Chapter Text
EPÍLOGO
El alfa, ahora de dieciocho años, hijo mayor y heredero al trono, está haciendo un berrinche a su manera. Sentado en la almena de la torre donde sus padres pasan los celos, el lugar que más le gusta porque cuando era niño compartía esa vista con su mejor amigo. Estaba ahí, mirando la inmensidad de la campiña con los labios apretados y las lágrimas a punto de caer desde sus ojos.
No sabía cómo manejar los sentimientos que tenía, por eso su hermana menor, Aera, le dijo que eso sólo era un berrinche y que debería sentirse feliz por el otro joven quien para ellos siempre había sido su hermano.
Pero no podía serlo, se sentía miserable y cuando se lo contó a sus padres ellos le dijeron que todos tiene la decisión de corresponder o no corresponder nuestros sentimientos y que tenía que aceptar aquello con respeto y amabilidad.
Aerys asintió, dio las gracias a sus padres y se fue a la torre. Subió las escaleras y llegó a la almena, aunque la tarde era muy fresca y la noche se esperaba fría, se quedó por horas inmóvil sólo mirando el paisaje.
Odiaba el momento en que su mejor amigo, su compañero de toda la vida, su casi hermano, le había dicho que iría de viaje con su hermano y sus primos, que era una corta visita a los acantilados. Le preguntó si quería ir con él y Aerys respondió que no, que disfrutara con su familia.
Había sido un pendejo.
Recibió cartas, muchas cartas y todas eran normales, le contaba su día, le hablaba de lo bonito que era el lugar, de lo mucho que extrañaba a sus primos y de que hubiera querido que aceptara ir con él poroque después de todo, eran familia.
Todo normal hasta esa carta que tenía grabada en la cabeza, letra por letra hasta formar la peor historia de terror que ahora no lo dejaba dormir.
“Aerys, tengo algo que decirte, tal vez no lo vayas a creer, pero conocí a un amigo de mi padre, dicen que alguna vez bailó con tu madre cuando nosotros éramos tan pequeños.”
El joven alfa había ido a reclamar a sus padres, los dos lo miraban como si le hubiera salido otra cabeza.
- ¿Por qué no me dijeron de esto?
- ¿Dalton Greyjoy? – el Príncipe Jacaerys mira a su omega con la duda en el rostro, la verdad no entiende qué es lo que está reaclamando su hijo. – ¿Cuántos años tiene?
Aegon piensa, recuerda aquel día donde los tres alfas lograron poner tan celoso a Jace que la presentación que tenían planeada fue un poco diferente. Eran jóvenes, por eso no se consideraban aptos para un matrimonio, tal vez Dalton tenía unos veinte años en ese momento, aunque no estaba seguro.
-Pues debe estar cercano a los cuarenta años.
-Es viejo, ¿qué podría verle Quentyn a un viejo así?
Nada más pronunciar aquello tanto Aegon como Jace entendieron, eran celos.
-Bueno, es que para un alfa… - inicia Jace.
-…cuarenta años es una edad normal para que busque sentar cabeza con un omega -termina Aegon.
Aerys pasa de la indignación a la franca molestia, ¿cómo podían estar diciendo eso? Quentyn era el más dulce de los omegas y nunca, pero nunca, se había mostrado interesado en un alfa hasta ahora. Quentyn Martell y después, Trystane, eran considerados sus hermanos por el hecho de que su madre los había amamantado durante sus primeros meses de vida y por lo mismo habían vivido juntos por esos periodos de tiempo. Después, se frecuentaban tan seguido que no había duda de que las familias eran las más cercanas de todas.
Para Aerys, ni los hijos de sus tíos, Lucerys y Aemond o de Joffrey y Daeron eran tan cercanos como Quentyn y Trystane.
-No, eso es una mierda, Quentyn no merece un alfa viejo y apestoso.
-Aerys por favor, nada de malas palabras frente a tu madre -lo reprende Jace. – Ven conmigo.
Jace acaricia la mano de Aegon y le deja un beso en los labios antes de levantarse. Aerys pide perdón y se excusa para seguir a su padre. Salen a los prados, esos donde no les dejaban jugar solos cuando eran niños y lo lleva lo más lejos que puede hasta sentirse listo para hablar con su hijo.
-Dime, ¿me equivoco al pensar que tus sentimientos por Quentyn van más allá de un amor de hermanos?
Jace mira a su hijo, es tan parecido a Aegon en casi todo menos en los rizos negros de su cabeza. Pero fuera de eso tiene ese expresivo rostro, era fuerza en la mirada y la picardia en la sonrisa. Para él era el niño perfecto y luego adolescente extrovertido y ahora, casi un adulto listo para saber lo que era enamorarse.
O tal vez lo supiera de antes.
-No lo sé – dice finalmente el joven alfa, le tiembla la voz y su padre lo sabe rebasado por la emoción. – Pero siempre he creído que es mi deber cuidarlo, mi deber estar a su lado, mi deber protegerlo de todo lo que existe y le pueda hacer daño.
- ¿Por qué no fuiste con los Stark a su viaje?
-No lo sé.
- ¿Ahora te arrepientes?
Aerys asiente, hubiera querido estar ahí para espantarle al viejo apestoso, para sacudir a Quentyn y decirle que él merecía muchísimo más y no un tipo al que ya no se le para el…
- ¿Estás bien? – Jace se preocupa al ver a su hijo caer sentado entre la hierba.
-Sí – le responde apenado, cuando pensó en que Quen merecía algo mejor imaginó que lo besaba, que le decía que nadie podría sentir lo que él sentía, lo que él siempre sentiría. Entonces Aerys seguiría besando hasta aprenderse el sabor de su boca y luego recorrería lo largo del cuello del omega hasta apropiarse del aroma que era tan propio de él, ese que lo había acompañado toda su infancia.
Y pues al pensar en eso, Aerys sintió como se ponía duro. ¡Frente a su padre! Se quería morir de la vergüenza.
- ¿Has hablado con él sobre lo que sientes? - El joven niega con la cabeza. – Tal vez deberías hacerlo.
Una carta después todo empeoró.
“Aerys, un alfa está interesado en mí. Mi madre no lo aprueba, dice que es muy grande para mi y mi padre quiere encerrarme sólo por aceptar bailar con él, pero es emocionante. Dalton es muy guapo…”
Aegon escuchó a su hijo repetir aquello y fue cuando dijo sobre respetar las decisiones de otros sobre corresponder o no los sentimientos de uno. Aerys apretó los labios y dijo, casi gritó, que no, no era así, que Quentyn estaba equivocado y no debía gustar de un alfa viejo y apestoso.
-Deja de estar tirando tu miseria por todos lados y acompáñame.
Aerys mira a su hermana menor, una omega que bien podría ser su gemela y quisiera negarse a acompañarla, pero siente que últimamente toma las decisiones equivocadas y nada más.
-Estamos invitados a un baile en Harrenhal así que viajaremos desde hoy para llegar a tiempo. Mamá sólo me dejará ir si tú estás presente así que, apúrate.
-No quiero ir a un baile…
-Si quieres, porque Trystane me escribió diciendo que estarán ahí porque Rickon y Alina, sus tíos, han invitados a todos – la omega se acerca a su hermano y le susurra en el oído – Todos, querido hermano, todos hasta nuestro hermano mayor y ese alfa feo y viejo que tanto quieres quitarle de encima.
El viaje en carruaje hasta Harrenhal es horroroso, como siempre, pero valía la pena, estaba muy seguro de que valía la pena. Cuando vieron el enorme castillo se sintió aliviado y mucho más al ser recibidos por su tío Gwayne de una forma tan alegre que los hizo sentir bienvenidos.
-Niños preciosos – les dijo con un beso en sus frentes. – No creí que sus padres los dejaran venir solos.
Aunque solos no era real, porque traían un cortejo de damas y guardias de la Reina, como siempre que el segundo heredero del Reino pisaba fuera de alguno de los castillos era custodiado como si estuviera en peligro.
Les asignaron un par de habitaciones contiguas y pese a que Harrenhal era un castillo enorme, tal vz uno de los más grandes del reino, había percibido a la primera el aroma dulce de Quentyn.
De niños sabía el humor del omega nada más por el aroma, cosa que le decían no sería posible hasta que se presentara como omega en la adolescencia y aun así, sería algo que sólo percibiría después de un vínculo.
Pero él lo sabía, siempre, desde que eran bebés, por eso ahora saber que ya estaba en el castillo no le fue nada difícil. Se cambió de ropa rápidamente y salió a buscarlo, guiándose solo por ese aroma. Se cruzó con muchísimas personas, el lugar no solo era enorme, tenía una cantidad de sirvientes que parecía una locura y todo ellos lo identificaban como el futuro rey.
Se detuvo al percibir la explosión del aroma de Quentyn cerca de una de las puertas a un jardín que su tío Gwayne le había dedicado años y años de trabajo. Los llevaba ahí a jugar de forma controlada cuando eran pequeños y siempre les decían que debían cuidar las flores porque algunas venían de lugares tan lejanos que conseguir más semillas podría ser complicado.
Entró al jardín con todos los sentimientos provocados por sus recuerdos y la emoción extraña de desagrado que le daba el percibir a Quentyn de forma tan intensa.
¿Qué diablos estaba provocando la explosión de aroma?
Escuchó risitas y luego un jadeo.
Lo que vio le provocó nauseas, pero trató de verdad de ser coherente y no simplemente enojarse. Aunque su aroma gritaba que estaba molesto a tal grado que podría ser capaz de mucha violencia.
Aerys trató de verdad de decirles algo, tal vez que lo que hacía no era correcto, pero las palabras no le salían de la boca, estaban atoradas en su pecho y no lo dejaban de respirar. Tomó a Quentyn del brazo y lo jaló para separarlo del alfa mayor. Estaba seguro de que había quejas por parte del alfa, pero cuando se gira para enfrentarlo le grita algo o le gruñe o algo parecido, no recuerda realmente qué fue.
Porque todo estaba mal. Las manos del alfa en la cintura de Quentyn, su boca en su cuello, su lengua en su piel. Y las botas del alfa pisando las preciadas flores de Gwayne como si fueran flores del campo comunes y corrientes. El conjunto, la alegoría que se mostró ante él, alguien que sería capaz de pisar la más bella flor omega de todas, no era alguien que quisiera cerca de su Quentyn.
-Aerys, detente – le pedía el omega. Pero Harrenhal había quedado detrás, muy detrás y ellos estaban en el único camino que atravesaba los pantanos y llegaba hasta un invernadero que su tío también cuidaba muchísimo.
-No hemos llegado – le responde. Ya no lo jala más, ha soltado su brazo minutos antes ante la queja del omega de que lo estaba apretando demasiado. Entran al invernadero, el calor los golpea porque ahí crecen plantas propias de otros climas y su tío pone especial énfasis en que tengan un ambiente adecuado. Pero es un lugar seguro y los guardias que siguieron al Principe nada más salir del castillo se pueden quedar a una distancia educada, pero sin perderlo de vista. Además de que el lugar solo tiene una puerta de entrada y de salida.
- ¿Qué te pasa?
El alfa pasea por entre las plantas como si fuera un león, de lado a lado, tratando de calmarse. El omega sólo lo mira, sorprendido por lo que acaba de pasar. Se talla el cuello donde han estado los labios de Dalton y se estremece. No es que no le gustara es que fue tan súbito que ni tiempo tuvo de decir no y la llegada intempestiva de Aerys le había ayudado a salir de la situación.
Pero aun así el alfa parecía a punto de explotar y no quería que esto acabara en una crisis con el Greyjoy.
- ¿Tan emocionado estás de que un alfa mayor se fije en ti que le dejas hacer eso?
-Es emocionante, no lo niego, pero… - quería decirle que no lo dejó hacer nada, pero tal vez esto fuera peor y el enojo de Aerys se multiplicara – no estoy seguro. Se siente bien ser el centro de atención, aunque no se siente tan bien cuando te llevan lejos de otros para…
Aerys se acercó a él y los ojos los tenía tan oscuros que parecía otra persona, Quentyn dio un paso atrás asustado.
- ¿Qué has hecho con él?
- ¡Nada! – respondió con los nervios a flor de piel y sintiendo que su instinto le gritaba que agachara la cabeza para no molestar más al alfa.
Es tal vez mirar a Quentyn mostrarse asustado ante él, con miedo más real por lo que pudiera hacer como alfa lo que lo detuvo. Respiró profundo y le dio la espalda, se alejó un poco para luego ir a sentarse en una banca que había en el centro del invernadero.
Se pasó las manos por el rostro y notó que tenía lagrimas en las mejillas. ¿Estaba llorando de coraje o de pena por asustar a Quentyn?
-Aerys – el omega se sienta a su lado y se recarga en su hombro – mis padres, pese a ser los señores de Winterfell, son dos alfas, la gente nos sigue viendo como si fuéramos mierda en el zapato.
-No, claro que no, nadie te podría ver así.
-No lo hacen cuando estamos con ustedes, obviamente, pero lo hacen, te lo puedo asegurar – Quentyn toma su mano, como cuando eran niños y se apoyaban el uno al otro. – Así que tal vez me emocioné demasiado porque un alfa se fije en mí.
Aerys sentía las palabras en la punta de la lengua, quería decirlo ahora y liberarse de ese peso. Pero también tenía miedo, Quen era su hermano, aunque no lo fuera y si lo perdiera sería tan malo como morirse.
Pero callando también terminaría por perderlo.
-Ya hay un alfa que se fijó en ti desde hace tiempo – le dice y Quentyn se ríe como si intuyera que le dirá algo tonto. - ¿No me crees?
-Sí te creo, pero debe ser invisible porque creo que no me he dado cuenta.
Aerys suspira, tiene que ser valiente. Tiene que serlo ahora.
No hay mañana, no si Quentyn aceptaba un cortejo de Dalton o de cualquier otro estúpido alfa.
-No te has dado cuenta porque yo tampoco sabía que no te veía como mi hermano si no como mi omega.
El silencio entre ambos fue pesadísimo y duró tanto tiempo que parecía que no volverían a pronunciar palabras.
- ¿Deberíamos ir…?
-No, los guardias están cerca, no les va a pasar nada.
Gwayne había visto todo, desde la salida de Aerys jalando a Quentyn hasta que caminaran hasta el invernadero. Sabían que estaban bien, que nadie los atacaría, pero también le preocupaba que estuvieran ahí solos, dándose cuenta de que eran alfa y omega, no hermanitos de leche y nada más.
-Voy a mandar a Aera y a Trystane.
-Está bien.
Harwin Strong, el señor de Harrenhal, sigue mirando al invernadero, no se ve nada dentro, obviamente y sólo pueden adivinar si los jóvenes están ahí peleando u otra cosa. De repente salen del invernadero, tomados de la mano, van riendo y hablándose a oído como si tuvieran los secretos más interesantes del mundo.
No parece que haya pasado nada más, Harwin respira más tranquilo. Ahora si puede ir a ver a Lord Dalton para acomodarle las ideas, el llevarse a Quentyn lejos de los demás para lo que fuera que tuviera pensado hacer no era nada correcto ni aceptado en su hogar.
Encuentra a Gwayne con los otros jóvenes y se cruzan con Aerys y Quentyn, parece que el miedo de lo que pudiera pasar en el invernadero fue dejado atrás y simplemente hablan animadamente y deciden irse a tomar el té al solar. Como cualquier día.
Harwin pensó que sería difícil encontrar a Dalton, pero entonces lo ve hablar en el fondo de un pasillo demasiado oscuro con su propio nieto, el hijo mayor de su hija. Bran Stark parecía encantado con lo que fuera que el alfa le dijera y ahí fue cuando Harwin se dio cuenta de que tendría que enemistarse con los Greyjoy.
Gwayne fue el primero en salir al balcón cuando los sonidos de la pelea fueron claros, vio a su alfa en todo su esplendor aventando al otro alfa al fango. Le tuvo que aplaudir, aunque no sabía la razón, cuando la supo más tarde, recompensó con ahínco al amor de su vida.
