Chapter Text

—Braid. Braid. Braid —canturreaba Mr. Crawling cada que tomaba un nuevo mechón de tu cabello y lo anteponía a los otros.
A Mr. Crawling le fascinaron los días de peluquería, entonces pensaste que también podrías enseñarle algo tuyo a él y disfrutarlo un poco demasiado.
¡¡¡El tema de hoy son las trenzas!!! No hablaremos del hecho que Mr. Crawling era mejor candidato a ellas antes que tú ¡Simplemente gózalo!
En este momento estaban en una localización distinta a las camas donde descansaban (y hacían otras cosas divertidas) habitualmente. Decidieron rememorar los pasos que hicieron cuando se conocieron ¡Pero ahora es una cita! Y nada más romántico e íntimo que una cita al final de un túnel con vistas al precipicio infinito, con la brisa gélida soplando y una vaga linterna de seguridad pegada al techo iluminando con pesadumbre blanca las paredes grisáceas, dando un aspecto de tarde de domingo nublada. Una tranquilidad reconfortante y acogedora.
Cuando le enseñaste a Mr. Crawling la palabra "braid", que indicaba "trenza" en tu idioma, su reacción fue la mejor:
—¿Hacer bride? ¿Como Ms. Bride? ¿Tú bride? ¿Mí bride? —explotó en emoción.
Por supuesto, lo había escuchado mal, aunque le reconociste que era una confusión válida, dijiste riendo:
—No. Trenza en cabello. Peinado.
Mr. Crawling se apagó, dramatizando un puchero de capricho mientras asentía en entendimiento.
—¿Yo hacer trenza?
Asentiste, y solo para molestarlo un poco, te arrojaste a él y lo rodeaste con tus brazos para susurrarle al oído.
—¿Quieres que hagamos "bride" después?
Por supuesto, Mr. Crawling chilló, y se rió, y se zangoloteó y luego, como adición a su comportamiento, sonrió ampliamente de forma pícara aprisionándote contra el piso.
Tuviste que darle un "Tate quieto".
Entonces se sentó como indio, con sus piernas esbeltas cruzadas y dejándote un círculo entre ellas para que tú te sentaras con toda la comodidad existente.
—¿Listo?
Empezaste una demostración detallada de cómo separar tres mechones de cabello y acomodarlos uno sobre otros. Mr. Crawling era un buen alumno, inteligente y curioso, asentía razonando cada movimiento tuyo.
—Listo —afirmó él tomando las riendas de tu cabello.
Suspiraste pues, satisfecha. En realidad, todo esto era una patraña para que sus largos dedos te acariciaran, de forma consecuente, el cabello y la cabeza, por un largo, laaaaaargo rato. Qué dicha. El proceso en sí era delicioso. El producto final, poco importaba.
Sonreíste malvada y aprovechada mientras tus manos se abrían y adueñaban del tobillo de Mr. Crawling. Tu palma abierta entera, robando la frialdad de su piel, ascendió acariciando cada poro que podía y tenía a su alcance. Ah, esta ropa es tan incómoda, quítatela toda.
Tu mano gateó por su pierna, lentamente, anticipando sus muslos cuando frotaste en círculos su rodilla. Siendo demasiado consciente de cómo ascendía su temperatura dérmica a medida que escalabas, acercándote a la zona roja.
Te dieron un manotazo.
—Tú tocar, yo no concentrar —Mr. Crawling sonó muy serio. Su voz susurrada te cosquilleó en todo el cuerpo. Soltaste un "jiji" malcriado.
Mr. Crawling bufó. Puso sus manos a los costados de tu cabeza, casi, CASI, tironeando de tu cabello y te jaló hacia atrás.
Lo siguiente que viste fue su rostro desde arriba, dado vuelta, y sus labios apretados indicando reproche. Le molestaba no ser tomado en serio por ti, pero jamás lo diría en palabras.
—Me portaré bien —prometiste imitando sus pucheros. Usaste tus labios como recurso principal, los estiraste hacia él—. Beso.
No podías verlo, pero sabías que Mr. Crawling estaba estrechando la mirada, decidiendo entre ceder o no.
Finalmente, rezongó y rozó sus labios sobre los tuyos con timidez nerviosa escondida. El simple roce te circuló electriquísimo por la médula, y, como continuación de tus actos malcriados, te acercaste más y atrapaste su labio inferior entre los tuyos. Aunque no alcanzaste a mordisquearlos porque Mr. Crawling se sobresaltó y elevó su rostro avergonzado. La próxima vez sería.
Volviste a tu papel manso, con las manos inocentes apoyadas sobre sus tobillos, sin perturbarlo más. Mr. Crawling suspiró, no pudiste creerlo. Sentiste cómo volvía a manipular tu cabello con sumo cuidado, esperabas que demorara una eternidad. Esto se siente muy bien.
Te sorprendió lo escrupuloso que era Mr. Crawling con su trabajo cuando reparaste en que separaba tres mechones de tu cabello, los comparaba buscando exactitud y al ver que uno era más grueso que el otro, los deshacía, volvía a cepillar y volvía a empezar. Te reíste con ternura para tus adentros.
¿Qué tipo de persona habría sido en vida? Gracias a los demás te enteraste que todos los residentes de estos departamentos del horror, en algún momento pasado, fueron seres humanos, igual que tú. ¿Esto era acaso el infierno de los pecadores? ¿Era el limbo? Si era tan terrorífico al principio, y si resultaba ser efectivamente el infierno ¿Por qué eras tan feliz junto a Mr. Crawling entonces? Este nivel de gozo solo podría ser similar al paraíso. Eso es, el paraíso está abajo, y mientras más abajo, más cerca estarás de Mr. Crawling.
Todo tenía sentido.
Sin darte cuenta, asentiste con tu cabeza. Sin darte cuenta, le diste luz verde a Mr. Crawling, interpretándolo este como un aprobado a su procedimiento y entonces avanzó al siguiente paso: Trenzar.
Sus dedos largos y fríos te acariciaron el cuero cabelludo, firmes e intencionados, tejieron una canción de caricias constantes. Querías más. Necesitabas más. Tu consciencia oscilaba entre el pensamiento curioso y el deseo físico.
Tu cabeza sostenida entre sus manos no pudo moverse como querías, tus piernas sentadas y cruzadas tampoco, pero tu torso sí. Tu espalda perdió tensión y la apoyaste sobre su pecho. El vaivén de su diafragma inspirando y exhalando llevó tu respiración también. Nunca habías notado que sus respiraciones fueran tan largas y pausadas hasta que las imitaste.
Te sumergiste en un sueño profundo y abismal.
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Levanto mi cabeza hacia un ruido lejano. Afino mi oído. Es una gotera solitaria y reverberante. Vuelvo mi cabeza hacia ti. Mis manos son tensas mientras sostengo las hebras de tu cabello, pero me gusta. Este dolor me gusta. Me gusta todo de ti.
Aún puedo escuchar tus instrucciones susurradas en mis orejas cuando instantes atrás me enseñaste esta... Trenza. Mi propia risa me sorprende mientras enredo tus cabellos.
Pero este enredo es lindo, de mí, para ti.
Repito en mi memoria tus enseñanzas y les digo a mis manos qué hacer. Creo que empieza a verse similar a tu trenza. Me leíste el pensamiento, estoy seguro, porque tu cabeza se movió, como tú me enseñaste, diciendo que sí.
Mis pensamientos giran en torno a ti.
El izquierdo va al centro. El del centro pasa a ser izquierdo. El derecho va al centro, entonces el izquierdo ya no es izquierdo. Y repito. Repito. Repito.
Cuando me doy cuenta, ya no queda más de tu cabello para enredar. Ahora toca hacerle un nudo. Eso no necesitaste enseñármelo, puedo hacerlos yo solo. Yo soy bueno en eso.
Busco entre mi vestimenta, había guardado algo para ti. Mr. Chopped nos vio cuando nos dirigíamos a nuestra cita, me pidió que lo alzara y de su boca sacó un listón blanco, de encaje, dijo. Pensó que sería bueno para ti, un regalo, pero también pensó que yo podría hacer algo con él. Mr. Chopped no se equivocó. Ese listón es ahora el que lleva tu cabello. Te queda lindo, como todo lo que usas.
Observo ahora tu pelo, enredado desde la coronilla hasta las puntas.
Mis manos se separan con lentitud de tu cabeza. Tu cuerpo cae laxo sobre mí. Me quedo quieto. Escucho tu suave silbido respirante. Feliz, me siento feliz. Puedo esperarte por mucho tiempo. Contigo dormida, puedo mirarte por mucho tiempo.
Apoyo la parte inferior de mi rostro contra tu coronilla mientras me deslizo por el piso para que tú puedas acercarte más sobre mí. Mis brazos te rodean entera, te sientes cálida.
Suelto una respiración larga, un suspiro. Mi aire impacta sobre esos pelos bonitos en tus ojos ¿Pestañas? Que revolotean ligeros. Tu frente se mueve y sonríes con los ojos cerrados mientras te acurrucas más contra mi caja torácica. Me gusta.
Recuerdo las palabras que me dijiste un día. No pude comprenderlas del todo, pero entendí la esencia principal: Sin final.
¿Eso significaba la eternidad?
Puedo imaginarla nítidamente como un pasillo ancho, largo y luminoso. Andándolo contigo por mucho tiempo, mucho, mucho. Y no habría una pared que lo terminara, nunca, sin terceras paredes, sin final. Podríamos andarlo hasta que nos hartáramos de nosotros mismos, hasta que empezaras a arrastrarte como yo, entonces yo te alzaría y lo seguiría por ambos, por siempre, por la eternidad.
Contigo en mi pecho, aprisionándote entre mis brazos, recordé las palabras exactas de tu idioma:
—Siempre juntos. Eternidades juntos.
Susurré.
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