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Núcleo agonizante

Chapter 31: Dulce luna (⁠。⁠•́⁠︿⁠•̀⁠。⁠)

Summary:

La paz volvió a la ciudad...todos honran este sacrificio....

Notes:

Esto va a doler para siempre.

(See the end of the chapter for more notes.)

Chapter Text

El silencio se había convertido en el nuevo habitante de la ciudad.

Una semana había pasado desde aquella batalla infernal que lo cambió todo, desde que los gritos y las explosiones fueron reemplazados por murmullos apagados y rezos en voz baja.

Jun, aún con las vendas que rodeaban parte de su pecho y el brazo donde las marcas del Metal Breath seguían brillando con un azul extraño, había sobrevivido.

Contra todo pronóstico, contra lo que incluso él mismo creyó en su momento más oscuro.

Pero sobrevivir no era lo mismo que estar en paz.

El hospital donde estuvo internado había sido su cárcel y su refugio al mismo tiempo.

Médicos entrando y saliendo, revisando sus signos vitales, asegurándose de que los pulmones volvieran a responder y que los huesos agrietados soldaran bien.

Sus padres lo habían acompañado día y noche, incluso cuando él, en ese estado febril y confundido, apenas podía distinguir entre los rostros de los vivos y los recuerdos de los muertos.

Había despertado entre lágrimas de su madre y la mano firme de su padre, prometiéndole que todo estaría bien, aunque ambos sabían que esa frase estaba rota.

Los doctores fueron claros: reposo absoluto.

El cuerpo de Jun estaba en pie, pero su alma arrastraba un peso que ninguna medicina podía aliviar.

Había perdido más que sangre y resistencia en esa batalla: había visto morir frente a él a quienes consideraba hermanos.

Bluecop y Glober ya no estaban, y aunque en ese lugar blanco más allá de todo alcanzó a despedirse, esa despedida era ahora la daga que seguía hiriendo cuando la ciudad empezó a organizar el funeral.

No se trataba de un funeral cualquiera.

No eran simples caídos.

Eran héroes.

Eran símbolos.

Y la ciudad entera lo entendía.

Desde que la noticia se propagó, las calles se llenaron de flores.

No había esquina sin un ramo de claveles amarillos, lirios blancos o rosas azules.

Los floristas trabajaron sin descanso durante días, armando coronas enormes que se colocarían alrededor de la plaza principal, donde se llevaría a cabo la ceremonia.

Era allí donde los cuerpos de Bluecop y Glober serían velados, en féretros adaptados a su tamaño, custodiados por la guardia local y cubiertos por telas negras que brillaban bajo la luz de las antorchas.

El alcalde mismo, jack, había tomado la organización en sus manos.

Sabía que aquello no era solo un acto de respeto, sino también una forma de mantener unida a la ciudad en su duelo.

Supervisó la instalación de cada estructura: el escenario central, las tarimas adornadas con velos oscuros, la orquesta que se encargaría de la música fúnebre.

Había ordenado que cada edificio de la ciudad ondeara una bandera negra y que las campanas repicaran suavemente a la misma hora en que el funeral diera inicio.

La noticia viajó rápido.

No hubo familia que no se acercara con al menos una vela o un ramo de flores.

Algunos trajeron fotografías de momentos que compartieron con Bluecop y Glober en el pasado, otros, simples mensajes escritos a mano en papeles arrugados que serían depositados en urnas a modo de despedida.

Los niños, aquellos que alguna vez habían corrido detrás de ellos en las calles, hicieron dibujos torpes pero sinceros que representaban al explorador alegre que fue Glober y al policía serio y protector que siempre fue Bluecop.

La plaza, en cuestión de días, se transformó en un templo de duelo.

Había columnas de flores que formaban pasillos, y en el centro, bajo un enorme árbol que había sobrevivido al desastre, colocaron un altar de mármol blanco.

Encima de ese altar, grandes retratos de Bluecop y Glober fueron instalados, ambos pintados con un realismo que arrancaba lágrimas.

Bluecop aparecía con ese gesto serio que siempre lo caracterizó, pero con una suavidad en los ojos que solo Jun sabía leer.

Glober, en cambio, estaba representado con ese gesto alegre, casi juguetona y con ese maniquí que siempre lo acompañaba.

Jun, aunque débil, insistió en estar presente.

Sus padres lo acompañaban como si fueran su sombra, preocupados por cada paso que daba.

Pero él no podía quedarse en cama mientras todos se despedían.

No podía faltar a ese momento.

Cada vez que cerraba los ojos, veía la escena una y otra vez: las espadas atravesando los núcleos, el grito de Aiza, el silencio posterior.

No, no podía quedarse quieto.

Tenía que estar allí, tenía que verlos una última vez, aunque lo destrozara.

El día del funeral llegó con un cielo encapotado.

Las nubes grises parecían respetar el luto, y el viento era frío, como si la misma naturaleza se inclinara ante la pérdida.

Las campanas sonaron, lentas, cada campanada vibrando en el pecho de los presentes.

La multitud guardó silencio, miles de rostros con lágrimas, miles de manos sosteniendo flores y velas.

La orquesta empezó a tocar.

No era una melodía triunfal, no era un himno de victoria.

Era una marcha lenta, cargada de melancolía, donde los violines parecían llorar y los tambores golpeaban como el eco de corazones rotos.

Esa música llenó la plaza, se extendió por cada calle, y hasta en los hogares más lejanos podía escucharse el dolor compartido.

Cuando los féretros fueron colocados en el centro de la plaza, cubiertos por la bandera negra con el símbolo de la ciudad, un murmullo recorrió a la multitud.

Había respeto, pero también incredulidad.

Muchos no podían aceptar que aquellos dos gigantes hubieran caído.

Que ya no volverían a escuchar la risa escandalosa de Glober ni el regaño autoritario de Bluecop.

Que lo único que quedaba de ellos era memoria.

Jun, de pie frente a los féretros, sintió que las fuerzas lo abandonaban.

Sus manos temblaban, sus rodillas parecían a punto de ceder.

Su madre lo sostuvo por el hombro, pero él apartó la mano con suavidad.

Tenía que hacerlo solo.

Con pasos lentos, avanzó hasta estar justo frente al altar.

Levantó la vista hacia los retratos, y por un instante creyó verlos moverse, como si realmente lo miraran.

Tragó saliva, sintió un nudo en la garganta que lo ahogaba, pero no dijo nada todavía.

No era el momento.

A su lado, Anna no podía dejar de llorar.

Sus lágrimas eran silenciosas, pero su dolor era evidente.

Miraba fijamente el retrato de Glober, como si quisiera grabarlo en su alma, como si al hacerlo él pudiera regresar.

Sus manos estaban entrelazadas con las de su padre, el alcalde, quien, a pesar de su propio dolor, mantenía la compostura.

Era su deber sostener a su hija y sostener a la ciudad al mismo tiempo.

Peruru, en cambio, se encontraba en la primera fila, sentada con las manos apretadas contra sus piernas.

No podía levantar la mirada.

No podía soportar ver a Glober reducido a un recuerdo.

Había perdido parte de sí misma en esa batalla, y aunque no derramaba lágrimas en ese instante, el temblor de sus labios y la rigidez de su postura la delataban.

El ambiente se volvió más solemne cuando encendieron las velas alrededor de los féretros.

Eran cientos, dispuestas en círculos concéntricos, iluminando con un resplandor dorado las telas negras y las flores blancas.

El aroma de los lirios impregnó el aire, mezclándose con el incienso que los sacerdotes encendieron como símbolo de purificación.

Y entonces, el alcalde tomó la palabra.

Con voz grave, cargada de respeto, habló de los caídos como guardianes, como ejemplos de valentía.

Reconoció que la ciudad no volvería a ser la misma sin ellos, pero también aseguró que sus nombres jamás serían olvidados.

Cada palabra fue recibida con lágrimas, con cabezas inclinadas, con el eco de un pueblo entero que lloraba unido.

Jun, en silencio, solo podía pensar en la última vez que escuchó sus voces.

En las risas que compartieron, en las bromas, en los regaños.

En cómo lo cuidaban, en cómo lo hacían sentir que no estaba solo.

Su pecho ardía, no solo por las heridas, sino porque sentía que, aunque estaban frente a él en esos féretros, en realidad estaban demasiado lejos.

Tan lejos que ni siquiera podía alcanzarlos con sus gritos.

Las campanas volvieron a sonar, tres veces, largas, graves, profundas.

Y el funeral comenzó oficialmente.

Había cosas que debían decirse, heridas que no podían cerrarse sin palabras.

Y este momento no era para él... era para ellos.

El aire estaba impregnado de flores, un aroma suave que se mezclaba con el incienso y con el murmullo apagado de la multitud.

Jun respiró hondo.

Cada inspiración era un pequeño cuchillo en el pecho, pero no le importó.

Caminó despacio hacia el podio que habían preparado, sostenido por sus padres que lo observaban con mezcla de orgullo y preocupación.

Su madre le susurró algo al oído -habla desde el corazón, hijo-, y él asintió, tragando saliva.

Cuando llegó al micrófono, la multitud quedó en un silencio absoluto.

El viento sopló, levantando algunos pétalos que se arremolinaron en el aire como si fuesen los propios espíritus de los caídos.

Jun bajó la mirada, observó sus manos temblorosas y luego miró hacia adelante, a los féretros, a la ciudad entera, a los Cardbots que se mantenían unos metros más atrás, como guardianes silenciosos.

Y entonces habló.

-Hace una semana... pensé que nunca tendría la oportunidad de estar aquí,Pensé que... que todo terminaría ahí mismo, que no volvería a ver nada, que no podría despedirme de quienes tanto me enseñaron-

Su voz quebrada resonó en la plaza, y muchos bajaron la cabeza, conteniendo lágrimas.

Jun respiró de nuevo y siguió.

-No hay palabras suficientes para describir lo que ellos significaron para mí,Mi hermano, Bluecop... él siempre fue más que un ejemplo, fue alguien que me enseñó que el deber, aunque pesado, podía llevarse con dignidad, Aprendí de él la paciencia, aprendí que incluso cuando uno se siente débil, puede encontrar la manera de mantenerse en pie Y aunque discutíamos, aunque no siempre lo entendía, hoy sé que cada una de sus palabras era un escudo que trataba de protegerme-

Jun cerró los ojos un instante, recordando la risa seca de Bluecop, su forma de corregirlo, de cargar con todo el peso sin quejarse jamás.

-Glober... -continuó, mirando hacia otro féretro-Él fue distinto, Él me enseñó otra cara de la vida, Con él aprendí que no todo es deber, que la alegría también puede ser fuerza, que reír en medio del dolor es una forma de resistir, Me mostró que la familia no siempre se mide por sangre, sino por los lazos que decidimos atar con quienes nos rodean-

Un murmullo leve recorrió la multitud, como un eco de aprobación, como si cada persona allí también recordara las risas y ocurrencias de Glober.

Jun tragó saliva y se pasó la mano por el rostro, secándose discretamente una lágrima que no había podido contener.

-De ellos aprendí que la vida no siempre será justa, que habrá pérdidas que nunca entenderemos, pero que aún así... vale la pena luchar,Porque no lo haces solo por ti, sino por todos los que confían en ti,Hoy no me siento digno de hablar por ellos... pero tampoco quiero callar,No quiero que se vayan sin que el mundo sepa lo mucho que dejaron en mí, en todos nosotros-

Las palabras se quebraron en su garganta, y la multitud permanecía callada, sosteniendo ese silencio como un tributo.

Los Cardbots, al fondo, se mantenían firmes.

Sus ojos brillaban con un resplandor apagado, testigos mudos del sacrificio de los suyos.

Algunos inclinaban la cabeza en señal de respeto.

Pero Flame Nova era distinto.

Estaba allí, con los brazos cruzados, la mirada fija en los féretros.

Nadie más lo notaba, pero Jun sí.

Sus puños estaban cerrados con tanta fuerza que sus nudillos metálicos crujían.

No era enojo hacia los presentes.

Era un odio dirigido hacia sí mismo, hacia lo que había dejado pasar, hacia su impotencia.

Y ese peso era igual de insoportable que la pérdida misma.

Jun lo miró por un segundo, y aunque no dijo nada directamente, sus palabras siguientes parecieron estar dedicadas también a él.

-A veces pensamos que no hicimos suficiente... que si hubiéramos sido más fuertes, las cosas serían diferentes,Pero aprendí que cargar con esa culpa no hace justicia a quienes se fueron, Ellos no querrían que viviéramos atados a la oscuridad de lo que no pudimos hacer,Ellos... querrían que siguiéramos adelante, que cuidáramos unos de otros, que no olvidemos lo que significaron-

Un suspiro largo se escapó de sus labios.

Jun se inclinó ligeramente hacia adelante, como si hablara directamente a los féretros, como si susurrara solo para ellos.

-Los extraño Y los voy a extrañar siempre,Pero también voy a seguir adelante, porque ustedes me lo enseñaron Y si algún día la vida nos vuelve a juntar... espero que puedan verme y decir que cumplí con lo que me dejaron-

El silencio que siguió fue absoluto.

Solo el sonido de las hojas movidas por el viento acompañaba las palabras de Jun.

Luego, lentamente, bajó del podio.

Sus padres lo recibieron, apoyándolo con ternura.

En la multitud, varios comenzaron a llorar abiertamente.

Los músicos, conmovidos, se preparaban para iniciar la pieza solemne que acompañaría el rito.

Y Flame Nova... Flame Nova cerró los ojos y giró apenas el rostro, como si no soportara que alguien viera la tormenta que lo consumía por dentro.

El funeral apenas había comenzado, pero ya cada corazón estaba marcado por el peso de esas palabras.

La música comenzó con notas suaves, cuerdas y vientos que parecían llorar con la multitud.

El silencio, roto apenas por los sollozos, era interrumpido de vez en cuando por el crujido de sillas o el roce de zapatos contra el suelo de piedra de la plaza.

Había llegado el momento en que cada uno pudiera hablar, y aunque no todos estaban preparados, nadie quería irse sin dejar algo dicho, sin rendir tributo a quienes habían caído.

El primero en acercarse al podio fue Teo.

Caminó despacio, las manos apretadas, el rostro demacrado, pero con la frente erguida. Respiró hondo antes de hablar.

-Yo... -su voz se quebró y tuvo que detenerse un momento- Yo siempre fui el que se reía de todo, el que trataba de hacer bromas aun cuando nadie quería escucharlas,Pero nunca imaginé que un día estaría aquí, hablando frente a todos ustedes, sin poder hacer que ellos rían también-

Lo miró un instante, al féretro de Glober.

Sus labios temblaron en una sonrisa quebrada.

-Glober,... tú eras el que me decía que a veces exageraba, que no todo podía tomarse a la ligera,Pero también eras el primero en reír cuando lo necesitaba,Siempre pensé que... que no se podía perder esa luz que traías, Hoy me doy cuenta de que sí se puede, pero también sé que esa luz no se apaga, que la llevamos todos dentro-Se giró a la multitud, con lágrimas marcando su rostro-Nos queda a nosotros recordarlo,No voy a dejar que tu risa se olvide, amigo,Lo juro-

Teo bajó del podio con pasos temblorosos, y la multitud lo recibió con un aplauso breve, respetuoso.

El siguiente fue Edo, serio como pocas veces se le había visto.

Sus ojos parecían apagados, pero su voz, aunque baja, estaba cargada de firmeza.

-Ellos no fueron perfectos,Nadie lo es,Pero fueron nuestros-Miró fijo a los féretros, como si hablara directamente a ellos-Bluecop, tú eras el que me recordaba que siempre debía medir mis pasos, que la estrategia era tan importante como la fuerza Y Glober... tú eras la chispa que me hacía ver que la vida no era solo cálculo-Se detuvo, y por un momento pareció perderse en sus recuerdos- Yo... siempre fui más callado, menos de emociones,Pero ustedes me enseñaron que el silencio también puede llenarse de algo bueno cuando tienes familia-

Edo cerró los ojos, como si no pudiera seguir, y simplemente bajó del podio.

Nadie lo juzgó; sus pocas palabras eran suficientes.

Crest fue el siguiente.

Caminaba con la espalda recta, como si quisiera representar la fortaleza de todos.

Su voz resonó clara.

-Se nos han ido héroes-Lo dijo sin titubear, y la multitud lo escuchó con atención-Pero más que héroes, eran hermanos, amigos, familia. Bluecop, tú me diste una lección de liderazgo, de cómo cargar un peso que a veces parecía imposible Y Glober, tú me mostraste que detrás de un guerrero también debe haber un corazón dispuesto a sentir-

Se inclinó un poco, como rindiendo respeto.

-No podemos permitir que su muerte sea en vano,Ellos nos dieron un futuro Y nosotros debemos honrarlo-

La multitud asintió en silencio.

Era la voz de alguien que no lloraba abiertamente, pero que dejaba ver el dolor en cada palabra.

La siguiente en subir fue Anna.

Caminaba con un vestido oscuro, con las manos entrelazadas delante de ella.

Su mirada estaba fija en los féretros, y cuando habló, su voz era suave, pero cargada de un dolor profundo.

-Yo... yo los vi luchar,Los vi entregarlo todo sin esperar nada a cambio Y no solo nos salvaron a nosotros, salvaron la esperanza de esta ciudad-Se llevó una mano al pecho, apretándola con fuerza-Cuando cuidaron a Jun, cuando lo protegieron... me di cuenta de lo que significaba ser familia, incluso sin lazos de sangre,Aprendí de ustedes que la verdadera fuerza está en nunca dejar solo al que amas-

Se giró hacia Jun, que la miraba con lágrimas contenidas, y le sonrió apenas.

-Y por eso... jamás olvidaré lo que hicieronPorque gracias a ustedes, todos nosotros seguimos aquí-

La multitud respondió con un murmullo de aprobación.

Después subió Yuri, la madre de Jun.

El dolor se reflejaba en cada rasgo de su rostro.

Su voz era un susurro quebrado al principio, pero poco a poco tomó fuerza.

-Como madre, siempre temí que mi hijo tuviera que cargar con más de lo que podía,Pero ustedes... ustedes lo cuidaron cuando nosotros no podíamos,Lo guiaron, lo protegieron, lo amaron-Sus ojos se llenaron de lágrimas que rodaron sin control-Para mí, eso es más de lo que jamás podría pedir,No fueron solo su familia... también fueron la nuestra-

Se giró hacia la multitud.

-Que todos aquí recuerden que se puede ser familia incluso sin compartir sangre,Ellos lo demostraron Y yo nunca voy a olvidar esa deuda-

El llanto de muchos se intensificó con sus palabras, madres y padres que comprendían perfectamente lo que significaba lo que decía.

Luego fue el turno de Johan, el padre de Jun.

Subió con pasos pesados, respirando profundamente, con la frente en alto.

Cuando habló, su voz era grave, fuerte, como queriendo sostener el peso del momento.

-Como hombre, como padre, he aprendido a valorar el sacrificio,Pero jamás imaginé que tendría que estar aquí, despidiendo a quienes consideré mis propios hijos,Bluecop... fuiste ejemplo de disciplina, de fuerza,Glober... fuiste ejemplo de alegría y calor humano-Su voz se quebró, pero no se detuvo-Hoy prometo que tu sacrificio no será olvidado,Que cada uno de nosotros enseñará a las próximas generaciones quiénes fueron ustedes, y por qué estamos aquí gracias a ustedes-

Al terminar, apretó los puños y bajó, conteniendo su llanto con dignidad.

Finalmente, los Cardbots.

No todos hablaron, pero varios inclinaron sus cabezas en señal de respeto.

Uno de ellos, con voz melancólica dijo:

-Ellos fueron de los nuestros,Peleamos juntos,Morimos juntos,Recordaremos sus nombres en nuestras memorias internas, para que no se borren jamás-

Un eco de voces metálicas respondió con un murmullo al unísono:

-Jamás olvidados-

Pero entre ellos, Flame Nova se mantenía inmóvil.

Sus brazos cruzados, su cabeza baja, y esos puños cerrados con tanta fuerza que temblaban.

Todos esperaban que dijera algo, pero no lo hizo.

El silencio que lo rodeaba era tan pesado como cualquier palabra.

Y en ese silencio, todos comprendieron: su dolor no necesitaba pronunciarse.

Era un grito contenido que solo él llevaba dentro.

El aire quedó suspendido.

La música volvió a sonar, y el funeral avanzaba, pero cada palabra, cada silencio, había quedado marcado en las almas de los presentes.

El aire estaba denso, cada palabra dicha flotaba como un eco que no quería desvanecerse.

Y cuando parecía que ya nadie más hablaría, un sonido seco resonó en el suelo: el golpe del martillo de Fanny, clavándose apenas en la tierra frente al podio.

La multitud se sobresaltó, pero enseguida guardó silencio absoluto.

Ella caminó despacio, su rostro endurecido, aunque sus ojos hinchados y rojos no podían ocultar lo evidente: había llorado mucho más de lo que cualquiera hubiera imaginado.

Se detuvo frente al micrófono, respiró profundo y apoyó ambas manos sobre el mango del martillo.

Su voz salió rasposa, quebrada, pero fuerte.

-Ustedes... siempre me conocieron como la dura,La que no se quiebra, la que se burla, la que golpea primero y pregunta después-Su mirada se clavó en los ataúdes-Y así los conocí a ustedes también, Glober, eras un fastidio alegre que nunca se callaba, pero al mismo tiempo... eras el único que podría arrancarme una sonrisa en medio del infierno Y Bluecop... tú eras el que me hacía enojar con tus sermones, con tu manera de ver todo tan cuadrado,Pero ¿saben qué? -rió amargamente, tragándose el nudo en la garganta-Me hacían falta,Porque sin ustedes... yo no sería yo-

Hizo una pausa.

Cerró los ojos un instante, como si buscara fuerzas para seguir.

-Siempre pensé que si alguien caía, sería yo, Porque yo cargo este martillo, yo cargo la rabia, yo cargo con las cosas que nadie quiere decir en voz alta Y sin embargo, fueron ustedes los que se adelantaron-Apretó el mango con fuerza hasta que sus nudillos se pusieron blancos-Eso me parte el alma-

Se inclinó un poco hacia los ataúdes, como si hablara solo para ellos.

-Glober, Bluecop... si pueden escucharme donde sea que estén, les debo una disculpa,porque nunca les dije lo importantes que eran,Porque los traté como si siempre fueran a estar ahí Y ahora... -su voz se quebró y una lágrima se deslizó por su mejilla, cayendo sobre la madera del martillo-ahora no hay tiempo para hacerlo-

Respiró hondo, levantó el martillo y lo apoyó suavemente sobre los ataúdes, como un juramento silencioso.

-No voy a dejar que su sacrificio sea en vano, Voy a seguir peleando, Voy a seguir protegiendo a los nuestros Y si hace falta cargar con su memoria hasta que me rompa la espalda, lo haré,Porque ustedes me enseñaron que no hay familia sin dolor, y tampoco sin amor-Alzó la mirada hacia la multitud, los ojos ardiendo en lágrimas contenidas-Los voy a extrañar cada día, pero también los voy a honrar cada vez que levante este martillo,Lo prometo-

La multitud no pudo contenerse y un aplauso fuerte, cargado de emoción, retumbó en toda la plaza.

Fanny bajó del podio, limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano, y se paró firme frente a los féretros, como guardiana de ese último instante.

Peruru solo observo,el dolor de ver esos feretros le cerró la garganta por el llanto contenido.

Con las palabras dichas, llegó el momento más difícil: la despedida silenciosa.

Uno a uno, todos los presentes comenzaron a avanzar hacia los féretros.

Cada persona llevaba consigo algo: flores, insignias, cartas, trozos de tela con mensajes escritos, pequeñas piezas metálicas brillantes que los cardbots habían fabricado como homenaje.

Los floristas colocaban coronas enormes alrededor, con pétalos blancos y azules, los colores que simbolizaban la pureza y la esperanza.

Las orquestas mantenían la música en un tono solemne, un lamento que parecía provenir de los mismos muros de la ciudad.

Teo fue el primero de los compañeros en acercarse.

Dejó sobre el ataúd de Glober una flor amarilla, su color favorito, y murmuró en voz baja:

-Para que sigas iluminando, aunque sea desde allá-

Edo colocó sobre el féretro de Bluecop una insignia metálica, el emblema de su equipo.

-Para que nadie olvide que peleaste hasta el final-

Crest dejó una carta doblada, la cual se quedó un instante acariciando con la mano antes de apartarse.

Nadie supo qué decía, pero todos entendieron que era un adiós íntimo, algo que solo ellos dos compartían.

Anna se inclinó y dejó un pequeño lazo azul sobre ambos ataúdes.

Su voz se quebró cuando susurró:

-Gracias por cuidarnos...-

Yuri, con pasos lentos, colocó un pañuelo blanco bordado con sus iniciales, empapado en lágrimas.

-Ustedes fueron también mis hijos...-

Johan puso su mano firme sobre el ataúd de Bluecop, y luego sobre el de Glober, en un gesto paternal.

-Que su descanso sea eterno,Nosotros cuidaremos lo que ustedes dejaron-

Los Cardbots, en fila solemne, fueron dejando pequeñas piezas brillantes: chips, placas.

No eran simples objetos, sino símbolos de memoria programada: cada pieza contenía un registro de batallas, risas y momentos compartidos con los caídos.

Y entonces llegó Fanny otra vez.

No llevaba flores, ni cartas, ni insignias.

Solo apoyó su martillo suavemente sobre los féretros, como si pudiera transmitir todo lo que sentía a través de ese contacto.

-Esto... es lo único que puedo darles,Lo único que tengo-Sus labios temblaron en una sonrisa amarga-Pero ustedes saben que este martillo nunca va a caer mientras yo esté en pie-

Se apartó, con lágrimas deslizándose libremente por su rostro.

Finalmente, los niños de la ciudad se acercaron, guiados por sus padres.

Cada uno colocó pequeñas flores blancas, hasta que los ataúdes quedaron cubiertos casi por completo.

Era un mar de pétalos, un río de colores que contrastaba con la oscuridad del momento.

Y al fondo, inmóvil, estaba Flame Nova.

No avanzó, no dejó nada, no dijo una palabra.

Solo permaneció con los puños apretados, los ojos fijos en los féretros, como si estuviera luchando contra una tormenta interna.

Su silencio era un grito que todos podían sentir: no contra ellos, sino contra sí mismo.

La música subió de tono, y la multitud entera inclinó la cabeza en un silencio absoluto.

Era la última despedida, el último tributo.

Fanny se levantó de su asiento con las manos temblorosas.

Su chaqueta de cuero aún tenía manchas que ni el agua ni el jabón habían logrado borrar del todo; cicatrices del infierno que había vivido junto a Jun.

Caminó hacia el frente, con pasos firmes pero con el corazón a punto de estallar.

Debía dar la última despedida.

Se paró frente a todos,la chica que siempre se mostraba dura y rebelde dejó ver un brillo distinto en sus ojos.

-Yo... -su voz se quebró apenas comenzó- Nunca fui buena con las palabras, ni con eso de mostrar sentimientos, Siempre me escondí detrás de esta cara dura, de mis groserías, de mis arranques... porque era más fácil que aceptar lo mucho que me importaban todos ustedes-

La multitud permaneció en silencio absoluto, como si cada palabra fuera una daga que abría su propio pecho.

Fanny apretó el micrófono con fuerza, tragó saliva y prosiguió.

-Cuando todo comenzó... pensé que era una locura,Que ninguno de nosotros saldría vivo, Pero ustedes -volteó un poco hacia donde estaban Jun y los demás- me enseñaron que había algo por lo que valía la pena arriesgarlo todo,Aprendí que la familia no siempre es de sangre... a veces es esa gente terca que se mete en tu vida y nunca te deja sola-

Su mirada se clavó en Jun, y por un instante él pudo notar cómo la armadura de hierro que siempre la rodeaba se resquebrajaba.

-Jun... -dijo en voz baja, pero el micrófono alcanzó a amplificarlo-Pensé que te había perdido Y te juro que nunca había sentido tanto miedo,Cuando despertaste en esa moto... cuando me miraste... -su respiración se entrecortó y tuvo que morderse los labios para no romper en llanto-No sabía si abrazarte o golpearte Y terminé haciendo ambas cosas, porque... porque soy idiota-

Un leve murmullo recorrió la gente, pero nadie se rió.

Era demasiado real lo que decía.

-A los que se fueron... -prosiguió, mirando hacia los ataúdes alineados, adornados con flores frescas-Perdónenme, Perdónenme por no haber sido más fuerte, por no haber hecho más,Pero les prometo... que sus nombres no van a borrarse de nosotros,Porque mientras yo respire, mientras él -señaló a Jun- siga en pie, mientras cada uno de los que estamos aquí recordemos... ustedes seguirán vivos-

Un silencio pesado cayó después de esas palabras.

Fanny se alejo y por fin dejó que una lágrima rodara por su mejilla.

Dio un paso atrás, respiró profundo y se quedó de pie al lado de Jun, que con una mirada suave le hizo entender que lo había hecho bien.

Entonces, sin que nadie lo esperara, un suave viento comenzó a recorrer la plaza.

Primero fue un murmullo en los árboles, luego un soplo fresco que levantó las cintas negras atadas en los mástiles, y finalmente un torbellino delicado que levantó los pétalos de las flores esparcidas por el suelo.

Miles de pétalos azules y amarillos se elevaron lentamente hacia el cielo grisáceo.

Algunos rozaban los hombros de la gente, otros se enredaban en los cabellos, y los demás flotaban hacia arriba, como si fueran almas encontrando su camino a la eternidad.

La multitud alzó la vista, y por un instante, todos compartieron el mismo pensamiento: los caídos no se habían ido del todo.

Estaban allí, ascendiendo con los pétalos, sonriendo desde algún lugar más allá del dolor.

El viento sopló un poco más fuerte, arrancando lágrimas de varios rostros.

Y aunque nadie pronunció palabra, el gesto era suficiente.

Era la despedida.

Era el cierre.

Jun cerró los ojos y apretó los puños.

No dijo nada, pero en su interior supo que ese viento, ese movimiento de los pétalos, era la manera en que ellos, los que ya no estaban, le decían adiós... y gracias.

El murmullo de la multitud comenzó a desvanecerse cuando el alcalde levantó una mano, pidiendo silencio.

El aire estaba cargado de un respeto casi sagrado, una quietud que calaba los huesos de todos los presentes.

No había música en ese momento, no había discursos.

Solo el sonido de las campanas lentas y graves que marcaban el inicio del entierro.

En la primera fila, Jun observaba con los ojos húmedos.

Sus manos temblaban a pesar del reposo médico que todavía necesitaba, y su pecho aún dolía, recordándole que estaba vivo gracias a la suerte y al sacrificio de aquellos a quienes ahora despedían.

A su lado, Peruru lloraba abiertamente, sujetándole el brazo como si temiera que en cualquier momento también pudiera perderlo.

Entonces, el estruendo metálico resonó en el aire.

No era hostil, no era el rugido de guerra al que todos estaban acostumbrados.

Era algo solemne, pesado, un sonido que transmitía respeto.

Los Cardbots comenzaron a moverse.

De entre la multitud, Musclehyde dio el primer paso, con su figura imponente reflejando la luz del sol que se filtraba entre las nubes.

Sus pasos hacían vibrar la tierra, pero no eran pasos de amenaza: eran compases de un funeral.

A su lado apareció Red Blits, con su armadura reluciendo, no con brillo de batalla, sino con la dignidad de un soldado que escolta a un hermano caído.

Detrás de ellos, Deep Bite se adelantó, y Cielo -la más ligera de los cuatro- descendió suavemente desde lo alto, batiendo sus alas con calma.

Entre los cuatro se acercaron al féretro de Glober, cubierto con la abandera negra y las flores.

En la parte superior, una simple corona de flores blancas descansaba, hecha por manos de niños que habían insistido en participar en la despedida.

Los cuatro Cardbots se miraron brevemente, un gesto silencioso de coordinación.

Y sin una palabra, levantaron el ataúd.

No lo hicieron con prisa ni con brusquedad.

Cada movimiento era medido, como si temieran quebrar el último vestigio de un amigo.

El peso no era nada para ellos -seres colosales hechos de acero y energía-pero el peso emocional era infinito.

El público contuvo la respiración mientras Glober era alzado y llevado lentamente hacia adelante.

Detrás, resonó otro movimiento metálico, más grave, más pesado.

Desde la segunda fila de Cardbots avanzaron los más grandes, aquellos cuya sola presencia imponía respeto: Heavi Iron, Black Hook, Blas Train y Sky Gallop.

Sus siluetas gigantescas oscurecieron por un momento el suelo al acercarse.

El ataúd de Bluecop esperaba sobre el estrado central.

Era más específico,reforzado con detalles de acero y adornado con rosas azules, como símbolo de su fuerza y valentía.

La multitud guardó aún más silencio cuando los cuatro titanes se colocaron en posición.

Heavi Iron extendió sus brazos, apoyando el féretro con una suavidad que contrastaba con su tamaño colosal.

Black Hook hizo lo mismo desde el otro lado, su garra metálica sujetando con cuidado inusual.

Blas Train, con la rigidez de un guerrero acostumbrado a cargar, apoyó el extremo trasero, mientras Sky Gallop, susñiro para luego tomar la parte restante, como si incluso el cielo mismo quisiera sostener ese peso.

El ataúd de Bluecop se elevó con majestad.

No fue un simple traslado: fue como si la ciudad entera presenciara un juramento silencioso de los gigantes metálicos.

Jun no pudo contener un sollozo al ver la escena.

El contraste era brutal: Cardbots que en otras circunstancias habrían sido vistos como armas o amenazas, ahora eran guardianes de la memoria, hermanos despidiendo a hermanos.

Peruru lo abrazó con más fuerza, llorando sin ocultarse.

Y entonces, entre todos, Flame Nova dio un paso al frente.

Sus puños estaban cerrados, sí, pero no de furia contra Jun ni contra nadie.

Se acercó a Jun y Peruru, inclinándose un poco para quedar a su altura.

Sus ojos brillaban con un resplandor extraño, mitad tristeza, mitad orgullo.

Sin decir nada, extendió su mano.

Jun lo miró sorprendido.

Durante mucho tiempo, Flame Nova había sido la figura que encarnaba fuerza bruta y desafío, no compasión.

Dudó un instante, pero Peruru lo miró con ojos empapados y asintió.

Jun levantó su mano temblorosa y la colocó sobre el metal ardiente de Flame Nova.

Contra todo lo esperado, no lo quemó.

Fue un contacto cálido, firme, que transmitía una sensación de seguridad.

Flame Nova lo levantó con cuidado, como si sostuviera algo frágil.

Luego extendió la otra mano hacia Peruru, quien sin pensarlo se aferró, buscando esa fuerza que necesitaba.

Con un movimiento lento y solemne, Flame Nova los colocó a ambos sobre su hombro.

El metal vibraba suavemente bajo sus pies, y desde esa altura, Jun y Peruru pudieron ver toda la multitud, todos los Cardbots, y el largo camino que llevaba al cementerio preparado en las afueras de la ciudad.

El cortejo comenzó a avanzar.

Primero, Musclehyde, Red Blits, Deep Bite y Cielo llevando a Glober. Detrás, Heavi Iron, Black Hook, Blas Train y Sky Gallop con Bluecop.

Y cerrando la formación, Flame Nova, con Jun y Peruru en su hombro, caminando con pasos largos pero tranquilos.

La multitud abrió paso en silencio absoluto.

No había voces, no había llanto audible, solo el resonar metálico de los Cardbots y el murmullo del viento que seguía arrastrando pétalos de flores caídos.

Cada paso parecía un eco que se grababa en la memoria de todos los presentes.

Los niños pequeños se aferraban a las manos de sus padres, algunos levantando los brazos para soltar flores al aire mientras los féretros pasaban.

Los ancianos inclinaban la cabeza en respeto, y los jóvenes miraban con lágrimas contenidas, sabiendo que estaban presenciando un momento que marcaría la historia de su ciudad.

Jun no podía dejar de llorar.

Veía los rostros de la gente, las manos unidas, los ojos que seguían el paso lento del cortejo.

Y aunque el dolor le apretaba el corazón, también sentía un extraño consuelo: sus amigos no habían caído en vano.

Flame Nova, con sus ojos brillando, mantenía su mirada fija hacia adelante.

No decía nada, pero cada movimiento, cada paso lento y firme, era un homenaje silencioso.

Finalmente, llegaron a la explanada del cementerio improvisado,justo en una hermosa colina.

Dos fosas, adornadas con flores, esperaban abiertas.

La multitud se detuvo alrededor, y los Cardbots comenzaron el descenso de los féretros.

Primero, Glober.

Musclehyde, Red Blits, Deep Bite y Cielo bajaron el ataúd con cuidado reverente, colocándolo frente a la primera tumba.

La bandera fue doblada lentamente y entregada a un niño que había sido uno de los más cercanos a Glober, quien la sostuvo contra su pecho con lágrimas.

Luego, Bluecop.

Heavi Iron y los demás hicieron lo mismo, bajando el ataúd reforzado con un respeto solemne.

El ataúd brilló un instante bajo la luz del sol, como si se resistiera a entrar en la tierra, como si la memoria de Bluecop reclamara quedarse viva entre los vivos.

Jun y Peruru descendieron del hombro de Flame Nova.

Él los bajó con la misma delicadeza con la que los había levantado, y se quedó de pie detrás de ellos, como un guardián silencioso.

El silencio era absoluto.

Solo el viento soplaba, moviendo las flores y las cintas negras.

Ni siquiera los pájaros se atrevían a cantar.

Jun apenas podía sostenerse.

El peso en su pecho era demasiado.

Aún con las vendas cubriendo parte de su torso y las marcas de su tratamiento reciente, había insistido en estar de pie frente a ellos, aunque los médicos se lo prohibieran.

A su lado, su madre, Yuri, lo sostenía por los hombros, acariciando su cabello con ternura.

Sus manos temblaban, pero su voz trataba de sonar firme mientras murmuraba al oído de su hijo:

-No estás solo, Jun... no ahora, no nunca-

Él no podía responder.

Las lágrimas corrían sin detenerse, quemándole los ojos mientras miraba los féretros.

Todo su ser quería gritar, quería pedir que alguien lo detuviera, que el destino se apiadara y devolviera a quienes más había amado.

Pero no podía.

No había vuelta atrás.

Peruru, en cambio, sollozaba a unos pasos de distancia.

Su pequeño cuerpo estaba temblando, y el llanto le cortaba la respiración.

Sus mejillas estaban enrojecidas y sus ojos no podían despegarse de los ataúdes.

Intentaba ser fuerte, pero la pérdida lo desgarraba demasiado.

Fue Johan, el padre de Jun, quien se inclinó hacia ella,envolviéndola en un abrazo cálido y protector.

-Tranquila, pequeña-le dijo con voz ronca- Ellos siguen contigo, en tu corazón-

Pero Peruru solo negó con la cabeza, ocultando su rostro contra el pecho de Johan.

Era demasiado dolor para una niña, demasiado cruel, demasiado pronto.

Entre la multitud, Anna no podía contenerse.

Sus lágrimas caían sin pausa mientras se aferraba al brazo de su padre.

Para ella, Glober no había sido un simple protector, ni un aliado.

Había sido su amigo, alguien que la había cuidado,que la había hecho reír con su torpeza encantadora.

Ahora estaba allí, dentro de un ataúd que lentamente sería tragado por la tierra.

-Papá... -susurró entre sollozos-Yo quería que... que él me se quedé conmigo..-

El alcalde no respondió con palabras.

Simplemente la abrazó con fuerza, hundiendo su rostro en su cabello, intentando absorber el dolor de su hija.

Pero él mismo estaba llorando en silencio.

Los músicos que habían acompañado la procesión guardaron sus instrumentos.

La orquesta calló.

El murmullo de la ciudad se apagó por completo.

Solo se oía el crujir de la tierra y el batir suave del viento.

Los Cardbots, todavía de pie alrededor de las tumbas, bajaron lentamente la cabeza en señal de respeto.

Incluso Flame Nova, con sus puños cerrados, inclinó apenas el torso, como aceptando que la batalla había terminado, pero que el precio había sido demasiado alto.

Entonces comenzó el entierro.

Los sepultureros, ayudados por los brazos colosales de algunos Cardbots, iniciaron el descenso.

Primero, el féretro de Glober.

Musclehyde y Red Blits lo sostuvieron hasta el borde, luego lo guiaron con la suavidad de quien carga un tesoro.

El ataúd bajó lentamente, mientras Deep Bite y Cielo observaban en silencio.

Jun sintió cómo un nudo en la garganta lo asfixiaba.

Cada centímetro que descendía el ataúd era como arrancarle un pedazo del alma.

Quiso correr, detenerlos, abrirlo y abrazar una vez más a su amigo.

Pero Yuri lo abrazó más fuerte, manteniéndolo en pie mientras él apenas podía respirar.

Luego fue el turno de Bluecop.

El ataúd reforzado descendió con más dificultad, sostenido por Heavi Iron, Black Hook, Blas Train y Sky Gallop.

Sus movimientos eran lentos, ceremoniales, como si quisieran retrasar el momento inevitable.

El golpe seco de la madera al tocar el fondo de la fosa resonó en el corazón de todos los presentes.

Un silencio aún más pesado cayó sobre la multitud.

Entonces, la tierra comenzó a caer.

Paladas de suelo oscuro golpeaban los ataúdes, cubriéndolos poco a poco.

Cada golpe era un latido roto, cada nube de polvo un recordatorio de la pérdida.

Jun temblaba violentamente, apretando los puños, y finalmente no aguantó más: se inclinó hacia adelante, gritando con la voz quebrada:

-¡No! ¡No los tapen todavía! ¡Por favor!-

Su madre lo sujetó, conteniéndolo mientras las lágrimas le nublaban la vista.

Peruru, a su lado, gritaba también, intentando alcanzar con sus pequeñas manos lo que ya se estaba perdiendo bajo la tierra.

Anna lloraba con más fuerza, hundida en el hombro de su padre, quien acariciaba su espalda intentando calmarla.

La multitud no podía evitar llorar junto a ellos; incluso los niños pequeños, al ver la desesperación de Jun y Peruru, comenzaron a sollozar bajito, sus llantos como un coro frágil que acompañaba el último adiós.

Las paladas continuaron.

La tierra caía sin piedad, hasta que los féretros quedaron completamente cubiertos.

Lo que alguna vez fueron guerreros, amigos, hermanos, ahora descansaban bajo la tierra fría, convertidos en recuerdo, en memoria, en historia.

Jun se soltó del abrazo de su madre y caminó tambaleante hacia las tumbas.

Nadie se lo impidió.

Nadie tuvo el valor de interrumpir aquel acto.

Sus pasos eran lentos, arrastrados, y sus manos temblaban mientras apretaba algo contra su pecho.

Era una flor de cerezo.

La había guardado desde que salió del hospital.

Había esperado el momento correcto.

Y ahora, frente a las dos tumbas, la sostuvo con ambas manos, llorando tanto que apenas podía ver.

-Gracias... -murmuró con voz temblorosa- Gracias por enseñarme... por cuidarme... por darme todo, incluso cuando yo no lo entendía-

Sus lágrimas cayeron sobre los pétalos rosados, tiñéndolos con dolor.

Entonces, cerrando los ojos, dejó caer la flor sobre la tierra.

El viento sopló en ese instante, como si el mismo cielo se hubiera detenido a mirar.

El pétalo principal se deslizó suavemente hasta quedar sobre el montículo, y otros pétalos sueltos comenzaron a volar, elevados por la brisa.

La multitud guardó silencio absoluto.

Todos observaban el sencillo gesto de Jun como si fuera un ritual sagrado.

El viento levantó más flores, llevándolas hacia lo alto del cielo, flotando como pequeñas almas que se despedían.

Los niños, con lágrimas en los ojos, comenzaron a sollozar más fuerte.

Algunos escondieron el rostro contra sus madres, otros dejaron caer flores propias en el suelo, imitando a Jun.

Él se arrodilló frente a las tumbas, hundiendo sus dedos en la tierra aún fresca, como si quisiera sentirlos cerca una última vez.

Su madre lo abrazó desde atrás, llorando en silencio, mientras Peruru se sentaba a su lado, cubriéndose el rostro con las manos.

La despedida estaba hecha.

El viento sopló de nuevo, llevando consigo los pétalos rosados hacia el cielo abierto, como si los espíritus de Bluecop y Glober se elevaran junto a ellos.

Nadie habló.

Nadie se movió.

Solo las lágrimas fueron la respuesta a ese instante eterno.

Y allí, bajo ese cielo cargado de dolor, la ciudad entera comprendió que los héroes habían partido, pero su memoria viviría para siempre en cada rincón, en cada vida que habían salvado, en cada corazón que los había amado.

 

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El día había avanzado sin que nadie lo notara.

El sol, que al inicio del entierro había estado alto y firme, ahora se encontraba inclinado, despidiéndose con tonos anaranjados que teñían el cielo.

La luz bañaba las lápidas recién colocadas, haciendo que las flores se tiñeran de un brillo dorado.

Sin embargo, el calor del sol no alcanzaba a calentar el vacío que todos sentían en el pecho.

Ya habían pasado horas desde que los ataúdes fueron cubiertos por la tierra.

Y aunque el ritual de despedida había concluido, casi nadie tenía la fuerza de irse inmediatamente.

Los familiares, los amigos, los vecinos... todos permanecían allí, como si esperar un poco más pudiera cambiar lo inevitable.

Jun no se había movido del lugar.

Seguía sentado frente a las tumbas, con los brazos rodeando sus piernas y el rostro hundido entre ellas.

El viento había dejado de llevar pétalos al cielo, pero aún arrastraba algunos sobre la superficie de la tierra fresca, como si insistiera en acompañar su dolor.

De tanto en tanto, alguien se acercaba.

Vecinos de la familia, conocidos, incluso extraños que habían sido salvados en el pasado por Glober y Bluecop.

Todos le dedicaban unas palabras a Jun.

Todos le ofrecían condolencias, una mano en el hombro, un "fuerza, muchacho", un "no estás solo".

Pero Jun apenas levantaba la vista.

Asentía en silencio, con los ojos hinchados y rojos por tantas lágrimas.

Sabía que esas personas lo decían con sinceridad, que querían consolarlo.

Sin embargo, nada llenaba el vacío.

Nadie podía devolverle a quienes había perdido.

A lo lejos, algunos Cardbots permanecían firmes, como estatuas de hierro en vigilia.

Flame Nova era uno de los pocos que no se movía, con los brazos cruzados y el rostro serio.

Sus ojos brillaban con rabia contenida, no dirigida a Jun, hacia todo lo que había permitido que sucediera.

Pero no decía nada.

Solo guardaba silencio, como si sus pensamientos fueran cadenas demasiado pesadas.

Musclehyde fue el primero en romper filas.

Se acercó a Jun, sus pasos pesados levantando pequeñas vibraciones en la tierra.

Se agachó un poco -todo lo que su cuerpo metálico le permitía- y extendió su enorme mano, posándola suavemente sobre el suelo cerca del niño.

-Tu dolor también es nuestro, Jun -dijo con una voz grave, casi apagada-Ellos eran más que compañeros... eran hermanos para todos nosotros-

Jun levantó la cabeza apenas, mirándolo con los ojos vidriosos.

Quiso responder, pero las palabras se atoraron en su garganta.

Solo alcanzó a asentir débilmente antes de volver a bajar la vista.

Uno a uno, los demás Cardbots comenzaron a acercarse.

Deep Bite, siempre brusco y sarcástico, esta vez hablaba con un respeto solemne.

-No vamos a olvidar, chico,Ni a ellos... ni lo que hicieron por nosotros-Su voz tembló un poco, algo que nadie esperaba de él.

Cielo, en cambio, se limitó a colocar una flor mecánica -construida con sus propias manos- sobre la tierra de Bluecop.

No dijo nada, pero la forma en que bajó la cabeza lo decía todo.

El sol descendió más, y con él comenzaron a irse las personas.

Una a una, las familias se levantaban, algunas llorando todavía, otras murmurando oraciones, todas despidiéndose de Jun antes de marcharse.

Anna fue de las últimas en acercarse.

Sus ojos estaban hinchados por el llanto, pero aún encontró fuerzas para arrodillarse junto a Jun.

-Nunca voy a olvidarlos -dijo con un hilo de voz, sosteniendo una pequeña flor entre sus manos-Y tampoco a ti, Jun,Si necesitas algo... lo que sea... estaré contigo-

Jun la miró, y aunque quiso sonreírle, solo consiguió un gesto torcido, lleno de tristeza.

Anna le colocó la flor frente a él y se levantó, aferrándose al brazo de su padre mientras se retiraban.

La tarde se convirtió en atardecer, y después en noche.

Las estrellas comenzaron a brillar en el firmamento, iluminando débilmente el cementerio.

Apenas unas lámparas de hierro encendidas en el camino ofrecían una luz cálida, pero insuficiente para borrar la sombra del dolor.

Jun seguía allí.

No importaba cuánto le insistieran sus padres.

No importaba cuántas veces Yuri lo acariciara y le rogara que descansara, o cuántas veces Johan intentara convencerlo de que lo llevarían a casa. Jun se negaba. No podía.

-No me voy a ir... -susurró con voz ronca- No... no sin ellos-

Peruru se había quedado a su lado todo ese tiempo.

A pesar de lo cansada que estaba, de lo mucho que había llorado, la niña no lo abandonó.

Sus pequeños ojos estaban rojos y sus mejillas húmedas, pero apretaba la mano de Jun con fuerza, como si temiera que si lo soltaba, él también desaparecería.

Finalmente, Yuri cedió.

Lo abrazó una última vez, dejándole un beso en la frente, y se levantó junto con Johan.

-Te daremos este momento -dijo ella, con la voz entrecortada-Pero prométeme que volverás a casa esta noche, Jun Por favor-

Él asintió apenas, sin levantar la mirada.

Sus padres se alejaron despacio, sabiendo que no podían arrebatarle esa despedida.

El cementerio se vació casi por completo.

Solo quedaron los Cardbots, firmes en su guardia silenciosa, y los dos niños frente a las tumbas.

La brisa nocturna agitaba las flores, y en algún lugar lejano se oía el canto de un grillo solitario.

Jun respiró profundamente.

El aire fresco de la noche le llenó los pulmones, pero no aligeró el peso de su corazón.

Acarició la tierra con las manos, como si pudiera tocar a Bluecop y Glober a través de ella.

-No sé cómo hacerlo... -susurró, apenas audible-No sé cómo seguir sin ustedes-

Peruru, agotada, apoyó la cabeza en el hombro de Jun.

No respondió.

Sus lágrimas silenciosas fueron la única contestación.

Y así pasaron las horas.

Jun no sabía cuánto tiempo había transcurrido.

Solo sabía que la luna estaba alta en el cielo y que el frío comenzaba a calarle los huesos.

Pero no le importaba.

Allí estaba su lugar, al menos por ahora.

Allí, junto a quienes jamás debieron haber partido.

El silencio era absoluto.

Los Cardbots no hablaban, y Jun ya no tenía fuerzas para llorar.

Solo permanecía allí, respirando con dificultad, sus dedos enterrados en la tierra, mientras en el fondo de su alma una pequeña voz le decía que debía levantarse, que debía continuar.

Pero él no quería escucharla.

No todavía.

La noche ya había extendido su manto sobre la ciudad, apagando lentamente los ecos del funeral.

Quedaban las farolas iluminando con un brillo dorado el cementerio, y las velas que algunos vecinos habían dejado alrededor de las tumbas, titilando como pequeñas estrellas ancladas al suelo.

El aire era frío, húmedo, cargado de ese aroma inconfundible de tierra recién removida y flores frescas.

Jun permanecía de rodillas frente a las dos tumbas, con la mirada fija en la tierra que cubría los ataúdes de Bluecop y Glober.

Llevaba horas allí, sin moverse, dejando que las lágrimas cayeran de forma silenciosa, como si fueran parte de la misma lluvia de pétalos que el viento había levantado horas atrás.

Sus dedos estaban hundidos en la hierba húmeda, manchándose, pero no le importaba.

El dolor seguía latiendo en su pecho, ese vacío difícil de describir, como si parte de él hubiese sido arrancada junto a esas vidas que tanto había amado.

Nadie se atrevía ya a interrumpirlo.

La mayor parte ya se había ido.

Peruru, sin embargo, seguía cerca.

No tanto como al inicio, cuando no se despegaba de él ni un segundo, sino observando a unos metros de distancia.

También Flame Nova permanecía allí, en silencio, como una torre inmóvil que parecía más vigilante que acompañante.

Peruru respiró hondo, sabiendo que había llegado el momento de hacer algo que le dolía tanto como al propio Jun.

Avanzó con pasos lentos y se arrodilló a su lado.

-Jun... -murmuró suavemente, tocándole el hombro.

Él reaccionó despacio, como si despertara de un trance.

Giró la cabeza y la miró, los ojos enrojecidos, la voz rota.

-¿Qué pasa, Peruru...?-

Ella tragó saliva, intentando que las palabras no le pesaran demasiado.

-Debo darle espacio a tu dolor Y también debo hacer lo correcto con los cardbots-

Jun la miró confundido, como si esas palabras apenas alcanzaran a atravesar la bruma de tristeza en la que estaba sumergido.

Peruru extendió las manos, y el Metal Breath empezó a brillar tenuemente, abriéndose como un abanico de luces.

Una a una, las figuras metálicas que habían acompañado a Jun en las últimas batallas, sus fieles cardbots, se alzaron del suelo.

Sus cuerpos enormes, llenos de rasguños, abolladuras y heridas de guerra, parecían aún más solemnes bajo la luz nocturna.

Musclehyde, Red Blitz, Deep Bite, Cielo, Heavi Iron, Black Hook, Blast Train, rock Rush,Sky Gallop... todos ellos aparecieron, miraron hacia las tumbas por última vez, y luego a Jun.

No hubo palabras, porque los cardbots no necesitaban decir nada.

Sus gestos, sus miradas, ese silencio respetuoso era suficiente.

Peruru bajó la vista, sabiendo lo duro que sería.

-Deben volver a descansar dentro del Metal Breath,Han luchado demasiado,Merecen reposo, igual que... ellos-

Jun apretó los puños.

Su instinto quería gritar un "no", quería pedirles que se quedaran, que no lo dejaran solo.

Pero en su interior sabía que Peruru tenía razón.

Ellos también merecían descanso.

Y además, él no podía seguir reteniéndolos como si fueran simples herramientas.

Habían sido más que eso: habían sido compañeros, protectores, incluso amigos.

Los cardbots dieron un paso hacia atrás, uno por uno, con la solemnidad de un ejército que acepta su destino.

Sus cuerpos se iluminaron levemente antes de ser absorbidos por la fuerza del Metal Breath, que vibró suavemente con cada incorporación.

El aire pareció hacerse más pesado con cada desaparición.

Hasta que solo Flame Nova quedó fuera, observando en silencio, firme como siempre.

Jun bajó la cabeza, dejando que las lágrimas le corrieran una vez más por las mejillas.

-Gracias... -susurró con voz rota, apenas audible, pero lo suficientemente clara para que Peruru lo oyera.

Ella guardó silencio, porque sabía que él no hablaba solo a ella, sino a todos: a Bluecop, a Glober, a los cardbots, a la memoria misma.

Cuando el último destello del Metal Breath se apagó, Peruru se inclinó hacia Jun y lo rodeó con los brazos.

Fue un abrazo largo, cálido, pero cargado de tristeza.

Ella lo estrechó contra su pecho, como si quisiera dejarle un poco de su propia fuerza.

-Te quiero, Jun... -le susurró al oído- Pero ahora necesitas aprender a caminar este camino solo Yo... no estaré lejos, pero tienes que enfrentarlo-

Jun se quedó quieto al principio, como si esas palabras lo atravesaran de golpe.

Después, lentamente, alzó los brazos y correspondió al abrazo, escondiendo el rostro en su hombro.

-No sé si puedo... -dijo entre sollozos.

Peruru cerró los ojos y le acarició el cabello.

-Puedes, Lo sé porque lo vi en ti,porque Bluecop y Glober también lo vieron,Porque todos confiamos en ti,No eres ese niño roto que creía no poder seguir, Eres Jun... y aunque te duela, tienes que honrarlos viviendo, no llorándolos para siempre-

Él apretó los dientes, conteniendo otro llanto, y finalmente asintió contra su hombro.

Peruru lo apartó un poco, mirándolo a los ojos.

Le dio un beso en la frente, breve pero lleno de ternura.

Luego se levantó, y con una última mirada cargada de amor y tristeza, retrocedió.

-Adiós por ahora... -dijo en voz baja.

Jun la siguió con la mirada, viendo cómo se alejaba hacia la oscuridad, hasta que se perdió de vista.

El silencio lo envolvió aún más.

Flame Nova permanecía allí, pero no dijo nada.

Solo fue una sombra protectora a la distancia.

Jun suspiró, pesadamente, sintiendo cómo su cuerpo se hundía en el cansancio.

El cielo sobre él estaba despejado, repleto de estrellas que brillaban con intensidad.

Las miró fijamente, como buscando algún mensaje escondido entre ellas, y en ese instante le pareció que cada destello era un eco de quienes había perdido.

-Bluecop... Glober... -susurró con voz temblorosa-Sé que me escuchan... y sé que Peruru tenía razón,No voy a rendirme,No importa cuánto duela,Voy a seguir... por ustedes, por todos-

El viento sopló suavemente, agitando la hierba y las flores alrededor de las tumbas.

Fue como una caricia, como una respuesta silenciosa.

Jun cerró los ojos y dejó que esa brisa lo envolviera.

La noche era larga, pero ya no estaba completamente solo.

 

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La luna se había elevado en lo más alto del cielo, bañando el lugar con un resplandor plateado que hacía que las tumbas parecieran descansar bajo un manto sagrado.

El murmullo de los árboles en la colina era lo único que acompañaba a Jun.

Su cuerpo estaba agotado, la garganta reseca de tanto llorar, pero aún así se aferraba a no moverse.

Como si con quedarse allí pudiera retrasar la inevitable separación, como si bastara con seguir de pie para mantener vivos a sus seres queridos.

Las flores empezaban a marchitarse con el frío nocturno.

El aroma dulce de los pétalos de cerezo que había dejado sobre la tierra húmeda aún persistía en el aire, mezclándose con ese olor a barro fresco.

Jun alargó la mano, rozando las letras grabadas en las placas funerarias, y sus labios temblaron.

-Adiós... hermano... -murmuró, apenas un hilo de voz-Adiós... mi amigo...-

Su llanto brotó de nuevo, silencioso, desgarrador.

No lo contuvo esta vez; simplemente dejó que las lágrimas corrieran, que cayeran sobre la tierra, como si cada una fuese un tributo más que podía ofrecer.

Detrás de él, Flame Nova, que había estado firme como una estatua durante todo ese tiempo, dio un paso hacia adelante.

Sus ojos brillaban suavemente en la penumbra, no con frialdad como antes, sino con un destello extraño, como si también cargara con un peso que no podía confesar.

El suelo retumbó bajo su peso metálico cuando se arrodilló con lentitud junto a Jun.

Lo observó en silencio durante un momento, como si no encontrara las palabras adecuadas.

Finalmente, extendió una de sus enormes manos, cuidadosamente, y lo levantó.

Jun apenas reaccionó, agotado, dejándose cargar como si fuera un niño.

Flame Nova lo sostuvo contra su pecho de acero, y el chico, instintivamente, se aferró a él, hundiendo el rostro en el torso frío del cardbot.

El silencio se prolongó hasta que la voz profunda de Nova lo rompió, grave, lenta, con un eco metálico cargado de solemnidad:

-Nunca pensé... que tendría que despedirlos de esta forma-

Jun levantó ligeramente el rostro, con los ojos aún enrojecidos.

Flame Nova miraba las dos tumbas, con los puños de su otra mano cerrados con fuerza.

-Fui un villano,Lo sabes... -continuó-Ellos lo sabían Y aun así... en este camino, terminaron siendo más que enemigos, Bluecop y Glober... fueron parte de lo poco que puedo llamar... mi familia-

Jun apretó aún más el pecho de Nova.

No podía decir nada; sus palabras estaban atrapadas en su garganta.

Solo podía llorar, sintiendo cómo cada frase del cardbot lo atravesaba como un cuchillo.

Nova bajó un poco la cabeza, y un suspiro eléctrico escapó de su sistema.

-Quizás no merezca llorarlos, Quizás mi lugar no está aquí,Pero... si alguna vez tuve algo parecido a hermanos... fueron ellos Y si alguna vez tuve un propósito... fue luchar junto a ellos, incluso en la diferencia-

El viento sopló más fuerte, levantando hojas y pétalos que giraron alrededor de los tres: el chico, el cardbot, y las tumbas.

Jun sollozó, aferrándose más al metal.

-Ellos... te querían, Nova... -murmuró entrecortado- Yo lo sé... yo lo vi,Aunque no lo dijeran siempre, aunque fueran duros... para ellos eras parte de esto,Parte de nosotros-

Flame Nova cerró los ojos, dejando que esas palabras calaran en lo más profundo de su ser.

Una parte de él quería negarlo, porque su orgullo nunca le había permitido aceptar vínculos.

Pero otra, más frágil, más sincera, supo que Jun tenía razón.

El cardbot bajó aún más la cabeza y, con la voz apenas audible, susurró:

-Entonces... adiós, hermanos-

Un silencio solemne se extendió entre ellos.

Jun, incapaz de contenerse, murmuró su propio adiós una vez más.

-Adiós, Bluecop... adiós, Glober... gracias por... por todo, Nunca... nunca los olvidaré-

Su llanto estalló de nuevo, y sus lágrimas mojaron el pecho metálico de Nova.

El cardbot no dijo nada; simplemente lo sostuvo con firmeza, como si en ese gesto silencioso estuviera prometiendo cargar con su dolor.

La luna brillaba con intensidad, iluminando el camino que descendía del cementerio hacia la ciudad.

Flame Nova se incorporó lentamente, llevando a Jun en brazos con delicadeza, como si temiera romperlo.

Sus pasos fueron pesados, resonando en la tierra mientras comenzaba a alejarse de las tumbas.

No se volvió a mirar atrás, no porque no quisiera, sino porque sabía que no necesitaba hacerlo: Bluecop y Glober ya lo acompañaban en el recuerdo, en cada grieta de su alma metálica, en el llanto del chico que cargaba.

Jun, aún entre lágrimas, giró la cabeza lo suficiente para ver las lápidas por última vez.

La distancia se hacía mayor con cada paso de Nova, y su corazón se rompía un poco más.

-Adiós... -susurró con un hilo de voz, apenas audible- Adiós, hermano... adiós, amigo...-

Sus palabras se deshicieron en el viento, llevadas hacia el cielo estrellado.

Flame Nova bajó la mirada hacia él y, aunque su rostro metálico no podía mostrar emociones humanas, su voz grave cargó con una dulzura insólita:

-Tu adiós ha quedado grabado, Jun Ellos lo escucharon Y ahora... viven en ti-

Jun cerró los ojos, agotado, dejando que ese consuelo lo envolviera.

El cementerio quedó atrás, perdido en la penumbra, mientras Nova seguía caminando hacia la ciudad con el chico en brazos.

No había música, ni palabras, ni lágrimas que pudieran llenar el vacío que dejaban los caídos.

Solo quedaba la promesa silenciosa de recordarlos, de honrar sus nombres en cada paso del camino.

El viento sopló una última vez, levantando los pétalos de cerezo que aún quedaban esparcidos sobre la hierba.

Se elevaron lentamente hacia el cielo nocturno, flotando como pequeñas llamas que ascendían hasta perderse entre las estrellas.

Y en ese instante, tanto Jun como Flame Nova sintieron lo mismo: que en algún lugar, más allá de lo visible, Bluecop y Glober sonreían.

 

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Las estrellas no son más que memorias encendidas... y mientras brillen, nunca estaremos solos.

 

A veces el adiós no llega cuando alguien muere... llega cuando entendemos que ya no podemos detener el tiempo.

Que la vida sigue avanzando, aunque las manos se aferren con desesperación a las ruinas de lo que amamos.

El viento sopla y borra los pasos que dejamos junto a ellos, pero jamás puede borrar la huella que dejaron en el alma.

El dolor no es un castigo, es la prueba más honesta de cuánto amamos.

Y si hoy lloramos, es porque cada lágrima guarda un recuerdo que se niega a morir.

Con el tiempo se comprende que los héroes no viven para siempre, pero las promesas sí.

Que los que partieron no se fueron del todo,
porque sus voces siguen escondidas entre los latidos,sus risas aún resuenan cuando el silencio es demasiado fuerte,y sus sombras nos acompañan incluso cuando ya no hay luz.

Las flores caen como copos del pasado, y cada pétalo es una historia que no termina:una risa compartida, una batalla ganada, un perdón que nunca se dijo.

El mundo se detiene por un instante, como si incluso el cielo guardara respeto por ellos.

Y en ese silencio que duele tanto, el corazón late más fuerte,reconociendo que el amor no necesita cuerpo para seguir existiendo.

Porque a veces el amor no se queda en las manos,se queda en el aire.

En una canción que nadie terminó.

En una promesa rota que sigue esperando.

En los lugares donde el alma aún siente su presencia.

Y aunque el tiempo arrase con todo, el alma recuerda.

Siempre recuerda.

Entonces se entiende que no hay muerte, solo transformación.

Que los que partieron no se extinguieron...
simplemente cambiaron de forma.

Se convirtieron en algo más grande, en destellos que guían el camino,en luces que no se apagan, aunque ya no se puedan ver.

Quizás no los veamos, pero los sentimos.

Y eso, a veces, basta.

Hay un momento en que el viento parece hablar.

Una brisa suave, un eco lejano...

como si una voz dijera:

'No llores más, seguimos riendo allá arriba.'

Y otra susurra:

'Sigue adelante, porque el futuro todavía te necesita.'

Entonces se comprende: no era un final.

Era solo un cambio de dirección en el camino.

El silencio se vuelve plegaria,las lágrimas se convierten en flores invisibles,y el corazón aprende a seguir latiendo,no porque haya olvidado,sino porque aprendió a amar incluso en la ausencia.

Porque las estrellas no mueren... solo cambian de cielo.

Y cada vez que una brilla con fuerza, es un alma diciendo:

'Aquí sigo, te cuido, te espero.'

Así termina todo... pero no realmente.

Porque incluso el adiós más cruel guarda un pedazo de esperanza,una chispa diminuta que resiste la oscuridad.

Y mientras alguien recuerde, mientras una flor caiga sobre un nombre,mientras una lágrima caiga sin vergüenza...ellos seguirán vivos.

En cada palabra.

En cada pensamiento.

En cada corazón que no los dejó ir.

 

(~Fin~)

Notes:

Gracias por leer,todo dolió pero la vida jamás es justa con nadie.

Notes:

Espero le guste demasiado aunque aveces la vida no es color de rosa

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