Chapter Text
Pese a qué Romeo decía que el tiempo era dinero y aunque cada día la deuda de Kaito disminuía; no se veían a diario. De hecho, entre la fiesta de gala y hoy habían pasado ya más de veinte días.
Kaito caminaba perezoso hacia Sinostra, no tenía el mejor ánimo del mundo pero con su empleador debía de poner una buena cara.
Entró por la puerta de servicio, el guardia le dijo que debía encontrarse con Fico, y después de dejar su identificación en la entrada junto con todas sus pertenencias, pudo ir hacia la oficina privada donde firmó el contrato.
Tocó dos veces la puerta, los hombres de Romeo la abrieron tras escuchar un adelante desde el otro lado. Una mirada afilada y una sonrisa que el rubio no sabía cómo interpretar fueron las que lo recibieron.
—No he conseguido información relevante hasta ahora. En la cocina del hotel no se mueven esos tipos de rumores.
—No esperaba que así fuera.
—Aunque… —Kaito miró hacia el techo, pensando si debía continuar o mejor quedarse callado.
—¿Aunque? —Lucci arqueó una ceja, esperando que le dijera el resto.
—Nada, no es importante.
—Como sea, este es tu próximo objetivo —dijo Romeo mientras deslizaba un sobre por encima de su escritorio. Cuando el rubio lo tomó del otro extremo, Lucci no lo soltó enseguida.
—¿Es otra fiesta?
Romeo no respondió, soltó el sobre con brusquedad y fijó su vista en la laptop que tenía enfrente. Kaito suspiró, esperaba que no fuera otra gala, aún no se reponía del cansancio de la primera. El sello de la invitación era guinda con una M cursiva muy elegante grabada en el centro, aunque la invitación ya había sido abierta, Kaito conocía ese emblema.
—”Algunos hombres protegen lo que consideran suyo, otros apuestan para ver si realmente lo es.
Se extiende una invitación exclusiva a la distinguida acompañante del señor Lucci.
El Casino Miraggio tiene el placer de invitarla a una velada privada de juegos y negocios, una noche en la que solo los jugadores más destacados y sus allegados tendrán acceso a nuestras salas más exclusivas.
La discreción y elegancia son los pilares de nuestra casa. Estamos seguros de que su presencia enriquecerá la noche.
Día: 27 de Mayo, a las 21:00 pm.
Lugar: Salón privado del casino Miraggio.
Código de acceso: Vinus Rubrum
Esperamos contar con su valiosa compañía”
Kaito había leído la invitación entre murmullos. Al final de la hoja estaba el mismo símbolo que en el sello del sobre.
—¿De nuevo seré tu dama? —había cierto disgusto en el tono que usó para preguntarlo lo que provocó que su empleador resoplara con cierto fastidio.
—¿Acaso viste mi nombre en la invitación?
—No, pero te debieron envíar una… —Kaito guardó silencio cuando notó la furia creciente en la mirada de Lucci.
—Es obvio que no, el dueño de Miraggio no tiene la valentía para invitar al dueño de su competencia.
—¿Y cómo pretendes que vaya ahí sin ti?
—No creas que me agrada la idea —Lucci lucía enfadado, Kaito quería pensar que era porque lo estaban dejando fuera de esa mano; pero quizá había algo más, esa línea que se estaba volviendo difusa para ambos. El de cabellos plateados dejó caer la cabeza en el respaldo de su asiento mientras apoyaba el codo izquierdo en el reposabrazos, no miraba a su deudor si no al techo mientras analizaba la situación.
Fuji nunca había visto a Romeo de esa manera, él siempre lucía perfecto y seguro de las decisiones que tomaba, pero está ocasión parecía dudarlo demasiado.
—Si no crees que sea capaz de conseguir nada, podemos esperar otra cosa.
—No habrá otra cosa —dijo Lucci con un tono severo —Si no vas, estás fuera de esto, y a menos que quieras que ese contrato se extienda por más tiempo, tendrás que ir.
—Pero si no vas tú…
—Seguramente Kamurai irá, te atreviste a desafiarlo en la cena, si no vas, solo serás el adorno bonito que cuelga de mi brazo.
Kaito suspiró, eso no lo contempló cuando decidió hablar aquella noche. Ese día se sintió valiente porque tenía a un lobo mostrando los colmillos; pero ahora tenía que ir solo, y lo peor de todo, tenía que ir a apostar dinero a un casino ajeno que estaría lleno de cuervos dispuestos a sacarle los ojos.
—Irás bajo mis condiciones, y recuerda que en ese lugar no solo eres una dama de compañía, eres mi representante y el que debe defenderme y protegerme, no juegues a perder. No hagas que me arrepienta de esto.
—¿Te preocupa que vaya como mujer? —preguntó el rubio —¿O simplemente te preocupa que vaya porque pueda traicionarte?
—¿Lo harías? —probablemente Romeo no había pensado en esa posibilidad. Kaito negó con la cabeza.
Romeo suspiró con pesadez, haciendo una pausa y una sonrisa que no llega a los ojos se instaló en su cara.
—Me preocupa que te hayan elegido a tí, y aunque era predecible me jode mucho tener que esperar aquí sentado mientras caminas entre serpientes que estarán dispuestos a morderte en el menor descuido.
—Los imaginaba más como cuervos, pero básicamente es lo mismo. El punto es…
Fuji dejó de hablar cuando vió levantarse a su empleador para acercarse a él por detrás de su asiento. El aura de Romeo cambió por completo, el aire se sentía más denso cuando se acercaba a él e invadía por completo su espacio personal.
—¿Sabes lo que significa si algo sale mal? —pregunta en un tono peligrosamente bajo, su sombra proyectándose sobre Kaito.
Kaito tragó saliva con dificultad cuando sintió los dedos de Lucci deslizarse por el borde del cuello de su camisa, rozando por un instante la piel expuesta. Kaito negó de nuevo, realmente no tenía idea, pero quería escuchar la respuesta.
—Que yo mismo tendré que entrar ahí para recoger lo que quede de tí —el tono de voz que usó le provocó un escalofrío difícil de disimular —¿Qué clase de vestido quieres usar esta vez? —Romeo se alejó de él deslizando su mano por la nuca, cambiando de conversación abruptamente.
—Aún tengo tiempo para pensarlo. ¿Te puedo enviar un mensaje si se me ocurre algo? —el ambiente también cambió, volvía a ser el mismo de siempre, solo una plática casual entre Lucci y su deudor.
—Puedes, pero prefiero que vengas a mi oficina, según las fotos que me enviaste, mi teléfono lo tienen intervenido, así que…
—Oh, ¿Es por eso que no me llamas?
—Por supuesto, además no tengo tiempo para charlar contigo de cosas irrelevantes —Las mejillas de Romeo se enrojecieron ligeramente, Kaito no entendía a qué se debió esa reacción, pero de alguna manera le pareció lindo verlo sonrojado. —Ven en dos días, así la ZZ podrá hacer una elección a tiempo de tu vestuario, ¿De acuerdo?
—¿En dos días?
—¿Tienes algo que decirme antes? —Lucci volvió al asiento frente a su escritorio.
—Probablemente no, pero si así fuera, ¿tengo que venir a verte?
El de cabellos plateados suspiró. —No, ya te dije que no tengo tiempo para tus tonterías. Llama a este número —le ofreció una tarjeta de presentación —es mi celular privado, ya lo revisaron y está limpio, así que podemos hablar tranquilamente por ese canal.
Kaito asintió y guardó la tarjeta en su billetera. Se quedó un rato más solo para observar a Romeo trabajar.
[...]
—¿Y? Si solo vas a estar ahí sentado sin hablar, márchate, estoy ocupado.
—Te ves tan lindo concentrado que me dió pena interrumpir —dijo Kaito. Romeo se aclaró la garganta e hizo a un lado la computadora para escuchar lo que Kaito había ido a decirle. —Encontré la manera para ir a Miraggio y que no estés preocupado por lo que me pueda pasar.
—¿Preocupado por ti?
—¿No? —quizá el rubio había confundido el actuar así como las palabras de la última conversación que tuvieron sobre el evento.
—Si acaso estaré preocupado por la cantidad de dinero que puedas perder en ese casino. Pero en fin, ¿Cuál es tu idea?
—Asistiré como Kaito y no como la dama de compañía que llevaste a la gala.
Romeo se levantó para ir a servirse un trago. Pocas cosas lo motivaban y causaban interés, pero esa propuesta parecía interesante.
—La invitación va dirigida a la dama, no a ti. No pasarás de la entrada.
—Y no pretendo que así sea; quieres que me acerque al magnate y también a Kamurai, ¿no? Si voy como Kaito él me reconocerá sin problemas, pero no sabrá que voy por parte tuya.
—Kamurai no asistirá.
—Mis fuentes dicen otra cosa.
—¿Tus fuentes? —Romeo río con ironía, el rubio no tenía contactos en ningún lado.
—Quizá solo sea un cocinero en el hotel de Jin, pero el chef está preparando un menú para ese evento. Él no se tomaría la molestia de hacerlo con tanto esmero si no supiera que el dueño del hotel irá.
Romeo pareció dudar de las palabras de Fuji, pero éste no tenía por qué mentir.
—¿Y cuál es el maravilloso plan? Irás como Kaito, conseguirás milagrosamente entrar al salón privado de Miraggio y luego, ¿Qué?
—Haré lo que me pidas, por supuesto. Y no es que consiga milagrosamente entrar a la sala VIP, haré mi papel de apostador novato, he estado aprendiendo.
—Podría apostar a que no has mejorado ni un poco.
—¿Quieres comprobarlo?
Romeo no respondió al evidente desafío, tomó su saco del perchero que estaba en la entrada y salió de la oficina. Kaito hizo lo mismo y lo siguió a través de los pasillos hasta dar al salón donde Kaito se había endeudado. Era exactamente la misma mesa de blackjack.
—Hagamos un trato Fuji. Si ganas 4 rondas seguidas, te pagaré un mes de tu sueldo en el hotel. Si ganas 8, te reduzco el tiempo que trabajarás para mí…
—¿Cuántos días?
—15 días.
—Si ganas 12 rondas, será un mes menos y un mes de tu sueldo. Si además de las 12 rondas ganas 4 seguidas en póker, puedes pedir lo que quieras siempre y cuando no sea romper el contrato.
—Dame fichas y veremos qué procede.
Romeo sonrió de lado; con un chasquido de dedos, Kaito ya tenía en la mesa las fichas suficientes para empezar a jugar, un séquito de empleados de confianza que también apostarían en la mesa y otros cuantos que serían espectadores, también al crupier más habilidoso que había contratado en un casino de Las Vegas.
Un mesero le llevó una copa de coñac, era evidente que Romeo no jugaría, sería solo un espectador más.
El crupier colocó las cartas hacia abajo y las extendió en la mesa, después las volteo para mostrarlas, las giró de nuevo hacia abajo, las barajó varias veces y metió en el acrílico.
La mirada afilada de Romeo no se apartaba de Fuji. El rubio lo sabía, pero no sé dejaría intimidar.
Colocó una ficha de mil sobre la mesa, los otros jugadores pusieron dos de dos mil; no iba a caer en las provocaciones, él ya tenía una estrategia que no cambiaría por nada.
Empezó la primera ronda. Kaito tenía un ocho, el siguiente jugador un 7, y último una J, el crupier un As.
El crupier pidió la indicación de Kaito.
—Carta —dijo muy seguro recibiendo un As. El siguiente una K, el último un 2, el crupier un 3.
—Me planto —el siguiente pidió carta llegando a 26, perdió; el último pidió dos cartas más, se pasó hasta 23, perdió. El crupier sacó una Q llegando a 23. Kaito ganó esta mano.
Segunda ronda. Kaito puso dos mil quinientos. Un 7 y 4 sobre la mesa, una buena jugada.
—Carta —un As. 21, victoria.
Romeo pidió que las OOP de esa mesa vigilarán a Kaito, él no despegaba los ojos del rubio, específicamente de los labios y los ojos.
Sexta ronda.
Romeo no se fijó en la apuesta sobre la mesa, había encontrado un pequeño patrón en las acciones de Fuji. Bingo. Después de un tiempo, Lucci finalmente encontró interesante que el rubio “dibujara” algo en la mesa con el dedo índice, esa la era una buena manera de mantenerse anclado al conteo sin ser obvio, era hacer un cálculo rápido de probabilidad y “anotar” el resultado sin ser descubierto pues cualquier persona lo podría tomar como un rasgo de nerviosismo. Luego de una mano ganada, enfocaba directamente el corbatín del crupier con una sonrisa discreta, le servía para recalibrar el conteo, así podía fingir que estaba feliz de haber ganado. El último pequeño y casi desapercibido detalle, era que cuando el crupier barajaba los mazos, Kaito soltaba una respiración ligeramente más fuerte que las que mantenía mientras estaba jugando, era justo el momento para soltar la tensión del conteo y empezar de nuevo.
Kaito tenía un par de nueves; el crupier, dos ochos. Tenía dos opciones plantarse o…
—Divido.
Una sonrisa se figuró en la cara de Lucci, definitivamente había estudiado un poco.
—Carta —obtuvo un tres y un cinco. Romeo tomó un sorbo de coñac sin despegar la mirada de Fuji. —Carta —un ocho y siete. Buenas jugadas. También ganó la ronda.
En la novena ronda, Kaito apostó diez mil. En su mano había un cinco y un cuatro, nueve. El crupier mostraba un cuatro.
—Doblo —colocó otra ficha de diez mil. Romeo desconocía esa versión de Kaito, pero era un verdadero entretenimiento para él; por primera vez se sentía complacido.
El crupier repartió un dos, luego una J. Un 21 perfecto más no un blackjack.
Para cuando llegaron a la doceava ronda, ningún jugador más que Kaito seguía en la mesa, pero había más espectadores que al inicio.
Kaito puso una ficha de veinticinco mil en la mesa, era la apuesta más alta que hizo durante este tiempo. El crupier repartió. Un 10 y un 6; una mala combinación pues daba un total de 16. El crupier también tenía un 10. Romeo tamborileaba sus dedos contra la mesa, pedir carta era arriesgado, pero plantarse podía quedarse corto, aun así el rubio permanecía sereno. Todos a su alrededor parecían contener la respiración.
—Doblo —los murmullos no se hicieron esperar. Romeo sonrió aún más complacido que antes, se levantó de la silla y caminó hasta quedar detrás de su deudor. Un 5. Había ganado las doce rondas.
Una horda de vitoreos y aplausos acompañaron su victoria, pero eso no le importaba a Kaito.
—Lo que acabas de hacer es ilegal —le dijo Lucci al oído.
—Aún no llegamos al póker —respondió Fuji con total serenidad, recogiendo su fichas para luego abrirse paso entre la gente que lo rodeaba.
La siguiente mesa ya estaba lista para que Kaito jugará. El crupier de nuevo hizo su trabajo y mezcló las cartas con precisión. En el póker contar cartas era menos efectivo, pero había otros factores que el rubio ya había estudiado.
Romeo chasqueó los dedos de nuevo y una gran pila de fichas fueron puestas frente a él.
—No sabía que jugarías.
—Quiero ser parte de tu derrota.
Kaito sonrió. Nunca había visto a Romeo tan entusiasmado con eso, de hecho él siempre aseguraba que no le gustaba apostar.
Las cartas comunitarias de la mesa eran un 10♠, 5♥, 8♦. Kaito tenía en mano Q♦ y 10♦, solo un par de dieces. El rubio miró detenidamente a su empleador; nada, no hubo absolutamente nada que le diera indicios de algo, con una cara serena y un movimiento seguro, dobló su apuesta.
Kaito igualó la apuesta sin dudar.
La cuarta carta era un 6♣. Romeo agitó su copa de coñac y subió nuevamente la apuesta, solo había alzado ligeramente la ceja derecha y entonces Fuji supo que era un farol, por lo que igualó la apuesta.
La cuarta carta un 10♣.
Kaito tenía un trío de 10, Romeo un par de 8.
—Traes una buena racha —comentó Romeo mientras recibía sus cartas, pero Kaito no respondió.
En la mesa había un J♣, 9♠, 4♦; Kaito tenía en mano J♦ y 7♣. La combinación no era especialmente buena, solo un par de J. Romeo apostó agresivamente aún sin inmutarse de nada. Si tenía un par más alto que él o dos pares, estaba arruinado. Kaito analizó con calma, y subió la apuesta más no la igualo. La siguiente carta era un 2♥, nada útil.
Ambos tenían un semblante sereno, Kaito había aprendido a estar más calmado al momento de jugar, eso era algo que el de cabellos platinados ya había notado desde hace un buen rato.
Última carta un 9♥.
Lucci suspiró y con desdén, tiró las cartas sobre la mesa para retirarse. Kaito ganó con dos pares.
La mesa ya se había rodeado de más gente, pues era el mismo rubio del blackjack y además, estaba jugando contra el dueño del casino, varios se preguntaban quién era ese para que Romeo estuviera ahí; pero todo ese ruido Kaito lo aprendió a bloquear en las cocinas del hotel.
El crupier repartió las cartas, las comunitarias eran A♦, 5♠, K♥. Kaito tenía un A♣ y 5♦, de nuevo, una doble pareja. Romeo se acomodó la corbata para deshacer un poco el nudo, su empleador sabía que no estaba nervioso pero quería saber qué tanto había aprendido a leer a las personas a su alrededor. Kaito aumentó la apuesta al doble, Romeo la igualó sin dudar.
La tercera carta 3♣.
Romeo suspiró y volvió a subir la apuesta. En juego había más de 400 mil. Kaito igualó de nuevo la apuesta.
La última carta Q♠.
Kaito le ganó con su doble par, Romeo en realidad no tenía nada.
Las manos le temblaban un poco y por la frente le escurría una gota de sudor. Era la última ronda y entonces podía pedir lo que quisiera. No dejaría que la ansiedad lo consumiera, de todas formas, él ya tenía un plan y ganar no era el único objetivo.
Las cartas comunitarias eran 8♥, 6♠, J♦. Kaito tenía en mano K♣ y 9♠. Romeo no le dio pista de nada, se mantuvo sereno todo el tiempo y la presión aumentó cuando apostó lo suficientemente alto para hacerle pensar que tenía algo bueno.
La siguiente carta era un 10♣. Las manos de Kaito sudaban más que antes. Su expresión era neutral, pero su corazón latía a mil. Tenía una escalera abierta, si salía una Q o un 7 del mismo palo, entonces tenía una victoria segura.
Romeo subió la apuesta hasta 500. El rubio dudo un momento. Hasta ahora su empleador no había tenido nada y aún así apostaba alto, podía ser nuevamente un farol. Le echó una mirada rápida a los espectadores que estaban detrás de Romeo, pero todos cubrían su boca cuando murmuraban cosas.
Kaito igualó la apuesta cuando el crupier le indicó que era momento para subir o retirarse.
La última carta el hombre de ojos azules sintió que fue revelada con un exceso de drama de por medio.
Nada, no tenía absolutamente nada cuando fue revelado una J♦.
Una sonrisa ladina y una mirada afilada fue lo que recibió Kaito cuando Lucci dijo Full y mostró sus cartas: tres J y dos 6.
El rubio apoyó sus codos en la mesa, cruzando las manos a la altura de la cabeza, escondiendo su cara en ese espacio. Romeo lo miró desde su asiento, y una de sus cejas se arqueó cuando una risa sonora inundó el lugar.
—Me atrapaste en la última —dijo finalmente Fuji cuando pudo calmarse —No esperaba menos del dueño de un casino.
—Eso pasa cuando la gente confía demasiado en sus habilidades.
—Eso significa que no hay deseo que cumplir —dijo el rubio, dejando caer su cuerpo en el respaldo del asiento, resignado. La gente ya se había dispersado.
—Por supuesto. Tú no tienes derecho a pedir absolutamente nada —Lucci había acortado la distancia entre ambos, recargando un brazo en el respaldo del asiento de Kaito.
Y ahí estaba de nuevo, ese cambio drástico de ambiente donde Romeo nuevamente tenía el dominio de la situación; donde una amenaza directa lo desarmaba menos que esos comentarios.
—Pero yo sí —una media sonrisa bien calculada, una intensa mirada por parte del de cabellos plateados y un parpadeo rápido por parte de Kaito.
—¿Tú…?
—Después de que regreses en una sola pieza del evento de Miraggio, iremos a mi casa para tener una cena. No como mi empleado ni como un infiltrado. Solo como tú —Kaito iba a replicar, pero sus palabras murieron sin ser pronunciadas cuando Romeo acercó su dedo índice a sus labios, indicando que no lo interrumpiera. —Sólo será una cena, sin planes ni estrategias, tan solo nosotros dos disfrutando de algún buen plato.
Fuji supo que no tenía opción, era un capricho disfrazado de petición; quizá, solo un movimiento en su próxima jugada para que recordara que Lucci siempre va un paso adelante.
Lucci se perdió entre la multitud de su casino, Kaito se quedó sentado un momento más, hasta que su teléfono vibró; un simple recordatorio: el evento en Miraggio sería en dos días.
[...]
Kaito bajó del coche de Romeo, era uno diferente al de la gala; más discreto pero lujoso en la justa medida. Aún recordaba la cara de fastidio que le había mostrado su empleador cuando se negó a que el chófer lo llevara, y también esa última mirada entre preocupación y molestia.
—Recuerda nuestra cena —había dicho el de cabellos plateados, pero no necesitaba recordarlo porque ni siquiera pudo olvidarlo en estos días.
Se abrochó el botón del saco azul marino, se acomodó el moño vino y caminó a la entrada con más seguridad de la que en realidad sentía.
—Lo siento caballero, hoy el casino Miraggio tiene un evento privado a puertas cerradas —el guardia de la entrada extendió su brazo frente a la puerta para que no avanzará más. El rubio no dijo nada, solo sacó la invitación del bolsillo interno del saco, y se la mostró al hombre, éste arqueó una ceja y lo dejó entrar sin decir nada.
La primera puerta no era difícil, el verdadero reto era entrar al salón privado; ahí mostrar la invitación y decir el código de acceso no sería suficiente; pero eso ya lo sabía.
A su paso por el salón general, levantó algunas miradas de las mujeres que estaban presentes. Era la primera vez que no lo veían con desdén; pero ir a conquistar para que su infiltración fuera más sencilla, no era lo que tenía en mente.
La estudiante destacada había armado el conjunto que usaba; a pesar de que Romeo la presionaba demasiado y las exigencias que éste le ponía a la chica a veces eran un poco excesivas y encima nunca quedaba satisfecho, ahora había hecho una gran elección que ni siquiera Lucci pudo cuestionar.
Con cada paso que daba, sus zapatos Magnanni color marrón hacían un pequeño eco, que le hacía recordar que, cualquier movimiento en falso y los cuervos saldrían a arrancarle los ojos; o bien, aparecería Romeo a armar un acto dramático, pues monitoreaba sus acciones con la OOP que había instalado en el pendiente azul que brillaba en su oreja izquierda. No lucía como el tiburón más poderoso del estanque, pero tampoco como cualquier pececillo que sería presa fácil, esa sonrisa enigmática y bien ensayada lo hacía ver como alguien del que debían cuidarse.
—En los casinos hay dos clases de sonrisas —le dijo la MC cuando le ayudó a peinarse —La de Miraggio que muestra los dientes buscando que confíes para después devorarte; y también la de Lucci.
El rubio quedó expectante para saber a qué se refería la chica, pero la explicación no llegó, sin embargo ahora que se encontraba en esa pecera llena de tiburones, lo entendía a la perfección, hasta ahora no había visto más que la sonrisa de Miraggio, incluso las mujeres sabían cómo usarla, pero esa sonrisa medida y calculada que Romeo solía ofrecerle, no había aparecido.
Kaito se acercó al área exclusiva, el encargado levantó la vista para evaluarlo con una sonrisa mecánica.
—¿Nombre de la cuenta? —preguntó sin levantar la vista.
—Kaitlyn L. Bianchi —respondió sin titubeos, mostrando la Centurion Card con el nombre grabado en relieve. Todo el mundo sabía que esa tarjeta no necesitaba aprobación, simplemente en este momento, abría casi cualquier puerta del establecimiento.
—Se requiere de autorización verbal o firma del representante para poder realizar el cobro.
Kaito ya lo sabía pues Romeo le explicó todo acerca de ese plástico que mostraba con total confianza. En realidad solo era una extensión de la tarjeta de Lucci, el nombre no existía como tal, pero había construido toda una historia y vida para la dama que aquella noche lo acompañó. El “No lo arruines” aún hacía eco en su cabeza, así que mostró una pequeña tarjeta con membrete dorado y el sello impreso en el centro, la cual, autorizaba a Fuji utilizar los fondos en su lugar.
—Cincuenta mil en fichas de 500, juego limitado a blackjack y póker, como indicación de la señorita.
El encargado asintió en silencio, activo el escáner biométrico y todo estaba listo.
—Le deseo una noche productiva —dijo, entregando una bandeja negra con las fichas solicitadas. Cada que el rubio las veía, le parecían más un pase a otro mundo que una herramienta de juego.
Con una mirada rápida, Kaito escaneó la zona de mesas de blackjack. La mayoría estaban ocupadas, pero captar la atención ahí sería más fácil que jugar en las de póker. Meditó la situación un momento, pero bajo la filosofía de Romeo sobre qué el tiempo era dinero, avanzó hasta un sitio vacío en una mesa tranquila. De todas maneras, ya sabía que estaba siendo observado por alguien desde el piso superior.
Con total serenidad, Fuji acomodó sus fichas en la ranura de la mesa pues había llegado a media partida de un par de damas que parecían perder por diversión. Una vez más, vio la sonrisa de Miraggio en una de las mujeres; él por el contrario le ofreció de vuelta una sonrisa del estilo de su empleador, calculadora y distante. Ya había analizado el ritmo que tenían en esa mesa y la forma de repartir del crupier.
Colocó una ficha de 500, era el mínimo que la mesa aceptaba. La otra mujer soltó un resoplido de burla, ellas pusieron en juego 5000. El crupier repartió.
En su mano 10 y 6, el crupier un 5; las damas 10, 8 y 7, 9 respectivamente. Kaito pidió una carta, un 3. Las damas hicieron lo mismo y perdieron. El rubio se plantó en 19, el crupier se pasó a 22. Kaito sonrió inocentemente haciendo parecer que solo había sido suerte.
Volvió a poner una ficha de 500, las dos mujeres lo miraron extraño; normalmente cuando se empieza bien la emoción gana y al menos, apuestan lo que ganaron más otra ficha igual.
En las dos siguientes rondas, Fuji gana con 18 y 20. La mesa se empezó a rodear de más invitados. Las mujeres se habían retirado del juego pero nadie más se sentó en los lugares vacíos. El ambiente se había puesto interesante y desafiante.
El crupier volvió a repartir, Kaito ya sabía lo que venía después del As que ya tenía en mano, pero la serenidad y los gestos los controlaba lo mejor posible, siempre teniendo en mente que debía disimular mejor su conteo, o sería echado y vetado de ese lugar sin la información que Lucci necesitaba.
—Blackjack —dijo alguien a sus espaldas y luego una horda de aplausos y murmullos se escucharon a su alrededor. —Que buena racha amigo —una mano se posó en su hombro al mismo tiempo que un hombre se sentaba en uno de los lugares vacíos.
Eso era parte del plan, Kaito estaba casi seguro que ese hombre era parte del personal de Miraggio; pues cuando estuvo estudiando sobre el conteo de cartas encontró datos interesantes, por ejemplo que cuando la casa empieza a perder de forma consecutiva, envían a alguien para estabilizar las cosas; sin embargo el rubio no permitiría que le quitaran de sus manos la posibilidad de entrar al salón VIP.
Fuji puso otra ficha de 500, en está ronda decide doblar y la gana con un 21. En la siguiente hace un split con dos ochos y alcanza un 18 en ambas manos, suficiente para ganar.
—Dejanos algo —dice el hombre con un tono un poco frustrado; pero Kaito decide solo ofrecerle una media sonrisa mientras se ajusta el puño de la camisa. Sus fichas se van apilando ordenadamente sobre la mesa, él no cambia el ritmo ni la apuesta aunque ya podría empezar a poner más en juego.
Un hombre de pasados los 40 años llegó a ocupar el otro asiento vacío. Un reloj caro y una mirada llena de soberbia, es lo que le ofrece al más joven; aún con su actitud calmada y con respuestas secas pero amables, Kaito sigue en su buena racha.
Contar cartas mientras conversaba no era tan sencillo, pero su único objetivo estaba a una ronda de ser alcanzado. Está vez decidió poner en juego 2000; un 6, 5 y 8 estaban en su mano.
La mesa estaba rodeada de gente que no paraban de cuchichear, especulando si el rubio se plantaría o pediría una carta adicional.
El crupier indicó golpeando la mesa suavemente con el dedo índice. Kaito puso todas sus fichas en juego y pidió carta.
—Veintiuno —Kaito vio como una gota de sudor escurría por la frente del crupier, él ya sabía que la siguiente carta sería una J y con eso, un empleado de Miraggio se acercaría a la mesa para detener esa locura. Un resoplido leve, como cuando uno está satisfecho con las decisiones que toma, junto con un montón de vitoreos y aplausos, hicieron que el hombre que lo vigilaba desde arriba, bebiera el último sorbo de su trago, tras luego perderse entre las sombras del segundo nivel.
El crupier pagó la cantidad que Kaito había apostado, y una mujer bien vestida se acercó con cierta elegancia hacia el crupier para interrumpir la siguiente ronda.
—Señor, ¿Le gustaría continuar con su buena racha en una zona más exclusiva?
Puso una ficha de 5000 en la mesa al mismo tiempo que asentía ante la nueva invitación. Terminaría reafirmando que estaba ahí porque así se lo había propuesto.
En su última mano tenía un 9 y un 2 contra un 7 del crupier. Pidió una carta, un 8 sumando un total de 19. El crupier perdió con 23 puntos.
La mujer esperó a que recogiera sus fichas, y luego lo condujo por entre las mesas de otros juegos.
—Escuché que está limitado a jugar Blackjack y Póker. ¿Algún motivo, señor?
—Simplemente es la indicación que me dieron.
—¿Asistió en lugar de alguien más?
—Diría qué soy su representante cuando la invitan a eventos a los que no quiere asistir.
—Entiendo, es poco común ver a gente joven con tanta experiencia. ¿Juega profesionalmente?
—Para nada, pero he tenido grandes oportunidades de aprender con buenos maestros —mintió, el único casino que siempre había visitado era Sinostra, y nunca nadie le enseñó nada al respecto; para poder contar cartas necesito leer e investigar bastante y luego simular juegos con sus compañeros del trabajo donde no perdía nada.
La mujer se llevó una mano a la barbilla, analizando sus palabras.
—Su estilo de juego sugiere que tiene conocimiento más allá de solo la práctica.
—El juego enseña a leer a las personas, y no solo las cartas.
—Qué perspectiva tan interesante. En esta sala nuestros invitados notarán con facilidad si está cometiendo algún tipo de acto ilegal para el casino.
—Por supuesto, no espero menos de ustedes —respondió el rubio con una confianza sobrada que había ganado en Sinostra, pues el día que retó a Romeo y revisaron las grabaciones de las OOP, no hubo registro alguno que lo delatara en el conteo de cartas.
Las puertas grandes y pesadas se abrieron de par en par. Aquí el ambiente no era ruidoso y el humo de puros finos llenaba el lugar, se apreciaba el tintineo de los hielos reacomodanse en los tragos de los invitados, los dados golpeando la ruleta…
Le dedicaron algunas miradas hostiles, pero si aquí destacaba, podía entrar a la sala VIP, por lo que continuó con total confianza.
—Espero que siga disfrutando de la noche —le dijo aquella mujer de forma irónica y Kaito entendió que estaba en la antesala de las serpientes.
Camino con pasos seguros y firmes a través del salón, aquí la gente no sólo apostaba dinero si no también favores, información, datos confidenciales… Un escalofrío le recorrió la espalda, no esperaba que desde este salón las cosas ya estuvieran a esta altura; y por supuesto, su empleador no lo había mandado con las manos vacías.
Se sentó en una mesa de blackjack, no reconocía el rostro de ninguno pero seguramente eran figuras importantes. La estrategia de apostar el mínimo permitido ya no funcionaría, debía buscar algo que igualará lo que aquellos pusieran en mesa.
Acomodó sus fichas, un trago que no solicitó llegó a su lado y entendió que el juego ya había empezado hace rato.
—Cortesía del ministro de la mesa 5 —explicó el mesero. Kaito no era tonto, rápidamente ubico la mesa mencionada y notó que era el ministro con el que estuvo conversando en la gala benéfica. Los vellos de la nuca se le erizaron al pensar que su disfraz ya había sido descubierto, pues nadie enviaba un trago sin conocerte.
—Oh, tenemos a un pez gordo entre nosotros —dijo con ironía uno de los jugadores y ese comentario lo trajo de vuelta al ahora.
—Entonces debemos apuntar alto —respondió otro mientras esperaban las cartas.
Ambos jugadores pusieron en la mesa un sobre. Kaito por su parte colocó una torre de fichas que alcanzan los 50k y un encendedor S.T Dupont de color guinda con las letras RSL en dorado.
El crupier levantó una ceja y sonrió discretamente, los otros jugadores rápidamente entendieron por parte de quien venía. Nadie apostaba algo personal a menos que no tuvieras apego a eso, y nadie apostaba algo ajeno a menos que no fueras enviado por esa persona.
—Pensamos que representaban a aquella dama de la gala, no al distinguido Lucci —dijo uno de ellos.
—Vine porque ella me envió, pero al saber que si no venía ella tendría ciertos obstáculos para llegar a un lugar en específico, no me envió con las manos vacías.
—¿Nos quieres contar qué tiene de valioso ese encendedor? —las cartas empezaron a verse en la mesa, el crupier sólo esperaba un ademán diminuto para continuar con la ronda o parar.
—Tiene el último diseño de las OOP, patentadas por el señor Lucci, es un objeto discreto y elegante, puede ser de gran utilidad si necesitas conseguir algún tipo de información —dijo indicando al crupier que se detuviera al ver en su mano un 20. —Por supuesto que en este momento está desactivada y solo es un encendedor lujoso —Aunque había empezado ya tenía su primera victoria. Recogió sus ganancias y dejó la misma cantidad de fichas, ahora poniendo en juego un pañuelo de seda.
Los jugadores que lo acompañaban, ya no sabían si preguntar que contenía o simplemente apostar lo que fuera. El crupier espero a ver las apuestas en la mesa, y solo así dió comienzo.
—Es el contacto de uno de los proveedores de Sinostra —comenzó a hablar el rubio cuando notó que no lo interrogaron —No cualquiera, es el sastre que confecciona los trajes de Romeo Lucci y el personal de su casino. Escuché que tiene contrato de exclusividad, pero si pierdo ahora, puede ser de ustedes.
Parecía que no tenía mucho valor ni importancia, pero se sabía que en ese casino abundaba el lujo y elegancia, era poco común ver a Lucci vagando entre las mesas, pero cuando lo llegaba a hacer, siempre vestía con exquisitas prendas.
—Supongo que el pañuelo es también de Lucci —dijo uno, pero Kaito negó.
—Es de la dama que me envía —Kaito sabía que la próxima carta era un As y ese, le daría la victoria.
—¿Entonces trabajas para Romeo o para la dama de la gala? —preguntó sin rodeos uno de los jugadores, que chasqueó la boca cuando vio que Fuji ganó de nuevo.
—Para mi dama, por supuesto —el de ojos azules tomó una postura más relajada en su asiento; adquiriendo objetos sin valor para Sinostra, pero la atención que necesitaba para moverse de lugar.
Algunas apuestas más y un pequeño bostezo de Kaito les hizo saber qué ya estaba aburrido.
El crupier solicitó la apuesta de la siguiente ronda y justo cuando estaba a nada de poner el último recurso, los dos tipos que le hacían compañía se levantaron de golpe.
—¡Ministro! —dijeron a la par, cediendo su lugar en la mesa ante la figura que apareció. —¿Qué hace aquí?
—Parece que hay un muchachito irreverente, y salí de la sala VIP para ponerlo en su lugar —dijo con una risa burlona.
Kaito había conseguido lo que necesitaba: la atención de alguien influyente que le daría el pase a su encuentro con Kamurai.
—¿Se refiere a mi? —el rubio se señaló a él mismo con credulidad y luego río con una inocencia bien ensayada. —Yo solo estoy pasando el tiempo con estos caballeros, Ministro.
—Yo también vengo a pasar el rato con un enviado de Lucci, ¿volverás a apostar su encendedor? —el ministro se sentó y cruzó los brazos a la altura del pecho.
—No vengo por parte del dueño de Sinostra y el encendedor parece una baratija sin importancia. Qué le parece… —Kaito retiró las fichas de baja denominación, dejando 50 mil en fichas negras y coronando la torre con una ficha exclusiva del casino de Lucci —Si usted gana podrá usar esa ficha como mejor le convenga.
—¿No me digas que un souvenir de un imperio que se desmorona aún tiene valor? —respondió con deje de burla, sin embargo un brillo había alcanzado su mirada que delataba totalmente su interés.
—Si una ficha de Romeo Lucci parece insignificante, usted puede apostar algo de valor similar —Kaito espero a que el Ministro pusiera algo en la mesa.
—Es difícil que yo traiga cosas sin importancia —el señor de cabellos canos chasqueó los dedos y de inmediato un hombre le llevó una caja de cedro con la Paulownia 5-7 en dorado —Pero está pluma MontBlanc edición limitada, debería bastar.
—Definitivamente será un ornamento precioso en el escritorio de la señorita Bianchi… O del señor Lucci —Kaito dijo en un hilo de voz que alcanzó perfectamente el oído del Ministro, que claramente se disgustó por el comentario del más joven.
El crupier barajó las cartas con habilidad y cuando le dieron la indicación, comenzó a repartirlas.
El ritmo de la mesa había cambiado, el ministro no miraba las cartas, Kaito tampoco necesitaba verlas, pero debía seguir en su papel de apostador sin demasiada experiencia, además necesitaba volver a anclarse al conteo y mirando algo en específico, le servía de mucho.
El ministro paró, Kaito le echó una mirada a sus cartas y pido una más con un nerviosismo fingido.
21, el rubio había ganado.
El ministro se río sonoramente, varios en la sala los miraron con curiosidad.
—Traes una muy buena racha, niño.
—Una amiga me deseó las mejores de las suertes, quizá fueron sus buenos ánimos los que me mantienen en juego.
El ministro levantó una ceja, Kaito no sabía si era por interés o si había otro motivo, pero lo dejó pasar como si no importara mucho.
—¿En el póker eres igual de habilidoso? Hacer jugadas en el blackjack no requiere de gran esfuerzo —lo acusó, en un intento fallido de hacer de Kaito como el motivo de burlas.
—Quizá no lo sea, y sin embargo, tampoco ganó —contraatacó.
—No seas insolente —le dijo uno de los tipos con los que antes estaba jugando, pero el rubio no se inmutó y continuó jugando a su manera.
Por su lado, Romeo estaba frente a la computadora en su oficina del casino. Si bien no había ido en presencia, estaba al tanto de cada movimiento que su mejor perdedor hacía.
Supo cómo jugar hasta el momento, su conteo de cartas había mejorado y traía una racha espectacular, si eso lo hubiese aprendido antes, justo ahora no estaría en medio de las serpientes, jugando una personalidad que para nada tenía, pero del mismo modo, tampoco estaría cerca de él.
Romeo escuchó la apuesta definitiva que lo haría entrar a la sala VIP después de ganar algunas rondas más contra el Ministro. Y aunque confiaba en Kaito, lo invadió una inseguridad sin fundamentos que lo hizo dar vueltas en su oficina.
—Si usted gana, dejaré a mi actual empleadora, dejaré de visitar Sinostra y además, le serviré a usted o al dueño de Miraggio como mejor le convenga—dijo el rubio cruzando sus manos a la altura de su cara aún con una expresión inocente que contrastaba totalmente con su actitud.
—¿Y si pierdo?
—Me dejará entrar al salón privado al que fue invitada la señorita Bianchi. —El ministro sonrió, en la mesa había mucho. —Si quiere hacerlo más interesante, que la última apuesta la gane el que forme un Blackjack natural en la siguiente mano.
El Ministro le indicó al crupier que repartiera. El hombre mayor se acomodó en su asiento con cierta ansiedad notoria en su rostro, Kaito sabía que no era ansiedad porque pudiera perder, porque en realidad el ministro no perdía nada.
Una carta en la mesa para cada jugador; solo el crupier miró la carta que tenía, Kaito pidió con total seguridad, el ministro hizo lo mismo. No había mucho que hacer, para formar un Blackjack natural se requería únicamente de dos cartas: un As y una que valiera 10.
El crupier le indicó al ministro que mostrara sus cartas. El señor de cabellos canos las volteo sin miramientos; sólo tenía 18 puntos; sonrió triunfante sin saber el resultado del rubio, que con cierto drama volteó una carta mostrando una Q seguida de un As. El crupier mostró sus cartas, tenía 17; el crupier debía impedir ese tipo de apuestas, pues la casa no ganaba absolutamente nada, y solo los jugadores competían entre ellos,, pero por hoy todo estaba permitido en esta sala y la VIP.
El Ministro suspiró con pesadez. Quizá podía renegar de la última mano y pedir que validaran que el rubio no hacía trampa, pero no era necesario; en la sala VIP el resto se encargaría de destruir a Fuji, que nadie sabía en realidad para quien trabajaba.
—Acompáñame —Kaito se levantó de la mesa, recogió sus fichas y las demás ganancias que tuvo en la mesa, y siguió al Ministro. En silencio, caminaron por un largo pasillo donde solo resonaban las pisadas de ambos —Ojalá que puedas salir en una sola pieza —dijo con un tono mitad serio, mitad amenazante.
Un par de puertas se abrieron y unos ojos azules lo recibieron de inmediato. Ahí estaba, Jin Kamurai, luciendo un traje color índigo mientras jugaba en la mesa de poker del centro. De entre todas las advertencias y amenazas que Romeo le había hecho antes de salir de Sinostra, la que justo ahora rondaba era “Si pierdes todo el dinero de Bianchi, no importa al final de cuentas es mi dinero; pero asegúrate de no apostar nada que no estés dispuesto a perder porque hay cosas que ni yo puedo recuperar, tu cabeza, por ejemplo.” Por inercia pasó su mano por el cuello y un escalofrío recorrió su espalda.
Esta nueva sala no olía cigarro y alcohol; si no a perfumes finos y madera pulida; era como si todos los ahí presentes hubieran sido colocados estratégicamente como piezas de colección de un gran ajedrez, y sólo faltaba él para completarlo.
El Ministro se alejó unos pasos de él, pero de antemano sabía que no podía sentarse en la misma mesa que Kamurai, al menos no desde el inicio; y de hecho era mejor llamar su atención para que se acercara a él; el desafío lo sentía en el aire, y las palabras duras de su empleador se negaban a abandonar su cabeza.
—¿Qué? ¿No me digas que ahora quieres huir? —dijo el Ministro con brusquedad.
El rubio no dijo nada y solo avanzó entre las mesas; en esta sala no había algo como un sitio tranquilo y seguro, aquí realmente se sentía como si alguien ya le hubiera puesto precio a su cabeza. El Ministro se sentó unas cuantas mesas alejadas de Jin, pero aún así la presión que sentía no la podía comparar con nada.
—El blackjack aquí no es bien visto, elige póker o baccarat.
—Póker —dice sin titubear y antes de que se sentara, el crupier comenzó a repartir.
—¿Qué tal si continuamos donde lo dejamos? —pregunta el Ministro al presidente de la Suprema Corte de Justicia.
El juez con un ademán desganado y sin interés, le indica al crupier que puede empezar la partida.
—Tardaste bastante y volviste con un nuevo juguete.
—Tiene talento y suerte, veremos si solo era una buena racha o realmente apunta a lo grande.
—Un tipo como él no puede estar apuntado a lo grande, de ser así estaría de nuestro lado y no del de Lucci —por primera vez el juez se rió, una sonrisa sarcástica y cargada de veneno.
—No vengo…
—No te dije que pudieras hablar —espetó el presidente sin darle espacio para defenderse. El rubio tragó saliva con dificultad. —Pero si ganas esta ronda entonces puedes apostar en la siguiente.
A Fuji le empezaron a sudar las manos repentinamente; aunque había analizado muchas cosas, esta no se la esperaba. Sin embargo, con verdadera suerte, ganó esta mano y otras más. Ya había empezado a apostar información y pagarés de las deudas que Sinostra solía adquirir.
—Y dime —habló el juez una vez más con ese aire de superioridad a pesar de no poder ganarle a un novato con suerte —¿No tienes algún recuerdo interesante?
Kaito sonrió, apenas una curva delgada y discreta que no llegaba a los ojos pero que si desafía sin palabras, una que sus contrincantes conocían: la de Romeo Lucci.
—De hecho —después de buscar un poco, sacó un botón de onix con un aro de oro blanco que rodeaba el borde, reflejando la luz de los candelabros con elegancia.
—¿Qué es eso, una joya o una baratija de algún bazar?
—Es un botón —dijo una tercera voz desde otra mesa, su atención tanto en mirada como en postura se dirigieron a la mesa de Kaito. Incluso dejó sus cartas de lado, esta nueva apuesta, le provocaba más interés del que demostraba.
—Usted pidió un recuerdo y es justamente lo que deje en la mesa; fue conseguido por un hombre que supo convertir la suerte en hechos, aunque eso significó traicionar a alguien que le ayudó en sus peores momentos.
El crupier, acostumbrado a los caprichos de los poderosos, miró desde su lugar la nueva apuesta. Durante varios años, habiendo trabajado en diferentes lugares, había escuchado hablar sobre eso, pero al igual que la mayoría, pensaba que era una leyenda que se movía en los casinos. En realidad, ese joven de cabellos rubios estaba apostando algo con mucho valor y que podía mover muchas cartas a su favor, o en favor de la persona que lo envió. Él esperó para saber si el juez aceptaría, aunque la espera fue corta, pues el señor que respondió que era un botón, ya estaba desplazando al Juez de la mesa.
—¿Por qué no lo hacemos interesante? —Jin Kamurai ya estaba sentado frente a él, poniendo en la mesa un botón exactamente igual. —Si ganas los involucrados que mencionas daremos por olvidados los hechos, si pierdes me dirás porqué no vino la dama a la que invité.
—Incluso sin una apuesta no es muy difícil saber por qué —dijo Kaito en un murmuro que llegó claro a los oídos de Jin, lo cual solo hizo que esbozara una sonrisa desafiante.
La nueva jugada empezó, y tardó menos de lo que nadie esperaba en quedar en un empate quedando la apuesta en el centro y mil dudas con los que Kaito se sentía cada vez más ansioso. En la mesa se empezaron a acumular las apuestas de ambos jugadores. Más contratos de compras de los deudores de Sinostra, información de retenciones aduaneras, propuestas de leyes sobre nuevos impuestos en las importaciones, lavado de dinero, tráfico de armas a nombre de Lucci… Cada apuesta era aún más intensa que la anterior, Kaito se empezaba a quedar sin opciones y el conteo en póker era inútil.
Esto iba mal. No recordaba que su ex capitán fuera tan hábil en los casinos.
—¿Qué tal esto? —encima de la torre de papeles y fichas que ya se habían acumulado, Kamurai colocó un nuevo papel interesante. —Si ganas te podrás llevar todo más el contrato de Energex Corporation, así la dama o Lucci podrán tener acceso a la energía que su casino necesita sin tenerme como sombra.
Kaito arqueo una ceja. Se sabía que Jin Kamurai controlaba gran parte de la energía de la zona de casinos y otras zonas comerciales, pero no pensó que su empleador estuviera en la misma bolsa que el resto. El rubio dudó, no de sus habilidades ni de qué podría ganar, dudo de Romeo por un instante, porque sintió que realmente no conocía de nada para la persona que vino a arriesgar más que sólo dinero.
El crupier barajó las cartas con habilidad. En esta ocasión Kaito empezó a observar con mucho más atención a los que rodeaban a Jin, y solo de esta manera pudo saber qué ganaría.
—Motivador —comentó Jin con una sonrisa que no era habitual —Me empezaba a aburrir, pero como veo que el perro de Bianchi viene preparado, ¿qué tienes para mantenerme en esta mesa?
Kaito miró la hora, no como un acto casual sino bien intencionado que levantó la curiosidad de Jin. Pasó los dedos por el cristal, como si de una caricia se tratará y luego procedió a ponerlo en la mesa.
Jin río, una risa que despertó el interés de otros en esa sala. El juez que aún permanecía a lado de Kamurai, no entendía a qué se debía todo, a simplemente vista parecía que el rubio solo tenía objetos personales que apostar, pero si el rey lo aceptaba, entonces había algo más.
—Probablemente esto se quede corto en comparación de tu apuesta, pero si no es suficiente, entonces déjame hacer una llamada para que en la cuenta de Lucci sea depositada la cantidad que me indiques aquí —dijo deslizando un papel y un bolígrafo a la par de una llave dorada. —Es el acceso al nuevo proyecto que haré una vez que el imperio de Romeo caiga, el mismo lugar será gobernado por otro emperador.
—Pero señor… —Alguien ajeno quiso interferir, pero no dijo más después de un ademán de desdén de Jin.
—Este reloj vale más que tu vida misma, no solo es un bonito objeto de Lucci, este chico debe ser alguien más que sólo un enviado de la señorita Bianchi, no cualquiera podría tener en posesión algo de ese valor en su muñeca, y no cualquiera podría apostarlo sin miedo a perderlo. ¿A cuánta información tienes acceso realmente?
Kaito no respondió, y después de anotar algo en el papel y una llamada, las cartas se deslizaron sobre el tapete.
Jin había formado una escalera de color, a Fuji le sudaban las manos y soltó la respiración contenida en un ligero suspiro cuando mostró una escalera real.
—¿Cuál es tu siguiente apuesta?
Fuji colocó un chip diminuto. —Contiene información de Sinostra, cuentas cifradas, nombres… Es algo que no debería tener, pero su dueño no fue muy cuidadoso.
—¿Hablas de Romeo?
—Supone demasiado y mueve las manos poco —respondió con indiferencia fingida, recargando la espalda en el asiento y cruzando los brazos y las piernas, como si con eso le dijera que para el dueño no representa un peligro si lo pierde; aun así cuando las cartas empezaron a llegar a sus manos, jugó con cálculo frío ganando con un full.
—No recordaba que fueras tan hábil —el rubio se congeló por un momento, pero no podía permitirse nada, ni siquiera guardar silencio para aparentar que no sabía de qué hablaba.
—Aprendí del mejor de los maestros pero no suelo hablar de mis pasatiempos cuando estoy trabajando.
Jin no dijo nada, sin embargo recargó sus codos en la mesa y Fuji sintió como su gélida mirada lo apuñalaba desde el frente.
—No, no, le juro que no me equivoqué, tengo una invitación para entrar aquí, solo que me entretuve jugando con las damas de otras salas —la mirada de todos se dirigió a la puerta. Afuera, alguien hacía escándalo para poder acceder, el rubio reconoció al instante a quién pertenecía esa voz; así que se aclaró la garganta para recuperar la atención de Jin y hacer, lo que probablemente sería, la última apuesta de la noche.
—Me ha hecho apostar, pero probablemente a la señorita Bianchi esto le parezca un montón de cosas sin importancia.
—¿Puedes decir lo mismo para Lucci?
—No soy enviado de Lucci, y la relación que tenga o no con dicho hombre, no interfiere en lo que gane o pierda está noche.
El de cabellos blancos volvió a reír, pero de Kaito no se podía decir lo mismo, aún así logró mostrar esa sonrisa confiada que solo había visto en Romeo.
—Cambiemos a blackjack, al final esa modalidad fue la que te trajo a mi presencia —el crupier recogió las cartas y comenzó a barajar de nuevo —Y bien, con esta clara ventaja, ¿qué tienes para ofrecer?
—Mi cabeza… Y la de Romeo Lucci —dijo el rubio, entrelazando sus manos a la altura de sus labios, ocultando una sonrisa —Quiero decir, puedo darte toda la información que necesitas para destruir o absorber a Sinostra así como todos los bienes de la señorita Bianchi y Lucci—dijo colocándose nuevamente el reloj que antes había apostado, para que así creyera que realmente tenía esa información consigo —Mi lealtad pasará a ser tuya y me olvidaré de todo vínculo que me une a la mujer que me envió y su círculo social.
Todos alrededor se quedaron callados, sólo se escuchó un silbido de genuino interés por parte de Jin.
—Pero si gano, me darás la lista completa con los nombres de los que quieren ver hundido a Lucci. ¿Trato? —preguntó muy seguro de sí mismo, aunque por dentro se moría de miedo, porque esa información era obvio que no la tenía.
Jin le indicó al crupier que repartiera. Todas las mesas habían parado, pues sus jugadores ahora rodeaban a Kaito y Jin.
En la primera ronda frente a Kamurai había un 10, empezó fuerte y confiado; con Kaito había un 9, el número que te deja a la deriva en este juego pues es demasiado alto para sentirse seguro y demasiado bajo para relajarse, el crupier tiene un 7.
La tensión se siente, todos a su alrededor están en completo silencio, tan solo se escucha la respiración suave de los presentes y el aire siendo cortado por las cartas cada que se deslizan. Ambos piden.
A las manos de Kamurai llega un 6, dando un total de 16. El resultado, que solo al que le corre hielo en lugar de sangre por la venas, podría plantarse y dejar todo al destino; y Fuji sabe que su contrincante lo es, pues no duda ni un segundo.
El rubio también pide carta y llega un 7. De todos los resultados posibles, es el mismo total que el de Jin.
Kamurai no sé inmuta, no se mueve, tan solo levanta la ceja un milímetro diciendo ahora somos iguales, pero serás tú el que se rompa primero.
A la mano del crupier llega otra carta que no es revelada, Kaito mira el corbatín de quien exige que le digan si piden o se plantan, sus piernas tiemblan como gelatina, pero sus manos se mantienen seguras.
Jin se planta, Kaito hizo rápidamente sus cálculos y pide una carta más, pensando en su único objetivo: saldar su deuda en Sinostra; y por una fracción de segundo, recuerda a Lucci y su inusual comportamiento en los últimos tiempos.
Varios se inclinan a la mesa hasta acercarse lo suficiente y ser partícipes de la derrota que todos esperaban. A su mano llega un 5.
Nadie se mueve, el crupier revela sus cartas por obligación. Teniendo un total 15, lanza una carta más y se pasa hasta 23.
Una victoria limpia para Kaito.
El escándalo que había fuera de la puerta es detenido cuando se escuchan unos pasos acercándose a su mesa.
—Interesante —dice el de cabellos blancos mientras pasea su índice en el filo de la copa, a pesar de perder, su actitud sigue siendo la misma: confiada —Te ganaste esa lista, pero justo ahora no la tengo, son tantos los que quieren la cabeza e imperio de Lucci que… —se interrumpió cuando vio a otro rubio casi llegar hasta ellos, luego chasqueó la lengua con fastidio —Mañana te la haré llegar, trabajas en la cocina de mi hotel, ¿No es así?
Kaito sintió que los vellos de la nuca se le erizaron. Ahora estaba más expuesto que nunca. Probablemente también recordaba que habían estado en la misma casa durante su periodo de Darwick.
—No sabía que estabas de su lado. Aunque mi única duda es, ¿por qué no vino L. Bianchi? ¿Acaso no existe?
—No asistió porque a ella no le gustan estos ambientes tan hostiles, prefiere la elegancia de Sinostra. Si algún día deseas verla, asiste al casino de Romeo y podrán encontrarse.
—Con que estabas aquí —dijo de manera animada la persona que había irrumpido la paz de la sala, posicionándose a lado de Fuji; despreocupado y jovial como siempre. —Llevaba rato buscándote, no sabía que tenías acceso a esta sala, de lo contrario hubiéramos entrado juntos.
Jin se cruzó de piernas y brazos ignorando el escándalo reciente.
—¿Por qué tan serios, señores? ¿Acaso vieron a la parca?
—No recuerdo que fueras invitado.
—Auch —Rui se llevó una mano al corazón como si le hubieran clavado un cuchillo. —Que cruel que ni siquiera recuerdes a tus invitados de honor, pero da igual. Es hora de irnos —dijo haciendo un ademán hacia la salida.
Kaito recogió sus pertenencias y se levantó para seguir a Mizuki. Pero fue detenido cuando una mano tomó su muñeca con fuerza.
—Solo una pregunta más y eres libre —dijo Jin soltando su agarre. Mizuki permanecía a lado de Fuji, era obvio que estaba ahí para sacarlo de eso. —Barriste con todos aquí, tú racha aún no se termina, por desgracia alguien se lleva al mejor jugador de la noche. ¿Quién te enseñó a jugar de manera tan agresiva? Recuerdo que en el instituto siempre solías perder.
Ahora Kaito no tenía la menor duda sobre si lo recordaba o no, y si fuera honesto, ya no le importaba nada a estas alturas.
—Aprendí de alguien a quien no le da miedo perder, y sin embargo nunca lo hace.
La respuesta fue dada, quizá no fue la que Jin quería escuchar, pero no podía retenerlo más. Fuji no espero a nada más, y camino pasos firmes y seguros a la salida, Rui que lucia un traje negro impecable lo siguió de cerca.
Una vez afuera y alejados de la sala, el de ojos celestes se recargó en la pared, como si se sintiera a salvo después de haber sido casi devorado por las serpientes.
—Sabes, cuando Romeo me dijo que debía conseguir un pase para esa sala no pensé que sería para rescatarte —le tendió una mano para que le entregará todos los documentos que había conseguido en el salón VIP.
—Yo no sabía que vendrías.
—No lo iba a hacer, se suponía que vendría la dama de compañía de Lucci, y después me dijo que hubo un cambio de planes, pero que aún así debía estar aquí. ¿Te volviste loco?
—¿Disculpa? —Kaito no estaba para sus bromas y llamarlo loco así de la nada cuando sus nervios estaban destrozados le parecía excesivo. —Acabo de ganar para mantener mi cabeza y la de Romeo, ¿y me dices loco?
—Demente entonces te vendría mejor. O quizá, ¿desquiciado? —dijo entre risas. —No te ofendas, nadie pensó que tendrías esos alcances. ¿Qué hubieras hecho si perdías?
—Perder no estaba en los planes de esta noche.
—Aún así, te excediste y no solo un poco, si no lo suficiente para hacer que el boss saliera de su zona de confort.
—¿Boss? ¿Te refieres a Romeo?
—¿A quién más si no?
—¿También trabajas para él?
—¿Trabajar? Mmmmmmmh —Rui continuó caminando aún cargando los documentos —Yo no diría que trabajo para él, si no con él; con Romi Romi las cosas son más como un acuerdo, ¿no? —chasqueo los dedos como si fuera el mismo caso para Kaito, éste no dijo nada, quizá para todos era diferente… —Como sea, él ya está afuera, me puedes dar el boleto para llevarme su coche, el mío lo vendrán a recoger más tarde.
Kaito no había escuchado nada así que cuando vio la mano de Rui pidiéndole algo, lo miró con confusión.
—¿Quieres tomar algo antes de salir? Te ves… no muy bien —dijo Mizuki volviendo a sostener todo con ambas manos.
—No, solo quiero irme de este lugar. Los nervios me están consumiendo.
—¿Entonces qué tal si me das el boleto?
—Te lo voy a agradecer mucho.
—No hace falta —el silencio llenó el espacio entre ellos hasta la salida de Miraggio y solo cuando puso un pie afuera del establecimiento, Kaito sintió que su alma regresaba al cuerpo, aunque la sensación le duró poco cuando vio unos ojos violetas que si fueran cuchillos ya lo hubieran matado.
—Tranquilo, vino aquí por si yo no lograba sacarte entero, pero aquí estamos. Llámame otro día, te invitaré unos tragos, hay algo que quiero mostrarte —le dijo Rui de manera casual, como si eso le quitara el peso de encima, pero solo logró hundirlo más.
Dentro de Miraggio había perdido la noción hasta del clima; el olor de asfalto mojado lo hizo entrar un poco en razón y avanzó hacia el coche de Lucci por inercia, su empleador abrió la puerta y con un movimiento de cabeza le indicó que subiera; después de que lo hizo, Lucci azotó la puerta haciendo demasiado ruido.
El coche no fue encendido de inmediato. Romeo coloca ambas manos sobre el volante, como así contuviera la horda de sentimientos que están a nada de desbordarse. El enojo se muestra en su mandíbula apretada y los brazos demasiado tensos, y esa sonrisa… No, una línea delgada que no llega a nada, que solo muestra cuando está enojado y preocupado al mismo tiempo.
Kaito se ajustó el cinturón de seguridad y se aferra a él como si de esa manera se protegiera de la fiera que tiene a lado.
—¿Te divertiste?
—Yo… No quería, solo… —el rubio titubea sin responder nada. Esas dos palabras lo desbaratan sin piedad; porque sabe que no es un reproche, es más bien una preocupación mal disimulada.
—Lo sé, o de otra manera no estaría aquí.
Lucci pone el auto en marcha, Kaito aún se aferra al cinturón de seguridad.
—Con que mi cabeza, ¿eh? Un gran souvenir que Kamurai quisiera tener en su colección.
—Sabía lo que hacía.
—¿En serio lo sabías? Con ese pulso que tienes ahora mismo, ¿Me dices que lo sabías?
Kaito soltó el cinturón y miró sus manos que temblaban más de lo que sentía. Romeo tomó una con brusquedad, entrelazando sus dedos obligándolo a detener el temblor. Su mano no solo le ofrece seguridad, si no también calidez, lo cuál es extraño porque Lucci siempre es frío y distante.
—No vuelvas a hacerme esto.
Kaito sintió como su saliva se va por el camino equivocado, haciendo que tosa hasta recobrar la compostura, su mano aún siendo sostenida por la de Lucci. Parece una orden, clara y precisa, pero la mirada… Esa es otra cosa, en ella hay miedo y enojo, una vulnerabilidad nunca antes conocida por nadie.
—Tu querías información, y conseguí algo realmente importante con eso.
—El problema no es que apuestes mi cabeza, el asunto está en que no debiste apostar la tuya también. ¿Qué iba a hacer si perdías, si te perdía? —El agarre se volvió un poco más fuerte pero no lo lastimó.
—Ya te dije que no iba a perder, ¿No es suficiente con eso?
Romeo detiene el coche en una calle poco transitada.
—No lo es.
—Todo estaba calculado —mintió el rubio —Tan solo una estrategia.
—Si eso fuera así, entonces no podría importarme menos; en cambio Mickey me obligó a esperar a fuera con tal de no ir a romperle el cuello a varios de los que te llevaron a ese límite, incluido Kamurai. Solo quería que estuvieras seguro.
—Wow —Kaito en verdad se sentía sorprendido. —Todo es contradictorio.
—Tu me vuelves de esa manera.
Fuji no se dio cuenta en qué momento el de cabellos platinados se había acercado a él de manera peligrosa, haciendo que la línea difusa que antes había ahora desapareciera por completo. Sus respiraciones se mezclaban y con suavidad rozaban los labios ajenos.
—Volvamos a casa —Lucci se acomodó nuevamente en su asiento y puso el auto en marcha. —Volvamos antes de que me arrepienta de hacer algo que no podré deshacer.
Kaito de quedó perplejo en su lugar sin saber qué hacer o decir, su mano ahora cálida envuelve a la otra en un intento fallido por entender qué demonios acababa de pasar, pero todo es inútil teniendo a su empleador a un lado, mirándolo furtivamente con deseo y preocupación; sintiendo algo que no puede definir pero parece peligroso.
