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Shakuyaku estaba en problemas. No es que eso fuera algo inaudito, al fin y al cabo, la vida de una pirata no era fácil. Estaba acostumbrada a meterse en líos, sin embargo, esta vez era distinto. Ahora estaba sin su antigua tripulación, sola y en un barco que, a pesar de haber pasado allí los últimos dos años, le seguía resultando hostil. Cada vez que pensaba en la serie de sucesos que la habían llevado hasta ese lugar no podía evitar sonreír amargamente.
“Unos hilos de oro han sido tu perdición. Que estúpida eres Shakuyaku” le reprendió su propia mente. El destino le había hecho caer en manos de un tipo sádico y vengativo o, más bien, ella había cometido el error de intentar robar al tipo equivocado.
Estaba sentada en un cuarto tan diminuto que se sentía claustrofóbico. Solían encerrarla ahí cuando cabreaba al capitán o cuando no podían vigilar que no escapara. Paredes altas sin ventanas, lo suficientemente ancho para albergar un pequeño asiendo donde sentarse. Unas cadenas fijas en el suelo aprisionaban sus muñecas y le daban tan poca libertad de movimiento que apenas llegaba a la salida. Había pateado la puerta y paredes del habitáculo todo lo posible, pero las cadenas eran firmes, así como la cerradura y paredes de su prisión.
Podía escuchar los ruidos de la brutal batalla que se estaba librando fuera. Se preguntó como irían las cosas ¿Quién estaría ganando? ¿importaría acaso? Ganase quien ganase la batalla, las cosas para ella irían igual de mal o peor. Su mente fue divagando, desde las formas en las que podría escapar a que es lo que pasaría cuando la batalla terminase, esto último era lo que más le inquietaba ¿Quién abriría esa maldita puerta?
De pronto escuchó unos pasos más cercanos a su habitáculo, eran unos pasos ruidosos y torpes que no tardó en identificar.
—Pogo ¿eres tú? — preguntó Shakuyaku, poniendo toda su dulzura en su voz. Pogo era uno de los piratas más novatos que había en ese barco, alguien fácil de engatusar si se daban las condiciones apropiadas… Oyó al otro lado de la puerta como alguien rebuscaba entre las cajas de almacenamiento. Shakuyaku imaginó que Pogo estaba buscando un arma de repuesto.
—¿Qué es lo que quieres Shakuyaku? — oyó que gruñía la voz del pirata.
—Estoy muy aburrida, amigo mío. No tiene pinta de que las cosas vayan bien ahí fuera ¿verdad? — pregunta Shakuyaku usando un tono de voz casual.
—Si, seguro que tú lo lamentas muchísimo— respondió la voz de Pogo sarcástica al otro lado de la puerta.
—¡Ooooh! ¡Vamos! ¡No digas eso! — respondió Shakuyaku —No soy idiota. A pesar de mis diferencias con el capitán, si pierde esta batalla caeremos todos, incluida yo. Ya sabes lo fuerte que soy. Déjame salir, puedo equilibrar la balanza a nuestro favor. Somos amigos ¿no? — preguntó de forma dulce.
—Oh…claro que lo somos…— respondió la voz de Pogo cerca de la puerta —Por eso sé cómo te las gastas, bruja—
“No” gritó Shakuyaku para sus adentros.
—Seremos muy buenos amigos después de esta batalla— le dijo Pogo con un tono de voz que denotaba una diversión cruel antes de alejarse de la puerta.
—¡Maldición! — gritó Shakuyaku, pateando la puerta una vez más, jurándose que, si el malnacido de Pogo regresaba y se atrevía a tocarla, lo degollaría.
Los sonidos de la batalla eran cada vez más feroces. No podía adivinar qué estaba sucediendo, parecía que cada vez había más barcos fuera. Sabía que fuera había tipos peligrosos, esta misión era una locura, como la mayoría de las cosas que había hecho el capitán. No estaba segura de que buscaban, con ella no compartían esos detalles dado que no era una nakama propiamente dicha. Aunque ¿Qué significaba nakama en ese barco? Desde luego no era la definición que tenía Shakuyaku, en los escasos dos años que había pasado con esa tripulación los había visto pelear con ferocidad por cualquier cosa. Lo más débiles morían al poco tiempo, lo más fuertes se imponían y el más feroz de todos ellos, el único que podía controlarlos era el capitán.
El estruendo de un cañonazo ensordeció sus oídos e hizo que el barco se tambaleara mientras Shakuyaku maldecía en voz alta. La última esperanza de escapar que surgió en su mente fue Gloriosa. La relación con su compatriota era algo tensa, pero sabía que Gloriosa no estaba en esa tripulación por lealtad o compañerismo, sino que buscaba fortuna y poder como los demás. También sabía que ella había hablado con el capitán pidiendo por su liberación e incluso había ofrecido parte de su botín para comprar la libertad de Shakuyaku, pero el capitán fue bastante claro…
“¿Qué imagen daría si dejara libre a una ladronzuela que ha querido burlarse de mí? No, se quedará aquí. Servirá de ejemplo para los que piensen que pueden desafiar a Rocks D. Xebec y salir impunes” se jactó el capitán dejando por zanjada la conversación con Gloriosa. A pesar de todo ella le había asegurado que buscaría una forma de convencer al capitán. Shakuyaku no lo tenía muy claro y que Gloriosa le pidiera paciencia y cuidado solo servía para desatar discusiones entre ellas. Así habían transcurrido casi dos años en los que se había visto obligada a ser nakama a la fuerza de esa tripulación, peleando por un capitán al que odiaba y haciendo las tareas menos agradecidas del barco. Había sido una insensatez intentar robar a ese tipo. Shakuyaku lo sabía, aunque en su defensa debía añadir que en esos días apenas conocía el mundo fuera de Amazon Lily.
Suspiró, preguntándose si Gloriosa había visto la oportunidad de que pudieran escapar o realmente pensaba que iban a ganar la batalla. Rocks era fuerte, pero no lo suficiente para la cantidad de barcos y gente que podía sentir fuera. La duda asomó en su mente ¿acaso podía fiarse de Gloriosa? ¿y si le había mentido todo este tiempo? Por muy kuja que fuera, era una traidora que había abandonado su país de un día para otro…
“Exactamente como hiciste tú” dijo una parte de su mente haciendo que Shakuyaku se quejara en voz baja.
—Vale… no tiene sentido que le des vueltas a estas cosas ¡tienes que centrarte! — dijo en voz alta para sí misma.
Debía centrar sus pensamientos, debía descartar la idea de que alguien la salvara. Si quería salir de aquí debía hacerlo por sí misma. Algo le decía que Rocks no estaba teniendo suerte en la batalla que se estaba librando fuera. Si quería irse de ese barco debía hacerlo ahora…
De pronto estalló un alboroto que interrumpió sus pensamientos. Podía oír golpes y voces cerca de la puerta ¿Qué estaba pasando? ¿habían vuelto algunos piratas a por armas de repuesto?
Gritos, disparos, golpes… y luego silencio. Escuchó unos pasos ligeros que le provocaron escalofríos… había alguien cerca de la puerta y no parecía ser ningún miembro de la tripulación.
El sonido de un golpe firme inundó sus oídos mientras Shakuyaku se cubría con los brazos para protegerse de los trozos de puerta que habían salido despedidos hacia ella. Cuando su visión que aclaró se quedó sin aliento al ver quien había abierto la puerta.
“Hilos de oro…” musitó su mente.
Los hilos más hermosos que Shakuyaku había visto en toda su vida eran aquellos que habían sido su perdición, de un dorado tan bello que le dolía de solo mirarlo. Hilos de oro que caían por la frente y colgaban de la cabeza de Silvers Rayleigh. Aquel hombre acababa de destrozar la puerta, y por su expresión, era obvio que esperaba encontrar una estancia más interesante que una prisión.
—Vaya… no esperaba encontrarte aquí— dijo Rayleigh en tono tranquilo.
Su mirada dio un vistazo rápido a la pequeña habitación, deteniéndose justo en las cadenas que colgaban de las muñecas de la mujer. Suspiró mientras se acercaba, reduciendo la distancia entre ellos, y alzó su espada.
Fue en ese momento cuando Shakuyaku lo supo… iba a morir. Cerró los ojos; era humillante morir a manos de un hombre… pero quizás no era tan horrible morir a manos de ese hombre. Después de todo, estaba segura de que él no era un sádico. Sería una muerte rápida y limpia; aquello era mucho más de lo que otros habían tenido. En cierto modo, se sintió aliviada de verle una última vez y de que él aún estuviera vivo…
El sonido de la cuchilla cortó el aire y atravesó sus oídos.
…
Shakuyaku abrió los ojos, sorprendida, al notar como las cadenas que la mantenían prisionera caían cortadas al suelo.
Rayleigh le dio la espalda, mirando por las cajas que había en la estancia contigua. Fuera aún se oía el clamor de la batalla, pero en la mente de la mujer esos ruidos se sentían muy lejanos ¿Qué estaba pasando? ¿Acaso estaba muerta y no era consciente de ello?
—Tu capitán está teniendo las cosas muy difíciles ahí fuera. Deberías marcharte cuanto antes si quieres salir con vida de aquí— murmuró Rayleigh.
—¿Mi capitán?... — murmuró Shakuyaku atónita “¿Está hablando de Rocks?” se preguntó.
Rayleigh se giró levemente para mirarla.
—Bueno… solo era un consejo, no parece que le tengas mucha lealtad. Aunque yo no soy nadie para darte ordenes…— dijo Rayleigh con un tono de voz ligero como si se estuviera disculpando.
Shakuyaku cada vez entendía menos de lo que estaba sucediendo. A pesar de estar libre de sus cadenas no se movió del lugar. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué estaba haciendo? Eran piratas de tripulaciones rivales ¿Qué hacía ayudándola a ella? Notó como la furia crecía en su interior, la sangre le hervía ¿Acaso ese hombre pensaba que ella era débil? ¿Acaso la veía como una damisela en apuros a la que debía rescatar?
Agarró las cadenas del suelo con tanta fuerza que le dolieron las manos y se abalanzó con ímpetu hacia Rayleigh.
—¡No necesito tu compasión! — gritó al mismo tiempo que lanzaba un golpe con las cadenas hacia la cabeza del hombre.
Por un instante, pensó que había acertado el golpe, pero nada más lejos de la realidad. Con una rapidez asombrosa, Rayleigh esquivó su golpe, golpeándola a ella con fuerza y maestría, al mismo tiempo que le quitaba las cadenas y la empujaba contra la pared. Shakuyaku sintió el metal frío de una navaja presionar levemente su cuello. La mirada de Rayleigh era fría y feroz, la mirada de un pirata que no dudaría en hacer lo necesario para salvar su propio pellejo.
“¡Hazlo!” gritó la mente de Shakuyaku “Acaba con esto de una vez ¡tú tienes la culpa de todo!”
—No se trata de compasión, pero tú no eres mi enemiga…— farfulló Rayleigh con la respiración agitada —Y… después de todo… creo que te debía una…— añadió con un tono de voz dubitativo.
Ambos se miraron durante segundos, con Rayleigh aun amenazándola con la navaja. La ira de Shakuyaku se fue disolviendo… ¿aquel hombre estaba hablando en serio?
No tuvo tiempo para pensarlo. Un cañonazo resonó más cerca de lo que debería haber sonado, seguido de varios gritos de abordaje que se escuchaban a lo lejos. Rayleigh la soltó de inmediato y se puso en marcha.
—Deberías seguir mi consejo… pero haz lo que te dé la gana— le dijo en tono hastiado antes de desaparecer rápidamente por la puerta.
Ella se quedó paralizada unos segundos más antes de reaccionar “¡Céntrate!” gritó su mente. Había estado horas pensando en cómo salir de aquel lugar. Ahora que no había cadenas, ni carceleros de por medio, no pensaba dejar escapar esta oportunidad. Rebuscó rápidamente entre las cajas, encontrando un cuchillo y una pistola; no eran gran cosa, pero si lo suficiente para salir de aquel sitio. Echó a correr por los pasillos de forma ligera y silenciosa. No estaba segura de lo que sucedía fuera, pero temía a quien pudiera encontrar en cualquier esquina.
Con cada paso, sentía como la presión de su pecho disminuía. Por fin, después de dos años, iba a dejar atrás aquel infame barco. Sin embargo, antes de abandonar aquel lugar, había algo que debía hacer…
