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Seis años después.
— ¿Él se pondrá bien?
El veterinario alzó su mirada y sus manos se detuvieron, cesando la inspección por unos segundos para apreciar el rostro del infante, bañado en lágrimas y con las mejillas tan rojas como un pimiento. La madre del niño le rodeó por los hombros, acariciando uno de ellos con dulzura y apegándolo contra su falda, a fin de confortarlo.
Bajo su mascarilla, el pelinegro esbozó una diminuta sonrisa ante la inocencia del menor. Con su cabeza asintió, y sus manos enguantadas retomaron su tarea de ajustar la férula a la pequeña pata del perro, misma que se fracturó tras una caída de las escaleras, en un descuido de sus dueños. El anciano animal yacía adormilado, con sus ojillos abriéndose dificultosamente y cerrándose, solo reaccionando a la voz de su pequeño dueño, quien le acariciaba la cabeza, soltando hipidos a causa de su miedo a perderlo.
— Él estará bien —dijo a fin de tranquilizar al niño, retirándose los guantes.—, tienes que darle mucho amor para que se recupere —posó su palma en el lomo del can que bajaba y subía con lentitud, cubierto de ese pelaje lacio color miel.—, ¿puedes hacerlo?
— ¡Sí! —el menor asintió repetidas ocasiones con su cabeza, acercándose hasta su viejo amigo y susurrando en su oreja, las cuales se movían apenas al captar su voz.—, ¿oíste eso? Vas a estar bien
— Muchas gracias —la mujer sujetó al perro cuando le fue entregado con suma delicadeza, y lo arrulló entre sus brazos con cariño, inclinándose para besarle la cabeza cubierta de su suave pelo. Su compañero animal soltó un débil gemido.
— No es nada —acercándose al escritorio, al otro extremo de esa habitación iluminada y pulcra, abrió un tarro de cristal, extrayendo una paleta con cuidado, y volvió con los familiares de su último paciente del día.—, los veré en la próxima consulta —flexionó sus rodillas, hasta quedar a la altura del infante y le extendió el dulce, el cual este recibió muy encantado.—. Cuida mucho a tu amigo, ¿bien?
La mujer empujó con suavidad al niño por la espalda, en dirección al médico, y le dió la orden de ser agradecido con el pelinegro por su amabilidad.
— Muchas gracias —el niño hizo una reverencia, y sujetando la mano de su madre, salieron del consultorio, atravesando ese espacio tan acogedor que era la sala de espera de la clínica "Kaizen", hasta las puertas cristalinas. Andando por la acera frente al local, el menor sacudió su mano a forma de despedida, con su paleta en la boca, saboreándola, antes de perderse junto a su progenitora en las calles de Tokio.
Fushiguro se retiró el cubrebocas, tirando de él hacia abajo. Al girar, se encontró con Inumaki detrás del recibidor, era el único que le acompañaba desde que sus dos empleados más recientes se retiraron de su jornada de medio tiempo. Ambos estudiantes, como alguna vez lo fue él.
— ¿Qué ocurre? —preguntó al verle llevarse las manos frente a su pecho, como acostumbraba al comunicarse en lengua de señas.
"Yaga", "llamada".
— Entiendo —retirándose el estetoscopio del cuello, lo sujetó entre sus manos, e hizo lo mismo al sacarse de encima su credencial con colgante, misma que había sido actualizada. No solo lucía mayor en la fotografía de pequeño tamaño, a comparación de la primera que le fue entregada al llegar ahí cuando aín cursaba la universidad, sino que también bajo su imagen con expresión serena se leía su nombre, seguido de su título como médico veterinario, especializado en cirugía de pequeñas especies, y claro, su nuevo puesto. Sustituyendo el "auxiliar", ahora le correspondía un "director", cuando la clínica recayó en sus manos y quedó a su completo mando.—, gracias Inumaki —murmuró, sujetando el teléfono inalámbrico que le ofreció el chico de cabellos blancos.
Se dejó caer en el sofá de la sala de estar, inclinándolo un poco para descansar su espalda, tras una jornada activa, con pacientes yendo y viniendo desde que llegó. Llevando la bocina a su oído, habló:
— ¿Sí?
— Fushiguro, ¿cómo estás?
— Muy bien, ¿qué tal su viaje a China?
— Ha ido de maravilla —el mayor suspiró, claramente encantado, y luego añadió, con todavía más entusiasmo si eso era posible.—, justo estoy en un proyecto para la preserva del panda gigante, todo es maravilloso, ¡muchos pandas! —exclamó, como un verdadero amante de aquellos osos. Se le oyó reír, y retirarse los lentes, dejándolos sobre su escritorio en su nueva oficina, luego de otorgar su legado al chico que un día llegó, pidiéndole permitirle convertirse en su empleado, y además, su aprendiz. Orgullosamente, ahora le precedía desde hace tres años, y él, andaba por el mundo, detrás de su sueño.
— Me alegra escucharlo —sonrió, echando su cabeza hacia atrás. Era, luego de un par de meses, finalmente la oportunidad para compartir algunas palabras con Masamichi. Sabía lo lleno de trabajo que se encontraba, o más bien, ambos se hallaban sumamente ocupados, pero felices con sus respectivas labores.
— ¿Cómo está Itadori? —indagó con interés el hombre de tez morena.—. Escuché que está entrenando a los nuevos reclutas del Departamento de Bomberos
— Así es, ha estado ocupado ayudando a Okkotsu y Todou —su sonrisa se amplió, con la mera mención de su pareja.
— ¿Sigue trabajando en aquella preparatoria?
— Sí, también prepara a los chicos para las nacionales —dijo, sin poder evitar que el orgullo hacia el logro de su amante. En poco tiempo, había levantado el prestigio del equipo de baloncesto de su antiguo colegio, llevando al equipo hasta el torneo nacional de Japón en su primer año laborando junto a ellos.
— Estoy feliz por ustedes, felicítalo de mi parte —el mayor esbozó una sonrisa de oreja a oreja, se había puesto de pie, o al menos eso identificó Megumi al escuchar una silla ser recorrida.—, tengo que irme, me pondré al contacto con ustedes después, dile a Inumaki que le envió saludos, por favor cuida bien de él, Fushiguro
— No tiene que preocuparse, lo haré —prometió, mirando de reojo al peliblanco, que se había sentado en una plaza del sillón a su lado y le miraba con sumo interés, esperando a que terminara su llamada. Tras colgar, le entregó el aparato.—, Yaga te envía saludos
Toge asintió. Aún, a pesar del tiempo transcurrido, vestía sus camisas de cuello de tortuga, aunque el estilo de su corte de cabello cambió, y era más corto y puntiagudo, claro que no tan incontrolable como el del pelinegro, pero desde entonces Inumaki lucía más joven de lo que verdaderamente era.
Yuta, actual pareja de su compañero de trabajo le contó en una de sus reuniones que en realidad se sentía como si saliera junto a su amigo de preparatoria, pues era idéntico a aquellos tiempos. Así que tal vez a eso se debía que luciera más fresco como un estudiante.
Se distrajo cuando el mayor movió sus manos, comunicándole su retirada con simples señas.
— Está bien —poniéndose de pie, acompañó al chico a las puertas cristalinas. Estaban cerca de su hora de cierre, y realmente dudaba que alguien irrumpiera en la clínica, con un pronóstico de tormenta para esa noche. Le sorprendió encontrarse con Okkotsu afuera, al interior de su auto, estacionado enfrente del suyo, ambos compartieron un saludo con sus manos, y segundos después de que Toge subiese al asiento de copiloto, los perdió de vista entre las calles angostas.
Megumi volvió a su consultorio, decidido a irse antes de que la lluvia, que había comenzado ya como un suave descenso de gotas, resultara más peligrosa de abordar de vuelta a su hogar, mismo que compartía desde hace tres años con su novio. Fue al escritorio cristalino, sobre el que reposaban algunas fotografías que llevó para adornar su espacio. En una de ellas yacían Itadori y él, ambos posando con un envejecido Kuroi a sus pies. Le gustaba mucho aquella, pues fue tomada justo el día en que se mudaron, y tras ellos se vislumbraba su actual residencia. Además, era de los últimos recuerdos que poseían de su querido compañero peludo. En otro marco aguardaba otra foto, en la que sin duda vestían de mejor forma, con trajes oscuros y corbata. Yuji estaba a un costado de Choso, y él a un lado de Tsumiki, en el día de la boda de aquellos, donde sin duda su hermana lucía demasiado hermosa con un vestido que diseñó por sí misma, luego de volverse aprendiz de su esposo.
Fushiguro tomó su celular, yendo a la bandeja de mensajes. No había respondido al último mensaje de su amante, y es que simplemente había olvidado el aparato y tuvo una tarde llena de citas. Volvió a releerlo, solo para asegurarse que no se trataba de algo importante.
Mi idiota:
" Lo siento, hoy saldré tarde a casa. Tengo reunión de profesores, deséame suerte. Te amo. "
Megumi suspiró, sin poder evitar el sentimiento de tristeza al saber que no podrían volver juntos, o incluso cenar en compañía del otro. Bloqueó su celular y se retiró la bata blanca, colgándosela en el brazo una vez guardó el aparato en su bolsillo. Se asomó en el cajón de su escritorio para tomar las llaves de su casa, junto a las del candado que usaba para bloquear la cortina de metal. Sobresaltándose, se irguió, seguro de haber escuchado pasos acercándose al recibidor. De forma inmediata salió de la oficina, asomándose con algo de inseguridad.
Frente a él, un hombre de gran altura y cuerpo fornido yacía completamente empapado, este le saludó en silencio, luciendo apenado por el desastre que había ocasionado con sus pisadas lodosas a las baldosas antes relucientes. A pesar de ello, el pelinegro no se mostró molesto, sino preocupado de verle ahí, con tal aspecto. Del cabello rosáceo escurrían gruesas gotas que se deslizaban por su rostro, pero no parecía importarle en lo más mínimo, y su ropa deportiva se ceñía a su cuerpo. Justo recordaba que este se había ido por la mañana en metro, y no en su nuevo auto.
Hace tiempo, causándoles pena a ambos, la querida herencia de Wasuke Itadori había quedado inservible, y con sus piezas descontinuadas, lo más apropiado fue venderlo a algún coleccionista de autos clásicos, a una suma inmensa, y con el mismo dinero, poder comprar la casa en la que más tarde vivirían juntos.
— ¿Estás bien? —Megumi estaba a punto de volver al interior de su consultorio y buscar una toalla para su amante, sin embargo, la forma en que el mayor acunaba sus brazos contra su pecho le llamó la atención, por lo que se detuvo.—. ¿Qué llevas ahí?
— Encontré a este pequeño... fue muy triste, el cuerpo de su madre estaba a su lado sin vida, el pobre debe tener mucha hambre y frío —dio un paso hacia su amante, mostrándole lo que protegía. Entre sus brazos, un minino temblaba, tan empapado como Yuji. Aparentaba un par de días de vida, con sus costillas visibles y un pelaje sucio y maloliente, pero ninguno de los dos se mostraba asqueado, o con intención de rechazar al gato.
— Dámelo, lo revisaré
Con delicadeza colocó al pequeño animal en brazos de su pareja. Este le señaló el cuarto de baño dentro de su consultorio, al rincón del mismo, mientras él encendía las lámparas y colocaba al moribundo ser sobre la mesa de exploraciones, procurando estuviese bajo el calor de la luz.
— Tengo un cambio ahí dentro, espero te quede
— Gracias —Itadori avanzó hasta la habitación, y cerró la puerta detrás de sí. Dentro buscó el dichoso cambio, se desnudó y con gran esfuerzo intentó ponerse la camisa de su pareja, claramente más estrecha, pero lo suficientemente elástica para que su cuerpo cupiera dentro, por suerte los pantalones no eran tan ajustados. Tomó una toalla y se secó el cabello. Al salir, Fushiguro secaba a la cría de gato, al parecer le había dado un corto baño con agua caliente, pues no solo el pelaje negro lucía menos desagradable, sino que desprendía un ligero aroma a miel, además, ya no temblaba como antes, y había abierto sus ojillos, los cuales eran verdosos. Viéndolo desde ese ángulo, Yuji podía jurar que Megumi se hacía cargo de su versión gatuna, pues con su técnica de secado, incluso lucía esponjado como el cabello ébano tan explosivo de este. Soltó una risilla, y se guardó para sí mismo la comparación. Estaba feliz de que el pequeño se hallara bien.
— Creí que hoy saldrías hasta tarde
— He terminado mi reunión antes —se ubicó a su lado, observando al gatito que maullaba con más fuerza. Fushiguro se las había arreglado para tener lista una jeringa con leche sustituta a la materna, y de inmediato se la introdujo en el hocico, haciéndolo callar y calmando su hambre.—, la escuela brindará apoyo suficiente para el torneo nacional, mis niños están muy emocionados
— Ya no son unos niños
— Lo son —refunfuñó el más alto, recargando su barbilla en el hombro de su pareja e inhaló su aroma, haciéndole encogerse al sentir un cosquilleo por su aliento en la zona. Pese a la interrupción, continuó hábilmente dándole de beber al pequeño gato.
— Son más altos que yo
— El baloncesto te ayuda a estirarte, pero son niños aún —dijo este, echándole un vistazo al minino. Había parado de succionar con desespero y comenzaba a ir con más calma, además, su pelaje se comenzaba a secar de mejor forma bajo la luz térmica. Sonriendo con ternura, añadió:—, les he prometido que si ganan las nacionales los llevaría a comer, estuvieron eufóricos por mucho tiempo que incluso limpiaron el gimnasio en la mitad de tiempo
— Creo que tu cartera sufrirá bastante —Fushiguro rió, y una vez hubo acabado de alimentar al gato, le limpió el hocico, dejándolo reposar. Pudo determinar que se sentía seguro entre ellos, aunque quizá decaído por la pérdida de su madre. Acariciándole el lomo con suavidad, viró su vista hacia el hombre aún inclinado sobre él, quien también le miró, con sus ojillos brillosos por la ilusión.
— ¿También crees que ganarán?
— Los has entrenado tú, estoy seguro de que así será
Los brazos de Itadori envolvieron su cintura. Al parecer había conseguido que este se sintiera tan halagado que sonreía con sumo orgullo. Claro que, en parte sus logros se debían también al esfuerzo de sus alumnos. Llenándole de besos la nuca, su amante pareció recordar algo, y se detuvo para hablar.
— Por cierto, volvieron a pedirme que te lleve a sus entrenamientos
Megumi arqueó su ceja. Había estado ahí tan solo dos veces, la primera de ellas porque Yuji fue tan descuidado para dejarse el almuerzo en casa, y como era su día libre, se tomó la molestia de ir hasta la escuela preparatoria y preguntar a muchos alumnos que rondaban por los patios la ubicación de la cancha de baloncesto, hasta que finalmente pudo estar en ella, cansado de haber recorrido casi media escuela sin éxito. Enseguida sintió múltiples pares de ojos posados en su persona, entre ellos, los de su novio, quien inmediatamente fue en su encuentro y le agradeció el haber llevado hasta ahí la caja de bento.
Al comienzo, Fushiguro se sintió cohibido por las claras muestras de afecto que tuvo su pareja con él, frente a un montón de estudiantes vestidos de tirante y shorts, pero todo eso se esfumó cuando el más atrevido de ellos le cuestionó con mucho interés, claramente motivado por el resto de sus compañeros, si él era quien había robado el corazón del entrenador, pues este no paraba de decir que era muy afortunado de tener a tan maravillosa persona a su lado, sin hacer mención de su género, y con solo minutos de convivencia, habían deducido que el pelinegro se trataba del dichoso amante, y no parecieron tener problema con ello, e incluso le invitaron a verlos entrenar.
La segunda vez estuvo observándolos dar todo de sí, arrebatándose el balón y corriendo de un extremo de la cancha a otro, encestando de múltiples formas, algunos más extravagantes que otros, y festejarse cada punto con entusiasmo, chocando las manos entre ellos, o abrazándose y despeinándose. Yuji hizo un excelente trabajo para fortalecer los lazos de compañerismo, y eso no pasó desapercibido en ningún momento. Al concluir su juego, unos contra otros en equipos equilibrados, doce chicos casi tan altos como Itadori le habían rodeado y llenado de preguntas mientras tomaban agua o se limpiaban el sudor.
— ¿Estás seguro que no te traerá problemas que yo esté ahí?
— Claro que no, cuando sueles estar se lucen más —confesó, formando un puchero infantil totalmente alejado de las expresiones para un adulto de treinta años.—, me pone un poco celoso
— ¿Te pone celoso que te robe la atención de tus alumnos?
— No, para nada, los entiendo perfectamente porque si yo fuese ellos, haría todo lo posible para llamar tu atención —admitió con una sonrisa zorruna, el menor suspiró, negando con su cabeza.
— No digas tonterías, son adolescentes
— Pero crecerán
Megumi soltó una risa, claramente divertido con toda la absurda situación que fue creada por la mente del mayor. Sí, admitía que los chicos le habían prestado demasiada atención, pero todo debía ser por simple curiosidad hacia la persona con la que su querido entrenador llevaba una relación amorosa. Sabía lo mucho que apreciaban a Yuji, quien no solo era la nueva salvación para el club de baloncesto, sino un antiguo alumno de aquella preparatoria. Aún así, añadió como si no fuese obvio.
— Yuji, voy a cumplir veintinueve años próximamente
— Y aún así sigues luciendo irresistible
— Calla —con un codazo, apartó al de cabellos rosáceos, y le señaló enseguida al minino.—, mira
El gato parecía intentar ponerse de pie, al lograrlo lamió su pata delantera, frotándola contra su cabeza después.
— Parece estar bien
— Sí —su dedo se ubicó bajo el hocico del minino, y este se echó hacia atrás, recostándose de espaldas y sacudiendo sus patas hacia la mano que intentaba inspeccionar que no tuviese heridas sobre su cuerpo diminuto. Las garras, cortas pero algo filosas, se clavaron en el guante que calzaba Fushiguro, sin hacerle daño.
— Me alegro tanto, ¿es...?
— Hembra —respondió, tras echar un rápido vistazo a los genitales del animal.
— Ya veo —acariciando su cabecilla peluda, añadió con mucho cariño.—. Bienvenida a la familia Itadori-Fushiguro
Ambos bajaron del auto de Fushiguro, Itadori cargando a la pequeña gata en sus brazos, salió del asiento de copiloto y cerró la puerta al mismo tiempo de Megumi. Esperándolo en la entrada, el pelinegro abrió el portón oscuro de su casa, que daba a un pequeño jardín bien cuidado, con pasto mojado por las gotas de lluvia que habían cesado, y algunas plantas que Yuji sembró, de las cuales la mayoría eran arbustos, algunas hortensias con su mezcla mágica de color rosáceo, lila y azul bordeaban el lugar. Habían dos grandes árboles, con copas frondosas que se movían al viento. Los preferidos del bombero siempre fueron sus rosales, que crecían con cada día y siempre le permitían tener pequeños detalles románticos con su pareja, pues podía tomar una de sus flores de color rojizo, permitiéndole mediante su idioma las flores decirle cuanto lo amaba sin necesidad de palabras. Después, su pareja secaría los pétalos y los guardaría, a veces entre sus libros o en una cajita donde solía meter pequeños obsequios que tenía el mayor con él, atesorándolos.
El tejado era color negro grisáceo de la casa, y las paredes de un tono perlado. La puerta era ébano, y fue abierta por el menor para acceder al interior.
Enseguida, los ladridos a forma de saludo les recibieron, como ya era rutina, pero nunca se cansarían de ella; corriendo hacia el recibidor, donde se retiraron los zapatos y los dejaron en un organizador, aparecieron los más veloces de la casa. Dos Shiba Inu, de pelajes esponjosos y color miel, el par le mostró a sus dueños sus colas enroscadas moverse con emoción por su llegada. Seguidos a ellos, apareció un Fox Terrier hembra de pelaje blanco y una mancha en su lomo, esta era bastante anciana, y ciega de un ojo, pero aún así se mostraba entusiasmado al recibir a sus salvadores. Por último, un Mastín Tibetano, bastante esponjado, comenzó a ir con cierta calma, arrastrando sus patas traseras que era inútiles, luego de sufrir un atropello. Este ladró con fuerza, y se reunió con sus semejantes, todos recibiendo gustosos las caricias de la pareja, y además, olisqueando a la criatura que se había encogido en los brazos de Itadori.
No eran los únicos, en realidad. Habían dos gatos también, ambos machos, del tipo Bobtail Japonés. Uno de ellos, cojeaba a costa del maltrato, antes de haber sido acogidos por la pareja de varones. El otro, tenía una cicatriz en la cabeza, donde le hacía falta una oreja que le fue vilmente arrancada. Los felinos descansaban en el sofá, acurrucados como buenos hermanos que era. Yuji fue donde ellos, con los tres perros siguiéndole.
Mientras tanto, Fushiguro fue a revisar a los conejos, estos residían en una habitación donde no había mucha protección pues era innecesaria. Habían conseguido la armonía entre todos los animales ahí, por lo que podían andar sin problema en la casa. Solo quería asegurarse de que estuviesen todos, y no se hallan escabullido al segundo piso. Al entrar al cuarto, los vio dormitar, o andar de un lado a lado. Eran seis en total, dos de ellos, mayores, y el resto, simples crías que habían quedado con ellos, luego de dar en adopción a otros cinco. Eran pequeños blancos, negros, o con manchas, pues sus padres eran una coneja de pelaje carbón y el padre una energética bola de nieve. Los contó, y luego de servirles más comida y bebida dentro del corral que apropiaron para ellos, volvió a la sala. Todo lucían muy limpio, lo que le confirmó la asistencia de la mujer que hacía la limpieza cuando ninguno de ellos se hallaba, y claro, también se encargaba de algunos cuidados hacia los animales, como ayudar al Mastín Tibetano a subirse a su andadera y poder caminar con mayor facilidad pese a su condición.
Itadori lucía muy orgulloso, sentado en el suelo mientras miraba a los gatos olisquear a la recién llegada. Al parecer, no la estaban rechazando. Los perros estaban sentados en una hilera, esperando. También parecían interesados en ese diminuto ser peludo y tembloroso cual gelatina.
— Prepararé la cena —anunció Megumi, confiando en su amante mantendría a sus tantos "hijos" bajo control mientras él entraba a la cocina, arremangándose y buscando en el frigorífico algunos ingredientes para algo ligero. Se sobresaltó al sentir las manos del mayor en su cintura, atrayéndolo hacia si, hasta rozarse muy íntimamente, pero esa no parecía ser su intención, pues enseguida le hizo volverse y darle la cara.
— Está bien —dijo para tranquilizarle, pues había dejado sola a la cría, aunque en realidad, esta ya estaba recostada entre sus mayores, dormitando, y los canes simplemente parecieron estar acostumbrados a recibir más compañía, que siguieron con sus actividades.—, no tengo hambre, ¿qué te parece si vemos una película?
— Bien, pero deberías bañarte primero
— ¿Tomamos un baño juntos? —el entrenador de baloncesto alzó sus cejas, sugestivamente, y lo atrajo para darle un beso, pero de aceptarlo, solo escalarían a algo más, y Megumi lo supo al sentir la fricción de sus entrepiernas. Soltando una risa, interpuso su mano entre sus labios.
— No, recuerda que alguien está castigado
Yuji suspiró, sintiéndose derrotado. Recién parecía rememorar que se le fue prohibido saltar sobre su compañero, tras su alocada noche en la que dejó marcas en sitios visibles. Y claramente, Fushiguro salió con ellas a la calle, sin ser consciente de estas hasta que los comentarios al respecto brotaron. Fue Nobara quien le señaló, sin vergüenza, que los envidiaba por disfrutar de su intimidad, mientras ella tenía que guardarse en abstinencia hasta que Maki volviese de su viaje al extranjero, donde se hospedó en la casa de Momo Nishimiya, quien en realidad resultó ser mas que una simple amiga de su hermana gemela, Mai. De ahí, el resto que los acompañaba en la mesa -Todou, Okkotsu, Inumaki, entre otros nuevos amigos que hicieron-, soltaron su lengua, e Itadori solo se mostró un poco apenado por su fiereza, pero claramente no contaba con que al volver a casa, tendría una restricción del sexo por un mes. Y claro, nunca iría contra los deseos de su novio.
— Bien —soltó al veterinario, acercándose a las escaleras, y desde ahí, montó una escena dramática mientras subía, casi escurriéndose por los escalones.—, me iré a bañar... sólo
— Báñate ya o serán dos meses de abstinencia sexual
El mayor optó por apresurarse y comenzó a subir las escaleras de tres en tres.
Cuando Itadori bajó, secándose el corto cabello con una toalla pequeña, se encontró a Megumi en el sillón-cama que habían comprado, este era muy práctico para cuando deseaban pasar toda la noche poniéndose al día con una serie en la sala, o dormir más al pendiente de sus "hijos", cuando alguno solía enfermar y los mantenían bajo vigilancia en casa. Fushiguro había inclinado el respaldo, y tenía la mesa ocupada con dos cuencos con palomitas, unas naturales para él, con algo de sal, y otras para Yuji, acarameladas.
Volvió su mirada hacia el sofá, en él aún yacía el trío de felinos profundamente dormidos, algo que le enterneció bastante.
— Parece que se adaptó —tomó asiento al lado de su pareja, cuidando no pisar a los perros que se habían extendido en el suelo. Al parecer, los acompañarían.
— Eso veo —Megumi abrió su botella de agua carbonatada, dándole un trago, y la dejó sobre un portavasos muy eficiente en los descansa brazos.
— ¿Qué nombre le daremos?
— Esta vez te toca a ti elegir el nombre —recostándose sobre el respaldo inclinado en un cómodo ángulo, el pelinegro sujetó contra su pecho el cuenco de palomitas que le pertenecía, y llevó una a sus labios.
— ¡Cierto! —el mayor se sobó la barbilla, pensativo. Algo pareció hacerle sonreír con malicia, y para su pareja no resultó difícil saber de que se trataba.
— No, no se llamará "pulga"
La sonrisa de Itadori se esfumó, como si a un pequeño incendio le echasen encima un cubo de agua.
— ¡Pero mírala, es diminuta como una!
— No —se llevó otra palomita a la boca. Con su mano libre comenzó a buscar una película que disfrutar, presionando los botones del control para deslizar entre las tantas opciones.
— ¡Oye, es mi turno para nombrar a nuestra decimotercera hija! —se quejó, cruzándose de brazos como un infante al que le han negado un dulce.
— Sí, pero no permitiré que le pongas un nombre ridículo
— Está bien —se resignó. Igual, nunca podía ponerle nombres a su antojo sin que Megumi se negara.
Fingió molestia, aunque en realidad no estaba mínimamente molesto. Dejándose caer contra el hombro de su pareja, le observó revisar las categorías de películas de terror, y luego descartarla para pasar a las familiares.
— Mañana es aniversario de la muerte de tu madre, pedí el día —dijo este, metiendo la mano al cuenco de palomitas contrario, aunque de forma inmediata recibió un golpe por su travesura.
— No es necesario
— Me gusta acompañarte —insistió, sobándose el dorso.—, así que no te preocupes
Fushiguro se volvió de reojo, antes de esbozar una sonrisa diminuta, pero hermosa.
— Gracias, Yuji
— No es nada —enseguida, añadió con entusiasmo.—, ¡esa, esa!
Megumi se volvió hacia la pantalla a la que le había dejado de prestar atención y miró la opción que su novio señalaba con muchísimo entusiasmo.
— No puede ser, ¿otra vez una película de Jennifer Lawrence?
A la mañana siguiente, la pareja estacionó frente al cementerio, deteniéndose a hacer una compra antes, y luego retomar su camino de vuelta al lugar al que estaban destinados a llegar: la tumba de la madre de Megumi.
— ¿Crees que este año también estén ahí?
— Es probable —Fushiguro apretó contra su pecho el voluminoso ramo de flores blancas contra su pecho, sin dañarlo. Yuji asintió, sujetándole la mano, uno junto al otro, para realizar aquella visita por el aniversario del fallecimiento de la mujer a la que acudían siempre.
Hace años, tras aquel incidente con la familia Zenin que más meses más tarde su amante estaría preparado para contarle con sumo detalle, habían dejado de saber algo respecto al paradero de Toji Fushiguro. Pero, una forma que encontraron para de alguna forma asegurarse de saber que este se encontraba bien, era acudir al lugar de sepultura de la mujer, y encontrar un ramo de flores en la tumba. No importaba el horario en que acudieran, siempre yacía ahí, fresco y con su belleza nostálgica. La lápida también se hallaba desempolvada, y la vegetación a su alrededor era cortada hasta darle mayor estética a la piedra grisácea con el nombre y la fecha de natalicio como de fallecimiento de la fémina.
Itadori sabía que, luego de todos ese tiempo transcurrido, su pareja habría perdonado la mayoría de los errores de su padre. Sin embargo, ninguno daba el primer paso a un reencuentro. Megumi parecía haber aceptado ese silencioso mensaje de bienestar por el resto de años que le aguardaran de vida a Toji. Y el día que los ramos impregnados de amor a la mujer que le entregó todo de si dejaran de llegar, sería, en breve, el cese de su existencia.
Cuando llegaron al lugar, justo bajo la sombra de un árbol de cerezo, Megumi se arrodillo sobre el césped. Había un aroma característico al recién ser cortado, por lo que fue cuidadoso con su ropa para no teñirla, y acomodó las flores a un costado de otras que habían sido previamente colocadas.
— Al parecer sí estuvo aquí —señaló el mayor, envolviendo a su amante por los hombros, ambos con sus ojos fijos en la limpia lápida de granito.
— Eso parece —suspiró con alivio, ajustándose un mechón de su cabello más largo con el paso del tiempo. El viento soplaba fuerte, pero los pétalos de cada flor permanecía imperturbable, mientras ambos hombres compartían un momento de silencio.
Yuji no había tenido el placer de conocer a la mujer pero bastaba escuchar a su novio hablar de ella para comprender el gran amor que profesó por su hijo hasta el último instante. Capaz de dar la vida por él.
La mejilla de Megumi se apoyó en su hombro, y él le rodeó por la cintura. Solía ser así. Plantarse frente al lugar hasta que el pelinegro terminase de compartir palabras con su madre, de forma silenciosa. Itadori no le interrumpía, y solo fungía como su pilar. Misma acción que Fushiguro realizaba con él, cuando asistían al lugar en el que residían las cenizas de su abuelo, Wasuke.
El mayor alzó su mirada, algo extrañado por una intensa sensación sobre él y su amante, volviéndose a distintos puntos del lugar lleno de tumbas de granito, hasta que sus ojos se encontraron con un par de esmeraldas. La cicatriz tan familiar se movió junto a sus comisuras, formando una sonrisa cómplice, y el largo dedo del hombre pelinegro se posó sobre sus labios, en una petición de discreción, antes de darles la espalda, y avanzar lejos del cementerio con tranquilidad.
Yuji se volvió a su amante, ¿él también lo habría visto? Sin embargo, el menor aún yacía con su vista sobre la lápida. Quiso hablar, pero el gesto de Toji retornó a su mente y consiguió silenciarlo.
Si lo quería de esa forma, debía respetarlo, por lo que se guardó aquello. Y solo abrazó al veterinario en silencio.
Al menos, estaba bien. Solo el tiempo diría cuando era el momento oportuno para estar juntos de vuelta. Padre e hijo.
Itadori tiró de las sábanas, destendiendo la cama. Detrás de él, Megumi terminó de vestirse con su pijama de algodón. La noche era lluviosa, y tras cenar juntos las deliciosas preparaciones de Yuji, habían optado por dormir temprano, pues al día siguiente sus responsabilidades comenzaban a primera hora. El mayor ocupó su correspondiente espacio en el colchón king size, y palmeó a su lado el sitio libre, llamando a su pareja. Se recostó sobre su costado y descansó la mejilla sobre su palma. Fushiguro sonrió, negando con su cabeza ante la actitud ciertamente coqueta del otro, y sin rechistar, subió a la cama tras descalzarse. El de cabellos rosáceos le envolvió por la cintura tirando de él hasta apegarlo a su cuerpo; sin embargo, antes de obtener su beso de buenas noches, el sonido del teléfono del pelinegro los obligó a separarse. Este se incorporó para tomar el aparato sobre la mesa de noche y poder atender a la llamada. En la pantalla leyó el nombre de contacto con el que había agendado a Tsumiki y debajo de este la fotografía de ella y Choso abrazados frente a la Torre Eiffel. No tardó más en responder lo que resultó ser en realidad una videollamada.
Enseguida, el rostro de su hermana abarcó por completo el celular, y en un pequeño recuadro a la esquina, se asomaron él y su novio, luego de recostarse juntos, con la espalda contra el respaldo acolchado de su recámara.
— Hola, ¿cómo han estado? —la chica esbozó una dulce sonrisa. Llevaba el cabello suelto, con algunos mechones castaños enmarcando su bello rostro y una boina de color beige encima. Podía notar que allá, en el país al que ella y su esposo viajaron para concretar un importante contrato, aún era de día, al contrario que en Japón, donde había oscurecido hace horas.
— Perfectamente —respondió el pelinegro.
Detrás de la fémina, su marido apareció, tomando asiento junto a su esposa. Dejó frente a ella una taza de café, recibiendo un agradecimiento, y depositó su propia bebida humeante en su sitio. Por el ambiente que les rodeaba, estarían tomando en alguna cafetería en las calles de París.
— ¡Choso! —saludó al diseñador. Desde la última vez que le habían visto, su cabello había crecido bastante, pero seguía siendo igual o hasta más extravagante que antes. Ahora junto a Tsumiki, conformaban una pareja con un exquisito gusto para la moda.
— Hola hermanito, y hola también a ti, Megumi
— Veo que estás de muy buen humor —señaló el bombero, al verlo no solo sonreír abiertamente, sino inclinarse sobre su esposa, afectuosamente, y rodearla por los hombros. Ambos compartían de forma íntima una felicidad casi palpable al aire.
— De hecho, lo estoy —aseguró el hombre de coletas.
— ¿Hay alguna razón?, ¿es por los negocios? —indagó Megumi. A su lado, Yuji asintió, mirando al matrimonio con sumo interés. Y verdadero entusiasmo por saber que habían concretado de la mejor forma sus contratos en el país de la moda.
Los casados se miraron entre sí, con complicidad, y rieron en un bajo volumen, como dos par de niños que han hecho una travesura. Choso pareció cederle la palabra a la mujer, pues ella, de forma nerviosa comenzó a torcer entre su mano la servilleta en sus puños, sin abandonar esa emoción que le albergaba, como un aura visible a su alrededor de un dulce color rosáceo.
— Estamos embarazados
Itadori abrió la boca, perplejo; sin embargo, enseguida pareció tan encantado que sus ojos brillaron, y exclamó un par de palabras incoherentes, agitando a su pareja por los hombros tanto que la cámara del celular por un momento se desenfocó, y solo pudo verse el movimiento frenético por la emoción del bombero ante la noticia. Fushiguro pestañeó, bastante sorprendido ante lo repentino de los tirones que le dió su pareja. Aunque contra todo pronóstico, esbozó una sonrisa esplendorosa, peinándose un mechón que caía sobre su rostro hacia atrás.
— Felicidades —dijo, aún conmocionado, pero en realidad muy feliz por su hermana mayor y cuñado. Ella lucía tan entusiasmada, con su rostro resplandeciente por la noticia y el ojos cristalizados, tal vez como una amenaza de llanto, pero Choso la reconfortó con dulzura y eso pareció calmarle.—. ¿Cuánto tiempo tienes?
— Tres semanas —Tsumiki se limpió los lagrimales con la servilleta de tela, antes de añadir.—, estaremos de vuelta en Tokio muy pronto, decidimos que nos gustaría que naciera allá
— ¿Qué hay de tu tratamiento?
— Hoy tuve una cita, estaré bajo observación el primer trimestre, también me puse en contacto con el doctor Nanami, un colega suyo es gineco-obstetra, él estará a cargo del proceso en Tokio —le tranquilizó ella, dándole un sorbo a su té.—, hoy me han dicho que estoy mucho mejor, el embarazo no debería suponer un peligro para mí
— Me alegra escucharlo —Megumi suspiró con alivio.
A su lado, Itadori parecía finalmente haber conseguido calmarse de su repentino arranque de efusividad. Aunque era evidente que se sentía demasiado dichoso por la noticia de un futuro miembro de la familia.
— Nosotros también les tenemos una noticia —intervino Yuji, con una sonrisa de oreja a oreja. Choso y Tsumiki arquearon una ceja, confundidos, y aún así, atendieron pacientemente a lo que tuviera que decirles el de ojos caramelo.— Oficialmente somos padres de una preciosa gatita
La chica soltó una dulce risa, y asintió.
— Felicidades, con ese ya son doce, ¿no? —Choso rió, junto a su esposa. Pero igual compartieron la felicidad del bombero. Aquellos perros, gatos e incluso los conejos, eran tan preciados para la pareja.
— Trece —corrigió Megumi.
— Ustedes no pierden el tiempo —insinuó la chica, con clara doble intención. Los menores se ruborizaron hasta las orejas, y el diseñador estalló en animadas carcajadas debido a lo cómicas de sus expresiones apenadas.
— Megumi
— ¿Qué ocurre?
El pelinegro exhaló, dentro del abrazo que compartían, listos para dormir. Se habían despedido del matrimonio, y ahora yacían tumbados en el colchón, en completa oscuridad, escuchando de fondo la caída del agua debido a la activa tormenta que azotaba esa noche en Tokio.
Itadori inhaló la fragancia de su nuca, frotando la punta de su nariz con esa zona tan sensible. El otro se encogió, pero no rechistó a las caricias que le proporcionaba, y continuó atento, pese a tener los ojos cerrados.
— Te amo —besó el hombro por encima de la pijama color grisáceo, y le estrechó contra él con facilidad, apegándolo a su pecho al tirar de este por su estrecha cintura.
— ¿A qué viene tan de repente?
Fushiguro giró, encarándolo. Antes de obtener respuesta, el mayor buscó a tientas su mano izquierda, y llevó sus nudillos a sus labios, repartiendo besos en la zona, especialmente sobre el dedo anular. Ahí, donde hace un año descansaba el resplandeciente anillo dorado, y complementario al que él mismo portaba sobre su propio dedo.
— Me gustaría decírtelo a cada segundo, que te amo —volvió a besar aquella alianza, grabado en él, una frase escrita a partir de kanjis.—, te estoy muy agradecido no solo por permitirme compartir mi vida contigo, sino por la familia que me diste
Megumi entrecerró sus ojos. Su corazón latió con fuerza, y sus mejillas, gracias a la oscuridad de la habitación, no pudieron ser delatadas al ruborizarse ante lo pasional de la declaración de su compañero de vida. Claro que, no habían contraído nupcias como era debido, pero aquello era tan irrelevante, cuando el amor que sentían mutuamente era tan puro, lleno de sinceridad, y no necesitaba la aprobación más que de ellos y sus seres queridos.
— Te amo, Yuji
El mencionado tiró de él, y acortó la distancia que les separaba. Besando los labios de este, castamente, antes de separarse y volver a hablar, con clara ilusión en su tono.
— ¿Irás a ver el próximo entrenamiento de los chicos?
— No me lo perdería —prometió.
— Estupendo —uniendo las puntas de sus narices, se dedicaron una cálida sonrisa.
Los dedos de Itadori no cesaron de acariciar el cuerpo del otro, sobre el elástico de su pantalón. No hubo regaño por lo íntimo del contacto, al contrario, pudo sentir como su amante tomaba la iniciativa, descansando su palma en su pectoral y masajeándolo suavemente sobre la camisa holgada que usaba para dormir. Él, por su cuenta, optó por ir más allá que contornear la deleitable figura de su novio, e introdujo su mano dentro de la parte inferior de su pijama, acariciando por encima de su bóxer el miembro semi-erecto con sus dedos.
Inclinándose para besarlo, preguntó entre jadeos arrancados por la precisión de las yemas contrarias contorneaban su pezón bajo la delgada tela.
— ¿Podemos?
Fushiguro asintió, y enseguida, le despojó del pantalón, montándolo sobre él y dándole el poder de controlar el ritmo. Sus manos estrujaron los glúteos níveos, buscando retirar también la estorbosa ropa interior y proseguir, sin embargo, un trueno los tomó a los dos por sorpresa, y no estuvo de más, pues en cuestión de segundos, sus queridos hijos peludos arañaban la puerta de la habitación, gimoteando fuera de ella. El resto, incapaz de subir, se mantuvo en la planta baja, ladrando con temor ante los estruendos.
— Suéltame —ordenó, saliendo de encima del mayor y buscando a ciegas su pantalón para vestirse de nueva cuenta.
No tardó en abrir la puerta para salir. La luz siempre encendida del pasillo ayudó a ver apenas unos segundos a los dos Shiba Inu, junto a la Fox Terrier, que enseguida ingresaron y comenzaron a correr alrededor del alto colchón a la mitad del cuarto, ladrando completamente enloquecidos.
— No puede ser —se lamentó Itadori, alzando la sábana para comprobar que efectivamente, tenía una dolorosa erección desatendida. Pero Fushiguro hizo caso omiso, y bajó al primer piso, seguramente a armar el sillón-cama y dormir junto a los peludos animales que fueron tras él, completamente asustados por los rugidos de la tormenta y a los que calmó con caricias y dulces palabras.
— Bien, bien, vamos con papá —poniéndose de pie, llamó al trío de perros que se habían colado para que lo siguieran al primer piso. Arrastrando los pies, tomó un par de almohadas y una cobija de un armario, y descendió por las escaleras, desanimado.
— Ponlas aquí —le señaló Megumi, tras terminar de armar su improvisada cama. Los tres gatos no tardaron en subir, y los canes se recostaron en la alfombra, bastante próximos a ellos. Eso pareció calmar la excitación en el cuerpo de ambos, y solo optaron por recostarse, y hacer lo que planeaban desde un comienzo: dormir.—. Ven aquí —le llamó el menor, consciente de que aquello había interrumpido su momento de intimidad. Yuji asintió olvidándose de su frustración sexual, y fue directo a los brazos abiertos del otro, recostando su cabeza en uno de ellos y apegando la frente a su pecho, donde los latidos ajenos se convirtieron en una suave melodía para arrullarlo.—. Buenas noches
— Buenas noches, cariño —susurró, cerrando sus ojos. Unos ladridos de protesta llamaron su atención. Tras reír, asintió, corrigiéndose.—. Buenas noches a ustedes también, hijos míos
Fin.
