Chapter Text
Ser el hijo mayor es más un reto que un privilegio. Desde pequeño se le enseñó la responsabilidad que viene con ese título.
Recuerda a su padre, siempre dentro del bote, en medio del mar, su vista alejada, dirigida al agua, como si en su reflejo viera algo más. No sabía que, nunca preguntó, y una parte de él no quería escuchar la respuesta.
Era otro día más de pesca, su padre le enseñaba cómo hacer nudos suficientemente fuertes, como formar una red resistente para pescar, la dirección que debía tomar para tener más probabilidades de atrapar más peces.
Estaba cansado, los rayos del sol se posaban sobre sus cuerpos, abrasador, sin piedad, como Dios mismo. La corriente del agua estaba más agitada de lo normal, provocando un movimiento contante en el barco. El sudor le escurría por la frente, sus pequeñas manos temblaban, ampollas surcaban en sus palmas, algunas de estas sangraban. Pero no se detuvo, sus dolorosos dedos seguían formando nudos, podía sentir la mirada de su padre sobre él, juzgando su trabajo, si no era adecuado, tendría que comenzar de cero.
A lo lejos veía otro bote, era Zebedeo junto a su hijo Santiago, se les veía contentos, siempre rebozando de alegría, riendo entre ellos, como si la pesca no fuera un proceso extenuante, como si el estar juntos aligeraba el cansancio del trabajo.
Él se sentía celoso. Era como verse en el espejo, pero todo está mal, equivocado, distorsionado. Tan parecidos, pero no iguales. Los veía y luego regresaba la mirada a su propio barco. Un padre y un hijo, pero sin la alegría, sin la risa, siempre en silencio.
No le gustaba el silencio.
Su padre regreso su vista al mar y dijo en voz alta, sin titubear.
—Simón, tu madre está esperando un niño en su vientre, tendrás un hermano.
Por primera vez en ese día, se detuvo. Sus dedos soltaron las cuerdas, podía sentir sus ojos abiertos de la sorpresa, los cuales se detuvieron en el rostro de su padre, este no le regreso la miraba.
Aunque solo podía ver el costado de su rostro, se aferraba a este como un pescador a su red, buscando algún rastro de mentira o de broma. Sabía que era inútil, su padre no era de los que se dedicaban a recitar palabras sin propósito. Por lo que el anuncio era abismalmente verdadero.
Podía oír los latidos de su corazón dentro de su cabeza, una calidez se retorció desde la boca de su estómago, expandiéndose por todo su cuerpo como si de fuego se tratase. No sabía si era felicidad, tristeza, miedo…o algo más oscuro.
—¿Un hermano? — fue lo único que salió de sus labios, como un suspiro, apenas audible.
—Así es Simón, te convertirás en hermano mayor. Por lo que deberás comportarte como tal. — una mano se posó en su hombro, su padre lo miraba fijamente. —Desde hoy tu vida ya no es solo tuya. Es tu destino por nacer primero.
En ese momento no entendió el significado de las palabras dichas por su padre. El cómo tener un hermano cambia todo en tu vida. El cómo representa un regalo precioso, un compañero, un amigo, unido a ti por la familia, las angustias, el amor, las lágrimas y la sangre. Pero como todo lo otorgado por el Señor, se requiere un sacrificio a pagar.
Se pregunta si por ese motivo su padre se encargó en sus años de vida en moldearlo en lo que es hoy, haciéndolo más fuerte, inflexible, testarudo, como una roca. Alguien capaz de cargar el peso del ser el mayor, de ser el ejemplo y el cuidador.
Alguien como su padre.
Todavía se debate si es algo de admiración.
Ahora, siendo un adulto, puede admitir que la mayoría de sus acciones son instintivas, apresuradas, consecuencias de las lecciones por parte de su progenitor. Actúa primero, pregunta después. Ese era su lema.
Pero es en una noche, después de instalar el campamento y en la protección que le brinda su tienda, que un pensamiento aparece en su mente.
“Nunca pedí liderar”.
No en serio, al menos. Hablar primero, sí. Saltar sin pensar, claro. Guiar por impulso, por supuesto. Pero liderar como lo hace Él, como lo hace el Maestro… eso no era lo suyo.
Y, sin embargo, cada vez que Jesús guarda silencio y un problema se presenta, las miradas se dirigen a él. Santiago esperando su aprobación, Juan siempre dispuesto a escuchar, incluso Tomás asentía con los labios apretados, como si sus palabras fueran más importantes de lo que realmente eran.
Pero Mateo era diferente.
Y, aunque nunca lo admitiría en voz alta, había algo en Mateo que despertaba en él una impaciencia que no lograba explicar. Tal vez era su forma de confrontarlo, como si fuese el más listo de los dos, o su forma de moverse, tan cuidadosa, que le picaban las manos por la necesidad de agarrar sus hombros y sacudirlo, o su forma de ver el mundo, tan franca, pero a la vez soñadora, algo que el mismo Mateo seguro desconocía.
Era como si su sola presencia encendiera una chispa que quemaba lugares que no sabía que aún estaban sensibles.
El hombre le recordaba a su yo del pasado, al pequeño Simón dentro del bote, tan diminuto, inestable, débil, frágil.
Si Pedro es una roca, Mateo es una nube. Lados opuestos de la misma moneda.
No sabía que hacer con dicho pensamiento.
Una mañana, mientras se dedicaban a reparar un viejo pozo, Mateo desplegó su tablilla y comenzó a explicar con entusiasmo.
—Si dividimos el grupo en tercios, y asumimos que el pueblo tiene los materiales y herramientas necesarios, podremos recorrerlo y obtener todo en menos de una hora. Lo que no dará suficiente tiempo para reparar el pozo y seguir nuestro camino.
Hablaba rápido. No con urgencia, sino con esa emoción silenciosa que lo caracteriza, como si el mundo tuviera sentido sólo cuando diera rienda suelta a todos sus pensamientos.
Pero Pedro estaba agotado. Habían estado caminando por horas. Había hambre. Dolor de pies. Y lo último que necesitaba era otra distracción.
— Ahora no, Mateo. —interrumpió con firmeza—. Tenemos que avanzar con lo que tenemos, no hay que pensarlo tanto.
Vio cómo sus hombros se encogieron, como si el aire hubiera salido de su cuerpo. Bajó la mirada, y sus dedos temblaron apenas. No dijo nada. Se retiró en silencio.
Y, sin embargo, una parte dentro de él se sintió triunfante. Como si hubiera ganado una batalla.
No fue hasta más tarde que entendió el precio a pagar.
La jornada había sido larga, y el cansancio se esfumaba poco a poco con cada cucharada del guiso caliente que les ofrecieron los anfitriones. El humilde hogar de los mercaderes olía a pan y leña. El ambiente se tornaba cada vez más ligero, como si el calor de la comida ablandara también el alma.
Al ver a Tomás frunciendo el ceño, murmurando por lo bajo mientras contaba por tercera vez las monedas que les quedaban, no pudo evitar lanzarle una broma.
—Tranquilo hombre, con un Mateo es suficiente —soltó, riendo con voz grave.
La mesa estalló en risas, cerró los ojos y se permitió disfrutar del momento. Al girar la cabeza, notó que Mateo no se había unido a sus compañeros. Tenía la vista baja, con sonrisa forzada en sus labios, esa que uno pone por obligación, no por alegría.
Una sonrisa que conocía muy bien, la misma que veía en el espejo antes de conocer a su Maestro. Una que vio en su padre la mayoría del tiempo.
Intentó seguir comiendo, pero la imagen de Mateo mirando el plato, masticando sin ganas, lo distrajo.
“¿Dije algo malo?”, pensó por un instante. “No fue más que una broma… ¿verdad?”
Volvió a mirar a Mateo, esta vez con más atención. No tenía los gestos endurecidos de un hombre curtido. Sus manos, sus ojos... había algo distinto, algo joven, casi oculto. Como si llevara puesta una túnica demasiado grande para su tamaño.
Pedro bajó la vista a su propio cuenco de comida y movió el pan entre los dedos, distraído.
No se jactaría de ser el más observador, pero hasta él ha notado la, no tal sutil, predisposición de Mateo por alejarse de él. Por cada paso que se acercaba, el escriba retrocedía dos, por cada tarea asignada al grupo, Mateo era último en cumplirla. Cuanto antes era solo silencioso, ahora era invisible, imperceptible, como si no quisiera destacar. Desafortunadamente el efecto era lo contrario.
Lo que conlleva a la pregunta del porqué de sus acciones.
El resto del grupo también lo notó.
—¿Qué le hiciste? — su hermano le preguntó, en su mirada no había juicio, pero sus cejas fruncidas mostraban su molestia.
—¡No le hice nada! — susurró entre dientes. —Ya conoces como es Mateo, es diferente. Es una más de sus manías.
—Y porque conozco a Mateo, sé que esto no es normal. — Andrés le contestó, con la voz de un experto que sabe de lo que habla.
Pedro resistió el impulso de burlarse, como si la palabra “normal” fuese algo que encajara con el escriba.
Su hermano, como si leyera sus pensamientos, puso los ojos en blanco y le agarró el abrazo.
—Y porque te conozco hermano mío, sé que tus palabras pueden ser bruscas para otros. — con un movimiento, lo empujo hacia adelante, en dirección a Mateo. —Así que ve y arréglalo.
Apenas tuvo tiempo de recomponerse, evitando caer de bruces al suelo, giro la cabeza hacia su hermano para lanzarle un gruñido, Andrés solo sonrió inocentemente, levantando dos pulgares en señal de suerte.
No es que la necesitara, porque, para empezar, no sabía que había hecho mal. Se limito a lanzar un fuerte suspiro de cansancio y se acercó a Mateo.
Lo había llamado sin pensar demasiado.
—Mateo, ¿puedes ayudarme a ordenar las provisiones? Estás más capacitado para eso.
Y era verdad. Si alguien podía colocar víveres de forma eficiente, era él. Pedro no tenía cabeza para contar dátiles ni clasificar cereales por tamaño o madurez. Pero apenas las palabras salieron de su boca, algo en el rostro de Mateo cambió. Sutilmente. Como una grieta que apenas se forma en una vasija, invisible para quien no sabe mirar.
Mateo respondió con un breve “sí”, sin levantar la vista.
Pedro lo observó mientras trabajaba. Manos metódicas, movimientos precisos. Casi demasiado precisos. Era como si cada dátil que colocaba llevara un peso invisible. Como si estuviera realizando una tarea que ya había hecho miles de veces antes.
El pescador frunció el ceño, sin darse cuenta. Era su gesto habitual cuando se concentraba. Pero en ese instante, Mateo se tensó. Lo vio. Todo su cuerpo se inclinó hacia adelante, como si esperara algo.
Pedro sintió un malestar en el pecho.
El silencio que se formó entre él y Mateo era denso, espeso, como barro húmedo.
Quiso decir algo, suavizar el ambiente, pero no sabía cómo. Las palabras de consuelo nunca se le dieron bien.
— No te exijas mucho, no tiene que ser perfecto—dijo, al fin, con voz más baja.
Mateo parpadeó. Fue apenas un instante, pero bastó para que Pedro viera que lo había sorprendido. Como si esa frase no pudiera ser dicha en su visión del mundo.
—Lo sé —respondió el joven, sin convicción.
Pedro se rascó la barba, incómodo. Sabía que no estaba arreglando nada, pero al menos no pretendía empeorarlo.
Pero todo se volvió aún peor.
Nunca le gustó el silencio.
En el mar no había cabida para este, dentro de su bote, no era importante escuchar; sino gritar por encima del viento. Para ser escuchado, para ser visto.
Y, sin embargo, en este momento, el silencio pesaba más que la más brava de las tormentas.
Pedro no se movió. Su cuerpo aún vibraba con la tensión del momento, pero sus pies estaban clavados en la tierra como si un solo paso provocara un derrumbe.
"¿Por qué no me escuchas, papá?"
Las palabras retumbaban aún en sus oídos. No por el grito, sino por el eco que dejaron detrás. Un eco cargado de algo roto. Antiguo. No dirigido a él… y, sin embargo, clavado en su pecho como si lo fuera.
Mateo estaba inmóvil, la cabeza gacha, los hombros temblando. La escena entera parecía suspendida en el limbo, donde ni el viento se atrevía a moverse. Pedro sintió todas las miradas clavadas en ellos, pero no pudo apartar la suya de Mateo. Ni supo cómo hacerlo.
Quiso decir algo. Cualquier cosa. Un chiste, una salida, una palabra que aliviara lo dicho.
Pero no había palabras para eso.
No para lo que acababa de salir de la boca del joven escriba, algo afilado, algo cruel, como si de una herida se tratase.
"Papá."
Pedro tragó saliva.
—¿Me… llamaste… papá? —logró murmurar, sin saber si quería una respuesta.
Mateo no respondió. Las lágrimas ya habían empezado a caer. Silenciosas, como si ni siquiera se sintiera con derecho a llorar en voz alta.
Y Pedro sintió que algo se rompía dentro de él.
Alzo una mano temblorosa, para tomar, alcanzar, aunque no sabía que. Tal vez a Mateo, tal vez su silencio, tal vez a la sombra de otro hombre que ahora estaba sobre la suya. Pero como si de un animal asustado se tratase, Mateo retrocedió un paso, luego dos, luego tres, dio la vuelta y corrió, huyendo, escapando de todos, de la situación, de él.
Y Pedro se quedó. De pie. Todavía en silencio.
Cuando los pasos de Mateo desaparecieron tras la cortina de arbustos, la tensión los envolvía como una red invisible. Ninguno se atrevió a moverse. El aire estaba denso, casi espeso.
Andrés bajó la mirada al suelo, como si buscara en la tierra una respuesta que no llegaba. Santiago el Mayor cruzó los brazos, incómodo. Juan se pasó una mano por el cabello, inquieto. Tomás abrió la boca como para decir algo, pero no encontró las palabras.
—Eso fue… —empezó Nathanael— …duro.
Felipe asintió, sin mirarlo. Todos sabían que no se refería solo a las palabras de Mateo.
El grupo permaneció en un círculo deshecho. Ninguno hablaba demasiado fuerte. Era como si temieran que cualquier palabra fuera a romper aún más lo frágil del momento.
Tadeo, que hasta entonces había permanecido sentado en una piedra, se incorporó con lentitud.
—Nunca he visto a Mateo así —dijo con voz suave— ¿Qué pudo ocasionar esta reacción?
—No lo sé —murmuró Juan—. El nunca habla de su familia, mucho menos de su padre.
—Lo poco que escuche es que sus padres lo habían desconocido por ser recaudador de impuestos —respondió Santiago el Menor, con un tono casi de lastima.
—Tal vez se equivocó, no sería la primera vez que nos confunden con sus palabras— la voz grave de Simón Z se hizo presente, alejado del grupo, con el cuerpo tenso. Como si se debatiera entre seguir de pie o ir tras Mateo.
—Pero eso no fue un error cualquiera. No se confunde ese nombre… sin razón. — arremetió Judas, viendo de reojo a Pedro.
El cual no hablaba. Ni siquiera parecía del todo presente. Su mirada estaba fija en el lugar donde Mateo había desaparecido. Como si esperara que volviera. Como si deseara que no se hubiera ido.
—¿Pedro…? —preguntó finalmente Andrés, con cautela.
El aludido no respondió. Solo suspiró. Pero en ese suspiro estaba todo tipo de emociones que no podía poner en palabras.
—Deberíamos ir a buscarlo— respondió Santiago el Mayor, tomando el liderazgo. —Felipe, Juan, vengan conmigo. Los demás esperen aquí.
Nadie cuestionó.
Poco a poco, comenzaron a esparcirse por el campamento, buscando que hacer, desesperados en encontrar algo que les permitiera dejar de pensar en lo ocurrido.
Excepto Pedro, quien en su mente repetía la escena una y otra vez. Podía sentir la mirada de su Maestro sobre él, no como una sentencia, como una invitación, pero él no se movió.
Desde muy joven, su padre, un hombre de manos grandes y palabras pequeñas, le enseñó que el ser empujado, sacudido, zarandeado era necesario para crecer, para ser mejor. Que la vida era cruel, vacía, injusta, y habría muchos que tratarían de doblegarlo, por lo que no debía mostrar debilidad. Porque su vida no era solo suya, y tendría que cargar ese peso. Quiera o no.
Se le enseñó a no llorar. A resolver. A ser piedra antes que río.
¿Era eso lo que Mateo veía en él?
Sacudió la cabeza, no quería indagar en las respuestas.
Solo podía escuchar la voz de Mateo, temblorosa, desgarradora. Lo había llamado “papá”, no con cariño, como Juan cuando hablaba de Zebedeo, no con anhelo, como el que se escuchaba en la voz de María, ni siquiera con exasperación, como la que se deslumbraba en los ojos de Simón Z, las pocas veces que hablaba de su familia.
Era algo más oscuro. Más peligroso.
No conoce al padre de Mateo, no sabía con exactitud el cómo fue su vida familiar, pero no era ciego, podía ver indicios de lo que fue una infancia difícil. Y una parte de él no comprendía como un joven, tan talentoso como Mateo, llegó al punto de convertirse en recaudador de impuestos.
Qué tipo de vida debió tener para decidir dejarlo todo, sus costumbres, su hogar, su familia, solo para ganar algunas monedas más, o tal vez, no era el dinero, sino lo que podía hacer con él, ser independiente, tener un nuevo hogar, estar solo…sin sus padres.
Había algo que no cuadraba, algo que se mantenía oculto.
Trato de ponerse en los zapatos del hombre, después de todo, Mateo ya lo había encadenado a eso, y podía entender el enojo, la ira, la decepción, de estar en la posición en la que tu hijo estuviera bajo el mando de los romanos, trabajando para ellos. Entiende el sentimiento, pero no concuerda en las acciones que se tomaron después.
No podía verse asimismo depreciando a su primogénito, aquel que vio crecer, llorar, reír; para simplemente desecharlo como si de un objeto se tratase. Verlo al otro lado de la calle y darle la espalda, no correr abrazarlo, tomarle las manos, secarles las lágrimas y darle un pequeño golpe en la cabeza por osarse a cometer tan grande tontería. Sus manos le picaban, deseaba tener al hombre enfrente, tomarle de los hombros y sacudirlo, hasta que escupiera la razón del porque se dignó a abandonar a su hijo.
Si los padres de Mateo lo trataron de tal forma, siendo este un adulto, no quiere pensar en lo que paso siendo un niño.
Se pregunta si el motivo de su rechazo fue solo por la decisión de ser recaudador de impuestos, o si había algo más. Si solo fue el punto culmine, la última gota que derramó el vaso.
La fogata chispeaba con una quietud que contrastaba con el remolino de sus pensamientos. Se había quedado un poco apartado del grupo, tallando con una piedra el borde de su cuchillo, aunque no necesitaba afilarlo. Solo quería tener las manos ocupadas. Se vio en el reflejo del cuchillo, y unos ojos distintos le devolvieron la mirada, la de un hombre que no conocía, pero en el que podía ver ciertas similitudes.
No había sido fácil con Mateo, incluso poco amable, era consciente de que su constante indiferencia, desvalorización y rudeza, lo lastimaban. Una cierta parte de él lo disfrutaba, el verlo bajar la cabeza, en como su entusiasmo se evaporaba cuando rechazaba sus ideas, el cómo obedecía todas sus peticiones, a pesar de no estar de acuerdo con la mayoría de ellas.
Luego venia la vergüenza y la culpa, por lo que buscaba diferentes maneras de alegrarlo, un cumplido, un higo extra en la repartición de la cena, disminuía sus pasos para estar a su alcance por si tropezaba. Mateo nunca dijo nada, pero podía ver su postura menos rígida, su voz más nítida y un brillo en sus ojos que no podía definir. Lo hacía sentir orgulloso, pleno, extasiado, de ser el único en provocar dichas reacciones en el imperturbable joven.
Pero ahora sabía que no fue el único, ni siquiera el primero.
Pedro no lo vio llegar, pero lo supo, como se sabe que el sol se está poniendo, aunque se tenga los ojos cerrados.
Jesús no habló. Se sentó a su lado.
Pedro tardó unos segundos en decir algo.
—¿Lo sabías? —preguntó al fin, sin mirarlo.
Jesús lo miró con ternura, pero con la seriedad que reservaba para las preguntas que de verdad importaban.
—Sabía que llevaba un peso. No qué forma tomaría al romperse.
Pedro asintió con la cabeza. Su mandíbula se tensó.
—Me llamó “papá” —dijo, con una mezcla de desconcierto y dolor—. Y no fue amor lo que escuché.
Jesús no se sorprendió.
—Y eso te dolió.
Pedro solo una risa seca, esas que se quedan atrapadas en la garganta, que fácilmente se convierten en sollozos.
—No quería herirlo —susurró.
Jesús no respondió. Lo dejó llenar el espacio con su propia vergüenza.
—Me vi en sus ojos. Y no me gustó lo que vi —lanzó el cuchillo con furia, lo escuchó caer a unos metros de ellos, se llevó las manos a la cara, como si pudiese esconderse de la culpa. —No sé qué hacer con eso. No sé qué significa.
—Significa que en ti vio a alguien con poder sobre él. Poder de herir… o de sanar.
Pedro tragó saliva.
—Pero yo no... no soy bueno para eso. A veces ni entiendo qué está pasando en su cabeza.
Jesús sonrió apenas.
—Pedro, tú no estás aquí para entenderlo todo. El amor no es de sabios, es de valientes.
Pedro lo miró por fin.
—¿Y eso basta?
—A veces —respondió Jesús—. Especialmente para quien nunca lo tuvo.
El silencio volvió, pero esta vez era distinto. Menos denso. Pedro se quedó allí, junto a su Maestro, y por primera vez entendió que a veces ser roca no era cuestión de fuerza, sino de permanecer donde otros se desmoronarían.
La noche cayó con una quietud densa, como si el cielo hubiese decidido contener la respiración junto con ellos.
Mateo había vuelto. Y así como había regresado, no tardo en volver a esconderse.
Pedro caminaba entre las sombras con pasos pesados. Su cuerpo se movía de manera automática. Paso al lado de sus compañeros, cada uno le dio una señal de suerte o de compasión, si era sincero consigo mismo. Un asentimiento de Tomás, un gesto comprensivo de Nathanael, una sonrisa serena de Felipe, la mirada silenciosa de Judas.
—Está junto al olivo—le había susurrado Juan, con esa voz suave que parecía tratar de calmar su alma.
Pedro llegó hasta allí, al borde de la pequeña ladera donde las piedras aún guardaban el calor del día. Y lo vio.
Estaba sentado, las piernas recogidas contra el pecho, la túnica arrugada, el cabello despeinado. Tenía la mirada perdida en algún punto entre la tierra y las estrellas. Ya no lloraba, pero el rastro de lágrimas secas era perceptible en sus mejillas.
Pedro dio un paso. Con cautela. Se sentó a su lado, dejando un espacio considerable entre ellos. No sabía hablar con delicadeza. Pero se obligó.
—Mateo.
Mateo giró apenas el rostro. Lo suficiente para que pudiera ver sus ojos rojos.
—No quería… que ese nombre saliera —dijo, sin levantar la vista.
—Lo sé.
Silencio.
—No lo dijiste por cariño —agregó.
—No.
Pedro asintió. Las palabras bailaban torpes en su lengua.
—Te escuché —dijo finalmente—. Cuando dijiste…eso. No sé qué significó para ti, pero… para mí fue…
—Un error —interrumpió Mateo, apretando los brazos contra su cuerpo—. Una confusión. No quise decirlo… Ya no importa.
—Claro que importa. — interrumpió con rapidez.
El silencio se impuso otra vez. Pedro suspiró mientras se pasaba sus dedos por el cabello, tratando de tranquilizarse.
—No soy él… —repitió, con voz más firme— …y si alguna vez soné como él, actúe como él, lo lamento. De verdad.
Fue torpe. Fue crudo. Pero fue honesto.
Mateo no reaccionó por un largo tiempo. Luego habló con voz baja.
—Mi padre era duro. Exigente. Todo tenía que ser correcto, perfecto. Yo… trataba de encajar. De merecer su respeto. Pero no fue fácil.
Pedro se inclinó un poco hacia adelante.
—Mi padre… también fue difícil. Supongo que soy más parecido a él de lo que me gustaría. — sintió la risa retumbar en su pecho, pero lo que salió de sus labios fue algo más roto.
Las manos de Mateo dejaron de temblar. Apenas. Pero lo notó.
—Te vi como figura de autoridad. Y no fue agradable —confesó.
Pedro alzó una mano. No para tocarlo. Solo para que viera que no iba a alzarla contra él.
—Mateo, he sido duro contigo. No porque te desprecie, sino porque... a veces no entiendo tu forma de ver las cosas. Y eso me hace sentir ignorante. Frustrado. Pero no es excusa.
—Yo tampoco entiendo bien lo que siento. A veces me gustaría no sentir nada.
—No. No digas eso —dijo Pedro con voz grave—. Tus sentimientos son parte de lo que te hace fuerte. Aunque no lo veas.
Mateo levantó los ojos, sorprendido. Como si esas palabras abrieran algo que no sabía que estaba cerrado.
Pedro sonrió, no sin cierto dolor.
—No soy tu padre, Mateo. Pero si alguna vez necesitas que lo parezca… si alguna vez necesitas a alguien que te escuche, aunque no entienda… estoy aquí. Como hermano. Como algo más, si lo deseas.
Hubo una pausa.
Entonces Mateo, con gesto tímido pero firme, asintió.
—Solo… trátame como uno más. También tengo cosas que decir.
Pedro sonrió.
—Y muy pocas veces te callas.
Ambos rieron. Fue breve. Pero fue genuino.
—No conocí a tu padre, Pedro. Pero si dices que te pareces a él… Debió ser un buen hombre. — por primera vez, en mucho tiempo, Mateo lo observó a los ojos y le otorgó una pequeña sonrisa.
Silencio. Esta vez uno que no dolía.
No sabía por qué ni cómo, pero las lágrimas se desbordaron de sus ojos, cual peces cuando se rompe la red.
Mateo entró en pánico.
—¡Perdón! No quería hacerte llorar.
—¡No estoy llorando!... ¡Deja de mirarme! — trato de ocultar su rostro con sus manos, mientras intentaba, inútilmente, de limpiarse las lágrimas. A pesar de la vergüenza, sintió desaparecer el peso que había cargado durante años, al menos por ese instante.
—Entonces… —Mateo tragó saliva— ¿No estás enojado?
Pedro respiró hondo.
—No. Pero si le cuentas de esto a alguien, juro que te daré de comer a los peces— prometió con vehemencia.
Mateo soltó una risa pequeña. Pedro le siguió con una más fuerte.
Y en ese instante, bajo el olivo, sin testigos ni formalidades, Pedro dejó de ver en Mateo al recaudador, al estratega, al niño confundido. Vio a alguien que podía llamar familia.
