad pensara en lo que está haciendo.
No lo habría hecho si hubiera pensado, porque lo primero que llega a su cabeza cuando Agustín se tira a su lado en la cama, pasa su brazo sobre su pecho y se duerme, es que hace mucho tiempo que no tiene sexo.
Después piensa que nunca estuvo con otro chico.
Arrepentimiento no es la palabra que resuena en su mente. En realidad, solo piensa en irse.
Agustín ronca y Marcos comienza a vestirse.
Podría dejarle su número escrito en algún lado, pero desecha la idea. No está seguro de si quiere volver a verlo.
Sale de la habitación casi en puntitas y cierra despacio.
Si le dejara su número, capaz él ni le escribiría. No podría tolerar su rechazo.
Atraviesa la casa en silencio y, cuando pasa por la cocina, sus ojos chocan con los de otro chabón.
—¿Viniste con Agus? —pregunta con la mirada entornada. Marcos abre la boca, pero ningún sonido sale. Asiente—. ¿Querés que te abra?
Vuelve a asentir.
Recorren en silencio el mismo camino que él hizo con Agustín horas antes y en la salida, el pibe vuelve a hablar.
—¿Querés que le diga algo, o…?
—Gracias por todo —responde y sale de la casa.
Todo el trayecto desde ahí hasta su departamento, Marcos se pregunta si ese era el mensaje para Agus o si solo se lo dijo al chabón.
