Chapter Text
El amanecer en Mónaco había sido tranquilo, con un cielo despejado que dejaba filtrar los primeros rayos de sol a través de las cortinas del apartamento. Franco se despertó lentamente, todavía agotado por el viaje de regreso desde Inglaterra y las emociones encontradas que lo habían acompañado. Estiró la mano hacia el lado de la cama donde Lando solía dormir, esperando encontrar su calor familiar, pero sus dedos solo tocaron sábanas frías. Frunció el ceño, confundido, y se incorporó, parpadeando contra la luz tenue. El apartamento estaba en silencio, salvo por el zumbido distante de los barcos en el puerto. Buscó su teléfono en la mesita de noche, pero sus ojos cayeron sobre una nota escrita a mano, la caligrafía desgarbada pero inconfundible de Lando:
"Buen día, tuve que salir. Estaré ocupado y no sé cuándo volveré. Te amo."
Franco leyó las palabras dos veces, sosteniendo el papel entre sus dedos. El "te amo" al final debería haberlo reconfortado, pero el tono seco, la vaguedad de "no sé cuándo volveré", le apretó el pecho. Asintió en silencio, como si quisiera convencerse de que todo estaba bien, pero un suspiro triste se le escapó mientras dejaba la nota en la mesita. Había apurado las grabaciones en Williams, trabajando turnos dobles para volver pronto, imaginando que pasarían el día juntos, paseando por las calles de Mónaco o simplemente tirados en el sofá viendo alguna serie tonta. Pero parecía que Lando tenía otros planes. ¿Estaba realmente enojado? ¿O simplemente... distante?
Desayunó solo, en una cocina que de repente se sentía demasiado grande. El mate, que solía ser un ritual compartido con risas y charlas, ahora sabía amargo, y el silencio del apartamento amplificaba sus pensamientos. Fue al gimnasio con su entrenador, corrió por las calles empinadas de Mónaco, dejando que el sudor y el viento le despejaran la cabeza. Pero cada hora que pasaba sin un mensaje de Lando, sin un emoji tonto o un audio diciendo "Fran, te extraño", hacía que la espina en su corazón se clavara más hondo. A media tarde, agotado y con el ánimo por el suelo, decidió parar en una cafetería pequeña con vistas al mar. Se sentó en una mesa al aire libre, el sol reflejándose en las olas, y pidió una torta de moras con un café frío. Mientras pinchaba la torta, mirando el horizonte, intentó ahogar la amargura de sus sentimientos. "¿Y si realmente está cansado de mí?", pensó, el tenedor detenido en el aire. "¿Y si ya no puede con mis horarios, con mis viajes?"
El teléfono vibró sobre la mesa, y Franco lo tomó con una sonrisa instintiva, seguro de que era Lando. Pero la voz al otro lado era la de Alex Albon, alegre y despreocupada.
—¡Fran, mate! ¿Dónde estás? —preguntó.
Franco disimuló su decepción, pinchando otro pedazo de torta.
—Oh, hola, Alex... Estoy en una cafetería, salí a entrenar y paré a comer algo. —Miró el logo de la cafetería y le dio el nombre, su voz más apagada de lo que pretendía—. ¿Querés que vaya ahora?
—No, tranquilo, pero ¿puedes volver al apartamento? Tengo algo para ti, estoy cerca —dijo Alex, con un tono que sonaba vagamente conspirador, aunque Franco no lo notó, demasiado atrapado en sus propios pensamientos.
—Bueno, ahora voy —respondió, cortando la llamada. Miró la torta a medio comer y el café frío, dio un último bocado sin entusiasmo y dejó unos billetes en la mesa antes de levantarse. Mientras caminaba de regreso, el atardecer pintaba el cielo de un naranja vibrante, los edificios de Mónaco brillando bajo la luz cálida. Franco intentó disfrutar del paisaje, pero su mente seguía imaginando cómo sería esa caminata con Lando a su lado, sus manos entrelazadas, riendo por alguna tontería.
Al llegar al edificio, subió al apartamento esperando encontrar a Alex en la entrada, pero no había nadie. Frunció el ceño, extrañado. Había dado a Alex una llave de repuesto hacía semanas, por si acaso, así que asumió que estaría dentro. Abrió la puerta, entrando en un apartamento oscuro, con las cortinas corridas y las luces apagadas.
—¿Hola? Alex, ya llegué —dijo en voz alta, su voz resonando en el silencio.Su teléfono vibró con un mensaje. Era Alex:
Perdón, amigo, tuve que irme, surgio algo urgente ¡Nos vemos!.
Franco suspiró, dejando caer los hombros. "¿Qué está pasando hoy?", murmuró, frustrado, guardándose el teléfono. Decidió que lo mejor era ducharse y despejarse; el día ya había sido demasiado largo. Caminó hacia el baño, dejando sus zapatillas tiradas junto a la entrada, y se dio una ducha rápida, el agua caliente aliviando un poco la tensión en sus hombros. Al salir, con una toalla alrededor de la cintura y el cabello húmedo goteando, se dirigió a la habitación para cambiarse.
Entonces lo vio. Sobre la cama, iluminada por un rayo de luz anaranjada que se colaba por la ventana, había un ramo pequeño pero perfecto: tres flores amarillas, vibrantes y frescas— envueltas en celofán amarillo que brillaba como un pedazo de sol. Junto al ramo, una caja de regalo blanca con un lazo sencillo y un sobre amarillo pegado encima. Franco se quedó paralizado, el corazón dando un vuelco. Una sonrisa tímida, casi incrédula, se dibujó en su rostro mientras se acercaba. Tomó el ramo con cuidado, como si fuera a desvanecerse, y el aroma dulce de las rosas llenó sus sentidos. Con manos temblorosas, abrió el sobre, desdoblando una carta escrita en la misma caligrafía desgarbada de la nota matutina.
"Hola, si quieres encontrarme, mejor que sea con las mejores pintas, ¿no? ;) "
Franco soltó una risa suave, el nudo en su pecho aflojándose por primera vez en días. Abrió la caja con un grito de sorpresa: dentro había una remera amarilla sencilla, suave al tacto, un pantalón blanco de jeans sueltos, exactamente su estilo y zapatillas blancas. Su corazón latía rápido, una mezcla de emoción y alivio.
Con una sonrisa que no podía contener, se vistió rápidamente, la remera amarilla abrazando su torso y el pantalón blanco cayendo perfectamente. Miró el ramo una vez más, sus dedos rozando los pétalos, y sintió un calor que no había sentido en días.
Salió de la habitación con el ramo de rosas amarillas en la mano, la remera amarilla brillando bajo la luz tenue del pasillo. Su corazón latía con una mezcla de emoción y curiosidad, la espina de duda que lo había atormentado los últimos días ahora reemplazada por una chispa de emoción. Al entrar al living, sus ojos se posaron en el centro de la mesa: un globo transparente flotaba allí, lleno de confeti amarillo que danzaba como pequeños destellos de sol atrapados. Atado al globo, una nota escrita en la misma caligrafía desgarbada se, balanceaba ligeramente con la brisa que se colaba por una ventana entreabierta.
Se acercó, sonriendo, y tomó la nota con cuidado, como si temiera romper el hechizo.
"¡Ay! Casi casi, pero no estoy aquí. ¿Qué tal si mejor salimos a tomar aire como siempre? "
Ató el globo al ramo, el confeti brillando bajo la luz, y salió del apartamento con una energía renovada, el peso de los últimos días disolviéndose con cada paso. Sabía exactamente a dónde lo llevaba esto: su lugar favorito en Mónaco, donde él y Lando escapaban del caos de la Fórmula 1.
Bajó por el ascensor, la sonrisa en su rostro tan amplia que casi le dolía. Al salir a la entrada del edificio, el aire fresco de la noche monegasca lo recibió, cargado con el aroma salado del mar y el murmullo de la ciudad al anochecer. Frente a la puerta, un coche blanco reluciente estaba estacionado, y allí, apoyados contra él, estaban Alex y Carlos, ambos con sonrisas cómplices que no podían disimular. Alex, con una sudadera holgada y su cabello revuelto, le guiñó un ojo mientras se acercaba.
—Esta noche seremos tus chóferes, Franquito. ¡Andando! —dijo con ese tono alegre que siempre desarmaba cualquier tensión.
Franco rió, subiendo a la parte trasera del coche mientras Carlos se acomodaba al volante.
—¿Qué es esto, chicos? ¿Una conspiración? —bromeó, intentando sonsacar información, pero Alex solo se giró desde el asiento del copiloto, levantando las manos en fingida inocencia.
—Sin pistas, mate. Solo disfruta el paseo —respondió, mientras Carlos aceleraba suavemente, las luces de Mónaco destellando a través de las ventanillas. Franco insistió, preguntando entre risas dónde estaba Lando, qué tramaban, pero los dos pilotos se limitaron a intercambiar miradas y soltar risitas evasivas.
—Paciencia, pequeño —dijo Carlos, su acento español cálido y burlón—. Todo a su tiempo.
El coche serpenteó por las calles estrechas, pasando por cafés iluminados y yates que brillaban en el puerto. Franco, con el ramo y el globo en su regazo, miraba por la ventana, dejando que la emoción lo envolviera. Cada giro del coche lo acercaba más, lo sentía en el aire. Finalmente, se detuvieron frente al edificio de departamentos de Lando, un lugar que Franco conocía tan bien como el suyo propio. Carlos se giró desde el asiento del conductor, sosteniendo un sobre amarillo idéntico al primero.
—Esto es para ti, anda, ve —dijo, entregándoselo con una sonrisa que escondía un secreto mal disimulado.
Franco bajó del coche, agradeciendo a los chicos con un gesto rápido, y se quedó frente al edificio, el ramo y el globo en una mano, el sobre en la otra. Lo abrió con dedos ansiosos, y decía:
"Estás a un paso, solo falta que aprecies la vista desde más arriba."
Su risa resonó en la calle vacía, un sonido puro y lleno de vida. Sabía exactamente a dónde ir. No al quinto piso, donde estaba el departamento de quien conocía, sino al séptimo, a la azotea: su lugar. Ese espacio abierto con vistas al mar, donde el cielo de Mónaco se desplegaba como un lienzo infinito, era su refugio. Allí, lejos de las cámaras, los sponsors y el rugido de los motores, eran solo Franco y Lando, compartiendo atardeceres, risas y promesas susurradas.
Las puertas del ascensor se abrieron en el séptimo piso, y la boca de Franco se abrió de par en par, un jadeo silencioso escapando de sus labios. El pasillo, normalmente oscuro y funcional, estaba transformado: pequeñas velas parpadeaban en el suelo, alineadas como estrellas fugaces, formando un sendero de luz cálida que guiaba hacia la puerta de la azotea. Las llamas titilaban, proyectando sombras suaves en las paredes, y el aire olía a cera derretida y a algo dulce, como la promesa de un sueño. Avanzó con pasos lentos, el ramo de rosas amarillas en una mano, el globo flotando con su confeti brillante en la otra, y su corazón latiendo con una mezcla de asombro y emoción. Al final del pasillo, la puerta de la azotea estaba cerrada, pero un cartel colgaba de ella, escrito:
"¡Me encontraste!"
Franco rió, una risa temblorosa que era mitad nervios, mitad felicidad pura. Empujó la puerta con cuidado, y al cruzarla, su respiración se cortó como si hubiera entrado en otro mundo. La azotea, que siempre había sido un espacio sencillo con vistas al mar y poco más, estaba irreconocible. Luces doradas enhebradas en guirnaldas colgaban entre un tejado improvisado de telas blancas que ondeaban suavemente con la brisa marina. Pero lo que realmente lo dejó sin aliento fueron las flores. Flores amarillas por todas partes: girasoles altos y orgullosos, rosas delicadas, margaritas frescas, tulipanes vibrantes, todas en tonos de sol que parecían capturar la esencia de un campo argentino en primavera. Estaban en jarrones rústicos, en cestas tejidas, incluso esparcidas en macetas por el suelo como un sendero dorado. Era como si alguien hubiera traído un pedazo de su país natal y lo hubiera plantado en el corazón de Mónaco.
—No puede ser —susurró Franco, su voz apenas audible, mientras avanzaba por el sendero de flores, sus zapatillas rozando los pétalos esparcidos. El globo flotaba a su lado, el confeti amarillo brillando bajo las luces, y la remera amarilla que Lando le había elegido parecía encajar perfectamente en ese escenario mágico. Sus ojos recorrían cada detalle, abrumados, mientras su mente intentaba procesar la enormidad del gesto. Llegó al centro de la azotea, donde un círculo perfecto de flores formaba una especie de escenario natural, y allí, en el medio, estaba alguien.
Sosteniendo un ramo enorme de girasoles que casi lo eclipsaba. Bajó el ramo lentamente, revelando esos ojos verde azulados que Franco amaba y una sonrisa que eclipsaba la luna, llenos de una mezcla de picardía y adoración.
—¡Feliz día, mi amor! —dijo Lando, su voz vibrante de alegría, sus mejillas ligeramente sonrojadas por los nervios y la emoción.
Se quedó inmóvil, sus ojos avellana empañándose mientras un puchero incontrolable curvaba sus labios. Allí estaba Lando, rodeado de un mar de flores amarillas, con esa sonrisa que podía deshacer cualquier duda, cualquier miedo. Todo encajó de repente: las llamadas secretas, las ausencias, los mensajes cortos, la distancia que había malinterpretado. No era enojo, no era cansancio. Era esto. Lando había movido cielo y tierra para recrear el Día de las Flores Amarillas, una tradición que Franco nunca había vivido en Argentina por estar persiguiendo su sueño en la F1. El esfuerzo, el amor detrás de cada pétalo, cada vela, cada detalle, lo golpeó como una ola.
Sin pensarlo, dejó caer el ramo con el globo, y corrió hacia Lando. Saltó sobre él, sus brazos rodeando su cuello, y Lando, riendo a carcajadas, soltó el ramo de girasoles para atraparlo por la cintura, girando sobre sus pies en un torbellino de felicidad. Las risas de ambos llenaron la azotea, mezclándose con el sonido del viento y el murmullo lejano del mar. Franco enterró el rostro en el cuello de Lando, sintiendo cómo las lágrimas rodaban por sus mejillas, cálidas y liberadoras. —Sos increíble y un idiota. Pensé que estabas enojado conmigo, que no querías verme.—susurró, su voz rota por la emoción, abrazándolo con más fuerza.
Lando lo bajó con cuidado, sin soltar su cintura, y con la mano libre limpió las lágrimas de las mejillas de Franco, sus pulgares trazando círculos suaves sobre su piel. Besó cada pómulo con una ternura que hizo que el corazón de Franco diera un vuelco.
—Nunca estuve enojado, mi amor. Estaba perdiendo la cabeza intentando que esto fuera perfecto. No estaban en temporada la flores, y fue un caos... Carlos y Alex casi me matan con sus ideas locas, pero valió la pena. —Hizo una pausa, sus ojos verdes buscando los de Franco con una intensidad que cortaba el aliento—. No quería que pensaras que me cansé de vos. Nunca podría. Sos mi hogar, que me decis de la sorpresa ¿Te gustó? —preguntó Lando entre risas, sus ojos brillando bajo las luces doradas—. No llores, amor, que me vas a hacer llorar a mí también.
Franco asintió, incapaz de hablar por un momento, su mirada recorriendo a Lando. Notó entonces que su novio también llevaba una camisa amarilla, con las mangas arremangadas hasta los codos, y un pantalón blanco que contrastaba con su estilo relajado pero cuidadosamente elegido. Eran opuestos pero complementarios: la remera sencilla de Franco contra la camisa abotonada de Lando, el amarillo vibrante uniéndolos como un eco de las flores a su alrededor. Hasta en eso, Lando había pensado.
—¿Que sí me gustó? —dijo por fin, su voz temblorosa mientras miraba el campo de flores a su alrededor—. Por Dios, Lan, esto es... no lo puedo creer. ¿Cómo? ¿Por qué? No tenías que hacer todo esto…
Lando sonrió, acariciando la mejilla de Franco con una suavidad que hizo que el mundo se detuviera. Se inclinó, dejando un beso lento y cálido en sus labios antes de apartarse lo justo para mirarlo a los ojos.
—Dijiste que nunca tuviste tu día de las flores amarillas porque te fuiste de Argentina persiguiendo la Fórmula uno —explicó, su voz baja y sincera—. Y aunque me pasé unos días del veintiuno de septiembre, quería que tuvieras el mejor día posible. Porque te amo, Fran. Y porque quería traerte un pedazo de tu casa aquí, a nuestro hogar.
Franco sintió que su corazón iba a estallar. Las lágrimas volvieron, pero esta vez eran de pura felicidad. Acarició la mejilla de Lando, sus dedos trazando la línea de su mandíbula, y lo miró con una intensidad que decía más que cualquier palabra.
—Te amo, bonito —susurró, su voz quebrándose—. No sabés cuánto. Gracias por esto, por todo.
Lando sonrió, esa sonrisa torcida que siempre hacía que Franco se enamorara un poco más, y lo besó de nuevo, esta vez más profundo, sus labios moviéndose con una mezcla de risas y promesas. Cuando se separaron, Lando apoyó su frente contra la de Franco, sus narices rozándose.
—¿Qué tal si cenamos? Hice pedir comida de ese restaurante italiano que te gusta. Y después... podemos quedarnos aquí, solo nosotros, viendo las estrellas. Ahora podés decir que Floricienta no fue la única que encontró a su príncipe, ¿no? —bromeó, su voz llena de cariño—. Te amo, mi amor, feliz día.
Franco rió, las lágrimas mezclándose con su risa mientras lo abrazaba de nuevo, los dos perdiéndose en el calor del otro bajo ese campo de flores amarillas. Las luces doradas titilaban, el cielo de Mónaco se oscurecía con las primeras estrellas, y el mundo entero parecía desvanecerse, dejando solo a ellos dos, envueltos en amor y pétalos.
Porque cuando se trata de amor, hasta la persona más enamorada encuentra la manera de festejar el día de las flores amarillas, aunque sea en una azotea al otro lado del mundo.
