Chapter Text
"Estoy bien." Murmura entre dientes, llevándose la cerveza a los labios. Puede ver como sus palabras no convencen en absoluto a la chica enfrente suya.
"Repítetelo hasta que te lo creas, supongo." Es todo lo que dice a modo de respuesta Bea.
No puede contener la expresión de fastidio que eso le provoca; Bea siempre ha tenido la mala costumbre de actuar más como una madre que como una amiga.
"Mira, es viernes, he tenido una semana de mierda y todo lo que quiero es tomarme unas cervezas tranquilo sin tener que plantearme toda mi vida, coño ya." La frase sale atropellada por su propia falta de contención.
No sabe ni porqué se justifica.
"Lo único que digo es que estaría genial si en vez de ahogar tu frustración en alcohol y una excesiva cantidad de tabaco, buscaras algo que..."
"¿Algo que qué? Y no me tires de la lengua, que los dos sabemos que de entre los dos yo no soy el que va más al estanco, eh." Se reclina sobre la silla de la terraza inconscientemente, cruzándose de brazos. Las gafas de sol tapan la mirada de hastío que dirige hacia la chica.
"No sé, Juanjo, ¿cuándo fue la última vez que tuviste una cita?" Bea apoya sus codos sobre la mesa, el calor ha empezado a hacerse notar en Madrid y puede notar cómo la piel de sus muslos se pega a la silla.
Juanjo no se digna a merecer la pregunta con una respuesta, limitándose a soltar un bufido de desacuerdo.
"Lo digo en serio."
"Que tú y Claudia no sepáis vivir la una sin la otra no significa que los demás tengamos que estar deprimidos sólo por estar solteros." Se queja, volviendo a tomar otro sorbo de cerveza, planteándose cuánto tiempo más ha de esperar antes de poner alguna excusa para salir huyendo.
"Excepto que estás deprimido." Dice Bea, imitando su gesto y bebiendo. "Y soltero."
"Tampoco es como que tenga muchas oportunidades de conocer gente últimamente." Es verdad, desde que empezó a trabajar no ha tenido tiempo para nada que no sea correr de un lado de Madrid a otro, exasperado por su incapacidad para sacar adelante los proyectos de la empresa.
Ingeniería Naval nunca había sido su sueño. Tampoco lo era la empresa de diseño naviero a la cual había acabado invirtiendo toda su existencia.
Pero tenía un sueldo más que envidiable y podía permitirse vivir sólo en la capital. No muchos chavales de veintiséis años podían decir eso.
Así que, su felicidad momentánea y su falta de motivación habían pasado a segundo plano.
"Pues deja que te presente yo a alguien." Insiste Bea.
No es la primera vez que hace esa misma proposición. Juanjo ha perdido la cuenta de la cantidad de veces que la chica ha repetido esas mismas palabras a lo largo de los últimos meses.
La cosa es, sinceramente, que Juanjo nunca ha querido una relación.
No es ese tipo de persona. Siempre se ha caracterizado por su humor arisco y su capacidad para hacer amigos hasta debajo de las piedras. Pero ya está. Amigos.
Le aterra, de cierto modo, la vulnerabilidad e intimidad que exigirían de él una relación. Ha visto las consecuencias, aún no habiéndolas vivido nunca de primera mano.
Está contento con sus encuentros casuales y su larga lista de amigas, que ofrecen todo el apoyo emocional que podría buscar en una pareja.
"¿Y a quién se supone que me presentarías, a ver?" Es la primera vez que le da más que una negativa rotunda.
La única justificación que puede encontrar a ello es el cúmulo de agotamiento anímico al que se ha visto expuesto desde que empezó a trabajar.
Los ojos de Bea brillan ante su respuesta.
"¿Te acuerdas de mi compañera de trabajo? La británica." Bea trabaja en una escuela de música como profesora de piano, Juanjo jamás ha conocido a alguien con tanto dominio sobre el teclado como ella.
"Sí, la morena..." Piensa en el nombre unos segundos. "Chiara."
"Esa misma." Juanjo hace un gesto de extrañeza. Había conocido a la chica durante una quedada, hacía ya más de seis, para celebrar el cumpleaños de Bea en un karaoke. Chiara le había parecido encantadora, dulce y muy, muy guapa. Sin embargo, la elección de su amiga le sorprende.
"¿No era lesbiana?"
"Sí, lo es, lo es... No me refería a ella." Enciende un cigarro antes de continuar. "Un amigo suyo se ha mudado a Madrid, un chico majísimo, super bueno... Está haciendo un musical."
Juanjo se congela momentáneamente ante la descripción.
"Bea..."
"Ya sé, sé que no te emociona la idea de estar con un chico, pero te prometo que te encantaría." La ve expulsar el humo, mientras sus palabras se asientan en su estómago.
Sentirse cómodo respecto de su sexualidad nunca había sido su fuerte.
Siempre había sabido que le gustaban los chicos. Es un realidad poco sencilla de ignorar. Pero nunca había sentido la necesidad de actuar sobre ello, sobretodo cuando las mujeres estaban ahí; siendo todo lo comprensivas y guapas que podría pedir de ellas.
Cuando le contó a Bea que también le gustaban los hombres, en una noche de borrachera llena de confesiones, ella se limitó a asentir. Como si se tratara de la cosa más sencilla del mundo y no el conflicto personal que había marcado su vida.
Que seguía marcándola.
"Creo que paso." Se limita a contestar.
Saca del bolsillo de sus vaqueros su propio paquete, encendiendo un cigarro mientras observa a la gente pasar por la calle. Son sólo las siete y mires por donde mires hay personas llenando la ciudad.
Le tranquiliza, de cierta manera, como Madrid siempre es mucho más grande que sus problemas. Como la gente hace su vida y sigue, sin reparar en su existencia. Le alivia saber que nada es tan importante.
"Juanjo, anda, Denna y yo estamos preocupas... Hasta Álvaro piensa que estás más huraño de lo normal." El chico rueda los ojos ante la mención de sus amigos.
Si tan preocupados están, que hubieran quedado con ellos hoy.
Ultimamente, resulta imposible que coincidan todos juntos.
"¿Y cómo va a solucionar mi puta vida una cita? Cuéntame." Se esfuerza por mantener el tono de la conversación en el aire. No podría soportar otra charla más sobre su estado mental.
"Sólo voy a decir que en cuanto conocí al chico pensé en ti... Hasta Chiara piensa que haríais buena pareja." Eso consigue intrigarle, aunque sea un poco.
"¿Y eso porqué?"
"No sé, Juanjo, amor, no sé explicarlo... Es como, todo lo contrario a ti." Un bufido molesto se escapa de su boca, de nuevo. "¡Pero lo digo para bien! Creo que te vendría bien alguien... Alguien bueno, Juanjo, eso es todo."
"¿Insinúas que yo soy malo?" Se burla.
"Insinúo que no te vendría mal alguien que rebajara un poco tu humor de perros." Bea agarra su mano por encima de la mesa. Ni si quiera se había dado cuenta de que la había dejado ahí apoyada. "Juanjo, de verdad, ¿no te apetece una cita divertida, con un chico guapo, que tu mejor amiga considera perfecto para ti?"
"Lo vendes muy bien, eso hay que reconocértelo." Dice mientras una sonrisa se dibuja en su boca. Puede ver la ilusión crecer en los ojos de Bea mientras le oye hablar. La posibilidad se le hace más apetecible de lo que debería. "Aun que sigo sin entender tu interés en mi vida amorosa."
"Es tu falta de vida amorosa lo que me interesa, cariño." Juanjo le saca el dedo inmediatamente, viendo como la chica se deshace en risas, uniéndose a ella.
"Estoy bien como estoy, en serio." Una expresión de consternación se plasma en el rostro de su amiga.
"Juanjo... A ti lo que te hace falta es encontrar el amor."
...
La próxima vez, no se va a dejar convencer. Piensa negarse totalmente, no va a ceder ni un poco ante las súplicas de sus amigas.
Está bien sólo.
Mira de nuevo la hora en su teléfono, lleva esperando ya quince minutos a que el chico aparezca.
Es una falta de respeto, con todas las letras. Ya le había costado suficiente aceptar la cita como para que encima le hicieran esperar. Como si no tuviera nada mejor que hacer con su tiempo.
Ha sido él quien ha escogido el sitio, no es el tipo de persona al que le gusta dejar las cosas al azar. Es un restaurante italiano ridículamente caro al que nunca convence a sus amigos de ir. Tal vez, quiere impresionar. Aunque sea un poco.
Pero si su cita insiste en llegar tarde, va a lamentar todos los esfuerzos que ha hecho por alguien que no lo merece.
Sólo sabe que se llama Martin. Y que es actor.
Lo cual, de por si, es una red flag se mire por donde se mire. ¿Qué va a hacer él con un actor?
Había sido una idea estúpida, aceptar a verse envuelto en una cita a ciegas, con un chico que no conoce de nada. Pensaba hacérselo saber a Bea en cuanto la volviera a ver.
Ni si quiera tiene el número de Martin, para poder preguntar a qué se debe su tardanza. Debería irse, sin más, como no llegue en los próximos cinco minutos.
Son excusas, lo sabe en cuanto las piensa; excusas porque está aterrorizado de causar una mala impresión. De no gustarle, incluso si ni siquiera sabe cómo es. O si le gusta a él, para empezar.
Se ha puesto su mejor camisa, la negra de seda que Denna siempre alaga, y lleva el perfume nuevo que le regaló Álvaro por navidades. El que hace que parezca más maduro y seguro de lo que se siente por dentro.
Vuelve a mirar la hora, ya han pasado cinco minutos.
Sus pies, casi arrastrándose por la acera, se mueven de vuelta a su coche. Todo ha sido una pésima idea.
La posibilidad de que el chico lo haya visto y se haya ido se comienza a formar en su cabeza, por mucho que intenta ignorarlo.
"¿Perdona?" Eso hace que se gire de nuevo, siguiendo el sonido de la voz. "¿Eres Juanjo?"
Es guapísimo, Bea no había mentido en eso.
Con el pelo oscuro y largo, cortado por los lados. No sabe si es por lo oscuro que es su cabello, pero su piel parece pálida, en contraste con lo rojos que son sus labios.
Tiene unos ojos enormes, de un color miel que le saluda a él mismo cuando se mira al espejo, enmarcados en pestañas negras, tan largas que parecen rozar sus mejillas cuando pestañea.
Los restos de un comienzo de barba acentúan su mandíbula y sus pómulos, de una manera que Juanjo sólo está acostumbrado a ver en estrellas de cine. Todo en él parece perfectamente equilibrado, diseñado con cuidado y cariño.
Hace años que Juanjo dejó de creer en Dios, pero si lo hiciera, pensaría que se tomó todo el tiempo del mundo en hacer al chico enfrente suya.
Tarda unos segundos en reaccionar, demasiado ocupado comiéndoselo con los ojos, hasta darse cuenta de que sigue mirándolo, esperando una respuesta.
"Eh... Sí." Extiende su mano hacía él, más por inercia que por costumbre. El hombre baja sus ojos (y todas sus largasperfectasmaravillosas pestañas) hacía su mano, con una mueca divertida en los labios. "¿Martin?"
"Encantado." Da un paso para delante, correspondiendo el saludo. No hay duda en su cuerpo al hacerlo.
Ahora, que están más cerca, Juanjo es consciente de la diferencia de altura entre ellos. Martin es unos cuantos centímetros más pequeño. Por alguna razón, eso sólo le hace más atractivo.
"Perdón por tardar... El metro ha decidido jugar en mi contra." Tiene una sonrisa preciosa, el tipo de cara por la cual Juanjo perdonaría llegar veinte minutos tarde. O cualquier cosa.
Si hubiera sabido que Martin tiene el aspecto que tiene, hubiera esperado delante del restaurante durante días.
"No te preocupes, yo..."
"Estabas a punto de irte." Termina la frase por él.
No usa un tono recriminador, pero Juanjo no puede evitar querer justificarse.
"¡No! Bueno, a ver, es que, joder..." La sonrisa crece en los labios de Martin y Juanjo comienza a ser consciente de que sólo está jugando con él. Suelta un suspiro de resignación. "¿Entramos? No creo que nos guarden la reserva mucho más tiempo..."
"Sí, claro... Nunca había venido aquí." Contesta el chico, siguiéndole hasta dentro del establecimiento. "No llevo mucho en Madrid."
"¿No?" Juanjo abre la puerta del restaurante, haciendo que el chico pase delante suya. "Yo huí de mi pueblo en cuanto cumplí los dieciocho."
Puede que mirase un poco de más la figura de Martin al cruzar la puerta, pero consigue disimular antes de que se de cuenta. Va vestido con unos pantalones de tela oscura, junto con una americana negra entallada, que resalta lo estrecha que es su cintura y marca los movimientos de sus brazos. Que brazos.
"Yo estudié en Bilbao, en mi casa." Murmura mientras anda hacia el interior del restaurante.
Habla un par de tonos por debajo de lo normal, Juanjo tiene que hacer un esfuerzo por escucharle.
"¿Eres vasco? No tienes acento." Martin le da una mirada divertida, por encima del hombro, mientras se posiciona a su lado.
"Tu si... Para haber huido de tu pueblo con dieciocho, digo." Una de las camareras se acerca hasta donde se encuentran, haciendo que los dos se fijen por primera vez en el sitio que les rodea y no el uno en el otro.
La decoración es elegante, todo luces tenues y manteles blancos adornados con velas. Juanjo se siente extrañamente satisfecho de su elección, es el tipo de sitio en el que un chico como Martin debería de estar.
"¿Tenéis reserva, chicos?" Pregunta la camarera, interrumpiendo la conversación.
Juanjo da un paso hacia delante, colocando su mano en la espalda de Martin al pasar. Es un gesto inocente, simplemente para facilitar el paso, pero el contacto consigue despertar los nervios de su estómago, que se habían calmado levemente al ver que el chico si había acudido a la cita.
"Sí, a nombre de Juanjo Bona." Responde, quitando rápidamente su mano de la espalda de Martin, al ver cómo la camarera se fija en el gesto. La ve buscar en la tablet que sostiene entre las manos, antes de asentir hacia ellos.
"Sí, aquí la tengo... Seguidme, por aquí." No espera más de unos segundos, antes de girarse hacia el interior del restaurante.
Ahora, es Martin quien coloca su mano en la cintura de Juanjo, guiándolo en la dirección en la que se mueve la camarera.
Juanjo se estremece, presa de un nerviosismo absoluto. No es una persona particularmente dada al contacto físico, sobretodo cuando se trata de hombres con los que no tiene ningún tipo de confianza. Aún así, la sonrisa que Martin le da, consigue que frenar la deriva oscura de sus pensamientos.
"Es esta, chicos." La chica se para delante de una mesita pequeña, decorada con el mismo cuidado y atención que el resto del local. Juanjo frunce el ceño, levemente confundido.
"Había pedido otra..." Lo sabe perfectamente, recuerda la llamada a la perfección. En el fondo del restaurante hay unas mesas más apartadas, semicubiertas por una cortina oscura, que ofrecen un sentimiento de intimidad que Juanjo considera necesario para cualquier tipo de cita.
"Sí, perdona, pero habéis llegado un poco tarde y le hemos dado esa mesa a otra pareja..." Se excusa la mujer, Juanjo se desinfla levemente ante la información. No se le da bien lidiar con las cosas cuando no salen a su manera.
Martin, como si notara el bajón en su estado de ánimo, aprieta la mano que sigue sobre su espalda.
"Bueno, pues... Pues nada." La chica le da una sonrisa apologética, antes de dejar dos menús al lado de cada plato e irse.
Juanjo aparta una de las sillas, dejando que Martin se siente en ella, oyendo el gracias susurrado y contenido que sale de su boca al hacerlo. Rodea la mesa, ante la mirada expectante del chico, hasta ocupar él mismo el sitio de enfrente.
"La mesa que había pedido... Tienen una decoración increíble en la parte de atrás, el papel de las paredes está pintado a mano y hay como unas estatuas... No sé, una mierda." Se siente ridículo, quejándose del lugar que les ha tocado. Pero quiere llenar el silencio, no soportaría que la incomodidad de una primera cita se asentara entre ellos.
"Oh... Lo siento, de verdad que no suelo llegar tarde." La disculpa es sincera, puede leerlo en sus ojos, iluminados por la vela que decora la mesa. Eso sólo consigue hacerle sentir aún peor, provocando culpabilidad en el chico guapo que quiere impresionar.
"¡No, hombre! Si yo no lo decía por ti." La brusquedad con la que habla provoca una risa en Martin, que se cubre la boca con la mano al hacerlo. "Sólo quería que... No sé, que te gustara el sitio."
"Me gusta." Hace un pequeña, mirándolo a los ojos. Juanjo tiene que apartar la vista, incapaz de sostener la intensidad que se refleja en sus pupilas. "Me gusta mucho."
"¿Si?" Odia la inseguridad de su voz.
"Sí, es justo el tipo de sitio al que siempre pienso que tengo que ir pero nunca encuentro una excusa... Me gustan los tenedores y... ¿Cómo se llama lo de las servilletas?" Juanjo no debería de encontrar adorable a un hombre adulto cuestionando la cubertería.
"¿El anillo?¿Servilletero?" No pretende que suene como una burla, pero el tono divertido empapa la frase. Por suerte, Martin parece más contento que otra cosa.
"Eso... Me gusta." Asiente con la cabeza al decirlo, haciendo que su pelo siga el movimiento.
"Me alegro que te gusten las servilletas."
"Y los tenedores."
Juanjo tiene que contener una sonrisa. Siente el aire escaparse de su pecho cuando, inevitablemente, la conversaciones sobre los objetos que adornan la mesa termina, dejando un silencio demasiado cercano a la incomodidad.
Se observan durante unos segundos, las facciones de Martin están totalmente relajadas, como si no le afectara lo más mínimo no tener nada que decir, mientras que Juanjo se plantea cuáles son las posibilidades de acabar convulsionando en mitad del restaurante.
De nuevo, todo vuelve a parecerle una idea terrible.
El vasco parece entrever la desesperación que crece en su estómago, porque le vuelve a dedicar una sonrisa.
"No se me dan muy bien las citas." Dice el chico, bajando la vista hasta su plato. "Pero... Gracias por haber escogido un sitio tan bonito y por... por no haberte ido, por no haberte enfado porque llegara tarde."
Juanjo es lo suficientemente inteligente como para leer lo que hay detrás de sus palabras; está intentando calmarlo. Calmarlo a base de asegurar en voz alta que todo está bien y que Juanjo, como siempre, le da más importancia a las cosas de la que realmente merecen.
"A mi tampoco se me dan bien." Asegura, hay algo tranquilizador en poner todas sus cartas sobre la mesa. "Es mi primera cita a ciegas, siendo sincero."
"Ojalá poder decir lo mismo... Desde que vine a Madrid, mis compañeras de piso han estado intentando liarme con cada personaje..." Martin se corta a mitad de frase, viendo como las cejas de Juanjo se arquean al oírle.
"¿Me debo dar por aludido?" El chico se ríe, sonriendo alegremente de nuevo.
"Te lo respondo al final de la noche." Le contesta, sus ojos brillan con más intensidad. No tiene nada que ver con la luz de las velas.
Un camarero se acerca a su mesa, haciendo que Juanjo se quede con la respuesta en la boca.
"¿Qué os pongo para beber, chicos?"
En ese instante, ambos parecen darse cuenta de que han ignorado por completo el menú delante suya, en favor de prestarse atención exclusiva el uno al otro. Juanjo mira rápidamente la sección de vinos, observando como el camarero mira indisimuladamente a Martin.
"Eh... ¿Te gusta el blanco?" El chico asiente suavemente, todavía sin dejar de sonreír. "Pues nos pones una copa de Godello, cuando puedas."
"Ahora mismo." Dice, antes de irse.
"¿Lo conoces?" Pregunta Juanjo, señalando con la cabeza al camarero. Martin niega, la confusión clara en su cara. "Ah."
"¿Por?"
Nota sus mejillas calentarse involuntariamente.
"Te estaba mirando mucho." La sonrisa de Martin se acerca excesivamente a ser socarrona.
"Suelo tener ese efecto." Dice, guiñándole un ojo en el proceso. Juanjo no sabe si tomárselo como una muestra de confianza en sí mismo o como un aviso de salir huyendo.
"Uau... Sabía que los actores podían ser unas divas, pero no imaginaba que tanto." Se burla, mientras ve con el rabillo del ojo al camarero acercarse con una botella entre las manos.
"No todos los actores." Martin apoya los codos sobre la mesa, dejando su barbillas reposar sobre la palma de sus manos. "Pero yo sí, la verdad."
Un bufido divertido se escapa de su boca.
"Está bien, joder, sinceridad ante todo." El camarero se acerca, echando un poco del vino en la copa de Martin, que se queda mirando expectante. "Pruébalo."
Le da una mirada dubitativa, antes de llevarse la copa a los labios.
Tiene una boca perfecta, como hecha a mano.
"Está bueno." Contesta, sin dejar de mirar a Juanjo ni un segundo, ignorando flagrantemente la presencia del camarero. Ve el movimiento de su garganta al tragar la bebida.
El hombre llena sus copas, yéndose mientras le dan las gracias.
"Bea no me dijo en qué musical actúas." Dice, buscando llenar de nuevo el silencio.
"Oh, todavía no hemos estrenado... Es una representación de Grease." El chico toma otro sorbo de su copa. "Hago de Danny, el protagonista."
Juanjo no puede evitar pensar que le pega. Por supuesto que Martin tiene que ser el protagonista.
"Joder, que locura, ¿no?"
"Sí, es muy guay... Es lo primero que hago así más serio desde que terminé interpretación." El vasco para unos segundos. "¿Tu eres ingeniero?"
Le cuesta contener el gesto amargo que amenaza con plasmarse en su cara.
"Sí... Algunos tomamos decisiones terribles." Martin se ríe, pero calla enseguida para incitarle a continuar. "Elegí la carrera en base a qué me iba a dar de comer más rápido."
"¿Y ha funcionado?"
"¿Me estás preguntando si gano mucho dinero?" Los ojos de Martin se abren alarmados.
"No, por Dios, que va... Me refería a si estabas contento o no o..." Juanjo se ríe ante su abrumo, haciendo que el vasco pegue un golpe suave sobre su mano, apoyada en la mesa. "¡No te rías de mí! Que pensaba que lo decías en serio, jo."
"Pero, por favor... Pobre Martin." Juanjo aprovecha la cercanía entre ellos para rozar su mano, en un gesto que pretende ser de consuelo. "Por responder a tu pregunta... Mi trabajo me trae sin cuidado, pero en algún voy a poder hacer muy pocas horas por mucho dinero. Me dedico a rezar para que ese momento llegue pronto."
"Me uno a tus plegarias, entonces." Martin aprovecha ese momento para abrir el menú. "¿Alguna recomendación?"
"Todo está bueno." Piensa la respuesta unos segundos. "Tienen unos raviolis rellenos de calabaza... ¿Te gusta la trufa?"
La cena, para el alivio de Juanjo, consigue progresar en absoluta normalidad.
Es casi ridiculamente fácil.
Martin es, a falta de una mejor palabra, encantador.
Todo sonrisas dulces y palabras suaves, sin dudar un segundo en corresponder sus bromas, en reírse de él. Lo hace terriblemente atractivo, inundando la cita de una sensación de comodidad a la que Juanjo no está acostumbrado.
Le ve beber dos copas de vino, entre historias sobre su infancia en Bilbao y la Escuela de Arte Dramático. Mientras comen, Juanjo le habla de sus años en la Universidad, de su pueblo en Zaragoza y del estrés acumulado durante los últimos meses.
Para cuando se quiere dar cuenta, Martin sabe más sobre él en el transcurso de una cena que la mitad de la gente que le conoce.
Es raro, encontrar ese tipo de complicidad en alguien tan radicalmente diferente a él.
Tiene que asegurarse de hacerle un buen regalo a Bea en su próximo cumpleaños.
"¿Quieres postre?" Pregunta, tomando de nuevo el menú y saltando directamente hasta la última página. Él sólo ha bebido una copa, porque tiene que volver a su casa en coche, pero se siente borracho de felicidad.
"Dios, Juanjo, voy a reventar..."
"¿Eso es un no?" Mira la lista de postres durante un segundo. "Hay coulant de chocolate, tiramisú..."
Eso parece llamar su atención. Juanjo lo guarda en su lista mental de cosas que ha aprendido sobre Martin.
"Tiramisú." Responde, inclinándose hacia delante poco a poco, como si fuera a intercambiar un secreto. "Pero lo compartes conmigo."
"¿Y si no quiero?" Solo con la mirada de ojos grandes que le da, sabe que es una amenaza vacía.
"Te lo pido otra vez." Martin no ha dejado de sonreír en toda la cena. "Hasta estoy dispuesto a pedirlo por favor."
"Bueno... Si te pones así, supongo que puedo hacerte ese favor." A Juanjo, realmente, no se le ocurre nada que le apetezca más que compartir el puto postre con el chico delante suya.
"Eres un ser tan benevolente..."
"Es solo y exclusivamente para no ser catalogado como un personaje más con el que tus amigas han intentado liarte." Dice, buscando con la mirada al camarero.
"Ah, sabía que tenías intenciones ocultas..." Martin se reclina sobre su silla, mientras Juanjo intenta disimular su creciente nerviosismo.
"No sabes cuantas."
Martin suelta una carcajada, más ruidosa que ningún otro sonido que haya hecho a lo largo de la noche.
"Estoy deseando descubrirlas." Hay un reto bordeando sus palabras.
El camarero se acerca y Juanjo pide rápidamente por los dos, sin esperar a que Martin interactúe con él. Es lo suficientemente maduro como para reconocer que no quiere compartir la atención del vasco con nadie.
"Te tomas en serio lo de jugar a cita ideal, ¿no?" La pregunta pilla por sorpresa, Martin debe leer su confusión, porque continua. "El restaurante elegante, eligiendo la mesa, pidiendo el vino, compartiendo el postre... ¿Estas intentando impresionarme?"
"¿Está funcionando?"
"No soy el tipo de chico que se deja engatusar en la primera cita."
"Eso es perfecto." Juanjo se inclina sobre la mesa, cogiendo la mano de Martin entre la suya. "Tendremos que tener una segunda."
