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Frío

Chapter 2: Capítulo 1: Porque las aves no vuelan a media noche

Notes:

(See the end of the chapter for notes.)

Chapter Text

La tranquilidad de la noche en nada combina con el mareo que se apodera del cuerpo de Jonathan en cuanto sale al pórtico.

Tiene que detenerse un instante, buscar su balance, decirse a sí mismo que todo estará bien aunque el instinto le estuviera gritando lo contrario.

Los copos de nieve caen tímidos del nublado cielo que se cierne con imponencia sobre Hawkins, dejando sus helados rastros en el aire hasta cesar su recorrido en el césped del patio frontal de la casa Byers. El fantasma de un recuerdo le hela la sangre a Jonathan más de lo que la ventisca invernal logra hacerlo:

 

Will tenía ocho años. La navidad se acercaba más y más con cada día que pasaba y Jonathan, entre la innegable realidad de su familia y la secundaria, recientemente convertida en su nuevo infierno personal, comenzaba a creer que no había razones para alegrarse por las fiestas.

Le quedaba un consuelo: el frío era su clima favorito.

Por su parte, Will nunca había sido un verdadero fan del clima frío como lo era Jonathan; sin embargo, lo que el pequeño sí disfrutaba eran los días nevados. Algunas veces, cuando nevaba lo suficiente y Will no estaba metido en casa de los Wheeler, el par de hermanos salía a jugar sobre la gélida alfombra blanca. Entonces Jonathan se permitía olvidarse un poco de todo y centraba toda su atención en las manos que, aunque enguantadas, seguían ardiendo en frío por hacer bolas de nieve, y en la sonrisa satisfecha de Joyce desde el pórtico donde se paraba a contemplar a sus hijos jugar, y en la risa a carcajadas de su hermano menor.

Desde que Lonnie se largó a Indianápolis, era muy raro escucharle carcajadas a Will.

Jonathan recuera el día previo a las vacaciones invernales. Will salió de la escuela con los ánimos tan bajos que bien habría podido barrer el piso con ellos y ,por supuesto, eso no pasó desapercibido a ojos del mayor, que estaba esperando afuera de su salón con el fin de aguardar juntos a que su madre tuviera la oportunidad de llevarlos a casa antes de que tuviera que regresar a trabajar en su segundo turno del día. 

El par de hermanos esperaba en silencio. El menor se había sentado en las escaleras que daban con la entrada principal de la escuela, las rodillas contra el pecho y la mirada gacha; Jonathan se había recargado en el barandal de las mismas escaleras mientras sus ojos, distraídos, se perdían en algún punto lejano.

Cuando el lugar se vació por completo y el último en salir, el profesor Clarke, se hubo despedido de ambos con esa amenidad tranquila que le caracterizaba, Jonathan finalmente se sentó junto a su hermanito y en voz baja preguntó "¿Todo bien?".

Will se encogió de hombros, su expresión apenas cambiando solo para formar una mueca de inconformidad. Por un instante, el mayor alcanzó a ver un brillo cristalino en los ojos del niño, quien de inmediato parpadeó en repetidas ocasiones y soltó un largo suspiro para prevenirse a sí mismo de llorar.

—Vamos, Will, ¿qué sucede? —preguntó Jonathan con cuidado, tratando de no presionar —. Puedes hablar conmigo si quieres hacerlo... lo sabes, ¿verdad? 

Otro suspiro escapó de Will, ahora sus ojos parecían no encontrar un punto fijo para posarse. 

—Uhm... —Will balbuceó un poco antes de animarse a formar palabras. Jonathan esperó hasta que su hermano se mentalizó lo suficiente para contarle lo que realmente había pasado aquel día entre clases. El chiquillo sintió ganas de minimizarlo con el "No fue nada. Solo estoy cansado" que ya tenía bien ensayado, pero al final decidió contar la verdad —. Hoy... me encontré con Troy Walsh en los baños. Ni siquiera le dije nada, ni lo miré, pero... me empujó al salir y me llamó... —el niño calló, sus pensamientos reviviendo el momento —. Me llamó "marica" .

Will había estado escuchando esa palabra siendo utilizada para describirle incluso mucho antes de que el nene entendiera su significado. Parecía haber sido la palabra favorita de Lonnie, que se la pasaba repitiéndola y añadiendo variaciones cada que tenía algo que decir de alguno de sus hijos.

El rastro de dolor, desconcierto y vergüenza en la voz de su hermano caló en el pecho de Jonathan, que se preguntó en qué momento los niños se habían vuelto tan crueles, o más bien, en qué momento se había vuelto tan normal que los adultos enseñaran a sus hijos que ser unos culeros estaba bien. No era la primera vez que Jonathan escuchaba de su hermano algo sobre ese tal Troy Walsh, y no pudo evitar preguntarse en qué clase de hogar viviría ese niño para tener que tratar así a los demás, aunque tampoco era muy difícil adivinarlo.

Jonathan dejó su divagación a un lado para posar una mano firme, pero cuidadosa, en el hombro de su hermano.

—Will... —llamó con paciencia —. No hagas caso a ese tipo de habladurías, mucho menos si vienen de gente cómo "Troy Walsh"  —enfatizó el nombre haciendo comillas con los dedos y soltando una voz tonta al pronunciar el nombre, sonrió para sí mismo cuando el gesto logró su cometido, sacándole una suerte de risita a Will —. La gente como él tiene la necesidad de... señalar y llamar por nombres desagradables a otros porque saben que ellos son diminutos, como si molestar a otros los hiciera sentir menos insignificantes —el chico dudó un momento antes de seguir hablando —. Eso no quiere decir que lo que digan sea verdad, Will, y no vale la pena darles la atención que quieren —Jonathan se preguntó si sus palabras iban dirigidas únicamente a su hermano, o si con ellas buscaba consolars un poco a él mismo también —. Pero si alguna vez este... niño cruza la línea, vienes conmigo, siempre. 

Con una sincronía casi dictada por lo divino, un singular copo de nieve cayó frente a ellos justo cuando la sonrisita decaída de Will se iluminó un poco más. Ambos, por reflejo, miraron al nublado cielo en silencio, hallando un espacio para respirar en medio de la primera nevada del año.

 

Jonathan no está seguro de por que, de entre todos sus recuerdos nevosos junto a Will, su mente ha elegido revivir ese en específico. 

El castaño aleja la memoria con un resoplido cuando se da cuenta de que, si planeaba comenzar la búsqueda en el Castillo Byers como de costumbre, tendría que haber salido por la puerta trasera. Un segundo suspiro involuntario se transforma en una nube de vaho al contacto con el aire helado mientras el mayor de los hermanos Byers da la vuelta y se reprende por el error, atribuyendo su torpeza a la falta de sueño.

Cuando comienza a andar, Jonathan ya tiene la ruta bien trazada en su mente. No sabe qué lo lleva a querer repetir el mismo recorrido que estuvo haciendo durante el último mes; sabe que no va a encontrar nada. No había nada que lo pudiera hacer creer en serio que encontraría a su hermano esa noche siguiendo la misma ruta de siempre, no cuando no ha conseguido nada haciéndolo. Aunque siempre lleve en mente el no tan creíble "tal vez hoy sea diferente", quizá el ir por el mismo camino siempre se trate —más que de una esperanza verdadera por encontrar a Will— del amargo confort que encuentra en el paisaje rutinario, pues este le daba a Jonathan una sensación de control que había perdido hace mucho tiempo.

Camina por el patio trasero de la casa, con intención de tomar una linterna del cobertizo donde guardan herramientas, el césped seco cruje bajo la suela de sus zapatos y a su vez, delata el andar de una criatura de cuatro patas que ha salido de su dormitar para acercarse al cabizbajo muchacho. Jonathan apenas lo mira con ojos cansados.

Detiene su andar y da la media vuelta, el amigo peludo siguiéndole mientras agita la cola. El chico sube las cortas escaleras que dan a la puerta trasera y la abre con cuidado, levantándola un poco para evitar el habitual, pero estridente, chirrido de las bisagras. Entonces asoma la cabeza al interior de la casa y guarda absoluto silencio, aguzando el oído para comprobar que su madre sigue dormida. Cuando no hay sonido dentro que delate el movimiento de alguien más, da a Chester una señal silenciosa para que entre.

—Entra, Chester. Hace frío —le musita como si el animal pudiera entenderlo. El pelaje blanco del canino luce grisáceo bajo la escasa luz de la luna, que apenas si alcanza a colar algunos haces de luz entre los cúmulos de nubes oscuras. Chester, antes de obedecer, demanda un poco de cariño al pararse en sus dos patas traseras y dejar las delanteras caer en el muslo de Jonathan, dejando huellas de tierra sobre la tela de su pantalón. El chico le acaricia fugazmente la cabeza y le rasca detrás de las orejas antes de alejarse lo suficiente para que el animal regresara a sus cuatro patas sin brusquedad de por medio —. Anda, entra.

El perro no espera más indicaciones, pero suelta un quejido bajo al adentrarse en la casa. Jonathan cierra la puerta con la misma cautela con la que se ha estado moviendo desde que despertó y después de conseguir la linterna de un estante polvoso en el cobertizo, se aleja de la casa siguiendo la línea imaginaria que lo guiaría hasta el refugio favorito de Will.

 

 

...

 

 

Es, quizás, la décimo segunda vez que Steve rueda en la cama tratando de conciliar el sueño.

El chico ha probado de todo: hacerse bolita, taparse, destaparse, taparse a medias, ponerse la almohada en la cara, ¡hasta dormir de cabeza! Pero lo único que ha conseguido es hacer de las sábanas y el cobertor una bola incómoda sobre su cuerpo. 

Se da por vencido con un gruñido frustrado y patea lejos la bola de tela, las frazadas caen al suelo con un sonido hueco. Sus ojos marrones se quedan mirando al techo blanco, y su mente vuelve a repasar los eventos que le habían estado atormentando últimamente.

Recuerda el día de la fiesta en su casa, y las fotografías que tomó Byers; luego recuerda el sonido de la cámara estrellándose contra el asfalto y la mirada derrotada de Jonathan; recuerda la decepción de Nancy y el malentendido extraño que sólo logró empeorarlo todo; recuerda la pelea en el callejón y las heridas en su rostro, que aunque ya no tan hinchadas, siguen ardiendo un poco; y luego recuerda la otra pelea con Nancy, aquella en la que la chica dio por terminada su relación.

A Steve le asombra, tanto como odia, la forma en la que las cosas se pueden joder en un abrir y cerrar de ojos... pero no era precisamente eso lo que lo mantenía despierto, sino una sensación mucho más difícil de ignorar sin importar cuánta cerveza le nublara el juicio. Se trataba de una terrible pesadez que se había instalado en algún rincón de su mente y que salía a flote cada que recordaba aquellos eventos. Desafortunadamente, se trataba de una sensación con la que Steve Harrington estaba familiarizado y que reconocía enseguida por la forma en la que su ceño se fruncía casi involuntariamente: la vergüenza.

¿Avergonzado de qué? se pregunta Steve por tercera vez en la noche, incorporándose sobre la cama y sentándose en el borde de la misma, aunque sabe muy bien qué le hace sentir así. Sabe que se portó como la clase de idiota que juró nunca ser, que su actitud, escalofriantemente similar a la de Danny Harrington, ya no tenía ninguna clase de excusa.

Steve se pasa la mano por el cabello y la deja descansar en su cuello, haciendo presión en la nuca, que le duele un poco. Se aclara la garganta y se levanta de la cama para acercarse a su ventana y correr un poco las cortinas, echando un vistazo al exterior.

Queda embelesado con el caer de los copos de nieve. Algunos de ellos se derriten contra la ventana, de algún modo logrando intensificar la sensación de frío sobre el mismo Steve, que se estremece cuando un escalofrío le recorre la espina dorsal.

A pesar de esto, y contra todo pronóstico, se le ocurre que salir a despejarse no era una mala idea. Pasearse por ahí sonaba mucho mejor a no hacer nada más que seguir esperando a que le diera sueño y necesitaba aire fresco, por más frío que hiciera afuera.

Con sus manos apoyadas en su espalda, el muchacho dobla su cuerpo un poco hacia atrás hasta que los huesos del cuello y la columna truenan satisfactoriamente, ayudándole en algo a deshacerse de la tensión acumulada por las malas posturas adoptadas en sus intentos fallidos por dormir. Se dirige a su armario y sin muchos miramientos, escoge un pantalón simple de mezclilla, una playera de manga larga, un suéter y una chamarra abrigadora pero no demasiado pesada, luego recupera los confiables Nike desde un rincón en su recámara y se aventura al exterior de su habitación. 

Los ronquidos de oso que Danny exhalaba desde su habitación eran tan fuertes que hacían eco en toda la segunda planta. Era una buena señal, significaba que Steve no tendría que cuidar sus pasos para no despertar a sus padres; aunque él más que nadie sabía que a sus padres poco o nada les importaba si salía en mitad de la noche.

Baja las escaleras trotando, y se detiene en la cocina para tomar agua antes de salir al patio trasero. Ya afuera, se sienta en el borde de una de las reposeras mientras frota sus manos entre sí para conseguir algo de calor de la fricción. En frente está la piscina, que hace apenas un mes contenía el furor adolescente de las fiestas que solía dar en su casa durante las prolongadas ausencias de sus papás, pero que ahora estaba silenciosa, casi olvidada debajo el resguardo de una resistente lona que ocultaba el agua bajo su vibrante color azul rey.

Azul rey, vaya nombre pretencioso, piensa Steve.

Con un suspiro traicionero, Steve se levanta de la reposadera y rodea la alberca mirando a la zona semi-boscosa un poco más allá de su patio trasero. Algo en las sombras que proyectan los árboles le parece extraño, no un "extraño-mala-espina", sino que se trataba de una extrañeza de lo más atrayente, de la clase que podía despertar la curiosidad de cualquiera con tan solo el soplido anómalo del viento. Harrington no sabe qué de aquella noche invernal le resulta tan enigmático, pues tampoco se había considerado nunca del tipo explorador, ni del tipo contemplativo hasta ahora.

Voltea en dirección a su enorme casa, pero sin pensarlo mucho más, al final decide seguir la corazonada que en nada le resulta conocida. En un impulso va hasta el garaje, toma una linterna de una de las olvidadas gavetas de herramientas y tras encenderla para revisar su buen funcionamiento, Steve vuelve a salir.

La penumbra de las ramas se asemeja a una gran bestia que hasta entonces yacía durmiente, sus fauces de madera abriéndose para devorar al abatido adolescente cuya única arma era una lámpara, y Harrington, sin saber qué esperar, se adentra en lo desconocido.

 

...

 

Will no está en el Castillo Byers, como Jonathan ya había previsto. Aún así, el que su conjetura haya resultado acertada no amortigua en ninguna medida su decepción. 

Mentalmente tacha el pequeño refugio, pero no queda completamente descartado. Regresará a revisarlo una última vez antes de dar por concluida su búsqueda.

Se aleja un poco más del Castillo Byers, dejando que el crepitar de las hojas le distraiga un poco de sus tormentas internas. Algunos copos de nieve logran colarse entre las copas de los árboles, caen sobre Jonathan y poco después se derriten sobre su piel. Tiene las manos demasiado frías, y es entonces que se arrepiente de no haberse puesto guantes antes de salir, pero se dice a sí mismo que eso no es importante de momento.

El siguiente punto de interés en su lista no es muy preciso, pues se trata de nada más que el área que circunda al Castillo Byers. Revisar esa zona es relativamente rápido siempre, pues no hay muchos escondites en los que pueda caber Will, y aún así, Jonathan se detiene en los pocos en los que sí podría haberse metido, y en cada uno de ellos, Jonathan vocifera el nombre de su hermano esperando una respuesta. Era casi como un ritual.

En el mapa mental del joven, posterior a los alrededores del castillo Byers —donde Jonathan no ha encontrado nada más que montones de hojas secas y arañas escurridizas—, sigue los alrededores de la residencia Harrington, a los cuales no se ha acercado desde que el imbécil matón carita Harrington destrozó el único resquicio de paz que encontraba en sus días a través de la fotografía. Esa noche no sería la excepción, pues es más sencillo omitir por completo aquel área donde de todas maneras jamás había dado con ninguna clase de pista sobre su hermano. Con la casa Harrington fuera de la discusión, lo siguiente en la lista sería el lago Jordan.

Por mejor que su expresión seria lo cubriera, lo cierto es que todo tipo de culpa lo carcomía por dentro desde el primer instante en el que su hermano desapareció. El salir a buscarlo siempre revivía los momentos previos a su extravío, y con ello se le avivaba el dolor en el corazón.

Si tan solo hubiera sido un mejor hermano mayor, si tan solo esa noche no hubiera dado por alto que su hermano ya estaba en casa, si tan solo hubiera...

Jonathan entonces resbala con un desnivel con el que no se había cruzado antes, o al menos uno con el que jamás había resbalado. Su cuerpo se desliza rápidamente por la pendiente, la tierra, las hojas y las ramas enredándose en su cabello y raspándole las palmas de las manos.

El muchacho queda boca arriba, la espalda contra el suelo agreste del bosque y la mirada enfrentando el cielo nocturno. Tiene la respiración entrecortada y el corazón está amenazando con salírsele del pecho por el susto. Su linterna había rodado un poco más lejos de él.

Se sienta y toma unos segundo para recuperar su aliento. Con la mirada escanea los alrededores cercanos, buscando la luz blanca de su linterna, pero no halla nada. 

El chico se levanta del suelo usando las manos para apoyarse, pero arrepintiéndose cuando el ardor punza en la base de las palmas. Cuando se logra levantar, Jonathan se dedica a sacudir las hojas y la tierra que han quedado adheridas a su ropa sin poner mucho cuidado en la acción, luego se dedica a buscar su linterna por el suelo, esperando que no se hubiera dañado con la caída.

Mientras Jonathan remueve hojas bajo la gentil lluvia de copos de nieve, una rama cruje bajo el peso de algo en la distancia, Jonathan decide ignorarlo hasta que un segundo crujido, y luego un tercero son acompañados por un haz de luz que irrumpe entre los troncos marchitos desde un lugar muy cerca de la pendiente por la que él rodó.

Jonathan siente su corazón palpitar con fiereza contra el pecho ante la que podría ser una amenaza, pues había pocas opciones entre los ciudadanos de Hawkins que pudieran estar afuera a esas horas y bajo una gentil nieve. Para su desgracia, ninguna de las opciones le agradaba mucho. Además del rayo de luz de una sola fuente, no había otra cosa que pudiera sugerir la identidad de su portador.

Antes de que pudiera realizar cualquier otro movimiento, la misteriosa persona, al igual que Jonathan, resbala en la pendiente.

Jonathan no se salva de la aparatosa caída ajena; más bien sufre las consecuencias de la distracción de una figura masculina que prácticamente lo derriba de nuevo como una bola de boliche a un pino. El extraño suelta una suerte de grito pujado cuando se percata de la segunda presencia, y antes de procurarse a sí mismo y la caída, usa su propia lámpara para averiguar a qué clase de animal acababa de golpear al caer. El chico tiene que entrecerrar los ojos cuando la luz le da directamente en la cara, lo que lo previene de ver la identidad del tipo que lo ha derribado.

—Lo siento —dice Jonathan sin saber por qué se disculpa. Mi suerte no podría ser peor, piensa, pero la voz que le responde es una discrepancia inmediata del universo. Una bizarra confirmación de que el mundo lo odiaba:

—Mierda. ¿Byers?

El nombrado reconoce esa voz, tal vez mejor de lo que le gustaría admitir. Quiere creer que está equivocado, pero cuando sus ojos se recuperan del deslumbramiento, sólo desea que la tierra se lo trague.

—Harrington.

 

 

 

 

Notes:

No sé cuánto tardé en hacer el primer capítulo, pero en serio espero que les sea de su agrado.
Siento que mi trama es muy débil, pero juro que haré las modificaciones necesarias para que las cosas hagan un poquito de sentido (╥﹏╥). Es probable que algunas cosas cambien durante las revisiones (detalles muy pequeños), pero si notan algún error antes de que los haga, ¡no duden en comentarlo!
Gracias por leer. Espero no tardar tanto con el siguiente capítulo. Los quiero <3
—Lilianne.

Notes:

Bueno, la verdad este fic se me ocurrió en una noche de insomnio, y escribí parte de él en la misma noche, también, así que hay muchas inconsistencias y por lo mismo no me convence demasiado, pero le agarré cariño, así que espero lo puedan disfrutar u.u

Edit: enero 2026
Arreglé un poco de las inconsistencias y finalmente le hallé algo de sentido a todo esto. Tenía taaaantas ganas de incluir Ronance, pero me flechó la idea de aislamiento para este fic (ya saben, esa sensación mega rara cuando algo da la impresión de que no hay nada más pq no sé soy edgy), así que literalmente no aparece nadie más que Steve y Jonathan en este corto fic.

Estoy trabajando como en otros cinco fics Ronance, tho.

Probablemente haga una playlist para el fic, pero por lo mientras sugiero escuchar el álbum "Liminal Snow 005" de Daniele Pecorelli o el OST de "J'ai perdu mon corps" si gustan escuchar algo para ambientar la lectura.

Gracias por leer <3